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Día 3: Lealtad
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Terrorismo
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Sakata Tsukuyo era una la esposa del conocido Sakata Gintoki, un militar muy audaz y un gran estratega. Si bien era un vago con una gran afición por los dulces, el hombre podía esmerarse y complacer a su adorada esposa, claro, siempre y cuando no esté en servicio.
Para su mala suerte era llamado con bastante regularidad por el ejército. Y es que la guerra era conocida por las historias de antaño, pero eso no desechaba el terrorismo que azotaba a Tokio.
Desde que el político Yato Hosen tomó las riendas del país del sol naciente, un grupo de terroristas fuertemente armados comenzó a asolar los días brillantes de los ciudadanos. Tokio se transformó rápidamente en un campo de batalla.
― Entendido―Gintoki termino de hablar por su teléfono. Antes de siquiera sentarse a comer ya lo estaban llamando. Nuevas detonaciones hacían retumbar la bulliciosa y muy frecuentada terminal del centro― Tengo que irme Tsukuyo―la rodeo con sus brazos antes de brindarle un beso en los labios― A veces me gustaría que tengan a otra persona que llamar― no estaba siendo sincero, a él le gustaba mucho su trabajo. Tsukuyo sabía que lo decía por ella, para demostrar que no la dejaba tirada.
― Lo entiendo, es por Shouyo― le sonrió antes de que tomara sus armas reglamentarias― Es la lealtad que le tienes―su mirada mezclaba pena y comprensión― Entre él y tu matrimonio, siempre lo elegirías a él― Gintoki la abrazo sintiéndose un poco culpable por la reacción que había desencajado en ella.
Era tan idiota como para empujarla a decir eso. Aunque él, insistentemente deseaba que su yo interno tomara el comentario de su esposa como una verdadera falacia, sabía que así no era. Tsukuyo lo conocía muy bien. Verdaderamente, su lealtad al hombre que lo salvo de perecer durante la niñez, pesaba mucho más que cualquier cosa.
― Te prometo que volveré lo más pronto posible― incapaz de negar esa realidad, decidió hacer una promesa valiosa con ella.
Acompañándolo a la entrada, Tsukuyo se despidió de él. Pronto se verían, ella estaba segura.
― Bien―le sonrió aceptando sus migajas, como era costumbre― Aunque… en serio, no debes preocuparte― A punto de salir de su hogar él regreso la vista para verla nuevamente― Te comprendo― repitió una última vez antes de verlo marcharse lejos de su hogar.
Cerro la puerta con llave, apoyo su cabeza sobre la puerta y respiro hondamente. La vida era más compleja de lo que parecía. Tan absurdamente incomprensible e irónica.
Pasando los minutos el sonido del teléfono comenzó a sonar haciendo eco en la habitación. Sin prisa tomo la llamada esperando escuchar la voz masculina y demente al otro lado del auricular.
― Sí. Todo en orden―suspiro con cansancio― No, el plan marcha como lo planeamos―se mordió la uña antes de escuchar la última frase, una que tristemente involucraba a su esposo― Pero… si, comprendo― cabizbaja tomo nota. El hombre sonaba tan radical y extremista que perturbaba ―Así lo hare Jiraiya―
Colgó.
Otra absurda y destructiva misión.
Hace mucho tiempo que no recibía tantos pedidos de sus superiores.
Tsukuyo fue hasta su cuarto, el cual compartía con su esposo. Comenzó a desvestirse con rapidez. Su blusa no demoro en caer al suelo mientras su brasear ocultaba su voluptuoso pecho. La falda acampanada siguió la ruta de su blusa color crema.
Caminando en ropa interior por la habitación paso por un espejo de pie. Se dejó reflejar sin problemas mientras buscaba su kimono característico. Con el cabello aun recogido, se podía ver en el espejo la silueta de un Kunai en su espalda. Diminuto y con una extraña inscripción que decía ´´Hinowa´´.
