Capítulo XI: preparación de entrevistas 6,1,10,9.
Distrito 6: Mercedes Marston, cincuenta y ocho años (Voluntaria). Centro de entrenamiento.
Me despierto después de un sueño muy vívido, en donde Anton y yo estábamos en la periferia del distrito 6, mirando la extensa llanura que separaba a nuestro distrito del 7. En el sueño ambos teníamos mi edad actual, y él solo me rodeaba por la cintura, pero algo tiene de recuerdo pues alguna vez estuvimos así en nuestra juventud. Siento una opresión en el pecho, como cada vez que pienso en mi amor. Anton y yo nos habíamos conocido cuando yo tenía quince años y él diecisiete, en la fábrica. Nunca admitiré ante nadie que sus ojos castaños me habían mantenido embobada noches enteras, aunque me habría gustado decírselo ahora. Supongo que el casarme con él, y haberle dado la década más brillante de mi vida, fue confesión suficiente para él. Fuimos de pocas palabras pero muchos gestos de amor.
Él no pronunció ni una palabra mientras lo ejecutaban, aunque su rostro expresaba la ira y el dolor. Los perros del Capitolio jamás pudieron jactarse de hacerle suplicar. Yo le vi por la televisión, en casa de mis padres, con mi hija Missy en los brazos hasta que mi madre me la quitó porque el cuerpo todo me temblaba. Me paseé por la casa, llorando a gritos. No solo habíamos perdido la guerra, Missy perdía a su padre y yo a mi amor.
No tengo tiempo para lamentarme por algo que aconteció hace tanto, así que, después de darle un par de vueltas al anillo con el nombre de mi amor que siempre he llevado, decido espantarme el sueño y los recuerdos. Me levanto, doy una ducha rápida con agua fría porque no estoy acostumbrada a otra cosa y salgo de la habitación justo para ver a un vencedor que no es ni Naelie ni Heraclio saliendo de nuestro sector rumbo al ascensor. Me quedo parada en el pasillo, viendo la cabellera castaña de esa mujer a quien también alcancé a verle la cara.
–Buenos días –digo con fuerza, aproximándome a la sala. Naelie y Heraclio están juntos sentados en la mesa–: ¿Puedo saber qué hacía Korrina Dennet aquí?
Korrina Dennet es una de las vencedoras del distrito 12, mentora, imagino, de alguno de los dos. No crucé palabra alguna con ninguno, sé que el tipo sacó un 1 porque me sorprendió ayer, en la noche, cuando transmitieron nuestra puntuación por televisión, y la chica usa el arco porque no fue sutil.
–Hola, Mercedes –Heraclio sonríe, es mono cuando lo hace. Demasiado pequeño para tener nuestras vidas en sus manos–: Verás, Korrina y nosotros estábamos…
Le lanza una mirada rápida a Naelie, y me queda claro que piensan mentirme.
–Más vale que no me mientas –le ordeno, me he dado cuenta de que eso funciona con el joven.
Naelie frunce el ceño, como cada vez que le tocan a su chico, pero no me la puedo jugar. No sé si será legal que los mentores transiten por los pisos, pero aún así quiero enterarme. Más aún porque vi a esa escoria de Romeo acercándose a la tributo del distrito 12, y quiero saber qué se traen entre manos.
–Venía por varios motivos, pero uno solo te interesa –dice mi mentora, corriéndose un mechón pelirrojo de su rostro pecoso–: vino a ofrecerte una propuesta de alianza.
Naelie habla rápido, las palabras justas y la información precisa. Después de mucho insistirle a su tributo masculino, el hombre había decidido aliarse cuando antes se mostró intransigente en ir solo. No obstante, fue igual de enfático al elegir a sus aliadas, o mejor dicho…
–¿A mí? –Pregunto, sorprendida, pues no había hablado nunca con él–: ¿Por qué a mí? –Intento sonar inexpresiva, pero mis ojos negros me traicionan, claro. Que un hombre con todo el vigor y la fuerza de sus casi treinta años quiera aliarse conmigo, cuando todos me habían dado la espalda…
–Sí, tú le inspiras confianza, o al menos eso le dijo a Korrina –aclara Naelie–: dice que tus aliadas estarían incluidas, por descontado.
