NADA DE ESTO ME PERTENECE, ES DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
¡Hola a todos!
Lo siento, sé que les dije que publicaría ayer, la verdad es que tenía terminado el capítulo pero entre el trabajo y la escuela no pude hacerme de tiempo, hoy en la mañana me di una escapadita de las prácticas para poder publicárselos =D
Gracias por los comentarios, los favoritos y las alertas. No tengo mucho tiempo para escribirles así que les dejo para que lean =D
Reviews:
Bureinzu: Pues tienes en razón en parte jeje, el "awww" falta todavía para que llegue c:
Guest: ¡a la orden!
ChopinThoughts: jejeje disculpa, ya expliqué porqué tarde en actualizar, espero que este capítulo también sea de tu agrado c:
NOTA.-Recuerden que en este fic Nick tiene una hermana menor, llamada Rei, y una tía por lado materno llamada Emma.
Capítulo 4
Las heridas abiertas
When your day is long
And the night
The night is yours alone
When you're sure you've had enough
Of this life
Well hang on
Don't let yourself go
'Cause everybody cries
And everybody hurts sometimes
(Cuando tu día es largo
Y la noche
La noche es para ti solo
Cuando estés seguro de que has tenido suficiente
De esta vida
Bueno aguanta
No te dejes caer
Porque todo el mundo llora
Y todo el mundo lastima a veces)
~"Everybody hurts" by R.E.M.
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Zootopia, 30 años atrás.
—Vaya, vaya… si son mis cocodrilos favoritos.
Mark e Iván se tensaron cuando Zar, escoltado por sus leones, los saludó con esa pedante sonrisa tan característica suya.
—¿Qué quieres?
—Quisiera saber el motivo de su traición—su voz sonaba exageradamente fingida—¿Con permiso de quién están vendiendo esa droga extraña ahí en la Sabana? Ésta no es la manera en que funcionan los negocios.
—La Sabana no es territorio de nadie.—siseó Iván.
Todos lo sabían, el Distrito Sabana era un territorio neutral, el único recoveco neutral de todos los distritos de Zootopia. Por eso ahí había mucho vandalismo, los pequeños grupos peleaban entre sí por cuadras enteras ya que no le debían cuentas a nadie, de ahí que los cocodrilos empezaran la venta de sus drogas en esas extrañas y peligrosas calles.
—Técnicamente es cierto, pero díganme ¿quién los apadrina?—continuó Zar, sabiendo que ellos tenían razón, pero sin dárselas—Sin padrino, ¿con qué derecho se meten en el mercado negro?—era el argumento más pobre que hubiera escuchado, pero al menos dio uno.
—¡Te habíamos buscado antes! te ofrecimos nuestra mercancía, y la rechazaste ¿qué debíamos hacer? ¿acudir a alguien más y que nos cortaran la cabeza? No, gracias.—Mark le hizo una señal a Iván para que contuviera más su tono.
—Podíamos vender por nuestra cuenta.—agregó Mark, hablando con mayor calma, tanteando la posibilidad de un arreglo.
Pero era demasiado tarde, Zar ya estaba indignado.
—Ustedes no tienen potestad para decidir eso.—gruñó, y sus leones gruñeron con él.
Ese intento de intimidación quebró la última capa de paciencia que tenía Iván, quien gritó molesto.
—¡A nadie molesta nuestros asuntos! Nuestras ventas no les perjudican en nada.
—¡Ustedes no pueden decidir eso! Ya veo que no saben cómo funcionan las cosas aquí, y por eso, llevarán su escarmiento.
—No me importa lo que creas, ni lo que tu torpe amo crea ¿enserio pretendes que me quede de brazos cruzados ante esas amenazas?
—¡Yo que tu empezaba a cuidar tu boca!
—¡Qué voy a tener miedo de ti! Todos en Zootopia saben que Erik se está hundiendo, y tú te hundes con él.
Mark quiso gritar "¡Cállate!" pero era ya demasiado tarde. Era cierto, se rumoreaba que Erik perdía sus estribos, y con eso, su poder, pero una cosa era murmurarlo y otra muy distinta gritarle eso como ofensa a la mano derecha de Erik la Cebra.
—¡Suficiente! ¡A ellos!—rugió Zar, fuera de sí.
Al mismo tiempo en que los leones saltaron hacia ellos, los cocodrilos corrieron y se internaron por un callejón a una calle concurrida. Los peatones asustados gritaban y se apartaban al ver la persecución, a prudente distancia Zar observaba la escena, no sabía por qué Erik estaba en contra de esos vendedores de drogas, después de todo, dos cocodrilos solos no eran una molestia para nadie, pero esos días Zar no podía cuestionar ninguna decisión de Erik la Cebra y si Erik los quería muertos, muertos se los entregaría.
Las palabras del cocodrilo regresaron a su mente "Todos saben que Erik se hunde, y tú con él" esos bastardos tenían razón. Erik parecía querer darle caza a cualquiera que se parara frente a él, y ese comportamiento le estaba ganando nuevos enemigos. A pesar de todo, Zar comprendía que era demasiado tarde para él, si se alejaba de Erik lo llamarían traidor y lo matarían, y en ese negocio valía más morir al lado del Jefe, con el poco honor que los criminales poseen. Zar pensaba que satisfaciendo las necesidades de Erik, acaso él se calmaría y las cosas recuperarían su equilibrio, después de todo, era fácil matar a dos cocodrilos sin contactos.
