Abrió los ojos repentinamente, con la respiración acelerada y sudando; cerró los ojos nuevamente, la luz que entraba por la enorme ventana del balcón la enceguecía. Una mujer alta y de piel tostada corría cada una de las cortinas de la enorme habitación para iluminarla. La mujer la observó un momento y le sonrió.

-Buenos días, princesa—saludó mientras colocaba una barra de jabón junto a la bañera de porcelana—debe darse prisa. Hoy su padre ha accedido a hablar con usted.

La princesa asintió, insegura del significado de aquellas palabras. Observó los tapices de la habitación con insignias de la familia real, no era muy aficionada de la decoración de su habitación. Se levantó y caminó por la habitación cerca de la bañera. Observó los retratos que estaban sobre una tela roja de bordados dorados sobre la tibia chimenea de piedra. Una rubia ceja se levantó al observar una foto de su madre. Estuvo tan inmersa en sus memorias que dio un saltito cuando la mujer le sacó el camisón de seda.

A su niñera le pareció inusual la timidez de la princesa y diciendo que debía ser el calor del verano, la empujó hasta la bañera. Zelda se tumbó, disfrutando de la sensación del agua fresca en su cuerpo cálido. Observó a la mujer que preparaba el juego de té en la mesita junto al balcón; vestía un conjunto extraño. Su cabello plateado estaba completamente recogido a excepción de unos cabellos rebeldes que escapaban de su agarre en el flequillo.

-Impa...—la mujer dejó de hacer sus deberes para observarla.

-Estás muy extraña hoy, princesa—dijo mientras le acercaba una toalla—apresúrate, estaré esperando afuera.

Zelda se secó el cuerpo y se dirigió instintivamente al armario. Tocó las suaves telas de sus finos vestidos y de pronto se sintió nostálgica. Sacudió la cabeza para alejar la sensación y tomó un vestido de seda rosa con bordados dorados. Se recogió el cabello con una media coleta y observó la tiara sobre el cojín de terciopelo en el tocador. Las puntas de sus dedos delinearon el contorno de objeto, pero al final decidió no ponérsela.

Se miró en el espejo de cuerpo completo con marco de plata y su silueta le pareció extraña. El vestido le quedaba perfecto aunque tenía la sensación de que se había encogido.

Se calzó las zapatillas y salió al enorme pasillo con la alfombra roja. Caminó instintivamente hasta la habitación de su padre y les dirigió una mirada a los guardias que custodiaban la puerta de la alcoba real. Impa les explicó que el rey había solicitado ver a la princesa y ambos asintieron abriendo la puerta y cerrándola una vez que ella estuvo adentro.

Caminó hasta la enorme cama en medio de la ostentosa habitación y se sentó junto al débil cuerpo de su padre. Pudo ver cómo se le iluminaban los ojos al verla a pesar de su cara arrugada y cansada por la enfermedad.

-Zelda...—dijo débil. La niña acarició el rostro de su padre.

-Hola... padre—saludó tímidamente.

-No.…no lo hagas—la mueca de dolor en su cara alarmó a la princesa—Lo he escuchado todo—tosió—No debes casarte con ese hombre.

-Pa...papá...—la princesa parpadeó atónita—yo...—se aclaró la garganta para evitar que le temblara la voz—debo hacerlo—dijo con toda la seguridad que fue capaz de fingir.

Aunque la joven princesa trataba de convencer a su padre enfermo de que no debía hablar por su bien, el rey no hizo caso a la petición de su hija. Entre la tos que difícilmente le permitía respirar y el esfuerzo sobre humano que parecía implicar hablar en su condición, le contó a su hija que se había enterado de que el hombre con el que había insistido en casarse la había convencido asegurándole que contaba con un misterioso poder curativo que le permitiría al rey recuperarse de su fatal enfermedad.

Sacudió la cabeza y curvó la boca en un intento por sonreír. Después le aseguró que, si morir era uno de los designios de la diosa, entonces aceptaba su destino con los brazos abiertos.

