Capítulo X: Sesiones privadas. Vigilantes.
Los tributos se habían levantado temprano el tercer día de entrenamiento, ya que debían recibir a las 7.00 am la visita de los psicólogos de la planta adjunta para que se les administrase la prueba proyectiva Rorscharch. Esta fue una medida implementada por Marco Jansen, vigilante en jefe, pues al determinar las estructuras de personalidad de los participantes, sabía dónde poner los retos, los enfrentamientos, vaticinaba los roces y similitudes de alianzas y, por supuesto, llenaban las arenas de simbología que les pusiese a prueba. Chloe Carson, mentora del distrito 11, fue la primera vencedora a la que se le implementó el examen y resultó ser una limítrofe alta, concretamente histriónica. Gracias a las pruebas, se detectó que Bojack Jones era un narcisista maligno, o sea limítrofe bajo, y se le instó a que lo dejara salir de la manera que lo hizo tan conocido, entre otros vencedores. De manera que, aunque se gastaba más recursos, no dejaba de proporcionar material interesante de análisis. para muchos psicólogos era un honor trabajar con las estrellas del año, pero solo veinticinco podían. Uno por cada tributo y Museline Bingley, miembro del equipo de vigilantes y doctora en psicología, que recibía todos los informes al caer la tarde y se encargaba de resumírselos en jerga no psicológica a Marco Jansen, Diego Cadaverini y el resto de compañeros. No obstante, recibió el primero a eso de las 8.00 de la mañana, para su enorme sorpresa, mientras se tomaba un café junto a Aureliano Grez, diseñador de arenas, en el centro de entrenamiento.
Aureliano miró a la mujer treintañera y de pelo azul, leer desde su Tablet concentrada, confusa y posteriormente enojada. Museline era seria y fría como el tono de su pelo, por lo que su expresión enfurecida confundió al joven. Le preguntó, tímidamente, qué pasaba.
–Estas fueron las respuestas de Alexander Rheon a la prueba proyectiva Rorscharch –dijo, enseñándole la Tablet. Aureliano, que nunca había visto ni leído más que los resúmenes simplones que Muse hacía para que se hiciesen una vaga idea de su compleja ciencia, prácticamente le quitó el instrumento de las manos con curiosidad.
R=3.
Lámina 1.
ps: ¿qué podría ser esto?
TM7: Una psicóloga muerta con sangre en la vagina.
Ps: ¿dónde lo ve?
TM7: en toda la mancha. Ahí está la cabeza y ahí abajo está la sangre goteándole desde la vagina hasta el suelo.
PS: ¿algo más?
TM7: no.
Lámina 2.
PS: ¿qué podría ser esto?
TM7: una psicóloga muerta con sangre…
–No me jodas… –Aureliano silvó–: le preguntaron por tres láminas, dudo que en las tres haya visto lo mismo, ¿o sí? ¿eso se puede siquiera?
–No. Su psicóloga sospechó lo mismo, por eso detuvo el examen pero aún así me adjuntó las respuestas –Museline apretó sus finos labios, cerrando la transcripción–: no me gusta que me tomen el pelo. Haga lo que haga en las sesiones privadas, ese Rheon no tendrá más que un 4 para mí.
Aureliano le creyó, era una mujer de armas tomar y ciertamente parecía enojada. Por no decir, que la respuesta dada por el sujeto era perturbadora ¿qué les daban de comer a esos animales de distrito? El joven e ingenioso Aureliano no quería ni saberlo. Como fuese, faltaba mucho día para ver a Rheon y la reacción de Museline al tenerlo solo con un grupo de vigilantes. El lado morboso de Aureliano sentía que necesitaba que llegase ese momento pronto, para regodearse con la mirada fría que los ojos dorados de Museline Bingley le dirigiese, y con la que el tributo le respondería. Ese tributo….
El día pasó como siempre, sin miradas desafiantes o psicólogas muertas con sangre, para suerte de todos. En las gradas sobre la pared en que se acomodaban, Aureliano estuvo mirando las interacciones entre los tributos. Él prefería estar arriba, con Marco y los demás, dejaba para el forense y Briseida Anglevin, la controladora de clima, la parte de abajo, donde estaba la pesca, simulaciones y otras formas de entretenerse. Podía ver que las alianzas estaban hechas al 100%, su favorita era la de las tres mujeres, la del 5, 6 y 10, era demasiado entrañable. Además de que Nyx Bellecourt lo había cautivado como a la mayoría del Capitolio. Había apostado cierta cantidad a que Nyx llegaba a los 10 últimos con Briseida, y más valía no perderla.
Cuando fueron a almorzar, tributos en un lado del comedor y vigilantes en otro, se dio cuenta de que las alianzas se mantenían inmutables. Allí estaban los seis profesionales, tres serios y tres más sonrientes, con la sinergia que tanto le gustaba ver en esa alianza. De vez en cuando eran disfuncionales pero resultaba gratificante aquellas ocasiones en que juntos terminaban con todos hasta que solo quedaban ellos seis y se tenían que matar. Esperaba que sucediese también eso, Amy Fein decía que Hans Imber-Black les mataría a todos, pero Marco Jansen le cortó con "mis juegos no serán así de predecibles". Aureliano miró a la alianza que comenzaban a llamar "Leo y su panda", allí estaban todos, el líder con el cabello mojado de habérselo lavado, el pelirrojo del tatuaje, la niña pequeña, el hombre de la sonrisa bondadosa, la chica negra de coletas, comían y charlaban amigablemente, el joven diseñador de arenas sabía que ellos no se terminarían traicionando o matando, al menos dos caerían en el baño de sangre en circunstancias normales, pero este en particular sería un baño seco, como todos los vigilantes sabían. La alianza de los dos ancianos y el chico del distrito 7, el de las manchas que representaban, según él, una psicóloga muerta, comían aparte, el chico en silencio mientras los viejos sonreían. Y los cuatro solitarios, cómo no, en silencio, unidos por su propia soledad. Titania, encargada de espectáculo y relaciones públicas, se moría por ellos y pidió que al menos dos de ellos se viesen obligados a aliarse. A Aureliano le daba que a Cadaverini ya lo tenía convencido.
–¿En qué piensas? –Preguntó Amy, la encargada de banda sonora como le encantaba decirle, para su molestia, aunque en realidad era la encargada de sonido, cámaras y edición.
–En las alianzas –contestó el joven, sin titubear. Amy no era su amiga, pero casi–: es una lástima que todo ese esfuerzo por conseguir aliados no les vaya a servir de nada, ¿no te parece?
Diego Cadaverini, que tomaba su almuerzo con una sempiterna taza de café, soltó un resoplido. No sabía si era risa o no, con él.
–¿Alguna vez han servido de algo a la larga, Grez? –Preguntó, bebiendo un sorbo de su taza–: más temprano que tarde, esos chicos descubren que el café de la camaradería tenía un dulce veneno y dejan de ingerirlo para vivir.
Amy reflexionó por un momento, sus ojos oscuros entrecerrados. A Aureliano, que tenía luces brillantes entre el cabello y su ropa también brillaba, le parecía insólito que tanto Diego como ella pareciesen casi habitantes de distrito. Era su decisión pero…
–Bueno… es que ahora el decidir alianzas les servirá menos que nunca –dijo ella en un hilo de voz.
Diego volvió a emitir ese resoplido, que sonaba como a "ja" pero que no era una risa. Y ahí terminó la conversación.
–Y ahora viene lo más denso –Comentó Virgil Asimov, médico y encargado de asuntos forenses. Su piel, pelo, ropa, ojos y cualquier cosa era blanco como la nieve, excepto cuando se manchaba de sangre al hacer autopsias. Entonces muchas partes eran rojas.
–Sí, qué pereza –asintió Aureliano cansinamente.
