Advertencia importante: hay escena de violación, en el punto de vista de Pancy. Aviso porque sé que es un tema bastante sensible y creo que merecen saberlo antes de leer. También lo pueden saltar si es un tema sensible para alguna.
Capítulo IX: segundo día de entrenamiento 3,4,7,2,6,12,5,7
Distrito 3: Dr. Leo Sanz, treinta y seis años (Voluntario). Desde las 9.00 hasta las 10.20
Marco Jansen acaba de darnos el pase para ir a entrenar, con su voz de ultratumba con la que al parecer habla a diario. Estamos los veinticuatro, por supuesto, todos en un círculo que se deshace apenas dada la orden, aunque la alianza en que estoy se queda junta un poco más. Rafe, algo más bajo que yo, fuerte y pelirrojo; Mona, bajita pero con poder y determinación; Aleia, pequeña, con talento para construir cosas y Romeo, nuestra adquisición más reciente, fuerte, sonriente y parlanchín. Somos grandes, sin mucho entrenamiento pero con ímpetu, me gusta vernos así tan unidos. Siento que podremos hacer frente a los profesionales o tributos más peligrosos, es evidente que en algún momento nos tendremos que separar pero hacemos un buen equipo. Romeo piensa lo mismo, o al menos eso nos dice. Nos ponemos de acuerdo a ver dónde va cada uno, Mona decide ir a primeros auxilios a pesar de que para doctor ya me tienen a mí. No la culpo, es razonable que cuenten con más conocimientos de aquellos si yo muero. Rafe irá a entrenar con armas pesadas, solo se ha estado especializando en ataque, supongo que tendremos que ocultarlo si llega la ocasión. Romeo dice que irá a la corredora, bastante inofensivo, me parece. Sin embargo, me inquieta la decisión de Aleia.
–¿Estás segura? –Le pregunto, dubitativo, mirando a ese puesto en concreto–: es bastante horrible para los que no están acostumbrados a ver sangre…
Ella mantiene su sonrisa, aunque me consta que está más ojerosa que el día anterior y creo que, pese a su disposición al buen ánimo, no durmió bien. Me contengo para no acariciar su mejilla, no quiero que se obligue a ir al puesto de cuchillos a apuñalar gatos.
–Sí. Es algo… que tengo que hacer –dice, tomando aliento–: aunque si quieres, iré en un rato. Puedo hacer otras cosas por mientras… –mira hacia determinado sitio, buscando a algo o alguien con la vista. Creo que sé a quién busca. Sé lo que teme. Y me pone enfermo.
–El puesto de camuflaje, es una buena opción –le sugiere Romeo, con amabilidad–: tú y yo no servimos mucho para las armas y apuñalar gatos, me temo.
Aleia se ríe con él, algo nerviosa, pero más animada. Así me gusta, la chica ha dejado de lucir preocupada. Casi dando saltitos, se aleja de nosotros rumbo a la estación de camuflaje, donde está la anciana del distrito 9 haciendo mezclas y embadurnándose con ellas.
–Gracias –no puedo evitar decir, sinceramente. Romeo sacude la cabeza, sin darle importancia, no obstante oigo un bufido a nuestro lado que me hace entornar los ojos–: ¿qué?
El sujeto que ha bufado es el del distrito 12, tan frío, solitario y reservado él. Me dirige una mirada azul cargada de una desdeñosa lástima, que al principio no puedo comprender, hasta que habla. Y entonces sí la entiendo y siento ganas de darle un buen golpe.
–Esa niñita va a morir. Al menos, si quieres vivir tú –dice, su voz es ronca, como si se la pasara tragando humo; imagino que es su caso–: nada sacas preocupándote por ella… absurdo.
Duele porque lo sé. Aleia es tierna, dulce y muy alegre, una niña de quince años normal en este mundo tan loco, pero también valoro mi vida. Y parte de mi vida, más bien identidad, es no dejar a una niña pequeña sufriendo los Juegos del Hambre sola, aunque tenga que sufrir yo.
–¿Y qué pretendes? ¿Qué la deje sola y asustada? No seas imbécil –lo ataco. Él me mira una vez más con ese desdén compasivo, y hace ademán de marcharse–: Oh, no, ahora no te vas, ¡Si te sentiste con el deber de opinar sobre mi relación con Aleia ahora responde! ¡Qué harías tú?
–Alejarme –masculla el tributo del 12, y es precisamente lo que hace conmigo, se aleja casi arrastrando los pies, me parece derrotado. Romeo tiene una expresión rara en la cara, pero la borra al darse cuenta de que le presto atención y vuelve a sonreír.
Todavía estoy enojado, me despido de Romeo y decido cuál será mi paradero. Es una estación que ayer no pisé, quizá no lo habría hecho si no estuviera tan furioso como ahora, pero aquí estoy, con las palabras del tributo del 12 en mi cabeza y el destino de Aleia Valhor pesándome en los hombros. Bajo las escaleras, también era de los que me imaginaba este lugar más lóbrego de lo que es, pero por suerte está iluminado como el Capitolio todo. Me acostumbré a la luz cuando estudiaba medicina, es aquí donde preparan a los médicos de los distritos para que la gente no se muera, mientras más índice de mortalidad menos mano de obra y no es algo que conviene. Pueden estar desnutridos, abusados, vigilados pero no lo suficientemente enfermos para no trabajar. En teoría la salud debería ser barata, pero los médicos intentan sacar partido de las necesidades de la gente, y cobran prácticamente lo que no pueden pagar por la salvación de una vida. Así murieron muchos en mi distrito y en otros.
Ahora no aprenderé a salvar vidas, sino a destruirlas. En las simulaciones de combate es que me entreno, combatiendo con un cuchillo y una enorme espada, me ba mejor con lo primero y muy mal con lo segundo, por mucho empeño que le ponga me doy cuenta de que se me cansan los brazos y no tengo técnica. Mientras combato, oigo una risa a mis espaldas.
–¿Por qué te ríes de mí? Vete a entrenar si no quieres que… –digo, girándome enojado, pero lo que voy a decir se me corta en seco, al verla.
Es una mujer vestida en nuestro uniforme, pero a ninguna le queda tan bien, con la tensión perfecta en los pechos, la cadencia exacta en la cadera. Tiene el pelo ceniciento atado en una trenza y los labios sonrientes. Sin maquillaje, incluso, se ve hermosa y peligrosa.
–Quizá le iría mejor con un bisturí, doctor –dice Franziska, la Sirena, a modo de saludo; tiene un acento marcado y duro, pero sexy–: es una entretención verle y olerle. ¿Ayer se fue a dar un baño antes de la hora de almuerzo? Muy divertido –la palabra sonó como a "diverrtido".
–Hola. Oiga –aparto la mirada, fijándola en mi simulación que ya me mató dos veces, cortándome la cabeza–: estoy entrenando, ¿necesita algo? No es por ser descortés…
Además de que parece que me tenía bien vigilado, porque efectivamente, ayer antes de almorzar subí al piso 3 a darme un baño porque odio estar sudoroso. Rafe se dio cuenta y entre él y Aleia se rieron con eso, pero no sé cómo tomármelo por parte de la Sirena.
–Mirarlo y hablarle, nada más –Franziska se echa hacia atrás, viendo cómo a duras penas paro un espadazo que iba a mi cara–: He oído que es muy grande… su alianza.
Si no fuera por esa pequeña pausa… La mujer entrelaza las manos, en ademán recatado. Sus ojos gris metálico son puro hielo, aunque me hacen sonrojar porque no es frío precisamente lo que me transmiten. Me siento terriblemente estúpido, pero tengo el suficiente sentido común para detener mi simulación, no quiero morir por tercera vez.
–¿Qué quiere? Por favor, sea clara, no tengo todo el día –Patético, patético, casi puedo oír a mi mejor amigo, Kurt, bufando a mi lado, pero solo es mi cabeza recordándome que soy un demente caliente. Ella pestañea dos veces, ¿es que se tiene que ver seductora incluso cuando respira? No es justo.
–Ya lo dije… mirarlo y hablarle. Ah, y utilizarlo –dice, hablando algo más fuerte–: decirle que estoy esperando a que la alianza profesional venga a reclutarme –Arqueo una ceja, ¿eso me tiene que importar? ¿Cómo? Es lo que quiero preguntar, pero ella me corta–: Sabe lo que soy, todos lo saben ya. Los clientes vienen a mí, yo no ofrezco nunca nada. Así que eso, espero.
Miro hacia un lado, y se enciende una bombilla en mi cabeza al ver lo que hay allí. Batiéndose con cuchillos, serio y amenazador, el tipo del distrito 1 está muy atento a lo que conversamos. Ignoro lo que causan sus palabras en él, porque tiene cara de póquer incluso cuando la simulación lo mata (por primera vez, al parecer), pero sí sé que se va, dentro de poco y sin ningún disimulo. Frustrado, doy un golpe en el suelo con mi espada mientras la Sirena suelta una carcajada.
–Ay, palomita, ahora ese chico irá corriendo donde el que me interesa –dice, feliz, aproximándose a mí efusivamente. Sus brazos me rodean, puedo sentir su cuerpo cálido y delicioso presionando contra mi pecho–: te fastidias… hueles tan bien. Gracias.
La aparto, un poco herido y muy caliente, todo hay que decirlo. ¡maldición! ¿Es que tengo un imán para las desgraciadas? ¡Me siguen hasta a los Juegos del Hambre!
Distrito 4: Franziska, La Sirena, treinta y dos años (cosechada). Desde las 10.20 hasta las 11.00.