–Bueno, de todos modos no está en condiciones de exigir nada –refunfuño–: cualquiera de ellas sacó una nota mejor que la suya.
Por supuesto, Naelie nos explicó a Heraclio y a nosotros, cuando veíamos las sesiones privadas, que lo más probable era que el tributo del distrito 8 y el del 12 hubiesen hecho algo que cabrease a los vigilantes.
–Recomendaría que lo piense bien, Mercedes –Heraclio se sonroja un poco cuando lo miro, pero sigue hablando–: seguramente él sea rebelde o algo… o molestó a los vigilantes, como Nae explicó. Así que hay que ver si conviene quedarse con su fuerza o con lo que sea que haya hecho.
Les prometo que lo pensaré, aunque preferiría hablar también con Nyx y Meenara sobre la cuestión. Después de todo, ellas me integraron en su alianza cuando creí que entraría sola a la arena, no podría pasarlas a llevar de esa forma. Eso les digo a los vencedores, seria. Heraclio me asegura que hablará en seguida con Dianne Stotch y Roy Adler, mentores de Nyx y Meenara respectivamente, y se levanta en el acto para hacerlo. Entre tanto, Romeo aparece de repente, da un beso en la mejilla de Naelie Reyne y me saluda con una cordialidad que me da asco siquiera pensar en responder.
La escolta también se levanta, diciéndonos que hoy será un maravilloso día, que nuestros estilistas trabajarán en nuestros trajes, que entrenaremos nuestro ángulo para la entrevista y las preguntas que debamos responder.
–Mercedes, y por lo más sagrado, controle su lengua –me dice, casi suplicante–: ¿sabe cómo le dicen por ahí? "La Deslenguada", eso he oído. En internet está catalogada así, yo me muero.
Pese al humor sombrío que me ha invadido desde que mi hija fue cosechada y me presenté voluntaria por ella, suelto una estruendosa carcajada. Lo malo es que tenía té en la boca, y salpico a todos a mi alrededor, lo que hace que Naelie también se ría, Romeo dedique una sonrisa de circunstancias y la escolta chille y chille porque le cayó una gota de té en los lentes, pero no pienso ni disculparme. Me río y me río hasta que las lágrimas recorren mis mejillas morenas, el pecho se me sacude y estoy llorando y riendo a la vez. Será el cúmulo de emociones, Anton y el sueño, que un sujeto más joven y mucho más fuerte me quiera en su alianza o el miedo a morir y la determinación de matar, pero los efectos tardan en pasárseme unos minutos. Maldita sea, si ni siquiera fue tan gracioso.
–Vaya… –resoplo, ya calmada–: pensé que el Capitolio y su gente eran imbéciles redomados, pero… calan a la gente, ¿eh?
Naelie sonríe y asiente, la escolta sigue refunfuñando y Romeo se inclina ligeramente hacia delante para susurrar, en ese tono que sugiere que somos compañeros de conspiración :
–Imagino, Mercedes, que querrá seguir siendo la Deslenguada.
No le respondo, pero asiento para mí misma. Podrán quitarme todo, a mi marido, la posibilidad de estar con mi hija, de ver crecer a mi nieta, mi propia vida, si quieren; pero ser yo misma jamás me lopodrán arrebatar.
Distrito 1: Vulkan Greyarm, diecinueve años (cosechado). 1º piso del centro de entrenamiento.
Harley Pinker, escolta del distrito 1, con un enorme collar reposando entre su escote y sus ojos rosa relucientes, se inclina un poco para mirarme desde todos los ángulos. Estoy sentado en una silla, tieso como un palo, aunque luciendo relajado y en una postura perfecta. Ella aplaude y grita, emocionada, y me dan ganas de taparme los oídos. Lo hago, sin más.
–¡Perfecto! –Aún así la oigo, y como no me gustan las acciones inútiles me quito las manos de las orejas y la miro con fastidio–: Ahí se nota que eres hijo de Onix…
–Sí, además nos parecemos mucho y todo eso –recito–: pero ahí se fastidió, porque yo saqué un 10 y él un triste y miserable 9. Genial.
