Capítulo VI: desfile 8,4,11,4,12,11,3,9


Distrito 8: Tex McCroy, cincuenta y nueve años (cosechado).

Rickon Blade es un buen hombre, algo que no me esperaba de un sujeto que ha visto morir año tras año a los dos chicos que se supone que tendría que proteger. Tal vez era demasiado duro con él en mi cabeza, quizá es porque tiene la edad de ese indeseable que por enviarme una carta mensual y un poco de dinero cree que puede seguir llamándose mi hijo; el asunto es, sea por lo que fuese, que tanto Justine como yo teníamos muy en poco al tipo de la sonrisa permanente y las uñas recortadas. Pero resultó que hasta se preocupa por nosotros y todo, qué conmovedor.

–Hay unas medicinas capitolinas –me dijo, en el automóvil que nos llevaba hasta el Centro de Renovación–: que te quitan las alucinaciones visuales y auditivas. Estuve averiguando sobre ellas para que las puedas tomar…

Justine, acomodada al otro lado de la ventana y flotando junto a nosotros, negó con la cabeza. No hacía falta, pero a esta mujer le gusta repetirse, como a todas supongo.

–Tranquila, mujer, no pienso tomar porquerías del capitolio –le dije, un poco enojado por esa actitud. Ni que fuera tonto.

–Tex –Rickon Blade chasqueó los dedos, para que dirigiera mi vista hacia él–: a mí no me molesta. Pero pensaba que, como estabas en los Juegos del Hambre… podían estorbarte con otros tributos, con peligros reales…

–Otro que piensa que soy un estorbo –canturreó Justine, mirando a Rickon por encima de su traslúcido hombro.

La ignoré, a veces podía ponerse muy susceptible.

–Mi mujer no me molesta, Blade –respondí, ahora sí mirándolo fijamente–: no quiero ninguna otra porquería del Capitolio. Ya me han obligado a venir aquí, que se conformen con eso. Hijos de una bestia.

Rickon suspiró, pero acabó por asentir, mirando por la ventana hacia la espléndida ciudad. Será porque soy viejo, supongo, pero vi tras esa sonrisa que no le guardaba ningún cariño a todo lo que esto representaba. No como Justine y yo, que aunque nos vivimos peleando (o yo me vivo peleando con su recuerdo), hay amor ahí. ¿Renunciar a ella? puede ser estorbosa, leerme el pensamiento y lo que se quiera, pero no voy a pagar un precio tan alto. Ya la perdí por mi causa una vez, cuando la hice rebelde y peleó por un futuro mejor para mí y nuestro hijo.

El viaje por la ciudad siguió en silencio, a veces hablaba con Justine acerca de qué haríamos cuando me quieran poner un traje estúpido y depilarme el cuerpo, y decidí que mejor no dar problemas a no ser que me toquen las narices. Lo cual, siendo sinceros… es bastante probable.

–Galatea, no olvides lo que hablamos –dijo por fin el mentor, cuando el enorme centro de renovación estuvo a la vista.

–Eso, Galatea, no olvides comportarte como una cría superficial sin sentimientos –dije con acidez, sin querer contenerme.

Ella me miró algo dolida, pero no lo sentí. Por la mañana, cuando aún estábamos en el tren, rickon Blade ordenó a Galatea que, sea cual fuese el vestido que hubieran elegido para ella, lo despreciara en función de uno de sus diseños. Que hiciera una pataleta si era necesario, pero que se impusiera a elegir ella misma lo que quería. Era capitolino, idiota y lo que quisieran, pero el mentor opinaba que si Higgins iba a comportarse como una de ellos, tenía que hacerlo en todo. Y para eso llevaría peluca estrambótica, mucho maquillaje y se comportaría como una desgraciada con los avox, que a fin de cuentas son los únicos que trabajan. En fin, cada quién con su tema.

–Sí, lo haré, Rickon –respondió con cierta desgana.

–Al fin alguien que me hace caso –el vencedor sonrió, y al menos seguí notando esa falsedad y nulo entusiasmo por seguir sonriendo, debajo–: a ver si esta edición consigo algo.

Que no cuente conmigo. yo, al menos, tengo los días contados. Al fin.


Distrito 4: Franziska, la Sirena, treinta y dos años (cosechada).

Alguna vez estuve en salones de belleza capitolinos, la ocasión más importante fue cuando tiñeron mi piel de beige, hace siete años, o cuando tatuaron mi hombro izquierdo, hace tres. la primera vez, Khristoff Vanden, quien entonces aún era mi protector y "papi", como solía decirle, me llevó y pidió muy amablemente a las chicas que me dejaran presentable. Entonces, era una chica de veintitantos preciosa, pero con ese aire tan de distrito que nos caracteriza. La última vez, sin embargo, me presenté por mi cuenta, exigí lo que quería y pagando con mi propio dinero, el que ganaba gracias a las que trabajaban bajo mis órdenes.

