Capítulo XII: última noche y lanzamientos 2,8,11,5.


Distrito 2: Astrid Heckler, treinta y tres años (voluntaria).

La última noche antes de todo, el preliminar hasta que por fin comiencen los centésimos juegos, me encuentra tomando un té de menta después de mi copiosa cena. Los cuatro mentores, incluso Marcus que apenas tiene veintiún años, nos han insistido que debemos comer pero no hacía falta, tanto Hans como yo sabemos bien nuestros deberes. Pero el té me ayuda a asentar el estómago, y no solo por la comida. También los nervios se calmarían así.

En la academia nos enseñaron a reconocer estas emociones, contenerlas y desecharlas. También nos enseñaron que, llegada una situación de peligro, el cuerpo reacciona en modo automático y mientras más sea entrenado para lo que sabemos hacer, más fácilmente actúa. Memoria procedural, había dicho Asensio Jung, mentor de Hans. Miedo no tengo por esa parte, lo que me inquieta es aquello que ocurrirá después. Cuando queden menos, la alianza se fragmente, si gano. Dave, Gabe y mi gente… me verán como una ganadora y podré cumplir mis objetivos, al menos ese que deseo con tantas ansias. Pero también…

–Astrid –Julio Blake me saca de mis pensamientos, su voz es urgente.

Es un año menor que yo, pero él sí pudo participar en los Juegos del hambre al cumplir los dieciocho años. Por poco muere congelado en una montaña, el resto fue impecable, y ahora es mi mentor. Uno de ellos, al menos.

–Sé algo que se le escapó a Titania hablando con Marcus –baja algo la voz–: no habrá cornucopia en esta edición.

Muestro una expresión de sorpresa, ¿En serio? La cornucopia había sido simbólica, si no me equivoco desde la décima edición, o algo así, que ponían una. Noventa años con ese cuerno broncíneo congregando personas, facilitando muchas muertes rápidas. Al menos, eso era lo que con el grupo habíamos conversado. El plan de Hans era tomar un arma, la primera que encontrásemos, y rodear el perímetro de la cornucopia, separados, para capturar y asesinar lo más rápidamente posible a la mayor cantidad de personas e impidiendo el escape. Ahora, sin embargo…

–¿Qué tan seguro estás de eso? –Cuestiono, sin poder evitar adoptar mi tono de mando.

–Muy seguro, profe, de hecho convencido –Julio sonríe un poco, haciéndome sonreír también–: Titania no suele mentir con eso, y es un poquito descuidada. No sé cuántos lo sepan… pero tú eres una.

–¿Y Hans? –No puedo evitar preguntar. Se había ido a su habitación, a descansar un poco, suerte por él porque a mí me es imposible dormir ahora.

O tal vez desgracia, considerando los acontecimientos actuales. Julio se encoge de hombros, mirándome fijamente como si quisiera leer mi alma.

–No lo sé –dice, sus ojos azules taladran los míos marrones–: eso lo tendrás que decidir tú. Ni Berna ni Asensio lo saben, así que o se entera de tu boca o…

Se me pasan muchas ideas por la cabeza. Hans Imber-Black, planificando contar con una cornucopia y encontrándose con que no hay nada de eso, y yo, con arma o sin ella, aprovechándome y asessinándole por la espalda entre la confusión general. No es así como quiero jugar, mas es una manera, y mi corazón comienza a latir muy pesado. El líder quedaría en evidencia total, muerto o no, al sentir que su plan falla tan estrepitosamente y no tener una estrategia de contingencia, pienso.

–Mejor que no lo sepa –le digo a Julio, bebiendo un sorbo de mi té.

Él asiente, levantándose con movimientos fluidos. Es tan raro tenerlo como mentor… sobre todo considerando que en la academia, pese a ser vencedor, suele tenerme bastante en cuenta como luchadora, pero reconozco que tiene la ventaja de haber salido de la arena con vida, algo que yo no conseguí con dieciocho pero pretendo lograr ahora, con treinta y tres. nos despedimos con un apretón de manos bastante formal, él bosteza y parece caerse de sueño, qué envidia. Mis ojos están abiertos como platos y me imagino que así estarán un par de horas.