Mi sarcasmo es tan evidente, que cuando ella sonríe de emoción e intenta tirarme de la lengua para saber qué hice, no puedo evitar rodar los ojos y preguntarme si a los del Capitolio les dan algo para la estupidez, o a los que trabajan como escoltas, o solo es cosa de Harley. A propósito, ¿existirían estupidizantes? Aparte de las drogas, digo. Algo que se pueda consumir en pastillas y que Boadicea Grant, presidenta, esté distribuyendo para controlar rebeliones o los pensamientos de las personas. Sería interesante, quizá le pregunte a alguno de los del distrito 3 sobre el tema, uno de ellos es doctor así que seguramente sabe. Estupidizantes…
–Quizá lo pregunte en las entrevistas, a ver qué me dice Caesar Flickerman –digo, en voz alta. Harley pregunta el qué, y no veo por qué no le puedo comentar mi teoría de los estupidizantes.
–¿Piensas… piensas que soy estúpida? –ella abre mucho sus ojos rosa, dolida. Lágrimas comienzan a rodar por sus mejillas, y se encoge sobre sí misma–: ¡Oh, Vulkan! Lo siento, pero es verdad. Soy una idiota… solo sirvo para este trabajo, yo… perdón.
Me quedo con la boca abierta, si alguna reacción pudiera haberle adjudicado no sería esa. Gritos, rabietas, quizá, pero ese llanto, es inesperado. Me pongo en pie, para acercarme a ella y le doy torpes palmaditas en la cabeza.
–Ya, ya… no todos pueden tenerlo todo… imagínate, yo estoy aquí, fuerte y no estúpido, pero mañana estaré en la arena sufriendo mientras que tú, linda y tontita, podrás vivir mucho tiempo…
La escolta se deja acariciar, y poco a poco se va calmando. Me siento aliviado, no se me da bien tratar con chicas que lloran. En parte porque mi única amiga, Gema, era dulce pero nada llorona, con una alegría desbordante que extraño, y también porque mi madre era dura como el granito. Más veces he llorado yo que ella. Sapphire sí lloró, conmigo en el tren, y aunque sé que ella sufría mucho más Harley también me da pena.
Harley me termina preguntando si creo que alguien inteligente, como yo (así lo dice, "como tú") querrá casarse con ella, siendo tan tarada como es, también en sus palabras, porque no quiere que su criatura sufra lo que ella. no se lo puedo asegurar, pero le recomiendo que lea mucho, que hable con gente, que frecuente otros lugares. Al final soy yo quien acaba consolándola y ella me deja ir, diciéndome que obviamente mis modales eran exquisitos, pero recomendándome que no pregunte lo de los estupidizantes porque podía hacer llorar a más gente, que no había sido privilegiada con la inteligencia como ella.
Suspirando es que me voy a almorzar, no pensé que tratar con Harley sentimental fuese tan agotador. Me encuentro con Sapphire en el comedor, está troceando queso para poder comerlo, también tiene jamón y encurtidos en el plato. Me sonríe, su sonrisa es de las cosas más lindas que he visto, si fuese pintor podría retratarla, pero no lo soy. Lo que más se parece a su sonrisa es el fuego al rojo en el metal.
–¿Qué tal? –Me pregunta, amable–: ¿cómo te fue con Harley?
Me encojo de hombros, honestamente no sé cómo me fue. No me enseñó nada que no supiera, ya sea por mi enseñanza en la academia o por el tema de mi familia, que si un greyarm hace esto, que si no hace aquello, siento que fue inútil el estar cuatro horas en su compañía. Eso le digo a Sapphire, sin omitir mi incidente del llanto.
–Ay, no… ella también está sensible –Sapphire suspira, y baja la voz hasta convertirla en un robótico hilillo–: Jaspe me dijo "ten cuidado con lo que dices, bonita". Parecía preocupada de verdad.
–Diablos, solo falta silver y pensaré que estamos en una especie de dimensión paralela o algo –comento, mitad en broma.
