Dedicado a Paulita, por insistir y reinsistir para que siguiera. Aquí está, como prometí. :3


Capítulo 7: primera noche 7,5,10,9,5,6,2,2


Distrito 7: Pancy Layton, diecisiete años (cosechada).

Al entrar al salón del séptimo piso, nos recibe a Alexander y a mí una explosión de color, todo está decorado con serpentinas y globos, cual si fuese una auténtica fiesta. Para Ivo y Eva, mi estilista y la de mi compañero respectivamente, lo es. ambos hermanos nos reciben, sonrientes, nos dicen cuán bien lo hicimos y cuánto destacó nuestro carro balsa. Yo intento agradecer su efusión con sonrisas que me salen poco naturales, y Alexander únicamente asiente, ido. Como nadie pregunta qué le pasa, asumí que fue idea de los estilistas el haberlo drogado, por lo que evito hacer comentarios y lo guío hasta una silla de la mesa cercana, donde hay aperitivos y cosas deliciosas.

Martin y Roger llegan poco después, algo acelerados, pero se los ve felices. Mi mentor besa mi mejilla y Martin saluda a Alexander con un gesto de la mano, que él corresponde con una sonrisa boba.

–¿No es posible que mañana no narcoticen a Alex? –Pregunta Coco Chambers, la escolta–: para ser el tributo más prometedor de este distrito, nos perjudica que se lo haya visto así.

La detesto, sinceramente odio que me ningunee de esa manera solo porque soy una chica, o más pequeña, o menos peleona. He trabajado desde siempre, soy fuerte e inteligente, y mejor aún, sé cerrar la boca mucho más que Alexander Rheon. Tanto es así que como unos canapés de pescado, a los que me hice asidua en el tren, para evitar decirle algo.

–Golpeó a todo su equipo de preparación cuando vio lo que le habían preparado, así que hubo que drogarlo y no porque quisiéramos –dijo Martin, serio–: como mentor suyo soy el menos propenso a que vuelva a suceder, pero él tiene que colaborar.

Roger asintió. Alex enfocó sus ojos perdidos en mí, tenía una expresión un poco desamparada. Supongo que era eso lo que se ocultaba tras la rabia que siempre parecía mostrar. Recordé el desfile, Alex fue forzado a llevar todo el rato las manos hacia arriba, para hacer más creíble el efecto de árbol. A medio camino, me miró con esa misma expresión y me dijo:

–Pancy… por favor, ayúdame a soltarme –y su tono era leve, algo quejumbroso–: mis hombros… me duelen…

Yo había girado la cabeza, estaba aún enojada con él por la forma en que me trataba, así que me importaba poco que la estuviese pasando mal. Sin embargo, ambos estamos en el mismo barco, da igual si Roger se muestra más dulce conmigo o si Ivo y Coco me hablan de sus cosas capitolinas. Significo lo mismo que Alexander, quizá menos. Si yo hubiese sido la árbol estaría con dolor en mis hombros, si muero de una forma horrible les daré igual. En ese momento me sentí cercana a Alexander como nunca antes, supongo que es porque su prepotencia está opacada por la droga.

–¿Estás bien? –Le pregunté con cortesía, pero sin simpatía. Pensé de nuevo en sus hombros doloridos y sentí un arrebato de vergüenza por haber girado con tanto desdén mi cabeza y mi atención, y traté de remediarlo con esa pregunta.

–Pancy… –susurró, arrastrando las palabras–: te trato mal porque querría cogerte y tú me odias… y tú estás tan buena…

Solté un resoplido de rabia, ¿realmente este sujeto solo veía en mí a un agujero? ¡Es indignante! Y yo preocupándome por él y todo, incluso comparándome con su situación, si hay que ser tonta… da lo mismo lo atractivo que fuese o no Rheon, que objetivamente y sin tomar en cuenta su locura, no está mal, más aún porque le han hecho un corte de cabello capitolino donde tiene los costados rapados y el centro el pelo abundante de siempre. Pero es una estupidez, está loco y estamos en los juegos del hambre, ¡Yo nunca! Qué asco.

Lo ignoré, centrándome en mi comida. Roger quería ver la repetición de los desfiles y me sentí curiosa también por eso, por nada glamouroso en particular, solo quería saber qué vieron mamá, papá y tía Kate por la pantalla. Pensé en ellos, mientras yo comía estos suculentos manjares seguro se preocupaban tanto por mí, sin poder comer… apreté los labios, ya no quería pensar más, pero mi mente discurría a pesar mío.

–Los entrenamientos comienzan a las 9, pero Pancy, me gustaría que estés a las 7 aquí para charlar contigo acerca de tus habilidades y lo que quieras hacer –dijo Roger, bebiendo un sorbo de vino–: esta noche será de trabajo para nosotros, pero estaré a esa hora aquí.

–Lo mismo digo, Alexander –apuntó Martin.

El tributo masculino negó con la cabeza.

–No lo haré… en la mierda de arena… estaré solo –dijo con dificultad, pero un destello rabioso brilló en sus ojos.

Fue entonces cuando sus palabras adquirieron para mí todo el sentido que antes intenté ignorar, y consideré que ese rubio loco de la cicatriz tenía toda la razón. No importaban Roger, los capitolinos, ni siquiera importaba él para mí, o mi familia. En estos juegos estaré sola, total y perdidamente sola.

Y ahora que lo sé, trataré de hacer de aquello una ventaja.


Distrito 5: Haida Creek, cuarenta años (cosechado).