–Nos veremos, si lo logras –es su cálida despedida–: creo en ti, Astrid.

–Lo agradezco, Julio. Mis recuerdos a Milly –devuelvo el apretón con fuerza, y lo veo marchar.

Es quizá una hora más tarde, sentada en la salita analizando las entrevistas de los tributos, cuando siento unos pasos calzados con pantuflas acercándose a mí. No me pregunto quién sería, no hay tiempo, son demasiado rápidos. Hans, en ropa de dormir, se sobresalta un poco al verme. Después de algunas frases de rigor, similares a "no sabía que estabas aquí", "no te preocupes, no molestas" y demás intercambios, él termina sentándose en el mismo sillón. Meenara Lander, por la televisión, está llorando y hablando de su hijo muerto.

–Qué terrible –digo, sobrecogida. No es una frase a la ligera. No tengo hijos, pero quiero a Gabe como si lo fuera y perderlo…

–No quiero ni imaginarlo –Hans habla con voz profunda.

Nos quedamos callados, entre nosotros hay un silencio bastante incómodo. Tengo ganas de preguntar sobre el exabrupto de la chica del distrito 12, una veinteañera llamada Rose Hawthorne, y sobre lo que dijo que sucedió con su tío asesinado. No sé por qué, me imagino a Hans haciendo algo así. Ignoro si el chico de dieciséis años, pero desde luego el hombre de cuarenta y tantos es perfectamente capaz, como agente de la paz ha tenido que hacer cosas similares, una manera de que el sistema funcione, supongo. Ojalá hubiese mejores, pero es la que conocemos.

Al final, no soy yo quien saca el tema, en el fondo nunca lo habría hecho porque por mi oficio estoy acostumbrada a no hacer preguntas. Algo aqueja al soldado de la cabeza calva, porque me mira y dice.

–Astrid… necesito tu opinión sobre un tema –se inclina un poco hacia mí, cubriéndose la boca con la mano, imagino que para burlar las cámaras–: ¿También crees, como yo, que mi cosecha y la de esa chica no fue azarosa?

Medito por un instante. No lo había pensado, honestamente, pero dándole vueltas el azar es una posibilidad mínima. Intento decirlo de una manera no tan contundente, pero no me sale.

–Creo que no fueron al azar –susurro también.

Él se relaja un poco, al parecer solo necesitaba que alguien más lo dijera, quizá no como confirmación per se, pero sí por lo que había dicho el hombre del distrito 5, el contacto humano. Como soldados que somos, entendemos aquello y adhiero a las palabras del hombre. En sus ojos veo la traición y el abandono, más de veinte años luchando por el Capitolio al parecer no le valieron de nada. No lo dice, pero lo veo.

–Es un poco duro pensarlo –Hans suspira–: si reflexiono sobre el tema… es muy probable que no salga con vida de esta, entonces.

Sus ojos están serios, y no hace falta que hable más para saber a lo que se refiere. Si le han cosechado a posta, como parece ser el caso, dudo que le vayan a dejar salir. Había pensado en enfrentarme a Hans, en desafiarlo, en matarlo para volver y vencer, pero ahora que sé que para él todo está irremediablemente perdido me invade una profunda tristeza.

–Se supone que… –mi voz tiembla un poco–: lo siento, compañero.

–¿qué ibas a decir?

Niego con la cabeza, apretando un poco los labios. Él insiste.

–No sé, se supone que si yo muero… estaría tranquila pensando que al menos tú seguirías –digo, buscando la tranquilidad en mi pecho, el temple para transmitírselo a él.

–Bueno, agente Heckler, si nuestras suposiciones son correctas todo depende de usted –él sigue serio.

–Hans…

–¿Sí?

–No habrá cornucopia este año –digo, a regañadientes.