Todos nos hemos estado comportando de maneras extrañas. En mí, al menos, comenzó con mi acto de solidaridad hacia Franziska, la Sirena, aunque intento convencerme de que fue por el bien de la alianza, nos hacía falta una arquera y por la razón que sea, Imber-Black no la quería con nosotros, imagino que es simplemente porque puede rechazarla. Pero quizá también lo hice por ella, no creo que haya sabido cómo tratar con el líder y le facilité las cosas. después de todo, el enorme y pelón tributo no era ese doctorcito ingenuo e impresionable.
Sapph y yo terminamos de comer, en silencio, y nos despedimos para que cada uno vuelva a ir por su lado, yo con Silver Stanner, mi mentor, y ella con Harley. Al entrar al cuarto del vencedor, siento el aroma de sus cigarrillos caros en el ambiente. Él está sentado frente al escritorio, fumando y sonriendo. Sus ojos rodeados por ojeras, su pelo rubio y caótico, y esa sonrisa, me hacen recordar sus juegos, donde sembró el terror.
–Bueno, señor Greyarm –Dice, imitando la voz de Caesar Flickerman a la perfección–: ¿qué se siente el haber sacado la misma puntuación que Hans Imber-Black, la leyenda?
Pienso por un momento, lo que responda determinará mi ángulo para la entrevista. La respuesta real sería "nada", mi prueba fue aburrida y predecible a más no poder, tampoco me esforcé por lo contrario. Pero no es eso lo que la gente quiere oír, y si quiero recuperar la vida que el bastardo de mi padre me arrebató al pensar en qué genial sería que su hijo jugara a matar, debo adoptar un ángulo para divertir a esta gente.
–Bueno, Caesar, Soy hijo de una leyenda yo también, no esperaba menos de mi desempeño, los vigilantes saben de qué soy capaz –respondo con el rostro serio, intentando que el veneno no se me salte de la boca al hablar de Onix.
Silver se ríe brevemente, apagando el cigarrillo en el cenicero. Sus ojos clarísimos me miran de arriba abajo.
–Te recomiendo que no intentes imitar la arrogancia de tu padre –dice, algo despectivo–: te queda grande. Sabes bien que en el fondo soy más hijo de él que tú.
Esta vez es mi turno de reír, aunque en el fondo siento lástima de este tipo.
–Silver, estás loco si crees que mi padre preferiría a alguien que no lleve el apellido Greyarm por otro que sí –le digo–: por mucho que lamas por dónde pisa. La sangre pesa más, para él.
Silver suspira, pero mira por fin para otro lado, perdiendo el duelo de miradas que habíamos mantenido.
–Inténtalo de nuevo –dice, con tono menos animado–: repetiremos la pregunta.
Pienso en otro ángulo, aunque estoy un poco enojado y cansado. Ojalá, pienso, ojalá este loco hubiese sido un Greyarm y yo cualquier hijo de vecino, ahora mismo estaría trabajando en la herrería, o con Gema, o incluso muerto como un mártir rebelde.
–Bien –Respondo, inexpresivo. Cuando veo los ojos de Silver brillar, sé que ese es el ángulo perfecto.
No muy distinto del que he mantenido con el resto de tributos hasta ahora.
Distrito 10: Rafe Firehorse, treinta y cuatro años (voluntario). Centro de renovación.
No es que le tema al dolor, pero las manos me están sudando. Me las limpio disimuladamente en la vata que llevo, como única prenda. Me está molestando un poco que al Capitolio le guste verme semidesnudo o bien con pantalones que no dejan nada a la imaginación por lo mucho que se ajustan, pero así es, les gusta verme de esa guisa y el solo pensar que tengo orden de quitarme la camisa en las entrevistas me hace confirmar esa sospecha, Nyx y yo somos dulce para los ojos al parecer. Bojack dice que debemos aprovecharlo, que hay tributos que no cuentan con esa ventaja, dando algunos molestos ejemplos como todos los ancianos, por empezar, y vi el momento exacto en que Nyx desconectó su mente para pensar en otra cosa. Me gusta esa chica, lo que no le interesa lo ignora tan hábilmente que ni se nota.