En el salón, nuestros estilistas, Amaranta Avery y Roy terminaban de ver la retransmisión del desfile, con comentarios de Flickerman y el otro sujeto incorporados. Los podía oír desde aquí, la pequeña cocina, mientras pedía lo que necesitaba por el intercomunicador. No pasó tanto tiempo hasta que me trajeron las hierbas de té que necesitaba, supongo que aunque los avoxes no estén acostumbrados a recibir peticiones como estas, debían encontrarse preparados para todo.

Meenara mantuvo la calma durante el desfile, mostrándole al Capitolio entero su valentía y fortaleza, aunque ninguno supiese apreciarla. Fue en la cena que se derrumbó, llorando sobre el plato de ternera, y no importó cuánto Roy le asegurase que su hijo estaba bien, o la congoja en el triste rostro de Amaranta; ella solo veía el desprecio de su estilista, cómo la daba por perdida, y cómo se lamentaba en voz alta que el pobre Leo se quedaría sin madre si solo se centraba en lamentarse. Así que Meenara se dirigió a su habitación, hecha un mar de lágrimas y yo tampoco podía vernos a todos nosotros engalanados para nuestra posible muerte. prefería serle útil a la única persona que me necesitaba ahora.

El té estaba ya listo, puse una taza en una bandeja, un par de galletas de jengibre y la tetera. Cuando salí de la cocina, una joven avox de pelo oscuro prácticamente corrió a mi encuentro, seguramente queriéndome quitar mi bandeja, pero yo negué.

–No te preocupes, pequeña –le dije con voz pausada–: es algo que debo hacer solo.

Ella bajó la mirada, pero asintió y se retiró discretamente. Pasé por el lado del salón de la televisión, sabía que aún comentaban los trajes de todos y la votación por el mejor vestido, el más tonto, el mejor conjunto y demás se estaba desarrollando, pero como dije no era algo que me interesara, ni siquiera si, cosa que dudaba bastante, Meenara y yo salíamos premiados en algo. Nuestros estilistas ya comentaban que no hicieron su mejor esfuerzo porque estábamos viejos, para la furia de Amaranta, que salpicó con café al mío. Nunca la había visto tan capitolina como entonces, ella parecía demasiado sobria y consciente, aunque quizá era incluso por eso que se puso así. Amaranta Avery parecía llevar su trabajo de escolta más como un castigo que como una honra. Más o menos como yo.

La habitación de Meenara estaba cerrada, así que le tuve que pedir con palabras que me abriese, agradeciendo en mi interior no haber sido privado de mi lengua. Ella tardó algo, pero cuando por fin abrió, la vi algo más repuesta. Sus ojos estaban hinchados, sus mejillas algo ruborizadas pero no había ya rastro de lágrimas en su piel. Se había quitado el vestido y en su lugar llevaba una esponjosa bata con algo debajo, aprecié su fuerte y robusta figura. No tengo dudas de que había fuerza en ese cuerpo tanto como en su espíritu.

–Señor Creek, yo… –Extendió sus manos, para recibir la bandeja que le tendía–: gracias…

Nos quedamos por un instante allí, parados en el filo de la puerta, con la boca cerrada, pero nuestros ojos se decían mucho, al menos los míos. Yo no tengo hijos, hay mucha gente que me extrañará en el distrito 5 pero nadie tan vital como a mi compañera. Lo que Meenara está viviendo ahora yo lo pasé hace veinticinco años, y cómo me hubiese gustado que alguien me tendiese una taza de té rojo en un momento tal.

Asentí con la cabeza, sonreí un poco y me alejé, dejando que ella cerrase la puerta tras de sí. No me siento capacitado para entrar a su habitación y contenerla, también es un momento duro para mí, solo quería demostrarle que no éramos enemigos. Aunque en la arena nos veamos enfrentados, si bien el Capitolio quiere enemistarnos los unos a los otros con el acto de mandarnos a un lugar para que atentemos contra nosotros, nunca podría ver a ninguna de estas personas como un peligro o amenaza. Ni tan siquiera a los voluntarios, menos a los de esta edición. Son, más bien somos, víctimas y nada más que víctimas. Pagando no solo por el error de fracasar en una revolución sino también por la falta de agallas para seguir luchando por nuestra libertad.

Ahora sí, con mi misión ya cumplida, me dirijo a la sala donde estaban todos. Únicamente están Amaranta y Roy en ella, sentados en el sillón, con la televisión encendida, pero ellos no la miran. Puedo ver el amor allí, no se están besando, no están tocándose siquiera, pero se respira en el pestañeo de ella, en la forma en que Roy tiene acomodado su brazo, en el movimiento de sus pechos. Se aman. Son jóvenes. Los entiendo. Yo también amé en el distrito 9, y la vida no me tiene preparado el drama suficiente como para enfrentarme a ella en estos juegos. Tal vez me haya visto en el desfile, quizá me reconoció. Nunca lo sabré.

–¿Cómo está Meenara, señor Creek? –Pregunta Amaranta con verdadera preocupación.

Roy me mira también, prestándome la atención que una persona merece, no un simple tributo, no el trámite de todos los años. Lo percibo y se lo agradezco.

–Luchando –Contesté–: estará bien.

Así también estoy yo, supongo que en esta situación es fácil equipararnos.


Distrito 10: Nyx Bellecourt, veinte años (cosechada).

