Zelda se tocó la cabeza mientras hacía una mueca de dolor, su siguiente recuerdo era el lago de Frewynd. Se levantó de su banquillo, maldiciendo por lo bajo y claramente fastidiada. Al volver a la cama se encontró con su tímida amiga, sostenía una bandeja de madera con un tazón avena, desvió la mirada y su cuerpo se tensó.
-¿Estas ocupado? –la rubia sonrió.
-No, solo recordaba otros tiempos.
-Escuché de Finnian que deben partir ¿Eres una delincuente, Zelda? –Sonrió curiosa, después hizo una mueca.
-¿Tú qué crees, Effie? –Negó enérgicamente mientras seguía sonriendo. Colocó la bandeja en la pequeña mesita junto al fuego y se giró nuevamente frente a Zelda.
-No encajas con la descripción de una… -Dijo mirando a el aspecto desarreglado de su amiga—aunque con tu carácter y tu aspecto sólo te faltaría un arma—sonrió de oreja a oreja—Finnian no ha querido contarme los detalles, pero, por lo que si me pudo contar deduzco que eres una persona muy importante.
Zelda sonrió ante el comentario, no podía esperar menos de Effie, ella siempre había sido muy lista y conocía muy bien sus dotes de investigadora. De pronto volvió a sentirse tranquila, los últimos días habían sido muy largos y estaba exhausta de descubrir que cada vez había más preguntas y menos respuestas. No dijo nada, sólo asintió sonriendo. Vio cómo los ojos de su amiga se abrieron al confirmar su sospecha.
-Alguna vez lo fui…pero no ahora, no. Solo soy la barista de tu café. Aunque ahora no seré ni siquiera eso.
-¿En serio? Hmm... déjame adivinar entonces ¿fuiste alguna noble? ¿desempeñaste algún cargo importante? ¿comerciante? ¿científica? —la rubia negó con una sonrisa en la cara.
-Hace mucho tiempo fui la princesa heredera—Los ojos de Effie se dilataron de la sorpresa y solo unos segundos después se dio cuenta de que también tenía la boca abierta. Effie parecía ansiosa por saber los detalles, Zelda asintió sonriendo enternecida por la naturaleza despreocupada de su amiga—¡Vaya! ¿Visitaste el castillo de Hyrule? –Suspiró dramáticamente con mirada soñadora.
Zelda apretó los dientes, tratando de no reírse de las ocurrencias de su amiga y durante la siguiente hora se dedicó a contarle con lujo de detalle acerca de la vida en el castillo. Le contó cómo se despertaba temprano para tomar clases con los mejores tutores del reino en la biblioteca del castillo: historia, matemáticas, política, dos idiomas más que Effie no comprendió bien y magia eran su pan de cada día. Los fines de semana, la procesión de los aldeanos se hacía presente en el castillo; algunos ofrecían regalos a su padre, otros se quejaban de problemas con el ganado o los cultivos. Alguno que otro se quejaba de su vecino o patrón. Comentó que siempre le había parecido graciosa la cara de seriedad que su padre ponía al escuchar semejantes ocurrencias, él no tenía permitido reírse de los problemas que aquejaban a sus ciudadanos, pero eso no evitaba que ella lo hiciera escondida tras las enormes columnas en el salón del trono.
-Dulce Nayru… ¡lo que yo haría si tuviera sirvientes que se encargaran de atender mis necesidades! —se tumbó dramáticamente sobre la cama, soñando con una vida que jamás ocurriría—todo suena como un sueño ¿qué ha pasado? ¿por qué has decidido dejarlo todo atrás para vivir en este agujero? La gente nace y muere aquí, pocos son los privilegiados que se atreven a salir de este lugar, como Finnian –Effie estaba tan absorta en la bella imagen de su cabeza que Zelda había logrado proyectar perfectamente, que no se dio cuenta cuando abrió la boca para hacer una pregunta que pensó no debía hacerse. Se maldijo mentalmente, pero Zelda sólo se limitó a encogerse de hombros, con expresión cansada.
-Fui acusada de asesinato—dijo recordando al viejo ministro en el salón del trono—y escapé antes de recibir mi sentencia.
