¡YAHOI! Aquí vengo, con el capítulo nueve.

Espero que os guste.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.


Acto IX

De enfrentamientos


Esperaba impaciente, dando golpecitos con el lápiz sobre su estuche, mirando de reojo a Hanabi, sentada a un par de sillas de distancia, concentrada en el examen que tenía delante. Él ya había terminado hacía varios minutos, pero no quería irse, no sin poder hablar antes con Hanabi. No había querido perturbarla antes del examen, no era tan hijo de puta como para hacer que fracasara en sus estudios. Él mejor que nadie sabía el valor que tenía una buena formación y educación. No echaría por tierra los esfuerzos de otros por aprobar cuando él mismo era consciente de todo lo que costaba, muchas veces, sacar una buena nota.

La vio al fin dejar el lápiz al lado de las hojas de papel y, cuando la vio sonreír y guardar todo, cogiendo su bolso y el examen, él también se levantó de golpe. Reunió sus cosas con gestos apresurados ante la ceja alzada del profesor y siguió a su compañera hacia abajo. Le entregó su examen al maestro y ambos salieron del aula, casi al tiempo. Hanabi le sonrió una vez fuera, contenta por haber finalizado aquella prueba.

Anduvieron en silencio unos metros, bajaron las escaleras hasta el primer piso de la facultad, donde ya había más gente, haciendo uso de alguna hora libre.

―¿Qué tal?―le preguntó la chica―. Creo que a mí bastante bien…

―A mí también―la interrumpió él, sin mirarla.

Estaba pensando en cómo abordar el problema que tenía ahora mismo. No podía hablar de algo tan privado y personal en medio de la facultad o del campus, por lo que la biblioteca o la cafetería quedaba descartada. Tampoco en ningún lugar público. Hanabi tenía coche, pero la idea de estar durante varios minutos encerrado en un espacio tan reducido con una chica que parecía querer comérselo cada vez que lo miraba no lo seducía en absoluto. Con un suspiro se dio cuenta de que el único lugar posible era su propio apartamento. Hizo una mueca al pensar en llevar a la hermana de la mujer a la que amaba al sitio en el que tanto él como Hinata habían sido la mar de felices. Pero no le quedaba otra opción, no para la peliaguda conversación que le esperaba.

Se detuvo y tomó aire, Hanabi paró al tiempo y lo miró, curiosa por la repentina seriedad en su rostro.

―Oye, ¿te encuentras…

―Hanabi, ¿podrías venir a mi casa? Hay algo de lo que tengo que hablar contigo. Urgente. ―La castaña sintió que el corazón le daba un vuelco.

Intentó por todos los medios que la alegría no fuese demasiado evidente, algo que no logró del todo, porque de repente no podía dejar de sonreír como niña con zapatos nuevos.

―Claro, por supuesto. ¿Vamos en mi coche?―Naruto asintió y la siguió hasta su vehículo.

Esperó a que Hanabi abriera y se acomodó en el asiento del copiloto, abrochándose el cinturón de seguridad. Hanabi hizo lo propio en el asiento del conductor tras dejar sus cosas descuidadamente en la parte trasera. Arrancó y se puso en marcha. No le hizo falta preguntar la dirección. Se la sabía de memoria.

Aparcó a unos metros de distancia tras media hora de trayecto por culpa del denso tráfico. Naruto salió y la precedió hasta el bloque de pisos. Hanabi casi tuvo que correr para alcanzarlo, pero no se quejó. No se le ocurría.

Subieron en silencio hasta la correspondiente planta y Naruto sacó las llaves del bolsillo, metiéndola en la cerradura y entrando en el mismo, dejando pasar a Hanabi primero.

―Con permiso―susurró la chica, claramente emocionada.

Sus orbes blanquecinos no pararon de pasearse por toda la estancia que encontró ante su vista, mientras se deshacía de los zapatos. Naruto la imitó, dejando la mochila al lado de la puerta de entrada.

―¿Te apetece algo?―preguntó el rubio más por cortesía que otra cosa.

No tenía ganas ningunas de alargar ese encuentro, pero tampoco quería ser grosero. Hanabi no era mala chica, simplemente él no podía ser, ni darle, lo que ella deseaba de su persona. Su corazón ya tenía dueña.

―¿Tienes café?―preguntó Hanabi, tímida.

Naruto asintió y se adentró en la pequeña cocina, poniendo a funcionar la cafetera y sacando un par de tazas limpias del armario que estaba sobre el fregadero. Cogió también la caja de las galletas y la puso en la mesa de la cocina. No quería causarle falsas impresiones a la muchacha.

