La chica se sorprendió por la afirmación de la morena y tras consultar en su ordenador confirmó que no había ningún error, le entregaba la llave correspondiente a la reserva de Regina Mills y su acompañante.
Emma tragó saliva de forma costosa. "Mataré a Kathryn nada más que regresemos… ¿En qué estaba pensando?".
Regina estaba conteniéndose para seguir manteniendo el control y no dejar salir a la Evil Queen, y en el momento en el que Emma vio sus puños apretados y los nudillos blancos, tomó las riendas de la situación.
–Disculpe,…- Miró la placa que la recepcionista llevaba en la solapa con su nombre -Disculpe, Mulán. Ha debido de haber algún error, porque estoy revisando en este mismo momento el email que me envía mi compañera y consta la reserva de dos habitaciones. La confusión puede ser debido a que ambas estén a nombre de Regina Mills. ¿Podría comprobarlo nuevamente, por favor?-
Una pequeña sonrisa cordial salió de la boca de Emma mientras de reojo miraba a su jefa, temiendo perdiera los nervios en cualquier momento. Tras consultarlo, visiblemente nerviosa por la situación, la chica les informó de que efectivamente había dos reservas con el mismo nombre, y debido a que lo achacaron a un error, una de ellas fue anulada y asignada a otro huésped.
Tenían la ocupación completa, por lo que no podía ofrecerles alternativa alguna, que las obsequiaba con el regalo de un circuito de spa por las molestias ocasionadas.
Los ojos de Emma se fueron fugazmente hacia su jefa y viendo que la tetera iba a perder el tapete en cualquier momento, agradeció con un asentimiento de cabeza y colocando con cuidado una mano en la espalda de Regina la incitó a alejarse de la muchacha antes de que le arrancase el corazón y sufriera una ligera pero contundente muerte.
Una vez ya en el ascensor observó cómo su morena respiraba varias veces profundamente, controlando la tensión que sentía. Y al sentirla estremecerse se dio cuenta de que aún mantenía la mano en su espalda e inconscientemente estaba acariciándola buscando tranquilizarla.
Al darse cuenta se alejó intentando disimular.
Ya frente a la puerta, fue ella quien la abrió y observó cómo su equipaje estaba sobre un pequeño banco. Echaron un vistazo a la habitación. Una cama de matrimonio, una pequeña mesa de trabajo de toque moderno con dos sillas enfrentadas, y dos mesitas, una a cada lado de la cama. A la derecha, una puerta corredera que llevaba al baño. La rubia prefirió no entrar, ya lo vería llegado el momento.
Necesitaba lograr gestionar todas las emociones que estaba sintiendo.
Se giró a mirar a Regina y se sorprendió al ver que ya no tenía furia en sus ojos ni las manos con los nudillos blancos, sino que las movía de forma nerviosa. Sus ojos huidizos no le devolvían la mirada y se sintió mal, pensando cuanto desagradaría esta situación a su morena, mientras que ella quería matar a la secretaria de su jefa y abrazarla hasta crujirle los brazos de agradecimiento al mismo tiempo.
Observó una alfombra mullida y amplia –Yo dormiré aquí, mañana encontraremos una solución.-
La morena no respondió más que con un asentimiento de cabeza, su estómago pesaba por la piedra que intentaba digerir, Emma prefería dormir en el suelo a compartir siquiera un lado de la cama con ella. Dolía. Dolía demasiado.
Cogió sus cosas y fue directamente al baño. Se dio una ducha rápida y al ir a ponerse el pijama sintió otro golpe en el estómago, ésta vez apoderándose de sus nervios. Su pijama no estaba. "¿Qué le estaba ocurriendo? ¿Tanto estaba cambiando?"
Ella, doña perfecta, la mujer de las mil listas a seguir se había dejado el pijama a la hora de hacer la maleta. Y siendo algo sin mayor importancia si tuviera su propia habitación, era lo que le faltaba para colmo de males durmiendo con Emma. Decidió ponerse la ropa que había llevado para hacer deporte y salió del baño recogiendo todo, mientras aún acababa de extender la crema que se había echado en las manos.