Nada más se dijo, las cosas que Zelda había hecho en el pasado, no cambiaban el hecho de que era su mejor amiga y le daría su apoyo hasta el final, tal y como Finnian lo estaba haciendo.
-¡Finnian! –Zelda estaba de pie, junto a la titilante luz de una vela. Effie se despertó de inmediato, alertada por el grito de su amiga, no supo en qué momento se había quedado dormida. Miró por la ventana, no había amanecido aún. El joven entró apresurado a la habitación con espada en mano. Su cara se tornó roja al ver a la mujer, quien sólo vestía un camisón de dormir inconvenientemente transparente. Finnian desvió la mirada, avergonzado. –Has dicho antes que eras amigo de la infancia de Link, ¿no? –El joven asintió sin mirarla, aún incómodo—Dime qué ha recibido a cambio de venderme.
Finnian volvió a mirarla con ojos sorprendidos, ignorando su vergüenza.
-Estas equivocada, no ha sido Link quien trajo a esos hombres. Él jamás haría algo así–Dijo tratando de recuperar la compostura. Zelda estaba decidida a conseguir la verdad, aunque fuera a la mala, ya había perdido la paciencia.
-¡Deja de jugar! Nunca le conté a nadie acerca de mi pasado–El joven no contestó—¿cómo has podido saberlo? Y ¿por qué Link ha desaparecido de repente?
Finnian bajó la cabeza.
-Link no tiene nada que ver, ha sido una desafortunada casualidad que esos hombres hayan aparecido el mismo día que planeaba renunciar—apretó los puños a sus costados, sin levantar la mirada. Tomó aire y después lo soltó—Zelda, yo… yo siempre he sabido que tú eras la princesa.
-¿Cómo…? ¿Link sabía acerca de esto? –preguntó Effie.
-¿Tu también lo sabías? -preguntó la rubia con ojos de sorpresa.
-Si... es una historia que planeaba contarte en el camino... Link únicamente ha venido para conocer… -se aclaró la garganta—para conocer Frewynd. La situación de Hyrule es preocupante así que ha vuelto para cuidar de su madre, lo más probable es que esté en Castle Town en estos momentos—La joven arqueó una ceja, Link no había mencionado nada de regresar a Hyrule. Link había sido amable con ella, escuchaba cada tontería que ella tenía para decir sin protestar y a cambio le ofrecía una tonta sonrisa despreocupada que al principio le molestaba, pero después encontró consoladora.
-¿Y cuál es la situación en Hyrule? –preguntó, sentándose sobre la cama junto a Effie.
-Una bastante mala.
Zelda cruzó las piernas y fijó la vista en la puerta de entrada, imaginando el rostro preocupado de su nuevo amigo.
-Ese tonto pastelero… debió decirme… -masculló—tal vez se dio cuenta de que no puedo hacer mucho. Soy una fugitiva.
-Todo está listo para partir Zelda, debemos alejarnos de aquí tanto como nos sea posible.
-Espero que hayas conseguido los mejores caballos, Finnian, porque no sé qué es lo que nos espera en Hyrule, pero debo asegurarme de que el sucesor que mi padre designó este haciendo un trabajo ejemplar y corregirlo de no ser así.
-¡No! Tengo ordenes de llevarte lejos, el nuevo rey está buscando desesperadamente la trifuerza, si llegara a encontrarte no estoy seguro de qué podría hacerte para obtener la información y todo habrá sido en vano—Dijo Finnian preocupado.
-Ya no soy una princesa, Finnian por eso te lo estoy pidiendo como una amiga. Llévame a Castle Town, ya he huido lo suficiente. Si Link no se siente seguro de dejar a su familia en ese lugar, imagina el resto de las personas en Hyrule.
-¿Qué debería empacar? –Preguntó Effie mientras miraba a su amiga guardar ropa en el pequeño baúl. Zelda la miró, confundida—¿crees que te dejaré ir sola al lugar del que saliste huyendo? –La rubia sonrió, agradeciendo la compañía que Effie le ofrecería en su viaje—Estoy segura de que todo saldrá bien, Zelda.