-Jamás debes intervenir en los mandatos de las Diosas, hija. Ellas saben qué es lo mejor para nosotros…—dijo.

La princesa abrió la boca para negarlo, pero después la cerró pues no encontraba las palabras convenientes para la ocasión. Era verdad, todo era cierto, Ganondorf debía ser al menos unos diez años más grande. El hombre de cabello rojizo y ojos ambarinos con aire misterioso no era muy apreciado en el castillo. El rey gerudo destinado a liderar a las mujeres de su aldea, desde muy joven había manifestado su deseo de pertenecer a la corte y ser uno de los más allegados al rey de Hyrule. Lo había conseguido, el rey confiaba ciegamente en él hasta que una persona, aun más cercana a él y de quien no quiso revelar el nombre descubrió sus verdaderas intenciones y se las hizo saber.

La princesa se había encontrado con él un día mientras cuidaba de su rosal en el jardín, no le daba buena espina, pero el hombre se acercó a ella, ofreciendo solución al problema de su padre a cambio de su mano en matrimonio. Zelda se negó en el acto, pero, tras ver el deterioro en la salud de su padre con el pasar de los días, aceptó con valentía. Convenció a todo mundo de que estaba realmente enamorada del hombre e incluso amenazó con escaparse del castillo asegurando que nunca se casaría con alguien que no fuera él. El rey decidió complacer a su hija, así que aceptó y le puso fecha al matrimonio.

-Esto no es tu culpa…—dijo su padre con los ojos cerrados. Zelda besó la frente del rey cariñosamente y le sonrió.

En los pasillos custodiados por los guardias reales, se podía ver a la princesa mientras caminaba sin ningún destino en específico, absorta en sus pensamientos. Su padre tenía razón, por más que quisiera evitar lo inevitable, debía ver más allá de sus propios deseos; ella era la futura reina ¿Cómo se había enterado aquel hombre de que la familia real conocía la ubicación de la trifuerza? Tras la muerte del rey heredaría el trono, no se necesitaba ser muy inteligente para ver las intenciones de aquel hombre.

Debía volverse más fuerte para defender el reino por el que sus ancestros habían hecho lo propio. Miró sus manos y se dio cuenta de que en su condición actual no sería capaz ni de defenderse ella misma. Suspiró con pesadez, las cosas podrían haber sido diferentes si tan solo fuera capaz de dominar sus poderes. Juntó las manos como si fuera a rezar y las separó lentamente a poca distancia una de la otra. Una corriente de aire agitó su cabello y en el espacio entre sus manos se formó una esfera de fuego.

Se detuvo frente al rosal que solía cuidar como pasatiempo. En cuclillas se encontraba una persona que usaba la armadura de los soldados, como también usaba el casco, no estuvo segura de sí se trataba de un hombre una mujer; al parecer estaba hablando con las flores. Ella sonrió, aclarándose la garganta. El soldado observó la pequeña llama entre las manos de la joven y de pronto pareció recordar en presencia de quién se encontraba y bajó la cabeza frente a ella.

La princesa arqueó una ceja y miró el rosal, la llama entre sus manos desapareció.

-Está bien—dijo la princesa—si tanto te gustan mis flores puedes llevarte algunas.

-Eso es muy generoso de tu parte, princesa—comentó Impa, acercándose al lugar. Sus ojos se encontraron con los ojos carmesí de su niñera que se había parado junto al soldado—Hace tiempo que mi hijo encuentra fascinantes tus flores—dijo tocándole el hombro al joven para que se levantara.

La princesa la miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Había escuchado a Impa hablar de su hijo con orgullo, pero nunca había tenido el placer de conocer al famoso soldado. Su vista se posó en el casco del joven, tratando de imaginar cuál sería su apariencia. Zelda se sonrojó al darse cuenta de que lo había estado mirando más de la cuenta.

