Capítulo VIII: 1º día de entrenamiento 1,9,10,12,3,11,4,8
Distrito 1: Sapphire Rhodonite, veinticuatro años (cosechada). Desde 8.50 am hasta 10.20 am.
"El centro de entrenamiento se encuentra en el sótano", fue lo que me dijo Jaspe Ross la noche anterior, antes de irse a la fiesta de los mentores junto con Silver. La vencedora de color beige no era muy comunicativa, así que al bajar y encontrarme con un sitio varias veces más grande que las salas de nuestra academia, con techo altísimo y brillantes luces fluorescentes que dejaban ver distintos puestos con armas, estrategias de supervivencia, carreras de obstáculos, plantas medicinales y otras cosas, me sorprendí. Vulkan, a mi lado, fijó los ojos al instante en una enorme maza con pinchos, y no los apartó de allí en un buen rato. No me cupo duda alguna de que iría a por ella en cuanto nos dieran permiso. Me dio cierta inquietud hablarle, Vulkan se había mostrado correcto y hasta amable conmigo, incluso bajamos juntos; pero esa maza medía como la mitad de mi cuerpo… o eso me parece. Sé que en algún momento se convertirá en mi adversario, debo estar mentalizada para eso.
No tardamos mucho en no ser los únicos ocupantes de la sala. En breve llegan los del distrito 12, más fuertes que otros años, aunque con los ojos igual de vacíos. La chica, más alta que yo, con el pelo negro atado en una trenza y los ojos grises, nos saluda con una sonrisa que yo correspondo mientras que Vulkan solo hace un gesto con la cabeza. El sujeto, en cambio, no mira ni a su compañera ni a nosotros, y se dirige al puesto de tiro al blanco con cuchillos.
–Alto ahí, 12 –Dice una voz de ultratumba.
La chica del 12 pega un gritito, y Vulkan se tensa automáticamente, lo veo en su enorme espalda. Dirigimos la mirada hacia el techo y allí, en unas gradas suspendidas de la pared en un ángulo casi imposible, un hombre pálido y siniestro mira al hombre del distrito del carbón con temibles ojos rojos. La altura lo hace ver como si volara sobre nuestras cabezas.
–El entrenamiento comienza oficialmente a las 9.00, quedan tres minutos –añade, sonriendo. Tiene unos colmillos filosos y amenazadores.
Obviamente que lo conozco, todos lo hacemos. Marco Jansen, vigilante en jefe de los Juegos Anuales del Hambre. Creo que es más extraño en persona que por la televisión. Lo saludo con la mano, dedicándole una sonrisa, según lo que habíamos hablado con Jaspe. Marco sonríe también, sus colmillos se notan más que nunca, y luego nos deja de prestar atención, concentrándose en su Tablet.
–Bien ahí, ya captaste la atención de Marco –dice Vulkan sin disimulo, amigablemente… bueno, todo lo amigable que es él.
–Muérete –digo en broma, antes de recordar dónde estamos, y añadir, con mi voz en un robótico hilillo –: lo siento.
–No vaya a ser que te haga caso y mi sangre salpique tu inocencia por siempre –me sigue el juego. La chica del 12 lo mira, extrañada –: ¿no te gusta que bromeen con la muerte? Es algo que nos va a suceder a veintitrés de nosotros, acostúmbrate.
Todos prestan atención a Vulkan Greyarm, incluyendo al vigilante, cuyos ojos parecen más rojos, si cabe. La llegada de un grupito de gente nos libra de ese momento incómodo, y en un santiamén me veo intercambiando gestos de saludo con Dorian Clearwater, los del 7 y los ancianos del distrito 9, "carne de cornucopia" dijo Silver Stanner a su mentoreado. Vulkan vuelve a asumir su pose fría, saludando a la gente con la cabeza, y el tipo del 12 ni siquiera eso, está más alejado del grupo hasta que por fin llegan todos y nos ponemos en círculo, a instancia de los vigilantes, cada uno acomodado en esas especies de cornisas en la pared. Los entrenadores llegan por fin y se sitúan muchos en los puestos que, asumo, son los suyos. En cuanto a nosotros, Astrid Heckler se pone a mi lado, se la ve seria como siempre, y junto a ella, su compañero. Vulkan está a mi otro lado, vaya cuarteto que somos. Soy la única que sonríe, pero si fuese por mí tampoco lo estaría haciendo.
–Señoras y señores –habla Marco Jansen con su voz de ultratumba–: bienvenidos a los tres días de entrenamiento. En los puestos encontrarán únicamente lo que hallarán en la arena, así que les sugiero que aprovechen el tiempo como mejor sepan. Estaremos mirándolos desde aquí –Señala la cornisa, donde al parecer se irán desplazando–: pueden empezar.
Es lo que hacemos. El círculo se rompe en un tris y, observadora como soy, tomo buena nota de hacia dónde van los tributos que más han llamado mi atención. Imaginaba que Vulkan iría a por la maza pero no lo hace, al parecer se va primero a las pistas de obstáculos, Hans es el que se dirige hacia el armamento pesado y Astrid a la lucha cuerpo a cuerpo, junto a un instructor que parece musculoso y amenazador. Dorian Clearwater y yo nos encontramos en el puesto de las espadas, que se halla presidido por una pareja, un hombre y una mujer, atléticos y de piel blanca con ojos rasgados.
–¡Dos profesionales espadachines! Genial –Dice el sujeto–: Será un placer ayudarlos, ¿qué saben hacer?
–Vengo a refrescarme un poco –Dorian sonríe–: hace años que no piso la Academia para la Vida, pero la espada a dos manos se me dio bien en su momento.
–Raro –Digo–: a los tuyos se le dan mejor las redes.
–En las que me atrapaste, Sapphire –susurra, seductor–: en fin, no mostraré mi carta más alta primero, que obviamente son redes porque qué sabemos hacer nosotros además de atrapar pececitos.
Dorian está jugando a ir de coqueto conmigo, Silver ya me advirtió que Connie McFarland podría haberle sugerido esa estrategia con los profesionales. Es un enfoque parecido al que Jaspe me ordenó adoptar, eso supongo que reduciría la seriedad que reflejan Hans, Astrid y Vulkan. Me parece bien, yo también sé jugar a eso, y aunque lo que menos tengo es ganas de coquetear con un sujeto con hijos y pareja, al que podría matar en unos días, y tras la reciente muerte de Emerald, sí puedo. De aquello me convencí tras haberme sacudido, furiosa, al escuchar a Grant. Me dejé en evidencia, la furia era demasiada, al igual que las ganas de no estar allí, pero ya no puedo seguir con esto, tengo que volver con mis padres… supongo.
Con Dorian y los dos entrenadores nos la pasamos cerca de una hora practicando con las espadas. Habían de todo tipo, grandes y pequeñas, más pesadas o livianas, y al parecer teníamos la misma idea de entrenar con armas variadas, pues yo pensaba (y así se lo dije) que no sabíamos con qué nos encontraríamos en la arena. Al principio nos notábamos algo oxidados, más yo que él pues abandoné la academia muy joven mientras que seguramente él concluyó su entrenamiento, pero poco a poco fuimos tomando ritmo. Cuando sentí que lo había dominado, decidí que iría al puesto de cuchillos para entrenarme con ellos, otra práctica que había perdido, pero noté que estaba demasiado lleno, estaban los tributos del 9 y el del 7. Estos dos últimos parecían estar discutiendo, o eso podía notar. No me gustan los conflictos, y ya me enteraría de lo que estaba pasando porque Hans estaba cerca, recabando información, sin dudas. A él se le dan bien esas cosas.