Hanabi se sentó en la mesa de la cocina, extrañada de que no la invitara al salón, pero decidió callar. Tal vez es que no había limpiado todavía o…

―Ten. ―Hanabi cogió la taza de humeante café que él le ofreció.

―Gracias. ―Naruto se sentó frente a ella, recto como un palo en la silla, dejando su propia taza de café frente a sí. Hanabi alargó la mano hacia la abierta caja de galletas, tomando una, sintiendo de pronto el pesado silencio cerniéndose sobre ellos como una losa―. Esto… ti-tienes una casa muy bonita… ―Naruto bufó y Hanabi enmudeció, captando la exasperación en aquel resoplido―. Naruto…

―Joder, esto es más difícil de lo que creía. ―Hanabi pestañeó, viéndolo pasarse las manos por el pelo, con desesperación―. Hanabi, necesito decirte algo y necesito asegurarme de que lo entiendes, de que no queda ningún tipo de malentendido entre nosotros, ¿estamos?―La joven asintió, confundida―. Bien. Dicho esto… abre bien las orejas porque no pienso repetirlo: tú no me gustas. ―Los ojos perlados de Hanabi se abrieron como platos ante semejante afirmación. Naruto la había soltado con fiereza, como si quisiera atacarla con esas palabras, como si quisiera causarle daño.

―Naruto… no entiendo… ―Naruto volvió a bufar.

―Sí entiendes. Eres de las personas más inteligentes que conozco, Hanabi, así que no te hagas la tonta: tú-no-me-gustas. Estoy enamorado de otra persona, alguien que no eres tú y que me hace inmensamente feliz. No vivía hasta que la conocía a ella. No era feliz hasta que entró en mi vida. ―Hanabi apretó los labios y los dientes, negando con la cabeza al tiempo que daba un sorbo algo torpe a su taza de café.

―N-no sabía… que tenías novia…

―Tengo. ―Hanabi parpadeó―. Tengo, no tenía. Sigo teniéndola. ―Hanabi abrió los ojos como platos una vez más, impresionada por, nuevamente, la ferocidad en su voz y en su mirada.

―Naruto… yo… tú… te quiero―añadió apresuradamente, atropellándose con las palabras―. Desde el primer día que te vi y-

―Pero yo a ti no, ¿entiendes? Necesito que lo hagas, Hanabi, necesito que lo entiendas, porque si no lo haces, mi chica sufrirá. No tengo intención de dejarla escapar, así que tú decides. ―Ahora la mirada de Hanabi se tiñó de enfado.

―¡No la conoces! ¡No sabes como es-

―Estuve los últimos seis años de mi vida conviviendo con ella, en la misma casa, bajo el mismo techo y en la misma cama. ―Aquella frase consternó a la Hyūga, quien se dejó caer sobre su silla, abriendo y cerrando la boca sin saber qué decir o cómo actuar. La intención de Naruto al decirle aquello había sido clara: quería hacerle daño, que sintiera una mínima parte del dolor que él estaba sintiendo.

El rubio suspiró, volviéndose a pasar las manos por el pelo.

―Este no soy yo. Dios, si Hina se entera de esto me matará―murmuró casi sin darse cuenta. Aquel nombre, aquel apodo cariñoso, junto con el brillo soñador de sus ojos azules hizo a Hanabi explotar.

―¡Se está aprovechando de ti! ¡¿Es que no lo ves?! ¡Mi hermana siempre ha sido así: egoísta, suplicando migajas de atención, rogando porque los demás la alabaran y la quisieran tanto como a mí!―Naruto negó con la cabeza, frotándose las sienes con los dedos índice, pulgar y corazón de la mano derecha.

―Estás celosa, eso es lo único que pasa. Te jode que yo no te corresponda porque siempre has podido obtener todo lo que deseabas con relativa facilidad; te fastidia que tu hermana esté conmigo por una simple cuestión de orgullo: siempre te han dicho que eres la mejor de las dos, la más guapa, la más inteligente, la más fuerte… Pero no sabes lo equivocados que están todos. Hinata es mil veces mejor que tú, al menos bajo mi punto de vista. ―Dio un tranquilo sorbo a su café, midiendo la reacción de la chica sentada frente a él.

Hanabi había quedado congelada, estática. Su bello rostro adquirió un tono rojo carmín mientras que sus ojos se llenaban de lágrimas, lágrimas de impotencia, de rabia, de frustración.