Lo más sagrado sabía cuánto aborrecía las sesiones privadas, ver a veinticuatro personas actuando y creyéndose importantes, sumidos en la monotonía. Como habitante de Lakeside que era, le parecía una mortal pérdida de tiempo y de diversión. Por lo que sabía, antes los vigilantes no se lo tomaban en serio, conversando, riéndose, bostezando, entre otras prácticas que le parecían más emocionantes. No con la llegada de Marco Jansen a la jefatura. Desde que él llegó, desde el musculado profesional del 1 hasta la escuálida niña de la Veta eran indispensables, solo viendo sus sesiones privadas se sabía qué poner en la arena, por qué y cuál era su debilidad, a quién enfrentar. Cualquiera podía dar espectáculo ante esa perspectiva, decía el señor Jansen. Así que había que hacer de tripas corazón y fijarse en cada minucioso detalle que hiciesen esas personas. Era lo que tocaba, por algo Aureliano Grez estaba allí. esperaba que esa gente fuese digna de su arena.
No mucho después, se hallaban todos sentados en sus puestos de siempre, en las cornisas, rodeando el centro de entrenamiento. Había un enorme espacio con todo a su alrededor, los aparatos de pesca, los programas de simulación, cuchillos, espadas, maniquíes, todo cuanto un tributo pudiera necesitar. Los vigilantes, serios, tenían sus tablets para tomar notas. Un documento de Excel compartido por los 8 vigilantes principales era lo que mostraba cada pantalla, con una fila por cada tributo y cada columna tenía un nombre: Marco, Diego, Amy, Aureliano, Titania, Museline, Virgil y Briseida. A la hora de poner sus notas, cada uno pondría la que creía que el tributo merecía, y automáticamente el sistema las promediaba. Aquel era el modo de calificar actual, bastante más rápido y eficiente, le parecía a Diego. Se había implementado mucho antes de que él llegara, así que no podía llevarse ningún crédito, pero obviamente funcionaba.
Amy estaba sentada a su lado. Tenía veinte años, él treinta y tres, pero se sentía de veinticinco por lo menos. Contaba el hecho de que había pasado cinco años en el infierno, pero también el estar enamorado de alguien tan joven y creativa, pero a la vez tan romántica, de uno de los rincones más floridos de Emerald Gardens. Era un secreto a voces, claro está, y no lo que importaba ahora. Ella hacía como que no lo sabía y fingía que no temblaba, claro, sin conseguirlo.
–Diego… es la hora de Rhodonite, creo –dijo la rubia Briseida, sacándolo de sus pensamientos.
El subjefe presionó la pantalla de su Tablet y la puerta se abrió. En la salita de espera, sentados confortablemente en función de sus alianzas, veintidós adultos y dos jovencitas los esperaban. Al abrirse la puerta, Sapphire Rhodonite dio una especie de respingo, estaba inclinada charlando con Vulkan Greyarm, su compañero de distrito. Sin embargo, cosechada o no, rebelde o no, traída a la fuerza o no, era una profesional. Sacudió su hermosa melena roja y se encaminó hacia dentro con la cabeza bien alta. Astrid Heckler le deseó suerte en un susurro y la chica sonrió en agradecimiento. Linda camaradería. Diego Cadaverini, cuyo nombre verdadero estaba lejos de ser aquel, sintió un poco de dolor pero lo contuvo, bebiendo un poco de café. La puerta se cerró, dejándolos fuera a todos excepto a ella.
–Hola, princesa –Saludó Diego con voz profunda. Sapphire levantó sus lindos ojos del color que se auguraba en su nombre–: tienes 15 minutos… úsalos bien.
Ella echó una mirada a Marco Jansen, quién asintió. Que no esperase que Marco le dirigiese la palabra, rara vez lo hacía si no era para intimidar. Diego era su agente bueno, de alguna manera. Si supiesen que muchos de los mutos los diseñaba él, no pensarían lo mismo.
Sapphire fue al puesto de espadas, muy predecible en opinión de Diego. Había mejorado mucho en los tres días que pasó entrenando, y gastó 5 minutos en una exhibición buena pero que ya se veía venir. Diego pensó que de seguir así no le daría más de un 7 cuando, sin previo aviso, se fue a las simulaciones cuerpo a cuerpo y se peleó con un profesional de la edición pasada, cuyos datos estaban guardados en la computadora. Briseida pegó un gritito de sorpresa al verla pelear, era razonablemente buena.
–¿Alguien vio a Sapphire acercarse a los puestos de cuerpo a cuerpo? –Preguntó Aureliano, con sorpresa. Todos negaron, incluyendo a Diego.
Las cosas se ponían más interesantes. Luego de una prueba de supervivencia, muy poco típico de profesionales pero que al parecer Rhodonite manejaba, se despidió con una reverencia y una sonrisa, y se marchó. Diego emitió su nota junto a todos, antes de la entrada del tributo masculino. En la casilla en blanco destinada al promedio, se formó un 9.
Sapphire se acercó a sus amigos profesionales, temblando un poco. Marco Jansen la miraba, con los ojos rojos entrecerrados.
–¿Crees que sea una partidaria de El Descenso? –preguntó Diego, al notar la expresión del Jefe.
Marco se encogió de hombros, con los labios apretados como cada vez que se hablaba de los Partidarios de El Descenso. Tan dicho estaba que Panem ascendería, que son la cúspide de la humanidad, que un grupo rebelde de un tiempo hasta ahora se hacían llamar de esa manera, como un repudio a todo lo que los ideales capitolinos representaban. Ese grupo rebelde, se negaba a encender las televisiones durante los Juegos del Hambre, haciendo que durante los últimos tres años tuviesen menos audiencia que nunca en territorio capitolino. Pero, al parecer, Sapphire no era una de ellas ¿o sí? Quién sabía. Vulkan Greyarm, serio y enorme, cerró la puerta tras de sí y sin saludar se dirigió al armamento pesado.
–Hola, ilustre Vulkan –saludó Diego– recuerda que tienes quince minutos.
Tomó otro sorbo de su café, sintiendo la amarga delicia en su cuerpo. Vulkan cogió una enorme maza con pinchos y comenzó a ejecutar maniobras. No lo habían visto allí, pero era de esperar. Durante toda su prueba se limitó al armamento pesado, siendo fiero con los maniquís y todo lo que se le ponía en frente. Hizo una pequeña demostración con espada también, donde comprobó ser competente. Y tanto, pensó Diego, un 10 para Vulkan fue lo que ganó. Sin despedirse, con los ojos negros relucientes y rostro enojado porque quizá quería hacerse el duro, se marchó de allí. al llegar a la sala de espera se despidió de sus compañeros con la mano, pero no se detuvo a charlar como Sapphire y su enorme espalda se perdió de vista.
Astrid Heckler parecía tranquila y animada, cuando se despidió de La Sirena, con quien estaba sentada, y de sus compañeros y entró al salón, con su enorme sonrisa destellando. Se le notaban unos adorables hoyuelos.
–Si solo muestra cuerpo a cuerpo no le pongo más de un 6 –Comentó Museline Bingley, la psicóloga, en voz lo suficientemente alta para que la mujer pudiera escucharla.
Eso quería, suponía Diego. Según el informe de los voluntarios enviado por Hans Imber-Black, antes de su cosecha, Astrid heckler era la luchadora más competente del distrito. El chico que había sido elegido para voluntariar tenía veinticinco años y era letal con la espada, pero al ver que había sido escogido su maestro prefirió no presentarse, o al menos eso se suponía.
–Buenos días, vigilantes –Saludó la agente Heckler con acento marcial. Tenía el pelo recogido en una coleta y semblante determinado.
–Buenos días, hermosa y peligrosa Astrid –dijo Diego, bajando su taza de café–: tienes 15 minutos, aunque yo te miraría toda mi vi… au.