No contó con que sus torpes leones los perderían de vista, y es que esos cocodrilos astutos se internaron en el alcantarillado sin apenas darles tiempo de que pudieran verlos, corriendo entre las aguas negras a un lugar seguro. Los dos sabían que consiguieron escapar por puro milagro, pero que la próxima vez podían no tener la misma suerte.
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—Vamos a ver si entendí—Héctor el Camello tenía un tono de voz autoritario, pero también amable, sólo que en ese contexto la amabilidad causaba pánico—Ustedes quieren que les brinde protección para vender su droga esa nueva, y a cambio, me dan parte de sus ganancias ¿cierto?
—Sí, señor—respondió Mark, con la cabeza baja.
Tras su escape milagroso de los leones de Zar, los dos cocodrilos se escabulleron a Plaza Sahara, conscientes de que el Distrito Sabana no era ya seguro para ellos. Estaban enterados de que en Sahara el Cártel Arena, liderado por Héctor, tenía una impunidad asombrosa y un dominio excepcional de cada una de sus calles. Además, Erik no se iría en contra de Héctor, o amenazaría a nadie en sus territorios, porque el Cártel Arena y el Cártel de los Rayados tenían un acuerdo de respeto mutuo.
Aún así, pedirle ayuda a Héctor era peligroso, el camello podía matarlos en ese instante, o entregarlos a Erik, o en el mejor de los casos desterrarlos de sus dominios, haciendo que buscaran refugio en alguna parte de la ciudad. Iván no estaba del todo convencido, pero las insistencias de Mark lo convencieron al menos lo suficiente para intentarlo. Iván no sabía por qué Mark estaba tan seguro de que Héctor los ayudaría, pero era mejor aferrarse a esa confianza ahora que la tenía.
—No estoy seguro de que sea un buen negocio—dijo Héctor tras una larga pausa.—Las drogas nuevas son siempre una moda pasajera ¿qué harían ustedes por mí cuando su producto ya no venda?
—Lo que usted nos pida, señor—respondió Mark sin vacilar—Seremos leales a todos sus mandatos.
—Así que trabajarían para mí, independientemente de sus negocios ¿eso estás diciendo?
—Sí. Nuestros negocios serán suyos, señor. Eso estoy diciendo.
Héctor guardó silencio. En su interior, Iván sentía cada fibra de su ser gritar un rotundo "¡No!" él y Mark siempre quisieron independencia ¿por qué ahora su amigo estaba entregando sus años de trabajo a un líder de la mafia? Ninguna seguridad valía la libertad.
Pero no dijo nada, primero, porque si hacía algo los guardaespaldas de Héctor se le echarían encima, y segundo… porque confiaba en Mark.
—Déjame ver esa droga nueva que tienes.
Mark sacó de su bolso una muestra, se la dio a uno de los guardaespaldas, que la acercó a Héctor. La miró como si estuviera contemplando una joya, en todos los ángulos y a contraluz. Luego se la regresó a Mark, sin decir nada. Héctor era de esos que comprendían cuánto miedo podía infundir el silencio, así que procuraba hablar lo menos posible cuando estaba con alguien, siempre rendía sus buenos frutos.
—Bien—dijo—Ordenaré unas cosas y después les daré su lugar para que operen a salvo. Pero les advierto, el menor problema que me causen será si ruina ¿entendido?
—Sí, señor.
Los dos cocodrilos salieron del recinto, al verlos marchar, Héctor se cuestionó por qué de todos los mafiosos de Zootopia esos dos acudieron a él. Era una pregunta con la cual hubiera podido desaparecerlos del mapa en ese instante. Pero a su pesar, le agradaron, y sólo por eso les daría un par de meses de gracia, que empezaran a tomar confianza… ya después vería en qué les serían realmente útiles.
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Zootopia, hoy
Nick bebía de su café, leyendo los informes que John había terminado la noche anterior. No sabía cómo sentirse. Estaba algo preocupado de que Judy estuviera en la comisaría, pero ya que ése había sido su plan, se esforzó en contenerse. Ella necesitaba realmente salir de la casa. Pero en lo que más pensaba fue en ese beso tan sutil que Judy le dio al despedirse, no sabía si fue forzado o desconfiado, para ese punto no estaba ya seguro de cuál era la relación que compartían.
La amistad y el compañerismo que ellos tuvieron durante años debía seguir por ahí, en alguna parte, pero era cada día más difícil de encontrar. La monotonía y tristeza hicieron mella en ambos, y la fortaleza que Nick se obligó a tener para sostener a Judy ahora era desgaste, hastío, frustración. No estaba seguro si tenía esos sentimientos hacia Judy, o hacia la situación ¿o sería hacia ambas cosas?
Amaba a Judy, pero últimamente eso se estaba convirtiendo más en una idea que en una emoción. Le era más difícil sentir el cariño, la lealtad y la devoción que antes lo unía a su esposa, y ahora se tenía que repetir una y otra vez que la amaba, para que su mente hiciera el trabajo que antes hacía su corazón. No se había dado cuenta de eso hasta el día anterior, cuando discutieron, y ahora que pensaba en eso, no sabía si estar triste o preocupado.