Rafe y yo no nos habíamos dicho nada de importancia, quizá porque no solía hablar si no tenía nada que decir pero también porque nuestros mentores no han fomentado demasiado el trabajo en equipo. Bojack y Dianne se la pasan chinchando por cualquier cosa, llevándose tanto el protagonismo de nuestras interacciones (en la cena, en el carro, en la retransmisión de los desfiles) que ambos nos quedamos como expectadores de sus tonterías. Sé que mi compañero pelirrojo se crispa, al parecer no tiene demasiada paciencia para soportarlo pero yo únicamente pienso en otra cosa, me imagino corriendo por el hermoso pastizal de casa, o recuerdo todos los conocimientos que sé de anatomía animal, por haber ayudado a mi madre a curar en su trabajo. De algo me deberá servir aquello, pienso decírselo a Dianne en privado pero en lo posible, no involucrar a Bojack y Rafe. Por ninguna razón en particular, no desconfío de ellos pero me da algo de vergüenza hablar frente a los dos. Especialmente frente al mentor de mi compañero, tiene un descaro con el que soy incapaz de lidiar. Y no puedo olvidar que, con la misma sangre fría que le propuso a Rafe matar a la niñita del 3, podría idear una estrategia contra mí. Mientras menos conozca acerca de mis habilidades o defectos Bojack Jones, mejor.

–Bueno, angelitos, es hora de que vayan a soñar. Se han portado muy bien –nos dice Bojack, con una sonrisa burlona.

–Mejor que otros, al menos –Dianne está bebiendo directo de una botella desde hacía rato, y se nota en su aspecto–: Además eso de la herradura tatuaje nos ha conseguido bastante cuota de pantalla, al contrario de otras ediciones donde nadie nos recuerda.

Rafe, quizá en un ademán instintivo, cruza los brazos frente a su pecho aunque ahora lleva camiseta y no tiene sentido. Obviamente era un tatuaje al agua que desaparecerá cuando se dé una ducha pero todo el mundo se preguntaba si era real, si lo habían quemado, o tatuado, o algo así. Dianne le preguntó incluso si tenía algún antecedente rebelde; pues no se imaginaba otro motivo por el que el Capitolio le hiciese lo que ella consideraba una ofensa. Rafe solo se había encogido de hombros, diciendo que en realidad no le parecía ofensa ninguna y que sus padres fueron rebeldes, sí, pero habían muerto hace tanto tiempo que ya casi no importaba.

–Y en realidad me da un poco igual, solo quiero conseguir patrocinadores –manifestó, con una indolencia que no sé si me tragaba del todo, pero allá él–: sé que ese es uno de los secretos para volver. Si a la gente del Capitolio le gusta, bien.

–Qué sensato, mi chico –el joven Bojack alargó excesivamente la "a" de "sensato" –: me alegra no tener que explicarle estas tonterías básicas otra vez a alguien. Como si te quisieran poner una marca de herradura en el culo, ¿verdad? No importa, todo sea por agradarles y volver.

Hubo un impase después de aquello, Dianne bebía de su botella, Rafe solo miraba en silencio hacia el frente y a mí, la verdad, me importaba bastante poco. Sé que también destaqué, en el desfile salí seleccionada como la segunda más bella, superada únicamente por Franziska.

–¿Y tú, Nycki, cariño? –Desde que Bojack se había dado cuenta de que me hacía sonrojar cuando me miraba fijamente, no paraba de llamarme de esa forma y mirarme de más cada vez que me hablaba–: ¿tienes familiares rebeldes de los que no sepa, bonita? Porque es hora de que me digas ya para ver qué hacemos.

Me concentré en mis manos, me sentía incómoda frente a hombres, como ya dije, y Bojack podía sacarme los colores más que cualquier otro que hubiese conocido. Ni siquiera los hermanos de Dianne, esos engreídos, o el puma que dejé huir cuando era una niña, tenían unos ojos tan peligrosos y penetrantes como él.

–La historia es larga, no sé si querrás oírla –Dije, extendiéndome en el sofá con relajo.

–Tengo tiempo, habla –Bojack, en cambio, se inclinó hacia delante. Rafe también me miraba, y hasta Dianne dejó de beber.

Tuve dos tíos, a los que nunca llegué a conocer pues murieron en la rebelión del Sinsajo. Ambos eran gemelos, Jean y Jaques Bellecourt. Sus destinos se separaron en aquella rebelión, pues uno peleó por el bando del Capitolio y otro por Katniss Everdeen, cuando decidieron sus destinos se distanciaron para siempre, pero no lo suficiente, al parecer, pues la muerte se los llevó en la misma batalla, el mismo día. Mi abuela recibió tanto medallas conmemorativas y un uniforme de gala por Jaques como la simple información de que su hijo estaba enterrado en una fosa común, por Jean. Mi bisabuela, Demi, amaba a esos chicos y siempre cuenta historias sobre ellos, al igual que lo hace sobre el resto de varones de la familia, a quienes se ha llevado también la Rebelión. Su propio padre murió en la primera, cuando era ella aún un bebé.

–Ya ves cómo no era tan larga –sonrió Rafe–: me gustaría tener un recuerdo así de mis padres.

–Sabina, dice que la Rebelión se los lleva a todos –Manifesté, sin pensar. Esa mirada de complicidad que me dirigió mi compañero, fue especial. La primera. Quizá la última.

–Zane se esforzó mucho por mí, para que yo me resintiera lo menos posible por la muerte de mis padres –confesó él. Ya sabía que Zane era su hermano mayor, padre del cosechado.

–Qué conmovedor… ya vayan a dormir, que el entrenamiento es temprano –interrumpió Dianne, arrastrando las palabras–: y nosotros tenemos que hacer las gestiones para una posible alianza. Intentaré ser fiel a lo que hablamos.

Rafe y yo asentimos, toda complicidad olvidada. Volvíamos a ser tensos enemigos, o más bien víctimas de esa relación extraña, pero cálida, que había entre nuestros mentores. Así tenía que ser, supongo.


Distrito 9: Duncan Borlaug, cincuenta y seis años (cosechado).