Y en lugar de pasarnos el resto de la noche hablando sobre cosas tristes, como su quizá inminente muerte, nos la pasamos diseñando una estrategia. Me queda claro que Hans, mi maestro, no dejará de intentar vivir, pero que sabe que sus posibilidades son ostensiblemente menores y por ello, las mías aumentan. No puedo evitar pensar que estoy jugando con ventaja…


Distrito 8: Tex McCroy, cincuenta y nueve años (cosechado).

–¿O sea que no piensa contestarle nunca? –Galatea Higgins endulza sus palabras duras con una sonrisa–: Tex… por favor.

Mirarla así es más fácil, pienso y Justine también lo cree. Se ha quitado la peluca azul, la sombra de ojos y el horrible labial, y solo está allí, con su piel oscura limpia, sus oscuros cabellos en rizos cortos y sus dulces ojos oscuros, interpelándome.

–¿Por qué te importa? –Le pregunto, hosco.

–No deberías hablarle así. La chica solo se preocupa por ti –me regaña Justine.

–Cállate, mujer, estoy hablando con ella –le espeto.

Galatea da un pequeño respingo, aunque sabe que no le hablo a ella. suspira, y sé que se contiene para no preguntarme si es mi mujer otra vez. Lo sabe.

–Tex… mire… sé que no debería importarle, pero yo pasé diecisiete años sin hablar con el amor de mi vida –dice, en tono monótono. Toma un sorbo de su té–: y ya es tarde, él no quiere saber nada de mí y… lo respeto. Pero… su hijo… piénselo. Por lo que me contó, usted no le ha contestado nunca.

–No le he contestado a ese traidor –asiento. Justine, a mi lado, menea la cabeza con tristeza. Siempre ha censurado lo duro que he sido con nuestro hijo.

–Y aún así él no ha dejado de intentarlo –añade Galatea con sensatez–: ¿No es eso? Le da dinero cada mes… le escribe…

–¡Qué importa eso? La guerra está perdida ya, lleva más de veinte años perdida –le digo, con desesperación–: encima, el gobierno ha hecho este vasallaje solo para deshacerse de mí…

Es cierto, por eso ni siquiera me he esforzado por sacar una buena nota, o hacer una buena entrevista. Sé que no voy a contarla, han hecho demasiados esfuerzos para matarme como para fallar ahora dejándome vivir con una victoria, sería como si la rebelión pudiera triunfar. De todos modos… qué más da ya, estoy viejo y extraño a Justine. Lo único que haré es no darles en el gusto, tengo planeada una muerte digna para mí. No les dejaré que me hagan suplicar.

–Tex… –Galatea hace ademán de tocarme el hombro, pero se contiene, asustada. Sé por qué, no me hace falta que me haya contado su triste historia de abuso como para saberlo–: todavía puede arreglarlo.

La joven mujer me mira con seriedad, es el ejemplo de alguien que dejó pasar demasiado tiempo antes de hablar sobre lo verdaderamente importante, alguien que pagó el precio. Porque ahora, Rickon Blade duerme en su habitación, habiéndonos dedicado un buenas noches cortés, sonriente y sumamente falso, y deseándonos una suerte que sabe que necesitaremos de sobra, porque seguramente ninguno la cuente. Galatea intenta que el rencor no me consuma, como consumió a su amado.

¿Y por qué no arreglarlo? Algo debería cambiar en Archer ahora, que el capitolio mató a sus dos padres, Justine en la rebelión y yo por culpa de sus estúpidos juegos. Siempre he pensado que la rebelión es para los jóvenes, lo fui en su tiempo y luché, pero ahora estoy tan cansado… Archer debe entenderlo, ese pelirrojo al que recuerdo con la cara llena de granos, sonriente, inteligente y tan serio, un poco ambicioso, pero no mala persona, no que yo recuerde.

–Me alegra que por ella hayas cambiado de opinión –Justine me habla con dulzura–: lo que yo no conseguí en años…

–Siempre lo mimaste demasiado –le murmuro, sonriéndole.

Galatea tiene una mirada de interés, y una sonrisa.