–¡Tiene quince minutos, señora Heckler! –Masculló Amy, con acento más duro del que habría querido. Diego se frotó el brazo, donde Amy le había golpeado.
Astrid asintió, e hizo algo sorprendente. Se dirigió al puesto de hogueras y comenzó a hacer una con suma concentración. Titania, encargada de las relaciones públicas y el espectáculo, soltó un "¡no me jodas!" lo suficientemente despectivo, y Muse tuvo que darle la razón porque ¿profesionales con fogatas? ¿en serio? Cuando la fogata estuvo ardiendo, ella fue a por un maniquí con largo pelo rojo, y Museline sonrió, aliviada, sabiendo lo que vería. Pero se equivocaba parcialmente. Antes de lanzarlo al fuego como era lógico que haría, fue al puesto de cuchillos y le rapó la cabeza con movimientos certeros de profesional. El pelo rojo estaba tirado en el suelo y, ahora sí, la mujer lanzó el maniquí con una expresión fiera en su rostro. Comenzó a quemarse con asombrosa rapidez. Mientras tanto, ella no perdió el tiempo y fue a la sección de porras y otras armas, y se desempeñó con ellas durante todo lo que le quedaba. No solo era razonablemente competente o buena, frases que usaba Diego para describir a los tributos, sino que era excelente. A la hora de emitir las puntuaciones, Marco alzó la mano, puso en todos los cuadros un 11, formándose este en el promedio. Titania sonrió macabramente. Astrid sería, sin dudas, la nota profesional más alta.
–Puede retirarse –Exclamó Diego–: dígale a su compañero que vuelva en 5 minutos, por favor.
Ella se despidió con una inclinación de cabeza, y salió cerrando la puerta tras de sí. Marco mandó llamar a un par de avoxes para que acondicionaran el lugar, eliminando tanto los restos del maniquí quemado como el fuego. Pronto estuvo listo y Cadaverini abrió de nuevo la puerta de forma automática. Hans Imber-Black, sabiendo lo que se le aproximaba, se puso en pie y se dirigió a la sala de pruebas. Museline sonrió, necesitaba ver el informe de su prueba proyectiva con urgencia. Casi temblaba por la expectación, necesitaba saber qué veía el héroe legendario en las manchas de tinta.
–Señor Imber-Black, tiene 15 min… –comenzó Diego.
–Necesitaré solo 30 segundos, ya me han visto lo suficiente y la verdad no quiero hacerles perder su tiempo, estimados vigilantes –el hombretón sonrió, afable, dirigiéndose a la mesa de los cuchillos. Museline se echó hacia delante, mirándolo con atención.
Hans se preparó, y donde otros hubiesen cogido cuchillos para hacer cualquier maniobra, el tributo solo dio un enérgico golpe con el puño a la mesa, destrozándola. Cuchillos de todos los tamaños cayeron al suelo, desperdigándose por el lugar, y la mesa se quedó allí, inservible. Amy Fein dio un grito de exaltación.
–¡Waw! ¡Bravo! –Exclamó la joven vigilante, agradablemente sorprendida.
–Eso era todo –Hans se dirigió a la puerta.
–Señor… señor Imber-Black –susurró la encargada de edición, en un hilo de voz. Hans se detuvo–: ¿Esto… me da un autógrafo? ¿por favor?
Diego Cadaverini soltó un bufido, mientras Museline intentaba no reír. La joven e impresionable Amy era así, histérica a más no poder. Hans se acercó, y escribió con el lápiz de la chica: "Para Amy Fein, Hans", algo incómodo.
–Adiós, pequeña –se despidió.
Amy, sonrojada, dijo que adiós, y que no la llamasen niña. Museline tuvo que contener otra risa.
–Perdón… tengo una chica de quince y… no pareces mucho mayor, ¿sabes?
Y con esas palabras, Hans Imber-Black abandonó la habitación. Su promedio final fue un 10, demostró todo, incluso diplomacia, en aquella sesión.
La puerta seguía abierta y le tocaba el turno a la joven Aleia Vahlor. En su camino de ida, se topó con Imber-Black, que le deseó suerte con una sonrisa. Ella le correspondió el gesto pero no dijo nada, parecía nerviosa. Cuando la puerta se cerró, miró hacia todos lados a través de sus lentes, asustada. Hasta temblaba un poco.
–Te apuesto a que es carne de cornucopia –le susurró Virgil, el forense, a la psicóloga. Museline solo asintió, otro futuro no le veía a la nenita.
–Estimada y joven Aleia, buenos días –Diego le sonreía amistosamente, como a ninguno–: tienes 15 minutos. Impresióname, bebé.
Aleia tragó saliva, hasta sus piernas temblaban.
–Lo… lo intentaré –dijo.
Fue hacia el sector de las simulaciones cuerpo a cuerpo ¿otra sorpresa con el cuerpo a cuerpo? Museline ya se estaba cansando de ellas. Sin embargo, Marco negó con la cabeza, diciéndoles una sola cosa: esperen. Y así fue, ella comenzó a programar cosas, que la mujer no sabía para qué demonios eran (era psicóloga, no informática). Unos cuatro minutos más tarde, hologramas de la edición pasada de los juegos poblaban el salón, y bailaban la danza de la cosecha, muy tradicional en los distritos. Eran armoniosos, bastante bellos, y sobre todo no se estaban peleando. ¡Impresionante! Sería lindo pero eso, no dejaba de ser algo inútil. Posteriormente, la chica fue a camuflaje y mostró cómo hacerse pasar por tierra, piedra y musgo. Cuando faltaba poco más de un minuto para el fin de su presentación, intentó limpiar sus manos como pudo, y comenzó a dibujar algo en ellas, o eso parecía. A los treinta segundos, las alzó a la altura de su rostro para que se pudiera leer bien. Eran letras grandes. Su mano derecha decía:
1 SAPPHIRE 9 1 VULKAN 10
Y su izquierda, lo siguiente:
2 ASTRID 11 2 HANS 10.
El tiempo terminó justo en ese momento. Marco exhibía una enorme sonrisa, que compartió con Diego. Amy estaba eufórica y Briseida no se lo podía creer.
–Puede retirarse, pero antes limpie sus manos –Cadaverini no disimuló la risa en su voz–: y gracias por mostrarnos la debilidad en la red. La subsanaremos, descuide.
–Por… por nada –Aleia bajó la mirada–: también sé construir cosas, pero no pude mostrarlas porque…
Limpió sus manos, sonrió mucho y se fue. Museline pensó bien la nota que le pondría, hasta que por fin lo hizo. Su promedio final fue un 7, bastante más de lo que cualquiera le hubiese augurado.
–Si en la arena no hubiesen computadoras, está lista –comentó Briseida con desprecio.
–pero las hay –sonrió Aureliano, sin mostrar los dientes–: las hay.
El Doctor Leo entró después, oliendo a jabón y perfume, con su pelo castaño ordenado. Sonrió a los vigilantes, aunque por pura educación, se notaba, y aunque parecía tenso intentaba no demostrarlo.
–Estimado Doctor Sanz, tiene 15 minutos –Briseida se estaba cansando de oír aquella frase una y otra vez, a veces su mente quería desconectar, pero no se lo permitía, era su trabajo.
Leo asintió, y se dirigió a la estación de primeros auxilios. Estuvo poco tiempo, no obstante, posteriormente pasó al ataque cuerpo a cuerpo y al final, cuando demostró que para no ser profesional no estaba mal, volvió a primeros auxilios y tomó un maniquí, señalando todos sus puntos vitales con un dedo. Garganta, pecho, ciertas venas… Virgil tomaba frenéticas notas mientras lo miraba. Tanto podía estar mostrándoles que podía curar como que podía matar, aquello último motivaba más a Briseida. No quería que Hans ganase, más aún porque traía loquita a esa sincerebro y rara de Amy, cuyo pelo era un asco y su piel… ni hablar.