Distrito 9: Duncan Borlaug, cincuenta y seis años (Cosechado). Desde las 10.23 hasta las 11.45
Pensé en ir primero a algo que requiriese fuerza, como tomar un arma pesada, trasladar algo, cosas que le demuestren a los vigilantes que no soy un viejo acabado o inútil, pero los cuchillos llamaron mi atención porque al principio estaba vacío el puesto, y saber ocuparlos nunca viene mal. Siempre he sido un hombre más de palabra que de acción, no tengo experiencia en la rebelión u otro tipo de conocimientos, trabajaba en embalaje y todo eso que seguramente por los capitolinos es bien conocido a estas alturas; sin embargo no me desempeñé mal con el cuchillo, cortando cuerdas, maleza, un enorme trozo de madera y, después, animales muertos como un conejo, una rata y un gato grande. Esto último me desasosegó mucho, yo no les maté pero de todos modos se sentía feo cortarles la cabeza teniéndolos en las manos.
–Duncan, estás pálido –había dicho la voz de Jessica cerca de mí–: hijos, yo también quiero hacer eso, tráiganme uno de esos pobres gatos muertos, tengo que aprender.
Me gustó esa actitud, esperaba que se pusiese a molestar por lo sucio que estaba o quizá que mi corte en la garganta no era demasiado perfecto, pero gracias a lo sagrado cerró la boca. Esto había pasado media hora atrás, y el puesto cambió notablemente desde entonces. Para empezar, el chico del distrito 7, alto, rubio y amenazador, llegó con semblante enojado, y así mismo encaró a los entrenadores.
–Me habían dicho que abajo hay simulaciones en realidad virtual para matar gente con cuchillos, pero me mandaron para acá arriba para practicar con esto primero, así que vine. Pásenme el cuchillo más grande que tengan.
Notoriamente emocionados por no estar atendiendo a viejos, los sujetos obedecieron. Nos dimos cuenta de que el chico no era malo cortando, seguramente en su distrito natal tenía que hacerlo mucho. Jessica lo miraba atenta, fijándose en su técnica con el arma cuando cortaba soga, maleza y madera, y después animales.
–¿Es cierto que abajo hay una estación para aprender a quitarles la piel a los animales? –Preguntó mi compañera de distrito al rubio. Éste asintió, enterrando un cuchillo en la panza de una rata. Aparté la vista–: ¡Eso me parece bien! Debemos aprender a despellejar, Dun.
–Alguna vez corté carne, pero despellejar no sé, podríamos ir –Aporté. El chico nos miró de soslayo, su cicatriz se tensó al sonreír.
–Oigan, no pierdan su tiempo porque se van a morir –nos dijo, sin desprecio o furia, parecía solo constatando un hecho–: qué pena porque me caen bien, pero seguro que alguien se los carga pronto.
Aquello me hizo temblar las manos de furia, por poco perdiendo el cuchillo. No era que no hubiese pensado en eso, claro está. La muerte me acompañó desde que salió mi nombre elegido, mi vida podía marchitarse como la rosa que es mi recuerdo; no obstante quiero vivir, y hasta que me muera no voy a rendirme.
–Mira, niñito, no digas estupideces porque tú también puedes morirte –Espeté–: todos tenemos posibilidades aquí.
–Ya, pero tú estás viejo –Alexander Rheon tiró el animal al suelo–: sé bueno con los más jóvenes, si tú o la señora ganan solo habrán conseguido un par de años mientras que yo tengo toda la vida.
Era una lógica simple, absurda pero incuestionable. Le dije que yo tenía familia que me esperaba, que tenía tantas razones como él para regresar, y él me respondió que eso me duraría hasta que me muriese, mientras que él tenía muchas cosas que hacer, chicas en las que meterla, o algo más. Eso me hizo enojar, si no estuviese prohibido le cruzaría la cara aquí y ahora. Fue Jessica, odiosa pero invaluable, la que puso calma entre los dos.
–Oh, ¡basta los dos! Parecen niños –Espetó, enojada–: Duncan, me sorprende ese comportamiento de ti. Y Alexander, ¿cómo es eso de faltarle al respeto a tus mayores? ¿Qué acaso no te enseñaron nada en tu casa?
Me sentí avergonzado, estúpidamente, supongo que la rabia por mi situación, por los comentarios de Jessica, por sentirme atado de manos hicieron que me descargara con el primer idiota que me encontrase, que resultó ser éste. Y a propósito de él…
–Perdone, señora –respondió Alexander, bajando la cabeza–: perdón, caballero.
Miré sus ojos, antes lo había visto extraviado en el desfile pero ya no lo estaba. Parecía sobrio, sereno y avergonzado, como nunca creí verlo.
–Así me gusta –Jessica le acarició la mejilla–: ¿Sabes, hijo? Me caes bien.
–Sí, ustedes también, son viejos y me da pena porque igual se mueren –dijo–: siento que los hayan mandado a los juegos, porque yo voy a ganar y todo eso.
Jessica se le acercó algo más, arrastrándome con ella. los sujetos de los cuchillos atendían a la mujer del distrito 11, una joven de pelo rizado y piel oscura.
–Con Duncan sabemos que vamos a morir –le dijo, en tono confidencial y muy triste–: pero no queremos que nuestra muerte sea en vano.
Alexander la miró fijamente, con ojos calculadores. Yo también, creo que ya sabía a lo que estaba apuntando. El chico era fuerte, enorme, estaba loco y daba miedo, pero podía darnos un poco más de ventaja si lo teníamos de nuestro lado. La cuestión era si Jessica podía convencerlo de que se nos uniese. Yo creía que sí, pero de cualquier manera un poco de ayuda no estaría mal. No quiero que me vea como un inútil, es lo que más odio que hagan conmigo.
–Sí, yo voy a morir, pero tienes razón en que alguien joven debería ganar –le confesé–: y claro que me da pena pensar en mi familia, pero… ¿cuántos años me quedan? Como tú dices, pocos.
Me estoy convirtiendo en Jessica, pensé con vértigo. Detesto la doble cara, la hipocresía y el cinismo, pero es lo que estoy usando para engañar a alguien que sin duda alguna no tiene todas las facultades mentales que debería tener.
–Obvio. Yo siempre tengo razón –puntualizó Alexander–: y creo que ya los entiendo. Quieren ayudarme a ganar los juegos, ¿cierto? –Jessica y yo asentimos.
El chico cavilaba en silencio sobre lo conveniente o no que era tener a dos viejos como aliados. Miró nuestros cuerpos, fuertes a pesar de la edad, nuestras miradas determinadas, la actitud de Jessica, de una gran dama. Supongo que fue eso lo que le convenció, eso y también mi mirada todo lo franca que pude.
–Vale, serán mis aliados, les comentaré mi plan para ganar –nos dijo, emocionado–: ah, y si me intentan traicionar los mato, ¿eh? Porque yo no me quería aliar con nadie, pero si me quieren ayudar… entonces sí. Ya no estoy solo –terminó sonriendo.
Distrito 10: Nyx Bellecourt, veinte años (cosechada), desde las 12.03 hasta las 12.54 pm.
Cuando bajé por las escaleras de piedra a instancias de los entrenadores para cuchillos, esperé ver un lugar sórdido, lleno de sangre, casi a oscuras y con los tributos más sádicos llenando los pocos puestos, pero no era así. De hecho, estaba tan iluminado como los demás, y había una estación de caza, donde podías entrenar con versiones holográficas de animales y aprender a despellejar los animales asesinados arriba, otra de pesca donde había una pileta y peces de mentira, una donde se podía combatir con versiones holográficas de otros tributos usando cuchillos y una idéntica pero en espadas. Aquí solo había tres vigilantes, paseándose por aquellas tan extrañas cornisas sobre la pared. Fue la única mujer, quien me llamó al verme.
