NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.
ANUNCIO
La hermosa de ANGELUS19 hizo un bellísimo dibujo sobre el fic, sobre la escena de la cena entre Nick y Judy. Si quieren pasar a verlo está en su DeviantArt (la pueden encontrar igual, como Angelus19, les dejaría el link pero FF los bloquea) o me mandan PM y les mando el link. GRACIAS por el hermoso dibujo Angelus 3
Ahora si...
¡Hola a todos!
¿Cómo están? Bueno, quería traerles este capítulo desde el lunes, pero se me complicaron los tiempos y me demoré más de lo pensado jeje (al menos fueron sólo dos días más de lo que tenía contemplado) Ahora, las cosas que estaban "cociendo" en el capítulo anterior están calentándose aún más en éste. No entraré en muchos detalles, para que puedan leerlo mejor, pero por las cosas que he leído en sus comentarios sí estoy consiguiendo la trama que deseaba recrear (¡genial!)
Reviews:
Jane Luna (Guest): Me alegra que tú misma lo hayas dicho "matrimonio real", he leído muchísimos fics de Zootopia y si estoy de acuerdo en que Nick y Judy son buena pareja, pero hasta las mejores parejas tienen sus crisis y quise recrear una de la manera más realista posible, no se trata de que Nick sea la víctima y Judy la mala, se trata de que los dos están pasando por muy malos momentos y que cometen errores como cualquier persona (espero se esté reflejando de esa manera). Ahora, sobre Melody, mmm... hay una escena sobre ella en este capítulo que quizá te aclare un poco las dudas, pero si no, házmelo saber en tu review c: (me encantan tus comentarios).
Bureinzu: esa frase me dolió :c
Nieve Taisho: Jeje NO es mi intención ni matarte ni hacerlos sufrir tanto... bueno, un poco, de hecho. El punto de este fic es explorar sus personajes al máximo, y para eso los he llevado al límite (falta que esto no se me salga de control) sé que por ahora hay mucha angustia, aunque el hecho de que te genere estrés es bueno (digo, significa que lo estoy escribiendo bien después de todo). Ay Nieve, ya hasta pena me da porque siempre te hago sufrir :c (por cierto, soy de México, y sé cuántas cosas distintas puede significar "verga" XD).
Angelus19: Siempre me animan bastante tus palabras =D Estás en lo correcto, son las mismas hienas de "someone to lean on" en este fic hablaré más de Mark, Iván, sus negocios y la manera en que todo ha llegado hasta Nick y Judy con el caso Tigerwild, se trata también de crearle un desenlace a esa situación que dejé sin cerrar en el anterior fic ¿y qué mejor manera que en medio de una crisis existencial y marital entre la pareja? jeje... (ok, quizá fue demasiado, pero en mi mente tenía sentido) ¡felicidades por tu hermoso bebito! muchos besos al niñito y bendiciones, una amiga mía también se casó joven y tiene una niña, he visto desde tercera persona lo difícil que puede ser pero también lo hermoso, te deseo lo mejor a toda tu familia =D (¡y gracias por leer! espero este capítulo también te guste).
PinkStar375: No puedo responderte nada porque sería spoiler jeje, pero en lo que respecta al misterio, este capítulo tiene una escena muy importante c;
¡Disfruten!
Capítulo 5
El sonido del silencio
Hello darkness, my old friend
I've come to talk with you again
Because a vision softly creeping
Left its seeds while I was sleeping
And the vision that was planted in my brain
Still remains
Within the sound of silence
And in the naked light I saw
Ten thousand people, maybe more
People talking without speaking
People hearing without listening
People writing songs that voices never share
And no one dared
Disturb the sound of silence
(Hola oscuridad, mi vieja amiga
He venido a hablarte otra vez
Porque una visión se arrastra suavemente
Dejando sus semillas mientras yo estaba durmiendo
Y la visión que plantó en mi cerebro
Permanece
Dentro del sonido del silencio.
Y en la luz desnuda yo vi
Diez mil personas, tal vez más
Personas hablando sin hablar
Personas escuchando sin oír
Personas escribiendo canciones que las voces nunca compartieron
Y nadie se atrevió
A perturbar el sonido del silencio)
~"Sound of Silence" by Simon & Garfunkel
o0o
.
.
Zootopia, 30 años atrás
Oliver Hamilton estaba sentado en una mesita al interior de un restaurante pequeño, vacío y muy oscuro. Era uno de los sectores más recónditos de Plaza Sahara, habitado por animales humildes que raras veces salían de esa colonia, creyendo que la hermosa Zootopia vista en revistas existía en un mundo lejano, en vez de a un tren de distancia. No era el lugar en que el Jefe de Gobierno del Distrito Sahara iría a comer en un día corriente, pero en esa ocasión, no podía darse el lujo de exponerse.
Miró al reloj desesperado, detestaba que llegaran tarde. Tomaba a sorbos pequeños de un café amargo y malo, viendo por la ventana ansioso de que su acompañante llegara. Cruzando la calle, frente al establecimiento, estaba una iglesia bajita y estrecha, sin campanario y sin pintar, pero los cantos de los feligreses podían escucharse a distancia. Oliver sentía animadversión hacia la fe, porque no la entendía, pero la admiraba a regañadientes.