Cuando el tiempo terminó, volvieron a poner las notas. Leo Sanz había quedado con un 6, por debajo de su compañera, no había sido demasiado destacable, solo para ser doctor y mostró algo de pelea. Briseida le habría dado un 8, pero hay favoritismos entre los vigilantes y el distrito 3 nunca ganaba esos puntajes. Sacudió su cabellera rubia, algo quemada por eso.
–Gracias –susurró el doctor, encaminándose a la salida.
–Suerte –dijo Amy Fein, en otro murmullo. Leo se giró y le sonrió, ¿por qué esos provincianos la encontraban tan encantadora? Quizá porque era como uno de ellos, pensaba Briseida. En fin.
Al cruzarse Leo Sanz con Franziska ***, o la Sirena, aunque era tonto el apodo según Briseida porque ni siquiera era tan bella, la mujer rozó con el codo la espalda del doctor, lo que hizo que él se tensara automáticamente. Ella entró riéndose, y así mismo cerró la puerta tras de sí. Si estaba nerviosa por la prueba, no lo demostraba en su actitud. Diego terminó de servirse su… ¿Cuántas tazas de café llevaba? En fin, terminó de servirse otra y la recorrió con sus ojos.
–Señorita Franziska, tiene 15 minutos, aunque le advierto que no intente engatusar al equipo de vigilantes con sus artes –Dijo el subjefe. Ella, enojada, se le paró en frente y lo miró con sus ojos grises fríos.
–Si quisiera engatusarte con mis artes, Cadaverini, ya estarías rogándome por más –dijo, con su acento duro de provinciana–: pero en realidad solo quiero divertirme con armas… por ahora.
Entrelazó sus manos por un segundo, luego fue rauda al tiro con arco, que ya se había visto de sobra en ella. Briseida bostezó, cómo le habría gustado ponerse a charlar con Virgil, que lo tenía al lado y tampoco parecía muy divertido con la demostración, pero no lo hizo porque apreciaba su trabajo y Marco era un exigente. Luego tiró con una ballesta, que no se le daba mal, todo implicaba puntería y largas distancias. Sin embargo, su prueba duró poco. Solo 9 minutos con 30 segundos. Cuando se dio cuenta de que era todo lo que tenía que mostrar, dejó las armas y se paró frente al equipo.
–Da igual la nota que me pongan, tendré muchos patrocinadores –dijo.
–No hay dudas, señorita –asintió Diego–: puede retirarse.
Franziska le hizo caso, con pasos cadenciosos y falsos como ella sola. Al ponerse de acuerdo con su nota, quedaron en un 7. Después de todo, solo sabía manejar arco y ballesta, no mostró la cerbatana porque suponía con toda razón que sería más de lo mismo y ni siquiera era una profesional. Que agradeciera lo que tenía.
El último profesional y la última prueba divertida, según Briseida, venía a continuación. Al cruzarse, ambos tributos intercambiaron un saludo, Dorian Clearwater desordenó su pelo rubio y entró tan confiado como los demás. Tenía un cuerpo tonificado y bello, tanto como su cara. Briseida sintió el pinchazo del deseo, cuánto le gustaría tener a ese provinciano para ella… bueno, todo eso se podría, si ganaba. En caso de que no, mala suerte, pero por primera vez había una persona guapa a la que no hubiera que cambiarle pañales, casi.
–Un placer tenerle aquí, señor Clearwater –dijo Diego, y a continuación, Briseida repitió con él aunque en voz baja–: tiene 15 minutos.
–También es un placer –Dorian sonrió de forma resplandeciente–: y gracias. Los aprovecharé.
Y vaya si los aprovechó. Briseida ya lo había visto batirse con el kraken, acompañado solo por una enorme lanza, pero no quitaba que aquella vez sintiese una emoción similar. Aureliano tenía los ojos abiertos como platos, Marco mostraba los colmillos en una sonrisa y la insoportable de Amy Fein se abrazaba a sí misma, porque en simulación o no, ese bicho podía comérselo. Lo venció en cinco minutos, en los que mostró agilidad, habilidad con la lanza y su hermosura y deseabilidad, según Anglevin, y después fue a por redes, muy distrito 4, y por espadas. Sus 15 minutos fueron tan movidos y aprovechados como prometió.
–Puede retirarse –Repitió Diego… otra vez.
–¡Gracias! –Dorian, sudoroso pero sonriente, fue casi corriendo a la puerta.
Había llegado la hora de la octava puntuación de la tarde, la cual en promedio resultó un 9. Briseida le puso un 10, pero al parecer la gente opinaba otra cosa y terminó ganando. Cada vez se sentía más enojada por ello, pero de todos modos como era encargada del control de clima intentaría beneficiar a sus favoritos todo cuanto pudiera. Y Dorian estaba entre ellos, era tan guapo…
Poco guapa era Meenara Lander, del distrito 5; estaba gorda, seca y arrugada, ¿quién en su sano juicio permitía que un hijo le arruinara así el cuerpo? En fin, que se despidió de sus dos aliadas y pasó
a la sala, algo nerviosa, ni siquiera tuvo fuerzas para sonreír y saludar como la gente. Simplemente se quedó allí, cabizbaja y tímida.
–Tranquila, señora Lander –Diego se inclinó ligeramente hacia delante, volviendo a sonreír como hizo con la del 3–: usted muéstrenos lo que sabe como si no la estuviésemos mirando, ¿bueno? Tiene 15 minutos.
Meenara miró a Diego a los ojos, y esta vez sí sonrió. Sus labios articularon un "gracias" que a Briseida le sonó muy adorable, y luego se fue a la sección de nudos, donde trabajó con sorprendente rapidez y habilidad. En la sección de pesca confeccionó una caña improvisada, y se puso a pescar. Consiguió matar a cinco peces antes de que terminara su turno. Una prueba tan aburrida, en opinión de Briseida, no merecía más de un 3, pero al final terminó quedándose con un 4. No había hecho nada amenazador y después de ver a los seis profesionales, eso se notó. Otra carne de cornucopia, seguro.
Al terminar, le sonrió a Diego especialmente, y por todos los medios trató de no mirar al vigilante jefe, Marco, que tenía la mirada roja perdida con supremo aburrimiento. Salió con paso tranquilo, aunque se notaba nerviosa todavía, y al reunirse con sus compañeras parecía que sabía que la prueba no le había ido bien.
Haida Creek estaba sentado junto a la pelirroja del distrito 7, Pancy Layton, bonita para ser provinciana. Él también tenía una piel bronceada muy agradable, y sus ojos oscuros tranquilos cuando entró. Sonrió a todos, incluyendo a Briseida que lo miraba con algo de desprecio.
–Mi estimado señor Creek –Diego había terminado de beber un poco de café, cuando habló–: me gusta su semblante.
–Y a mí el suyo, señor Cadaverini –respondió Haida con tranquilidad–: transmite fuerza, y lamento mucho que esté trabajando en algo como esto.
Hubo un revuelo entre los vigilantes. Briseida cuchicheaba con Virgil, Museline con Aureliano y Marco con Titania. Diego y Amy, no obstante, no cuchicheaban.
–Debo pagarle a la muerte por haberme dejado ir –dijo el subjefe, críptico–: pero ese no es asunto suyo, señor, ya hablaremos si vence. Por ahora, tiene 15 minutos. Aprovéchelos bien.