–Entiendo eso de las madres mimando hijos –me dice–: Milly es igual con Danna, y yo también. Aunque no tenga hijos…

Le sonrío, y me pongo en pie. Algo me crujen las articulaciones, ya no tengo veinte años. Miro a las dos mujeres que harán que le escriba a Archer, una, tan joven, con todo el futuro por delante si no fuese por este Capitolio de mierda, y otra, mi rebelde amada, con su lustroso pelo oscuro flotando en el viento de la inexistencia.

–Galatea,

espero que ganes –le digo, extendiéndole la mano. Estrecho con la mía nudosa, la suya tierna, oscura y delicada–: ten mucha suerte. Ahora, voy a escribir una carta.

Galatea se levanta, dándome un abrazo de repente. Hace tanto tiempo que nadie lo hacía… se siente calentito, especial, dulce. La abrazo también, honestamente me gustaría que venza, es una buena mujer y podría tanto enmendar sus errores como hacer algo por la gente, espero. A no ser que el convertirse en diva la cegase, que espero que no.

Me encierro en mi habitación, para redactar esa larga carta que espero que Rickon Blade pueda hacer llegar a mi hijo. Quizá esté muerto para cuando la reciba, ¿Quién sabe? Pero mi compañera tiene razón, no me puedo ir sin responderle… una última vez.


Distrito 11: Mona Tukerton, diecinueve años (cosechada).

Mi entrevista fue sincera, no veo la hora de que comience por fin la centésima edición, y por la misma razón que di en aquel momento en el escenario, muero de ansiedad y de nerviosismo. He llegado a tal punto que me he dicho que, si he de morir, más vale que el momento llegue pronto, pero lo peor es la angustia flotante que me ha constreñido el pecho durante los últimos días, tanto en el desfile como después. Al verme rechazada por la tributo del 7, por ejemplo, y haberme visto indefectiblemente sola de no ser por Aleia, y más tarde, al dar mi prueba privada, he sentido tanto miedo que no sé si puede existir algo peor. Al menos esta noche no he pegado ojo, pensando en las distintas formas que tendría de salvarme.

Es por eso que, antes de las 6.00 am, estoy despierta, sentada en la cama, mordisqueando un sándwitch de mortadela y tomando un jugo. No puedo comer, tengo la garganta cerrada, pero Chloe me había advertido que mientras más calorías tuviera, mejor. Después me puse a pensar en mis necesidades fisiológicas, dónde las haría, cómo, qué vergüenza, mas el recordar que esas cosas casi nunca se mostraban por considerarlo indecoroso me calma. Además, siempre puedo ir tras los matorrales con Aleia, es la única chica de la alianza aparte de mí, y me hace sentir más en confianza que, por ejemplo, Rafe Firehorse, con sus ojos fríos. Leo y Romeo son más amigables, pero siguen siendo hombres, mayores y más fuertes.

Tres golpes suenan en la puerta y pego un respingo, manchándome con el jugo que estaba tomando. Me limpio apresuradamente con la servilleta y abro. Máscara de Plata, alto, con su peluca negra y larga y su silencio habitual, me saluda con la mano. Parece alegrarle que esté lista, aunque con él es difícil saberlo. Me acostumbré, un poco al menos, a lidiar con mi difícil estilista, de hecho prefiero que no me hable. Matthew, mi escolta, me saca de mis casillas y he tenido que morderme la lengua muchas veces para no soltarle una imprecación. Ganas no me han faltado, al menos.

–¿entonces… ya es hora? –Digo, en un esfuerzo valeroso por sonar confiada. Máscara de Plata solo asiente con la cabeza.

Cuando salgo del sitio donde dormí esta última semana, con él a mi lado, miro hacia la habitación de Jeffrey, la puerta está cerrada y no sé si ya se lo han llevado o sigue aquí. Por un lado me alivia no verlo, anoche tuvimos un intercambio bastante incómodo. Mientras veíamos reposiciones de juegos anteriores, me ofreció… dormir juntos, aduciendo que bien podría ser nuestra última noche. Le rebatí que ambos teníamos novios y que él era mayor que yo por mucho. Él me respondió: "Amo a mi novia, ¿por qué crees que te lo estoy ofreciendo? Quiero pensar que estoy con ella una última noche". Aquello me pareció tan irracional que, temblando, me alejé de él pero seguí viendo las reposiciones, a ver si aprendía algo más.