–¡Nyx, cariño! –se inclinó un poco, dejándome ver el nacimiento de sus pechos. Llevaba un vestido escotado azul, y su cabello largo y rubio–: ¡Eres mi favorita! ¡Quiero que ganes!
Sentí calor en mis mejillas, ya que los tributos que había (la mujer del 5, el tipo del 7, los del 9, el sujeto del 11 y el del 12) se voltearon a mirarme. El último perdió pronto el interés, pero los demás, especialmente la anciana del distrito 9, no paró de mirarme de pies a cabeza.
–Gracias –dije, intentando parecer desenvuelta–: me alegra ser su favorita, me estoy entrenando –la miré a los ojos, los suyos eran azules y bonitos, aunque fríos, Sabina era mejor para captar así emociones de la gente, pero con solo mirarla, había algo en ella que no me gustaba tanto.
–¡Ya lo veo! –Sonrió, emocionada–: Soy Briseida Anglevin, ¡A ver si te puedes tomar una foto conmigo a la hora del almuerzo!
Hice un gesto poco comprometido con la cabeza, sonriendo, aunque me sentía demasiado avergonzada para mantener la mirada en el frente. Intentando no destacar, lo cual era absurdo considerando lo alta que soy, me fui a la estación de pesca, donde solo estaba la mujer del distrito 5 conversando con el entrenador. Ya sabía despellejar animales, por supuesto, mi plan era comenzar con algo poco amenazador como la pesca para luego combatir con los hologramas, ocupados ahora por los tributos del distrito 11 y 12, ambos en el mismo sitio, aunque no juntos.
–Tu nudo de pescador está perfecto, Meenara –le dijo el anciano, amablemente. La mujer morena sonrió–: bastante firme. Si no tienes sedal, recuerda…
–Un lazo, cordones de zapatillas o alguna fibra resistente de caña que encuentre –dijo, al parecer era algo que ya habían conversado. Tomé buena nota de ello–: ¿ahora puedo pescar?
El hombre de piel dorada le dio permiso, luego vino a atenderme. Me preguntó cuánto sabía sobre el tema, a lo que yo respondí que prácticamente nada, así que dio una clase introductoria de los distintos modos de pescar, luego me pasó un sedal para que entrenase mis nudos, y se quedó viéndonos trabajar con una sonrisa algo inquietante, considerando las circunstancias. Mis dedos ágiles consiguieron aprender el mecanismo al instante, cosa que sorprendió y agradó al entrenador, y me dejó compartiendo la fuente con la otra tributo.
–Vaya, a ti sí se te dan bien estas cosas –me comentó la mujer, mirándome de reojo con una sonrisa que me pareció amable–:: yo tardé bastante más.
Intenté recordar todo lo que sabía sobre ella, que era poco, su actitud en la cosecha que fue de las menos destacables y su vestido en el desfile, creo que era plateado y sencillo… Bojack no había hecho comentario alguno sobre ella, ni Dianne; no era amenazadora, ni tenía pinta malvada, solo una mujer cuarentona con ganas de vivir.
–Parece que algo ha picado en la tuya –le comento, al ver cómo se mueve su sedal.
Meenara consigue enrollar y sacar un pez falso de buen tamaño. Es absurdo, pero ambas nos alegramos ante eso, yo la felicito y ella parece satisfecha. Los peces están programados para actuar como si fuesen de verdad y hasta se sacuden como si estuviesen ahogándose en tierra. El entrenador dorado enseña a mi compañera cómo darle un golpe en la cabeza para matarlo en el acto y así ahorrarle sufrimiento, y ese es el momento en que yo también atrapo otro. A ambas se nos da bien matar peces de mentira, ¿es muy horrible pedir que ojalá se nos diera igual de fácil matar personas? No lo sé, supongo que sí. Pero al parecer es mucho más sencillo sonreír a Meenara que imaginarme matándola, porque eso hago precisamente, sonrío y ella me devuelve el gesto.
–No se pueden ir, no han terminado el curso todavía… ¡tienen que aprender a hacer redes improvisadas si quieren hacer una pesca grande, y luego ensartar peces con lanzas! ¡O defenderse de krakens gigantes! Como en la edición 62 que les tocó en una isla desierta y los tributos tuvieron que enfrentarse a… –el sujeto sigue hablando, pero Meenara y yo nos miramos solamente, poniendo los ojos en blanco ante tanta cháchara. No puedo evitarlo, me cuesta mucho seguir conversaciones largas, siempre termino distrayéndome, era así con los sermones de la bisabuela Demi y al parecer lo es ahora, en los Juegos del Hambre.
Supongo que es intentando hacer una red con cáñamo o maleza (porque no pueden esperar a que siempre los patrocinadores les faciliten todo, ellos tienen que ver que los tributos poseen recursos, dice el anciano dorado con una sonrisa) cuando Meenara Lander y yo nos hacemos aliadas. Ella trabaja lento pero seguro, es amable y sus enormes brazos parecen fuertes. Me comenta que, como su distrito es un desierto, no sabe nada de pesca, y para no saber nada aprende rápido, como yo. Hacemos una red, aprendemos a ensartar enormes peces de mentira en lanzas, el entrenador nos dice que es difícil pero si trabajamos de a dos, como al parecer estamos haciendo ahora, podemos conseguir algo, y luego entramos a una simulación para aprender a batallar contra un kraken gigante, donde acabo muriendo devorada y Meenara gravemente herida, pero el entrenador nos dice que al menos aguantamos más tiempo que la chica del distrito 3, que se pasó allí por la mañana.
–Qué consuelo –masculla mi nueva aliada–: duramos más que una pequeñita.
Bufo ligeramente, al menos a ella no se la comieron. El interior del kraken en la simulación era realmente asqueroso, casi podía sentir la viscosidad de la realidad virtual, y eso que era solo visual. Se trataba de un pequeño cubículo rectangular, donde teníamos el suficiente espacio para movernos y contábamos con guantes, audífonos y un enorme visor.
–Bueno, han terminado con el entrenamiento de pesca, y ya casi es hora de almorzar así que les recomiendo que solo vayan a lavarse las manos y se dirijan al comedor –el hombre decía eso mientras miraba su reloj, luego nos observó fijamente, otra vez sonriendo–: les deseo suerte a ambas. A esta estación la gente no suele volver, pero si se quieren enfrentar de nuevo contra mi kraken gigante…
Le prometimos que sí, que volveríamos, aunque cuando nos marchamos era obvio que ni Meenara ni yo teníamos intención de volver a esa simulación. Entrenaríamos los nudos, nada más. Como el nudo que se comenzó a forjar entre ambas, nuestra alianza.
Distrito 12: Julian Felow, veintisiete años (cosechado). Desde las 1.10 hasta las 1.55.
Me pasé dos horas de mi tiempo en las estaciones de abajo, cazando, despellejando y peleando con cuchillos. No sabía hacer ninguna de las tres cosas y dudo que en un par de horas me haya convertido en un experto, pero al menos siento que he avanzado más que por la mañana. Korrina me recomendó el ejercicio con cuchillos por su versatilidad, son pequeños y siempre hay en todas las arenas, además de que así no muestro mi fuerza más que en las sesiones privadas. Fuerza de carretero, si la edición 100 se trata de llevar algo desde punto a a punto b, ya tienen un ganador, lo he hecho desde siempre. Aparte de cuchillos fui al sector de plantas medicinales, comestibles y venenosas, de arriba; fue un poco de teoría, algo de práctica y me hizo sentir un poco tonto, muchas de ellas apenas las conocía, así que a la tarde haré un examen a ver cómo se me da. Por la tarde pienso ir al puesto de camuflaje y estrategias de ocultamiento, Peeta Mellark me lo recomendó activamente, y no tengo ninguna razón para no hacer caso a un superviviente nato como es él.