¡Me encanta este doctor! Tiene pinta de ser de esos sujetos que se enamoran perdidamente de una de las chicas, al punto de ir cada día al burdel a visitarla, llevarle flores y dar lo que sea por una hora a solas. ¡Esos son mis favoritos! Son tan ilusos y se les puede sacar tanto dinero… reconozco que huele bien, a jabón y perfume; también reconozco que fui a hablarle movida por la curiosidad, me sorprendió que un hombre que a simple vista parecía tan poca cosa juntara una alianza tan grande, es cierto que tenía a dos inútiles en ella pero los otros dos eran buenos prospectos. Sin embargo, al ver al sujeto del 1, decidí dar el paso hacia la alianza profesional. No quería depender tanto de Dorian, más que nada porque sabía quién era el que mandaba en la alianza. Además de estar acostumbrada a que el cliente me requiera. Y mi cliente es el pelón del 2, solo que aún no lo sabe.
–No me gusta que me hayas utilizado así, dramática –me acusa él, tenso–: ya conseguiste lo que querías, déjame tranquilo ahora.
Vuelve a tomar su espada y se gira, el pobre diablo, como si pudiera olvidarse de mi abrazo. Con solo sentir su tensión, sé que es de esos que terminan la mayoría de las noches masturbándose en la cama, solo, o bien arrastrándose por la primera que le jura amor. Qué patetiquillo y qué dulce a la vez, aunque con la suficiente fuerza de voluntad…
–Quiero que volvamos a vernos –le digo, exagerando algo más mi acento del distrito 4–: Deseo mostrarte mi tatuaje. Tengo dos, uno en el hombro y otro en el…
–¡No! ¡Para! –Da otro golpe en el suelo con la espada, a tal punto que hace una grieta, ¡Me encanta! Aunque no tanto cuando la vigilante rubia, Briseida algo, lo regaña por el exabrupto.
–Iba a decir tobillo, guapo.
Me río, ya conseguí divertirme un poco, así que me marcho de allí lanzándole un beso al doctor. Si no tuviera la mira puesta en los profesionales ahora, quizá sería la sexta en su alianza. Pero ayer, hablando con Ariel, me hizo ver que quizá sería mejor unirme a Dorian y los profesionales, por varias razones, una de las cuales es que me haría indispensable. Necesitaban una arquera y mira por dónde, lo soy. A veces es triste ser tan caprichosa, pero por otro lado tengo todas las armas para serlo y concederme, por mis medios o utilizando a otros, lo que se me antoje. Subiendo las escaleras, es que pienso que se me antoja ser una profesional, y ganar. Sería gracioso, ganar a los modositos de los militares, incluso a Dorian. Yo, una mocosa de la calle usada desde niña, que ni siquiera tenía tiempo de ir a la academia para la vida porque estaba demasiado ocupada intentando preservar la mía. Dulce ironía, me gusta y es mi nueva meta. Como imaginarán, siempre consigo las que me he puesto.
Tengo que esperar, en la pista de obstáculos entrenando un poco, junto a las del distrito 10 y 5, que al parecer son aliadas ya que conversan animadamente sobre lo que han aprendido hasta el momento mientras sortean sus obstáculos. Escucho atentamente, parecen más centradas en aprender a conseguir comida o sobrevivir que matar, ilusas, como si alguien ganara los juegos del hambre comiendo. La chica del distrito 10 es hermosa, si la tuviera en mis manos sería la jodida reina, lo digo yo. Me dan ganas de hablarle, pero parece bastante cómoda conversando con su aliada, y sé lo que es un espacio seguro de chicas cuando lo veo. Aprendí a crearlos yo misma en el burdel, cuando las chicas tenían sus amigas con las que hablar de ciertas cosas era mejor no romper el vínculo. De cualquier manera, no son ellas las que me importan, la del 10 no es una potencial trabajadora sino una tributo en los Juegos, igual que yo, y por desgracia cuando gane será una belleza perdida.
–Señorita Franziska –dice una voz. Por fin, gracias a lo sagrado, por fin. La esperaba tanto que siento mariposas en el estómago, aunque, por supuesto, no lo demuestro porque soy así de cabrona y quiero verme así de fría. Incluso teñí mi piel para que no se me notara el sonrojo.
–Señor Hans –digo, girándome con una sorpresa fingida pero convincente, eso espero.
–Vulkan me ha comentado que tiene interés en entrar a la alianza. Si me acompaña al puesto de tiro, por favor… –dice, dejando una elocuente pausa.
–¿Acompañarlo? ¿por qué? –Mi acento del distrito se nota algo más, las erre suenan algo fuerrrtes–: ¿No cree que sé tirar? ¿Es porque soy una mujer?
El hombre se queda unos segundos en silencio.
–Una de las mejores luchadoras que hay en mi distrito es una mujer –dice, tenso–: y usted decide, yo he venido a buscarla cuando ayer dije que no lo haría. Venga a demostrarme lo que sabe por el bien de los seis.
Maldición, le haría algún comentario jocoso a propósito de "lo que sé", pero me parece que no será bien recibido. Me clavo las uñas en las palmas, pero entonces miro al resto de profesionales, nos observan fijamente. Los ojos verdes del rubio Dorian, me hacen un guiño y su cabeza se mueve de arriba abajo algunas veces. Decido asentir, lo dejaré boquiabierto con mi forma de tirar. Aprendí por mera necesidad, de hecho con la cerbatana soy mejor. Todas mis chicas saben hacerlo, por si acaso. Obviamente los civiles no podemos tener armas de fuego, está prohibido, así que el burdel no se puede proteger de esa forma.
Lógicamente, la demostración es un éxito. Dorian me aplaude, la pelirroja del 1 (Sapphire, me dice con una voz artificial y robótica que no es suya) me felicita y da la bienvenida a la alianza, Vulkan me muestra una mortal indiferencia, ese chico es inquietante y no puedo entender por qué fue corriendo con Hans, si parece pasar de todos. La mujer del 2 me ofrece ir a entrenar con cuchillos junto a ella, lo que según parece, es todo un honor. Sin embargo, no puedo aceptarlo. No me gustan las armas con filo, no es algo que le vaya a decir ni a ella ni a nadie, pero me traen recuerdos dolorosos.
–Oh, vaya… –Astrid luce pensativa–: también pensaba ir a las armas contundentes –señala el puesto de las mazas, porras y cosas de ese estilo–: ejercicio de agente de la paz, nada más. No necesito entrenamiento en eso pero será bueno impresionar a ya sabes quiénes.
–Ya, el vampiro –lo señalo discretamente; allí está, paseándose por la cornisa, mirando hacia abajo–: tanta fantasía de superioridad… le gusta estar arriba, los colmillos enormes, su capa superlarga… te apuesto a que su pene tiene el tamaño de un maní.
Astrid lo mira y no puede evitar soltar una risa, yo río con ella. Esa mujer tan seria me parece simpática ahora, raro, considerando lo antipática que fue conmigo en el desfile.
–Diablos, que no sepa que estamos riéndonos de él –dice, casi ahogándose–: me imagino su miembro con ojitos rojos y todo.
–Y con colmillitos –añado–: y con capita.
–Qué burrada, por lo sagrado –ella intenta parar de reír–: la última burrada del día, ¿te atreves a hacer un ranking?
–Por mi trabajo he tenido que ser experta en esto, te puedo asegurar no solo quién lo tiene más grande, sino también quién es mejor en la cama –le digo, confidencialmente–: es...
Distrito 7: Alexander Rheon, veintiún años (cosechado). Desde las 11.30 hasta las 12.40.
El entrenador dice que soy bueno en las peleas cuerpo a cuerpo para no ser un profesional, y yo le comento que solía golpear árboles cuando estaba de mala leche. No se defendían, obviamente, pero golpearlo a él o a las simulaciones tampoco es tan distinto, sé que podré contra todos aquí. Duncan es más reflexivo para la pelea, lo han halagado por su capacidad de observación y sus golpes contundentes y certeros, para ser tan viejo tiene harta fuerza. Me alegra haber conseguido estos aliados, saben que van a morir y me serán útiles, al menos no tendré que combatir contra ellos. De hecho, ya les tengo asignadas funciones para mi supervivencia, pero son sorpresa, se las diré en la arena. Le comenté a Martin, mi mentor, que había hecho aliados, pero solo porque en el informe redactado por los vigilantes les soplaron que estuve mucho con los viejos del 9. El vencedor intentó sacarme información pero lo ignoré, ya debería rendirse conmigo, no voy a ser uno de sus juguetes. De hecho, cuando gane planeo mandarlo a descansar, es un inútil que apenas ha traído a un chico con vida, seguro que yo consigo salvar a más. Y Roger es un carilindo fino que babea por Pancy, lo entiendo porque quién no babearía con ella, pero tampoco sirve de nada.
–Creo que estamos listos con el cuerpo a cuerpo, Alexander –me dice el sujeto, sonriendo con algo de cansancio–: iré a la sección de plantas, ¿tú qué harás?
Siento algo peculiar en el pecho, Duncan me estaba hablando amablemente y mirándome a los ojos, sin pensar de mí que soy un asqueroso o un raro, o en todo caso sin mostrarme rechazo. Me la suda el rechazo de los demás porque son tremendos imbéciles, pero es extraño que ese viejito de aspecto amable y pelo en rizos canosos parezca a gusto conmigo.
–Vamos con las plantas –acepto–: no sé nada de plantas.
–Está bueno aprender, así no corremos el riesgo de envenenarnos por accidente –dice él, encaminándose hacia el sector–: Breel nos dijo que las plantas con que nos entrenan pueden darnos pistas de la arena, pues siempre están allí. le prometí que iría.
