Analizó durante unos segundos si seguía dormida o se había despertado. El grillo que oyó a lo lejos, el olor del incienso que había quemado durante la tarde, la oscuridad profunda se mantenía abriera los ojos o los cerrara, las sábanas pegadas a su cuerpo por el sudor, y el corazón desbocado. Otra pesadilla.
Intentó recordar que había sido esta vez, y vagas imágenes se le venían a la mente. Un sol abrasador, calor, mucho calor, madera… Una pila.
No, el calor no venía del sol. La estaban quemando en la hoguera. Otra vez.
Odiaba esas pesadillas pero cada vez que se despertaba daba gracias porque sólo fuera su culpabilidad jugando con ella. No lograba comprender como los demás la habían perdonado. O más bien no habían acabado con ella, perdonar son palabras mayores.
Durante años había hecho la vida imposible a sus empleados. La empresa familiar había acabado en sus manos manteniendo el odio y el rencor que su madre tanto había sembrado. Pero ella había sido más inteligente; lo había hecho con sonrisas y poniendo a los demás como los rostros de la desdicha. Regina se había dejado llevar, había hecho sembrar el pánico en la compañía día tras día, sin permitir que nadie pensase ni obrase por sí mismo, sacando el máximo a exprimir de cada persona que allí trabajaba, buscando sus mayores limitaciones, sus trapos sucios y sus puntos débiles y aprovechándolos en todo su esplendor para que se vieran obligados a aguantar, que no pudieran dejarla sin más. Los había esclavizado.
Se incorporó en la cama, recordó los últimos meses, y cómo había dejado que aquella dichosa pero encantadora rubia le robase su juego. Había ido dando pasos de gigante sin apenas ser consciente de ello, y se había metido de lleno en aquel hueco que mantenía Regina donde algún día había estado su corazón. En aquel hoyo negro que tanto amargor le suponía.
Aquella rubia, su cisne negro. Quien creyó que acabaría con ella y su imperio, que le quitaría todo por lo que tanto luchó cuando realmente había venido a devolverle la vida. A darle la vida que nunca tuvo. La enseñó a sentir.
Caminando hacia la ducha miró el reloj de su mesita y vio que eran apenas las 4:20. Tras el viaje y sin dormir había llegado hacía unas horas y era la primera noche que volvía a su cama después de semanas. Seguía sintiéndose extraña. ¿Por qué haber vuelto no le había devuelto la tranquilidad? Todo había acabado… O eso se repetía ella constantemente.
Sentía el agua golpeando con fuerza su espalda, los mechones de su corta melena goteaban sobre su cara y sentía el frío de los azulejos en la palma de sus manos. Aquella mujer la había salvado, el día del fin de la huelga la había salvado de salir linchada por todos los demás. Se habían cansado de tanta manipulación y se habían alzado en pie de guerra contra ella. Buscaban justicia, y ésta sólo llegaría con la cabeza de la Evil Queen, como tan amablemente toda la empresa la llamaba. Emma había intercedido para evitar que todo se saliera de los cánones de lo correcto y lo lógico. Aquella muchacha siempre aparecía en su oficina con una sonrisa, su café, le deseaba un buen día, se preocupaba de pedir su comida cuando ella no recordaba que tenía estómago y le deseaba las buenas noches al marcharse. Siempre tan atenta que la sacaba de sus casillas, llegando a desubicarla cuando no sabía cómo responder a sus atenciones. Nunca nadie se había preocupado de ella. Solamente su "tan bien querida" madre había estado a su lado pero para indicarle qué debía de hacer, cómo debía de comportarse y asegurarse que cumplía lo que esperaba de ella. Nunca se había preocupado de más. Su padre, siempre de viaje, siempre fuera por negocios, solía repetirle: "No la contraríes y todo irá bien, mi pequeña manzanita". Echaba tanto de menos a su padre… No tanto así a Cora.
Secándose, volvió sus pensamientos a Emma, aquella rubia… Tanto la odió cuando hizo temblar su suelo, y tanto le debía ahora... Seis semanas sin verla y al fin la tendría frente a sí, podría volver a oler su perfume de canela, ver su sonrisa y perderse en sus dos mares, aquellos ojos que tan sabiamente hablaban sin palabras, sin gestos, sin necesidad de ningún sonido. Simplemente se perdía en ellos y se encontraba en el mejor lugar que había estado nunca.
Después de todo lo ocurrido, esperaba que ella no le retirara su sonrisa, que no dejara de velar por ella como había hecho diariamente. Nunca había sido capaz, en años a su lado, de darle un simple aliento, un "gracias", un "lo tengo en cuenta". Hoy tenía claro que quería que eso cambiara. Tenía que lograr hacerle ver todo lo que había avanzado, todo lo que había logrado y cambiado. Solo por ella.
Nunca la tendría, nunca sería suya ni besaría sus labios. Nadie se fijaría en el monstruo que había sido y seguían viendo en ella. Debía expiar culpas, pero daría a la rubia todo lo que tenía en su ser aunque no fuera correspondida.