Estoy en el comedor, un lugar amplio, tan iluminado como el resto del Capitolio, comida dispuesta de un modo parecido al auto servicio y más mesas de las que necesitábamos por si alguien se quería sentar solo, como es mi caso. No quiero aliados, ni siquiera a Rosie; me parece absurdo tener que trabajar con alguien que tarde o temprano tendré que matar si quiero sobrevivir. Los mentores no insistieron mucho, mi compañera fue más enfática, intentando que nos acompañásemos también en los Juegos del Hambre, pero fui categórico, la compañía de los demás está sobrevalorada, más en estas circunstancias. Así que tomo arroz, un filete de ternera, ensaladas diversas, manzana y agua, y me dirijo a una mesa apartada de los demás, casi en un rincón. Los vigilantes comen con nosotros, pero más separados, supongo que para controlar que no haya agresiones.
Estoy sumido en mis pensamientos, cuando siento que una silla se mueve y alguien se sienta frente a mí. Es una chica pelirroja, con brillantes ojos azules y expresión seria, su delantera tiene un número 7. Me sonríe.
–Lo siento, pero no quiero hablar y tampoco alianza –le digo, serio.
Ella enarca una ceja, más despectiva que sorprendida o herida por mi aclaración.
–No quiero ni una cosa, ni otra, si me senté contigo es para que no me moleste él –señala a su compañero de distrito, que está en la parte delantera, seleccionando comida.
Podría preguntar por qué lo esquiva, si le tiene miedo o rencor, más parece lo segundo que lo primero; pero es cierto que no tengo ninguna gana de hablar, así que solo asiento y dejo el tema, y cualquier otro tema en realidad. Ella no mentía, ni quería hablar ni hacer alianza, únicamente observa y come, para ser tan jovencita es bastante agradable. Estos son el tipo de personas que me gustan, pienso.
Poco después, otra silla se mueve y alguien más se sienta, pero esta vez junto a mí. Se trata del hombre del distrito 5, aún sin su ropa tan estrambótica de la cosecha es bastante reconocible, su piel morena y mirada plácida lo dicen todo. Tiene en su bandeja un surtido de vegetales, huevo y fruta en alta cantidad. Nos saluda con la cabeza pero no dice nada.
–Hola. Solo para aclarar, él no quiere hablar ni hacer alianza –dice la pelirroja al nuevo, con mucha más amabilidad de la que yo empleé con ella–: y la verdad es que yo tampoco.
El hombre la mira rápidamente, luego baja los ojos hasta su comida y pone en su boca un poco de zanahoria. Se queda en silencio hasta que traga, para luego añadir:
–Lo sé. Es por eso que vine, señorita del 7.
Otro silencio se instaura entre nosotros, vaya trío que somos. Comemos agradablemente, es como si no estuvieran conmigo y eso me gusta. Puedo mirar a los demás a mi antojo, los profesionales están juntos y me concentro más en uno, el calvo del distrito 2, Imber-Black. Tengo que tomar un sorbo de agua para que el odio no me obstruya la garganta y me permita comer. Está allí, hablando seriamente con su compañera y otra pelirroja, esta vez la del distrito 1. No entiendo cómo no se le cae la cara de vergüenza, tiene muy cerca a la pariente de una de sus víctimas, si la conversación que oí de niño es cierta. Es un capitolino más, capaz de alimentarnos para mandarnos a morir, capaz de ejecutar a uno de los suyos como hicieron con mi padre, es más capitolino que yo, aunque mi origen sea de esta ciudad resplandeciente. Necesito dejar de pensar en eso, no es sano, ni constructivo, pero no quiero, no puedo. Rosie Hawthorne no merece estar anhelando un puesto entre los profesionales, como le comentó ayer en la noche a Peeta, sin saber lo que ese bastardo le hizo a su familia, quizá a la rebelión. Muchos comentan que todo fracasó tras la muerte de Gale Hawthorne, quizá sea cierto. E inculparon a mi padre injustamente de tantas cosas…
Junto a la pelirroja del 7 la silla se mueve y otro sujeto se sienta. Un anciano calvo, con el poco cabello que le queda pelirrojo, en su camiseta hay un 8. Mira hacia un lado, prácticamente sin prestarnos ninguna atención.
–Ni muerta me vas a dejar tranquilo, ¿eh, mujer? Ya saqué coles, como querías –dice en voz alta. Evidentemente está hablando solo, o quizá al plato de coles y otras cosas que tiene en frente. La verdad, me interesa muy poco.
El sujeto del distrito 5, y su actitud, me interesa un poco más. Mira al nuevo con los ojos entrecerrados, luego asiente como para sí mismo y dice:
–Hola, Tex. Espero que esté bien –y con una sonrisa más amplia aún–: si su mujer y usted buscan alianza o conversación, lamento decirle que este no es el lugar.
Más amable que la del 7 y yo juntos, pensé. Tex, o así lo había llamado, se sorprendió ligeramente y miró al 5 como si lo viera por primera vez, aunque lo tenía en frente.
–¿Tú… tú cómo sabes…? –masculló, confuso–: Parece que te ve, Justine.
El 5 sonrió un poco más ampliamente, pero solo duró un segundo. Luego se puso más serio, incluso diría que triste.
–No, no la veo, y usted lo sabe –dijo, con voz tranquila–: es solo que he tratado a muchos que han perdido gente en la rebelión. Algunos también tenían fantasmas siguiéndolos.
–Justine dice que gracias –responde el viejo, luego de un silencio, como si de verdad escuchara a alguien–: dice que ve una luz en sus ojos, que son bonitos. oye, no te pongas coqueta, que no porque yo esté viejo vas a andar…
La chica del distrito 7 se rió brevemente, la situación no dejaba de ser surrealista. Un fantasma coqueteando a un tributo, cuatro solitarios en una mesa por hoy, reunidos por azar. Durante estos tres días nos sentaríamos juntos, sin entablar más que un saludo y sin exigirnos nada porque ninguno lo buscaba.
Distrito 3: Aleia Valhör, quince años (cosechada), desde las 2.40 hasta las 3.40.
En el puesto de fogatas, donde estaba frotando pedernal para conseguir una chispita que no tenía ganas de salir, alguien me había pedido alianza. Se trataba de la chica del distrito 11, una muchacha negra de coletas y semblante que me pareció inocente, llamada Mona. Parecía un poco desasosegada, me comentó que por la mañana le preguntó a la chica del distrito 7 por alianza, y a su compañero de distrito, pero que ambos le habían dicho que no, él más amable que ella. la busqué con la mirada, la pelirroja Pancy Layton estaba trepando una pared con unos garfios de forma bastante ágil. El chico del 11 estaba acercándose de más a la muchacha del distrito 12. Mona siguió mi mirada y su ceño se frunció.
–Sabes, no soy ninguna inútil –me dijo, enojada, frotando con energía hasta que una chispa se encendió y prendió su madera. Soltó un gritito de emoción, y yo con ella–: ¿Ves? He encendido fuego. De algo puedo servir.
Sentí pena por ella, si no tuviera a Leo conmigo seguro que nadie me habría dejado sitio en su alianza, soy pequeña, poca cosa y más encima lloré en la cosecha, ¿quién querría a una llorona consigo? En fin, pude empatizar con Mona, su compañero me parecía arrogante, pesado y daba miedo; mientras que la del 7 no sé qué se creía, deberíamos unirnos todas las pequeñitas para conseguir algo.
