NA: Una vez más gracias por el apoyo a Doris, Iris, Lidia, Baruka84, AreRojas... en definitiva, ¡gracias a todos! Tengo muchas ganas de seguir desarrollando esta historia y de poder compartirla con todos los que quieran leerla :D

Recomendación musical: "Faded", Alan Walker.


Capítulo 3:

Día 10.

—Malfoy —logró susurrar.

Había estado a punto de atacar a Malfoy. Él todavía la inmovilizaba con fuerza contra la pared, y aunque ella había movido las muñecas para indicarle que le hacía daño, Draco había tardado unos largos segundos en liberarla. Después de dedicarle una mirada de soslayo, Hermione estiró una mano y presionó el interruptor de la luz. Él miró impresionado al techo, parecía sorprendido de que se hubiera iluminado la habitación con un simple botón. Luego la miró a ella.

—Tienes un aspecto horrible —comentó, arrugando la nariz. Luego arqueó una ceja al percatarse de su pijama.

—No va a verme nadie más que tú —espetó ella—. Y lo que tú pienses me da igual.

Hermione no sabía si se alegraba de verlo. Si la alternativa a estar sola era estar con él... incluso en esa extraña situación en la que todo el mundo se había esfumado no tenía muy claro por qué opción inclinarse… aunque todo indicaba que seguramente preferiría seguir sola.

—¿Por qué ibas a atacarme? —preguntó él al fin.

—¿Por qué entras en mi casa de madrugada?

Draco puso los ojos en blanco.

—Hasta donde sé el mundo se ha ido a la mierda. Se acabaron los formalismos —respondió.

Ella lo miró con suspicacia.

—¿Cómo has sabido dónde vivo?

Él dio un largo suspiro antes de responder.

—El Ministerio de magia tenía una enorme habitación donde guardaba los registros de todas las brujas y magos, ya sabes, desde dónde viven hasta su estatus de sangre. Mi padre me lo enseñó una vez, tiempo atrás. Ha sido más difícil encontrar tu casa entre tantas calles que entrar allí.

—¿Por qué hablas en pasado? —Hermione no había pasado por alto ese pequeño detalle.

Draco frunció el ceño levemente.

—Recuerdo que cuando fui la primera vez había cientos y cientos de estanterías con carpetas de todos los tamaños y colores amontonadas en ellas. Las estanterías siguen allí, aunque ahora sólo quedan dos carpetas.

El silencio los envolvió durante unos segundos mientras ella asimilaba lo que acababa de decirle.

—Tú y yo —murmuró, conmocionada. Ron, Harry, Ginny, Luna, Neville… Todavía era difícil adaptarse al hecho de que ya no existieran… Porque era eso lo que significaba aquello, ¿no?—. No puede ser…

Hermione había empezado a hiperventilar de nuevo, pero había sido capaz de escucharlo bufar ante su reacción. ¿Tal vez le parecía algo sin importancia? ¿No sentía el mismo escalofrío que sentía ella recorriendo su espalda al pensar en la situación que estaban viviendo? La gente había desaparecido, literalmente, y no habían dejado nada tras ellos. Ya no había constancia de que hubiera existido alguien más aparte de ella y Malfoy.
Hermione miró su expresión aburrida buscando una respuesta a su comportamiento.

—La idea de que parezca que sólo quedemos nosotros en el mundo tampoco es demasiado atractiva para mí, Granger —dijo él.

—Si es tan malo tenerme cerca, ¿entonces por qué me has buscado? —quiso saber ella.

Draco miró a su alrededor con indiferencia.

—Fuiste tú quien dijo que debíamos permanecer juntos.

—Eso fue antes de que te desaparecieras primero —respondió ella, alzando las manos con incredulidad.

Él estiró el brazo y le devolvió la lámpara que seguía sosteniendo.

—No he venido hasta aquí para discutir. Si lo he hecho ha sido porque eres la única persona que sé que sigue en la Tierra… me guste o no —Hermione le arrebató la lámpara y la apretó contra su pecho mientras lo escuchaba—. Soy consciente de que esto es lo más extraño que me ha pasado nunca, pero no voy a dejar que acabe conmigo también. Por alguna razón yo sigo aquí. Y tú también. Quiero descubrir por qué, salir ahí fuera y buscar a alguien más. Estoy seguro de que no somos los únicos.