Comí una cena realmente estupenda, aunque creo que la hubiese disfrutado más sin los comentarios ponzoñosos de la señora Grainbelle a mi lado. Estoy con ella desde ayer, aún así no me puedo acostumbrar todavía a tales dosis de veneno. La mayoría del tiempo la ignoro, es algo que no se me da mal, solía ignorar a mucha gente en el distrito; pero luego me di cuenta de que eso me podía jugar en contra, debido al vínculo que ella tenía con Breel, el vencedor. Y ya tengo demasiado por lo que preocuparme para que la anciana esta, le venga con el cuento a nuestro mentor de que tal vez no soy demasiado amable, o lo que fuese.

Angus, mi hermano, es de carácter un poco más dócil, él quizá hubiese jugado a ser un pusilánime o algo así. A mí, en cambio, me hierve la sangre cada vez que debo bajar la cabeza y asentir a "así no se toma el cuchillo, buen hombre, ¿dónde aprendió a comer?" o a "creo que en el desfile no salió con su mejor cara, ¿Por qué no sonrió más?" Guardarme el "porque estoy en los malditos juegos del hambre, vieja idiota" me costó todo mi autocontrol. Pero lo hice, y a cambio recibí que ella me estuviera contando todo el tiempo como su aliado, que alavara mi fuerza (¡algo, entre tanta crítica!) y que siempre dijera "Breel, nosotros" en lugar de "yo". Además, he de reconocer que intentaba subirme la moral siempre que podía, criticando a los demás tributos, bajándole el perfil a seres tan amenazadores como el tipo del 2 o el joven del 7. Es algo que a mí me cuesta más, ocupado commo estoy en aborrecer mi situación, pero que a Jessica le sale natural. En resumen, no es la compañera de distrito que habría pedido pero ¿es que acaso yo, viejo y según ella acabado, soy el suyo? No lo creo.

Ahora, de hecho, está conmigo, pintándose los labios de carmín. Tiene la gargantilla, regalo de su "Breel, cielo" en el cuello y parece lista para salir, con un vestido elegante y todo. Es una mujer atractiva, con su piel trigueña y su pelo corto, y admiro que no se deje vencer por la edad u otras cosas.

–¿Se acicala tanto para dormir, Jessica? –No pude evitar preguntar, curioso. Roselia no era así, recuerdo con un ramalazo de nostalgia. Han pasado veinticinco años pero duele como si fuese un día, a veces.

–No, claro que no –se rió con esa risa suya un poco de bruja, falsa pero que intentaba sonar cordial–: Voy a la fiesta de los mentores, por supuesto.

Abrí la boca, sorprendido. Por lo que sabía, los mentores hacían una fiesta después del desfile, para intercambiar impresiones, forjar alianzas, conversar sobre sus asuntos. Que yo supiera, no iban tributos a ella, ni siquiera los profesionales.

–¿Esto… su hijo lo sabe? –Tenía que irme con cuidado con Jessica.

–Oh, ¡no! Pero seguro no le importa –otra vez la risa, se miró en un espejito de mano.

No dije nada, pero no hizo falta. En unos instantes, Breel Grainbelle salió de la habitación, con el pelo engominado y oliendo a perfume del Capitolio. Se veía bastante sobrio.

–Bueno, mamá, Duncan, ya me… –cuando llegó a la salita, el hombre se interrumpió–: ¿qué hace vestida así?

Jessica, alborozada, se puso en pie y explicó atropelladamente lo que me había dicho. Parecía tan segura de su éxito, que me habría sorprendido que no fuera. Pero no fue. Dieron igual las súplicas, las rabietas, la ventaja que supondría tenerla adentro, los "cariño, tengo que ir, de ello depende mi vida", Breel fue categórico. Noté lo mucho que le dolía negarle algo a su madre, más aún porque de los ojos de Jessica caían gruesas lágrimas. Tuve que apartar la mirada, presa de un acceso de asco que era imposible de disimular. y fue entonces cuando el mentor se quebró, sacó su teléfono e hizo una llamada.

–Hola… ¿señor Jansen? –dijo, con sumo respeto, pues hablaba con el jefe de los vigilantes, nada menos–: sí, el señor Grainbelle… verá, mi tributo femenino quisiera ir a la fiesta… entiendo… que no sea un mangoneado por mi madre, sí… bueno… claro… adiós.

Su rostro estaba lleno de congoja, cuando cortó la comunicación. Jessica se secó las lágrimas, manchurrones de maquillaje adornaban sus mejillas arrugadas.

–Al menos lo intentaste, cielo –dijo, con voz melosa. Breel abrió la boca, dispuesto a disculparse, pero ella corrió hacia él para envolverlo en un abrazo.

El asco y desprecio que sentía, amenazaban con traslucirse en mi forma de mirar. De manera que, sin despedirme, sin echarles una segunda mirada, me marché de allí rumbo a mi dormitorio, pensando en mi familia, con la que no compartía un vínculo tan disfuncional. Especialmente se me vino a la mente mi Aliana, hija de mi hija… tenía los ojos de Roselia.

Supongo que es la cercanía de la muerte, lo que me pone así. Triste, melancólico. No sé. Pero, cuando me metí en la cama, pensé en la mujer que no podía ver hace tanto, de la que solo me quedaba una rosa como recuerdo… y aunque la extraño todavía, no quiero reunirme con ella.


Distrito 5: Meenara Lander, cuarenta y un años (cosechada).