Me he quedado, sobre todo, con las chicas "poca cosa" que han ganado. Está, por ejemplo, el año 30, una chica bajita del distrito 10 fabricó una honda con la goma de un arco roto, amedrentó a un profesional y luchó con otra tributo en un volcán en llamas, o en el año 47, la chica del distrito 3, que consiguió una alianza con la chica del 1 y se salvaron varias veces antes de que, en la final, tuviera una batalla de ingenio con la del distrito 11. Esas personas, sobre todo, le han dado fuerza a lo que Violet, Ronnie y Henry me habían dicho y lo que alguna vez me repetí. Que puedo, pese a que no estoy adiestrada para matar como otros, que las cosas no están perdidas y no lo estarán hasta que muera, si eso pasa.

Pensando en eso, llegamos al ascensor y la puerta se cierra. Sube al piso trece, mientras yo me aprieto las manos con nerviosismo. Máscara de Plata puede que me esté mirando, puede que no, pero prefiero lo que está pasando, o sea que me deje en paz, lo que menos necesito es alguien del Capitolio dándome la tabarra con su acento tan cerrado. Así que, mientras sube, practico con una cuerda invisible lo que aprendí sobre nudos, tanto en casa como en el entrenamiento, y truculentas imágenes desfilan en mi cabeza sobre mí misma asesinando a alguien, algo que no quiero hacer, no obstante…

Cuando descendemos a la azotea, Máscara de Plata me toma de la mano, imagino que será por alguna precaución absurda por si deseo suicidarme, lo cual no podría estar más alejado de mi filosofía. Lo que quiero es preservar mi vida, no quitarla, y nos dirigimos al hangar donde están los aerodeslizadores. El médico que hay allí me explica que me pinchará, por si me viene un ataque de pánico y quiero escapar.

–¿Qué clase de idiota crees que soy? –Le pregunto, con sorpresa

–Alguien de distrito –dice él, con su cerrado acento capitolino. Me dan ganas de darle con una pala en la cabeza, no es mentira, ojalá tuviera una.

Máscara de Plata me pone una mano en el hombro, a falta de mirada tranquilizadora que no puede propinarme, supongo, y dejo que me clave la aguja enorme en el brazo. Es un rastreador, que además me deja paralizada en el sitio mientras la escalerilla sube. Nunca creí que iba a decir esto, pero me alivia tener a mi estilista conmigo, su careta es bien conocida para mí. Mi cuerpo está tenso, el brazo me duele y agradezco poder moverme, después de unos minutos, y despegarme de la maldita escalera. Suspiro, con los miembros entumecidos. El estilista me sostiene de la mano, cosa que no me agrada tanto, y me suelto en cuanto puedo.

El aerodeslizador todavía no se mueve, pero está funcionando, el motor causa un ruido ligeramente ensordecedor, que después del silencio de mi piso es un poco opresivo. Él y yo nos movemos por un pasillo lleno de puertas, hasta llegar a una que reza "f11". Me pregunto si en alguna ya habrá alguien detrás, con su estilista, aguardando el momento en que esto se ponga en marcha. No quiero pensar en eso, ni en rivales ni en aliados, así que entro a la habitación. Es una sala rectangular, de techo bajo, con un par de enormes sillones de cuero, mesas con comida y estanterías con libros.

–¿Libros? –Me pregunto, en voz alta. Voy a ver uno, por pura curiosidad. Hay algunas noveluchas hechas por el Capitolio, de gente hablando raro, de una manera afectada y artificial que me cansa al instante, pero otros de consejos para la supervivencia.

No puedo leer mucho, y sin comerlo ni beberlo me quedo profundamente dormida sobre el sofá, con el libro sobre la cara, mientras en mis ojos bailan palabras sobre lo que hacer si me quedo atrapada en un ascensor o si este cae en picado.