Ningún salón de belleza, que yo conociera al menos, era más grande que el Centro de Renovación empleado para los tributos en los Juegos del Hambre. Cuando Dorian Clearwater y yo fuimos escoltados aquí por Ariel y Connie, nuestras vencedoras, me quedé maravillada por el tamaño de la estructura, y mientras Dorian conversaba de cualquier cosa con Connie, su mentora, yo me quedaba con la boca abierta. Tantos artículos dispuestos para la belleza, tantos salones… era digno de ver. Es cierto, estoy en los juegos y tal vez no lo cuente, pero hay que ponerle al mal tiempo buena cara, disfrutar de lo que se pueda llegar a tener. Yo mejor que nadie sé que incluso el pastel más sabroso engorda y las mejores cosas tienen su lado oscuro.

Ariel me había advertido que soportara cualquier cosa que me hicieran con una sonrisa, intentando no quejarme, porque la gente del Capitolio era muy susceptible. Pero se hubiera ahorrado la explicación porque cada masaje, cada baño y cualquier comentario que hicieron sobre mi cuerpo me encantó. Cerré los ojos mientras me frotaban con aceites aromáticos, sonreí cuando halagaron mis dientes e hice comentarios ingeniosos sobre lo bien que me conservaba aunque ya estaba mayor. Mis tres preparadores, dos chicos y una chica con alas de mariposa, fueron muy atentos conmigo, y cuando terminaron, cosa que no llevó demasiado tiempo, nos sentamos a descansar en la salita para tomar algo y esperar a la estilista.

–Lleva encargándose del distrito 4 durante veinte años –me comentó uno de los chicos, el que tenía piel azul cielo–: y rara vez la he visto tan contenta con un tributo como contigo. Desde que el distrito 4 no manda voluntarios tan seguido, nos ha tocado cada cosa…

Asentí, comprensiva, entendiendo a qué se refería. No es lo mismo ir a la academia para la vida y salir cosechado, que ser un voluntario profesional. En nuestro caso, tanto Connie, mentora de Dorian, como Bubba, que técnicamente no es mentor de ninguno pero está como apoyo de ambos, lo fueron, y solo Ariel salió cosechada. Deberían enviar voluntarios más seguido en mi opinión, es mejor maximizar las oportunidades de salir vivo pero… en fin, que yo tampoco me habría presentado.

Mientras me río con mis preparadores sobre los distintos llorones que a veces han tenido que engalanar (alguna que otra vez, sin éxito), pienso en Dorian y nuestra convivencia. No nos llevamos mal, es más todo lo contrario. Es un chico sonriente y pícaro, bastante complaciente pero a veces me parece que oculta algo. No soy nadie para pedirle explicaciones pero… no sé, a veces me parece algo ambiciosa. Tanto, por ejemplo, que se piensa unir a la alianza profesional.

Es cierto, algunos chicos del distrito lo han hecho, pero mi compañero me parecía demasiado bueno como para que ese plan le gustase. Aún así, cuando Connie llegó sonriendo y diciendo que había hablado con Berna Crane, la orgullosa y brusca mentora del distrito 2, y esta le había dicho que quería a Dorian en la alianza, el hombre sonrió y dijo de inmediato que sí. Supongo que en parte será por los dos críos que ha dejado en casa, su motivación para volver le hace unirse a ellos. Ariel, sorprendida por la decisión pero también envalentonada, me preguntó si yo quería unirme.

Y, la verdad, todavía no lo sé. Tengo que evaluar mis pros y mis contras, por suerte sé manejar el arco y la cerbatana así que tengo algo para ofrecer pero… ¿Quién sabe? Veremos qué me genera más beneficio. Espero no tener que matar a Dorian, me cae bien.


Distrito 11: Mona Tukerton, diecinueve años (cosechada).

"Máscara de Plata está muy enojado, no puede creer que haya hecho un traje tan horrible". "Pobre Máscara de Plata, se siente tan culpable…", "a Máscara de Plata le gustas tanto, Mona, querida, y siente el traje que te hará llevar…", estas cosas, entre otras, me decían mis preparadores mientras me bañaban, limpiaban mis "asquerosas uñas llenas de tierra", depilaban mi piel "peluda como la de un mono", entre otras cosas muy desagradables de oír. Chloe Carson, mi mentora, me había dicho que tuviera paciencia aunque era difícil, y si se pasaban con los comentarios que le dijera a ella, porque lo arreglaría. Siempre se me ha hecho que Chloe es una mujer de armas tomar, así que prefiero quedarme callada y no meterla en problemas.