Haida Creek demostró un conocimiento magistral sobre plantas, y, por primera vez en lo que llevaban de pruebas, confeccionó un veneno con almendras amargas, ejecutado de forma perfecta. Luego fue a primeros auxilios, pero en lugar de seguir la estrategia de Leo Sanz, solo señalando los puntos débiles, Haida los roció con su veneno dejando bien clara la intención que tenía. Aquello sorprendió a los vigilantes, que esperaban otra versión de Meenara Lander. Sin siquiera pensarlo, y por acuerdo casi unánime, la nota para el tributo masculino del distrito 5 fue un 6.
–¡Genial su prueba! Me encantó –Dijo Titania Enoshima, con su voz animada de siempre–: no me esperaba nada de usted pero me encantó.
Haida encajó aquello con dignidad, aunque no respondió a la vigilante. Solo saludó con la mano y se fue. Amy Fein tenía las manos fuertemente entrelazadas, los nudillos casi blancos.
Él y Mercedes Marston, del distrito 6, no intercambiaron ni gestos ni saludos. Robusta, morena, con su pelo canoso y su actitud enérgica, la tributo cerró la puerta de un portazo y, sin mirar a nadie, se fue a las simulaciones cuerpo a cuerpo para comenzar.
–¡Venga ya! ¿Cuerpo a cuerpo de nuevoooo? –Exclamó, enojada, Briseida Anglevin, dando una patada en el suelo.
Mercedes se giró hacia ella, sus ojos negros chispeantes de enojo.
–Sí, otra vez cuerpo a cuerpo, ¿y qué? ¡Es lo que sé hacer así que no me toquen las narices porque les pagan para verme! –Gritó ella, más enojada que Briseida, y volvió a centrar su atención en la simulación.
–Señora Marston, tiene 15 minutos –susurró Diego Cadaverini.
Ella chasqueó la lengua con infinito desprecio, pero no dijo nada, ni le miró. Su demostración en la simulación fue bastante buena, incluso para estándares de alguien profesional. También manejó el cuchillo, bastante bien, en un duelo a muerte que terminó con ella clavándoselo a su adversario en el vientre. La prueba terminó con la mujer sudorosa y cansada, pero viva. Ni tan siquiera se despidió, solo se fue con otro enérgico portazo.
–Yo le voy a poner un 7. Tiene ovarios –Dijo Marco Jansen–: en el peor de los casos, Astrid o algún otro profesional se interesan por ella y nos dan un espectáculo en el baño de sangre. Esperen, ¿Dije en el peor? Quise decir en el mejor.
No mucho hubo que decir después de eso. Mercedes se quedó con un radiante 7, y con amenazas de muerte pesándole sobre la cabeza.
Por desgracia, se quedaron sin ver el intercambio con Romeo Vector, pero no se perdieron de mucho porque ella apenas si lo miró. El hombre entró con una sonrisa, cerrando la puerta suavemente, todo lo contrario a su anciana compañera.
–Buenas tardes –dijo.
–Buenas tardes, señor Vector, tiene 15 minutos –dijo Diego.
La prueba del tributo fue, en una palabra, decepcionante. Fue a la pista de obstáculos y los superó, demostrando su agilidad, también en la corredora, escaló una pared y reconoció plantas. Lo único medianamente destacable fue que apartó salvia del diablo, demostrando que sabía reconocerla al no respirar su aroma, pero el resto resultó bastante aburrido. Se quedó con un 4, porque podía durar si se escondía, y también porque se vio parte de su estrategia en el centro de entrenamiento, hablando con estos y aquellos.
–Es obvio que su intención es sacar una puntuación baja aposta –aclaró Titania, la encargada de relaciones públicas–: es un espía, prácticamente está confirmado eso. De hecho, ya programé a Caesar Flickerman para que le pregunte sobre el tema.
–muy interesante, muy –susurró Marco, extasiado. Le encantaban esas cosas.
La siguiente fue la chica del distrito 7, solitaria por lo que se veía, Pancy Layton. Entró bastante seria, con el pelo recogido en un moño descuidado. Su bonito rostro tostado adornado por mechones sueltos le hizo recordar a Marco otra pelirroja tributo, pese a que él solo era un vigilante menor en ese tiempo. Ella era más dura que Naelie Reyne, eso sí, parecía menos desbordada, más competente. Lástima que solo fuesen apariencias.
–Pequeña Pancy Layton –Diego volvió a adoptar su sonrisa amable, que en ediciones normales solo dirigía a niños de doce años o un poco más–: tiene 15 minutos. Impresióneme, si a bien tiene.
Pancy solo asintió, sin sonrisa ni tartamudeos, y fue corriendo, o prácticamente volando, a la sección de escalada. Persona más ágil no había visto Marco al menos en cinco ediciones, quizá solo su mentor, Roger Sicamore, pudiera igualarla. Trepó, se balanceó sobre los cables del techo, bajó suavemente por las gradas y llegó hasta el lado de los vigilantes, tomó el termo de café de Diego Cadaverini y saltó al suelo con él en la mano, dirigiéndose velozmente a la sección de trampas. En ella, confeccionó una muy simple, tomó un maniquí, lo puso en pie sobre la trampa y esta se accionó, alzándolo y colgándolo cabeza abajo. Posteriormente saltó de nuevo, casi cayó en el regazo de Diego pero logró mantener el equilibrio, le dio su termo, se lanzó en una voltereta al suelo, fue a la sección de refugios, y estaba terminando uno cuando su tiempo se acabó.
–Lo siento, señorita Layton, pero tiene que irse ya –Ordenó Diego con suavidad.
–Vaya… no fui suficientemente rápida –se lamentó la chica, una sonrisa triste en su rostro.
Sin embargo, la última carrera hasta la puerta sí fue veloz. Esta chica no moriría en el baño de sangre, huiría después de tomar cualquier cosa que le sirviera. Marco habría querido ponerle un 4 por lo poco amenazadora, pero fueron Diego, Virgil y Amy quienes decantaron la balanza a su favor y la dejaron con un 5. Para una tributo pequeña e indefensa, no estaba tan mal.
Alexander Rheon tenía un morado en su mejilla, una expresión hosca y, al parecer, el odio supremo de Pancy Layton, que prácticamente bufó como una gata cuando se cruzaron y él la miró. El chico era uno de los favoritos, y era obvio por qué, enorme, con una cicatriz y al parecer la cara siempre amoratada por un golpe, daba la sensación de peligro tanto como su mirada, siempre furiosa. Diego lo detestaba, parecía bruto y estúpido. Quizá el único que mereciese morir de verdad.
–Tienes 15 minutos –soltó, sin poder contener la animadversión que le provocaba.
No obstante, mientras veía cómo Rheon utilizaba un hacha contra los maniquíes, descuartizándolos uno a uno, veía que su sentimiento no era compartido. Briseida Anglevin lo miraba como si fuese el nuevo Bojack Jones, Titania tomaba notas sin parar al igual que Virgil, y Marco tenía esa sonrisa de "oh cómo nos vamos a divertir, colega loco". Amy y Aureliano parecían más sensatos, siempre lo abían sido, y mientras ella no paraba de mirarlo con horror, observando el modo en que Alexander introducía un cuchillo por el sector del maniquí donde estarían sus genitales, Aureliano se fijaba solo en las enormes manos del tributo. Después de eso, fue a las simulaciones cuerpo a cuerpo, pero Briseida ni siquiera protestó. Terminó con una muy buena exhibición con el hacha, cortando ramas y maleza, solo por presumir. Fue bastante completa la presentación, sádica como no había visto al menos en la edición presente, y se le otorgó un 8 contante y sonante.
Diego ni siquiera se despidió de él. Amy se le acercó, preguntándole en un susurro si estaba bien. No lo estaba, igual que ella. ese trabajo lo iba a matar por segunda vez. Solo esperaba que no matase a Amy Fein.