La cama es demasiado blanda, siento que me hundo en profundidades que no puedo controlar. Intentar dormir me ha costado lo mío, ya no digamos conciliar algún tipo de sueño; al final, opto por tomar almohada, manta y recostarme en la moqueta, el suelo más duro me resulta más familiar. Sin embargo, dormir no es una cuestión de dureza de la cama, sino de tranquilidad de espíritu. Pienso en Leo, en sus ojitos, en cómo los agentes de la paz lo tomaron para llevárselo de mi lado, en la promesa de Roy, y de nuevo un nudo se forma en mi garganta. Sé lo que es ser huérfana y depender de la caridad, yo no fui a un orfanato gracias a Raquel, mi vecina, que me cuidó tras la muerte de mis padres. Cuando murió, la lloré como si fuese madre mía… y lo era, en cierta forma. No dudo que Roy Adler sea un hombre bondadoso, pero todavía no puedo entender que me pase eso. Primero la ejecución de mi marido, luego Max… y ahora yo. Es como si el destino se hubiese cebado conmigo.

Me levanto del suelo, voy hasta mi mesita de noche y como las últimas galletas que me trajo el señor Creek tan amablemente. De cualquier otro compañero sospecharía, pero él no alberga maldad en su corazón, es tan puro y bueno que sé que sus intenciones no pueden ser otra cosa sino nobles. Todavía pienso en Leo, debe estar dormido en mi distrito natal, en una habitación linda igualmente, pues los vencedores tienen recursos. Me vio por la televisión, intenté mostrarme sonriente y digna, solo para él, para que pudiese estar seguro de que podía con esto. Mi vestido era lindo y agradable, pero no me habría importado ir como un esperpento si podía ver entre el público a mi hijo. Solo vi a la hija del vigilante, sentada en uno de los palcos principales, sé quién es por haberla visto en recortes de prensa. Tenía largo cabello rojo, ojos verdes y expresión dulce. Pero estaba tan entusiasmada con los Juegos que no me cabía duda de que disfrutaba de las muertes como los demás.

Salgo de la habitación, sintiéndome atrapada entre mis pensamientos, y especialmente entre las paredes de esta linda habitación que bien podría llamarse celda. Estoy descalza y en bata, pero no me importa porque Roy ha de estar en la fiesta y Haida, dormido. Voy a la sala, esperando encontrarla desierta, sin embargo hay un cuerpo en el sofá. Puedo ver su perfil y sentir su respiración, lenta y profunda como la de alguien que duerme. Curiosa, me aproximo para verla mejor, hay una luz suave encendida que me lo permite y allí está, encogida, con el espeso cabello negro desparramado de cualquier manera y la boca entreabierta. Tiene la mano doblada en una posición que parece algo dolorosa, sosteniendo su rostro.

Es mi escolta, Amaranta Avery. Sin su leve maquillaje, y dormida, parece tan joven… no más de veinte años. Y sin embargo trabaja aquí, en los Juegos. Supongo que debería aborrecerla, como a todos los del Capitolio; mi marido los odiaba a todos y cuando Max se fue, también los aborrecí. Debería dejarla allí, que se muera de frío y se le acalambre la mano. Sí, eso es… pero Amaranta no trabajaba todavía como escolta el año de Max, debutó el año de Roy. Era realmente joven entonces, y se preocupaba verdaderamente por nosotros…

No puedo evitarlo, mis pasos se dirigen hasta la habitación y saco de mi cama una de las esponjosas mantas que me cubrían. A fin de cuentas, hay demasiadas y no creo poder dormir. Con sigilo, vuelvo a la sala, donde la joven sigue dormida, y le echo la manta por encima, con cuidado de no despertarla, como hacía con Leo y Max. Sin embargo, Amaranta no es ninguno de mis hijos; sus ojos se abren, somnolientos, al sentir la tibieza de la tela.

–¿Amor… ya llegaste? –Susurra, somnolienta, antes de enfocar la vista en mí. Se pone rígida, asustada–: Oh, Meenara, disculpa… ¿cómo te encuentras?

Seguramente me preguntaba por haberme ido precipitadamente en medio del desfile, por culpa de los comentarios de cierto estilista. Sonrío, sinceramente ya me siento mejor. Eso le digo, y ella muestra su conformidad con un gesto amable. Se incorpora, dejándome sitio en el sofá. Lo acepto, después de todo dormir está fuera de mi alcance ahora.

–Sé que es difícil… y más para ti, pero deberías aprovechar de descansar –me dice, una vez sentada junto a ella–: Hoy tienes el sueño asegurado, en unos días no sabes.

–Lo intenté, pero no sale –Reconozco–: tengo la cabeza llena de pensamientos. Especialmente me acuerdo de mi hijo, me pregunto cómo está, qué está haciendo, si llora…

Amaranta ace un gesto extraño, como si quisiese abrazarme, pero en el último momento se contiene y disimula cubriéndome también con la manta.

–Leo está bien, te lo aseguro –por algún motivo me conmueve que esa jovencita que lo ha tenido todo se acuerde del nombre de mi pequeño–: Roy lo cuidará, te lo aseguro. Es un buen hombre.

En sus ojos brilla algo que, con mis cuarenta años, he visto muchas veces en jovencitas de su edad. Me pregunto si será Roy Adler, el vencedor provinciano, la causa de que Amaranta sea tan poco clásica, o era así desde antes y esa fue la razón de su fijación por el joven. Pero no me cabía duda alguna, ella lo amaba.

–Cuando no puedas dormir, concéntrate en oír tu propia respiración, intentando no pensar en nada –me aconseja–: yo lo hago todavía a veces, para escapar de las pesadillas.


Distrito 6: Romeo Vector, cuarenta y dos años (cosechado).

En cuanto escuché la puerta del piso abriéndose, me precipité fuera de la cama. Eran las 3.10 de la madrugada, no creí que Naelie Reyne y Heraclio Neleas llegasen tan pronto de la fiesta de los mentores; imaginé que, como mucho, debía esperar una hora más, suerte que estos vencedores no fuesen demasiado fiesteros. Agradecí el haberme dormido temprano, pues me sentía despejado y descansado para hacer las preguntas que quería. Me puse las pantuflas velozmente y salí, mientras tenía los oídos abiertos para captar qué se estaba diciendo fuera.