–Mira… les preguntaré a mis aliados, ¿bueno? –dije, con una sonrisa. Miré a mi alrededor, Rafe estaba en el puesto de trampas, manipulando una especie de trampa para ratas gigante, y tal vez Leo estaba abajo porque no lo veía.
–Bueno –Mona sonrió, algo aliviada–: Por cierto, ¿Cómo consiguieron al hombre del 10? Matthew, mi escolta, lo quería para Jeffrey, no paraba de hablar de su tatuaje, si hasta parecía que los quería ver casados.
Me los intenté imaginar juntos, se me hacían buena pareja, aunque ambos eran algo bruscos y creo que tendrían problemas en eso. Le comenté a Mona que Rafe se nos acercó por la mañana, bueno más específicamente a Leo, y le hizo una oferta de alianza. Sanz le advirtió que estaba conmigo, a lo que Firehorse respondió que lo tenía calibrado, y ambos se hicieron una pequeña demostración de sus habilidades, igual que yo, que básicamente consistió en construir cosas, pasar la carrera de obstáculos e ir a camuflaje, cuyos conocimientos tenía frescos por haber entrenado justo un rato atrás. Menos mal que no vieron mi desempeño con la simulación del kraken gigante, eso no se lo pienso contar ni a Mona ni a nadie.
Cuando llegamos junto a Rafe, este se giró rápidamente al vernos. Sus ojos azules eran algo fríos mientras manipulaba su trampa, pero sonrieron al fijarse en nosotras.
–¡Hola, Rafe! ¿Sabes? Esta chica se llama Mona, quiere estar en nuestra alianza porque la rechazaron unos pesados y… –dije, con mi alegría desenvuelta de siempre.
La rechazaron unos pesados y podría ser yo, así que la quiero para pagar mi favor con el mundo por enviarme a Leo. Si no fuese por él, estaría totalmente muerta antes de comenzar el baño de sangre. Eso habría dicho, con una voz más seria, pero no lo dije porque no pintaba bien en esto y ya está. Mi sonrisa permanecía. Siempre lo hacía.
–Hmm… Mona… –dijo Rafe, meditativo, mirándola.
–¿qué? –La chica intentó sonar más ruda de lo que en realidad era, pero yo que soy experta en fingir emociones, noté que estaba asustada–: no soy ninguna inútil. Tengo fuerza, sé manejar una guadaña, puedo trepar… –comenzó a juguetear con una pulsera de vegetales que tenía en su mano derecha, pero no bajó la vista.
–Tengo que buscar a Leo, entre los dos debemos ver tus habilidades primero –en sus ojos vi algo, una especie de "ya tenemos una inútil en el grupo", o tal vez solo estoy proyectando mis propios sentimientos en el pobre de Rafe.
Mona suspiró y asintió, y nos quedamos juntas mientras que Rafe fue a buscar a nuestro compañero, si todo salía bien, y solo mío, si las cosas salían mal. Mientras esperábamos, sucedió algo que llamó mi atención, en la zona reservada para combates cuerpo a cuerpo. Se suponía que era para pelear con una simulación, o en el mejor de los casos entrenador, pero…
–¡Dos tributos se están peleando allí! –grité, sorprendida y escandalizada. Mona miró hacia el sector y ahogó un grito de sorpresa.
Uno de los tributos, el varón, tomó a la mujer de la pechera, se giró, proyectándola desde su espalda y haciéndola dar un giro en caída hasta el suelo. Ella golpeó con sus manos en el piso, amortiguando el choque de su espalda, luego se puso en pie y aproximó su cadera a la del hombre por el lado izquierdo, tomándolo de la pechera y dando un pazo hacia delante, extendió su pierna derecha adelante y atrás, llevándose la pierna izquierda de su contrincante y haciéndole perder el equilibrio y caer. Él, que también la tenía sujeta, se la llevó a combate de piso, pero la mujer parecía seguir llevando la delantera, se pegó al hombre, acomodó sus piernas en una posición extraña por el costado, pasó su brazo por detrás del cuello de él, le aprisionó en el ssuelo con la mitad superior del cuerpo, tomando su brazo desde la muñeca y pegándolo a ella. él se debatió frenéticamente hasta que consiguió escapar, luego la lanzó hacia atrás y la aprisionó en una llave simple, con la espalda de ella pegada al piso, él se puso encima pero en sentido contrario, teniéndola bien sujeta de la ropa. Parecía que la panza de él apretaba la cara de ella.
–Todo está pasando tan rápido… –exclamé. El hombre calvo parecía estar asfixiándola, así que grité–: ¡Por favor, déjela!
Él alzó la mirada, buscando mis ojos, y ese fue el momento en que ella pudo mover su brazo, pasarlo por la solapa de él y girar con todas sus fuerzas, hasta quedar en la posición contraria, ahora ella lo aprisionaba en el suelo. Tenía la cara roja por el esfuerzo y sudaba, pero sonreía.
–¡Gracias! –me dijo, sonriente–: eres la primera persona capaz de desconcentrar a Hans Imber-B… ¡oh!
No por mucho tiempo, el hombre se contorsionó y tomó la pierna de ella, volviendo a girarse.
–¡Qué revolcones más ricos! –Gritó una voz ronca y algo desagradable. Era el sujeto del distrito 7, que miraba la escena pasmado. La verdad, es que todos los mirábamos combatir.
Eran formidables, más aún cuando se volvieron a poner de pie para pelear desde arriba. La parte que nunca olvidaré, fue cuando él puso una rodilla en la cadera de ella, la aproximó a sí, pasó un brazo por su espalda y se dejó caer hacia atrás, llevándola consigo, y con la fuerza de brazos y piernas la hizo pasar por sobre su cabeza para que cayera al otro lado, y quedarse con su brazo en una palanca.
–Técnica de sacrificio –susurró una voz grave,; Era el hombre del distrito 6–: solo la haces si estás muy desesperado, porque ella podría haberse girado y todo habría terminado para él. Fanfarrones… –musitó, y me acarició la mejilla–: querían que los mirases así, 3.
Distrito 11: Jeffrey Blaaker, treinta y dos años (cosechado). Desde las 4.04 hasta las 4.46.
–Ya tengo alianza –me comentó Mona, ufana, recargándose con indolencia en el mostrador donde estaban los cuchillos con que había entrenado desde la mañana. Lanzas y otras armas las dejaré para el día siguiente–: Y entre mis aliados están el hombre del distrito 10 y el 3.
Me alegré sinceramente por ella, la verdad es que Mona era un encanto de chica pero mi problema es que era demasiado linda y deseable, me ponía un poco… ya, estamos en los juegos y todo, dejé en casa a Yashimabeth, pero estas cosas pueden pasar. Y a mí, al menos, me pasa con ella. no quiero tenerla tan cerca, además de que no me es tan útil y necesito hacer sentir especial a la Hawthorne, arquera por haber aprendido y fuerte por su trabajo en la mina. La cosa no me ha ido muy bien, la he estado mirando todo el día y cuando intenté abordarla, me aclaró que tiraba con arco para llamar la atención de los profesionales.
–Genial, esos tipos son fuertes, guapa –le dije–: arrímate a ellos cuanto puedas y cuando ya no, huye. Ya viste de lo que son capaces algunos.
Mona suspiró, mirando hacia esa dirección. El tipo del 2 manipulaba armas pesadas, era demasiado incansable; lo estuve vigilando y que yo sepa, a excepción del almuerzo, solo se detuvo una vez para tomar agua. La mujer estaba dando puñetazos a un saco, el sudor le corría por el cuello. Se veía linda, aunque era peligrosa que te cagas.