Estoy desnuda frente a Máscara de Plata, algo que ya parece ser costumbre y ni siquiera me incomoda. Él me va pasando unas cómodas bragas de algodón blanco, un sostén deportivo de mi talla que sujeta bien mis pechos, una sudadera blanca y un pullover negro, con capucha y bolsillo al frente. Los pantalones son de montaña y zapatos oscuros con cordones ajustables. Cuando estoy vestida, flexiono un poco mi cuerpo y me doy cuenta de que, si bien la ropa es cómoda, pasaré frío de ser una arena en entorno natural, incluso si es de interior. Necesitaría conseguir algo para taparme por las noches, ya mi mente trabaja a toda velocidad pensando.

El estilista desarma mis coletas y las rehace, con bastante cuidado. Jugueteo con la pulsera que le regalé a mi novio y que me devolvió, cuando salí cosechada, en recuerdo de nuestro amor. falta poco, aquello hace que mi corazón vaya a toda prisa. Máscara de Plata me da un potingue espeso, que no huele bien pero sabe raramente delicioso. Le pregunto qué es, pero obvio, no me responde.

–¿Es que ni siquiera ahora me vas a tratar como a una persona y te quitarás esa ridícula cosa? –Le pregunto, molesta–: de verdad quiero saber lo que estoy tomando.

No espero nada, ¿Qué voy a esperar de alguien que cumplió su deber de una manera tan excéntrica? Sin embargo, la sorpresa me invade cuando forcejea contra aquella máscara y se la quita, sin ceremonias.

–Tienes razón –dice el hombre, con la voz un tanto cascada.

Es, para empezar, blanco como el alabastro, especialmente si se compara con mi piel oscura. Sus ojos son azulísimos, sus labios gruesos y el cabello es rubio, aunque eso ya lo sabía porque me habían insinuado que su larga melena negra era una peluca. No está sonriendo, qué bien porque yo tampoco.

–Te tomaste un líquido para impedir que menstrúes en la arena –dice, apretando los labios–: no quieren ver sangre… saliendo de ahí, al menos.

–Bien, me parece tan poco razonable como todo lo que hacen ustedes –no puedo evitar decirle.

–Tsk… –mi estilista chasquea la lengua–: A mí también.

Saca de la bolsa un último accesorio. Es un huevo, del tamaño de un huevo de gallina, y me lo tiende. Lo examino, tiene una pequeña pantallita que ahora está en negro y un botón.

–No sé para qé es, Mona. Me dijeron que les serviría para algo –el hombre rubio se encoge de hombros. Luego, me mira fijo y dice–: Por favor… no te mueras.

Quiero decir algo, a ese rostro que ya no está cubierto. Al final, un sonido estrangulado sale de mi garganta, y siento que las lágrimas empañan mis ojos. si no fuese por ellos, pienso, no estaría a punto de morir.


Distrito 5: Haida Creek, cuarenta años (cosechado).

Mi estilista me ha ordenado, sin muchos miramientos, que me ponga ya en el tubo de lanzamiento pues ya es la hora. No tengo ninguna razón para desobedecer, la suerte estuvo echada desde que mi nombre salió de esa urna, así que obedezco, sujetando el huevo que me dieron en una mano. Intenté guardarlo en el bolsillo del pullover, pero tuve miedo de perderlo, así que terminé sacándolo. Supongo que tendré que guardarlo para cuando tenga que tomar algo de la cornucopia y correr, un momento para el que, a la sazón, quedan un par de minutos.

–Tenga suerte, señor Creek –dice la mujer, insinceramente.

Me gustaría tener una palabra de respeto para ella, de consuelo o un buen deseo que propinarle, mas rebusco en mi corazón y no hay nada para aquella mujer estrafalaria. No creo que sea por pertenecer al selecto grupo de capitolinos, amaranta Avery también corresponde a ese grupo y me provocó mucha ternura anoche. Simplemente, sé que ella no lamentará la muerte de las veintitrés personas de turno, no se da cuenta de cuán mal están las cosas, al menos si puede seguir viviendo, y alguien así dudo que merezca consideración. Entro al tubo, sin responderle más que con un asentimiento. Veo cuánto le importa al cerrar la puerta, ella saca su teléfono móvil y se pierde en lo que sea que esté haciendo.