Estoy parada en el centro de una sala casi vacía, con la pared llena de espejos de cuerpo entero y el suelo alfombrado. Mis pies, oscuros y desnudos, sienten la suavidad de la moqueta y me río, por las cosquillas. No es que haya tenido muchos motivos para reír últimamente, he llorado toda la noche que estuve en el tren y solo por la mañana, cuando Chloe habló en privado conmigo para darme ánimos, pude dejar de pensar desesperadamente en Henry, mis amigas y mi familia. Sin embargo, el solo hecho de sentirme limpia como seguramente nunca lo había estado y con mis pies pisando esta alfombra tan costosa y delicada… es extraño cómo a una la pueden animar pequeñas cosas.

El ánimo se me va de golpe, suplantado por el nerviosismo, cuando la puerta se abre. Sobresaltada, dirijo mis ojos hasta allí y veo a una persona alta, vestida en una especie de túnica blanca y el cabello largo y negro recogido en una cola. Sin embargo, lo más llamativo de él es la máscara que cubre su rostro, gruesa, que parece de plata maciza. Le cubre desde la frente hasta el mentón y tiene los labios dibujados en una fina línea. No parece tener agujeros para los ojos o la nariz.

–Máscara de Plata… –susurro, sobrecogida.

El hombre se me acerca, pone una mano en mi hombro y me desliza la bata, mi única prenda, que cae al suelo. Estoy totalmente desnuda frente a un hombre desconocido, no estoy segura de que pueda verme pero igualmente es inquietante. Aunque sea capitolino y extravagante. Dirijo mis manos hacia los pechos y junto las piernas, intentando cubrirme. Pero Máscara de Plata no me está mirando, más bien rebusca en su bolso la ropa que tiene para mí.

Me viste con el traje, colocándome cada prenda con mucho cuidado, y suelto un suspiro de desaliento cuando veo el vestido con plumas, el casco, las medias que modelan mis piernas… debo ser el cuervo más horrible del mundo. Máscara de Plata no dice una palabra, y tampoco puedo ver su expresión. ¿cómo sabían mis preparadoras que se sentía culpable? Sinceramente podría estar sonriendo bajo esa ridícula cosa que no tendría idea.

Es él quien me maquilla personalmente, con un toque adorable, rubor y labial con sabor. Es suave y delicado, y aunque no haya dicho ni "hola" agradezco que no diga cosas feas sobre mí, como mis antipáticas preparadoras. Posteriormente, me hace dar una vuelta completa, haciéndome sentir expuesta, y me miro en el espejo. Vuelvo a suspirar.

–No está tan mal… no, de hecho sí está mal… –mascullo.

Máscara de Plata suelta un ruidito por entre, no tengo tiempo para juegos de palabras, la máscara.

–¿Qué? No sé qué estás pensando –le pregunto.

Hay solo silencio debajo. Pienso que es un arrogante y un raro.

–Eres un arrogante y un raro –le digo.

Más silencio. Luego, siento su delicada mano en mi brazo y cómo lo presiona un poco. Me obliga a avanzar para salir de aquí, sin crueldad, pero tampoco con amabilidad. Y mientras abandono la seguridad de la sala, con su mano tocándome y este traje que solo puedo catalogar de… poco original y tonto, pienso: Diablos, ¿realmente me tienen que ver así?


Distrito 4: Dorian Clearwater, veintisiete años (cosechado).

–Hans Imber-Black. Un placer –me saluda el tributo del distrito 2, con un apretón de manos bastante firme y amistoso que le devuelvo.

Va vestido de gala, con un traje de agente de la paz en color negro donde luce sus medallas. Su compañera de distrito, Astrid, luce igual pero de alguna manera ella parece verse más simpática. Al saludarla, me quito el gorro de paño que adorna mi pelo rubio y le hago una reverencia, mitad en serio, mitad en broma.

–Me siento fuera de lugar entre los dos –les confieso, mi traje de pirata es extravagante entre ellos, serios y formales. Astrid suelta una risa.

–Te ves bastante bien. Tu estilista tiene un poco más de imaginación, no fuiste de tritón –comenta ella.

–Aunque no han abandonado del todo el viejo hábito –reconoce Hans, mirando a la hermosa Franziska de reojo. Ella sí va vestida de sirena, con un vestido hermoso que deja ver buenas porciones de cuerpo y el pelo recogido en una trenza.

Aunque no lo parezca, estamos concretando la alianza. Connie me dio una charla breve y apresurada de lo que es la alianza profesional, cómo se conocen en el desfile, cómo se elige al líder, por votación, y cómo se van decidiendo los papeles que cada uno juega. No solamente en lo que ataque o defensa respecta, también quién será el divertido del equipo, quién el o la sexy, a la hora de obtener patrocinios todo eso cuenta. Así que mi amabilidad repentina con los sujetos del distrito 2 no es porque de repente me bajó el deseo de conocerlos, es una forma de decirles: aquí estoy, la mitad del distrito 4 es profesional de nuevo.