―No sabes lo que dices… ―Naruto sonrió.

―Lo sé perfectamente. Amo a Hinata, Hanabi, cuanto antes lo aceptes, antes volverá todo a la normalidad. ―La castaña miró para el chico que hacía tambalear su mundo y su corazón, el despecho abriéndose paso entre toda la tristeza y el dolor.

―Mi padre jamás lo aceptará―dijo con rencor. Naruto suspiró.

―No me hace falta que lo acepte, solo me hace falta Hinata. Nada más. ―Hanabi negó con la cabeza.

―Ha vuelto a gozar de su aprobación, de su cariño… ¿crees que será capaz de abandonar a su familia, a su sangre, por ti? En cambio yo… yo daría todo…

―Te equivocas―la cortó Naruto, su voz firme y calmada―. A ti es a la que te costaría renunciar a todo. Hinata ya se la jugó una vez por mí, ahora soy yo el que me estoy jugando todo por ella. ¿Crees que no lo sé? ¿Que no sé que no tengo nada que ofrecerle? Pero ya se lanzó a la piscina conmigo en el pasado. Cuando vuelva a hacerlo, esa vez, no estará sola: yo me lanzaré con ella y la sostendré durante la caída. Porque la amo, Hanabi. A ella y solo a ella.

Hanabi sintió su corazón romperse en mil pedazos, todas sus esperanzas, aquello en lo que siempre había creído, desvaneciéndose ante sus ojos.

No la quería. El chico al que ella amaba no la quería. Prefería a otra.

A nadie más y nada menos que a su propia hermana mayor.

Con los ojos desbordando lágrimas recogió apresuradamente sus cosas, se puso los zapatos y salió corriendo del apartamento de Naruto. Ya no le quedaba nada que hacer allí. Naruto no hizo amago de seguirla. Hanabi necesitaba ahora mismo estar sola. Y él debía continuar adelante. Sin detenerse.

Con el problema de Hanabi resuelto ahora solo le quedaba ir a ver a Hiashi Hyūga para enfrentarlo cara a cara.

Le demostraría que era un hombre y no un niño, que era capaz de cuidar de Hinata y de proveerle de todo lo necesario para vivir. Gracias a Sasuke se había hecho una idea del carácter de ese hombre frío e imperturbable.

―No te defraudaré, Hina'ttebayo. Pronto estaremos juntos de nuevo. Es una promesa.


Hinata salió de la ducha con un albornoz puesto y unas pantuflas rosadas, secándose el cabello con una toalla. Aquello de tener un baño privado tenía sus ventajas, aunque ni la bañera más ostentosa y lujosa del mundo podría competir jamás con el minúsculo cuarto de baño en el que ella y Naruto se peleaban todas las mañanas por ver quien lo usaba primero. De momento iba ganando ella, se dijo con una sonrisa, y por amplia ventaja.

Un suspiro salió de sus labios mientras se sentaba en la cama, recordando su último encuentro en la fiesta del círculo de empresarios. No habían vuelto a verse después de aquello. Ya estaban con los exámenes de mitad de curso en la universidad y por nada del mundo lo haría descuidar su educación. Claro que eso no fue impedimento para que siguieran comunicándose.

Como no quería correr riesgos utilizando el ordenador de sobremesa que había en su casa, ni su portátil, ni su tablet o su móvil personales, temiendo que su padre podría estar espiándola, había conseguido hacerse con un segundo móvil, de prepago, cuya tarjeta ni siquiera la recargaba ella.

En su mente, agradeció una vez más a Shino, un buen amigo de la infancia que había formado parte de su círculo más íntimo junto con Kiba pero, a diferencia de este último, Shino nunca la juzgó ni la censuró por su decisión de dejar todo atrás y embarcarse en la aventura más loca de su vida que también había resultado en la más maravillosa.

Shino era el único amigo de verdad que le quedaba, aparte de Temari, el único al que fue capaz de confiarle su dolor y su agonía. No es que no confiara en su amiga rubia y alocada, pero Shino sabía escuchar, mucho más que cualquier otra persona que Hinata conociese. Lejos de censurarla o mirarla con mala cara cuando le contó sobre sus sentimientos, el Aburame la había abrazado, tal y como hiciera cuando rompió con Kiba y mandó todo al diablo. Y había sido él también el de la idea del móvil de prepago. Se le presentó con él en una de sus tantas salidas de amigos.

