Muchas gracias por su apoyo a través de reviews a LittlePackofAngst y Zoe. También muchas gracias a quienes agregaron a favs y follows :D Espero que sean principalmente ustedes quienes disfruten (o sufran) este dramático capítulo.
Trauma, Capítulo II
Cuando Eren encontró a su padre, fue éste quien cargó a la pequeña en sus brazos. Aunque inevitablemente tuvo que regañar a su hijo por poner en riesgo su vida, en el fondo se sintió inmensamente orgulloso de él. Sin embargo, cuando se percató de la evidente situación sexual sufrida por Mikasa, su faz esbozó inmediatamente un mohín de profunda amargura. Como doctor, lo primero que pensó fue en las secuelas físicas que podría padecer. Un embarazo no deseado era imposible, pues a Mikasa todavía no le había llegado la menarquia. Lo sabía bien ya que una de las razones por las cuales los Ackerman le habían pedido una visita, además del chequeo médico, era para que le explicara a Mikasa lo que era la menstruación y que la preparase para el cambio hormonal que daría su cuerpo en un par de años o quizás algún tiempo más, dependiendo de cuán precoz, normal o tardío, resultara el despertar reproductivo en su cuerpo. De modo que un embarazo quedaba descartado, pues era muy poco probable que en este preciso momento su cuerpo comenzara a ovular. Cierto era que habían casos prematuros en que la menstruación llegaba a los nueve años, pero eran casos aislados y poco comunes. Además, al parecer Eren había interrumpido el forzado acto sexual, de modo que el maldito que la violó probablemente no alcanzó a eyacular en ella. Aunque no tenía la seguridad de ello, tuvo y sostuvo la esperanza de que ojalá sucediese así.
Descartado lo del embarazo, pasó al segundo problema que podría aquejarla: alguna enfermedad sexual contagiosa. Por suerte, en Paradis un virus letal como el VIH no existía, pero la sifílis y la gonorrea, entre otros padecimientos, si resultaban un problema que podría complicarse. Esperaba que no se dieran tales enfermedades en ella, pero sólo podría saberlo certeramente después de hacer pruebas de sangre.
Respecto a las heridas en su intimidad, ellas sanarían más temprano que tarde. La vagina era un músculo muy poderoso y tan elástico que incluso resistía el paso de un bebé a través de ella. A pesar de que Mikasa sólo contara con nueve años, era un hecho que su órgano sexual podría regenerar cualquier herida, o incluso un desgarro, que ese degenerado le hubiera provocado.
Lo físico, dentro de lo terrible de la situación, tenía solución. Sin embargo, lo psicológico era otra cosa muy distinta...
El trauma de perder a sus padres y ser violada podría destruir a Mikasa. Era un trauma demasiado grande y mucho más para una niña de tan sólo nueve años. Lo que más necesitaría ella sería cariño, afecto y amor. El amor puro y honesto era el mejor remedio que podría tener. Pero sería un proceso difícil, muy difícil de sobrellevar...
Abstraído en sus pensamientos, finalmente llegó a casa. Al hacerlo, dio cuenta que Eren le tomaba la mano a Mikasa como una forma de darle apoyo y ella correspondía el gesto apretando la varonil. No tuvo dudas que ambos formarían un gran enlace que perduraría a través del tiempo.
—Eren, toma la llave de mi bolsillo y abre por favor —le pidió su padre, para luego indicar con sus labios el bolsillo izquierdo de su pantalón.
Entraron al hogar y la usualmente alegre Carla, que ahora lucía muy preocupada por lo tardío que ya era, fue sorprendida por los hechos. Una vez que los mismos fueron explicados brevemente, su empatía crujió al punto que instantáneas lágrimas acudieron a sus ojos.
La familia Jaeger acompañó a Mikasa hasta el baño y le dieron todo su apoyo antes de que entrara a ducharse. Le dedicaron dulces y emotivas palabras que, aunque dichas con toda la buena intención del mundo, no servirían para aminorar el dolor de la pequeña. No ahora.
Volvieron a la sala de estar con rostros compungidos y pensando de qué manera ayudar mejor a la sobreviviente Ackerman.