Mi estilista es un hombre alto, con el pelo en puntas de muchos colores y ojos del tono de las almendras. En la sala del centro de renovación, donde me han traído por emergencia en un carro completamente negro y blindado, se mueve como un pez en el agua o una vaca en el prado. Está sonriendo.
–Intentaré que no duela, Rafe –me dice, en tono suave y comprensivo–: La primera vez que me tatué, me desmayé, pero ya estoy acostumbrado. Si ganas seguro te pasa lo mismo.
–Oh, seguro que no querré volver a hacerlo –digo, intentando tomar el ángulo divertido que habíamos estado ensayando con Bojack, pero no me sale tan bien, porque la voz me tiembla.
Todo había comenzado así: la tarde anterior, después del examen psicológico de las manchas extrañas y las sesiones privadas, Bojack se había juntado con Titania Enoshima, una de las vigilantes encargadas de espectáculo y comunicaciones. Por lo que tengo entendido, le preguntó sobre mi tatuaje y él le contestó que era falso, obviamente, nadie permitiría que me hiciesen una marca tan ofensiva como la cabeza de caballo rodeada por un óvalo y las palabras "Propiedad del Capitolio" de forma permanente. Allí fue cuando Titania le aclaró que si estaba en un puesto tan elevado, era por dicho tatuaje, mi valentía para hacerlo y mi vigor de toro dominante… de solo recordarlo me vuelve a entrar la risa. Así que Bojack se cambió rápidamente la chaqueta de defensor mío, ávido de un poco de pantalla para sus tributos, y aclaró que en breve estaría hecho, la marca real decoraría mi pecho.
No fue tan difícil convencerme, con el solo argumento de los patrocinios tuve que ceder. La verdad, es que me importa poco que piensen que soy de su propiedad, después de todo desde que vine aquí no han parado de hacer y deshacer con mi cuerpo. Mientras pueda volver con Zane y Nico, mi hermano y sobrino, y con Patt… mi algo, me da lo mismo lo que me hagan. Si tengo que tatuarme, quitarme la camiseta y presumir al Capitolio entero lo orgulloso que estoy de tan horrenda marca, lo haré con tal de que me den cosas para sobrevivir en la arena.
Mi estilista dibuja como los dioses, no paró de decirme mi equipo de preparación en pleno. Veo el boceto de mi marca en la mesa y admito que, aunque es sencillo, tienen razón, yo no habría podido alcanzar tal nivel de motricidad fina. Sus ojos brillan mientras me pide que me quite la vata, y lo hago sin dudar. Si fuese más inocente diría que no entiendo por qué es necesario ir solo en calzoncillos, considerando que solo tatuará una pequeña parte de mi torso, pero no soy inocente.
–Rafe –Dice el hombre, con la boca seca–: por lo sagrado, Rafe…
Se queda allí, con la boca un poco abierta, mirándome. No lo deseo, he deseado a un par de hombres a lo largo de mi vida pero no a él, supongo que tiene demasiados colores y muy poca profundidad, o tal vez es que dada mi situación actual no tengo las fuerzas de desear a nadie. Así que solo me quedo allí, dándole una mirada fría con mis ojos azules.
–No sabes las ganas que tengo de verte ganar –me dice, acariciando mi torso. Me quedo quieto y frío–: haré todo lo posible para que destaques y estés espléndido… ssolo gana, por favor…
Se me cruza por la mente la idea de darle alguna esperanza, no iría en contra de todo cuanto he hecho hasta ahora, pero sigo allí. durante un segundo me imagino ganando esto, venciendo a los profesionales, con mi alianza muerta, yo siendo el único con vida, y este sujeto alistándome para las entrevistas que deba dar… ¿Me hará algo y tendré que ceder? No tengo ni idea de si permitirán eso. Quiero decir, si yo no tuviera ninguna gana…
Dejo de pensar en eso y en cualquier cosa, cuando me tiendo en la camilla y el estilista saca sus instrumentos de tortura… digo, para tatuarme. Una enorme aguja, la tinta, una máquina que provoca un sonido monótono que me adormecería de no ser porque duele, se siente como si te rasparan la piel, y evidentemente eso hace.. El sudor se me acumula debajo del flequillo y entre las cejas, sin contar con debajo de mi cuerpo, y constriño los puños, pero nada más hago que denote la molestia que siento. Una media hora más tarde, la máquina se apaga para no volver a encenderse, y tanto el estilista como yo suspiramos de alivio. Él también suda un poco, parece algo preocupado, y tuvo que trabajar a toda velocidad, eso es un mérito que no pretendo quitarle.