―Toma. ―Hinata había parpadeado, sin entender muy bien lo que significaba ese regalo―. Llevo guardándolo, esperando para dártelo. Creo que ahora es el momento indicado. La tarjeta está cargada, cuando se te acabe el saldo, dame un toque y la recargo.

―Shi-Shino-kun…

―Ahora podrás comunicarte con tu novio. Nadie lo sabrá. No te preocupes. ―Sonrió ante el recuerdo, porque lo siguiente que vino fue ella estrangulando a su mejor amigo en un abrazo de oso, mientras lloraba a lágrima viva, incapaz de contenerse, balbuceando incoherencias.

Shino había tenido un detallazo con ella. En cuanto pudiera, le devolvería el favor encantada.

Pensando en ello, no pudo resistirse a sacar el móvil de su escondite: una pequeña maleta que utilizaba en su día para cortos viajes de fin de semana a los que su padre las arrastraba a ella y a Hanabi cuando eran más jóvenes. Tenía una cerradura de combinación y solo ella conocía la contraseña. Haciendo como que buscaba algo en el armario por si a alguien se le ocurría entrar de improviso tecleó un mensaje rápido. Un simple te echo de menos junto a un par de corazones latiendo. Era más que cursi, pero sabía que aquello animaría a Naruto.

Dio otro suspiro, guardando de nuevo el móvil. Se puso en pie y empezó a rebuscar en el armario, con desgana, la ropa para ponerse después de la ducha. Entonces unos golpecitos rápidos, entre ansiosos y cautelosos, resonaron en su puerta. Abrió, dando paso a una nerviosa Natsu, una de las criadas más antiguas de la casa y también la más querida tanto por ella como por Hanabi.

―¿Natsu? ¿Qué es lo que-

―Un joven ha venido a ver a su padre, señorita. Está abajo, esperándolo. ―Hinata rodó los ojos, nada impresionada por la alteración de la doncella.

―Nunca se cansa… ―murmuró Hinata, respirando hondo y poniéndose rígida como un palo de escoba.

Natsu abrió la boca, para decirle algo más, pero la voz de la anciana ama de llaves sonó en el pasillo.

―¿Natsu? ¿Qué haces en la habitación privada de la señorita Hinata? ¡A trabajar, holgazana!―La aludida hizo una reverencia apresurada a modo de disculpa y salió escopetada escaleras abajo.

Hinata no pudo evitar soltar una risita al oír los refunfuños de la jefa del personal de la casa, mientras cerraba la puerta de su cuarto.

Buscó un atuendo adecuado para recibir a Toneri y que recalcara al mismo tiempo su postura ante él. Le había dado a entender de múltiples maneras que no quería tener nada que ver con él románticamente hablando, pero el Ōtsutsuki era más que insistente. Lo peor es que no podía desairarlo como hubiera hecho con cualquier otro pretendiente. Su padre jamás se lo perdonaría.

Finalmente escogió unas medias oscuras, unos pantalones cortos de cuadritos grises y una blusa negra semitransparente tipo vintage. Era un atuendo elegante, joven y casual, que daba a entender que no tenía intención ninguna de salir de casa con alguien como Toneri a ninguno de los sitios que frecuentaba la gente como Toneri.

Se puso todo, se peinó la larga melena negro azulada dejándosela suelta, complementó todo con un colgante de plata en forma de copo de nieve y con unos pendientes que hacían juego con el mismo de presión. Así ataviada bajó las escaleras hasta el salón, armándose de una paciencia que no tenía para entrar en el salón de la casa, donde seguramente su padre estaba haciendo esperar al pobre muchacho. Abrió la puerta, con una nada ensayada mueca de fastidio en el rostro…

…Y se congeló en su sitio al ver una cabellera dorada como el sol bajo la que resplandecía la figura alta, delgada y fuerte, enfundada en un traje de marca, del hombre que hacía a su mundo tambalearse con su sola propia presencia.

Él se dio la vuelta e inmediatamente quedó atrapada por el brillo de esos ojos azules que tanto amaba. Empezó a temblar, abriendo y cerrando la boca, incapaz de hablar con coherencia. Naruto sonrió divertido al notar su más que evidente turbación, alzando una ceja al ver su expresión descompuesta.

―Vaya, nunca pensé que sería yo el que pusiera esa mueca en tu hermoso rostro'ttebayo. ―Hinata salió de su estupefacción para apresurarse en cerrar las puertas tras ella e ir junto a él.