Los tributos del distrito 3, vestidos de negro y rojo ella y de negro y azul él, se ponen entre nosotros. Saludo con la cabeza a la niña, me parece pequeña y tierna, y me recuerda a Will y Lee aunque es bastante mayor. Ella se pone roja y me devuelve el saludo, mientras que el tributo masculino solo nos mira seriamente. Hans saluda con la cabeza, y Astrid se va a entablar conversación con los tributos del 1. Sé que Connie McFarland me estaría gritando ahora para que vaya a saludarlos también, pero me da un poco de corte dejar a Franziska. Si ella no se alía con nosotros vamos a estar separados, no tenemos una relación buenísima pero de todos modos, nuestro barco sin mí estará abandonado.

–Ve, tonto –me dice ella, al parecer el conflicto se me nota–: ve a lamer esos traseros enjoyados.

–Puedes perder una potencial alianza si te expresas así –recriminó Astrid, secamente.

Franziska le dedicó una mirada despectiva, pero no le dijo nada, por suerte. Así que me despedí brevemente con la mano, pasé por el lado de los chicos del 3 y del 2 y llegué hasta los esclavos enjoyados, atados al carro y con adornos en sus cadenas. Sapphire era una chica preciosa, con el pelo rojo y los ojos azules me recordaba a Elizabeth, mi ex esposa y la madre de Will y Lee. Madre biológica, porque nunca se encargó de ellos. Vulkan, enorme y amenazador, llevaba unos brazales y en verdad parecía peligroso. Les sonreí.

–¿Profesionales? –Les pregunté con gentileza. Besé en la mejilla a Sapphire–: no debería decirlo porque soy un hombre emparejado, pero rompería mis votos parejiles contigo.

El rostro de Sapphire sonrió y su cuerpo se sacudió, pero de su boca salió un sonido extraño y vibrante.

–Yo no rompería nada con nadie que diga "parejil" –dijo, coqueta, sin escandalizarse.

Le sonreí en respuesta. Entonces, oí una voz dulce de niña, en los carros de atrás.

–¡Mira, Leo! ¡La chica del 1 parece que tiene el software de cuerdas!

Era la niña del 3, la pequeñita. Sapphire giró su rostro, para buscar esa voz, y Hans, en el carro contiguo, observó fijamente a Aleia con sus ojos helados. Fue una mirada larga, al parecer.

–Oye, déjala en paz –su compañero de distrito fue el que habló, enojado–: la estás asustando.

Hans apartó la mirada, pero estaba sonriendo.

–No fue mi intención, lo siento –contestó.

–Ya –el hombre del 3 no parecía tan contento–: es una niñita, déjala en paz.

Hans inclinó un poco la cabeza.

–Lo siento, Aleia Valhör –le dijo.

–¿Cómo…? ¿Cómo sabe…? –Susurró la muchachita.

Hans sonrió.

–Mi tarea es saber cosas, pequeña Aleia –contestó.

Vulkan y yo nos miramos, y sin querer, sin comprender cómo, nos echamos a reír juntos. La de él fue una risa más seca, pero no por ello, menos risa.

–Es un creído –dijimos a la vez.

Ya éramos aliados.


Distrito 12: Rossie Hawthorne, veinte años (cosechada).

Al parecer, estábamos todos subidos en los carros. Fuimos de los últimos en llegar, así que solo pudimos ver a los ancianos del distrito 9, vestidos a juego con trajes algodonosos y esponjosos, tomar posiciones. El resto nos vieron pasar, me gustaría que con envidia pero en realidad nuestros estilistas se han esforzado por todos. Julian está vestido de un minero cobrizo, se ve como una estatua lejana más que nunca; me parece que estar aquí le está afectando más de lo que pensé. Yo llevo ropa negra como el carbón, con una camiseta que parece estar ardiendo. Me siento limpia, fresca, huelo bien… pero no estoy bien.

Pensé que lo estaría, pero no si lo que más deseaba también vendrá con muerte y sufrimiento. ¡En unos días podría morir! El acabose de otra Hawthorne, el fin de mi vida. El Capitolio me está engordando para matarme, como hacen con el ganado en el distrito 10. Así que sí, por un lado estoy limpia y con ropa nueva, pero lo hacen para matarme. No sé si es el pesimismo de Julian que me está afectando, o que solo ahora lo estoy viendo, pero me siento de cualquier manera menos de la que imaginé que sentiría cuando estuviera en la ciudad resplandeciente…

–Rose –la estatua que es Julian, despegó los labios–: deberías… secarte las lágrimas.