–¿Estás bien? –Pregunta dulcemente, secándome con una de sus manos frías el sudor de la frente. Asiento–: dame un segundo.
Bebe un vaso de agua pura, luego me acerca el vaso y yo también bebo, ávido y sediento. Después, saca de su botiquín una crema de color azul, que sin consultarme ni explicarme para qué sirve me va extendiendo con un pincel por toda la zona del tatuaje. Se siente mentolado, fresco y calmante, y suelto un suspiro de agrado ante tal sensación. En un tris, todo el malestar se va, dejándome la piel suave y como si nunca le hubiese pasado nada.
–Cicatrizante instantáneo –me informa, sonriente, pero luego su semblante cambia un poco–: ojalá ustedes contaran con estas cosas también en los distritos… son útiles, ¿sabes?
Me parece sincero, siendo el primero que yo sepa, que muestra algo de humanidad por nuestra situación. No sé qué decir, si nosotros contásemos con esas ventajas sería ciertamente una mejora, Leo Sanz me había comentado el día anterior lo difícil que era conseguir medicinas en el distrito 3, aún más por ser un entorno urbano. Al menos en el nuestro, somos demasiados y poco importa si uno, dos o más se mueren de hambre o enfermos, como mis padres. Quizá de haber contado con medicina capitolina, ninguno hubiese muerto… ya no vale la pena pensar en eso.
–Gracias –le digo.
El estilista me ayuda a incorporarme, pero su rostro sigue pensativo, contrastando con esa alegría que tanto estoy acostumbrado a ver en su gente.
–¿Sabes, Rafe? Aquí… aquí a mucha gente le gustaría que no… que no tuvieses que ir a…
Mira hacia todos lados con sus ojos del color de las almendras, asustado, pero yo no necesito que siga. Nunca he sido tonto, así que lo entiendo bien. Me está queriendo decir que no quiere que vaya a los juegos, como otra gente tampoco lo desea. Eso me hace sentir que un peso se me aligera de los hombros, desde que me subí al tren que me sentí rodeado de enemigos, con Bojack recriminándome por no ser el voluntario ideal como Leo, exigiéndome que mate a la niña, con los profesionales, y mis preparadores, todo ha sido un caos de gente que quiere que mate o verme morir.
–No te preocupes, no pasa nada –le digo, pero no puedo sonreír ni ser del todo sincero.
Porque en realidad, sí pasa. De haber ganado la rebelión, nada de esto estaría pasando. Yo estaría en mi casa, en mi distrito, con Patt. La vida es una mierda y, se sientan como se sientan, la culpa es del Capitolio por no dejarnos ser libres. Y yo soy su propiedad, hoy acabo de demostrarlo, su propiedad.
Distrito 9: Jessica Grainbelle, sesenta años (Cosechada). Antecámara del escenario.
Bajo del ascensor tomada del brazo de Duncan, y con mi Breel tras nosotros. La escolta había ido a ajustar un par de cosas de su maquillaje, aunque no entiendo para qué si de todos modos se ve horrible, además es plana. Cualquiera pensaría que con su dinero armaría un poco su físico, de hecho se lo recomendé mientras me adoctrinaba en mis gestos, manera de sentarme y de caminar. Llevo un vestido amarillo con flores y han peinado mi pelo en rizos, para que convine con el de Duncan que al parecer es sensación en el Capitolio. Ambos damos un conjunto bastante amable y armonioso, aunque Dun luce como un viejo y lo siento, podrían haberle sacado más partido a su apariencia.
–¿Recuerdas qué tienes que decir sobre nuestra alianza, verdad, Dun? –Pregunto, un poco nerviosa por las entrevistas, más por Alexander y él que por mí.