No puedo creer que le haga caso a su mentor, había escuchado que es un blando. Roger comentó de él que hacía banquetes y que los niños del distrito podían comer sus tres comidas diarias en el colegio, y que salía de su propio bolsillo. Sicamore lo dijo con admiración pero a mí me parece tonto, estoy seguro de que esos mocosos le morderán la mano que les está dando de comer. Como yo con mi cuidador del orfanato, él me decía todo el tiempo "muerdes la mano que te da de comer, maldito mocoso". Y por decirle ciertas cosas me gané la herida de la cara, que aunque cicatrizada hace años se nota todavía, pero esa es otra historia, lo que pasó después de que muriera mi Nona no es algo que me guste recordar. Lo mejor fue haber salido del orfanato, trabajé a cambio de un piso pequeño y me quedé solo, trabajando y teniendo mi libertad estaba feliz. Y sigo feliz, aunque no estoy solo, Duncan está conmigo.
Llegamos al puesto de plantas, la mujer es vieja y bastante rara, tiene la piel verdosa. Me dan mal rollo los colores extraños en la piel, es por eso que la puta del 4 no me gusta tanto, ¡Qué asco ser beige! Me gustó más la avox que me cogí en la noche. Oigan, no me culpen, ella vino a mi cuarto a recoger mi ropa sucia, y la agarré de repente, poniéndome detrás y tomando entre mis enormes manos sus pechos pequeños. No opuso resistencia, es más parecía dócil e hizo todo lo que le pedí, seguro que hasta lo disfrutó. Fue muy raro recibir una mamada de alguien que tenía la mitad de la lengua, es como que no se sentía la punta, pero me gustó igual. Acabé dentro, espero haberla embarazado porque seguro le hace ilusión tener al hijo de un vencedor en sus entrañas de esclava. Y si no la embaracé ayer, será esta noche.
–El diente de león es comestible –estaba diciendo la vieja verde–: tiene mucha vitamina a y c. pueden hacer un caldo con sus raíces, o bien comer las hojas en ensalada. Les recomiendo que preparen algo bonito, si pueden, porque no nos hace tanta ilusión verlos arrancar las hojas y que se las metan en la boca.
A la mierda, seguro que no me acuerdo ni de la mitad de lo que está diciendo. Habla también de la albahaca y el trébol rojo, una para heridas en la piel y otra para curar tos, espasmos y cosas así. Creo que me voy, no me interesan estas charlas, seguro que tengo tantos patrocinadores que no necesitaré andar comiendo plantitas para curar las flatulencias. Me preparo para irme, cuando siento a alguien detrás de mí y me giro para encararlo. Pienso que sería alguien amenazador, como ese barbudo del distrito 11, pero solo es el sujeto del 5, moreno, con ojos calmos y una leve sonrisa. Duncan y él se saludan con la cabeza.
–Ten cuidado de confundir la salvia con la salvia del diablo –dice el sujeto–: son casi iguales, excepto por unas manchas negras cerca del tallo.
Duncan muestra confusión en su rostro arrugado.
–¿Por qué nos ayudas? –Pregunta, es lógico porque se supone que estamos en los Juegos, todos somos enemigos para vivir y ese largo etcétera que no paran de repetirnos los mentores. El tipo del 5 parece no tenerlo tan claro, sino no estaría aquí. Duncan debe pensar igual.
–¿Y por qué no? –pregunta él a su vez–: aquí hay salvia del diablo, es un potente alucinógeno. Podría acabar con tu cordura si la comes, incluso si la inhalas demasiado.
La vieja verde dice que sí, de hecho ella nos iba a hablar de la salvia antes de que el tributo del 5 se entrometiera. De todos modos parece entusiasmada, confiesa que le gustan las conversaciones entre tributos, las interacciones, y que en su puesto no son tan comunes. Así que el sujeto se queda con nosotros, aunque sabe bastante sobre plantas, y acerca de todo en general. Duncan le pregunta, interesado y con una sonrisa, cómo es que aprendió tanto acerca no solo de plantas, sino también sobre el cuerpo humano y los efectos de ciertas cosas que no me pregunten, porque no entiendo.
–Sé mucho de medicina natural –comenta–: en el distrito ejercí como médico no certificado. Es una larga historia…
No me interesan las largas historias, así que decido que esta vez sí me voy. Creo que Duncan está bien con el cuarentón médico aquel, espero que no lo quiera integrar en la alianza porque este tipo es más joven y seguro que sí tiene ganas de vivir, así que lo tendría que matar para que la alianza funcione. Además, ¿qué patrocinadores nos daría? Jessica es la madre de un vencedor y yo soy estupendo y un favorito, Duncan venía en la alianza pero resulta que es fuerte, observador y Jessica está demasiado enganchada a él, por caridad supongo. no, no quiero otra persona en mi alianza, está decidido. Para más inri, ayer vi a ese tipo sentado con Pancy a la hora de la comida y en la mañana estuvieron juntos en el puesto de camuflaje, y a esa pelirroja se la tengo jurada… o se la haría jurar si no estuviese tan buena.
Me voy a seguir entrenando con el hacha o algún arma pesada, es mejor que estar perdiendo tiempo con las plantitas maricas, siempre supe que no iba a ser lo mío. Entrenando con el hacha es que me encuentra Jessica un rato después, parece agitada. Me da un beso en la mejilla, la que no tiene la cicatriz.
–Me enfrenté contra un kraken, y morí –me dice la señora, con una mano en su pecho–: creo que el enfrentamiento con bestias peligrosas te lo voy a dejar, cariño.
Sonrío, obviamente ella no iba a tener oportunidad, pero no se me ocurre nada que decir porque estoy entrenando y quiero que me deje de molestar. Ella me pregunta por Duncan, le respondo que estaba con el sujeto del 5, y sus ojos agudos lo buscan entre la gente.
–Pues ahora parece que está solo –comenta. Lo está, de hecho, se halla machacando unas plantas con un mortero, con expresión obviamente enojada. El tipo del 5 está en la estación de combate cuerpo a cuerpo–: el sujeto mira a nuestro Duncan de reojo, parece que algo le hizo.
Me encogí de hombros… no podría importarme menos.
Distrito 2: Hans Imber-Black, cuarenta y un años (cosechado). Desde las 1.10 hasta las 2.30.
Cuando el Doctor Leo Sanz entra al comedor, con el cabello mojado y sus mejillas coloradas por el baño recién dado, su alianza al completo comienza a vitorearlo. Él, sorprendido pero después divertido, suelta una alegre risa, mientras masculla cosas como "vaya, qué pesados" o "no es mi culpa que ustedes sean unos salvajes". Dorian también está vitoreándolo, siendo el único ajeno a su alianza que lo hace; así que le dirijo una mirada sorprendida.
–¿Qué? Yo solo quería ser popular –dice el rubio, guiñando uno de sus ojos verdes. Sapphire suelta una de sus risas peculiares, ahogadas por su aparato bucal.
Franziska y Astrid, sentadas juntas, al parecer han hecho tan buenas migas como Dorian y Sapphire. Las dos profesionales, por ejemplo, cuando llegué a sentarme con mi bandeja me miraron y se echaron a reír, tanto como cuando miran al sujeto del distrito 11, a saber por qué. Es curioso, se supone que jugamos una partida mortal, pero me doy cuenta de que todos, en mayor o menor medida, estamos forjando lazos. Incluso los que se han intentado mantener al margen, como el sujeto del 12 o la niña del 7, están ahora sentados juntos, aunque no hablen. Hay en cierta alianza una cierta persona que no deja de mirarme, y yo no puedo evitar mirarle y pensarle en estos juegos, empatizando con su situación, hasta ahí nos hemos visto tocados. Es inherente a la naturaleza humana en sociedad, así como será inherente que cuando estemos en peligro mortal no dudaremos en matar al de al lado para poder vivir. Dorian, de hecho, podría acuchillar al doctor del que tan amigablemente se rió. Y eso me recuerda…
–Profesionales –digo, sin tocar aún mi comida. Sapphire deja de cortar a trocitos pequeños su filete, Vulkan alza sus ojos negros y Franziska y Astrid se centran–: tengo que decir algo importante. Sé que como alianza se espera mucho de nosotros, que cacemos tributos, que nos desempeñemos en el juego como nuestros antecesores lo han hecho. Y lo haremos –tomo un sorbo de agua, sé cuándo poner la tensión en un equipo–: sin embargo, me siento con el derecho de poner ciertas restricciones.
Los cinco, me miran expectantes. Fijo mis ojos especialmente en Vulkan y Franziska, son los que más me preocupan. Ella por ser inmadura, impredecible y un poco cruel y él por ser indescifrable, más que nada, todavía no sé qué esperar del enorme tributo del cabello oscuro.
–Nuestra alianza no se ensañará con nadie –digo, en tono marcial–: en los juegos del hambre se asesinan personas. Y asesinaremos personas –les echo una mirada larga–: pero como profesionales que somos, lo haremos todo lo rápido y sin dolor que podamos, aplicando nuestra técnica y conocimientos. Me tomaré como un desafío personal cualquier acto de tortura en contra de algún tributo.
Hay un silencio entre mis compañeros, en el que aprovecho de comer un poco de mis fideos. Espero haber sido claro, y creo que lo fui considerando las miradas que entre todos comparten. Sin excepción, hay aprobación.
–Entendido –dice Astrid. La primera, como siempre. No esperaba menos de ella–: repudio cualquier práctica de tortura innecesaria, ya lo sabes.