Alexander Rheon miró a sus ancianos aliados con una enorme sonrisa, alzó los pulgares y se fue rumbo al ascensor. Mientras tanto, Galatea Higgins, con su peluca azul y sus labios pintados, la mona vestida de seda, pensaban Briseida y Virgil, se aproximaba con paso lento y cadencioso. Era elegante, sí, no con esa elegancia burda de Franziska, sino con una de gran señora. Titania sabía que algo se traía con el vencedor, y preguntando por aquí y por allá a sus fuentes al parecer fueron novios en la infancia. No creía que llegase a los últimos ocho, pero de todos modos podía preguntar a Rickon cuando alguien la matase en el baño de sangre.
–Buenas tardes, señorita Higgins, lamento que haya esperado tanto –Diego parecía tener algo distinto que decirles a todos, excepto por la última frase, que fue coreada en mayor o menor medida por el resto de compañeros–: tiene quince minutos.
Galatea dirigió una mirada ligeramente despectiva al equipo, a las cosas y por último al propio Diego, y asintió. Se dirigió a la sección de supervivencia, a la de plantas comestibles y terminó, como pancy Layton, creando un refugio bastante chapucero, peor que el de la pelirroja, pero completo. Su prueba fue aburrida pero al menos no hubo dichosos combates cuerpo a cuerpo, Briseida juraba que se suicidaría como tuviese que ver otro.
Galatea terminó sin pena ni gloria, y obtuvo un 4. Muchos apostaban incluso porque era la primera en morir, a bastante gente le encantaba la diva del Capitolio pero, en general, para los vigilantes era desagradable. De cualquier manera, seguramente se lucía en las entrevistas, allí todos la iban a adorar.
Ella y su compañero de distrito intercambiaron un gesto de saludo. El anciano pelirrojo ingresó a la sala enojado, y sin siquiera dejar hablar a Diego, comenzó a hablar:
–Te ves ridículo –le dijo a Marco Jansen, con rabia en sus ojos azules–: no sé quién te dijo que dabas miedo. A mí solo me provocas risa.
Escupió en el suelo, cerca del sector donde estaba el vigilante jefe. Él solo abrió sus ojos rojos, si estaba enojado no lo demostraba.
–Creo que tú vistes de blanco sólo para quitarte los muertos de la conciencia –le dijo a Virgil, el forense–: pero tu interior está rojo de todos aquellos que han muerto por tu culpa.
Virgil Asimov soltó una carcajada, menudo viejo más divertido. Él trataba solo con los muertos y ayudaba a vaticinar cuándo moriría alguien conforme las heridas recibidas, no tenía nada que ver con ocasionar muertes. Estaba loco.
–Tú –a la hermosa, brillante y a la moda Titania Enoshima, la apuntó con su dedo nudoso–: eres una bívora que airea los secretos de los tributos, exponiéndolos ¿no te importa que sean niños? Asquerosa.
Titania sonrió de forma deslumbrante, iba a responder algo pero Marco le dirigió una mirada. Se calló, quería conservar su empleo.
–Y tú, pequeño y brillante roedor –Aureliano Grez, diseñador de arenas, se encogió al escuchar aquello–: ¿a cuántos tuviste que chuparles la verga para conseguir tu puesto de trabajo?
Aureliano palideció de cólera, ese viejo asqueroso tenía suerte de que Marco no les dejase hablar ni moverse, porque si pudiera… ya lo pagaría en la arena, lo dicho. Ya lo pagaría.
–Tú, insecto despreciable de pelo azul –Aureliano estaba seguro de que nadie había osado llamar así antes a la temible Museline Bingley–: tu ciencia es una tontería y seguramente te sirve para ocultar todos los somníferos que tomas por las noches.
Museline solo sonrió, tranquila. a Aureliano le asombraba eso, ella sí que se tomaba su enojo con filosofía. Ya se lo haría pagar en la arena, a él y a Rheon.
–En cuanto a ti, rubia amargada –le hablaba a Briseida Anglevin, mirándola a los ojos azules–: te la pasarás envidiando cosas que no puedes tener, porque así de superficial y vaga es tu vida. Me das lástima.
Briseida fue la que más cerca estuvo de perder los papeles, roja de cólera. Al final se dominó.
–Y tú –miró a Amy Fein, que dio un respingo como si esas dos palabras ya la hubiesen herido–: asesina.
La joven vigilante contuvo la respiración, mortalmente pálida.
–Su tiempo se ha terminado, señor McCroy –la voz de Diego solo sonaba un poco tensa, y cuando movió la mano casi derrama su taza de café, pero se dominó–: puede retirarse.
–Pero faltaste tú… –el anciano sonrió, tenía una sonrisa de loco–: No se me ocurre qué decir acerca de ti. Justine te mira con cierto aprecio.
–Gracias, Justine –contestó Diego.
Tex se fue, renqueando pero con la cabeza bien alta. Marco Jansen puso un 1 en todas las casillas y no pretendía que ninguna se cambiase.
–Prepara a ese viejo chalado el muto del que me hablaste, Cadaverini –ordenó el jefe.
–Estos insultos han sido como una taza de café con vinagre… –musitó el ssubjefe, bebiendo de todos modos–: amargo.
–¡a ti ni siquiera te dijo nada! –se enojó Briseida.
Todos se manifestaron, hablando entre ellos. Todos menos una, Diego se dio cuenta. Amy Fein estaba temblorosa, chica nueva que no sabía en qué se metía cuando, salida de la universidad, aceptó el trabajo. Solo llevaba un año de experiencia.
Jessica Grainbelle, con su apariencia de gran señora, hizo acto de presencia. Marco exhibió sus colmillos en una sonrisa, recordando la llamada que Breel le había hecho en donde le solicitaba permiso para llevarla a la fiesta entre mentores y vigilantes. Teniéndola en frente, era lógico que tuviese tanto dominio sobre él. Quizá ni siquiera Marco se le podría resistir.
–Hola, señores vigilantes –Dijo, sonriendo–: ha sido algo desconsiderado que nos tuviesen esperando tanto tiempo, ¿saben? No tenemos quince años…
–Le ruego nos perdone –Diego parecía sincero en sus disculpas, lo que hizo que Marco contuviera un bufido–: ahora podrá comenzar su prueba e ir a descansar. Tiene 15 minutos.
Jessica le dirigió otra sonrisa al grupo y fue directa a la zona de armas, donde encontró una guadaña con la que empezó a hacer gestos de cortar plantas y maleza. Era evidente que sabía manejarla, porque sus movimientos eran ágiles a pesar de la vejez. Posteriormente, se encaminó al reconocimiento de plantas donde también fue buena, y allí terminó su prueba. Una prueba no demasiado interesante, pero dada su edad Marco no esperaba más. Lo único que podía pensar es en el uso que le iba a dar a esa mujer.
Se despidió con suma cortesía del grupo, lo cual les vino bien después del trato de Tex, y al encontrarse con su compañero le dio un breve abrazo y una caricia en el hombro. Parecía más una madre que un intento de seducción. De cualquier manera, el promedio había sido un 4, y con ese se quedaba.
Duncan Borlaug saludó con una inclinación seca al grupo de vigilantes. A Virgil le parecía que tenía un cabello esponjoso y bonito, como su traje del desfile. Nadie diría que en el fondo a alguien tan serio como él le gustasen las cosas adorables y tiernas, pero así era.
–Mi estimado señor Borlaug, tiene 15 minutos –Le recordó Diego.
Se encaminó hacia un sector en particular, ignorando a Diego.
–Mira, Briseida, tu favorito –Se rió Aureliano, tenía una sonrisa franca y bonita.