–Sí –Responde con desgana, mirando a su alrededor. Todavía no estamos los veinticuatro, pero algunos han llegado ya, entre ellos los del distrito 5, otra vez vestidos de blanco, vaya falta de imaginación de los estilistas.
Duncan mira al tributo masculino con el ceño fruncido. Me pica la curiosidad, otra vez, no olvido que en los entrenamientos habían discutido por algo. No pierdo el tiempo en preguntar.
–Ese hombre antes era de nuestro distrito, pertenecía a la tribu fronteriza –responde mi compañero–: y peleó en el bando rebelde.
La palabra "rebelde" la dice con el más absoluto desprecio. Lo comparto, quiero decir, ya bastante daño hicieron y es mejor dejar las cosas como están, constantemente se lo digo a Arane, mi hija mayor. Aunque, al menos, yo creo que Duncan tiene otra visión de las cosas, porque a favor del Capitolio tampoco se muestra. Será de estos apolíticos.
–Vaya, no sabía que la tribu fronteriza se metiese en política –digo, un poco extrañada.
Relativamente alejados del distrito, la tribu fronteriza eran unos sujetos que aún tenían dioses, valoraban a la madre tierra y eran asiduos a una extraña religión. Nunca he ido por esos parajes indómitos alejados de la mano de la civilización, cuando era joven me daban algo de miedo y de mayor no tenía nada que hacer por allí, pero se decían cosas, como que eran duchos en el arte de la adivinación, en los venenos y haciendo otros remedios. Eso me hace recordar que en mi juventud, una conocida mía que se embarazó de un pelafustán fue a ese lugar a que se deshicieran del niño. la cosa era secreta, pero obviamente todo el mundo se enteró, si era una indiscreta y desvergonzada.
Tanto como la mujer del distrito 4, que viene saliendo del ascensor con su compañero de distrito, vestido en un traje azul, bastante formal, pero ella…
–¡Es que tiene que faltarte decoro! –Exclamo, sin poder contenerme. Franziska, la sirena, va vestida en unas mallas azul transparentes que no dejan nada a la imaginación, ni tan siquiera el diminuto tanga. Duncan la mira solo un segundo, y aparta la vista un poco abochornado. Literalmente no hay nada que no conozcamos de esa descarada mujer.
Franziska, evidentemente, me ha oído, porque se acerca a mí con pasos cadenciosos. Tiene su pelo atado en una trenza, para que nada detenga los ojos de nadie de sus vistas.
–¿Está escandalizada, señora? –Me dice, con arrogancia–: Lamento que no tenga nada bueno que mostrar, pero no tiene que envidiarme tanto.
Me hierve la sangre de solo pensar en mí, veintitantos años atrás, exhibiendo tales cantidades de piel. Es que hay que tener un mínimo de decencia, por lo Sagrado.
–No te confundas, hija, envidia no es –mi tono es dulce, y mi enorme sonrisa condescendiente–: es que me da mucha pena que tengas que recurrir a tu cuerpo para llamar la atención, y de esa manera…
–Pues a mí no me da ninguna pena, es más, me gusta –Franziska se contonea levemente–: todos me miran y me recordarán. Señor del 5 ¿a que le gusta lo que está viendo?
El tributo del distrito 5, que estaba en un rincón hablando con el anciano del distrito 8, presta atención y observa a Franziska con una mirada más paternal que lujuriosa. No sé qué demonios pretende esa muchachita loca con esas fachas, o tal vez sí. Porque el tipo del 3, el doctorcito, no le quita los ojos de encima.
–No es lo que yo habría preferido –comenta, solemne–: ¿Pero por qué no? No puedo creer que la gente se escandalice más por un cuerpo bonito que por las horribles muertes de los juegos del hambre. Así que… bueno, nada más que decir.
–Pues Justine opina que la mujer se ve como una exhibicionista –comenta Tex McCroy, a su lado.
El sujeto del distrito 12, junto a la mujer del distrito 5 y la jovencita del 10, bufa pero no dice nada. Es Duncan quien corta nuestro debate, diciendo.