—Iré por ropa de niña y un pijama con alguna de mis amigas que si tienen hijas. Y mañana, apenas despierte, iré a la tienda a comprarle ropa nueva —dijo la madre de Eren, tomando la palabra a la vez de la iniciativa.
Su esposo asintió con un movimento de cabeza. Pocos segundos después, agregó: —Yo voy a tomar los cuchillos y tenedores y los guardaré en uno de mis cajones con llave. Esa chica está sufriendo mucho y los pensamientos suicidas serán una constante en su mente en las primeras semanas.
—Ella va a luchar, papá. Sé que lo hará —dijo Eren, confiando plena y ciegamente en ella.
—Yo también confío en eso, pero nunca está de sobra tomar precauciones —respondió él con aquella sabiduría que dan los años.
Carla desapareció tras el corredor y volvió en cosa de un minuto al salón principal.
—Bien, ya me voy —anunció presurosa, sin perder tiempo. Sólo se puso un abrigo encima de sus ropas, además de un par de zapatos, y estuvo lista para partir. Era muy tarde, pero sabía que por la situación su amiga más cercana podría entender que golpeara su puerta a estas altas horas de la noche.
—Te acompaño, mamá —dijo Eren que, con lo recién sucedido, no quería que su madre anduviera sola de noche ni siquiera en la cercanía de las casas vecinas.
—De acuerdo, hijo. Y de paso me explicas lo que pasó con más detalle.
Así, Eren y su madre salieron del hogar mientras Grisha se ocupada de los cuchillos y demás objetos metálicos de la casa. Guardaría en el sótano, y bajo llave, cualquier objeto que fuera filoso y representara una tentación hacia la muerte.
Mikasa ya estaba a puerta cerrada en el baño de los Jaeger y, sabiendo que caminar aumentaba su dolor, apretó los dientes para hacerlo y acercarse a la ducha. Tendría que moverse lo menos posible durante las siguientes horas, o incluso días, para enmudecer siquiera un poco el incendio infernal que sentía en el interior de su entrepierna.
Lentamente se sacó sus ropas y al echar un atento vistazo a su calzón, vio que se había manchado con un poco de sangre más oscura de lo normal. Evidentemente, su órgano sexual seguía el proceso de cicatrización y la sangre no coagulaba del todo todavía; eso explicaba de manera lógica el dolor punzante y aberrante que surgía en su intimidad.
¿Cuanto tiempo duraría así? No lo sabía, pero incluso si supiera tal información, aquello no le serviría de consuelo ni disminuiría el potente dolor físico que estaba sintiendo ahora. Lo único que pudo hacer fue rogar porque durase lo menos posible.
Dejó sus prendas en el suelo, pero la bufanda no tuvo el mismo destino: cuidadosamente la posó sobre una gran canasta de mimbre que allí había. Después se introdujo a la ducha. Permaneció inmóvil largos segundos, sin ganas de pensar, sin ganas de sentir, sin ganas de existir. Si hubiera podido detener los latidos de su corazón, sin duda que lo habría hecho en este mismo instante. Lentamente, se echó de costado sobre las baldosas de la ducha, despreciando ese frío inherente a ellas que pareció morderle las costillas. Cerró sus manos en puños por delante de su boca y apretó sus rodillas contra el abdomen, adoptando una posición fetal. No sintió nada más que las lágrimas que comenzaron a derramar sus ojos. Lo único que podía sentir era aquel siniestro dolor enquistado en su alma.
Se abrazó y lloró a solas. Sin que nadie la viera, sin que nadie la consolara. Quería estar sola con su propio dolor y desahogarse a través de un mudo llanto que a nadie preocupara. Quería a sus padres de vuelta y sus pensamientos, como si de un cine mental se tratara, plasmaban en imágenes los momentos más bellos vividos junto a ellos. Nunca más escucharía las tiernas caricias de su madre o la voz cálida y amorosa de su padre. Jamás volvería a verlos. Lo bello poco duró: los momentos hermosos fueron reemplazados por la agonía de sus muertes. El cuerpo de su padre cayendo al suelo, en la puerta de su hogar, sorprendido por la alevosa maldad. Después surgió su madre, completamente desesperada, intentando defenderla y gritándole que huyera...
Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de ellos...
Debieron morir con la angustia de no saber qué pasaría con su hija, o imaginando que sería la siguiente en hacerlo. Qué horrible muerte tuvieron ambos; una que personas tan buenas como ellos no merecían por nada del mundo. Pero el maldito mundo era así de cruel. Así de injusto.
Las imágenes de sus padres siendo asesinados siguió recorriendo sus laberintos mentales una vez tras otra. Y cada una de esas veces, el aliento se le cortaba como si un violento y voraz espectro se lo hubiera succionado.
La rabia, el dolor y la frustración la llevaron a un ataque nervioso, que, dedos agarrotados mediante, la hizo clavar sus uñas en los hombros con frenética fuerza, causándose arañazos que comenzaron a soltar hilos de sangre. Pero lo más preocupante de todo es que no le importó en lo más mínimo que así fuera. No le importaba nada ya. Y cuando alguien llega a la terrible situación de que ni siquiera le importa hacerse daño, entonces la muerte disfrazada de suicidio, ve una oportunidad y se acerca desde una esquina del alma, avanzando de manera lenta, pero mordaz al mismo tiempo.
Ni siquiera sentía que tuviese un alma que quisiera seguir adelante. Esa alma feliz que alguna vez tuvo había sido desintegrada y mutado en una entidad de ineluctable dolor. Realmente no tenía fuerzas para continuar. No sólo había perdido a sus padres, también había vivido una cruenta situación sexual que absolutamente nadie debería vivir. Mucho menos una niña de su edad. Probablemente lo padecido terminaría por destrozar su raciocinio, puesto que vivir algo así podría desquiciar a cualquiera. Sí, los pensamientos suicidas serían algo recurrente en los primeros meses de recuperación...
¿Recuperación? ¿Cuál recuperación?
Se sentía sucia, manchada y contaminada. Y el sexto sentido, tomando de la mano a un certero presentimiento, exclamó algo de manera insistente y casi irrefutable: toda su vida se sentiría así. Que hiciera lo que hiciera jamás podría superar lo nefasto que habían hecho con ella. Y, en cierto modo, aquella sombra de desesperanza tenía completa razón. Una violación nunca se superaba totalmente, siempre quedaba una llaga abierta ajando eternamente el corazón. Algo que la atacaría de forma sempiterna hasta el día que exhalara su último aliento.
Recordó, por esos caprichos que solía tener la mente, una vez que su padre le aconsejó que en caso de peligro y por necesidad de defenderse, debía usar sus dientes pues éstos eran la mejor arma natural con la que un ser humano contaba. Lamentablemente ni siquiera pudo hacer eso contra esos malditos engendros. Se lamentó por ser tan pequeña, por ser tan débil. Sin embargo, aquel consejo quizás no caería en la total inutilidad. Ahora si que podría usar sus dientes para otra cosa...
Los utilizaría, pero no para defenderse de los asesinos, sino del impiadoso dolor.
Alzó su mano diestra, posicionando la palma frente a su vista. Ésta última se dirigió hacia sus muñecas, fijándose en las venas que asomaban por la nívea piel que las cubría. Le llamó la atención ver como parecían dos ríos principales, que se ramificaban en otros más delgados y por lo tanto menos visibles. Pero no quería ver ese azul mentiroso que esbozaba la sangre bajo su piel. Quería ver su verdadero color, el rojo, brotando a raudales en un caudal que la llevaría hacia la pérdida total de conciencia y dolor...
Ella ya nunca más sería la Mikasa de antes. Nunca más sería esa niña consentida por sus padres. Nunca más sería feliz. La felicidad la abandonó y no volvería a brillar nunca más...
Esa era la única verdad. Por lo tanto, desangrarse hasta morir sería incluso un premio en su situación. Quería dejar de existir y reunirse así con sus padres. Lo deseaba de verdad. Simplemente no deseaba seguir viviendo. Morir desangrada allí mismo, en la ducha, sería un buen final para dejar de sentir ese sufrimiento que la carcomía cual bestia hambrienta.