A la mañana siguiente el rey convocó al hombre para hacerle saber su decisión final. Ganondorf no se tomó muy bien la nueva noticia, así que intentó convencer a la princesa de recapacitar con un sin fin de argumentos acerca del irreemplazable amor de un padre. Incluso intentó hacerla sentir culpable de la enfermedad de su padre. Era cierto, por su culpa su padre había enfermado. Un día, mientras le mostraba a su padre lo que había aprendido a hacer con su magia lo lastimó y le provocó heridas que fueron empeorando hasta dejarlo en la situación actual. Había intentado ayudarlo con toda clase de magia y sanadores sin éxito. Incluso sabiendo que era su culpa, ella había visto la verdad detrás de los actos de aquel hombre y se mantuvo firme cuando le aseguró que no abría matrimonio.

El día en que la princesa daría a conocer públicamente que su boda con el hombre se cancelaría, fue el mismo día en el que su padre había dejado de existir. Olvidó todos los asuntos que requerían su atención y se dedicó a llorar su pérdida durante tres días.

No había salido de la habitación durante ese tiempo, no había comido, ni dormido, sólo pensaba y revivía sus recuerdos una y otra vez en su cabeza. Aunque le hubiera gustado tomarse unos días más, era consciente de que el rey ya no estaba y ahora debía ser ella quien tomara las decisiones importantes.

Observó la tapa de plata sobre la mesita del desayuno junto al balcón. Arqueó una ceja y la levantó con curiosidad. Abrió los ojos sorprendida al encontrarse con una sorprendente cantidad de sus dulces favoritos y sonrió, agradeciendo el intento de su niñera por animarla.

-Me parece que este es el último—dijo la princesa pinchando un trozo de pastel de chocolate amargo con el tenedor de plata.

Impa sonrió mientras servía más té caliente en la tacita de la princesa. Zelda observaba la chimenea con aire ausente hasta que uno de los guardias abrió la puerta de su habitación sin llamar antes. La niñera lo miró con reproche y el hombre se limitó a comunicar el mensaje que le habían encomendado. En el salón del trono esperaba el primer ministro, quien se encargaría de asignar o revocar de sus nombramientos a algunas personas según la última voluntad del rey.

A la princesa Zelda le pareció extraño que cinco hombres de la guardia real la estuvieran esperando afuera de su habitación para escoltarla hasta el salón del trono, pero no dijo nada y se encaminó en silencio hasta el lugar. Se preocupó cuando no vio a su niñera cerca.

Los guardias que custodiaban la entrada al salón del trono la observaron con curiosidad y cuando entró sintió la penetrante mirada de todos los miembros de la corte ¿qué estaba pasando? Caminó a lo largo de la alfombra roja hasta el trono del rey, el ministro se encontraba a la derecha del trono con un largo pergamino entre sus manos huesudas y arrugadas. Se trataba de un viejo cascarrabias, notoriamente encogido por la edad. Zelda no estaba segura de cuántos años tendría, él ya era ministro desde que ella podía recordar. El viejo le dedicó una mirada acusadora, se aclaró la garganta y procedió a leer el documento:

Es mucho mi pesar al darme cuenta de que estoy a punto de dejarlos, mi querida gente. Mi único remordimiento es que ya no estaré ahí para velar por ustedes ni por el reino. Es por eso que, con todo el dolor de mi corazón, me atrevo a responsabilizar a la princesa de mis heridas mortales. Es mi deseo que su título sea revocado y sea ella juzgada como se crea conveniente y es su lugar, como mi legítimo sucesor….

Zelda sintió que le faltaba el aire y cayó de rodillas sobre la alfombra roja. La voz del viejo sonaba lejana para ella y sus palabras carecían de sentido alguno. La gente murmuraba cosas desagradables que sólo agravaban el dolor de la princesa. Antes de que el ministro pudiera continuar leyendo, una explosión hizo volar la puerta del salón del trono. Los guardias mostraron sus armas, Impa y algunos de sus hombres irrumpieron en el lugar con violencia. La niñera se apresuró a tomar a la ausente princesa y corrió con ella en brazos mientras sus hombres distraían a los guardias.

La gente corría por todos lados para ponerse a salvo del inesperado enfrentamiento, Impa bajó a la princesa tomando su cara con ambas manos para hacerla volver en sí.