–¿Connie McFarland es así de coqueta siempre? –preguntaba el adolescente en ese momento, mientras yo cerraba la puerta con cuidado.

–Muchas cosas se rumorean sobre esa vencedora en concreto, pero sí, es su forma de relacionarse con hombres y mujeres –Contestó la voz tranquila y triste de Naelie. Cualquiera pensaría que el haber ido a una fiesta subiría sus ánimos, pero ya veo que no es así–: pero estuvo bien cómo reaccionaste ante ella. Dorian Clearwater es un tributo profesional ahora, no le conviene a Romeo.

–¿A mí? No, supongo que los profesionales no me convienen –dije, apareciendo de repente en la salita. Heraclio, quien estaba más a mi vista, dio un respingo. Tenía el cabello castaño y largo atado en una trenza, vestía de gala y llevaba una especie de capa azul. Mi mentor era un poco extravagante, tenía que decirlo.

–Vaya forma de aparecer… buenas noches, o madrugadas, señor Vector –Saludó cortesmente Naelie. Esta era una mujer de treinta y pocos años, en el punto más álgido de su belleza. Era pequeña, sus cabellos los tenía peinados en rizos pelirrojos, su rostro era pecoso y su mirada verde.

–Buenas madrugadas –dije, con una sonrisa–: espero la hayan pasado bien en la fiesta. ¿les gustaría un té?

Naelie asintió, parecía agotada pero con ganas de asentar algo el estómago. Heraclio negó, sin embargo se notaba que se quedaría con ella, en parte quizá en su labor de mentor novato pero supuse que había algo más. En breve, puse la mesa y agua, para no tener que despertar a un avox, pobres diablos. No muchos, pero sí algunos, terminaron así por algún soplo mío. No sé si será tanto por sentimiento de culpa, pero sí para dejarlos tranquilos, en fin. Yo estoy aquí en los Juegos, quizá no por azar, cualquier injusticia que cometí ya la estoy pagando.

–La verdad es que muy poco se habla de estrategias y eso –Comenzó el chico, ante mi cordial pregunta de qué tal eran las fiestas–: casi siempre son preguntas de cómo son nuestros tributos, si dan problemas, o cosas así. A nosotros no se acercaron mucho, excepto Conie McFarland y Peeta Mellark, a saludar.

–¿Y qué tal los vigilantes? –Pregunté–: según sé, solo son diez sin contar a Jansen.

–Y bien sabes –Naelie bebió un poco de su té rojo–: Briseida ha sido la más abierta, como siempre. Nos ha dicho que esperemos una enorme sorpresa.

–Naelie piensa que eso quiere decir que la arena será muy grande –reaccionó el chico, mi mentor–: así que hay que estar preparado para estrategias de ocultamiento.

–Es un vasallaje, supongo que no querrán que los juegos duren poco –añadí, juicioso. Los mentores asintieron–: Así que una enorme sorpresa… esperemos no sea en entorno natural. No lo digo porque no me maneje en ello –añadí rápidamente–: es solo que hemos tenido de esas arenas por cinco años consecutivos.

–No es necesario que lo oculte, nuestro distrito no es que destaque por los entornos naturales –la vencedora sonrió ligeramente–: además, he tenido tantos chicos en frente, intentando ocultarme sus debilidades… tranquilo conmigo, señor Vector.

Por supuesto, ella no sabía que intentando mostrarme más débil activaba su instinto de protección, que sé que es bastante fuerte. Es cierto, los entornos naturales no se me dan bien, pero tampoco mal. He tenido que viajar a otros distritos, he recibido entrenamiento, he leído. Katie era una fanática de los reportajes de naturaleza que daban a veces por la televisión, cuando podíamos verla. En fin, lo importante es que la señorita Reyne me ha visto humano, costará que lo olvide. Quizá fue la sonrisa que esbocé ante mi distrito lo que me jugó en contra con Mercedes Marston, pero no sucederá de nuevo.

Comenzamos a hablar de los mentores, sobre todo me interesaba saber lo que Heraclio tenía que decir de ellos. Por lo que he visto en las cenas y desfile, Naelie era más comedida, más reservada, supongo que habrá sido tanto niño que ha visto morir desde que tenía dieciséis años. Heraclio está verde, es inocente, puedo comprometerlo más a mí. Así que lo escuché confesarle que Siri Gates le daba algo de miedo, que Roy Adler era un chico moreno y simpático y que su tributo femenina pegaría bien con Mercedes, y que Bojack Jones presumía del tatuaje de su tributo, un tipo pelirrojo con expresión seria llamado Rafe Firehorse. Me interesan los palurdos del distrito 10, supongo que está mal que lo diga pero tienen fuerza y poco cerebro, solo cuidan animales. Y tener al sujeto conmigo, a los dos si lo desean, no deja de ser un avance.

–Sé que quizá es pedir demasiado… pero, Heraclio, me gustaría conocer a Rafe, llamó mucho mi atención en el desfile –comenté, tranquilo–: ¿te sientes preparado para concretar con Bojack una alianza si las cosas se dan?

El chico tragó saliva, inseguro, pero asintió. No sé si me mandaron aquí o fue casualidad, como sea, voy a salir de esto con vida, así como he salido de tantas.


Distrito 2: Hans Imber-Black, cuarenta y un años (cosechado).