Abrió su boca y acercó la muñeca diestra a ella. Los dientes se prepararon a morder y desgarrar la piel hasta su capa más profunda. Se sumió en la oscuridad que los párpados cerrados provocaban, pensando en ser rodeada por sólo una cosa, una que estaba atravesando su mente como una afilada estaca intangible: la muerte. Posicionó incisivos, caninos e incluso molares, cubriendo el rango completo de su muñeca. Y estuvo a un tris de cumplir su ansiada meta. Realmente lo estuvo. Sin embargo, por algún ignoto vericueto, la voz de sus propios pensamientos fue acallada y fue la voz de Eren quien tomó posesión de ellos. Su comando surgió tan salvaje como una idea disparada en forma de bala: «Lucha». A pesar de la casi irrefrenable potencia adquirida por su deseo de muerte, podía sentir esa palabra como una orden en su interior, como una especie de luz al final de un oscuro túnel. «Lucha», se repitieron la palabra una vez más. ¿Pero acaso podría hacerlo con tanto dolor mortificándola? No supo cuanto tiempo pasó dudando, pero debió ser mucho. Una decisión de vida o muerte, en toda la extensión que esas palabras significaban. De pronto dio un suspiro, uno tan largo y profundo que arrojó una nube de vaho al aire. Aunque la muerte siguiera tentándola con llevarla a su oscuro seno, supo, cual revelación, que debía cargar la pesada cruz sobre sus hombros y luchar contra el mundo cruel. Por más que le costara hacerlo, no podía darle el placer a la parca, al destino y a esos tres malditos asesinos, de caer rendida. Porque matarse era eso: rendirse. Y una pequeña nebulosa en su interior le decía que no lo hiciera, que tenía que pelear para seguir adelante y encarar a la vida a pesar del dolor. Que tenía que luchar en honor a sus padres que no querrían verla sucumbir.
Tuvo muy claro que sombríos pensamientos oscurecerían su mente durante los siguientes días, semanas, meses e incluso años. Que el sufrimiento incrustado en su alma nunca desaparecería, sólo aprendería a lidiar con él, intentando relegarlo hacia un calabozo mental. Pero cada vez que sintiera desfallecer y perderse en la maraña de dolor, recordaría esas palabras como un mantra a seguir: «Lucha». Y eso es lo que haría con todas las fuerzas de flaqueza invocadas desde lo más profundo de su corazón.
La batalla entre la muerte y la vida, aquella disensión escrita como un arcaico designio desde muchos eones atrás, terminó siendo ganada esta vez por las ansias de vivir. De sobrevivir.
Pero haber ganado aquella importante batalla, no significaba que la guerra contra el dolor estuviese también ganada...
Necesitaba desahogarse, necesitaba liberar todo el sufrir y todo el odio que llevaba en su interior. Fue entonces que nuevamente lloró y lloró. Y volvió a llorar. Recriminando a la vida, recriminándose a ella misma por haber sido tan débil, a pesar de ser una niña que no tenía culpa de absolutamente nada. Cuando, después de un largo rato, sus glándulas lacrimales parecieron agotarse y advertir que sus ojos ya escocían, Mikasa despertó del trance recién vivido. Su cuerpo abandonó el frío de las baldosas y fueron sólo sus pies los que permanecieron enfrentándose a él. Miró el grifo un largo momento y posó su diestra sobre él, aferrándose por última vez a la idea de que estaba viviendo una pesadilla. Se equivocaba rotundamente en su presunción y lo sabía perfectamente. No era una pesadilla, pero a veces la esperanza era terca y permanecía como una última, imaginaria e inútil chance. Giró la canilla y la cálida agua acarició gentilmente su piel, dándole un diminuto consuelo que ya se hacía perentorio.
Tomó el blanco jabón entre sus manos y comenzó a frotarlo con enorme ansiedad a través de todo su cuerpo. De hecho, la fuerza que ejerció lo partió en dos mitades que casi resultaron perfectas. Una pequeña prueba del ackerbond recién despertado.