Parada a pocos metros de Nick, su compañera la detective Melody lo miraba con un rictus de tristeza en cada facción de su rostro. En los últimos dos meses ella había sido testigo de cómo Nick había decaído día con día, arrastrándose por tener que llevar una carga que se tornaba más pesada con el tiempo. El zorro cínico y sagaz que ella conoció dio paso a un zorro cansado, estresado y con dejos de amargura.
Melody conocía a Judy sólo de vista, intercambió saludos amables con ella y sabía de su popularidad en la comisaría del Distrito Central. Fuera de eso, no sabía gran cosa de ella, Nick era muy reservado con su vida personal y no hablaba mucho ni de su familia ni de su esposa, más que las cosas necesarias. Pero Melody sabía, por las pocas cosas que Nick dijo y las ocasiones que lo vio con Judy, que él estaba muy enamorado de ella, y siempre le pareció dulce.
Ahora sentía una especie de animadversión hacia Judy. Estaba enterada a medias de la situación que vivía la pareja, supo que Judy perdió a su padre muy traumáticamente, y además otras cosas que Nick jamás especificó, todo eso le causó un cuadro depresivo severo, que le valió una incapacidad en su trabajo y la tenía prácticamente recluida en su casa, después de que Nick moviera cielo, mar y tierra para que no la llevaran a un psiquiátrico.
En un principio Nick se mostró fuerte y paciente, buscaba todos los medios para animar a su esposa e investigaba maneras en las cuales pudiera apoyarla de manera sana por su depresión. Pero el tiempo cobró factura, y Melody vio cómo el optimismo de su compañero se fue diluyendo, al mismo tiempo en que enflaquecía y las ojeras se marcaban bajo sus ojos. Melody entendía que Judy no estaba en su mejor momento, pero sinceramente ¿cómo es que ella era tan ciega como para no ver todo el daño que le causaba a su propio esposo, aún después de que él fuera tan considerado?
Nick no había admitido nunca a sí mismo, pero Melody sabía, que se sentía bastante herido por Judy. No fue una situación que él buscara, y como consideraba que eso estaba fuera de lugar, no se dejaba pensar en eso. Judy era la que necesitaba apoyo, no él. Pero saltaba a la vista de todos que Judy se dejó caer, en algún punto de su depresión no se preocupó más por salir adelante y dejó que la espiral la hundiera más y más en la tristeza y apatía; mientras la veía caer, Nick se preocupaba y al mismo tiempo se decepcionaba, porque esa no era la conejita alegre y fuerte que conoció, y sentía como un rasguño cada ocasión que él intentaba ayudarla y ella lo rechazaba, a veces con amabilidad, a veces con violencia, insistiendo en que él no podía comprenderla.
Los doctores le dijeron a Nick que no sólo las personas deprimidas sufren, también lo hacen sus seres queridos, Nick había creído que sufriría de ver a Judy decaída, pero ahora comprendía que había más dolores: la manera fría en que ella lo trataba, la manera despectiva en que rechazaba su apoyo diciéndole que no la comprendía, y lo egoísta que actuaba cuando se dejaba caer, sin pensar en algún momento cómo él sufría y lloraba también de impotencia, a escondidas, desvelándose por la angustia de no saber si Judy tendría otro colapso y pensando en mil maneras para que comiera más y se reestablecieran sus fuerzas. Pero nada nunca surtió efecto, y eso le generó su frustración.
De buena gana Melody buscaría a Judy y le diría un par de cosas a ver si con eso reaccionaba, pero temía que sus acciones fueran contraproducentes, generando una nueva tensión en el matrimonio que era lo último que Nick necesitaba. Así pues, Melody se obligaba a actuar normal, siguiendo con la farsa que Nick había montado en su trabajo, y llevó ese día una cajita con rosquillas para ver si el azúcar mejoraba el ánimo del grupo.
—Gracias—le dijo Nick, agarrando la rosquilla con betún rosado—Tenía un mal sabor de boca.
—¿Por qué?—fingió demencia—¿Algo relacionado con el caso?
—No en realidad… es sobre Judy.
Como Nick hablaba muy poco de su vida personal, Melody entendía que las pocas ocasiones en que él se desahogaba era porque genuinamente no aguantaba más, y se esforzaba por escucharlo con toda la delicadeza posible.
—¿Está bien?—preguntó, ocultando el enfado que le causaba su nombre.
—Creo que sí, hoy se presentó en la comisaría.
—¡Eso es muy bueno!—no debió fingir felicidad, en realidad le emocionaba que esa conejita por fin hiciera algo—Entonces ¿por qué estas apabullado?
—Me preocupa un poco ella. Tuvo una crisis hace poco, y aunque me emociona bastante que esté mejor, a veces pienso en lo que podría salir mal.
—No es como si ella estuviera sola, tiene a sus compañeros. Y no creo que el Jefe Bogo la mande a un matadero—intentó sonar graciosa.
—Claro que no—respondió él con tono frío—Yo mismo escogí el caso que ella tendrá hoy.
—¿Enserio?
—Tuve una charla con Bogo.
—No entiendo entonces tu angustia.
