NA: ¡Holaaaa! Gracias a todos los que seguís confiando en mí cada vez que se me ocurren historias tan locas como esta :D ¡Gracias por los reviews! Y sobre todo una mención especial a la página de Facebook "Dramione Shipper" por la recomendación.

Recomendación musical: "Possibility", Lykke Li.


Capítulo 2:

Día 5.

No sabía cuánto tiempo llevaba sin levantarse de la cama. Se había sumido en un profundo sueño del que no tenía ganas de despertar… aunque lo único que viera fuera oscuridad. Pero su estómago había empezado a despertarla con demasiada frecuencia. Le dolía. Cada vez que se revolvía en su interior, Hermione se doblaba sobre el colchón con una mueca de angustia en el rostro. Estaba mareada. Su ropa olía mal.

Se obligó a abrir los ojos poco a poco. La luz del día entraba por la ventana, pero ella recordaba haberse visto envuelta en penumbra más de una vez. No quería levantarse. Un profundo dolor en el pecho le animaba a quedarse tumbada, a esperar a que todo pasara. Le prometía dejar de sufrir si se abandonaba entre las sábanas. Y la idea le atraía más de lo que debería. Al fin y al cabo su madre no había entrado en su habitación para despertarla con un beso. Su padre no había puesto su disco favorito en el reproductor de música del salón como de costumbre. Ron no había vuelto a dedicarle una de esas sonrisas suyas y ella no había tenido la oportunidad de volver a estar con él después de aquella noche. No quedaba nada, no quedaba nadie.

"Malfoy", se obligó a recordar.
No sabía dónde podía estar. Tal vez se había quedado encerrado en su mansión como ella había hecho en su casa. No había parecido tan preocupado cuando se encontraron en el aula de Pociones, aunque estaba segura de que todo ese silencio que les rodeaba llegaría a asustarle en algún momento. Hasta donde tenía entendido Draco no sabía hacer más que ponerse la ropa limpia que los elfos le habían planchado anteriormente y sentarse a la mesa a esperar que le sirvieran la comida.
Ella no comía por falta de ganas, pero tal vez él no lo hacía por falta de conocimiento.

Un atisbo de cordura atravesó su mente de repente. Debía levantarse. No podía quedarse encerrada para siempre.
Su cuerpo se resintió cuando se incorporó en la cama. Estaba agarrotado y dolorido, y aunque lo más sencillo hubiera sido volver a dejar caer la cabeza en la almohada, Hermione reunió cada ápice de fuerza que quedaba en ella para poner los pies en el suelo y empezar a caminar... pero un mareo la hizo tambalearse. Su visión había empezado a nublarse y en sus oídos había aparecido un molesto pitido que taladraba su cerebro con cada segundo que pasaba. Se llevó las manos a la cabeza, pero ya no tenía tacto en las yemas de los dedos. Todo se volvió oscuro, mucho más oscuro que esas noches solitarias y ese agujero en su alma. Y de repente ya no sintió nada más.


La frustración fue la culpable de que Draco agitara su varita con fuerza y echara abajo la estantería de la habitación en la que se encontraba. ¿Qué diablos había pasado con todos? Infinidad de pensamientos iban y venían en su cabeza provocándole un terrible dolor en las sienes. Se llevó los dedos a ellas, cerrando los ojos y concentrándose en volver a recuperar una respiración acompasada. No lograba encontrar una solución a aquello y todo se volvía más y más frustrante con cada día que pasaba.


Un leve hormigueo empezó a recorrer el cuerpo de Hermione cuando ésta fue recuperando la consciencia. Tenía la mejilla izquierda pegada al duro y frío suelo de mármol, su labio parecía haberse roto justo en la comisura y sus pechos dolían bajo el peso de su cuerpo. Genial. Se había desmayado. Era de esperar.

Levantándose con cuidado y esquivando las pequeñas gotitas de sangre que había dejado su labio roto en el suelo, Hermione agarró el picaporte de la puerta de su habitación y la abrió. Estaba segura de que habían pasado días… y el exterior seguía igual de frío y vacío que cuando llegó. Tiritando de frío, deslizó los dedos por el pasamano de la escalera a medida que bajaba a la planta principal, pero cuando llegó a la cocina se quedó plantada en el suelo. Las rebanadas de pan del suelo no parecían mohosas. Tampoco habían entrado hormigas como hubiera sido lo normal viviendo en una casa con jardín. Hermione se acercó a la encimera y sorteando el pan del suelo se inclinó sobre el paquete de fiambre abierto. No olía mal a pesar de que lo lógico hubiera sido que se hubiera puesto malo de estar tanto tiempo fuera del frigorífico. Tomó una loncha y se la metió en la boca. Estaba bueno. Algo caliente al haber estado a temperatura ambiente, pero bueno al fin y al cabo. Se preguntó por qué no le sorprendía el hecho de que pareciera que la comida no se estropeaba. Tal vez fuera porque quizás se estuviera acostumbrando a que nada volviera a tener sentido. Sí, quizás fuera eso.
Se giró y cruzó la cocina hacia el armario de las galletas. No tenía ni ánimo ni fuerzas para ponerse a cocinar, así que cogió su paquete de galletas de chocolate preferido y se sirvió un vaso de agua. Luego se dejó caer en una de las sillas que rodeaban la mesa de cocina. Abrió el paquete con pesadez y cogió una de ellas. Era sorprendente como, a pesar de estar más hambrienta de lo que lo había estado nunca, no tuviera ganas de comer. Le dio un bocado y masticó unos segundos antes de dar un sorbo al vaso de agua para bajar la comida por su garganta. Se preguntaba dónde estarían sus padres. Otro bocado. Ron debía estar en alguna parte, ¿por qué no la buscaba? Más agua. Y si aquel era un mal sueño, ¿por qué no despertaba? Unas migas cayeron sobre su regazo. Y si se suponía que ella era tan inteligente, ¿por qué no entendía nada?
Hermione se encontró terminándose la tercera galleta, pero su estómago se había cerrado por completo con sus pensamientos… y sus ojos habían empezado a derramar lágrimas de nuevo.