Enjabonó sus pechos de niña, su mejilla, su intimidad y sus piernas. Una vez tras otra, sin detenerse, impulsada por una fuerza más allá de su razón. Quería deshacerse de la esencia de ese maldito ser que la había tocado; de esa sucia lengua desplazándose por sus mejillas y pezones; de sus dedos callosos recorriendo sus cabellos y el contorno de su figura. De su asquerosidad entrando en ella...
Siguió refregando sucesivamente, deslizando el jabón y su espuma un sinfín de veces a través de todo su cuerpo, incluso restregó tanto los lugares en donde él la había tocado, que empezó a causarse ella misma superficiales heridas en la piel. Y en las zonas donde no se lastimaba lo suficiente, se enrojeció de una forma anormal. Si continuaba de esa manera, más tarde su epidermis se terminaría descascarando como la de alguien que estuvo expuesto más de la cuenta al sol de una playa. Pero Mikasa no tenía conciencia de ello. Y en un infeliz mundo rodeado por murallas, ni siquiera sabía lo que era una playa.
Continuó las refriegas sin importale el dolor producido por la excesiva fuerza puesto en ello. Aquel dolor era la nada misma comparado al que sentía en su alma y en su dañada vagina. Frotó cada porción de su piel con frenesí y conmovedora desesperación. Intentó lanzar lejos, ¡borrar!, cada huella digital y carnal dejada en su cuerpo por aquel maldito depravado. Como si hacerse daño a sí misma pudiera borrar también sus dolorosos recuerdos. Pero, pese a sus desesperados intentos, no pudo lograrlo. La lengua de él, sus manos, la vulneración de su vagina, no se extinguían de su cabeza. Sólo el hecho de recordar esa lengua deslizándose por su mejilla, le provocó unas náuseas y un asco tremendo. Realmente tremendo. Segundos después, el recuerdo de la vil penetración empeoró algo que parecía imposible de empeorar. Producto de lo vívidas que se volvieron sus memorias, sintió profundas ganas de vomitar. Agachó su cara al sentir el turbulento remolino en su estómago, mientras el agua de la ducha se deslizaba por su espalda. Hizo el ademán de hacerlo y hubiese querido vomitar todo lo que llevaba por dentro, incluso su propio corazón para dejar de sentir tanto dolor, pero sólo logró escupir saliva mezclada con jugos gástricos de un color caquí no uniforme. Su estómago estaba vacío para lograr más que eso.
Vomitar tan poco no fue suficiente para sentirse mejor. Pero de hecho, aunque incluso pudiera vomitar su alma, tampoco serviría.
Cerró sus párpados y alzó su faz, dejando que el agua se encargara de limpiar los pegajosos restos del incompleto desahogo estomacal, que intentaban adherirse a su mentón y las comisuras de los labios.
Tomó una de las esponjas y el cepillo de baño, los cuales reemplazarían a sus propias manos. Quería deshacer, a través de todo lo que tuviera a su alcance, la inmundicia que todavía podía sentir impregnada sobre su piel. No resistía la sensación que quemaba su cavidad vaginal. ¡No lo soportaba! Quería mutilar su vagina, arrancarla de su cuerpo, acuchillarla y eviscerarla hasta deshacerla en pedazos. Nunca más sentirla, nunca más sentir en ella lo que ese maldito había hecho. Y eso era lo más doloroso de todo: que todavía podía sentirlo por dentro, que todavía podía sentir sus salvajes embestidas dañándola y causando ardientes heridas interiores. Todavía sentía a ese demonio profundamente en su interior, como si siguiera vivo y encima suyo aún, en lo más profundo de sus entrañas. ¡Y no podía librarse de esa repugnante sensación! Estaba tan arraigada, enraízada a su intimidad, que podía sentirlo inyectando asquerosa pus en su alma.
Pensó que ser mujer era lo peor del mundo. Un maleficio, una desgracia. Y quizás, en su situación, era normal que lo pensara. A sus escasos años, Mikasa no sabía todavía que muchos niños varones también eran violados y tenían que padecer el mismo horrible dolor.