El último canto de la misa terminó y los animales comenzaron a salir de la iglesia, vestían ropas muy sencillas y unos daban la impresión de ser mendigos, pero sonreían con resignada alegría y se despedían afectuosamente del pastor ¿cómo era posible que ese grupo de insufribles y pobres pudiera sentirse tan feliz sólo por ir a cantarle a una imagen que colgaba de la pared? Y ni siquiera una imagen linda, se trataba de una estatua de madera desgastada y despintada, que era lo único que esa pequeña iglesia podía pagar.
"Son unos tontos fanáticos" pensaba siempre Oliver, pero con renuente respeto, aceptaba que ese pastor podía convencer y ganarse más afecto de sus feligreses, del que él como Jefe de Gobierno obtendría nunca de sus ciudadanos. Oliver siempre fue un animal sereno, de mentalidad abierta y se mostraba amable con todos, nadie podía decir que él hubiera sido grosero, tajante o siquiera malhumorado. Aún así, muchos criticaban su gestión por el aumento de algunas cuotas y la disminución en los permisos de construcción ¡cómo si él pudiera hacer milagros! ¿no era su deber impedir que se construyera en donde era peligroso, y recaudar los impuestos necesarios para darle el mantenimiento a los servicios del distrito? ¡Carajo con esa gente que de todo se quejaba y nada le parecía bien!
Sin embargo, ahí estaban los últimos feligreses, sonriendo hasta las lágrimas mientras aceptaban la bendición del pastor, mostrando una sumisión y un amor hacia un ídolo que él jamás recibiría y que nadie en la política podía aspirar a tener. Era inconcebible que una estatua fea colgando de una pared a punto de colapsa causara más impacto en las vidas de esos animales que él, quien llevaba ya seis años trabajando para que ese sector tan pobre tuviera escuelas, sistema de transporte y hospitales (a los cuales esos miserables casi nunca acudían, confiando más en las recetas caseras de los abuelos familiares).
Finalmente, el pastor cerró las puertas de la iglesia, y sólo se escuchó silencio, uno que resultaba perturbador, pues la calle estaba oscura y no parecía haber alma que la transitara. Por un momento, Oliver sintió que estaba en un sueño, hasta que una pata colocada sobre su hombro lo despertó de la ensoñación.
—Ya era hora de que llegaras—murmuró molestó.
El camello se sentó frente a él, llevaba una gabardina, pero como era temporada fresca eso no despertaba sospechas. Le sonrió con pedantería, señalando la taza de café vacía.
—¿Estuvo bueno?
—No, no ordenes nada aquí—le dijo—Dime ¿qué quieres ahora?
Héctor se tomó su tiempo para sacar un cigarro del bolso y encenderlo, dejando que sus pulmones se llenaran de humo. Oliver tenía el ceño fruncido por la desesperación, en otros tiempos le hubiera dado un manotazo a su sobrino para obligarle a mostrarse respetuoso, pero sabía que esa época había terminado y que si intentaba tocarlo algún león, tigre u oso saldría de la nada y se le echaría encima.
—Esa no es forma de hablarle a la familia, tío—respondió Héctor al fin—¿No nos enseñó mejores modales la abuela?
—La abuela también nos enseñó el camino honrado.
—Esas palabras no valen pronunciadas en tu boca. Valdrían en labios de la abuela, siempre honrada, o de mi madre, una santa en vida. Pero no en boca de mi alcohólico padre, o de usted…
—¡Yo…!
—Absténgase—le dijo con tono severo—No me interesan las mentiras que te dices para dormir por las noches. Iré al grano, necesito que despejes completamente una bodega a dos cuadras de aquí, daré asilo a dos futuros socios ahí—sacó del bolso en la gabardina un papel doblado—Ésta es la dirección, ya sabes qué hacer.
Bueno, eso era fácil. Oliver leyó la dirección, tratándose de una bodega en el sector más bajo del distrito, sería fácil persuadir a los policías de alejarse de la zona, mandándolos a patrullar a otras partes.
—Hecho—guardó la dirección en su pantalón—¿Es todo?
—Sabes que no—la sonrisa que esbozó le causó escalofríos.—Quiero que prepares el dinero que me debes, tío.
—¡Te he dicho que ese dinero te lo pagaré cuando salga de la jefatura!
—Cuando salgas del gobierno no tendrás dinero, lo sé bien, y te advertí que yo no le perdonaría la deuda ni siquiera a mi familia—su tono de voz sombrío intimidó a Oliver—Me darás el dinero en un año, no me importa de dónde tengas que sacarlo, y con cincuenta por ciento de interés.
—¡Era sólo quince por ciento!
—Si lo hubieras pagado hace seis meses, como quedamos, seguiría siendo el quince por ciento. Pero ahora será el cincuenta y, si tardas más, ya no será interés lo que te cobre.