Briseida Anglevin soltó un gemido de desesperación y volvió a reiterar que se suicidaría, pero nadie le hizo caso. Por suerte, lo que le interesaba más al anciano era el boxeo y dar puñetazos. Duncan comenzó a aporrear las bolsas de boxeo sin mucha técnica, pero con verdadera rabia que resultaba refrescante. Al menos, alguien que sentía rabia y no la volcaba de manera tan estúpida, como el tributo del 8. 10 minutos se la pasó así, más parecía descargarse que mostrar algo, pero a Marco le quedó claro que esos golpes podrían parar incluso un tren. Los últimos minutos los aprovechó en levantar y bajar pesas, demostrando su fuerza. Casi parecía más joven, por cómo se desempeñaba. Marco le puso un 5, pero por las notas de sus compañeros quedó en un 6.
Cuando se fue, Briseida se puso ansiosa en seguida. Venía su tributo favorita, de piel oscura y hermosa, y figura elegante. Al día siguiente ella se iba a hacer un tratamiento de piel, para parecérsele al menos un poco. Elegante fue la entrada de Nyx, después de intercambiar despedidas con los que quedaban. El sujeto del distrito 12 le murmuró suerte en voz baja, aunque ella no pareció escucharle, estaba muy concentrada en la puerta y lo que le esperaba tras ella.
–¡Nyx! ¡Hola! Soy yo, Briseida –se emocionó la encargada de control de clima, poniéndose en pie–: ¡al final nunca nos tomamos esa foto!
Nyx se asustó al principio, pero luego sonrió, mostrando todos los dientes y secándose las manos sudadas en el uniforme de tributo.
–Todo podrá ser después de la prueba –la cortó Marco, y por primera y última vez en esta edición y en su vida, dijo–: tiene 15 minutos, señorita Bellecourt.
Nyx se sonrojó cuando miró a Marco, y prefirió fijar su mirada en Briseida, un rostro todo lo amigo que pudo conseguir, antes de asentir. Se dirigió primero a la estación de pesca, donde hizo nudos rápidos y ágiles y pescó dos ejemplares de buen tamaño. Posteriormente, fue a la estación de primeros auxilios y comenzó a curar heridas, haciendo que Virgil volviese a tomar sus notas. Para terminar, sin muchas sorpresas porque ya la habían visto, pero igualmente dejándolos contentos, fue a la sección de las armas y tomó una guadaña, demostrando tan buen manejo como Jessica, sino mejor, por su juventud. Briseida estaba pletórica.
–¡Bien! ¡Yo te pondré un 10! –Exclamó la mujer rubia, con una enorme sonrisa, a continuación se bajó de la cornisa–: Virgil, ¿nos tomas una foto?
Nyx parecía un poco incómoda, cuando Briseida Anglevin le rodeó la cintura con un brazo. Ella, por ser más alta, puso el brazo sobre los hombros de la vigilante y sonrieron ambas. La Tablet de Virgil Asimov tomó la foto y Briseida se fue saltando de alegría, hasta su lugar, mientras Nyx, avergonzada, se marchaba. Al final no obtuvo un 10, sino un 6, pero eso era por culpa de los aburridos de sus compañeros, pensaba Briseida.
apenas se miraron con Rafe Firehorse, el tatuado, cuando se cruzaron. El hombre pelirrojo estaba sentado junto a Mona Tukerton, la única aliada que hasta entonces le quedaba, y parecía haber entablado buena relación porque no estaba tan inquieto y hasta charlaban sobre algo. Como fuese, el hombretón cerró la puerta y encaró a los vigilantes con la expresión seria y dura con que subió, cuando se ofreció voluntario por su sobrino.
–Espero mucho de usted, señor Firehorse –Diego bebió un sorbo de su café–: tiene 15 minutos. Úselos sabiamente y que la suerte esté de su lado.
El rostro del pelirrojo expresó incredulidad, como si no se esperase tal cosa o como si no creyese en los deseos de Diego, pero luego negó con la cabeza y se fue rumbo a la sección de trampas. Briseida pegó un exageradísimo suspiro de alivio, haciendo que Virgil y Aureliano le mirasen con diversión. Varias eran trampas para animales, pero que bien puestas atraparían del mismo modo a una persona. Quedaba por saber si Rafe estaba dispuesto a matar, y al parecer lo estaba, después tomó un mazo y aplastó cabezas de maniquís, sin demasiada técnica pero con fuerza. Marco pensó en que debía poner dos mazas, una para Vulkan y otra para él, a ver qué pasaba si se encontraban. Hizo una demostración algo chapucera con cuchillos, pero al menos mostró que sabría tomarlo y usarlo si por casualidad lo encontraba. Los últimos minutos los gastó haciendo ejercicios de puntería, lanzando piedras a un blanco, con sorprendente precisión. Acabó su prueba algo más relajado, y hasta saludó con la mano antes de salir. Terminó quedando con un 8, aunque, otra vez, en opinión de Marco estaba un poco inflada esa puntuación.
Mona corrió donde su aliado, y se notaba que le preguntó qué tal le había ido, por su expresión compungida. Él solo se encogió de hombros, pero sonrió, tranquilizador, cuando la chica de coletas miró hacia la puerta con ansiedad. Intercambiaron unas palabras de ánimo y el hombre se fue rumbo a lo que sea que hacen los tributos cuando los vigilantes no les miran. Mona retorcía una pulserita de vegetales de lo más sinclase, cuando se paró frente a los examinadores.
–Hola –dijo, titubeante.
–Hola –Contestó Diego–: ¿cómo estás? –Marco tosió, y el subjefe no necesitó más–: tiene 15 minutos, estimada señorita Mona la más mona de los tributos. Úselos bien.
Mona se rió, su risa era encantadora, evocaba campos de cultivo y frutas dulces, y fue al puesto de hogueras, donde hizo una con bastante presteza, aunque por desgracia para algunos no lanzó un maniquí ni otra cosa para verla arder. Después fue al puesto de plantas, donde supo reconocerlas de forma excelente, y en la pista de obstáculos resultó ser competente. Terminó con una exhibición de cuchillo muy pobre, pero por suerte le quedaba un minuto y no pareció un fracaso tan grande cuando lo dejó por falta de tiempo.
–Y estoy bien, señor –dijo, antes de irse–: solo… la verdad no me gustaría morir. Y usted, ¿cómo está?
No esperó respuesta, simplemente se marchó, con sus coletas haciéndola ver más infantil que nunca. Diego bebió un poco de café mezclado con reproches, hasta vaciar la taza. Mona tuvo un 4, algunos fueron incluso más duros. Lamentaba que se viese tan decepcionante.
Jeffrey Blaaker la esperaba en pie cuando salió. Se le acercó, solícito, pero ella parecía algo triste y no respondió a su efusión. Rose Hawthorne le deseó suerte a su aliado, y él le dedicó una sonrisa deslumbrante de galán. Briseida suspiró, tenía debilidad por los hombres guapos y Jeffrey era uno.
–Hola, Jeffrey Blaaker, un placer contar con tu presencia en los juegos –saludó Diego–: tienes 15 minutos para mostrarnos tus habilidades.
–Gracias, tío –Jeffrey sonrió–: no me hace gracia estar aquí, sinceramente, preferiría estar en mi casa, pero bueno. Se hace lo que se puede.
Jeffrey fue a las simulaciones cuerpo a cuerpo ignorando el suspiro resignado de Briseida, mostrando más fuerza que habilidad como todos los tributos no profesionales exceptuando a Mercedes Marston. Luego fue a por los cuchillos, donde no resultó tan malo como otros, y al armamento pesado. Era lógico que Jeffrey tenía fuerza y simpatía, haciendo ostentación de estas dos cosas en su prueba. El 8 que sacó, consideraron los vigilantes, fue justo y merecido. Se despidió con una sonrisa de las chicas, y no solo Briseida suspiró esta vez.
–Es lindo –Musitó Amy, soñadora.