–Yo no podría torturar a nadie –susurra Sapphire en un hilo robótico de voz–: así que estoy de acuerdo también con eso, es más… me siento aliviada. Porque usted…
Se calla, sus hermosos ojos azules se desvían de los míos. Arqueo una ceja con curiosidad, me interesa saber qué tiene que decirme la chica rebelde. Pero no dirá nada, de hecho, solo le dirige una mirada a su compañero de distrito y come un trocito pequeño de carne.
–Bueno, lo digo yo. Porque tú eres un asesino, Imber-Black, quizá el único de entre nosotros –manifiesta el joven–: con Sapphire habíamos estado conversando qué clase de cosas harías con los tributos. Quizá cortarles la lengua, como a un avox. O tal vez ponerlos contra la pared y ejecutarlos con los ojos cerrados. Cosas así, nada particular. Así que sí, estamos más tranquilos de que no quieras ser un cabrón, soldado Hans.
–En primer lugar, yo no he cortado la lengua a nadie. Lo que hacemos los agentes de la paz es atraparlos, llevarlos al hospital, donde doctores especializados llevan a cabo esas cirugías –digo, sin tomármelo a mal porque sé de qué tipo es Vulkan, busca incomodar con sus comentarios en un estilo parecido al de su mentor, Silver Stanner–: y en segundo lugar solo hago mi trabajo.
–Igual que todos –dice Franziska, sonriendo–: y en tercer lugar no es el único que ha matado… yo también lo he hecho. No te lo esperabas, ¿eh?
No me sorprende, en sus ojos lo vi antes de que lo dijeran sus labios. El almuerzo, desde entonces, fue más ameno. Todavía nadie me ha cuestionado qué sucederá con posibles patrocinadores que disfruten del entretenimiento más violento, a lo que planeaba responder que nos arriesgaremos a que se queden quienes tengan que quedarse. Ya por ser nosotros tenemos bastantes, al menos Vulkan, Franziska y yo. Difícilmente se irían porque no nos vean ensañarnos con niños. Esa persona me sigue mirando de vez en cuando, es toda la concesión que haré por ella. Está a salvo de sufrir a manos de profesionales sádicos, porque no los habrá.
Y un rato después, la veo tomando una posición frente a su propia debilidad, luchando contra su vulnerabilidad. Estamos ya en entrenamiento, estuve en las simulaciones cuerpo a cuerpo y con armas pesadas, además de tomar una porra. No se me dan bien las espadas, por desgracia pues es un arma muy profesional. Tendré que confiársela a Sapphire, he oído que recibió entrenamiento especial en su casa aunque según lo que me comentó Dorian, no es destacable en ello. Quizá se lo está guardando para las sesiones privadas, no la culpo.
En fin, decía que veo a la persona con quien hemos compartido miradas con un gato muerto en la mano, intentando cortar su cuello. Le tiemblan los bracitos, su pecho se agita. Ya he hecho suficiente por ella, pero siento que sigo en deuda, porque sé que ayer la asusté. Pobre chica del 3, es apenas una niñita y no tiene ninguna posibilidad. Y seguimos intercambiando miradas furtivas por sobre la cabeza de ese doctor insensato. Él no la ve, creo que no sabe bien por lo que la chica está pasando, el que te digan que te protegerán hasta el final no cuenta en los Juegos del Hambre, porque el final solo dura hasta cuando comienza a estar en peligro tu propia vida. Además, Aleia ha tenido una madre no responsiva y un padre que la abandonó, sabe que los adultos pueden irse. Recuerdo a Nicole, mi esposa, cómo habría cuidado de esa niña y estado atenta a sus necesidades. Recordarla me hace rechinar ligeramente los dientes, todavía es soportable pero la extraño y se siente en mi cuerpo, ansío más que nada acariciar su sedoso pelo negro. ¿Habrías aprobado lo que estoy haciendo con la alianza profesional, mi amor? No puedo evitar preguntarme. Por cuánto la conozco, me figuro que sí.
Dejo de pensar en ellas y sigo con mi entrenamiento, Vulkan está entrenando con cuchillos aunque sé que es bueno con las armas pesadas a las que no se ha acercado, quizá para ocultármelo. Sin embargo, todavía tengo mi clave de acceso de los registros de cámara de los distritos que están online para el monitoreo por parte del Capitolio, únicamente tuve que pedirle la Tablet a Asensio Jung, mi mentor, y entré a examinar los archivos que registran las cámaras. No me costó tanto encontrarlos a todos, únicamente tenía que escribir el nombre e imaginarme su rostro, el escáner cerebral los reconoció. Así que mientras Astrid y todos dormían, me dediqué a ver vídeos de las veintitrés personas que me acompañaban. Vi a Sapphire llorando por un rebelde, vi a Vulkan saliendo de la herrería acompañado por una niña bajita y rubia, vi a Astrid paseando con su marido, jugando con Gabe, su sobrino; vi a Leo Sanz diciéndole a una familia pobre "no se preocupe por el dinero", a Aleia intentando esconder las lágrimas cuando alguien se le acercaba, a Franziska paseándose por las calles con una sonrisa, rechazando para prostitutas a niñas pequeñas, a Dorian jugando con su esposo e hijos, trabajando en redes. Meenara Lander cansada, arrastrando sus pies por el desértico distrito camino a una casa donde la esperaba un niño pequeño, Haida Creek paseando también, pero con una actitud bien diferente, dándoles golosinas a los niños. Mercedes Marston construyendo aerodeslizadores, gritándoles a los que se pasaban de listos con ella, Romeo pilotando, Romeo en círculos rebeldes, Romeo con los agentes de la paz. Pancy Layton en los bosques, recogiendo miel, con una picadura en su hombro. Alexander, lleno de rabia, golpeando árboles y acosando a jovencitas sin conseguir nada. Galatea, menos presumida de lo que se quiere hacer ver, cosiendo vestidos para su pequeña sobrinita, Dana. Tex, en su casa haciendo nada, paseando con un perro y hablando solo. Jessica, en su casa en la villa de los vencedores, sobreprotegiendo a sus hijos y peleando contra su hija. Duncan, resentido contra los rebeldes y el Capitolio, cuidando de sus nietos. Nyx, yendo al mercado a vender fruta, cuidando de animales en la casa de su madre. Rafe, cargando paja, trasladando comida, viéndose a escondidas con un joven agente de la paz. Mona, con sus coletas, sus sonrisas y amigos, trabajando feliz dentro de lo que podía. Jeffrey, en sus actividades visibles y en las más secretas. Rose, en la mina, toda vestida de gris, sucia y deseando no estarlo. Y Julian, trabajando solo, con el semblante serio y nada importante o ilegal entre manos.
Me ha servido mucho esta información, ya tengo una idea bastante clara sobre todos mis contrincantes. Sé que estuve al borde de lo ilegal, pero tenía que hacerlo. Tengo herramientas para romperlos a todos, del primero al último.
siento el cosquilleo de una mirada, me giro buscándola pero no es ella, mi chica del 3. Para mi sorpresa, se trata del sujeto del distrito 12, Julian Felow, que me hace una seña para que me acerque. Con sorpresa, porque no pensé que precisamente él quisiese hablar conmigo, me encamino hacia él, pero comienza a alejarse. Tengo que decidir si seguirlo, perdiendo entrenamiento, o quedarme aquí. ¿qué podría perder? Mejor lo sigo, aunque tomando mis precauciones. Me resulta intrigante que una persona que se la ha pasado en solitario quiera hablar algo conmigo, y debo conocer por qué.
Distrito 6: Romeo Vector, cuarenta y dos años (cosechado). Desde las 2.35 hasta las 3.20.
Es gracias a un dolor de estómago, que consigo las últimas herramientas para hacer mi propio juego. Nunca sabré qué hubiese pasado de no haber sentido la imperiosa necesidad de ir al baño, o si le hubiese sucedido a otro, solo sé que, mientras estaba en el retrete, terminando mis asuntos, oigo a una persona entrar, sus pasos resuenan en las baldosas. Sé que es un tributo, por las zapatillas. Levanto mis pies, por mero pudor, no quiero que me vea aquí, sé que es estúpido pero soy melindroso con esas cosas, entre otras tantas. Seguramente pasará también a un baño pero me quedo quieto, esperando. Y menos mal, porque poco después otros pasos, más enérgicos, irrumpen en el lugar, y una voz grave rompe el silencio.
–¿Qué deseabas? ¿por qué me has hecho venir? Admito que siento curiosidad.
–Quiero decirte, simplemente, que eres una basura –responde el primer hombre. Su voz es menos grave, aunque más baja y suena enfurecida–: No te has atrevido a darle la cara a Rose Hawthorne, ¿eh? ¿Pensabas aceptarla en tu alianza después de lo que le hiciste?
Hay un breve silencio, en el que aprovecho de subir más mis pies. Definitivamente es algo que no tendría que estar escuchando, pero ya estoy, y debo aprovecharlo. Rose Hawthorne es, si no me equivoco, la chica del distrito 12, la que se ha pasado en el puesto de tiro.
–Lo siento, pero ya hay arquero en mi alianza –dice el hombre de la voz grave, muy tranquilo–: y no veo por qué las descalificaciones hacia mi persona. No he hecho nada a Rose Hawthorne, ni siquiera hemos hablado…
–Seguro no tienes idea de quién soy… –el otro hombre casi sisea–: soy el hijo de Adrian Felow.
–¿Y qué? –Pregunta el de la voz grave, era precisamente lo que había estado pensando yo.