–Sí, tendré cuidado –dijo, sonriente. Sus ojos color chocolate parecían decir que no me guardaba rencor por haberla rechazado, lo cual estaba bien–: ¿cómo te fue con la chica del 12? Ella parece estar muy a la siga de su compañero.
Hice una mueca, el príncipe oscuro estaba empeñado en rechazar a todo y todos, si bien no muchos se le acercaban. Era de los solitarios, pensé que yo también lo sería pero se me da mejor participar de una alianza. Le comenté a mi compañera los planes de Rosie, no me une ninguna lealtad hacia ella así que da lo mismo. Mona frunció un poco el ceño, mirando al resto de profesionales desperdigados por el sótano.
–Bueno, ¿por qué no? Ahí está ella, tirando con arco todavía –justo en ese momento, acertó en el centro mismo de un blanco–: con puntería perfecta. Bravo por ella.
–Y triste soledad para mí –bromeé, secándome unas inexistentes lágrimas–: Bueno, me voy porque quiero seguir entrenando abajo. Podrías pasarte un rato, hay pesca, caza y otras cosas que te podrían ser útiles.
Mona asintió, y se alejó pero hacia el sector de escalada. Me pregunté por qué demonios le daba consejos, si rechacé su alianza y todo. Quizá era porque, si las cosas con Rosie se me daban mal, habría chances para entrar a la alianza que mi compañera se consiguió. O tal vez solo porque es una mujer bonita, siempre he tenido debilidad por las cosas hermosas. Y casi siempre las rompo sin querer, me arrepiento pero eso no las deja menos rotas.
Me entrené más con el cuchillo un rato, no iría a molestar de nuevo a Rosie por alianza. Únicamente esperaré a que venga a mí, ya se dará cuenta de que su príncipe oscuro no tiene lo que hay que tener para hacer aliados y que para los profesionales, por muy buena arquera que sea, está demasiado por debajo, además de ser muy rebelde. Iba a ir abajo a seguir batiéndome con las simulaciones humanas, incluso había visto una de un kraken en la estación de pesca, a la que podría ir para echarme unas risas, pero luego vi la estación de primeros auxilios y algo interesante allí.
Una mujer de unos treinta y tantos, con peluca lisa de color azul, piel oscura y elegancia al desplazarse. Se movía con desenvoltura y miraba hasta a los entrenadores como si fuesen basura, una actitud bastante capitolina hacia nosotros. Me llamó la atención ya desde el desfile y los rumores que corrían sobre ella, como que envió a rediseñar su traje según sus caprichos y que nadie la podía complacer. Mucha gente gritaba su nombre en los desfiles y ganó bastante cuota de pantalla. Sé reconocer al caballo ganador cuando lo veo, sé cuándo alguien tiene una buena mano. Y esa mujer, la del distrito 8, la tiene.
Me aproximo a ella, sin sutilezas porque no soy de esos, es más me gustaría que me vea antes de llegar. Sin querer, en mi carrera, golpeo a una anciana, que me recrimina enojada que tenga más cuidado y que soy un bruto, pero la ignoro porque no es la primera que me lo dice ni será la última. Eso hasta que el tipo del 7, que al parecer estaba con ella, se me pone en frente con los puños apretados y semblante amenazador. Estúpido crío, más le vale que no me toque las narices porque con juegos o sin ellos le voy a partir la cara. Me cae como el culo de presencia.
–Oye, discúlpate con la señora Grainbelle –dice, o más bien gruñe.
–Quita, si ya me disculpé –me muevo hacia la izquierda para pasarle por el lado, y comete el error de agarrarme del brazo. Me aparto con brusquedad y le doy un empujón–: ¡No me toques, perro malparido!
–¡Qué te pasa, loco de mierda! ¡Discúlpate con ella o te saco los malditos ojos! –él avanza hasta quedar a pocos centímetros de mí, y sí, maldita sea, tengo ganas de practicar todo lo que aprendí con este sujeto, lo dejaré como un jodido alfiletero, tendrán que…
–¡Basta, los dos! Alex, contrólate, por lo más sagrado –dice la anciana del 9, a una prudente distancia pero echándole al chico una mirada cargada de severo amor–: no es nuestra culpa que este pobre diablo no haya aprendido modales, cielo…
Tengo ganas de decirle dos o incluso tres cosas a esta mujer de vagina arrugada, pero me muerdo la lengua por ser una señora mayor. Bajo la cabeza, murmuro un lo siento dirigido hacia ella y le paso por el lado al mono ese, quiero hablar con la mujer del distrito 8. Por suerte, nuestro numerito con el rubio del 7 llamó la atención de la mujer, puesto que, asustada, me ve aproximarme a ella. abre la boca, constato que tiene los labios pintados, debe ser labial permanente porque con el ejercicio no se le ha salido. La saludo, con una reverencia. Está mayorcita para mi gusto, pero es linda igual y se ve respetable y capitolina.
–Señorita…
–Galatea Higgins –dice con cortesía, entendiendo mi elocuente pausa–: ¿qué desea…?
–Jeffrey Blaaker, Jeff para usted si quiere –le extiendo la mano, lamento que esté algo sucia y sudorosa, y por poco pienso que me va a rechazar, pero no lo hace, contraponiéndose a la idea que tenía de ella–: quiero ser claro y franco, para que ninguno pierda tiempo de entrenamiento. Quiero que me considere su hombre.
Ella me mira, consternada, y parece que quiere balbucear algo que ni siquiera tiene claro. Adorable, en una palabra, aunque me intento explicar para que no piense que soy un salido.
–Me refiero a que seamos aliados… Míreme, tengo fuerza y sé que usted es súper querida en la ciudad. Juntos somos el caballo ganador, el gran ful, el dúo que trasciende… –esperaba haberla convencido con eso, y así lo veo cuando sonríe. ¡en tu cara, Rosie! ¡Jeff, Jeff, Jeff!
Distrito 4: Dorian Clearwater, veintisiete años (cosechado). Desde las 5.05 hasta las 6.00.
Después de que el resto de tributos, salvo contadas excepciones, se volviesen locos ante la exhibición de Hans y Astrid (me avergüenza un poco reconocer que me encontraba en ese grupo también. Su técnica de pelea, refinadísima, poco se parecía a los puñetazos que nos dábamos en los callejones del distrito 4 en mi época de adolescente), decidí que iría a presumir un poco mi escalada, los profesionales del 2 no son los únicos que pueden hacer cosas geniales. Además, fui el único capaz de vencer al gran Kraken de la simulación de abajo, por desgracia nadie estuvo para verme y vitorearme. Sí, seguramente es una actitud infantil, pero no puedo evitarlo, soy competitivo a rabiar. Ya me lo decía Luke.
En el puesto de escalada, mientras trepo por una escarpada pared, es que coincido con ella. llevaba buscando nuestras miradas el día entero, mostrándonos sus habilidades, en la hora de almuerzo se sentó relativamente cerca de nuestra mesa, quizá buscando que la elogiásemos por su habilidad con el arco. "bastante decente", dijo Astrid con una sonrisa. Ahora y aquí, solo por curiosidad, le dirijo una mirada que la invita a hablar si tiene ánimo y agallas de hacerse un sitio en la alianza profesional. Soy el más accesible y simpático, otra historia cantaría si fuese Vulkan el que estuviera aquí. Frío y amenazador, da la sensación de que se te comerá vivo si hablas demasiado. Y para qué hablar de Hans…
–Hola –dice la mujer, chica más bien, trepando como puede. Tiene brazos fuertes, pero mala técnica–: esto… 4, quiero unirme a la alianza. Sé que les falta arquero, porque si lo tuvieran ya lo estarían presumiendo y no es así.