Las preguntas que se agolpaban en su cabeza hacían mucho más ruido si todo a su alrededor se encontraba en absoluto silencio.
Un nudo en su garganta le dificultaba el respirar y un fuego ardiente empezaba a crecer en su pecho y a extenderse por su cuerpo. Las palmas de sus manos habían empezado a sudar mientras ella intentaba que el aire que respiraba llegara a sus pulmones. Pero había fruncido el ceño y apretado los dientes sin darse cuenta. Porque estaba enfadada, porque no lograba dar respuesta a sus preguntas y porque tanto silencio estaba empezando a desquiciarla.
Era consciente de que llevaba días encerrada y de que necesitaba traerse de vuelta. A ella, a la Hermione de antes de todo aquello. A la que no se dejaba rendirse ante las adversidades, a la que era capaz de enfrentar las dificultades y encontrar una manera de superar todas ellas.

En un arrebato de locura se levantó de la silla, tomó el vaso de agua y lo tiró con todas sus fuerzas contra la pared de la cocina. Quería sentir algo más que impotencia. El vaso se hizo añicos, quedando los pequeños cristales dispersos por la habitación. El agua restante del vaso había mojado el suelo. Hermione suspiró profundamente y se llevó las manos a la cabeza. Iba a estar bien. No iba a dejar que eso, fuera lo que fuera, le superara. No iba a permitir que acabara con ella. Porque ella era Hermione Granger, porque ella podría superarlo… pero una gran parte de ella no creía que fuera a conseguirlo alguna vez.
Todavía con un leve mareo amenazando con dejarla caer en cualquier momento, Hermione cogió el paquete de galletas y, evitando pisar los cristales, subió las escaleras de nuevo. Estaba dispuesta a no volver a cerrar la puerta de su habitación tras ella porque sabía que tal vez no volviera a abrirla más… aunque la tentación de hacerlo fuera demasiado fuerte ella se mantendría todo lo firme que pudiera.

Sacudiendo la cabeza, Hermione se dirigió al mueble frente a su cama, dejó las galletas sobre él y abrió uno de los cajones. No pudo evitar que un atisbo de sonrisa triste asomara por sus labios. Allí estaban todos esos pijamas calentitos de franela que nunca se había atrevido a llevar a Hogwarts. Algunos eran de colores llamativos, otros tenían dibujos graciosos en el pecho. No tuvo que pensárselo dos veces para coger su preferido, el de ositos. Cogió también unas braguitas limpias y se dirigió al baño. Abrió el grifo del agua caliente y empezó a desnudarse mientras esperaba a que se llenara la bañera. Abrió un cajón de debajo del lavabo y sacó el cepillo de su madre. La mayoría de sus cosas se habían quedado en Hogwarts. Una punzada de dolor acertó justo en su pecho ante ese pensamiento. Su ropa, sus libros… su varita.

Hermione sacudió la cabeza y empezó a peinarse. Su pelo parecía mucho más enmarañado que de costumbre y tuvo que dar algún que otro jalón para desenredar los nudos que se le habían formado. Cuando terminó, echó un vistazo a la bañera. Todavía iba por la mitad. Sin molestarse en quitar los pelos que habían quedado en el cepillo volvió a guardarlo en el cajón y a cerrarlo con más fuerza de la necesaria. Sabía que no podría evitarlo por más tiempo, alguna vez tendría que volver a mirarse en un espejo, y aunque tenía algunas dudas al respecto prefería que fuera en ese momento a más adelante. Hermione levantó la mirada para enfrentarse.

Una exhalación escapó por sus dientes hacia el exterior. Su aspecto era peor de lo que esperaba. El pelo que acababa de peinar estaba alborotado y había perdido el brillo. Unas enormes ojeras moradas adornaban su pálido rostro. Sus ojos estaban hinchados y sus párpados caídos de tanto llorar, y a pesar de estar mirando directamente su reflejo, su mirada parecía perdida lejos, muy lejos de allí. Sus pómulos se notaban más que nunca. También tenía una pequeña cantidad de sangre seca en la comisura de sus labios y parte de la mejilla.