Por unos momentos también sintió que, durante el resto de su vida, estaría plenamente dispuesta a odiar a todos los hombres. Que acercarse siquiera a unos metros de uno, le provocaría un enorme asco y repulsión. Y una vez más, quizás incluso habría sido normal que así le sucediera. Sólo el recuerdo de su amado padre y toda su bondad, además del niño llamado Eren, quien la había salvado arriesgando su propia vida, le hizo comprender rápidamente que no todos merecían ser juzgados por igual.
Se lavó una, y otra vez, y otra vez, con desesperación, con ansias de eliminar, borrar, difuminar, extinguir, cualquier rastro del violador en ella. Pero sabía que no podría lograrlo; sentía que lavarse sólo exteriormente de muy poco le serviría. No podría a menos que ella misma limpiara su interior. Tenía que hacerlo, no tenía más opción que hacerlo. No sabía si lo que pretendía hacer era algo bueno o malo, nunca había introducido nada allí antes, pero si sabía que necesitaba hacerlo o nunca jamás podría estar en paz consigo misma. Quería echar todo lo malo y putrefacto que sentía en su interior, aquello que sentía como un tumor cancerígeno que debía ser extraído de inmediato. Quería hurgar y sacar de esa manera la maldita toxicidad intrusa que la bestia inmunda había provocado en su interior. Esa infección ponzoñosa que sentía quemándola por dentro. Respiró profundo y cerró los ojos con fuerza. Tras ello, realizando un gran esfuerzo y apretando los dientes, intentó introducir su índice cubierto por el agua que, aunque poca y tenue, le ayudaría a purificar su interior. Pero apenas lo hizo, el ardor fue tan intenso que se vio obligada a extraer su dedo casi instantáneamente. Una máscara de genuino sufrimiento maquilló sus facciones, distorsionando la suavidad de su piel infantil y provocando arrugas tanto en su frente como en su mentón. Pudo sentir claramente que sus paredes vaginales estaban demasiado dañadas como para acometer su intención de limpiarse internamente. Sus conmovedores intentos por extraer la vomitiva ponzoña que sentía quemándola por dentro, resultaron completamente fútiles. Lloró por frustración, dolor y rabia. No quería seguir sintiendo esa aberración contaminándola por dentro, pero, por ahora, no tenía otra opción que claudicar su intención de «purificarse». No se sentía capaz ahora de introducir su dedo e intentar sacar con él todo lo malo que la corroía. No con ese dolor infernal. Pero necesitaba borrar de algún modo todo lo que ese maldito le había hecho; ¡tenía que hacerlo de alguna forma! Quería volver a intentarlo más tarde, cuando el dolor disminuyera su atroz volumen. Y si nuevamente no podía, lo haría más tarde, pero no podría estar tranquila hasta que pudiera hacer algo al respecto. No deseaba, por nada del mundo, seguir sintiéndose sucia, mancillada por ese maldito hombre. No quería seguir sintiéndose como una leprosa infectada.
Siguió enjabonándose cual enajenada, lavando su vulva una y otra vez. Estuvo un enorme tiempo duchándose sin que nadie la interrumpiera. La comprensiva empatía de la familia Jaeger le dio algo de solaz dentro de su terrible y horripilante situación.
Después de las cientos de veces —quizás incluso miles— que pasó el jabón por su cuerpo, fue el turno del champú para hacer lo mismo con sus cabellos que también fueron tocados por aquel demonio. Sólo cuando se sintió conforme con la limpieza casi sobrenatural que ejerció, decidió cerrar el grifo de la ducha.
Desplazó la cortina y notó con sorpresa todo el vapor que se había acumulado. Era tanto que casi hubiese podido enjabonarse y bañarse solamente con él. Se puso de puntillas para alcanzar la pequeña ventanilla superior y que la nube de humedad le diera tregua a la habitación. Tras un pequeño esfuerzo, logró abrirla de par en par.
Pensó que sentirse limpia la ayudaría a aminorar el dolor, pero se dio cuenta de que estuvo absolutamente equivocada. En su mente seguía pensándose sucia y mancillada, y lo seguiría pensando aunque se bañara cuarenta y ocho horas seguidas. Entonces comprendió, definitivamente, que de nada le serviría intentar extraer el veneno con su índice mojado.