Hermione relajó la expresión de su rostro y suspiró. Tenía razón… pero no había salido al exterior en días. Ni siquiera había sido capaz de moverse por ciertas habitaciones de su propia casa, y si lo pensaba detenidamente… quizás le iba a costar más de lo que esperaba.

—Está bien… pero hablaremos mejor por la mañana —dijo, bostezando ante el pensamiento de volver a la cama—. Puedes quedarte en la habitación de invitados.

Él asintió una sola vez y se agachó para recoger un maletín negro del suelo. Hermione no se había percatado de él hasta ese momento, pero supuso que aquello había sido lo que había sonado al caer minutos antes, justo cuando trataba de agredirle.
Draco le siguió por el pasillo y cuando ella le indicó la puerta se asomó un poco, como si temiera que algo fuera a atacarle desde dentro.

—Es pequeña —se quejó.

—Pero tiene una cama, que es lo único que necesitas para dormir —respondió ella rodando los ojos—. No todo el mundo puede permitirse vivir en una mansión, Malfoy.

Él había entrado y se había sentado con cuidado sobre el colchón, dando unos cuantos botecitos para comprobar su calidad.

—¿Dónde está el baño de esta habitación? —quiso saber.

—Sólo hay un baño en esta planta —respondió, señalando una puerta contigua a aquel cuarto—, ése de ahí.

Él pareció sorprendido al principio, luego su expresión se volvió contrariada. Por último, no trató ni por un instante de ocultar su desagrado.

—Ya me estoy arrepintiendo de esto… —murmuró para sí mismo.

—Puedes irte si quieres —recalcó ella, cruzándose de brazos. Draco se había levantado y caminaba con expresión asqueada por la habitación—. Ya sabes dónde está la salida —él hizo una mueca de irritación, se acercó a la puerta y se la cerró en las narices dando un portazo.

Hermione cerró los ojos y apretó los labios para no alterarse. La convivencia con él como única compañía iba a ser terrible. Contó hasta diez, luego respiró por la nariz y soltó el aire lentamente por la boca.

—Mi habitación es la que está justo frente a la escalera —dijo, alzando un poco la voz para que pudiera escucharla desde dentro. Luego, volvió sobre sus pasos, dejó la lámpara en su sitio y se metió de nuevo en la cama. Echó un rápido vistazo al reloj digital de la mesita antes de terminar rindiéndose al sueño una vez más. Eran las dos y cuarto de la madrugada.


Eran las tres y media cuando Hermione abrió los ojos otra vez. Tenía la sensación de haber soñado todo lo ocurrido con Malfoy, pero un segundo aullido de dolor le confirmó que estaba equivocada. Draco Malfoy estaba en su casa, y por alguna razón que desconocía ahora estaba dando gritos.
Hermione se levantó de la cama de un salto, se puso las zapatillas y siguió los quejidos provenientes de la planta principal. Al parecer, estaba en la cocina. Cuando llegó, palpó la pared con los dedos hasta dar con el interruptor de la luz. La escena que se encontró cuando la habitación se iluminó fue tan graciosa que si no hubiera sido porque acababa de recordar el motivo por el que Malfoy estaba en su casa se hubiera reído.
Draco estaba sentado en el suelo, agarrándose el pie izquierdo con las manos y mirándose la planta del mismo con expresión horrorizada mientras gemía y sollozaba. El pantalón de su por supuesto carísimo pijama de seda resbalaba por su pierna y dejaba ver su pantorrilla.

—¡No te quedes ahí parada! —exigió él—. ¡Haz algo!

—Sólo es un poco de sangre, Malfoy, no vas a morirte —se quejó ella mientras se giraba hacia el mueble de la entradita para coger el kit de primeros auxilios del cajón.

—¿Por qué demonios tienes cristales rotos en el suelo de la cocina? —Draco parecía completamente confuso—. ¿Es una estrategia muggle para que no os roben la comida?

Ella puso los ojos en blanco mientras se acercaba a él.

—Tiré un vaso contra la pared hace unos días —murmuró, agachándose frente a él.

Malfoy pareció no juzgarla por ello, tampoco pareció sorprendido.

—Podrías haber vuelto a arreglarlo —le recriminó mientras la observaba abrir aquella pequeña caja blanca con una cruz roja en la tapadera.