–¡Sé que mataste al tío de Rose Hawthorne! ¡Sé por qué te condecoraron tanto, Imber-Black! ¡Lo torturaste hasta la muerte para obtener de él información! –Casi grita el sujeto. Tengo que taparme la boca con las manos, para que un grito de sorpresa no saliera. Así que se trataba del hombre del distrito 12 y el del 2, hablando. Y peor aún… ya sabía el motivo por el que había sido tan elevado Imber-Black, siempre creí que había sido un personaje inventado para inflar patriotismo, pero resultó que realmente había hecho algo, no deja de ser curioso, era tema tabú incluso entre la gente con la que me relacionaba, si bien Imber-Black era una figura de repudio en el exiguo bando rebelde.
Hay otro silencio en el baño, donde intento incluso no respirar para no ser descubierto. De pronto, el hombre de la voz grave, que asumo que será Hans Imber-Black, suelta un leve resoplido. Espero que no corra sangre aquí.
–Obviamente que lo maté, estábamos en guerra. La misma en la que tu padre fue espía para el bando rebelde. –Manifiesta, ligeramente exasperado.
–¡Eso era mentira! A mi padre lo inculparon para quitarle sus terrenos y recursos –se defendió él–: y… y Rose… agradece que no le diré la clase de monstruo que eres…
–Puedes decirle si quieres, me es indiferente –reconoce, serenamente–: así que si solo querías decirme eso… sé bien a quiénes maté y por qué, no necesito de un niño recordándomelo.
Casi puedo oír el rechinar de dientes de Julian Felow, en este lugar no vuela una mosca.
–No le diré –masculla, con acento más derrotado que furioso–: pero no por ti, triste ser humano, perrito faldero del Capitolio. Por ella. porque no merece saber que quiere tanto unirse a la alianza de un…
–Con permiso. –Los pasos de hans Imber-Blac se alejan, antes de que Julian termine de insultar. Creí que el joven del distrito 12 lo detendría, pero no lo hace, se queda allí, al parecer. Escucho el agua del lavabo, luego cómo se corta y otros pasos salir. Me lo imagino allí, con la cara roja por la indignación, mojando sus mejillas y cabello. Soy un dramático, sin dudas.
Decido, luego de cerciorarme de mi soledad, salir de aquí yo también. No cabe ninguna duda, Rose Hawthorne y Hans Imber-Black están aquí por la misma razón que yo, la coincidencia resulta inverosímil. ¿cuán épica sería una batalla entre él y ella? maldita superficialidad.
Está en el puesto de fogatas, me fijo en ella en cuanto llego a la enorme sala. No es tan llamativa como la bella Nyx Bellecourt o Franziska, la Sirena, pero si uno busca encuentra. Está sola, intentando encender un fuego de evidente malhumor. Creo que no se le da tan bien, yo aprendí ayer en la mañana. Durante el día, aprendo las cosas menos ofensivas, como la pesca, primeros auxilios, plantas, escalada, hago ejercicio en la corredora… fue en la noche anterior, después de que Mercedes ya se había ido a la habitación, cuando Naelie Reyne me trajo a Roman Corpps. Al parecer habían tenido un amorío, o en todo caso él había estado íntimamente con ella, pero lo más importante es que era el entrenador de las luchas cuerpo a cuerpo y algo se manejaba con el cuchillo. Estuvimos entrenando, sin parar, unas cuatro horas, y al parecer eso haremos esta noche y la siguiente. Desde que le comenté a Heraclio acerca de mi perfil bajo, el chico ha hecho todo lo posible por respaldarme, intentando ocultar los libros de anatomía que me da, o bien pidiendo ayuda a Naelie que tiene más contactos en la ciudad. Ni Mercedes ni la escolta saben de nuestro trato, supongo que ninguna se lo tomará muy bien, pero seguro que no soy el único tributo en hacer trampa. Ojalá lo fuera.
–Señorita Hawthorne –le digo, suavemente y con una sonrisa. Ella aparta la mirada de su no fuego, tiene unos ojos grises muy bonitos, aunque tristes–: sé algo que podría interesarle.
–Disculpe, ¿pero quién es usted? El tributo del 6, ya sé –al mirar el número de mi camiseta, se sonroja un poco. Su acento es extraño, de alguna manera más cerrado y rápido–: me refiero a… ¿interesarme a mí?
Mi sonrisa es conciliadora y respetuosa, tanto como la distancia que mantengo con ella y mi mirada. He de infundirle confianza, en los juegos del Hambre es difícil pero estoy acostumbrado a desenvolverme en situaciones peliagudas. Lo consigo o eso creo, parece menos tensa al verme sonreír. Una sonrisa da el aspecto de indefensión que necesito.
–Señorita Hawthorne, es algo grave –y mi voz se vuelve más apremiante, todavía–: Por su bien, no intente llamar la atención de la alianza profesional. A ser posible no se acerque a ellos.
Bingo, la chica engancha en lo que le estoy diciendo. Lo noto en su postura, se echa ligeramente hacia delante, dispuesta a prestarme atención. Mira hacia algunos profesionales, allí está la chica del 1 entrenando con una espada a una mano, la del 2 y la del 4 están escalando, el tipo del 2 levanta una pesada barra una y otra vez mientras que a los de no se los ve por ninguna parte, han de estar abajo. La tributo del distrito 12 se muerde el labio, luego centra otra vez su atención en mí.
–¿Qué pasa con los profesionales? –pregunta, dejando ya su fuego por imposible. Frota sus manos, algo grandes y maltratadas por el trabajo. Me recuerdan a las manos de Katie, la mujer que amaba, a la que perdí. Era así mismo, maltratada por la vida y la precariedad.
Me pregunto qué debo hacer, si pedir lo que quiero en seguida o darle la información que tengo a cambio de nada, para generar confianza, y que mis requerimientos aparezcan según vamos conversando. Con los agentes de la paz la segunda estrategia no funcionaría, claro está, siempre hay que pactar condiciones con ellos, sin embargo necesito que esa jovencita confíe en mí primero, y no lo lograré si me las doy de exigente con una arquera que a todas luces no lo hace mal y podría literalmente conseguir a quien quisiera. De manera que, bajando la voz, tomo aire y le cuento todo. Mi ida al baño, la conversación que oí, mis impresiones acerca de su compañero y el otro sujeto. El rostro de la chica –un rostro no demasiado bonito, pero sí simpático, agotado y sobre todo triste– expresa desde perplejidad, asombro, una brizna de pánico. Cuando termino de hablar, su cara no expresa nada.
Miro hacia mi propia alianza, no quiero que consideren sospechosa mi charla con la joven, que por otro lado no deja de serlo. Mientras piensa en que ha intentado impresionar al hombre que manifestó haber asesinado a su pariente y no lo lamenta, veo que Aleia ha desoído a Leo y a mí y se ha puesto a apuñalar animales, intentando encontrar los puntos vitales humanos, sus manitas pálidas están manchadas de sangre; Leo combate cuerpo a cuerpo, me quedo un rato mirándolo y es sorprendentemente bueno. Rafe está junto al tipo del 2, también levantando cosas pesadas, aunque sé que a él se le dan bien las trampas porque lo he visto por la mañana, y Mona está ejercitando con una hoz, junto a la tributo del distrito 10, aunque no se hablan. Ninguno parece estarme prestando atención, creo que soy el único que los vigila tanto como si fuesen mis enemigos. En fin, Rose ha pensado demasiado, es mi momento de intervenir.
–Puede preguntarle a su compañero, si desea –digo, con tacto–: imagino que es difícil…
Ella sacude la cabeza, mirando a su compañero de distrito. Está en el sector de las trampas, junto al anciano del distrito 8, aunque, como en otros casos, no parecen estar compartiendo más que espacio. La pobre Rose parece un poco perdida, no es para menos.
–No… le creo –susurra, apenas puedo oírla, así que tengo que esforzarme un poco–: Julian no habla mucho conmigo, pero siempre intentó convencerme de que no me uniera a los profesionales, y las miradas que dirigía al tributo del 2… bueno, le agradezco por decírmelo.
Intenta sonreír, lo cual me admira porque es una gran revelación la que lleva sobre sus hombros. Ahora tiene que decidir qué hará con lo que sabe respecto a su compañero y su enemigo pero no me importa, solo lo que concierne a mí.
–¿Está bien? –Pregunto, con solicitud. Para ser sincero, aquello me interesa un poco más por razones no utilitarias. Pobre chica, de verdad. Maldita guerra que se los llevó a todos, incluyéndonos.
Distrito 12: Rosie Hawthorne, veinte años (cosechada). Desde las 3.20 hasta las 4.30.
¿Lo estoy? Me pregunto a mí misma, antes de responderle cualquier cosa al hombre del distrito 6. No quiero parecer una llorona sentimental, aunque sí me siento como la más estúpida de las personas aquí presentes. Viví mi infancia en el distrito 2, es más, mi madre es originaria de allí. tras la ejecución de mi tío Vic, acusado de rebelde, fue que mi abuelo materno gestionó el traslado para el distrito 12, en peores condiciones que su tierra natal, pero al menos más seguro. Ahora me pregunto si abuelo Sam sabía esto. Si conocía el secreto de Hans Imber-Black, el hombre que le quitó algo valioso al Sinsajo y dio muchos pasos para aplastar la rebelión. Siento que estoy sudando a mares, y no quiero mirar al tipo pero lo hago, está levantando esa barra pesada, junto al pelirrojo del distrito 10 pero no se hablan. Espero ver la palabra "villano" en su frente o espalda, sin embargo no hay nada. Sólo el sujeto alto, fuerte y de cabeza rapada, esforzándose por acondicionar una figura ya bastante esculpida.
–¿Señorita Rose? –El sujeto del 6, con preocupación al no oír respuesta y verme con la mirada perdida. Julian, él lo sabía todo, maldito Julian, ¡me hizo quedar en ridículo! Pero sobre todo maldito Imber-Black, y maldita yo por intentar captar su atención.