No me había dado cuenta, pero estaba llorando silenciosamente por todo aquello. Me sequé rápidamente, avergonzada, sintiendo cómo el calor se adueñaba de mis mejillas, y desde el cuello hacia abajo. ¿por qué llorar? No lo hice en el tren, casi no en las despedidas… ¿qué pasa ahora? Supongo que el estar allí, que esas capitolinas que debían prepararme fuesen tan duras con mi cuerpo, o hablasen de lo mucho que les gustaba Bellecourt, Heckler o Rhodonite… cualquiera menos la enclenque chica del distrito 12, la que fuese menos yo.

–L…lo… siento –mi manga quedó un poco sucia, y eso me hizo sentir más cerca de casa. De la mugre, del distrito 12–: Sabes, Julian… sé usar el arco. Sé que tengo posibilidades pero…

Quería seguir comentándole lo que me pasaba, pero al parecer él no estaba interesado. Sus ojos, perdidos en la distancia, observaban a alguien en los carros de delante. Quizá a la sirena del distrito 4, con la piel beige y grandes pechos.

–No llores, chica del 12, no vale la pena –en la grúa de delante, el hombre me habló. Estaba colgado de la parte de arriba, así que tenía que bajar la cabeza para verme. Se veía ridículo ahí, con esa ropa y ese sombrero… pobre.

–Ya no lloro –bufé, observándolo desde arriba, y con algo de desprecio–: por cierto, ¡Lindo atuendo!

El hombre del distrito 11 soltó una carcajada, moviéndose de un lado a otro. Me pregunté cómo estaba sujeto, seguro por arneses invisibles o algo así.

–El tuyo sí es bonito, y yo no miento –el hombre sonrió, intentando tocar su sombrero–: y más linda es tu habilidad con el arco. Espero conocerte mañana, a ver si hablamos un rato.

Guiñó un ojo, sonrió exageradamente y se alejó para charlar con su compañera, la menuda chica vestida de pájaro. Ella parecía bastante incómoda por su cercanía, supongo que por lo mayor que es, lo suficiente para representar una diferencia pero no demasiado para cierto coqueteo. Qué enfermizo, pero a la vez qué inteligente.

Mis ojos se abrieron, y me dije a mí misma que era bastante estúpida al decir esto aquí, frente a todos. Sentía ganas de abofetearme… en su lugar, sonreí y no dije nada.

–Bueno, alguien acaba de ganar un posible aliado… o lo que fuese –comentó Julian, serio–: Por cierto, Rose ¿Cómo aprendiste a usarlo?

Le conté que era nieta de un agente de la paz retirado, que había nacido en el distrito 2 y que aprendí en la academia de profesionales, donde iba a escondidas de mi familia. Únicamente mi abuelo lo sabía, pues quizá esperase que me presentara voluntaria, o bien a agente de la paz. Eso no pasó, mi tío Vick fue acusado de insurrecto y ejecutado. Entonces nos mudamos al distrito 12… po aquella parte iba, y estaba a punto de referirle a Julian mis angustias, cuando me interrumpió.

–¿Conoces al tributo masculino del distrito 2, entonces? –Preguntó, con la mandíbula apretada. Seguramente le da asco que tenga relación con familia rebelde, o quién sabe.

–Sí, el señor Imber-Black –contesté–: entrenaba en la academia. Él es muy… conocido, y guay, y todo eso –sonreí un poco–: ¿por?

Julian me dirigió una mirada larga con sus ojos azulísimos. Sentí calor, uno distinto y extraño, pero luego me dejó de observar, fijando sus ojos en los carros de delante.

–Por nada.


Distrito 11: Jeffrey Blaaker, treinta y dos años (cosechado).

Ojalá me hubiesen vestido como al tipo del 10, con esa pinta tan amenazadora, o como al tipo del 12, cobrizo de pies a la cabeza. Vamos, incluso el vejestorio del 8 parecía intimidante con esa armadura, y acompañado por esa especie de emperatriz del pelo azul… pero tuve que ser un espantapájaros. ¡Un espantapájaros! Tengo incluso mi sombrero, y estoy suspendido con arneses del techo de la grúa. El carro está avanzando por fin, y mi cuerpo se balancea con el traqueteo. Voy a estar adolorido mañana, por lo más sagrado. Aparte, por los anchos pantalones me está entrando el frío en mis partes. ¡qué indigno!

Mona, tal y como le indicó mi guapa estilista, dio un salto y se puso conmigo en el techo de la grúa, para saludar a las cámaras y la gente que estaba asomada desde los balcones de sus casas, o en las aceras. Estaba vestida de cuervo y aunque no parecía contenta, yo pienso que está buena así como se ve. Su pelo, tomado en dos coletas bajo el casco, flamea al viento y cuando saluda, sonríe. Las mujeres me van a robar el corazón.