Una amarga sonrisa adornó el rostro de Nick, causándole escalofríos a Melody.
—Supongo que es la pura costumbre—le dijo, acabándose su rosquilla de una mordida.
La conversación fue cortada cuando John, con su tono jocoso, llegó excusándose por su retraso. Nick le riñó sin enfado por sus impuntualidades y lo mandó a comprarle otro café, como castigo, tras eso no hablaron más del tema, pero en todo el día Melody pudo ver cómo su compañero se esforzaba por no llamar a su esposa.
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Apenas Judy puso un pie en la comisaría, se dio cuenta de que Bogo no había mentido en absoluto. El lugar era un caos. Había oficiales corriendo de un lado al otro, llevando papelería, escoltando animales esposados, platicando con detectives y correteando a los supervisores. Estaban sobrecargados de trabajo, pues una oleada de asaltos, sumado a la baja de varios miembros de la fuerza hicieron, que de la noche a la mañana todos los oficiales tuvieran papelería atrasada y el Jefe Bogo, atareado por la fiscalía del caso Wormwood, no tenía paciencia para nada ni nadie.
Clawhauser fue el primero en verla, sus días de relativa holgazanería en la recepción desaparecieron, y ahora el jaguar estaba de un lado al otro en su escritorio, jadeando por la falta de aire, ordenando expedientes y atendiendo llamadas a todas horas. Cuando Judy se paró frente a él, sus ojos se iluminaron, y la saludó con efusión.
—¡Judy hermosa!—dijo—¡Bienvenida de nuevo! No sabes cómo te hemos extrañado.
—Hola, parece que están todos muy atareados.
—Hemos tenido mucho trabajo.
—Bien, dime ¿qué debo hacer?
—Ve a la sala de conferencias, no estoy segura de qué puedas hacer ahorita…
Así lo hizo, Bogo estaba de mal humor cuando entró a darle deberes a los pocos oficiales libres, pero se tomó el tiempo de darle la bienvenida y hasta le dijo que cualquier percance podía acudir a él. Bogo le asignó el caso de un adolescente que llevaba dos días desaparecido, y que no había sido atendido de manera pertinente. Con los expedientes en mano Judy se puso a investigar sola, pues su antes compañera, Esther, tenía también un caso asignado.
El día se le fue rapidísimo, entrevistando a la familia del muchacho y a sus amigos, reuniendo información y llenando los expedientes. A la hora de la comida, Esther y otros de sus compañeros más cercanos la saludaron con una mezcla de alegría y de recelo, no estaban seguros de cómo dirigirse a ella, pues fue un secreto a voces que la policía de acero Judy Wilde tuvo un colapso que le valió hospitalización.
Ese trato receloso fue suficiente para desanimarla "¿Qué hago aquí?" pensó. Antes, la comisaría le parecía un hogar, ahora lo sentía muy ajeno a sí misma. Siendo realistas, todo se le hacía siempre ajeno ¿es que ella encontraría paz algún día?
Caminó rumbo a su cubículo, pasando por la sala de declaraciones, sus pensamientos pesimistas desparecieron cuando vio a Mary Topperwerth, algo alterada, hablando con otros oficiales.
—¿Mary?
La yegua la reconoció de inmediato y su sola presencia pareció calmarla.
—¡Judy, me alegra mucho verte!
—¿La conoces, Hopps?—preguntó McCuernos, que nunca se acostumbró a llamarla Wilde a pesar de los años.
—Sí, es una vieja amiga—los ojos de Judy y Mary se encontraron, había calidez y comprensión en ambas miradas.
—¿Podrías tomarle su declaración? Muero de hambre, y toda la mañana he estado…
—Sí, sí, claro—respondió, sin prestarle mucha atención a sus excusas.
McCuernos salió, feliz de librarse de una tarea más. Judy tomó asiento frente a Mary y leyó las hojas que debía llenar, al parecer McCuernos no había escrito absolutamente nada.
—¿Qué te paso, Mary?—preguntó, acomodando el papeleo—No veo nada aquí.
—Vine a reportar un asalto.
.—¡¿Qué?! ¿te robaron?—sus orejas se tensaron—¿cómo?
Mary respiró profundo, serenándose. Por extraño que pareciera, esa alta yegua se sentía mucho más segura con la menuda conejita sentada frente a ella. Cuando habló, su voz volvió a sonar tan fluida y elegante como de costumbre.
—En el Mall 3, que está cerca de aquí. Estaba comprando ropa cuando un animal corrió despavorido a mi lado y se llevó mi bolsa. Quise seguirlo, pero desapareció entre la muchedumbre.
—Ya veo ¿no hubo amenazas entonces?—Judy escribía cada palabra de lo que Mary decía, llenando los informes con la agilidad que otorga la experiencia.
—Nada, se la llevó con tanta facilidad que me causa indignación.
—¿Pudo ver algo de ese ladrón?
—Sólo que tenía pelaje castaño oscuro, no pude ni reconocer su raza.—reconoció Mary con impotencia—Era un animal de estatura media baja, parecido a una comadreja.
—Bueno…—eso complicaba mucho las cosas—¿Cómo era la bolsa?