–Siempre me han gustado directas –le respondo, soltándome de una mano para alborotar mi cabello rubio. Ella se sorprende de que no tema caer.
En realidad no me gustan directas ni de ningún tipo ya, el amor de mi vida se llama Luke y lo fue desde mi adolescencia, el cómo tuve a mi par de gemelos con una mujer es una historia que quizá cuente en su momento, pero ella no tiene por qué saberlo. Connie, mi mentora, dice que aproveche mi carisma y atractivo y que me muestre coqueto con los tributos, no es difícil, tengo personalidad y amplio sentido del humor. La chica del 12 toma aliento y estrecha los ojos grises, analizándome. Parece que lo que ve no le desagrada, o en todo caso piensa, como yo, que soy lo mejor que tiene en este momento.
–He intentado mostrarles lo que sé, pero no se me han acercado todavía –manifiesta, llegando por fin hasta mi altura. Se sostiene con los pies y brazos, pero parece temer, supongo que con tanto tiempo en la mina debe parecerle raro estar tan lejos del suelo.
Por supuesto que no. Hans Imber-Black captó desde el principio las intenciones de la chica, pero fue enfático, son ellos los que nos piden alianza, nosotros no reclutaremos a nadie que no tenga los cojones, u ovarios, bien puestos para venir. Es un soldado nato y le respeto, por mi parte yo le hice caso, Astrid solo se encogió de hombros y a Vulkan no le importó, como siempre. En cuanto a Sapphire, fue la única que se compadeció de ella, pero supongo que no quería desafiar a Hans por esa escuálida chica de los distritos periféricos. No era un jefe tiránico ni nada por el estilo pero Sapphire ya las tiene en contra. El líder de la alianza no ha dejado de hacerle preguntas, con tacto siempre, pero indagando sobre su cicatriz, su familia, su vida en el distrito, cosas de ese estilo. Habría que ser un idiota para no darse cuenta de que mi compañero la cree rebelde.
–Si fuera por mí, estarías dentro… –digo, dudando, y buscando con la mirada a mis compañeros–: pero debo consultar con los demás.
–Por los demás te refieres al enorme y calvo líder de tu alianza –me increpa.
–Muy lista –me río yo. No es del todo cierto, pero dejémoslo que lo crea, alimentemos la leyenda de Imber-Blac porque me beneficiará a la larga–: hablaré con ellos, pero mañana tú acércate al que debes convencer, no a mí. Y si quieres, un consejo –bajo un poco la voz y la cabeza–: intenta que no te vea tan desesperada.
La chica frunce el ceño, me lanza una mirada despectiva pero acaba asintiendo. Sé que querría maldecirme, pero un "gracias" es todo lo que me dice, y desciende la pared con dificultad, qué tierna. No creo que Hans o los chicos le digan que no, una arquera no viene mal en nuestra alianza que es muy buena a corta distancia y no tanto en lo demás, a excepción de mí que recordé mi antiguo don de lanzar cuchillos. Como fuese, sería más una ganancia que una pérdida el tenerla con nosotros.
O eso pienso durante lo que me queda de entrenamiento. A las 6.00, Marco Jansen, desde las cornisas, nos dice que el tiempo se ha agotado, que es hora de dejar lo que hacemos para retomarlo mañana. Miro a mi alrededor, la anciana del distrito 6 se bate cuerpo a cuerpo, y al ver que debe abandonar suspira y leo un "mierda" en sus labios. Menos mal ha terminado, estoy molido. Ni siquiera después de una larga jornada había estado tan cansado, supongo que intenté abarcar mucho pero es lo que debo hacer, llevo sin entrenar en serio desde los dieciocho años. Me despido con la mano de cierta gente con la que entablé relación, les daría un beso en la mejilla y entablaría charla como me sugirió Connie pero de verdad, me siento agotado. Voy hacia los ascensores, y al parecer no soy el único que se quiere ir rápido porque me topo con Hans, esperando en la puerta de uno con semblante impaciente. El aparato llega, y en cuanto entramos tenemos que esperar, porque los sujetos del distrito 3 vienen corriendo, al parecer también llevan prisa. Ellos suben, y la puerta se cierra. Aprovecho de comentarle a mi compañero sobre la chica del distrito 12 y nuestra conversación, veo cómo frunce levemente el entrecejo y por unos segundos no dice nada.
–no la quiero en la alianza, Dorian –me confiesa. Yo abro los ojos, con sorpresa–: verás… esa chica tiene un apellido complicado. Y nuestra alianza está cargada de… algo rebelde…
–Así que no me equivocaba, sospechas de Sapphire –digo, serio. Veo que los del 3 no se pierden detalle, pero no me importa tanto–: y con respecto a la chica esta…
–Que hable conmigo. yo le explicaré la situación, espero que lo entienda –asegura. Sí, no tengo dudas, Hans le explicará, con tantas ganas que la chica no querrá acercársenos nunca–: es una lástima, nos vendría bien una arquera, pero por otro lado, los patrocinadores…
–La chica perderá contra el jefe final –dice una vocecilla.
Obviamente, era la niña del distrito 3, atenta a nuestra explicación. Hans le sonríe.
–No es por regañar a nadie, pero hay una señorita que no debería meterse en conversaciones que no le importan –dice, con amabilidad.
–Y hay un sujeto que no debería estar teniendo esta charla en el ascensor –ataca su compañero, a la defensiva–: menos mal llegamos a tu piso, para que la dejes tranquila.
Las puertas se abren. Hans parece dispuesto a decirle algo al doctorcito aquel, pero solo le dirige una mirada larga y se encamina hacia la puerta. Luego voltea hacia la niña.
–Chao, preciosa –se despide–: el único jefe final ante el que hay que prepararse es la muerte. no le temas.
–¡Oye, estúpido! –Leo Sanz intenta tomarlo por alguna parte de su cuerpo, pero las puertas se cierran–: enfermo y anormal, ¡la tiene tomada con Aleia!
La niña, sin embargo, no parece enojada o asustada, solo pensativa. No tiene su sonrisa de siempre, al menos. No sé, creo que Hans solo intentaba ser amable, pero es un tipo tan raro que puede que esté mandando claves equivocadas. Además, bien que se despidió de la niñita pero ni siquiera me dijo un adiós. Qué mal.
Distrito 8: Galatea Higgins, treinta y cuatro años (Cosechada), desde las 6.12 hasta las 6.40.
Jeffrey me pasa el brazo por los hombros, en ademán de camaradería. Huele a sudor, supongo que igual que yo, y su contacto es agradable. La verdad, es que me alegra tenerlo como aliado; es fuerte, amenazador y parece curtido en peleas, pero al mismo tiempo es amable con ciertas personas, como su compañera de distrito y yo. Sé que es temporal, no puedo ser tan ingenua para imaginarme lo contrario pero me hace sentir segura contar con él ahora. Más después de lo que vi, uno de los sujetos del distrito 2 podría hacerme papilla en un segundo. Sin contar con el enorme joven del distrito 1, el del 10, el del 6… la mujer del 4 y su arco… la chica del 7 con su agilidad y el cómo se la pasó la tarde entera despellejando animales…
–Una pata de faisán por tus pensamientos –me dice mi nuevo aliado. El ascensor llega, y aprovecho de desasirme de su agarre y subir en él. Tras nosotros sube el sujeto del 6, un hombre mayor que nosotros, alto, de pelo castaño y cuerpo bien formado.
–Pensaba en que estoy hecha un desastre, le pediré a mi avox que me traiga una peluca, esta ya está toda perdida de sudor –digo, afectando mi acento capitolino. Todavía no sé si decirle a Jeffrey que soy una fachada completa, gracias a mi enganche que lo tengo conmigo.