–Cuarenta segundos para el lanzamiento –dice una voz fría e impersonal.

Me dedico a hacer unos ejercicios de relajación, dentro del tubo. Necesito estar calmado para lo que viene, lo cual quiere decir que mi antigua familia y mi nueva vida están fuera de mi cabeza, anoche bastante me recreé pensando en todo eso, en parte como despedida y también para consolarme. Sea como sea, ahora saben que estoy vivo, que siempre lo estuve, y no sé si será para ellos un alivio o una desgracia considerando mi situación actual, pero no me quedé con la sensación de no haberme despedido. En fin, ahora solo pienso en mis músculos, mi respiración, todo mi cuerpo hablándome, mis oídos prestos oyéndole, hasta que los cuarenta segundos pasan y me lanzan fuera de aquel último lugar seguro. Cuando eso sucede, ni mi pulso tiembla ni mi corazón late de prisa. Es solo algo que tengo que hacer, y así me lo tomo.

Cuando el aire inmensamente frío me golpea la cara, me pongo a temblar. El sol de comienzos de la mañana es un destello apenas, lo suficiente como para ver pero no demasiado como para cegar. Estamos parados en la cima de una torre, el techo es de latas, madera y cosas menos duras. Junto a mí, a unos diez metros, el sujeto del distrito 7 mira, tan asombrado como yo, a nuestro alrededor. Estamos demasiado separados entre todos, en un círculo. Si miro hacia atrás, veo una extensión bastante respetable de torre… y al vacío, las nubes. Estamos en una torre tan alta que sobrepasa las nubes. Más de 2000 kilómetros, o algo así.

Debería estar temblando por el miedo, pero solo tengo frío. Este lugar es la arena más descubierta y menos… para esconderse que recuerde. Ni siquiera hay cornucopia, armas o algo para atacar y matar. ¿cuál es la idea? ¿Qué nos matemos entre todos arrojándonos al vacío? Me pregunto, y espero que pronto me den la respuesta.

–¿Qué pasa? –Pregunta una voz femenina de una chica joven, no sé quién es–: ¿por qué no dice nadie nada? ¿cuándo podemos saltar?

Tampoco lo sé, pero entiendo la inquietud de todos, hasta a mí me afecta en parte. El aire exageradamente frío, la plataforma enorme, la caída hacia abajo, se nota que es una torre y veo ventanas. ¿cómo se supone que entraríamos? Quizá la idea sea demostrar agilidad, descendiendo la pared para entrar.

–Estimadas y estimados concursantes –la voz de Claudius Templesmith corta cualquier duda hecha por los tributos–: antes de dar comienzo a esta centésima edición, tengo un anuncio importante que dar.

Hay un silencio abrasador, roto solamente por el ruido del viento en los oídos. El frío me congela las mejillas, mirando a mi alrededor, a los veintitrés restantes, los noto igual.

–Esta edición es diferente porque puede que no haya un solo vencedor, sino dos –Claudius sigue hablando–: en caso de mantener vivo a su compañero.

–¿compañero? –Pregunta alguien.

–¿Dos vencedores? –cuestiona otra persona.

–¿Cómo? –un tercero.

Siento que el corazón se me ha subido a la garganta. Meenara y yo… cabe la posibilidad de que ambos salgamos juntos de esta. No sé cómo me hace sentir, pero debo encontrarla.

–Los compañeros –sigue el presentador–: no son sus compañeros de distrito, ¡es más divertido que eso! Los hemos sorteado mediante azar. ¡La información sobre su compañero la tiene el huevo! Por favor, pulsen el botón del lateral.

Lidiando lo mejor que puedo contra mi decepción, pulso el botón como los veintitrés restantes. De inmediato, el huevo comienza a vibrar en mi mano. La pantalla no se enciende, pero vibra de todos modos.

–¡Lo que están sintiendo es que su compañero sigue con vida! –Añade Claudius, con emoción–: cada vez que quieran comprobarlo, pulsen el huevo y aquello se los avisará.