La alarma que programé suena a las 5.30 y me levanto al primer aviso, como siempre hacía en mi casa. Allá, me habría intentado levantar sin hacer ruido, Nicole me oiría de todos modos y gruñiría algo en sueños, como "no hagas ruido" o algún sonido amorfo. En los mejores días, que son casi todos excepto cuando hay problemas en el trabajo, le lanzaría una almohada en broma, ella se incorporaría con su pelo desprolijo y mirada asesina, me agarraría de la mano, o del brazo, o de donde fuese, y me obligaría a tumbarme de nuevo en la cama. Le haría el amor con toda la energía de la mañana para dejarla despierta del todo, y luego tendría que irme corriendo al campo de entrenamiento o bien al centro de agentes de la paz, no sin antes despedirme de los chicos con un beso en la frente.

Hoy no hay Nicole a mi lado, no hay amor matutino y mis hijos tampoco están. Cuando despierto, lo que hago es ponerme a acondicionar mi cuerpo, quiero estar caliente para el entrenamiento de las 9, de ese modo no perdería el tiempo calentando, que en mi condición es como media hora. La moqueta es algo estorbosa pero no importa, debo acostumbrarme a las peores condiciones, pues no sé cómo será la arena. Hago trote en el lugar, estiro mis músculos, ejercicios como abdominales, flexiones y piernas vienen después, mientras tanto no dejo de pensar en mis rivales. El distrito 1, rebeldes, no me caben dudas, al menos de ella. el distrito 3 es bastante fácil, me parece que el sujeto puede ocultar algo pero la niñita… tiene la edad de mi Elisa, es una pena que haya venido a parar aquí. El distrito 4 me preocupa más por la mujer, esa tal Sirena. Sé lo que es, se le nota, y puede ser impredecible. De Dorian todavía no me fijo opiniones claras. Después analizaré al resto, sé que podrían haber algunos que me inquieten, como el chico del 7 pero quiero verlos mejor para formarme una idea.

Y luego está Astrid, por supuesto.

Sacudo la cabeza, el sudor se desliza por mi calva. No quiero pensar en la profesional, joven y competente Astrid, a la que le costó dejar de llamarme jefe, la que entrenaba con su cuñado a espaldas mías, creía. Sé que es buena… y que yo soy mejor, nunca cometería el error de subestimarla, pero fue tan inmadura e irreflexiva al presentarse voluntaria, tirando su vida a la basura… cualquier cosa que le pase será su responsabilidad, exclusivamente. De todos modos, si tengo que encargarme de ella lo haré rápido, por deferencia. Espero no llegar a eso, claro.

Serán casi las 7.00 y es aquel el momento en que decido parar. Mientras me doy una ducha tibia, más cercana al frío que al calor por costumbre, pienso en el tributo que más llamó mi atención de toda la edición, una muchacha de pelo negro y ojos grises apellidada Hawthorne. No quiero pensar mal del Capitolio, es como morder la mano que me da de comer, todo lo que tengo es por ellos, sin embargo… no dejo de pensar en cuán extraordinariamente televisivo es aquello, un asesino y un Parente de su víctima juntos en una edición de los Juegos del Hambre, si es casualidad sería una demasiado buena. No tengo claro qué sabe la chica sobre mí, yo de ella sé poco y nada, podría decirle más de su pariente. Como de qué color era su sangre. Cómo sonaban sus gritos. El sabor de su confesión. Fue valiente, aguantó más de lo que cualquiera se pudiese imaginar, lo cual resultó peor para mí, pero al final se rompió, como todos.

Si al final resulta que el Capitolio me ha traído aquí por una razón semejante, algo que no descarto, dudo que cambie algo en lo práctico. Seguiré comportándome de idéntica manera, haciendo lo que esté en mi mano para volver a casa. Supongo que lo sabían. Puedo ver esto como una traición, sacrifican a su héroe en pos de la diversión, o bien como una nueva oportunidad para alimentar la leyenda. Prefiero la segunda opción por lejos, me da ánimos para seguir y quito de mi mente pensamientos como la rabia y el rencor, que para nada son constructivos.

Cuando llego a la habitación para vestirme, con una toalla alrededor de mis caderas, no está vacía. Una jovencita de pelo corto, estatura pequeña y mejillas redondas está allí, doblando ropa sobre la cama. No me mira, ni yo a ella; a fin de cuentas se supone que ha perdido su humanidad. Se va con pies ligeros y es cuando me acerco a la ropa, se trata de un chándal azul oscuro con líneas blancas en los costados, a la espalda y en frente tiene el mismo color con un número 2. Hay una camiseta blanca con el 2 en negro, ropa interior, zapatillas de deporte y eso es todo. Un poco informal para mi gusto, pero resulta ser bastante cómodo, eso compruebo cuando ya está en mi cuerpo. Sin tener nada más que hacer, me marcho a desayunar.

Berna Crane, esa cabrita loca, nos prohibió despertar a cualquiera de ellos antes de las 12.00 del mediodía, pues pensaban quedarse de fiesta hasta el amanecer. Me muero de hambre, así que llamo a una avox, que sin sorpresas es la misma de la ropa, y le pido huevos con tocino, tostadas, mermelada, café, jugo de frutas y pastelillos. Ya ha empezado mi lucha por la supervivencia.


Distrito 2: Astrid Heckler, treinta y tres años (voluntaria).

Me gusta la ropa que nos han dejado para el entrenamiento, me hace sentir mejor que ayer al desfile. Seria y formal, así me veía con el uniforme de agente de la paz de gala; y si bien soy instructora, no patruyo las calles ni visto de blanco la mayoría del tiempo. Además, solo soy seria y formal con mis alumnos, me costó entrar en ese papel. En fin, ahora me siento más yo, así que me recojo el pelo en una coleta alta y salgo al comedor, muero de hambre. Sé que seguramente no habrá nadie, pues los mentores se habrán quedado en fiesta hasta el amanecer, lo cual me parece algo tonto porque tenemos dos mentores por cada uno, ¿realmente nadie puede atendernos? En fin, mis protestas no sirvieron de nada, Berna Crane, que ni siquiera es mi mentora, fue enfática.