–Mona, te ves bellísima –le dije, sonriendo, volviendo a hacer la mímica de llevar la mano a mi sombrero. Tenía que gritar para hacerme oír, pero lo merecía.

Y obvio que va a morir si quiero regresar, pero al menos que escuche halagos mientras vive.

–Eres un tonto –gritó en respuesta, bajando–: ¡Te vi con la chica del 12!

Se escondió en la grúa un rato, la suertuda, mientras yo me congelo los hue… los huesos. Es difícil pensar en mi familia, mis amigos y mi distrito en esta indigna posición, solo sé que deben estar partiéndose el pecho de risa por cómo estoy. Sin embargo, sí pienso en la arquera del distrito 12, y en cómo dice que aprendió. Yo me he liado bastante a puñetazos y tengo fuerza, supongo que también podría usar un cuchillo. Tengo que convencerla de que ese príncipe emo dark no la merece, ganarme su confianza o lo que sea para que venga a ser mi aliada. Puede venir Mona también, si quiere, aunque no veo de qué utilidad me pueda ser, porque ya la estuve sondeando y parece que no sabe hacer nada. Sin embargo, una arquera… y no solo eso, una Hawthorne, familia de Katniss. Me aseguro un apoyo de las facciones rebeldes y además que mi aliada no se irá en mi contra, o si lo hace los vigilantes la atarán en corto. Por donde lo mire, es una aliada perfecta. Además su compañero no le hace ni caso, tal vez me pueda mostrar como un galán que la escuche y qué sé yo.

Alguien me lanzó un ramo de flores, eran un par de chicas con el cabello celeste a juego, y con maquillaje. Intenté tomarlas, pero los arneses me lo impidieron, solo podía estar en esta maldita postura. La ciudad iluminada para nosotros, el aroma a comida y el ruido, debería hacerme sentir mejor, siempre me han gustado estas cosas, pero… ¡No voy a dejar de cagarme en los malditos estilistas! Ese presuntuoso de la máscara plateada y la Minnie o como se llame, que nos fastidiaron.

Mona volvió al techo, sonriendo un poco, en sus manos tenía un osito de felpa bastante abrazable. La gente vitoreó al volverla a ver, saludándonos a ambos. Ella se acercó a mí, dando saltitos, y nos vimos cegados por muchas cámaras fotográficas que enloquecieron al vernos juntos. Cuando hizo ademán de bajar, la intenté detener.

–A la gente le gusta más verte conmigo, lo que significa por favor no me dejes solo –le dije, riéndome.

Mona, que había intentado mostrarse esquiva conmigo, sonrió y me dio un golpe en el hombro. Bendita chica, era de lo más tierna. No va a durar ni un día, y de verdad es muy triste, pero yo no puedo hacer nada más que encariñarme, porque me gusta el dolor y la decadencia. Así he sido siempre. La culpa es del puto Capitolio.

–Es cierto, somos ridículos, pero nos quieren igual –otro ramo de flores llegó zumbando hasta nosotros, pero esta vez Mona lo tomó–: sabes… ya no estoy tan nerviosa.

Sonreí, yo nunca lo estuve, quizás los nervios vengan después. O quizá muera tan rápido que no alcance a sentirlos, quién sabe… maldición, tengo frío el cu… cuerpo. Y el culo también.


Distrito 3: Leo Sanz, treinta y seis años (voluntario).

La gran plaza del Capitolio donde se encuentra el enorme centro de entrenamiento, está casi a oscuras cuando el auto de ciudad que nos transporta a Aleia y a mí, llega a ella. la gente se está preguntando por qué se apagó todo, puedo oír desde aquí el tintineo de las cadenas de los tributos del distrito 1 en la plaza silenciosa, y entonces sucede. Nuestro auto da una acelerada automática, y tanto las ruedas como la carrocería se ilumina, con una luz entre roja y azulada. Aleia da un grito y yo un suspiro de incredulidad, pues nuestros trajes también se han iluminado, ella con luz roja y yo, azul. Parecemos seres venidos de otro mundo, el rostro de Aleia brilla, se ve mayor, más… amenazante, supongo que lo mismo me sucede. Ella me da la mano y yo se la estrecho, sonriente y emocionado. Nuestros estilistas bien que lo mantuvieron en secreto. Es tonto, lo sé, más aún porque he estado un poco amargado durante todo el desfile, viendo a mis compañeros y a mí con estos trajes, como si no nos estuviésemos matando en una semana. Sin embargo la sonrisa ahí está ahora, estamos destacando, la gente grita nuestros nombres, Leo y Aleia y cuando la pequeña levanta nuestras manos entrelazadas, los capitolinos se vuelven locos.

Brillamos.