Emma estaba en la terraza, apoyada en la barandilla y pensó en acercarse, quien sabe si charlar un rato, pero mientras se lo pensaba y no, ella se dio la vuelta y volvió a entrar en la habitación
–He pensado que con todo el trajín del día, el viaje y el mal rato en la recepción no le apetecería bajar a cenar, así que he pedido que lo suban- la rubia no la miró, estaba nerviosa. No sabía cuál sería su reacción.
–Se lo agradezco mucho Swan, porque sinceramente ya no recordaba que aún no habíamos cenado- Se miraron unos segundos y cada una interpretó la mirada de la otra. Ambas encontraron rechazo en la mirada de dolor de la otra, pero nadie habló.
Emma entró a ducharse sin mirar atrás mientras Regina dejaba a sus ojos perderse entre sus curvas. Esperaba que al día siguiente pusieran solución a esa situación porque si no acabaría por morir de dolor o de combustión espontánea, y no tenía claro que podría con ella antes.
Sacó su ordenador y escribió a Archie. Intentó vaciarse porque sentía que todo la estaba desbordando desde que el día anterior leyera aquel correo electrónico y surgiera el viaje. Decidió hablarle de la rubia, sin entrar en muchos detalles, pero contando lo más importante para que pudiera ayudarla a enfocarse sobre cómo afrontarlo.
Estaba enfrascada escribiendo, y una perdida lágrima se le escapó al hablar del rechazo y de le provocaba.
Emma salió del baño y vio a Regina afanada escribiendo en el ordenador. Estaba de espaldas, con una pierna arriba en la silla y sentada sobre ella. Era una postura informal, totalmente normal y sin importancia en cualquier otra persona, pero precisamente en Regina le parecía sexy, que tuviera la confianza de comportarse tan natural la enternecía.
No conocía mucho sobre el interior de su jefa, pero habían convivido lo suficiente como para aun no sabiendo el porqué, conocer la existencia de esos muros que la morena ponía ante todo y ante todos.
Se movió por la habitación intentando no sacarla del trance, pero la morena se sobresaltó dando un pequeño bote. La rubia se echó a reír por lo cómico del momento, hasta que vio el rostro de su jefa, estaba llorando.
Le partió el alma y sin pensárselo dos veces, se acercó a ella y sentándose en la silla de al lado la abrazó. Regina no reaccionó hasta que sintió la voz de su rubia en el oído, apenas un susurro –Sé que sólo soy su asistente, pero siempre puede contar conmigo.-
Se alejó para mirarle a los ojos mientras le retiraba una lágrima rebelde
–siempre-.
La morena sonrió –más que sólo eso, Emma-. A la rubia se le detuvo el corazón. Escuchar su nombre en esos labios que la traían loca, con su voz…
-Yo… Em… Señorita Mills, quería disculparme por lo de hoy. Me tomé confianzas en el avión que no debía y em… Aunque llevo todo el día pretendiendo disculparme, con todo el trabajo y los temas a resolver no he podido antes- dijo de carrerilla.
La ejecutiva sonrió, como alguien con tanto poder de reacción, tan fuerte, tan capaz, tan inteligente, tan bonita… "Regina, por ahí no", era a la vez tan vulnerable y tan tímida… -Señorita Swan, no tiene nada por lo que disculparse y yo mucho que agradecerle. Sin usted le aseguro que ni el vuelo, ni el día habrían sido lo mismo. Y gracias también por haber intervenido con la recepcionista.- agachó la cabeza, avergonzada –mi autocontrol aún no está tan controlado como quisiera.-
La rubia levantó la mano, con intención de levantar su cabeza acariciando su mentón pero en ese momento tocaron a la puerta y se levantó como un resorte –Debe de ser la cena-.
Mientras Emma iba a abrir la puerta y atender al servicio de habitaciones Regina se quedó mirando el cuerpo de su rubia, el pijama que llevaba era corto, demasiado corto para lo que sus ojos podían resistir, de color naranja clarito y en conjunto una camisa de botones y manga corta.
Salió de su trance al verla acercarse a ella de nuevo, dio rápidamente a enviar el correo que había escrito y cerró el portátil dando por finalizada la jornada.
Colocaron sobre la mesa los platos y la comida. Emma había pedido para ella una hamburguesa con patatas mientras que para la morena había brócoli ahumado con pescado a la plancha acompañado de ensalada.