Volvió a llorar al asimilar la terrible verdad, pero ya ni siquiera las lágrimas le servían como consuelo. Había llorado tanto y aún así seguía sintiendo el mismo maldito sufrimiento. Quién dijo que las lágrimas servían para desahogarse, evidentemente nunca pasó por la situación de perder a sus padres; menos por la de una violación. De lo contrario no habría dicho tamaña mentira.
Su inocencia y sus ganas de vivir habían sido completamente destrozadas; pulverizadas de raíz. ¿Podría recuperlas algún día? ¿Podría ser feliz o su vida estaría siempre marcada por el dolor?
De pronto, sus tristes pensamientos fueron interrumpidos por una voz femenina al otro lado de la puerta. Justo a tiempo; estar sólo un minuto más concentrada en lo atroz hubiera desembocado en una nueva crisis nerviosa.
—Mikasa, soy Carla, la mamá de Eren —se presentó ahora, pues con los apuros ni siquiera había tenido el tiempo de hacerlo. Y a pesar de la preocupación que la fustigaba, intentó endulzar su voz—. Yo no tengo ropa de niña porque no tengo hijas, pero te traje una blusa, un vestido y bragas de una de las hijas de mi mejor amiga. Está todo nuevo, ya que compró estas prendas hoy en la tarde. Su hija no las ha usado nunca. También te pasaré un pijama para cuando quieras dormir.
La pequeña abrió sutilmente la puerta, asomando sólo su faz y cubriendo su desnudez tras ella. —Muchas gracias —dijo antes de recibir las vestimentas.
De pronto, la voz amable de Eren se escuchó mucho más allá, desde el extremo del pasillo. —Mikasa, sé que nada de lo que te diga servirá... nada de nada. Pero quiero que sepas que siempre contarás conmigo y con mis padres. Por favor nunca lo olvides.
—Así es —lo apoyó Grisha posando una mano en el hombro de su retoño—. Tienes todo nuestro apoyo, eso no lo dudes.
Carla, frente a Mikasa, y viéndole su carita agradecida, le brindó una cariñosa sonrisa maternal como un complemento a lo dicho. Enseguida, le entregó las ropas por la puerta apenas abierta. Además de lo que le había mencionado, también agregó una toalla blanca para su uso personal.
—Gracias... Gracias de verdad.
—Fuerza, Mikasa. Tú puedes salir adelante —la animó la de mayor edad. Luego fue ella quien cerró la puerta, respetando la privacidad pueril.
La mitad asiática comenzó a secarse con la toalla, la cual tenía bordadas cuatro rosas en cada una de sus esquinas. Se tanteó los hombros para ver si todavía salía sangre producto de sus propios rasguños, pero al parecer habían cicatrizado rápidamente, quizás con una premura que iba más allá de lo normal. Cuando finalmente el agua fue aniquilada de su cuerpo, se puso las ropas traídas por Carla sin siquiera ponerles un mínimo de atención. Ni a sus colores, ni a sus modelos, ni a los detalles femeninos que las ropas de niña solían tener. Nada de aquello le interesaba.
De hecho, ya nada tenía importancia.
O eso creyó ella. Porque al terminar de vestirse si hubo algo que, para su sorpresa, si le importó. Su mirada cobró atención, enfocándose en la bufanda obsequiada. Apartó el mechón de cabello que solía caer por su frente para observarla todavía mejor. Por primera vez le prestó atención a sus pormenores: el color, el grosor y su textura. Era muy bella, pero más que eso, significativa. Nunca jamás olvidaría que aquel objeto le había brindado calor en el momento más frío y horrible de su vida.
Impulsada por algo que no supo a qué atribuir, la tomó entre sus manos y palpó su suavidad con la mejilla. Su textura casi emulaba la seda. La envolvió alrededor de su cuello y cerró los párpados; a pesar de todo el húmedo vapor que había asolado el baño, aquella bufanda no se había dado por enterada: seguía esgrimiendo una calidez excepcional. Y fue entonces, a ojos cerrados, que volvió a pensar en el niño que la había rescatado y en su hermosa familia.
Quizás, contra cualquier pronóstico y a pesar de todo, si había una pequeña luz de esperanza para ella...
Continuará.