–Bien –digo, haciendo valerosos esfuerzos por sonreír, pero noto en seguida que él no se lo cree mucho–: Bueno, impactada, es obvio… pero ¿sabe? Mi tío murió antes de que naciera.
Con eso intento decir que no me importa, pero creo que no es verdad. Hazelle Hawthorne lloraba todos los aniversarios de la muerte de su hijo mayor, cada cumpleaños. Hablaba de él cada vez menos, pero mi infancia estuvo plagada de las historias de tío Gale, cómo mantuvo económicamente a su familia, cómo se esforzaba, cómo luchó por un mundo mejor. Tío Gale era icónico y ahora sé quién lo asesinó. Alguna vez odié esas historias, odiaba estar relacionada con el Sinsajo, sentía que condicionaba mi vida. Se esperaba que fuese tan rebelde como Katniss Everdeen mi falsa prima, pero ya no. Ahora solo siento lástima por ese muchacho que tan joven tuvo que velar por sus hermanos pequeños, entre los que estaba mi padre.
–Quiero que sepa que puede contar conmigo para lo que necesite, tanto aquí como en la arena –dice el sujeto, ya sin sonreír–: tanto si desea vengarse como solo sobrevivir.
Esa oferta es extraña. Según sé, porque he observado algo también, el tributo del 6 está aliado con el doctor Leo y su panda.
–¿Espera que me una a su alianza o algo así? –Pregunto, suspicaz, aunque valoro su oferta.
–Yo no dije nada de alianzas –contesta humildemente el hombre de pelo castaño y cuerpo bien formado–: hablé de usted y yo, Rose Hawthorne y Romeo Vector, nada más.
Eso me parece noble, aunque no se lo digo. Sin embargo, hay otras cosas que sí le quiero comentar, como que ayer recibí una oferta de alianza del tipo del distrito 11, Blaaker, y que considerando no solo que la alianza profesional ya cuenta con arquera, sino que ahora unirse al asesino de mi tío está descartado, pienso aceptar la propuesta. Todo esto le digo, rápido y sin calma, porque me siento así de enérgica.
–Bueno… respecto a mi alianza –susurra, mirando hacia todos lados–: en verdad yo pensaba ir a la arena solo. Me uní a Leo Sanz y Rafe Firehorse porque desconfiaba de ellos –esta vez, habla tan rápido como yo–: dos voluntarios… más el doctor, llama mi atención. Sus circunstancias son tan especiales que no puedo evitar temer.
–Sé a qué se refiere –asiento. Leo Sanz se presentó voluntario por un niño pequeño desconocido, según se comenta, ¿pero si sus motivos no fuesen tan nobles? –: ¿Y qué ha averiguado sobre eso?
–No mucho, parece sumido en su papel. Ahora está empecinado en proteger a su compañera de distrito –me responde–: pero no deja de ser raro, se supone que uno de los dos va a salvarse al final. Así que me quedaré en esa alianza y sacaré cuanta información pueda, pero en la práctica iré a la arena solo… si usted no me quiere a su lado.
Oh, ¡cuánto me gustaría que eso me lo dijese Julian! Habría sido tan… a veces no puedo controlar a la cría inmadura que llevo en mi interior. Aún en peligro de muerte, sueño con el amor y las cosas que en mi distrito parece que nunca tendré. Julian diciéndome eso, Julian protegiéndome del peligro, el apuesto, inteligente, frío y serio Julian Felow ayudándome a derrotar al villano. En cambio tengo a este señor, Romeo Vector, con el doble de mi edad pero un corazón tan noble que le impelió a hacer todo esto por mí. Y pese a que no es un príncipe ni mucho menos, lo valoro por lo que está haciendo.
–Voy a hablar con Jeffrey –digo–: a ver si nos aceptan a ambos en la alianza.
Romeo sonríe, asiente y dice que mejor se marcha, llevamos mucho tiempo conversando ya y su alianza puede sospechar. Se despide de mí con una sonrisa compasiva y hace ademán de acariciarme la mejilla, pero se contiene al final. Me hubiese gustado que lo hiciera, ahora necesito una caricia, un abrazo de alguien… de mi padre, tal vez, o de abuelo Sam, pero ninguno está aquí. De manera que nos despedimos, él se marcha a hacer ejercicios en la corredora y yo… a aceptar una oferta de alianza para destruir otra. No odio al señor Imber-Black, me saca que no sienta remordimientos, claro está, pero es más por mi familia. Al final, soy la rebelde que querían que fuese, tengo la conciencia que deseaban inculcarme sin éxito.
Jeffrey Blaaker está abajo, entrenándose en caza. Tiene el cuerpo cubierto de sangre falsa y sostiene un cuchillo curvo en su mano, y conversa con la entrenadora sobre la técnica de despellejar que aprendió arriba y que yo no fui a ensayar porque creo que mi fuerte está en otro lado. No lo quiero molestar, así que me quedo un rato en la estación de pesca, donde veo a la anciana del 6 intentando ensartar un pez con una lanza sin demasiado éxito, es más, maldice cada vez que falla. El hombre de piel dorada me ve y comienza a enseñarme a hacer nudos, así que aprovecho de aprender esas técnicas, no me haré una experta de la noche a la mañana pero con que algo aprenda estoy satisfecha. Sin embargo, no alcanzo a hacer más que un nudo de pescador cuando veo que el hombre se dispone a retirarse del puesto en que está, con las manos aún cubiertas de sangre y una sonrisa. Dejo mi trabajo a medias y, casi corriendo, me acerco a él.
–¡Jeffrey! Yo… –Mi grito inicial es demasiado fuerte y hace que todos los que están aquí se giren por un momento, así el enorme tipo del 1, la mujer del 8, la del 6 y los lindos ojos verdes del profesional del 4 me observan–: Jeffrey –ahora más bajo, él se gira, con algo de perplejidad–: sí, sí quiero ser tu aliada.
Jeffrey Blaaker sonríe aún más ampliamente, estrechando sus ojos verdes. Me siento rara cuando me mira, así tan lleno de sangre da un poco de miedo.
–¡Hola, Rosie! –dice, animado–: Oye, ¿qué te hace pensar que todavía quiero ser tu aliado? NO es que no quiera serlo –añade rápidamente–: porque sí, quiero. ¿pero y si no quisiera?
Me muerdo el labio inferior, está evidentemente entusiasmado con haberme conseguido al fin. Intento contener un suspiro de resignación, es imposible para mí sentirme igual, y no solo se trata de estar en los juegos del hambre, ahora hay algo más.
–Bueno –digo, intentando no rodar los ojos–: sigo siendo una estupenda arquera, ¿no? Sé que no te perderías eso por nada del mundo.
–¡Claro que no! –Exclama, bastante fuerte, haciendo que la gente nos vuelva a mirar raro–: Choquemos palmas, linda, ahora somos tres.
–Cuatro –rectifico–: Romeo Vector también será nuestro aliado, creo.
–A ver –Jeffrey frunce el ceño–: si no me equivoco, ese tipo está con Leo y su panda.
Suelto una risa, así mismo había pensado yo en esa alianza, es curioso. Le cuento absolutamente todo a Jeffrey, desde mis ganas de estar con los profesionales por cercanía, hasta lo que sabía Julian y no me dijo, cómo Romeo oyó esa conversación y me lo refirió, y los motivos por los que está con "Leo y su panda". El rostro del tributo del 11 se llena de ira, y tengo que detenerlo para que no vaya a moler a golpes a Hans Imber-Black en ese mismo momento, pues parece que es todo lo que quiere hacer. Se calma cuando se lo pido, por suerte, aunque antes llega su aliada (nuestra aliada, digo), Galatea, con sus labios pintados y su peluca azul, a preguntar sobre lo que pasa. Jefrey le cuenta rápido y enojado, y Galatea me lanza una mirada compasiva. Genial, ahora parece que toda mi alianza sabe que estoy aquí con el asesino de mi tío. ¿cuánto falta para que se enteren los tributos restantes?
Distrito 5: Meenara Lander, cuarenta y un años (cosechada). Desde las 5.00 hasta las 6.00.
Ha sido un día fructífero, pero estoy cansada. Me he pasado la mañana en una de las corredoras, primero con el sujeto del distrito 6 que fue bastante amable, me preguntó cómo me estaba yendo en el entrenamiento y qué era lo que más me costaba, y después me fui a la pista de obstáculos con Nyx, un rato se nos unió la mujer del 4 que al parecer ahora ya es profesional, pero luego se fue. El resto de mi día me lo pasé en la estación de primeros auxilios hasta la hora de comer, y luego levantando barras y peleando cuerpo a cuerpo. No soy buena en esto último, la mujer que me entrenaba me recomendó que mejor sería que huyese de algo así o que tomara un arma, cualquiera fuese, sino me iban a hacer picadillo al instante. No me lo tomo a mal, al menos voy a seguir el consejo porque después de haber visto a los profesionales batirse ayer, no me quedan ganas de probar suerte con ellos. Nyx es más relajada, me gusta eso de ella, he estado ansiosa estos días al completo mientras que ella dice, con filosofía, "lo que tenga que ser, será, y el resto son pendejadas". Me ha hecho bien estar con la chica del 10, no somos tributos especialmente amenazadoras, y tal vez los patrocinadores no den mucho por ninguna de las dos, pero podemos hacer cosas, más aún juntas, así que vamos a sernos de ayuda todo lo que se pueda.
–¿Cómo te fue en el cuerpo a cuerpo? –Me pregunta Haida, al verme sudando, cansada, buscando una estación para invertir la última hora que me queda antes de las sesiones privadas de mañana, donde les tendré que demostrar a los vigilantes todo lo que sé, para bien o para mal.