Mirándose en el espejo, observó lo que quedaba de su anterior yo y los cambios que había habido incluso por fuera. Su expresión era menos ruda, su maquillaje más suavizado aunque sin abandonar el carmesí de sus labios y había finalmente sucumbido a su flojera visual, ahora no se resistía a llevar las gafas como antaño. Su sempiterno traje no lo cambiaría, hoy con una falda de tubo negra, con una gran abertura en la parte posterior facilitándole los movimientos y llamando las miradas. Blusa color rojo, con un sugerente escote pero sin mostrar demasiado, una chaqueta negra con detalles en el mismo color y cierre militar, doble botonera y bordados rojos. Zapatos de salón, color rojo y tacones de vértigo. Cogió su bolso, su maletín y se dirigió a la cocina, preparó el desayuno y tomó su zumo, un café negro, bien cargado con azúcar morena y tostadas integrales con aceite, sin sal, sin tomate ni agregar nada más. Comida saludable. Preparó su batido nutritivo para media mañana y miró el reloj, tenía una hora completa antes de salir de casa para llegar al trabajo con suficiente tiempo. Cogió su portátil del maletín de trabajo, lo sacó en la misma isla de la cocina donde estaba y abrió un documento en blanco. Una hora para poder sacar todos sus sentimientos y salir así lista para el trabajo. El terapeuta que comenzó a visitar le recomendó "vaciarse" de este modo antes de situaciones en las que tenía dudas si sabría gestionar sin sucumbir a la agresividad verbal o a la Evil Queen, como ella misma llamaba a su anterior yo siguiendo con el nombre que sus propios empleados le habían puesto.
Escribió todo lo que recordaba del sueño, las imágenes de aquella explanada llena de plebeyos con antorchas, palas y rastrillos en alto, gritando un "muerte a la reina" mientras ella estaba en lo alto de la pila, observando lo que la vista alcanzaba a aquella marea mortal acercándose a ella, atada, indefensa y con apenas una túnica roída, sintiendo acercarse el calor de las antorchas de sus verdugos. Respirando hondo fijó todas las sensaciones del momento que había soñado para ser capaz de plasmarlas. Cómo se había despertado en el momento que las llamas la devoraban y cómo al despertar nuevamente se sintió reviviendo y analizando todo lo ocurrido en apenas dos meses.
Miró la hora y vio que se había extendido más de lo que pretendía, estando aún en tiempo suficiente para llegar a la oficina. Salvó el documento, lo adjunto en un correo electrónico y en el cuerpo del mensaje escribió a Archie, explicándole a qué se enfrentaba hoy, que situación viviría y porqué se vio impulsada a "vaciarse". Le informó que ya salía, que leería su respuesta desde el teléfono o desde la tablet del trabajo, según como fuera yendo la mañana le llamaría o sólo le escribiría si se sentía capaz de gestionarlo.
Sentada en su mercedes, respiró profundo y encendió el equipo de música. Lo necesitaba, así que puso la primera pista, la de las urgencias "Carmina Burana - O Fortuna". Aquella inyección de energía era la confianza que necesitaba, aquella que nunca había tenido pero tantas veces había fingido frente al mundo. Tras varias, la siguiente pista la relajó un poco más, "Claro de luna - Debussy", se quedó dentro del coche una vez aparcado en el parking del edificio, esperando que terminase la pieza, con los ojos cerrados y respirando profunda y lentamente. Dejando llevar sus manos por las teclas de aquel piano imaginario. Se sentía poseída por la música, le daba igual quien pudiera verla y que pensase cuando entraba en aquel trance. La música amansaba la fiera que llevaba dentro.
Cuando la pieza terminó, bajó de su coche, cogió su maletín, cargó su bolso en el hombro, cerró con llave el coche y se dirigió al ascensor.
El día, su día. El pistoletazo de salida de su nueva vida.
Llegó a la planta y sin dirigir la mirada a nadie, con paso firme, haciendo que sus tacones rajaran el suelo y el aire al pasar, dio los buenos días a una estancia sumida en el silencio más absoluto desde el momento que el ascensor abrió sus puertas. Siguió a su oficina, inclinó la cabeza ante su secretaria como todo saludo y dirigió una tímida y pequeña sonrisa a su asistente. Su Emma.
–Buenos días, a mi despacho en cuanto pueda.- y siguió caminando ante todos los rostros de la sala sumidos en el estupor. Una vez en su despacho, cerró la puerta y se sentó en su mesa, respirando profundamente y mirando hacia el mueble bar que tantos años la había acompañado. Apenas unos segundos después, picaron a la puerta. Dio paso y Emma entró en la oficina, dejando la puerta abierta como acostumbraba a ordenar Regina.
– Buenos días Directora.- entrando con paso firme, sin titubear, con su sonrisa sincera y esperando órdenes de su jefa para anotar en su cuaderno con aquel bolígrafo que Regina tantas veces le había dicho que tirase, con aquellas plumas blancas que tan nerviosa la ponían. La morena le pidió que cerrase la puerta y en este momento la sonrisa de Emma desapareció. Cerró la puerta y se quedó esperando, sorprendida y temerosa de qué vendría. ¿Iría a regañarla por lo ocurrido el último día? –"¡No! ¡Seguro que va a despedirme!"- pensó la rubia temblorosa. Se acercó al punto en el que siempre se paraba a recibir las órdenes y esperó. Regina nuevamente la desubicó al levantarse y acercándose a ella le cedió la silla para que se sentara. Una vez así lo hizo, conteniendo la respiración, la ejecutiva volvió a su sitio.