Sabiéndose acorralado, Oliver asintió. A su memoria acudió el recuerdo de su hermana, demasiado noble como para dejar a su esposo violento y borracho, que curaba de sus heridas y las de sus hijitos hasta que su desgraciado marido se marchó –o quizá murió– y nunca volvió. Oliver procuraba ser amable con Héctor, un niño que se sabía abandonado y que pasaba sus días por las calles, ansioso de no llegar a casa, donde su padre lo golpearía o escucharía a su madre llorar. Jamás le pasó por la mente que ese sobrino retraído se convertiría en un mafioso poderoso, al que le debía el dinero con el cual pagó su candidatura y que le estaba cobrando como si jamás hubieran sido familia.
Por su parte, Héctor se puso de pie, manifestó su placer de "haber hecho negocios" y se marchó. La última gota de sentimentalismo que quedaba en su cuerpo murió cuando sepultaron a su madre, tras eso, nada más le importó. Darle ese dinero a su tío fue una mera estrategia para hacerse del control de Plaza Sahara, y funcionó, porque Oliver no le negaba nada ¿cómo iba a negárselo, si le debía millones y además el pobre iluso aún seguía apreciándolo como el niño que alguna vez conoció?
Oliver vio a Héctor marcharse, y se quedó sentado ahí un rato más, pensando. Estaba entre la espada y la pared, no le quedaba más remedio que usar el dinero de las arcas públicas para pagarle a su sobrino. Si no le pagaba, Héctor podía hacer pública su relación, arruinándolo y mandándolo a prisión en el mejor de los casos, y en el peor… quería creer que Héctor no mataría a su propio tío, pero Oliver sabía muy bien, en el fondo de su ser, que lo haría desaparecer del mapa sin remordimiento si eso era conveniente.
Pagó por el mal café que bebió y camino a su casa pensaba en todos los recursos con los cuales podría desviar los fondos necesarios, el dinero que le debía a Héctor era demasiado y más si le cobraba el cincuenta por ciento de interés. No había remedio, tenía que encargar la construcción de edificios o cualquier obra pública, aunque no fuera en una zona segura, para que ese dinero pudiera desaparecer sin levantar sospechas.
.
.
Héctor les consiguió a Iván y Mark una bodega pequeña, en una zona perfectamente segura para sus negocios y les brindó la protección de sus hombres y los contactos de sus proveedores. Los dos cocodrilos pusieron patas a la obra, produciendo su droga y vendiéndola más rápido aún de lo que tenían contemplado. Pagaban casi la mitad de sus ingresos a Héctor, pero considerando la seguridad que éste les brindaba, le daban el dinero sin quejarse. En ese mundo lleno de traiciones y peligros, era más de lo que podían aspirar a tener.
Probablemente los dos cocodrilos hubieran continuado sus ventas –que dejaban excelentes ganancias– sin contratiempos durante muchos años, amasando una fortuna y trabajando para Héctor toda la vida. Pero cualquier posibilidad de una vida así de tranquila desapareció cuando apareció un mapache joven muerto frente a un restaurante común en Plaza Sahara. Los noticieros dijeron que había muerto por un asalto, pero los mafiosos sabían la verdad: el mapache usaba una camisa roja, con un símbolo blanco en el pecho, señal de que Erik la Cebra declaraba abiertamente su guerra contra Héctor el Camello.
Erik había sido un manojo de nervios y arranques de ira desde la muerte de su hija, ya varios de sus mejores sicarios habían desaparecido o muerto víctimas de sus impulsos. Todos los mafiosos de Zootopia miraban a Erik con recelo, temerosos de que sus acciones los pusieran en riesgo, y cuando declaró la guerra a Héctor cundió el pánico. Como Héctor era un previsor, ya se esperaba esa situación y tenía un plan de contrataque, pero la manera tan impulsiva en que Erik lo amedrentaba hacía que Héctor también perdiera parte de su mente fría y calculadora, ansioso de vengarse.
En medio de esa situación, Iván y Mark seguían vendiendo la droga, hasta que un tiroteo ocurrido una cuadra de la bodega donde trabajaban amenazó con sus vidas. Pasado eso, empacaron sus cosas y la mercancía, y se fueron. Héctor los llamó traidores y mandó una de sus tropas para seguirlos, los cocodrilos se marcharon lo más sigilosamente que pudieron, pero los hombres de Héctor les seguían los pasos muy de cerca y los arrinconaron a los límites de Plaza Sahara.
Mark condujo un auto de manera desenfrenada, buscando salvar sus vidas, ambos cocodrilos estaban acostumbrados a la persecución y usaron una de las avenidas rápidas para perder de vista a los hombres de Héctor. Éstos les disparaban, bajo la oscuridad de la noche, el auto de los cocodrilos dio una curva peligrosa y se internó a las colonias, la ráfaga de balas que los persiguió dejó a cinco heridos y dos muertos sobre las banquetas.
Todo había sido demasiado rápido, en medio de la persecución no se dieron cuenta de que el Distrito Sahara había quedado ya muy atrás, no hasta que vieron a esos animales inocentes muertos en la calle, los hombres de Héctor sintieron un pánico colarse junto con el frío aire de Tundratown en sus venas. Habían asesinado a civiles, y no en cualquier lugar, sino en los territorios de Mr. Big.
o0o
.
.