–Soy un desastre –reconozco. No me da miedo el señor Creek, Haida como le digo ahora a petición suya, sé que no haría nada en mi contra–: ¿y a ti cómo te fue en escalada?
Él se encoge ligeramente de hombros, mirando la pared escarpada en la que el tipo del distrito 12 se esfuerza por escalar. Sería divertido si no fuese porque de eso podría depender su vida.
–Podría ser mejor, pero bueno, hay cosas más importantes –dice, igual de relajado que Nyx, aunque por alguna razón su estado me tranquiliza más–: ten suerte, iré a camuflaje.
Casi se está yendo, y sé que debería dejarlo, planteándole esto que quiero en otro momento, quizá cuando estemos en nuestro piso, pero estando Nyx de acuerdo, considero que sería tonto esperar para decírselo. Así que, un poco aturullada debo reconocer, toco su hombro cuando se está girando. Él me mira al instante, con solicitud en su expresión amable.
–Haida, ¿quieres ser nuestro aliado? ¿De Nyx y mío? –Pregunto–: ambas somos buenas pescando, Nyx es bastante ágil y sabe usar una guadaña, además de una habilidad secreta, y yo tengo fuerza, puedo…
Pero él ya está negando con la cabeza, su sonrisa ya desvanecida, una expresión sorprendentemente triste en ese rostro moreno y curtido.
–No me cabe ninguna duda de que son muy capaces ambas –reconoce, tranquilo–: pero no puedo aceptar, lo siento. La verdad es que… no soy buen compañero para nadie.
Hay dolor en sus ojos, al parecer le cuesta decirme que no. Por un momento me recuerda a mi Leo, o a Max, cuando se obstinaban por orgullo; tenían una expresión similar, algo de rabia, otro algo de tristeza y en su caso mucho, mucho cansancio. Recuerdo su té de la noche del desfile, su calidez y genuina sonrisa ayer, cuando comenté a Roy y Amaranta que había conseguido una aliada, contra todo auto pronóstico. No me calza que un hombre tan cálido quiera mantenerse alejado de todos en un momento así, donde necesitamos del otro por lo que nos están haciendo. Pero no insistiré, no ahora que nos queda tan poco para entrenar. Quizá por la noche, cuando estemos en privado, con Roy de intermediario o quizá Amaranta, ella y su sensatez podría ayudar a que Haida no vaya a la arena solo, como pretende.
–Bueno… está bien –digo, tragando saliva porque tengo un nudo en mi garganta–: esto… que te vaya bien. Iré a seguir…
Él asiente, sin dejarme terminar, y se va a la estación de camuflaje, como dijo en un inicio. Parece triste, aunque se encuentra con el anciano tributo del 8, y al preguntarle algo sus labios vuelven a sonreír. Antes lo había visto charlando con el del distrito 9, pero por lo que sé esa conversación no terminó bien, es otra de las cosas que pretendo preguntar a mi compañero. El dulce, abnegado y querido señor Creek parece esconder algo un poco oscuro.
Mirando a qué estación puedo ir ahora, considerando el poco tiempo que tengo, y pensando en que debería reforzar lo que sé, de cara a una buena exhibición en las sesiones privadas, es que veo a Nyx dirigiéndose hacia mí, aunque no está sola. Junto a ella, con expresión de malas pulgas, viene la anciana del distrito 6, gesticulando mientras habla, aunque por suerte se dirige a mi compañera, no al aire como en ocasiones he visto que hace el hombre del 8. Me acerco, es evidente que estaban buscándome. Sonrío, son una pareja curiosa.
–He encontrado a nuestro otro aliado –dice Nyx, como siempre relajada–: la vi batiéndose contra la simulación de los tributos. Hizo polvo a varios.
–Les di su merecido, no más –dice, enojada aparentemente; más adelante sabría que Mercedes Marston siempre tiene esa cara–: solo me batí contra profesionales y no estaban en modo difícil, pero bueno. Esta chica quería que hablara con usted.
–Cuerpo a cuerpo es lo que nos falta… de hecho, algo ofensivo nos falta –aclaro, no me gustaría que piense que somos algo genial o peleón cuando solo nos hemos enfocado en aprender a sobrevivir–: si quiere, sabemos algo de pesca, pelea con guadaña, tenemos fuerza, algo de habilidad secreta que tiene Nyx…
–Primeros auxilios y anatomía, ya me dijo –gruñe la anciana–: sino, ni me hubiese molestado en venir. Prefiero ir sola que tener que cuidar a dos señoritas indefensas.
–¡Yo no soy ninguna señorita indefensa! –Exclamamos ambas, muy ofendidas. Mercedes Marston chasquea la lengua, rodando también los ojos. En verdad tiene toda la pinta de madre o abuela exasperada, lo que me hace sentir muy cómoda.
–Bueno, nenas, vamos moviendo el trasero, nos van quedando pocos minutos y debemos sacar buenas notas en las sesiones privadas –dice, moviéndose enérgicamente–: recomiendo que ya no intentemos abarcar nada nuevo, solo repasemos lo que sepamos.
–Justamente era lo que estaba pensando –añado, un poco tímida ante el vigor de la mujer–: Mercedes… oiga, ¿por qué no se había aliado con nadie antes?
Es una pregunta que me sale de repente, reconozco no haberla pensado, a veces soy así, un poco impulsiva, quizá es por mi casi carencia de amigos, a excepción de una o dos. Mercedes menea la cabeza, echando una mirada a toda la sala. Personas fuertes, personas jóvenes, con grupos ya constituidos, con ganas de vivir.
–Porque estoy vieja, obvio –reconoce, sonriendo con sarcasmo–: nadie quiere ir cargando un cadáver, 5. Nosotras somos la alianza de la que nadie se espera nada, eso tienes que saberlo desde ya para que no te reviente las pelotas.
Ahora es mi turno de bufar, con algo de desprecio por mí, por todos aquí.
–Mi estilista me dijo el otro día que era una lástima por mi hijo, que se iba a quedar huérfano porque no pasaría del baño de sangre –digo, sin intentar ocultar el rencor de mi voz.
Ahora, es Nyx quien parece menos relajada, algo más tensa y también furiosa.
–Bueno, a mí no paran de recordarme lo bella que soy, mi mentora quiere que me muestre más coqueta y todo… como si fuese solo un objeto. Se centran solo en la fuerza de mi compañero –confiesa ella.
–Pues que se vayan al diablo, nosotras podemos –dice la anciana voluntaria. Quiero creerle, intento creerle y de pronto le creo, todavía no sé bien cómo, pero lo ha conseguido. Nyx también, porque de pronto se ríe, es una risa flojita pero que nos contagia. Reímos las tres.
Gastamos nuestra última hora repasando pesca, Nyx se va a por las guadañas y yo tomo un arma pesada, se me da bien una maza de madera, con la que estuve practicando antes, y vemos a Mercedes lucirse cuerpo a cuerpo. Para ser tan mayor, no lo hace nada mal, lo cual me deja sorprendida y contenta con mi nueva aliada. Todavía hay sitio para Haida si lo desea, pero siento que estamos bien las tres, como dijo Mercedes, podemos. Estoy más cerca de mi hijo, de abrazarlo, es posible que incluso lo consiga. Sería tan lindo…
Distrito 7: Pancy Layton, diecisiete años (cosechada). Desde las 8.30 hasta las 9.00.
Roger, Martin y yo estamos sentados en la cómoda salita de nuestro piso, comiendo unos encurtidos y hablando sobre la sesión privada de mañana. En teoría Martin debería estar planeando los movimientos de Alexander, siendo él su mentor, pero ha renunciado a tener cualquier trato con el díscolo compañero que me ha tocado en mala suerte. No puedo quejarme, dos mentores piensan mejor que uno, es egoísta, pero necesito de su ayuda lo máximo posible, considerando que solo me quedan dos días de gozar de su sabiduría antes de que me lancen a la arena a luchar por mi vida contra veintitrés personas a las que ni siquiera me he dado el tiempo de conocer. Le comenté a Roger, ayer, sobre la oferta de alianza que me hizo la chica del distrito 11 cuyo nombre no recuerdo, la chica negra y bajita de las coletas. Él se quedó pensativo en ese momento, pero respetó mi decisión, siempre y cuando la haya rechazado con amabilidad para no crearme ninguna enemiga indeseada. Puedo pecar de fría quizá, pero nunca sería descortés con alguien que no se lo merezca, y ella no estaba en esa categoría. Ahora ha encontrado una alianza por lo que vi, con el doctor del 3 y su panda.
–Cuidado con él –advierte Martin, con recelo, en este momento–: me huele a chamusquina… un médico, voluntario por un niño desconocido, al que según dijiste se le da bien pelear, líder de una alianza donde tiene a dos niñas relativamente débiles…
Siento una corriente de sorpresa paralizándome. Yo solo lo veía como un buen hombre, exageradamente limpio y eso, pero nada malo.
–¿A qué te refieres? –Interrogo, mi voz casi siempre átona.
–Escudos humanos, Pancy –Aclara Roger, igual de serio que Martin–: si se acerca tanto a una de esas niñas, quizá quiera hacer pensar a los profesionales que ella es su punto débil, así que cualquiera querrá matarla para desestabilizarlo, y eso le dará cierta ventaja para hacer algo…
–O sea, ¿Qué ese señor se presentó voluntario por una razón menos noble de la que nos hizo creer? –Es solo para confirmarlo, pues veo el punto al que quiere llegar. Ambos asienten, tensos–: bien, entonces tendré cuidado con él.