No dudó en meterse en la bañera cuando fue capaz de apartar la mirada del espejo. El agua caliente parecía reconfortarla. Era bueno volver a darse un baño de nuevo. Hermione cogió uno de los botes de gel de su lado y vertió una buena cantidad en el agua, moviendo luego las manos para crear espuma. Sí, el aroma que había inundado la habitación de repente parecía tener un efecto relajante sobre ella. Frotó sus brazos con las manos y se hundió un poco más para quedar sumergida hasta el cuello. Por supuesto que iba a lavarse el pelo, pero todo a su debido tiempo. Por ahora sólo quería cerrar los ojos y dejarse llevar con el leve movimiento del agua a otro lugar, allí donde fuera que estuviera toda la gente a la que quería.


Día 9.

Había conseguido pasar los días siguientes sin encerrarse en su cuarto. Ahora iba de su habitación al cuarto de baño con mucha frecuencia. Había empezado a darse baños con habitualidad, dos o tres, a veces cuatro al día. Eso le hacía sentir bien.
También había conseguido entrar un momento en el dormitorio de sus padres para elegir uno de los libros de la estantería. Había decidido que necesitaba leer algo nuevo a lo que tenía en su propia habitación para evitar caer otra vez en la tristeza, por lo que solía pasar las horas metida de lleno en uno de los libros de su madre. Leía tumbada en la cama, sentada en el suelo o mientras se daba uno de sus baños.

Hacía unas cuantas horas que se había terminado la última galleta de chocolate del paquete, y aunque seguía teniendo hambre decidió cerrar el libro y acostarse. Mañana volvería a la cocina y trataría de hacerse una comida en condiciones.
Se secó la última lágrima de los ojos, mulló la almohada y dejó que su cabeza reposara sobre ella. Estaba cansada. Los ojos se le cerraron con pesadez.


Día 10.

Un extraño ruido hizo sonar todas las alarmas en su cabeza. Había abierto los ojos de par en par, pero pronto se preguntó si no habría soñado aquel sonido. La oscuridad de la noche caía sobre ella mientras aguzaba el oído para tratar de determinar si aquello había sido producto de su imaginación… pero otro pequeño ruido la hizo saltar de la cama y jalar de la lámpara de su mesita de noche para desenchufarla de la pared. Enrolló el cable con rapidez y le dio la vuelta para que, si se diera el caso, pudiera defenderse con la base de hierro de la misma.

Desde que había llegado días antes se había imaginado varias veces aquella misma escena. ¿Qué haría si de repente escuchaba un ruido? Llevaba más de una semana sin escuchar nada más que su propia respiración, el sonido del pasar de página del libro y el del agua ondear en la bañera. Había pensado en la posibilidad de que fueran sus padres volviendo de donde quiera que hubieran estado, pero se había obligado a reprimir el impulso de llamarlos a voces y a pensar con la cabeza. ¿Y si no lo eran? ¿Y si era un extraño que, como ella, un día se había encontrado solo de repente? ¿Y si sólo entraba en su casa para robar? ¿Qué pasaría si fuera una mala persona que lo único que quisiera fuera hacerle daño nada más verla? No le serviría de nada gritar y pedir auxilio. Nadie la escucharía.

Caminó sigilosamente hacia la puerta y salió de puntillas. Cruzó el pequeño tramo de pasillo encorvada y paró un momento para escuchar lo que estaba pasando abajo. Pegó la espalda a la pared cuando notó cómo alguien subía las escaleras. Estaba oscuro, y quien fuera quien subía estaba cada vez más cerca. Hermione se asomó un poco hacia el hueco de las escaleras sólo para comprobar que la silueta de aquella persona no se parecía en nada a ninguno de sus padres. Y era un hombre.
El miedo que recorría cada una de sus extremidades le hizo agarrar la lámpara con ambas manos y con más fuerza, tanto que dolía. Ya casi estaba arriba.
Atacaría primero, no le daría la oportunidad de hacerle daño. El corazón latía desenfrenadamente en su pecho. Su respiración empezó a acelerarse demasiado. Ya había puesto un pie en la planta de arriba. Hermione se giró, alzando la lámpara por encima de su cabeza para agredir a aquel extraño, pero los reflejos de aquella persona, aún en la penumbra, habían sido más rápidos que ella. Algo cayó al suelo y aquella persona agarró sus brazos y la empujó contra la pared donde lo había estado esperando un segundo antes. La tenía inmovilizada. Una de sus manos aprisionaba sus muñecas con fuerza mientras que la otra le arrebataba el arma improvisada de un tirón.
Hermione había entrecerrado los ojos al toparse en las sombras con esas facciones tan familiares.

—¿Qué diablos haces? —preguntó aquella conocida voz con irritación.


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Cristy.

Capítulo editado el día 14/12/2017