Zootopia, hoy
Tras la pequeña explosión emocional de Nick, no volvieron a tratar el tema. Era evidente que aún tenían muchas cosas por decir, pero ninguno de los dos sentía el valor suficiente como para lanzar la llamita que terminaría de encender la pólvora, tanto tiempo acumulada, en el fondo de su relación. Así pues, los días pasaron en una extraña y forzosa tregua, artificial aún para ellos mismos, de la cual iban tirando cada vez más, rezando que durara lo más posible.
Les ayudó mucho que cada uno estaba concentrado en su trabajo. Judy le comentaba a Nick unas pocas cosas de lo que hacía, el secuestro que había investigado se resolvió en dos días más, el irresponsable muchachito se había pasado de copas y llevaba ese tiempo hospitalizado, con las enfermeras buscando por cielo, mar y tierra a sus familiares. Intentó hacer que la anécdota sonara graciosa, y se complació cuando Nick sonrió a medias, comentando que él también fue muy descuidado en su juventud.
Por su parte, Nick no había dicho ya nada de su caso, tomó los apuntes que hico Judy y los releía varias veces, pero ya no le preguntó por su opinión ni Judy se esforzó en dársela. El espacio que Nick ponía entre ellos amenazaba con volverse más grande, pero ninguno de los dos quiso decir o hacer algo, demasiados conformes con el teatro que montaban.
Desde luego, no podían montarlo para siempre, y no a todos. Melody Wallace era una de esas que no se tragaban el teatro. Día con día, Melody ponía atención a la manera en que Nick hablaba, cómo se comportaba y qué expresión tenía cuando creía que nadie lo veía; no era su afán acosarlo, simplemente le tenía mucho cariño y no le gustaba pensar que el astuto detective intentaba pasarse de listo consigo mismo.
Una tarde, cuando John salió por unos refrescos y las oficinas estaban relativamente solas, Melody se sentó sobre el escritorio de Nick y lo miró acusativamente.
—Bien ¿qué estás ocultando?—le dijo sin darle tiempo de reaccionar—Algo te pasa, puedo verlo ¿qué es? ¿es Judy? ¿ella está bien?
Nick se mostró confundido, sabía que Melody era muy buena leyendo los rostros, pero nunca pensó que podría incluso leerlo a él.
—Claro—repuso, con voz atropellada e intentando que sonara casual—¿Por qué la preg…?
—No te atrevas—dijo con tono filoso—No soy tonta, no quieras pasarte de listo conmigo ¿qué pasa, Nick?
Quizá fue la combinación de cansancio y estrés; o tal vez la certeza de que no podía ocultar sus emociones por más tiempo, o la calidez que experimentó de que por primera vez en mucho tiempo alguien se preocupara sólo por él. O quizá, también, fue el tono autoritario que usó Melody con él, tan parecido al tono que Judy tenía antes, o una combinación de todos esos factores. Nick se rindió, dejando caer los hombros, y suspiró.
—No lo sé—confesó por primera vez a sí mismo.
Melody vio su actitud decaída e inmediatamente le dio ternura a su voz, intentando que él no se sintiera tan desdichado.
—Sólo habla, Nick.
Él no quería hacerlo, temía que si empezaba a hablar, entonces ya no podría detenerse, y había muchísimas cosas guardadas en el fondo de su mente, cosas que no era prudente decir aún, cosas que si las expresaba mal terminarían complicando aún más su situación. Pero la poca fuerza que aún tenía, esa que le permitía soportarlo todo, se esfumó cuando Melody le sonrió con ternura, y al final esa puerta que encerraba los más profundos de sus pensamientos se abrió.
Le contó absolutamente todo, en voz baja –como si alguien estuviera escuchando– pero con intensidad. Desde la esterilidad de Judy hasta su último colapso una semana atrás. La manera en que vio a su esposa decaer, detalle a detalle, esforzándose por ser fuerte pero colapsando al final, contándole cómo no podía juzgarla, pero reconociendo que estaba exhausto, de él, de ella, de todo ¡de todo! En algún punto de su narratoria, los ojos de Nick liberaron algunas lágrimas, demostrando la impotencia y el enojo contenido, y su pecho se oprimió, liberándose al fin de una emoción enclaustrada por mucho tiempo.
—No sé aún… no sé si pueda… no estoy seguro ya, Melody… me siento muy abatido.
Los ojos intensos de la albina tenían una expresión indescifrable, sin que apenas Nick pudiera reaccionar, Melody bajó del escritorio, rodeándolo, y lo abrazó.
Había comprensión, cariño, pero sobre todo, apoyo, en ese abrazo. El cuerpo tenso de Nick se fue relajando, su dolorido corazón sintiéndose al fin bajo el resguardo de algo que le daría ánimos. Le regresó el abrazo de manera inconsciente, como cuando un niño sonríe por reflejo a algo que le parece bonito; el tiempo se detuvo, las palabras sobraban, lo único que importaba en ese momento era que Nicholas Wilde sintió que se deshacía de una pesada carga, porque alguien estaba su lado ayudándole a sostenerla.