–A Amy le gustan mayores –canturreó Museline. Ella se sonrojó, dejó caer un lápiz y no dijo nada, pero intentaba que sus ojos no se fuesen hacia Diego.
Un suspiro recorrió a las chicas, y quizá a dos o tres de los vigilantes, cuando Jeffrey abrazó a Rosie, dejándola algo confusa, y le dio un beso en la mejilla para desearle suerte. Algo sonrojada, ella le correspondió al abrazo y comenzó a avanzar. Julian estaba sentado en el rincón más alejado, pero alzó la voz para decirle que tuviese cuidado. Rosie le sonrió, pero movió su mano como desechando la idea.
Al entrar, no saludó y recibió con total indiferencia el aviso de Diego acerca de los 15 minutos. Lejos de la niña alborozada que se había visto en el desfile, observando todo con admiración, había una mujer seria, determinada y sin la ilusión que brillaba en sus ojos. antes de dirigirse al tiro con arco, que sería lo único que haría, se recogió el cabello en una trenza negra, demostrándoles su habilidad para los nudos pero también siendo aquella la trenza que luciese alguien en esa misma sala, hace veintiséis años. Marco solo había visto al Sinsajo de lejos, antes de que muriese, pero se le parecía mucho.
Tiró con arco, a bastante distancia, y acertó en todo. Ya se estaban aburriendo los vigilantes porque prácticamente no la habían visto en otro lugar, cuando el último tiro de Rosie Hawthorne fue a parar al termo de café, vacío por suerte, de Diego Cadaverini. Los trozos de vidrio le salpicaron en la mano y cayeron en su ropa y el suelo. El hombre gritó de dolor, sangrando, pero él solo se envolvió la herida. Rosie lo miró, seria.
–He terminado –Dijo.
Y se fue, sin decir nada más. Amy estaba preocupada por Diego, pero solo habían sido unos cristales y había conseguido quitarlos. Rosie obtuvo un 6, y Marco no dejaba de sonreír al verla marchar. Sin dudas, el arreglo de esa cosecha había dado sus frutos, o casi.
Al cruzarse con Julian Felow, él tomó buena nota de su trenza. Parecía dispuesto a tomar a Rosie del hombro (en qué demonios estabas pensando, Rose), pero en último momento se contuvo. Ella parecía enojada y triste, así que no la interrumpió y pasó a la sala. Por fin, por fin, las sesiones privadas estaban a punto de terminar. Briseida solo podía rogar que no fuese otro cuerpo a cuerpo.
No lo fue.
–Estimado Julian Felow, si los rumores Titaniescos no nos fallan, es usted un expatriado del Capitolio –Diego comenzó su presentación–: me alegra verlo de vuelta, pues, y de hermano a hermano le digo que tiene 15 minutos para…
–Jamás sería hermano de alguien como tú –Escupió Julian con desprecio. Tomó una silla, la puso frente a los ocho vigilantes y allí se sentó.
Y allí se quedó, mirándoles amenazadoramente, durante 15 minutos. Uno a uno, los vigilantes sufrían el escrutinio de aquellos grandes ojos azules llenos de rencor.
–¡Basta, por favor! –Dijo la vigilante más joven, con los ojos llenos de lágrimas.
Pero no hubo atención a esa súplica. Cumplidos los 15 minutos, Julian se levantó y se marchó. Amy sabía que tenía fans en el Capitolio, que se estaban moviendo apuestas por él, pero le parecía que ese hombre no iba a jugar. Ella no puso una nota, no podía poner ninguna, cuando el resto de sus compañeros rellenó el cuadro con un 1. Las sesiones habían terminado, y su corto trabajo como vigilante también. Iba a renunciar.
Solo había trabajado el año anterior, durante los juegos del hambre, saltándose tanto días de entrenamiento como sesiones privadas, pues no sabía qué había hecho el encargado de efectos especiales en medio de los preparativos, pero la plaza había quedado libre sorpresivaente. Ella, emocionada, la había tomado porque quería demostrar sus capacidades de editora, y después de una prueba donde fueron evaluadas miles de personas terminó quedando. Y ahora, que había visto a Meenara, Nyx y Mercedes, que había tomado la mano de Hans, que había sido llamada asesina por Tex, que había sentido la mirada de Julian…
Museline y Aureliano habían quedado en comer en un restaurante muy lujoso de Capitol Hill, donde estaban. Se fueron, cansados, frotándose el trasero el pobre Aureliano, tan poco acostumbrado a estarse quieto. Virgil y Briseida se marcharon juntos, aunque él volvería a casa con su mujer y ella… quién sabía dónde. Titania había recibido una jugosa llamada de Bojack Jones, mentor de Rafe Firehorse, para compartir quién sabía qué asunto. Marco Jansen iba a volver con Diego a Peace Road, donde estaban las casas de ambos. O eso hasta que el subjefe miró la cara de Amy.
–Mejor ve tú solo, acabo de decidir que me compraré un termo nuevo antes y pasaré a tomar un café –dijo Diego, sonriente. Amy guardó sus cosas apresuradamente, no quería estar a solas con él, de entre todos. En realidad con ninguno, pero con él menos que nadie.
No sabía qué dijo el jefe, porque prácticamente salió corriendo hacia el ascensor, intentando contener las lágrimas. Hans Imber-Black tenía una hija de quince años, y Haida parecía tan tranquilo, ¿en qué demonios se había metido? Sus cortometrajes no se parecían en nada a los Juegos del hambre, en nada…
De nada le sirvió tomar el ascensor e intentar salir a toda velocidad. Diego Cadaverini la interceptó a la salida del centro de entrenamiento, poniéndole una mano en el brazo.
–No llores. Así no les vas a ayudar
Amy le miró, con rabia. Porque los tributos habrían visto al hombre que les dedicaba cumplidos y hablaba con amabilidad, pero era un monstruo. Él creaba los mutos, él…
–Voy a renunciar –dijo ella, con las lágrimas corriéndole por las mejillas–: no puedo seguir. No los quiero ver morir, yo…
Diego la besó. En cualquier otro momento se habría muerto de emoción, pero hoy, no. Se apartó poco después.
–Acompáñame –le tendió su mano morena.
–¿Dónde? –Ella abrió sus grandes ojos empañados.
Diego se le volvió a aproximar, y ella pensó que le besaría frente a esa cámara, frente a quien sea que la examinaba, pero en realidad, solo era para susurrarle:
–A descender.
Puntajes de las pruebas definitivos:
Sapphire Rhodonite: 9
Vulkan Greyarm: 10.
Astrid Heckler: 11
Hans Imber-Black: 10
Aleia Vahlor: 7.
Leo Sanz: 6
Franziska: 7
Dorian Clearwater: 9.
Meenara Lander: 4
Haida Creek: 6.
Mercedes Marston: 7.
Romeo Vector: 4
Pancy Layton: 5.
Alexander Rheon: 8
Galatea Higgins: 4
Tex McCroy: 1.
Jessica Grainbelle: 4.
Duncan Borlaug: 6
Nyx Bellecourt: 6.
Rafe Firehorse: 8.
Mona Tukerton: 4.
Jeffrey Blaaker: 8.
Rosie Hawthorne: 6.
Julian Felow: 1
Nota:
Me ha costado tanto… cuando piensen "qué pereza leer" recuerden cuánta pereza habrá dado a Soly escribir jajaja. Es más, ni tengo ganas de una nota larga.
Gracias por leer, a quien lo hizo, de verdad. Y como solo tengo ganas de dormir…
¿Estás satisfecho con la presentación y nota de tu(s) tributo(s)?
¿qué te parecieron las de los demás?
¿Tienes vigilante favorito? ¿cuál es?
Por cierto, revisen el blog en cinco días, subiré una entrada con los vigilantes, sus nombres y alguna breve historia, descripción o algo.
ZZZZZ… adiós.