Zelda recogió su cabello en una coleta con una cinta negra y subió al caballo, nerviosa. Temía volver a Hyrule, pero temía aún más por la seguridad de su gente ¿qué haría si no llegaban a tiempo? El panorama que Finnian le había descrito no pintaba nada bien. Por otra parte, también deseaba poder ayudar a Link y a su familia. Miró el café con sonrisa nostálgica, había sido su hogar por cinco años, ahí había sanado sus heridas y sintió algo de pena pues en el fondo, sabía que jamás volvería a ese lugar. Tomó aire y se fue seguida de Finnian y Effie quienes compartían el mismo caballo.
Al pasar por las fronteras de Frewynd, los jóvenes recibieron miradas de reproche y desaprobación de aquellos que se encargaban de custodiar la villa. Aunque a nadie se le negaba la salida, por la forma en la que eran educados, era mal visto que alguien se animara a hacerlo.
Las primeras horas del viaje fueron incómodas, aunado al horrible calor del desierto, Zelda parecía ausente y los demás no parecían animarse a decir palabra alguna. Zelda no podía ocultar la angustia que sentía de volver, todas las palabras de odio y desaprobación que había recibido en el salón del trono resonaban en su cabeza una y otra vez.
Viajaron por casi una semanas, deteniéndose únicamente para que los caballos descansaran. Finnian y Effie lucían exhaustos, sin embargo, Zelda lucía aún peor. Estaba hecha un manojo de nervios y ninguno de sus acompañantes se atrevía a hablar mucho. Finalmente, preocupado por ambas mujeres, Finnian reunió el valor para sugerir que se detuvieran un momento a descansar; argumentando que no faltaba mucho para alcanzar su destino. Zelda quiso protestar, pero cerró la boca y asintió, renuente. Pese a la situación, estaba muy consciente que, si los caballos no descansaban apropiadamente, morirían de agotamiento antes de poder llegar a Castle Town. Además, sus compañeros no habían dormido bien en días y no estaba segura de qué tanto habían mejorado las heridas de su amigo.
Las enormes copas de los árboles y la vegetación húmeda y verde hacían evidente el hecho de que se encontraban en algún bosque. Finnian se ofreció a recolectar leña para encender una fogata y mantenerse calientes en caso de que las temperaturas descendieran por la noche. Zelda se dejó caer en el suelo, pensativa, Effie se sentó junto a ella.
Effie y Finnian hablaban enérgicamente mientras la carne del venado que habían cazado se rostizaba en el fuego. Zelda no se sentía de humor como para conversar y, argumentando que debía de hacer ciertas necesidades, se levantó. Se alejó lo suficiente como para no levantar sospechas. Ya estaba oscuro, pero incluso ella estaba consciente de que no era una buena compañía en ese momento. La noche era oscura y fresca, se colocó la capucha de la vieja y gastada capa para amenizar el frío y se infiltró aún más en las profundidades del bosque.
No había tenido la oportunidad de asearse como era debido, así que cuando vio el pequeño manantial frente a ella, les agradeció a las diosas infinitamente. Pese al frío, se lavó la cara y bebió un poco de agua. Se le ocurrió que sería una buena idea informar de su hallazgo a sus amigos, para que todos pudieran saciar su sed y continuar el viaje por la mañana. Giró sobre sus talones y miró hacía el camino por el que había llegado. Estuvo tan absorta en sus pensamientos mientras caminaba, que no recordaba por cuánto tiempo había caminado o cuánta distancia había recorrido para llegar hasta ese lugar. Suspiró con pesadez, resolviendo que debía averiguarlo nuevamente. Apenas avanzó unos cuatro pasos cuando unos brazos fuertes la apresaron y sintió la punta amenazante de una daga en su cuello. Entonces, de entre los árboles salieron al menos tres hombres más. A pesar de la oscuridad que proporcionaba la noche, pudo ver lo suficiente en sus vestimentas para saber que se trataba de un grupo de soldados Hylian. Se preguntó qué tan cerca estarían de Hyrule. Finnian no había comentado nada, o tal vez lo había hecho, pero no le había prestado atención. Se lo merecía, por descuidada. Pensó en luchar contra los tres hombres, tenía una daga en los pantalones bajo la capa, tal vez tendría una oportunidad si lograba liberarse del abrazo de su captor. Se retorció entre sus brazos, pero no logró. No podía creer que hubiera sido capturada tan fácilmente, todo lo que Impa y Finnian habían hecho para mantenerla con vida había sido en vano.