En cuanto llegamos al balcón de la presidenta Grant, que está sentada con las piernas cruzadas y el largo cabello rubio destellando, nuestro auto se detiene y se apaga, pero los trajes siguen brillando. Aleia baja nuestras manos, pero no me suelta, y eso me hace sentir bien. Cualquiera me puede decir que yo solito me metí en esto, pero necesitaba un poco de cariño en este lugar tan frívolo y horrible. Menos mal que tengo de compañera a Aleia, si tuviera, por ejemplo, a la sexy mujer del distrit la jovencita fría del 7 me habría hecho bolita en un rincón del auto. Pero está Aleia, sonriente y animada.

El barco, el molino, el avión, la canoa, el carruaje, la carreta de flores, el carro típico, la grúa y el carro de minería también han llegado. Lamento decirlo, pero ningún otro nombre fue coreado con más frenesí que los nuestros, y a nadie aplaudieron más. Aleia parece notarlo.

–Nos… recuerdan –me murmura, mientras el carro de minería termina de acomodarse y los aplausos van muriendo.

–¿Y por qué no lo harían? Somos valientes y tú estás inolvidable hoy –le digo, no puedo evitarlo, soy un galán–: pareces mayor con ese maquillaje.

Aleia se pone roja y aparta la vista, me parece muy tierna.

–Leo… ¿Por qué no te has casado? –Me pregunta de golpe, dudando un poco. El himno de Panem suena justo entonces, así que finjo que canto para no contestar todavía.

Va a sonar demasiado patético si le digo que he estado con más mujeres de las que me gustaría. Y me he querido casar con todas ellas. Kurt, mi mejor amigo, decía que no tenía remedio, que alguna de ellas terminaría por matarme. Espero no morir por Aleia porque entonces sí que mi amigo tendría razón. Soy un desastre.

Pero ese desgraciado de Imber-Black la miró y… sentí que todo me ardía. Tal vez pensaba en cargársela para el baño de sangre, y así impresionar a alguien. ¿Quién sabe con esos profesionales? Están enfermos, todos los del distrito 2. Cuando era adolescente me daban mucho miedo, hombres y mujeres altos, musculosos e implacables. Y estos tributos son la versión madura y centrada de esa musculosidad y esa implacabilidad. No voy a dejar que le toquen un pelo a Aleia, ni que se pasen de listos porque la ven pequeñita.

–¿Por qué? –Preguntó muy bajito, cuando la presidenta Grant se dispuso a hablar.

–Porque… no ha llegado la indicada –contesté. Es una respuesta que le he oído a mucha gente, pero que en realidad no dice nada.

–Seguro la has buscado mucho –dio en el blanco la chica, sonriendo un poco.

¿Cómo lo supo? Ni idea, tal vez se me nota en la cara. Fingí que le iba a prestar atención a Boadicea Grant para no reconocer que, efectivamente, la he buscado por muchísimas camas.

–Ciudadanos y ciudadanas de Panem, honorabilísimos vigilantes, señor creador de arenas, autoridades de los juegos, ministros, distritos y sobre todo, participantes en esta competición –Comenzó la mujer, en tono solemne–: ¡Quiero dar por inaugurada la Centésima edición de los Juegos del Hambre!

Los aplausos atronaron, aunque oí las cadenas del carro del distrito 1 perfectamente. Parece que uno de ellos se estaba debatiendo con algo de furia.

Aleia tenía los ojos fijos en los vigilantes, todos sentados en fila. Eran once, al parecer. Marco Jansen, destacaba pálido y espectral. Sonreía, mirándonos a todos.

–¡Y me alegra, en lo personal, que hayan tantos voluntarios! ¡Gracias, gracias, por el honor que hacen a nuestro país! –Dijo Grant, exaltada.

Honor… dudaba que cualquiera de nosotros pensáramos en eso, pero aún así me convenía sonreír. No solo por mí, también por mis amigos y por Aleia.


Distrito 9: Jessica Grainbelle, sesenta años (cosechada).

Duncan bajó trastabillando del carro, con esos andares de viejo que tanto caracterizan a los de nuestra edad pero que yo por suerte, no poseo todavía. Va vestido de blanco, tan esponjoso como yo, con una gorrita. Por suerte no nos vemos ridículos, como los del 11, ¿a quién diablos se le ocurrió vestirlos de espantapájaros y de cuervo? Espero que no lo hayan hecho porque la chica es negra, sino sería de pésimo gusto. En fin, entramos al centro de entrenamiento, donde nos espera mi Breel junto con la escolta y nuestros estilistas. Me cuelgo del cuello de mi hijo, dándole dos sonoros besos, mientras Duncan, ligeramente apartado, charla con la escolta. Que se conforme con eso, pues.