Subiendo su kimono, sus ojos amatista recordaron una vieja promesa de lealtad. Una que estaba pagando. Acaricio la marca de pertenencia antes de cubrir su cuerpo por completo.
A Jiraiya no le gustaba que lo hicieran esperar y mucho menos que la pobre e invalida Hinowa, la única mujer que se dedico a criarla durante su desastrosa infancia, pregunte insistentemente por su paradero.
Hinowa merecía sus respetos, fue una madre y una amiga para ella. Ella la llevo al buen camino antes de perecer en un horrendo y sucio prostíbulo. El grupo de chicas que salvo se protegía de una forma casi absurda. Parecían una hermandad.
Cuando las niñas crecían se les permitía hacer su vida lejos, como ellas desearan, sin olvidar que tenían un lugar al cual volver. Un sitio llamado hogar.
Pero… a pesar de que así fue durante muchos años, Hosen, el rey de la noche, el hombre que las había encerrado por muchos años en esos asquerosos antros, regresaba para atormentarlas. Lo peor no radicaba en su regreso, si no en la forma en que lo hacía; Un político, el hombre que los lideraría. Un asqueroso rufián.
― No podemos permitirlo―Hinowa tenía razón. No podían dejarlo pasar.
El teléfono volvió a sonar y justo cuando tomo el auricular, la máquina de fax comenzó a funcionar.
― Tsukuyo―nuevamente la voz de Jiraiya sonaba al otro lado de la llamada― Tenemos los datos de quienes son nuestras victimas―explico― Encárgate de ellos, no dejes a nadie con vida―no lo veía pero podía sentir sus ansias por matar a quien se le meta en el camino― Con el paso libre me desharé de Hosen― un plan aceptable, si no fuese porque sus manos volverían a mancharse.
Sin responder a su llamada camino, sin soltar el teléfono, hasta la máquina de fax. Eran tres expedientes. El primero pertenecía a un militar de ojos café y una llamativa marca en su rostro.
― Isao Kondo―musito consiguiendo una afirmación por su superior.
― Son tres miembros los que protegerán a Hosen. Expertos en su trabajo― Tsukuyo siguió con el otro expediente. Un hombre de ojos llamativamente azules y un estrafalario flequillo en ´v´
― Hijikata Toushirou―volvió a hablar. No necesitaba ser un genio para saber que el próximo seria Okita Sougo. Eran un equipo muy unido que rara vez trabajaban en solitario.
― Ya debes saber por dónde van las cosas―Tsukuyo dejo a su segunda víctima y tomo el último reporte― Pero el más joven, el niño Okita esta engripado― ella abrió el expediente enmudeciendo― Lo cambiaron a última hora, parece que alguien quiere que siga viviendo― explico divertido.
― Sakata Gintoki― ¡No podía ser!, ¡No podía ser cierto!, ¡No él!
― Es un veterano, trabajo desde muy joven dentro de las fuerzas. Tiene talento innato y mucha experiencia― su fascinación por enfrentarse a ese tipo era basta― Pero, a pesar de que es un gran militar sé que podrás con él―la estaba comprando― Nuestra lealtad pesa mas que cualquier cosa, es nuestro motivo para avanzar, ¿Verdad, Tsukuyo?, ¿Verdad que lo mataras?―
¿A caso la estaban poniendo a prueba? Si bien era verdad que había ocultado su matrimonio para resguardar la vida de su esposo. Tener a un protector de Hosen no era para nada agradable, y más si era el esposo de un miembro terrorista.
La tonada en su voz decía lo muy enterado que estaba del asunto. Jiraiya quería saber hasta qué punto llegaba su devoción por Hinowa.
Por otra parte, Tsukuyo sufría… por que como había dicho; La lealtad a quien te salvo de perecer pesaba más que cualquier cosa. Ahogando su llanto y acallando su voz que gritaba ´´No lo hagas´´, cerro sus ojos y acepto la solicitud.
― Si, Jiraiya…―trago saliva no pudiendo creer lo que realmente estaba por decir― Matare a Sakata Gintoki―