No me gusta desayunar sola, cada día lo hacía con mi esposo allá en el distrito, siento que comer es un acontecimiento social. Al parecer la vida me escucha, porque cuando llego al comedor, me encuentro con Hans, que termina una enorme porción de comida. Parece satisfecho, su cara me lo dice, pero sigue comiendo. Sé bien por qué.

–¡Hola! ¿qué tal la noche? –Digo sonriendo, yendo hacia él ya que se ha puesto en pie al verme. Me besa la mejilla, huele a recién bañado y a café.

–Bien, ¿y la tuya? –Pregunta, como siempre de pocas palabras.

–¡Un poco nerviosa! Me costó dormir, pero el resto bien –una avox se me acercó, y ordené también un desayuno sustancioso–: Sabes, he tenido una idea respecto a nosotros dos en el entrenamiento.

Hans me miró con curiosidad, con una sonrisa de educado interés. Se la comenté, hablando fuerte y con claridad. Creía que era bastante buena para mostrarle nuestras habilidades a todos, pero sin mostrar demasiado. Más que nada para impresionar al populacho.

–Hmm… ¿te refieres a una exhibición? –consultó, con algo de sorpresa. Asentí, algo nerviosa–: estrategia de intimidación y matonaje. Pensarán en nosotros y ni siquiera les habremos dirigido una palabra.

Se quedó en silencio, meditando. Esa era la idea, cuando era joven soñaba con ser profesional y la líder de mi alianza, intimidar a todos con mis conocimientos, que me siguieran. Eso está descartado ahora, soy consciente de que Hans está más capacitado para liderar, pero aún puedo impresionar. Aún pueden temerme, ya no por una razón tan tonta como el prestigio, ahora necesito que adultos me teman para tener asegurado el camino a la victoria. De vuelta con mi familia y con más recursos que antes, para cumplir mis metas.

–Me parece bien –terminó el hombre, tomando un poco de su café ya frío–: tendremso que hablar con Marco Jansen, para que nos lo permita.

Suelto un bufido de risa, mirándolo con algo de picardía por sobre mi desayuno.

–Por favor, ¿le negarán algo a Hans Imber-Black? Solo tienes que pedirlo, cualquiera te concederá lo que deseas.

Reduje al mínimo la amargura de mi voz, no por él, reconozco que su prestigio se lo había ganado, no sé lo que hizo en su juventud pero como jefe y en su puesto es admirable; sin embargo, lamento que haya sido él el cosechado, que ningún joven impetuoso se presentara en su lugar. Porque Hans eclipsaba a todo y todos, ¿cuánto más a mí, su compañera?

–Hablaré con él –me prometió. Sonreí, me sentía emocionada por lo que íbamos a hacer, por las reacciones del resto ante nosotros.

Hans había terminado ya su desayuno, pero me acompañó a terminar el mío. Hablamos de los demás tributos, de los mentores, nos preguntamos con curiosidad cómo les habría ido a Asensio, Julio, Berna y Marcus en aquella fiesta.

–Para todo esto, tendremos respuesta por la tarde –dijo mi compañero–: no seas ansiosa.

Me sentí un poco sonrojada, no era exactamente una regañina, de hecho parecía más como si le estuviera hablando a una alumna díscola. Tenía que aclararlo ya, de lo contrario se vería resentida nuestra relación.

–Hans –dije, otra vez con fuerza–: ¿por qué me tratas como a una mocosa?

Él abrió sus ojos oscuros, sorprendido. ¿Es demasiado tonto que me haya vuelto a sonrojar?

–¿Lo hago? –Interrogó con curiosidad–: no me había percatado, Astrid.

–Pues sí –contesté–: no dejas de… bueno, no dejas de tranquilizarme, de aconsejarme, de mirarme de esa manera, como si estuviera por debajo de lo que se espera. Pero no soy la niña que entrenaste.

Y es que ahí está todo, Hans me había entrenado. Yo… fui su fan en el pasado, su aprendiz, y él fue quien dijo que no estaba preparada para ser voluntaria y enviaron a otra en mi lugar. Ella, que estaba tan preparada como para morir en el banquete.

Hans tosió, aunque se notaba que era una risa contenida. Eso me hizo sentir aún peor, aunque luego sus palabras lo enmendaron un poco.

–Jamás podría subestimarla, agente Heckler –dijo, serio–: ha entrenado tanto, y ha sido tan perseverante, que no merece que nadie la mire por encima.

–Gracias. Yo… lo siento, solo tenía que aclararlo.

–Si le hablo de esa manera, es solo la costumbre –manifestó–: No volverá a ocurrir.

Supongo que fue entonces, juntos en la mesa del desayuno, cuando decidí que quería vencerlo, no matarlo (no creo que pudiera, habían muchos lazos) pero sí derrotarlo, demostrarle cuánto había mejorado. Era una cuestión de orgullo, la aprendiz que supera al maestro. Y esa elección fue la que nos unió tan inextricablemente a él y a mí.


Nota:

No tengo perdón, cada vez tardo más jaja. Ya dije que no voy a abandonarlo, pero ha estado difícil continuar, la universidad es muy dura y he tenido ciertos problemas personales, pero aquí estoy, otra vez.

¡Gracias porque hemos sobrepasado los 100 reviews! De verdad, valoro mucho a las (el) que me siguen todavía, se les nota el compromiso con la historia.

En fin, ahora las preguntas.

¿POV favorito?

Ahora que conocen más y mejor a todos los tributos, ¿con quién les gustaría que se aliase el suyo?

¿qué le dirían a su tributo?

Eso, ¡gracias, mis amores!