—Era un bolso mediano de color turquesa, de la marca CC, con una cadena dorada decorativa en las correas y un solo zíper.—luego agregó, para ser más precisa—Puedes encontrarla en el catálogo primaveral de accesorios exclusivos de la marca CC, temporada de éste año.
Judy sonrió para sus adentros, a veces se olvidaba de que Mary pertenecía a la clase alta.
—Bien, ¿y qué contenía tu bolsa?
—Mi monedero, con algo de efectivo, afortunadamente no llevaba las tarjetas de crédito. También un reloj, una libreta con apuntes escuetos y mi celular.
Cuando dijo eso, Judy de repente se tensó completa, algo en su interior intuía una pista con la misma intensidad con la que un hambriento detecta el más pequeño olor a comida.
—¿Tú celular?—repitió.
—Sí.
—Mary ¿acudes a ese centro comercial seguido?—las preguntas acudieron a sus labios aún antes de que las razonara, pero cuando las hizo, supo que eran las correctas. Parecía que su instinto de policía era más fuerte que su letargo emocional.
—Bueno, sí, voy casi todos los martes.—respondió la yegua, adoptando un aire perspicaz—Está cerca de mi casa…
—Mary, quiero que vayas a tu casa y no salgas en unos días. También, si puedes, cambia tus rutinas, no creo que este robo fuera coincidencia.
—¿Qué piensas, Judy?—los penetrantes ojos de Mary le recordaron a Judy que, al menos a ella, no podía ocultarle nada.
—Creo que puede tener relación con la misteriosa llamada que tuviste ayer ¿recuerdas?
—No había pensado en eso…
"¡Claro!" pensó Mary. Se maravilló por lo lista que era Judy. Primero su sobrina "se suicida", después tiene una extraña llamada, luego le roban el bolso, únicamente el bolso… si lo que querían era dinero, hubiera sido más fácil secuestrarla o pedirle sus alhajas, miró de soslayo los brazaletes y el collar de oro macizo que llevaba puesto, valían más que su bolso y cualquier efectivo que tuviera dentro. No querían dinero, querían sus cosas ¡era ahora tan claro!
—No tengo evidencias, así que es una mera suposición.—continuó Judy—Aún así, investigaré al respecto, y tu reporte me ayudará muchísimo. Gracias por venir a denunciarlo, Mary.
Satisfecha por sentirse útil, Mary le sonrió.
—Es un placer ayudarte, Judy.
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Deliberadamente Nick salió temprano ese día, quería tener un rato a solas en su casa antes de que llegara Judy. Tenía muy poco tiempo para él últimamente, y no desaprovecharía la menor oportunidad. Aparcó en el frente, como de costumbre, y cuando abrió la puerta una avalancha de fantasmas y recuerdos lo hicieron estremecer.
El recibidor nunca fue muy grande, pero siempre la preció acogedor. Al lado derecho Judy había puesto una mesita con un platito de cerámica en donde dejaban las llaves y monedas sueltas que tuvieran en la bolsa, usaban ese dinero casi siempre para darles propinas a los repartidores. Las escaleras, que estaban al frente, trazaban un camino recto hacia el segundo piso. Al lado derecho estaba la sala, al lado izquierdo el comedor y al fondo la cocina y un cuarto de huéspedes.
Miró la sala, en donde muchas veces sus suegros se sentaron para platicar y comer galletas con té en sus raras visitas a la ciudad, ellos nunca gustaron del ambiente citadino y nunca se quedaban más de tres días en Zootopia. En cambio, cuando la tía Emma o Rei los visitaban, solían quedarse una semana mínimo, y sus conversaciones se alargaban hasta altas horas de la noche. Cuando no había visitas raras veces ocupaban la sala, pasaban más tiempo en el patio, en el comedor, y en la recámara.
La habitación de huéspedes al fondo era la que usaban casi siempre que les visitaban, Judy la había hecho muy acogedora, con una cama mullida, un tocador grande y un armario de color celeste muy lindo. Tenía una ventana hacia el patio, que le permitía al visitante ver la huerta, las flores y el árbol que Judy cuidaba tanto en días pasados.
El comedor y la cocina eran testigos de muchísimas anécdotas, desde cenas donde carcajeaban hasta llorar, hasta veladas románticas con finales apasionados y felices. Sus juegos mientras preparaban la comida y los retos que se hacían cuando estaban aburridos llenaban muchas de sus horas más felices. En los fines de semana, Nick solía sentarse en la cocina a leer el periódico, ver películas o hacer algo relajante, y veía a través de la ventana cómo Judy cuidaba de sus amadas plantas en el patio, ya fuera en la mañana o en la tarde.
Habían sido tan felices, desde el momento en que compraron la casa se desvivieron por convertirla en un hogar. Juntos compraron los muebles, eligieron los colores de las paredes y tapices, planearon la distribución de sus cosas y soñaron mil proyectos para envejecer juntos ahí.
Luego, nuevos recuerdos vinieron a su mente. Judy echa un ovillo en el sillón de la sala, o llorando en la cocina, las plantas del patio y del jardín delantero marchitándose cada día más, los evidentes signos del deterioro de su relación estaban también en la casa, en esas paredes que ocupaban una nueva capa de pintura, en la cocina sin comida, en la habitación de huéspedes acumulando polvo… podía rastrear el inicio de eso en la habitación de arriba.