—Podrías curarte la herida tú solito —espetó Hermione, cogiendo un trozo de algodón de mala gana.

—Mi varita está arriba y yo tengo el pie malherido, ¿cómo quieres que me cure? —respondió él, mirando con desconfianza el bote de plástico con líquido transparente que Hermione acababa de coger.

—Mi varita está en Hogwarts, ¿cómo quieres que arregle el vaso? —dijo ella, vertiendo un poco de agua oxigenada en el algodón.

Él clavó los ojos en ella con incredulidad.

—¿Por qué razón dejaste tu varita allí?

Ella resopló. Sus estúpidas preguntas le incomodaban.

—Pensé que llegaba tarde al examen de Pociones, por eso me viste correr por las mazmorras aquel día —respondió entre dientes, cogiéndole el pie y mirándole la pequeña herida en él—. Cogí los libros, pero se me olvidó la varita.

—Bueno, ahora tendrás todo el tiempo del mundo para preparar el examen —bromeó.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Los olvidé en la Madriguera.

—¿Dónde? —que aquel fuera el nombre de algún sitio parecía divertirle. Hermione apretó los labios y presionó el algodón contra su pie con firmeza. Él hizo una mueca de dolor y trató de soltarse, pero ella le agarraba el tobillo con demasiada fuerza—. ¿Pero qué clase de curación es esta? ¡Para!

—La Madriguera —explicó ella mientras forcejeaba con su pie—, es donde vive la familia Weasley —una punzada de dolor atravesó su pecho de lado a lado—. Vivía —se corrigió. Él tenía una mueca de dolor en el rostro, pero Hermione pudo ver que estaba a punto de bromear al respecto—. Ni se te ocurra hacer uno de tus comentarios. Si esto te ha dolido, te advierto que el alcohol es mucho más fuerte —amenazó.

Hermione le puso una tirita y Draco hizo una mueca mientras la veía levantarse. Él se quedó ahí sentado y ella, que después de haber guardado la caja en su sitio había cogido la escoba del lavadero, empezó a barrer los cristales del suelo y a recogerlos con el recogedor.

—Eso deberías haberlo hecho antes —murmulló él con sorna.

Ella dejó de hacer lo que estaba haciendo para mirarlo con enfado.

—¿Y tú? ¿Qué estabas haciendo en mi cocina?

—En las cocinas hay comida —respondió él, mirándola como si fuera tonta—. Tenía hambre.

Y a decir verdad, ella también. Recordó los primeros días del suceso, donde no había comido por desgana. En esos últimos antes de que él llegara había comido algo más, pero su estómago seguía rugiendo cada dos por tres. Él sólo era un niño rico que no sabía hacer nada. Tal y como había supuesto, no se había alimentado bien por pura ignorancia. En el fondo lo compadecía por ello. Relajó su expresión y suspiró.

—¿Quieres algo de beber mientras preparo algo de cenar?

Él asintió con la cabeza, levantándose con cuidado y apoyando el pie dañado en el suelo a modo de comprobación. Luego se dirigió a la mesa de la cocina medio cojeando. Ella reprimió un bufido y terminó de barrer el suelo. Después puso un vaso en la mesa frente a él y abrió el frigorífico. Lo cierto era que no había mucho donde elegir. Cogió uno de los recipientes de plástico y vertió el líquido blanco en el vaso. Tal vez cocinara algo de pasta para los dos.
Se dio la vuelta y empezó a coger todo lo necesario de los armarios, pero un ruido a su espalda le hizo volverse de nuevo.
Draco había escupido el sorbo que le había dado a la bebida y ahora también tendría que limpiar el suelo mojado. Malfoy le estaba dando más cosas que hacer en unas horas que su primo pequeño en un día entero. El recuerdo de su primito le dio directo en los sentimientos.

—Me has dado leche caducada, Granger —volvió a quejarse.

Ella se pasó una mano por el pelo para no ponérsela a él en el cuello.

—Eso no es leche, es horchata.

—Hor… ¿qué?

—Es una bebida típica española. Desde que cuando era pequeña visitamos Valencia, una ciudad de España, mi padre quedó prendado de ella. Siempre hay horchata en mi casa —Hermione suspiró—. Los alimentos no caducan.