-¡Corre! –ordenó. La princesa parpadeó sin moverse ni un centímetro—¡Ahora!

Zelda asintió y corrió torpemente a lo largo del pasillo que daba al jardín. Miró hacia atrás, Impa asintió y regresó al salón del trono. La princesa giró a la derecha, casi al final del pasillo y se detuvo repentinamente cuando una mano cubrió su boca y otra la tomó por la cintura, apresándola. Se retorció y pataleó cuanto le fue posible; si ya había sido capturada al menos debía hacerles el proceso difícil. La mano hizo más presión sobre su boca y abrió los ojos después de escuchar un siseo. Estaba en una esquina oscura, tras un enorme tapiz azul con la insignia de la familia real. Podía sentir la fría armadura del soldado que la apresaba en su espalda. Un grupo de soldados se desplegaban en el pasillo, hubiera sido capturada de haber seguido ese camino.

-Tranquila, Impa me ha enviado—susurró una voz desconocida en su oreja. Sintió que la fuerza con la que era sostenida disminuía y se giró para encontrarse con un soldado. Ya había visto esa armadura antes, debía ser el hijo de Impa. Pensó que no había tenido la cortesía de preguntar su nombre antes. Al ver que se había tranquilizado, el hombre la asió del codo y la condujo hasta una puerta que conducía a las praderas de Hyrule.

Ahí se encontraba un joven, no le dio mucha importancia a su apariencia, pero por sus ropas debía tratarse de un aldeano común y corriente. El hijo de Impa le colocó una capa de viaje oscura que limitaba su visión y le entregó una alforja. Le hizo una seña al joven con la cabeza y él asintió, entendiendo el mensaje.

-Impa los encontrara en el camino, alteza—dijo mirando en dirección al pasillo del castillo—todo estará bien—prometió sonriendo.

-¡Ahora! —ordenó al soldado montado en el caballo, despertando a la princesa de su trance. El joven le extendió la mano para ayudarla a subir.

La princesa miraba al soldado volver al castillo mientras se alejaba abrazada del cuerpo del aldeano.

-¿A dónde vamos? –preguntó después de horas de cabalgar.

-A algún lugar en donde esté segura, alteza.

-¿Y dónde sería eso?

-Bueno... siendo sincero, aún no lo sé—dijo con un tono de duda, sin apartar la vista del camino—mientras más lejos, mejor.

-¡Tonterías! –vociferó irritada—debo volver y enfrentar los cargos. Es cierto, todo ha sido mi culpa. Yo he privado a nuestro reino de un monarca tan benevolente como mi padre. Debo ser ejecutada tal y como era su voluntad.

Irritada por la situación la princesa saltó del caballo aun en movimiento, el joven asió las riendas para hacer que el animal se detuviera.

-Sube al caballo, Zelda—la princesa se giró para encontrarse con su niñera, tenía los brazos cruzados y la mirada seria, aparentemente negada a la negociación.

-¡Debo volver!

-Por su puesto que no, si vuelves serás ejecutada—dijo sin relajar la postura—eres la única persona con sangre de la realeza. Si tú mueres, entonces todo estará perdido.

La princesa la miró con ojos entrecerrados. No comprendía sus palabras, ella sabía mejor que nadie que todo era verdad, había estado ahí cuando no pudo controlar sus poderes y su padre había sufrido las consecuencias.

-Lamento que tenga que ser de esta manera, princesa—Impa se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Zelda sintió que todas las lágrimas que había estado conteniendo escaparon violentamente de sus ojos. La niñera acarició la cabeza de la princesa y ella se desvaneció entre sus brazos. La subió nuevamente al caballo y miró al joven de cabello oscuro.

-Me encargaré de solucionar todo aquí, por favor cuida de ella hasta entonces.

El joven asintió y clavó los talones en las costillas del animal, alejándose con dirección desconocida. Impa los observó hasta que desaparecieron en el camino y suspiró, rogándole a las diosas que cuidaran de la niña.