El cuarto principal era muy grande, y estaba frente a otro cuarto también amplio que en un inicio fue un estudio para ambos. Pero dos años después de casarse, fue cuando comenzaron a planear el tener hijos. Al principio hablaron de eso casi como una broma, pero conforme la idea se consolidó en ambas mentes, comenzaron a visualizarse ese futuro. No podían tener hijos de manera biológica (sólo las mismas especies pueden engendrar) pero podían intentar la fertilización en vitro, incluso la adopción.
Sopesaron ambas opciones a detenimiento, pues cada una tenía sus pros y contras. Judy tenía sus dudas sobre el embarazo, pero muy dentro de sí, Nick fantaseaba a veces pensando en cómo sería verla con su vientre redondeado. Las dudas de Judy provenían de que, para embarazarse, ocuparía una inseminación de un donador, pero Nick tomó esa situación con mucha madurez y al final los dos decidieron intentarlo.
El primer golpe llegó cuando, tras los exámenes de la clínica de fertilidad, la doctora le dijo a Judy con un rostro de tristeza que no podía tener hijos. Había una disfunción congénita en su sistema reproductor, difícil de heredar, pero no imposible. Judy sintió como si algo en su interior se derrumbara, pero a pesar de la tristeza, se mantuvo relativamente fuerte. Ahora que el tiempo había transcurrido, Nick podía comprender que ese había sido sólo el inicio del fin.
Judy se recuperó relativamente rápido de ese revés emocional, y poco después decidieron adoptar, empezaron entonces una búsqueda enjundiosa hasta encontrar una agencia que les pareció buena y llevaron su aplicación. Sabían que el proceso era tardado y complicado, pero estaban dispuestos a esperar. En toda su vida, Nick jamás pensó que sería padre, pero tener hijos al lado de Judy le parecía la cosa más natural del mundo, y si ella quería ser madre, no serían sus dudas las que le impedirían cumplir ese sueño.
No quiso ilusionarse, pero lo hizo, como todos los animales que están buscando tener familia. Pensó en un bebé, ya fuera zorro o conejo, y en los arrullos que Judy le haría antes de dormir, pensó en él mismo arropando al bebé, enseñándole a caminar, a comer, a hablar, llevándolo a la escuela, comprándole su primera bicicleta. Imaginó la calidez en su pecho cuando regresara del trabajo y fuera recibido por la alegre risa de su hijo, pidiéndole que lo cargara, así como él recibía a su padre en sus lejanos años de infancia.
Un año después recibieron respuesta y otros seis meses después la agencia les dijo que tendrían a su bebé, una zorra los había elegido como padres de su cría. Emocionados tras esa noticia, juntos Nick y Judy comenzaron a preparar el cuarto del bebé, compraron una cuna, pintaron las paredes y antes de que se hicieran de otros muebles, recibieron una llamada: no tendrían al niño.
Resultó que la trabajadora social no había dicho a la madre que se trataba de un matrimonio inter-especie, la madre había quedado complacida cuando leyó el perfil de ambos, pero creyó que los dos eran zorros, cuando supo que se trataba de un zorro casado con una coneja los rechazó tajantemente. La agencia no podía hacer nada más que pedirles perdón y asegurarles que no se repetiría ese error. Pero resultó que sí se repitió, porque unos meses después, cuando llamaron diciéndoles que había una madre interesada, nuevamente se les rechazó por ser inter-especie.
Ese tipo de rechazo no era nuevo y Nick y Judy lo veían en varios animales aún, pero la situación se fue volviendo cada vez más desgastante. Judy se echaba la culpa en silencio, porque si ella pudiera tener hijos no estarían en esa situación. Nick callaba sus propias frustraciones en un intento de apoyarla, consciente de que ella estaba mucho más vulnerable, y esmerándose en ponerle al mal tiempo buena cara. En alguna ocasión Nick le sugirió a Judy posponer la adopción. "Tenemos aún tiempo" le dijo, pero Judy respondió diciéndole que, como los procesos de adopción eran lentos, lo peor que podían hacer era retirar su aplicación. Si en ese momento la retiraban, cuando quisieran adoptar después habría que ponerse al fondo de la larga lista de espera. Nick entendió que ella tenía razón en eso, pero ambos acordaron dejar de desesperarse y simplemente dejar las cosas a la providencia.
Tras esa decisión, dos años después de haberse afiliado a la agencia de adopción, uno de sus representantes los llamó para que acudieran a la oficina. Ambos creyeron que deseaban confirmar su información, o siendo optimistas, notificarles de una posible adopción. Pero el representante, apenado e indignado, les dijo que la compañía acababa de ser comprada, y el nuevo dueño sin consultar a nadie había decidido eliminar todos los perfiles de parejas inter-especie. Eso significaba que ni ellos (y ninguna pareja inter-especie) podía adoptar ahí.
Eso, desde luego, era completamente ilegal. Los gritos de Judy se escucharon por medio edificio de las oficinas, reclamándoles que no podían discriminarlos de esa manera. Nick estaba también indignado, pero intentando ser la voz de la razón, calmó a Judy y comenzó a gestionar los papeles para hacer una demanda legal. Pero antes de que pudieran hacerlo, recibieron la llamada de Bonnie Hopps, quien con lágrimas y desconcierto les contó de la repentina muerte de Stu.