–Nuestro carrito estuvo hermoso –comenté en general, bien fuerte para que nos oyeran–: ¿Pero a quién se le ocurrió ponerle una peluca azul a la mujer del 8? Dios, se veía ridícula, no venía en absoluto con ese traje tan majestuoso.

–Oí decir que se peleó con sus estilistas por el traje –comentó Duncan, interrumpiendo su conversación con la escolta y hablando más bajo–: ¿Estás cansada, Jessica?

Duncan era bueno, demasiado bueno. Se preocupaba tanto por mí como por mi hijo, aunque a la escolta apenas la miraba dos veces. Ese desprecio le iba a pasar la cuenta tarde o temprano.

–Claro que sí, estos trajines a mi edad, querido… –respondí–: de todos modos estuvimos bien, destacamos. No como los del distrito 6, que iban disfrazados de choferes de aerodeslizadores… ¡Vaya originalidad!

Los miré a lo lejos, estaban con sus mentores. Marston, vieja y desmejorada, parecía incómoda, mientras que Romeo Vector parecía tan cómodo como si llevase esa ropa cada día. A Breel le cae bien Naelie Reyne, aunque se rumoreaba que era un poco facilita, y se acostaba con los capitolinos. Esta juventud, que se creen que por ser guapos pueden tenerlo todo.

–Bueno, cariño, supongo que ya podemos ir arriba –dije, tomándome del brazo de Duncan como si tal cosa, pero dirigiéndome a mi hijo–: me gustaría cenar, además me duele la cabeza.

El brazo de mi compañero estaba algo fofo pero suavecito, por nuestra tela. Él sonrió un poco y no pude evitar pensar en nuestras situaciones parecidas, ambos éramos viudos hace muchos años, ambos con hijos grandes. Tal vez, si nos hubiésemos conocido en otro contexto… ahora, solo nos quedaba aliarnos para sobrevivir, ya me encargué de hacerme necesaria para él. Sabe que si no se alía conmigo, difícil está que mi hijo lo apoye. Y así es como tengo un aliado.

–Sí, también diría que cenemos, porque luego tengo que ir a la reunión con los mentores –contestó mi hijo, sonriéndonos a los dos.

Está difícil que nos consiga otro aliado, considerando que no quiero a la del 6 o el del 8 en mi alianza, seríamos los viejos carcamales o algo así. De cualquier manera, como siempre, sé que Breel lo intentará con todas sus fuerzas. Así que asiento, sonriendo.

De camino al ascensor, pasamos por el lado de los chicos del distrito 10, él está vestido de cuero y con el torso desnudo, con la marca de propiedad como si fuera un ganado, en su pecho. Transmite poder, pero suena presuntuoso y estúpido. Duncan lo mira con cierto desprecio, parece que no le caen bien los simpatizantes del Capitolio… o tal vez los rebeldes. Su compañera tiene un casco horrendo de color plateado con cuernos, eso me hace pensar en un chiste y me río sola. Pobres chicos, no tienen la culpa de que sus estilistas sean unos incompetentes.

Nos subimos al ascensor con los del distrito 5, que van vestidos con sobriedad… o sosedad si se me permite, y los del distrito 7, la chica va vestida de abeja, aunque muestra demasiado pecho en mi opinión, aunque no tanto como esa mujer de la vida según dicen, que es la del 4; mientras que su compañero va vestido de árbol, hasta con la cara pintada de verde. Tiene la mirada perdida, parece no estar entre nosotros. A tal punto es así, que luego de que se bajan los del 5, sin decirnos una palabra, y les toca el turno a ellos, la abejita despechugada tiene que darle un empujón a su compañero árbol para que se mueva.

–¿Qué le habrá pasado a ese joven? –Pregunta Duncan, un poco preocupado–: en las cosechas parecía más agresivo, al menos esa impresión me dio.

Me encogí de hombros, aunque él tenía razón.

–Más nos vale averiguarlo –dije, suspirando–: qué cansada estoy, Duncan…

Él asintió. Aparte de cansado, parecía triste; yo estoy más bien resignada pero cada quién tiene formas distintas de tomarlo.

–Al menos, el desfile estuvo bien para nosotros –le digo, para animarlo.

Duncan solo se encoge de hombros, sin impresionarse.

–Extraño a mi nieta –dice, con voz quejumbrosa–: al menos, me vio sonriendo.


¡Holaa! Quería actualizar antes de que terminase agosto, y aquí estoy. ¡Gracias por la paciencia y la constancia!

Preguntas:

1.-¡Pov favorito?

2.- ¿traje favorito? (recuerden que una versión detallada de todos los pueden encontrar en el blog, tal y como les avisé por mensaje privado)

3.- ¿por qué crees que la historia se llama el descenso?

Eso, ¡gracias y hasta la primera noche!