–No solo con él. Ten la misma precaución con el resto de esa alianza, incluida la chica del 11 –dice mi mentor, desordenando su pelo cobrizo–: Odio que aquí metidos también haya adultos.
–Claramente de los profesionales también debes cuidarte, de todas las alianzas en realidad –añade Martin–: es el riesgo de ir solo a la arena, no tienes quién te guarde las espaldas. Todavía estás a tiempo de que Roger o yo podamos…
–No –replico, con firmeza aunque sin agresividad–: barajé las dos opciones y estar sola es la que más me acomoda. Ahora bien, en mis sesiones –mi voz se hace más suave, solo quería dejar claro mi punto–: pretendo mostrar escalada, ir a la pista de obstáculos, hacer el reconocimiento de plantas y… en realidad, eso.
Roger y Martin se miran. Reconozco esa mirada y suspiro, no es decepción, pero quizá se le asemeje. Es que no sé hacer nada más, quiero decir, he diseñado un nuevo método para la extracción de miel pues me di cuenta de que las abejas eran adictas a cierto humo, lo que las adormecía; eso me ha ayudado a ganar dinero para mi familia y para mí, además de que a veces repartía miel entre los niños de mi distrito, cada vez que podía. Una habilidad como esa no me serviría en los juegos, a no ser que haya insectos tales. Por lo demás mostré mi rapidez, mi buena memoria y agilidad, es todo lo que tengo.
–Un 5, no más –dice Martin, el mayor, el que más ha visto–: aunque si te esfuerzas y eres realmente buena, un 6. Diego Cadaverini aprecia bastante el arte y las cosas bien hechas, puede llegar a recompensar unos buenos nudos o un bonito fuego, aunque no sea mortal.
–Creí que el vigilante jefe era Marco Jansen, el vampiro –susurro, confusa.
–Y lo es –contesta el vencedor de la década del 80–: Diego Cadaverini es su segundo al mando. Es el encargado de evaluar las sesiones privadas, y también el que concerta encuentros entre tributos en los Juegos, abre y cierra caminos, programa obstáculos, está en contacto con los diseñadores de mutos en el departamento de biotecnología…
–Entiendo. Es decir, que no solo debo impresionar a Jansen que parece más pragmático, sino a Cadaverini que es más expresivo –sintetizo.
–Nunca mejor expresado –asiente Roger. Está más tranquilo que Martin, y desde luego más que yo–: Pancy, no te inquietes. En mis sesiones privadas saqué un miserable 3. Hice hogueras, una o dos llaves que aprendí en combate cuerpo a cuerpo y corrí en los obstáculos. Los pequeñitos no tenemos mucho más en la manga –sonríe–: Nicodemus Pride, el profesional del 2 en mi edición, obtuvo un deslumbrante 10, la nota más alta sin ser un rebelde o alguien a quien quieran muerto arriba. Y yo estoy aquí mientras que él… volvió a su distrito en una caja.
Me cruzo de brazos, abrazando mi pecho prominente. Quiero creerle a Roger, pensar que mi corta estatura, mi nulo conocimiento de armas y todo lo que tengo en contra no será obstáculo para volver a casa, pero ¿Quién sabe? No puedo engañarme, nunca he sido de ese tipo de personas. Necesito reflexionar, sacar la mejor puntuación posible y cruzar los dedos para que al menos alguien desee patrocinarme, por ahora no han tenido tanta suerte, todo se ha ido para el bruto de Alexander. Quizá no soy tan fuerte, feroz o lo que se quiera, pero al menos soy cien veces mejor persona, eso cualquiera.
–Roger… ¿Dónde está la avox? –Pregunta Martin, sorprendido–: acabo de decir que quiero tomar un té y no ha venido como por arte de magia a dármelo.
–No es como si no pudieras levantar el trasero del asiento –lo chincha Roger, un poco enfadado–: se te ha pegado la comodidad capitolina, amigo.
–No es eso, idiota… ¿dónde está? Oye, avox –la llama el vencedor mayor–: diablos, no me va a responder…
Ese último comentario se supone que debería ser humor, pero no me hace reír. Es más, me inquieta. Me inquieta porque Alexander tampoco ha aparecido desde hace un rato, y si la avox falta… quizá es que soy paranoica, tal vez son todas las veces que ese degenerado me ha mirado los pechos de más, todas las veces que ha dicho que quiere tener sexo conmigo, pero de pronto me paraliza el miedo, y se me nota porque los dos vencedores me preguntan sobre lo que me pasa, alterándose como yo.
–Alexander –simplemente digo, poniéndome de pie–: ¡Ese bestia de Alexander!
Roger también lo comprende, pues él es quien toma la delantera hacia la habitación del troglodita que tengo como compañero. Quizá sean imaginaciones mías, por favor ojalá que la avox solo haya ido a tomar un helado, a ver a su familia, a lo que demonios sea, pero en el fondo sé que no será así. Es más, cuando Roger Sicamore, pelirrojo vencedor de diecinueve años, abre la puerta de la habitación del tributo masculino del distrito 7, vemos que al menos parte de mis temores estaban justificados.
En la cama, acomodada con antebrazos y pies sobre el colchón, con la cadera y el trasero proyectado hacia arriba, la avox rubia y jovencita está totalmente desnuda, siendo envestida fuertemente por Alexander, de pie, que introduce su miembro por el trasero de la chica. Suelto un grito, es más bien un chillido, pero Roger me gana. Él, como un rayo, entra a la habitación, se para junto a mi compañero y le cruza la cara de un tremendo puñetazo, que nadie se esperaría de un chico tan pequeño.
Alexander se había alcanzado a incorporar, nada más. Ni siquiera se había podido cubrir, o a pronunciar algo más que "carajo" cuando le llega el puñetazo. Grita, con lágrimas en los ojos, y es el momento en que entro yo, rápida y ágil, y tiro a la chica del brazo para sacarla de debajo de él. A ella le tiemblan las piernas, imagino que por la posición, pero pone todo de su parte para ayudarme, y pronto está de pie, corriendo junto a mí, o más bien tras de mí.
–¡Qué demonios te pasa, cabrón! ¡Estabas violando a la chica! –Grita Roger, intentando darle otro puñetazo. Alexander, ciego de rabia, lanza otro que el pelirrojo esquiva–: ¡Martin, mierda, la droga! ¡Hay que calmar a este hijo de una bestia!
Martin Hanlon nnos empuja a ambas, en su carrera a la habitación. Alexander se debate, casi ruge.
–¡Que yo no la estaba violando! Ella también quería, ¡carajo! ¡Yo… nooo! –Martin toma su brazo y, entre ambos, consiguen inyectar lo que sea que le ponen al tipo para que se calme.
Sé que está mintiendo, por lo más sagrado. Me llevo a la chica casi arrastrando, y la miro a la cara. Está llorando en sollozos silenciosos, las lágrimas recorren sus mejillas pálidas. La llevo a mi habitación y cubro su desnudez con el edredón mientras busco algo para ella, algo que ponerle. Maldito Alexander. Maldito estúpido, infeliz, idiota. Si pudiera, lo…
Mientras estoy buscando ropa en el armario, siento una presencia demasiado cerca de mí, justo detrás. Grito, alarmada, pensando que es Alexander, él y su miembro enorme, él y su… me giro, alarmada, dispuesta a descargar un golpe, pero es solo la chica avox, con el edredón cubriéndola. Suavemente, levanta una mano y me acaricia la mejilla con infinita ternura.
Es entonces cuando las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos también.
Recopilatorio de alianzas definitivo (muy Importante):
Alianza Profesional: Sapphire, Vulkan, Astrid, Hans, Franziska, Dorian.
Alianza "Leo y su Panda": Aleia, Leo, Romeo, Rafe, Mona.
Meenara, Mercedes, Nyx.
Alexander, Jessica, Duncan.
Romeo, Galatea, Jeffrey, Rosie.
Haida.
Pancy
Tex
Julian.
Nota de autora superlarga que se pueden saltar aunque no lo recomiendo:
Dije que no iba a actualizar hasta diciembre. Durante esta semana debí haber estado haciendo un montón de cosas, pero quería resolver lo más rápido posible el lío Hans/Rosie. Espero que les guste cómo quedó resuelto, obviamente aclararé más en un futuro. Algunas escenas las tenía pensadas prácticamente desde que me enviaron a los tributos, es tan liberador escribirlo al fin... la escena del baño, Romeo, Hansy...
Ya tengo planificados los capítulos. El siguiente será contado por un narrador omnisciente desde el puesto de vigilantes, para relatar todas las sesiones privadas más o menos con el detalle que se merecen. En la pre entrevista habrá un capítulo de cuatro puntos de vista (de los ocho que faltaron), las entrevistas las contaré también desde un omnisciente, y la última noche será relatada con los últimos cuatro puntos de vista que quedan. Eso sumaría cuatro capítulos antes del día donde dé inicio los juegos.
Bien, pues. Espero que todo salga tal y como lo preví. Esta vez sí que habrá que esperar hasta diciembre, no solo porque no tendré tiempo sino porque me tengo que pensar las puntuaciones y lo que hará cada quién. Estoy muy abierta a sugerencias en ese aspecto, es más, preferiría que me dijesen qé podría mostrar sus tributos.
Ahora sí, vamos con las preguntas.
1 ¿punto de vista favorito?
2 por qué debería ganar tu (s) tributo (s)?
3 de todos los personajes, ¿a quién matarías, con quién te acostarías y con quién te casarías?
4 ¿qué le preguntarías al mentor de tu tributo?
Como siempre nos leemos, amores de la mia vida.