Tengo varias preguntas sobre el tema, como por ejemplo, de qué manera sabremos quién es nuestro compañero o compañera, y sobre todo y la que más me inquieta, cómo entramos a la torre, pero dudo que me las respondan ahora.

–¡Dentro de la torre encontrarán un escáner que les dará la información que necesitan! –felizmente, Claudius termina el tema–: ¡Dicho eso, que tengan felices juegos del hambre!

El gong suena en seguida, al contrario de otras ocasiones donde hay que esperar un minuto completo. Sin embargo, me quedo en mi lugar, sosteniendo el huevo y pensando en mi compañero. No soy bueno con los compañeros, lo descubrí de forma dolorosa en mi adolescencia y no quiero recalcar algo que ya sé de sobra. ayer, Tex McCroy se me acercó para hablarme, pero no fue nada respecto a alianzas porque ninguno quería. Sin embargo, si de salvar una vida se trata, yo… yo…

Lo intentaré, pienso. Lo intentaré duramente, con todas mis fuerzas, intentaré que sea quien me haya tocado en suerte sobreviva, igual que yo. Se lo debo a todos los que abandoné hace tanto tiempo, me lo debo a mí mismo. Necesito encontrarle y protegerle.

Salgo de mi aturdimiento y doy un par de pasos hacia delante, es todo lo que consigo hacer antes de que el mundo se ponga tan patas arriba que apenas puedo dimensionarlo. Alguien reaccionó primero que yo. A alguien no le impactó la noticia, o no le importan las vidas humanas, o tiene nulo apego al compañerismo y a salvarse junto a otro. Esa persona –distrito 7, masculino– se abalanza contra una mujer morena y entrada en carnes que conozco bien, la arrastra prácticamente del cabello mientras ella se debate, y la lanza con todas sus fuerzas torre abajo. Todos miramos, sobrecogidos, cómo Meenara Lander grita, lucha y se debate, intentando aferrarse al borde de la torre.

Sin embargo, no puede demasiado. Unos pájaros peligrosos, semejantes a águilas pero en rojo, se lanzan contra ella y la hacen desistir. Meenara, con fuerzas, intenta escalar, pero los pájaros le picotean la cara, el cuerpo… estoy corriendo para salvarla pero sé que no puedo cuando un pájaro le incrusta el pico en uno de sus ojos y los gritos de Meenara se vuelven alaridos desaforados. Sus manos pierden asidero y cae, solo cae…

Meenara ha muerto y mi tranquilidad se ha ido muy lejos, con ella, torre abajo. Tengo lágrimas en los ojos y mi pecho se ha constreñido con tanta crudeza que hasta me cuesta respirar. Todavía la oigo gemir, suspendida por las aves, aún no suena un cañón.

–¡Maldito! –Grita una chica joven, lanzándose sobre el asesino, que sonríe.

–¡Asqueroso hijo de puta que todavía no sabíamos si era nuestra compañera o no! –el doctor del 3, también se une a la turba.

También tengo ganas, pero no lo haré. Al parecer, habría otro muerto pronto, pero es algo en lo que no me quiero involucrar. Necesito encontrar una entrada a la torre, ya sé que tocando las paredes laterales hacia abajo, no es. sobre todo, necesito secarme las lágrimas.


Encomios:

Puesto 24º Meenara Lander, f 5 – Alexander Rheon.

Meenara: te amaba mucho, mi hermosa madre, que lo único que quería era ser feliz. Tuviste una muerte re fea, pero al menos tu hijo estará a salvo, y no viviste los horrores que hay dentro de la torre.


Nota:

Bueno, no es mentira lo de que pueden sobrevivir dos personas, juro solemnemente no hacerles la jugada del primer libro que cuando se salven dos compañeros decir que no, que era mentira. No sé si al final se salvarán dos, pues puede morir la pareja del ganador, pero ahí está.

Quejas o no, seguirán las cosas como están.

Preguntas:

¿Pov favorito?

¿Quién crees que será el compañero de tu tributo?

¿Tienes idea de otras parejas?

¿cómo crees que se entrará a la torre?

Eso, gente. Gracias :3