No se le ocurrió a Nick que se trataba del tercer animal en el cual tenía confianza suficiente para hablar de sus problemas: el primero era su hermana Rei, el segundo era Judy, y ahora Melody había entrado por mérito propio a ese reducido y selecto grupo de animales que podían presumir de haber visto a Nick sin su máscara. Melody tampoco estaba consciente de eso, pero no le importaba, sólo pensaba en que estaba feliz de que él se desahogara un poco, y en que deseaba ayudarlo todo cuanto pudiera.
—Nick yo… yo no sé qué va a pasar entre ustedes—le dijo Melody, sin soltarlo—Pero no tienes que soportar todo esto solo. Yo soy tu amiga ¿no? Y eso hacemos las amigas, ayudamos en todo momento.
—Supongo… por mucho tiempo Judy fue mi única y mejor amiga ¿sabes?—su voz sonaba pesada y arrastrada—No sé qué me duele más, si extrañarla como mi esposa, o como mi amiga…
—Ya no pienses en eso, te hace daño.
—Nunca pienso en esto, Melody, no hasta que me hiciste desahogarme. Temo que has abierto una puerta que no se cerrará en mucho tiempo.
—¿Debe sonar como amenaza?—respondió jocosa—Porque créeme ¡se arreglármelas muy bien!
—No lo dudo en absoluto.
Los dos rieron un poco, aligerando el ambiente, cuando Melody lo soltó pudo ver que la expresión de Nick era más relajada.
—Si ocupas algo más, no dudes en decírmelo.
Nick sopesó sus palabras, viéndola con intensidad.
—Cuenta con eso.
El momento se cortó cuando el teléfono de Nick sonó, al ver la pantalla, no pudo contener el fastidio que sintió al reconocer el número de Judy.
—¿Diga?—respondió, fingiendo que no sabía de quién se trataba.
—Nick ¿aún trabajas el caso de Sasha McCallahan?—gritó la conejita, se escuchaba mucho ruido, lo más seguro era que no estuviera en la comisaría.
—Sí ¿por?
—Encontré un paralelismo muy curioso—continuó ella casi a gritos—¿Tienes tiempo?
—En realidad no, estoy ocupado—mintió, descubriendo que aún tenía mucha naturalidad para eso.
—Bueno, te contaré en casa. Cuídate.
—Okey.—colgó.
Melody vio cómo los hombros de Nick se tensaron, y no debió pensar mucho para deducir quién había llamado. Pero, intuyendo que ese día ya había sido muy emocional para los dos, no dijo nada, limitándose a acomodar unas carpetas en su propio escritorio.
—John ya se tardó—dijo Nick, para romper el silencio.
—Ya lo conoces—se encogió de hombros—Dale unos quince minutos más.
Hubo un silencio, pesado y largo, que a pesar de haber durado sólo cinco minutos, se sintió de veinte. Al final, una sola palabra rompió toda tensión.
—Gracias.
Melody le sonrió a Nick, sin decir nada, porque no había nada que responder.
.
.
Silencio.
La sala de archivos en la comisaría estaba más vacía que un fantasma, con sólo un alma habitándola: Judy Wilde. Al terminar su caso muy rápido, Bogo la mandó a los archivos para que ordenara las seis cajas de papeleo que tenían pendiente. La conejita con un trapo en mano limpiaba los archiveros mientras clasificaba cada legajo que llegaba a sus patas. Usualmente ese era trabajado de Clawhauser, pero él descansaba ese día y había muchísimas tareas pendientes.
Usualmente a Judy no le molestaría hacer ese trabajo, siempre le gustó ayudar, pero justo ese día se le descargó el teléfono, impidiéndole poner música, haciendo que el silencio le pareciera insoportable.
El silencio le recordaba a una habitación de hospital, con paredes blancas y pulcras, cortinas cerradas y ni una sola alma cerca, pasando las horas acostada en una cama incómoda pensando cuándo podrás salir de ese lugar. El silencio le recordaba a un prado solitario y triste, donde el sonido de las risas, los cotilleos y la felicidad no llegan, un prado con lápidas que tenían esculpidos los nombres de aquellos que se han ido para jamás volver. El silencio le recordaba a una habitación llena de sueños rotos, con cunas y camitas que jamás serían usadas, y una casa desierta que llora la jovialidad que ya no posee. El silencio le recordaba todo lo que extrañaba de su vida, y dolía…
Cerraba los ojos intentando no pensar en el silencio, pero le era difícil. Se movía lo más ruidosa que podía, pero el eco de sus propios movimientos, el eco del metálico sonido de los archiveros, perturbaba más su alma, cansada, y su mente, ansiosa. De repente su pecho sintió una pequeña opresión, y no respiró bien, inclinándose sobre su propio abdomen.
"No" se dijo a sí misma "No colapsarás ¡no aquí, no hoy!" se dijo, aún cuando su corazón latía desafiando su orden.
Antes de que pudiera seguir colapsando, agarró un legajo más y lo colocó en el archivero de la letra "Z". Era de los más vacíos, ya que pocos se llamaban o apellidaban con esa letra. Judy aprovechó y echó una ojeada a los aplastados expedientes que acumulaban polvo, olían demasiado a humedad. Sacó un grupo, y entre esos encontró legajos con moho y hojas deshaciéndose.
—Maldición—farfulló.