Las constantes decepciones, el estrés y la indignación habían mermado a Judy, pero esa noticia fue el golpe final. Nick no pudo culparla por colapsar y se limitó a cuidarla, sabiendo que ella necesitaba consuelo. Pero se volcó tanto en ella, que nunca se detuvo a pensar que él mismo estaba muy herido.
Cada una de esas situaciones lo había golpeado también en lo profundo de su ser. Sintió tristeza cuando supo que Judy jamás podría embarazarse, ni la vería con el vientre redondo llena de felicidad por darle vida a sus hijos. Sintió tristeza, rabia e impotencia cuando la agencia de adopción cometió tan terribles errores, ilusionándolos y luego decepcionándolos con tanta crueldad. Sintió tristeza y algo de soledad cuando, denigrados y discriminados, la agencia los borraba de sus listas como si jamás hubieran existido, como si ellos no fueran un matrimonio ansioso de formar una familia y con los brazos abiertos a cualquier bebé que ocupara de amor y protección. Pero todas esas tristezas, en vez de vivirlas y desahogarlas, Nick las fue colocando en una caja al fondo de su mente, amontonándolas, haciéndose creer que no existían, todo para mantenerse fuerte y digno frente a Judy y darle el apoyo que ella necesitaba.
Nadie le pidió que lo hiciera, pero esa fue su reacción natural, encubrir sus emociones en pos de ayudar a su esposa. Cuando sus problemas empezaron, fue Judy la que más herida resultó de la circunstancia, y por lógica Nick dedujo que ella ocupaba más de consuelo y comprensión. Todas las veces que Judy lloró de indignación ante esa agencia de adopción, él la abrazó y le dijo que ya saldrían de eso, que tendrían su familia costara lo que costara. Pero la esperanza, así como se empezó a ir de ella, también lo empezó a dejar a él. Nick subió las escaleras hacia el segundo piso, y abrió al cuarto que sería de su bebé, aquél cuarto vacío, que los insultaba con la cuna colocada en la esquina. Por primera vez en mucho tiempo, Nick Wilde se permitió llorar.
Lloró por su matrimonio, tan desgastado; por la familia que imaginó y que no llegaba, y ahora entendía, probablemente nunca llegaría. No tendría un hijo al cual criar y cuidar, y todas esas esperanzas y anhelos fueron solamente una falsa esperanza, ahora dolorosa. La vida había sido tan cruel con ellos, y no podía ya mantenerse en pie estoico y fingir que estaba bien por Judy, ya no. Le dolía el rechazo, le dolía sus sueños rotos, le dolía la depresión de su esposa, le dolía la apatía de Judy, le dolía su matrimonio desbaratándose más cada día. Le dolía esa vida tan feliz que tuvo en esa misma casa, y que era ahora sólo un lejano recuerdo, tan distante que cada vez costaba más creer cuán feliz había sido.
Escuchó un motor de auto y supo que Judy había llegado a casa, a pesar de todo, no permitiría que le viera llorar. No confiaba en su reacción y no tenía ganas de arriesgarse. Se metió al baño y dejó que el agua escondiera sus sollozos, se mantuvo ahí un buen rato.
—¿Nick?—Judy lo llamó tocando la puerta del baño—¿Quieres algo de cenar?
—Lo que quieras está bien—respondió, sorprendiéndose de que su voz saliera intacta.
—Bien.
Tardó media hora más en terminar de arreglarse, estando lo suficientemente presentable para no levantar sospechas.
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Judy escuchaba a Nick remover los cajones, buscando ropa, ya la cena había llegado pero lo esperaba para comer. Recordaba en la pequeña discusión que tuvieron la noche anterior, Nick fue muy claro diciéndole que estaba harto de la situación. Sólo de pensarlo, Judy se llenaba de miedo ¿qué sería de ella si él terminaba de hartarse y se marchaba? No quería ni pensarlo. Por eso, por más tensa que la situación estuviera, se obligó a mantenerse serena. No quería provocar otro episodio como el de la noche anterior.
Cuando Nick bajó era evidente que los dos tenían muchos sentimientos encontrados y que necesitaban hablar de mil cosas, pero ni Judy ni Nick hicieron algo por hablar y relajar el ambiente. Comieron prácticamente en silencio, y limpiaron la cocina de manera mecánica. Estaban los dos sorprendidos de cómo pudieron pasar de ser los mejores amigos a dos completos desconocidos.
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La comadreja dejó el bolso sobre la mesa, abriéndolo de jalón y sacando el celular. La hiena observo cómo removía la tapa y movía esos pequeños micro procesadores de maneras extrañas, conectándolo a cables de su computadora. En un parpadeo, por un proceso que la hiena no comprendió, todas las aplicaciones del celular estaban en la pantalla de la computadora y tenían acceso libre.
—Bien, busca en los mensajes, los contactos y los correos.
Así hizo la comadreja, pero se sorprendieron de encontrar los buzones casi vacíos.
—¿Cómo es eso posible?
—La muy maldita debió de reiniciar su teléfono—gruñó la comadreja.
—¿Eso borra toda la información?