Regina no pudo evitar una sonrisa de lado mientras servía la comida, la rubia vio el gesto –supuse no querría una hamburguesa con patatas, sé cuánto se cuida- y apenas en un susurro, más bien como un pensamiento en voz alta… -y no querría ser la culpable de romper semejante figura-
La morena la miró con una media sonrisa y una ceja levantada, y al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, centro toda su atención en la hamburguesa y se hizo la desentendida.
–La que no comprende cómo tiene esa figura comiendo como come, soy yo- La rubia se atragantó y dio un trago de agua, intentando recuperar la respiración, una vez pasado el mal rato, Regina no pudo evitar pensar en que había logrado ponerla nerviosa, sintiéndose malvada por alegrarse.
La cena corrió entre comentarios sobre el trabajo y ambas disfrutaron de una cena agradable. Al terminar, llamaron al servicio de habitaciones para que se llevase el carrito y se quedaron con la botella de vino y las copas, saliendo al balcón a disfrutar el último momento antes de irse a dormir. La rubia no pudo evitar sentirse expuesta, ya que ella estaba en pijama y su jefa vestía ropa de deporte. El frío de la noche la hizo cruzar los brazos a lo que su morena reaccionó entrando en la habitación y cogiendo la mantita que había doblada sobre la cama para salir nuevamente y ponérsela sobre los hombros.
En ese momento Regina no pudo evitar desviar la mirada hacia el pecho de su asistente. Se percató de que no llevaba sujetador debajo del pijama y algo se formó en su estómago, nada que ver con la piedra que sentía hacía unas horas.
Siguieron charlando y tras un par de copas más decidieron irse a dormir. La morena ejecutó su idea tal cual la planteó. Paso primero al servicio para lavarse los dientes y cuando Emma entró ella se acostó sobre la alfombra, utilizando la mantita que la rubia había tenido sobre sus hombros.
Inconscientemente no pudo evitar olerla y notar el aroma a canela, sonrió y recordó el momento que ella había olido su chaqueta. Justo en ese momento Emma salió del baño y se cruzó de brazos, pretendiendo parecer enfadada para así mostrar su desacuerdo con la jugada de su jefa, pero lo que no sabía es que la otra estaba demasiado ocupada intentando no embelesarse con lo que sus ojos veían como para que tuviera opción a salirse con la suya.
–No voy a permitir que duerma en el suelo. Señorita Mills, haga el favor de acostarse en la cama- Regina seguía demasiado ocupada como para escucharla. La miraba, pero ni siquiera la oía. Se había soltado el pelo y la pequeña luz que entraba por la terraza provocaba algunas sombras en su rostro que le daban un toque de misterio.
–Regina, al menos acepte que compartamos la cama, es suficientemente grande como para las dos.- La actitud de Emma dejaba ver que estaba más nerviosa que molesta, la morena eso si lo escuchó y la miró a los ojos –Por favor- y cómo no hacer caso a esos ojos… Y ese por favor de voz dulce.
Se incorporó y la rubia se fijó en que seguía con la ropa de deporte, ya sentada en la cama observó cómo Regina se acostaba tal cual estaba vestida. La morena se dio cuenta de la pregunta no hecha y sentándose a su lado se ruborizó
–resulta que olvidé mi pijama, parece que hasta en eso he dejado de ser yo- le echó una mirada furtiva haciendo ver su vergüenza, y la rubia sonrió. Se levantó y sacó de su maleta otro pijama. Éste era de color negro con cisnes en color blanco, pero de manga y pantalón largos –siempre viajo con largo y corto, ya que en los hoteles nunca se sabe con el aire acondicionado y la calefacción- se justificó encogiéndose de hombros.
Regina sonrió ampliamente, por el detalle y por lo inocente que parecía su rubia justificándose así. Lo aceptó levantándose y fue al baño a ponérselo. Cuando volvió a la cama se respiraba un ambiente tenso
-Le queda bien- intentando relajar el clima. Lo cierto era que le quedaba más bien justo.
–Emma, vamos a compartir cama, y después de todos estos años y de todo lo que has hecho por mi creo que podemos tutearnos. Al menos fuera del trabajo- y le guiñó un ojo.
La rubia sonrió y tras tumbarse susurró –buenas noches, Regina-
-Buenas noches, Emma-.
Apagaron la luz y ambas se quedaron largo rato en posición inamovible, temiendo tocar o rozar a la otra en algún movimiento, hasta que el sueño las venció.