Tuvo que vaciar el archivero y esa actividad la calmó un poco. Tenía agua colada al fondo, así que lo secó con mucho cuidado, luego comenzó a descartar los archivos perdidos. Por curiosidad, hojeaba algunos.
Zaramena, Javieram ¡qué feo nombre! Casi se alegró de que el legajo fuera irrecuperable. Zaren, Koli, un caso de robo común que aún era legible. Zame, Hortencia, que notificó un abuso por parte de su esposo, el archivo había sobrevivido, pero no el legajo, habría que ponerlo en otro. Zereg, Pamela, jovencita que se suicidó, ese archivo tenía algo de tinta corrida pero aún era rescatable.
Zereg… ese apellido le era familiar ¿dónde lo había escuchado antes? Judy siguió acomodando y limpiando, pero el apellido resonaba en su mente. Abrió el expediente y lo leyó, en un intento de recordar aún más. Pamela Zereg había sido encontrada muerta en su bañera, con las venas cortadas, sin causa aparente de porqué pudo quitarse la vida. No se encontraron rastros de robo o forcejeo, por lo que el asesinato quedó descartado, aunque hubieran algunas incoherencias.
Los cortes no fueron provocados en las muñecas, sino en el antebrazo, y eran más profundos de los que alguien podía auto infligirse. El grifo del agua estaba abierto, desbordando la bañera y haciendo que el departamento se inundara con agua y sangre, de hecho, fue el agua ensangrentada saliendo por debajo de la puerta lo que advirtió a los vecinos, ese era un comportamiento extraño en un suicida, que busca desaparecer, no llamar la atención.
Una muchacha que se quitó la vida, sin causa aparente, en circunstancias muy extrañas… Judy recordó de repente a Sasha McCallahan ¿habría alguna conexión entre ambas muertes?
Estaba pensando de más, Judy guardó el archivo y siguió ordenando en la otra zona del archivero, agradeciendo las bromas que se escucharon desde el pasillo, de algún otro policía, rompiendo el silencio que la estaba volviendo loca. Ya con ruidos lejanos de fondo, pudo apurar su trabajo, sintiéndose un poco más animada.
.
.
Si Judy sintió algo de buen humor en el día, se esfumó apenas llegó a su casa. De alguna forma, la casa se había convertido en la construcción física de todo lo que estaba mal dentro de ella. Postergó lo más que pudo su regreso, dando un paseo por el centro y llamando a Nick para platicar un poco, pero él estaba ocupado y el centro tan ajetreado que se estresó y decidió descansar. Pero la casa, con todos los recuerdos, le impedía relajarse.
La luz de la contestadora parpadeaba, señalando un mensaje nuevo. Aplanó el botón y escuchó la voz de su madre, otra vez, saludándola.
"Hija, espero que este fin de semana estés más desocupada. Me gustaría tenerte otra vez en casa, aunque sea un par de días. Me gustaría recordar cómo se ven tú y Nick ¿sabes? Todos los extrañamos… en fin, avísame si vienes a casa. Te amo, cuídate"
Borró el mensaje, pero las palabras siguieron en su mente un rato. Su madre había estado llamándola todo ese tiempo, preocupada por ella. Además, Bunny Burrow fue y siempre sería su hogar. Quizá uno o dos días lejos de Zootopia –y todo lo que esa ciudad representaba– le darían el descanso que necesitaba. Levantó el teléfono para llamarle a su madre, pero el tedioso sonido uniforme de la línea puso su mente en blanco.
En un arranque de claridad, se dio cuenta que ella necesitaba alejarse no sólo de la casa y de la ciudad, sino de Nick. La idea de estar a su lado en el tren de viaje a Bunny Burrow la estresó demasiado. No, ella quería ir sola, viendo las praderas verdes y el cielo celeste lleno de nubes. Convivir con su familia tampoco le parecía muy agradable, pero admitía que un buen abrazo de su madre le vendría bien.
Nick llegó poco después, y se encontró a Judy sentada en el comedor, con la mirada perdida, y un vaso de jugo de zanahoria en la mano. Adivinó que ella estaba pensando en una manera de comunicarle algo que no deseaba escuchar, pero a esas alturas, después de tantos días pesados, Nick pensaba que ya nada le molestaría.
Necesitaban un respiro. Los dos lo sabían, aunque no lo dijeran en voz alta. Antes de que Nick pudiera decir algo, Judy volteó, parpadeó lentamente, y dijo:
—Iré a ver a mi madre.
Pudo ver que él se tensaba, pero se las arregló para que su rostro se mantuviera estático al responder.
—¿Estás segura?
—Ella me ha llamado mucho últimamente, creo… que ya debo ir.—guardó silencio, tragando duro—Y quiero ir sola.
Nick asintió, agradeciendo que ella lo dijera, porque no tenía ánimo ni energía para visitar a la familia de Judy.
—Lo entiendo.—dijo en tono condescendiente, Judy pensó que él estaba ofendido, pero no cedió.—Te llevaré mañana a la estación.
—Gracias.