–No puedo creer que, tan cerca de morir, nos estemos preocupando de cuánto cuerpo muestra esta mujer. No tiene importancia. –Seguidamente, se aleja un poco de mí y clava la vista en la puerta que tendremos que cruzar para dirigirnos al escenario.
Me siento furiosa, este mundo está en decadencia. Este año será una mujer casi en cueros en el escenario, transmitiéndose por todo el país, ¿qué será el año siguiente? Mis nietas estarán viendo esto, espero que la buena de Nina les tape los ojos para que no vean tamaña desvergüenza. Pero, como no tengo con quién quejarme, me muerdo la lengua y termino por preguntarme qué hacen el sujeto del distrito 5 y el del 8 hablando todavía. Que yo supiera, no eran aliados, aunque tendré que suponer que ya lo son o algo así.
El ascensor se abre por última vez, dejando salir a un cúmulo de gente, cuatro tributos y otros tantos mentores. Los sujetos del distrito 2, a la mujer la han vestido con un traje casi de soldado, y sumado a su pelo recogido casi parece un hombre. Tan marimachas que son las chicas en ese distrito… el sujeto va en traje formal, con la calva destellando por las luces. Nada original. Los sujetos del distrito 7 se ven mejor, han resaltado el aspecto infantil de la chica aunque en mi opinión muestra mucho, y Alexander se ve simplemente imponente. Me atrevo a pensar que hasta le han resaltado la cicatriz. Al vernos, se acerca a nosotros sin prestar atención a nada.
–Hola –dice, entusiasmado–: se ven súper.
–Hola, querido, tú también –sonrío yo, apretando cariñosamente su brazo–: estás todo fuerte. ¿qué tal tu preparación para las entrevistas?
Alexander habla de Madame Coco, que imagino será su escolta, que le prohibió decir ciertas cosas y actuar de ciertas maneras, y de Martin Hanlon, a quien él ignoró olímpicamente. Mientras lo oigo hablar y asiento, pienso en él, mi adquisición. Por supuesto que no pienso dejarme morir por él, faltaba más, pero lo necesito para protegerme. Mal que me pese no estoy en la mejor forma, y tanto Dun como yo podemos ser blancos fáciles. Con este enorme sujeto, podemos estar seguros un par de días más y cuando suponga un riesgo, habrá que matarlo. Con un poco de suerte, algo se encargará de él antes. Aún así no puedo evitar sentir un poco de pena, tiene dos morados en la mejilla, uno reciente, y su cicatriz. Quizá lo hubiese consolado y adoptado de haberlo conocido en otro contexto, ahora simplemente es mi escudo.
La puerta se abre por fin, y aparece un preparador del espectáculo.
–Que se formen aquí en orden del distrito 12 al 1 –dice, con autoridad y cero simpatía. Parece nervioso.
Ya empezará el espectáculo, tres minutos por cada uno. A saber cómo nos iba…
Nota:
He tardado algo, pero aquí está. Espero lo hayan disfrutado.
Dos capítulos para el baño de sangre. Entrevistas (narrado desde el punto de vista de Marco Jansen) y última noche más lanzamientos, desde el punto de vista de Tex, Astrid, Haida y Mona.
Preguntas:
¿Punto de vista favorito?
Además de tu(s) tributo(s) ¿a quién(es) te gustaría ver ganar?
¿cómo crees que actuará tu tributo en las entrevistas?
Eso, amores. Espero no tardarme tanto en el siguiente, ya que estoy de vacaciones. ¡Nos leemossss!
Sección publicidad:
Para quienes desean leerme, más allá de "envié un tributo aquí y no quiero que muera", tengo dos fanfics que estoy empezando y son mi orgullo:
#ShipEntreDosTributosQuePuedenMorir: (O cómo romperte el corazón al emparejar dos tributos en los Juegos del Hambre). Eh aquí una recopilación de viñetas, drabbles y one-shots de parejas hechas por mí y por las seguidoras de mi Syot el Descenso y de otros, si me los prestan.
Y el orgullito de mami:
Extremos, un fanfic de los trigésimos Juegos del hambre, protagonizado por una chica de distrito común, va por el tren ahora.
Eso, si los quieren leer… bienvenidas sean.
¡Abachos!