Mi compañero me mira confundido, pero es el tipo del 6 quien habla.
–Pero mejor pide que te tinten el cabello, las pelucas son un desastre, he oído.
No puedo creerlo, pero el resto del viaje, hasta que llegamos a su piso y se baja, con una sonrisa hacia ambos, nos la pasamos hablando del tinte que más me favorecería, los que menos y despotricando contra las pelucas. Me alcanzó a comentar que era piloto y debía llevar a mucha gente del Capitolio, por lo que conocía bastante de esas cosas. Romeo –así se llamaba– asemejaba ser un hombre de mundo, educado y culto, bastante distinto a Jeffrey Blaaker y sus ademanes bruscos de campesino provinciano. Eso pensaría la Galatea frívola a la que estoy representando, no puedo evitar meterme en el papel.
–Qué niñita capitolina –dice Jeffrey con desprecio, cuando el sujeto se baja–: solo quería impresionarte, Galatea.
Y la verdad, es que lo logró. Romeo Vector había andado de aquí para allá, en la tarde habló con el doctor Sanz y el pelirrojo del 10 que lo acompaña, no sé si habrán concretado una alianza o algo pero se despidieron con una sonrisa, pero por lo demás había estado solo. Igual que yo, hasta las últimas horas. Eso le comento a Jeffrey, pero no puedo terminar porque llegamos a mi piso en muy poco. Nos despedimos con un beso en la mejilla, él parece algo tenso, no sé si son todos los hombres o es el sujeto del 6 en particular, pero no parecía tan cómodo. En fin, en el mejor de los casos Romeo estaría solo, en el peor, aliado con los del 3, el del 10 y me parece que la chica del 11. Grande aquella alianza.
Cuando entro a nuestro apartamento, al primero que veo es a Rickon, sentado en la mesa del comedor mirando su Tablet. Me saluda con la cabeza, sin sonreír, pero tampoco con esa mirada de gélido desprecio que me había dirigido en el tren.
–¿Qué tal fue el entrenamiento, Galatea? –Pregunta, formal. Parece más descansado que en la mañana, cuando se levantó para despedirnos sin apenas haber dormido por la dichosa fiesta de los mentores a la que asistió.
Le cuento que estuve en primeros auxilios, aprendí a hacer hogueras y en la sección de plantas, nada demasiado amenazador, pero eran cosas que no conocía tanto y que siempre iban a ayudarme si de sobrevivir se trataba. Rickon asiente, él tampoco fue un tributo muy peleón, de hecho solo mató a una persona, con un pequeño cuchillo, al final de sus juegos. Por eso no era un mentor tan querido en el Capitolio, si de vencedores solitarios se trataba ya tenían a Breel Grainbelle.
–Y… ¡hice un aliado! Para serte sincera no sé cómo –suspiro, quitándome la horrenda peluca que mi mentor me obligó a llevar. Tengo el pelo corto, rizado y negro apelmazado por el sudor–: se llama Jeffrey Blaaker, es del distrito 11. Simplemente se me acercó y…
Le cuento el cómo se me aproximó, cómo parecía hablar y hablar y no parar de hablar, su simpatía desbordante, aunque también le refiero su encontronazo con el sujeto del distrito 7. Rickon parece un poco preocupado, pero también sonríe, al parecer no se esperaba que me hiciese una alianza. Y yo tampoco, quiero decir… ¿con una costurera? ¿en serio?
–Bueno, al parecer tendré que hacer una junta extraordinaria con mi querida amiga Chloe Carson –comenta–: estaba pensando para ti en Franziska, la mujer del distrito 4, he oído que no está incluida en la alianza profesional por alguna razón. ¿viste si tenía alguna habilidad destacable o es solo deseable y hermosa?
Me puse un poco colorada, que Rickon Blade hablase así de una mujer me incomodó. En parte porque la última vez que un hombre me besó, hace tantísimos años, se trataba de él mismo, más joven, más inocente y menos asesino. Pero también porque había que reconocer que Franziska, la Sirena era hermosa y deseable tal y como él la describía.
–Maneja el arco, pero más la cerbatana… Creo que se llama así –le cuento–: también la vi en la carrera de obstáculos y nunca en cuchillos o espadas.
–Bueno, hablaré también con Ariel –él tomó su tablet–: es algo muy poco usual, habitualmente como sabes mis chicos no consiguen muchos aliados… –hace una pausa, para reafirmar la sonrisa que sé que no siente–: pero a ver si ustedes dos se pueden convertir en tres.
Dicho esto, se pone a escribir frenéticamente, a Chloe Carson, mentora de Jeffrey, o quizás a Ariel, mentora de Franziska, sobre mi situación. Y allí estoy yo, toda sucia, cualquier cosa menos capitolina, mirando cómo mi antiguo amor y el hombre al que lastimé hace esfuerzos para salvarme. Siento un nudo en mi garganta, las manos me sudan y mi boca está seca.
–Muchas gracias, Rickon –susurro, en un hilo de voz. Casi me siento como a los diecisiete, cuando le dije que no podía estar con él. Cuánto han cambiado las cosas, y cuán poco mi amor.
–Ve a darte un baño, Galatea –dice, sin mirarme–: Tex ya debe estar listo para sentarnos a comer. Él llegó hace rato.
El viejo Tex, cascarrabias y mandón, hablando esto sí y lo otro también con su mujer muerta. Poco tuvimos contacto hoy, porque él me manifestó su deseo de trabajar solo, pero me parecía entrañable y hasta llegué a encariñarme con él. No sé si le pasará lo mismo conmigo, a menudo me decía "niña" o "diva" en un tono despectivo, aunque él bien sabía que de diva, realmente, tengo poco. Corro a darme un baño, muero de hambre, de ganas de comentarle a Tex sobre mi nuevo aliado que me llegó por suerte, de hablarle a Rickon sobre la alianza de los sujetos del 3 y del 10, que es grande aunque no del todo útil. Quiero decir, entre sus miembros están una niña de quizá trece o quince años, y otra chica que no sé qué sabe hacer. Pero si se les uniese el caballeroso Romeo… serían más que una alianza de caridad. Eso me inquieta. Con Jefrey somos dos, tres si consiguen reclutar a Franziska. Mi compañero me habló maravillas de cierta chica, la del distrito 12 creo, una arquera de los distritos periféricos. Era sigilosa, aunque sí es verdad que se la pasaba en el puesto de tiro con arco.
En la mañana no creía que iba a lograr tener aliados, ahora me muero por tener más. ¡Cuán poco conformistas somos!
Nota:
Actualizo ahora, porque creo que el resto de noviembre se me viene imposible. Acá en este hemisferio se viene fin de año, fin de otro año de universidad, y tengo mucho que hacer. Así que…
¡primer día de entrenamiento! Y como ven, volvimos a la longitud normal de POV's, pueden decirme que preferían los otros si así lo desean, yo me siento más cómoda con esta longitud aunque implique más trabajo.
Me encantaría que me comenten cómo les parece que voy llevando las alianzas, sería lindo que lo hicieran.
Otra cosa: sé que a muchas (incluyéndome) no nos gusta el romance canónico en los juegos. Jeffrey siente por Mona una mera atracción, cosa que no se concretará en besos, sexo o declaración nunca, para que no me lleguen tomates por esto jajaja.
Preguntosas:
¿POV favorito?
¿Alianza favorita? (Julian, Pancy, Tex y Haida cuentan aunque no lo sean propiamente tal, jajaja)
¿Shipeas/emparejas a algunos de los tributos con otro, por ejemplo Tex y Mona?