No dijo nada más, Nick subió al cuarto y Judy pudo escuchar el sonido de la regadera. Bueno, eso salió mejor de lo que esperaba… pero siendo sincera ¿qué había esperado ella? Nick siempre había sido comprensivo, rara vez tomaba las cosas de manera personal ¿era eso lo que la molestaba, el hecho de que Nick parecía aliviado ante la idea de que ella se marchara dos días? Definitivamente nada en ella tenía sentido.
Arriba, Nick despejaba su mente mientras el chorro de agua caliente mojaba su pelaje. Sentía un poco de culpa, porque estaba bastante feliz con la idea de que Judy se fuera dos días. La sola imagen de estar en la casa solo, relajándose sobre la cama, lo llenaba de una serenidad que llevaba meses sin sentir. Era algo egoísta, pero tras todo ese tiempo siendo un esposo incondicional ¿no merecía un par de días de vacaciones de su matrimonio? Dicho así sonaba muy mal, pero no quiso seguir atormentándose.
Se tomó su tiempo en el baño, salió ya vestido con su pijama. Judy estaba recostada en la cama, con los ojos cerrados y una respiración acompasada, como no estaba seguro de que estuviera dormida, se movió silencioso por la habitación, cerrando las cortinas –el sol era muy penetrante en la mañana– y apagando el foco.
Durante semanas, los dos iban a la cama en momentos separados, usualmente Nick se recostaba y Judy no subía hasta una hora después, asegurándose de que él estuviera dormido. Los momentos de intimidad, que tanto valoraron antes, resultaban un poco incómodos ahora.
Fue por eso que Nick se sorprendió mucho cuando se recostó en la cama y sintió la mano de Judy apretándole la pata, de manera suave y sutil. Él sintió su corazón acelerarse, y no supo primero qué responder. De manera algo torpe, le devolvió el apretón, aunque Judy pudo sentir la incomodidad no le dio importancia, sin abrir los ojos se limitó a susurrar:
—Gracias.
¿Tenía que responderle? No sabía qué decirle. Antes de que el silencio se alargara, Judy volvió a hablar.
—Buenas noches—dijo.
Le soltó y se recostó de costado, relajándose para dormir.
.—Buenas noches—respondió, con una mezcla de desconcierto y gusto.
Esa noche los dos durmieron un poco mejor.
.
.
o0o
Best soundtracks in movies
El Lic. Pumalez sintió todos los músculos de su cuerpo tensarse cuando la pantalla de su celular se iluminó, anunciando la entrada de una llamada. Respondió rápido y sin pensarlo, frustrándose cuando reconoció la voz de su esposa.
—¿Amor? Es tarde ¿te guardo la cena?
—Sí cariño, me tardaré aún más.—dijo con voz llena de fastidio, pero su mujer lo ignoró.
—Sabes que no me molesta que trabajes, amor, pero después de lo que le ocurrió a la pobre muchachita que trabajaba contigo…
—¿Y qué culpa tengo yo de que se quitara la vida, Carolina?
—¿Enserio lo hizo, Tom? Porque cuando leí esta mañana una nota decía que…
—¡No empieces con tus teorías raras, Carolina! No tengo tiempo para eso. Guarda la cena por favor y dale un beso a los niños de mi parte. Prometo estar todo el fin de semana con ustedes.
—Sí amor, cuídate.
—Adiós.
Colgó desesperado, dejando el teléfono a simple vista. Eran ya las diez de la noche, y sabía que su esposa era más inteligente de lo que ella misma reconocía, si ella sospechaba del suicidio de Sasha entonces muchos en la ciudad también lo hacían.
¡Y esas malditas hienas aseguraron que nadie sospecharía nada!
Miró su computadora, con un documento en blanco, no tenía nada que hacer pero la llamada que esperaba era demasiado peligrosa como para tomarla en casa. Media hora después el teléfono se dignó a sonar, y Tom Pumalez se aclaró la garganta antes de responder, sabiendo que debía mostrarse seguro (aunque por dentro moría de miedo).
—¿Diga?—respondió.
—Si pasas tanto tiempo en la oficina puedes levantar sospechas ¿sabías?—dijo la voz al otro lado del auricular.
—Será sólo hoy, el resto de la semana la tomaré libre.
—Bien, recuerda que debes actuar como si estuvieras perturbado.
—Sí, lo haré.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para nosotros, Tom?
Oh no… siempre que hacían esa pregunta algo pasaría, algo grande, algo que no podría ya controlar.
—Diez años.—repuso, intentando sonar relajado.
—Bien, bien… has sido fiel.
—Señor, quiero…
—Regla número uno, nunca interrumpir, Tom ¿es que nadie te enseñó modales?
Se mordió la lengua por indiscreción.
—Lo siento—murmuró.
—Así me gusta… ahora ¿qué te decía? Ah, cierto. Has sido fiel hasta ahora, eso es bueno. Te depositaremos mañana a primera hora por esta gran noticia que nos has dado, de manera generosa, pero queremos a cambio otro favor.
"Malditos" pensó.
—Dime.
—Es importante que seas muy discreto en esto, Tom.
—Es mi especialidad.
—Bien, el Jefe quiere verte este fin de semana.
—¿enserio?
Nunca había visto al Jefe, por obvias razones. El Jefe no hablaba con nadie a no ser que fuera por algo muy bueno, o muy malo, y Tom sabía que no podía confiarse.