—Sí, no hay manera alguna de recuperarla.
—¡Maldición!
La hiena golpeó la mesa. Si hacían desaparecer a Mary Topperwerth las cosas realmente se harían feas, pues le darían a la policía una ocasión para investigar el caso de Sasha como asesinato. Les urgía saber qué tanta información compartió la maldita de Sasha con su insoportable tía en vida –¿cómo era posible que esa mocosa les causaba aún problemas después de muerta?– pero si había borrado la información del teléfono, les quedaban pocas opciones para investigarla.
—¿Qué hay de su infiltrado?
—Intento mantenerlo lo más lejos posible de esto—repuso la hiena—Pero creo que no me queda más remedio que llamarle.
—Hágalo pronto, o el Jefe se nos echará encima.
—No tienes que decírmelo—la hiena sacó de su pantalón un teléfono—¡En verdad había creído que ese robo nos quitaría ya todo problema!
.—¿No estarás siendo exageradamente meticuloso? Además, la policía no tiene evidencia alguna de que Sasha fue matada por los tuyos, aún creen que se suicidó. Yo digo que te preocupas de más—la comadreja se recargó en su asiento, molesto por haber trabajado tanto por nada.
—Quizá tengas razón.
La hiena lo meditó un momento, después guardó su teléfono, sin haber hecho llamada alguna, lo cierto es que estaba cansado del asunto y creía ya que el tiempo se encargaría de aliviar todos los problemas.
—¡Bien!—refunfuñó—Sólo espero que las cosas sigan así de simples, sino el Jefe…
La comadreja tembló, pensando en su Jefe, pero recuperó la compostura.
—¡Ya deja de preocuparte, estúpido!—le gritó.
La hiena dio la media vuelta alejándose.
—No vuelvas a llamarme así—ordenó en tono frío, dejando a la comadreja con un mal sabor de boca y un bolso de marca en la mesa.
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Escena Extra
Rei salió con mucho cuidado de la habitación de su hijo, cerrando la puerta con suavidad para no despertarlo. Edwin tenía siete años, y la energía característica de edad estaba drenando toda la paciencia de sus padres. Fue a su cuarto, donde se desplomó sobre la cama, empezaba a dolerle la cabeza, y sólo por eso encontró fastidioso el sonido de su esposo arrullando al bebé. Diez minutos después, Carlos se desplomó en la cama a su lado, cerrando los ojos para disfrutar los pocos segundos de paz y silencio.
—Nunca pensé que esto fuera tan cansado—susurró Rei, temerosa de que el menor sonido despertara a sus hijos.
—Yo tampoco—le sujetó la pata con ternura—Vamos a dormir ahora que podemos.
Rei abrió los ojos, y miró a su esposo, que estaba acomodándose en el colchón.
—De hecho, quiero hablarte de algo—le dijo.
Carlos estaba exhausto, tenía que levantarse temprano para ir a trabajar, pero si su esposa había postergado esa conversación hasta que sus hijos durmieran, entonces era importante. Hizo un sobrehumano esfuerzo para verla.
—Dime.
—Es sobre la tía Emma—le dijo, con rostro entristecido—Hablé con ella hoy… no está tan bien como dice.
—¿Enserio?—Carlos se irguió, en un intento de no desplomarse por el sueño.—Tenía entendido que su diabetes estaba perfectamente controlada.
—Ella me dijo que sí, pero hoy la vi y se le nota enferma. Ya la conoces, no creo que quiera preocuparnos.
—¿Qué quieres hacer?
—Mañana la iré a ver, después de dejar a Edwin en la escuela, y dependiendo cómo la vea, llamaré a Nick.
Carlos frunció el ceño ante la mención de su cuñado.
—¿De verdad quieres llamarlo?
—Desde luego, es también su tía ¡merece saberlo!
—No digo que no, pero por lo de Judy…—Carlos le tenía aprecio a Nick, aunque los dos platicaran poco, pero lo último que había escuchado sobre su cuñado le hacía comprender que no estaba pasando por sus mejores años.
—Ha pasado tiempo—dijo Rei con tono pesado—Además, si las cosas se complican, Nick se molestará más al saber que no le avisamos.
—Bueno, en eso tienes razón.
¡Era una situación tan delicada! Carlos abrazó a su esposa, dándole consuelo, sabía que estaba preocupada y en parte por eso insistía en hablarle a Nick. Y es que Rei llevaba meses sin saber nada de su hermano, ni de Judy, se atormentaba sabiendo que ellos pasaban un momento difícil y no podía ayudarlos.
—Espero que no sea tan grave.—dijo, hablando tanto por su tía Emma como por su hermano y cuñada.
La expresión de Rei era de total angustia por su familia, Carlos le acarició mimosamente los hombros para calmarla.
—Yo también.
La besó y no tardaron en dormirse.
¡Y eso es todo por ahora! Como pueden ver, se están sentando la bases para la situación "principal" por llamarla de una forma. Espero que no se les esté haciendo tedioso (nótese que aún no me siento del todo segura de este fic) y que de alguna forma les esté gustando.
No tengo nada más que decir, el próximo capítulo espero subirlo este fin de semana, o el lunes a más tardar. Gracias por leer y por su incondicional apoyo ^^