—Pues tu padre tenía un gusto horrendo —comentó, mirando con asco el interior del vaso—. Explícame eso último.

Ella señaló las rebanadas de pan que se mezclaban con los cristales en el recogedor y luego hizo lo mismo con el fiambre sobre la encimera.

—El primer día que llegué encontré ambos paquetes abiertos —explicó—. Los dejé ahí para comprobar si mis sospechas eran ciertas —se acercó y cogió otra loncha, llevándosela a la boca. Sabía exactamente igual que el otro día—. La comida no se pone mala.

Malfoy parecía tener problemas para entender aquello, pero ella tampoco sabía explicarle el por qué, así que volvió a darse la vuelta y empezó a cocinar.
Mientras el agua de la olla empezaba a hervir, Hermione llenó el cubo de la fregona y limpió el suelo de horchata. Malfoy soltó un par de improperios cuando ella le pasó el mocho mojado y sucio por los pies descalzos cuando no se dignó a levantarlos para facilitarle la tarea.
Luego tomó dos vasos de agua y los llevó a la mesa antes de apartar la cena. Llenó un plato hasta arriba para Malfoy y se sirvió una pequeña porción para ella. Era evidente que tenía hambre, pero algo en su interior le cerraba el estómago cada vez que intentaba comer algo. Aun así, y como quería evitar a toda costa volver a desmayarse, se había forzado a alimentarse mínimamente.

Draco empezó a devorar la comida de su plato como nunca antes lo había visto. Las impolutas formas refinadas y exquisitas que había mostrado siempre en el colegio habían desaparecido… como todo lo demás. Parecía no importarle demasiado lo que pudiera pensar de él. Ella movió un par de macarrones con el tenedor, aburrida. Al fin y al cabo a ella tampoco le importaba que la viera con un moño despeinado sobre la cabeza, con ojeras, cabizbaja y su pijama de ositos.
Era como si todo hubiera dejado de tener importancia. ¿Para qué iba a vestirse por las mañanas? No iba a ver a nadie (excepto a Malfoy a partir de ahora), no iba siquiera a salir a la calle. Y aunque lo hiciera, ¿por qué no hacerlo en pijama, bata y zapatillas? ¿Quién iba a señalarla por la calle? ¿Quién iba a prohibírselo?
Ya nada tenía sentido. Ni siquiera que ella siguiera allí lo tenía.

Pinchó la comida con el tenedor y se lo llevó a la boca.
Habría tenido algo de más sentido que Ron la hubiera estado esperando aquel día en la sala común para decirle que algo extraño había pasado en el castillo. Ambos se hubieran tomado de la mano y hubieran caminado por los pasillos en busca de alguien. Habrían ido a Hogsmeade juntos, y a la Madriguera. Tal vez hubieran decidido quedarse allí, planear visitar Londres y el Ministerio y tratar de buscar una explicación juntos.
Hermione tragó con fuerza y la comida pasó a duras penas por el nudo que se había formado en su garganta. Bebió un poco de agua. Sí, tal vez todo hubiera sido exactamente igual… pero a la vez muy diferente. Todos se habrían esfumado. Sus amigos, sus familias… pero se tendrían el uno al otro. Seguirían juntos, y eso lo habría hecho mucho más llevadero. Quizás algún día lo hubieran aceptado y simplemente hubieran aprendido a vivir con ello. Tal vez incluso hubieran tenido hijos más adelante.

Un carraspeo le hizo alzar la mirada. Frente a ella, Malfoy arqueaba una ceja. Fue entonces cuando se dio cuenta de que había estado llorando en silencio todo ese tiempo. Se llevó a la cara la mano que no sostenía el tenedor y se secó las lágrimas.

—¿Vas a comerte eso? —preguntó molesto, como si ya lo hubiera hecho antes y no le hubiera escuchado.

No le importaba. A Malfoy no le importaba si lloraba. No iba a preguntarle qué le pasaba ni si necesitaba un abrazo. Malfoy no hacía esas cosas. Malfoy no era Ron.
Hermione empujó el plato en su dirección y éste se deslizó por la mesa hasta llegar a él.
Malfoy apartó el plato vacío y volvió a inclinarse sobre el suyo.
Ni siquiera iba a darle las gracias.


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Cristy.

Capítulo editado el día 14/12/2017