—Sí. Mañana te confirmaré la hora exacta. Recuerda, absoluta discreción, Pumalez.
—Claro que sí.
—Ah, y usa el dinero para comprarte un buen traje. El Jefe valora mucho el buen gusto.
—Desde luego—gruño ¿pensaba acaso que su traje era barato?
—Nos vemos.
Colgó.
Eso no podía ser del todo bueno, la experiencia le había enseñado a Tom a controlar bien sus emociones, pero aún así temía que el Jefe lo viera como un eslabón débil. Pumalez no era tonto, sabía en lo que se metía desde la primera vez que les hizo un favor legal, pero siempre pensó mantenerse al margen, un contacto más entre la interminable lista que existía en esa ciudad. Si el Jefe lo veía, significaba en el mejor de los casos ser parte ya de su red de contactos personal, y eso era bastante peligroso. No podía permitirse cometer ningún error.
Miró un portarretratos en donde estaba la fotografía de su familia: ahí estaba él, su esposa y sus dos hijos pequeños. No se consideraba un hombre de familia, casi nunca estaba en casa y conocía poco a sus cachorros, pero no era tan desalmado como para no importarles. A su manera los quería, y sólo por eso pensaba que lo más prudente era seguir las normas del Jefe, a fin de durar un par de años más en la vida de sus hijos y asegurarles un buen futuro.
¿Por qué esa tonta de Sasha había escarbado sus narices donde no debía? Nada de eso estaría pasando si esa pasante de abogacía no hubiera encontrado aquella carpeta de documentos que él había escondido tan celosamente los últimos diez años. Pero no podía perder el tiempo pensando en eso y lamentarse de su suerte. Tenía aún muchas cosas que hacer, y en eso debía enfocarse.
Apagó la computadora, las luces, y se fue a su casa. Esa sería una semana muy pesada y necesitaba una buena noche de sueño.
.
.
.
.
Escena extra
La mecedora hacía un extraño relinchido –muy molesto– cada vez que se mecía, pero Bonnie Hopps lo ignoraba mientras tenía la labor en sus manos. Siempre le había relajado coser, tener en sus manos trozos de tela sin forma y después coserlos hasta crear bellas blusas, guantes bordados o cualquier clase de accesorio la hacía sentirse útil y hábil, y ahora más en esos días tan largos que llevaba teniendo.
Había cosido ya ropa de bebé para todos sus nietecitos, y también guantes, calcetines, diez pañuelos bordados con las iniciales de sus diez hijos mayores y seguía cosiendo, siempre con nuevas ideas en mente. Debido a los partos, Bonnie tenía los huesos frágiles y los doctores le habían prohibido varios años antes trabajar en las huertas, así que la viuda conejita se la pasaba regando macetas pequeñas (no podía alejarse de las plantas) cocinando, cociendo y vendiendo, ella no podía nunca estarse quieta.
Desde la muerte de su esposo, Bonnie no salía a la huerta ni a ninguna de sus plantaciones, el olor a la tierra mojada le traía recuerdos aún dolorosos. De todos los lugares de la casa, en donde se sentía más a gusto era en una pequeña esquina cerca de la chimenea, donde cosía todo el día. Sus hijos atendían perfectamente la granja familiar y se limitaban a asegurarse de que ella estuviera bien. Tenía buenos hijos, la mayoría seguía con su vida, con ratos de tristeza pero sin desatender sus obligaciones, dejándole entregarse al luto.
Pero Bonnie no estaba del todo tranquila, por una sola de sus tantas hijas: Judy. Al recordar a su rebelde hija, Bonnie dejó su labor de lado suspirando, se puso de pie y recorrió un largo pasillo hasta la habitación de Judy, que habían mantenido intacta al pasar los años. Ahí estaban los postes de la Academia de Policías de Zootopia, sus medallas y reconocimientos, y varios libros de defensa personal, tratados legales y de justicia. Su pequeña Judy siempre fue tan diferente, y por eso estaba preocupada por ella, no sabía cómo había sobrellevado la muerte de Stu, ya que Judy se había aislado por completo. A su edad, Bonnie sabía que el aislamiento era una mala señal en casos críticos –como ese– pero no tenía idea de qué hacer para ayudar a su hija.
—Hija mía—dijo con voz contenida—Espero que puedas pronto volver a casa.
Una lágrima solitaria se asomó a sus ojos, pero Bonnie no la derramó, cerrando la puerta del cuarto y alejándose de él rápidamente.
Esa escena extra es muy pequeñita y sé que poco relevante, pero era una imagen que tenía en mi mente y que necesitaba sacar, al menos ayuda a darle más contexto a la situación (supongo). ¿Y bien? ¿Qué les ha parecido? Supongo que desde la canción pudieron darse la idea del tono del capítulo. Se desarrollará más a Melody, a Bonnie y a Judy en el siguiente episodio. Espero les haya gustado c:
El próximo capítulo lo quiero subir el lunes, espero no tener ningún contratiempo. Háganme saber en sus comentarios si la historia de Mark e Iván se está desarrollando de manera entendible jeje.
¡saludos! y gracias por leer.