―¡¿Q-qué estás- ―Fue interrumpida por un ardiente beso.

La boca de Naruto descendió sobre la suya mientras sus manos se apoderaban de su cintura y acariciaban su espalda, hasta apegarla a su pecho, sin abandonar ni un momento sus suaves labios.

―Te he echado de menos―le dijo, con la voz ronca, deseando que estuvieran solos para dar rienda suelta a sus sentimientos y a la pasión que siempre existía entre los dos.

―S-si alguien te ve… ―Naruto sonrió con cariño, poniéndole un rebelde mechón detrás de la oreja, acariciando su mejilla con las yemas de los dedos.

Hinata cerró los ojos, disfrutando para su tortura de aquella lenta caricia.

―No he venido a verte a ti, no te preocupes. ―Hinata abrió los ojos sorpresivamente, intentando adivinar el motivo de su visita.

Si no había venido para verla a ella… entonces…

Se apartó de él, quedándoselo mirando con el más absoluto horror transparentándose en su perlada mirada. Naruto suspiró.

―Hina… ―Alargó el brazo para intentar tomar su mano pero Hinata lo rechazó, dando otro paso atrás.

Suspiró de nuevo y dejó caer la mano, metiéndola entonces en el bolsillo de su chaqueta.

―N-no… ―Hinata negó con la cabeza, aterrorizada―. ¡N-no puedes! ¡Ti-tienes que irte! ¡Ahora!―Intentó agarrarlo del brazo cuando se volvió a acercar a él, para tirar de él hacia la salida de la casa.

Pero Naruto apretó su codo suavemente, impidiendo que lo agarrara.

―Te dije que lucharía por ti. ―Sus intensos ojos azules se clavaron en ella, paralizándola, haciendo que las lágrimas quisieran hacer su aparición―. Y esta vez quiero hacer las cosas bien'dattebayo. ―Hinata se mordió el labio inferior, debatiéndose entre regañarlo por su estúpida valentía o lanzarse a besarlo para no soltarlo jamás.

Los sofás siempre habían sido la mar de cómodos…

Sacudió la cabeza, roja de vergüenza ante sus traicioneros pensamientos. Respiró hondo, aferrando la manga de su cara chaqueta de marca. A saber lo que le había costado aquella extravagancia… Sabía que tenía ahorros suficientes para poder permitirse al menos un conjunto como ese, pero la cuenta le debía de haber quedado si no a cero, casi. Eso era precisamente lo que quería evitar: que Naruto tuviera que hacer sacrificios en beneficio de ella, que tuviera que rebajarse a ser algo que no era…

―No lo he comprado―dijo Naruto, luchando por no sonreír al ver el análisis meticuloso que ella estaba haciendo de su atuendo―. No es mío'ttebayo. ―Hinata lo miró, confundida―. El teme me lo prestó. Tenemos casi la misma talla, aunque yo tengo algo más de músculo, no es por presumir pero… me está un poco estrecho. ―Los labios de Hinata se estiraron en una sonrisa involuntaria.

Aquella confesión alivió en parte su conciencia, pero aun así tenía que sacar a Naruto de allí.

―Naruto-kun, por favor… tú… n-no conoces a mi padre… te destrozará… encontraré la manera pe-pero… ―Naruto frunció el ceño.

Se apartó de ella con más fuerza de la que había pretendido y Hinata quedó sola, privada de su calor. Comenzó a jugar con sus dedos nerviosamente, síntoma de que estaba asustada y alterada. Naruto inspiró y exhaló varias veces, intentando calmarse.

―No quiero que tú tengas que volver a jugártela. Ya te lo dije: esta vez yo lucharé por ti. ―Hinata abrió la boca para hablar pero entonces el sonido de las puertas abriéndose la distrajo. Antes de que pudiera inventar una excusa para la presencia del rubio, él le sonrió una última vez, articulando una frase que terminó por hacer que se rindiera, más por el tono en el que lo dijo que otra cosa, un tono teñido de ternura con esa voz ronca que a ella la volvía loca―. Estás preciosa. ―Y entonces los orbes azulados del Uzumaki se volvieron duros, fijándose en el hombre delgado y de apariencia fuerte que acababa de irrumpir en el salón.

Hiashi Hyūga había hecho su aparición como cabría esperar: sin darle la menor importancia a la visita inesperada, leyendo algún documento importante, con su secretario tras él.

―Perdona el retraso, Toneri, estaba atendiendo una llamada… ―Al margen del equívoco de identidad, Naruto no se ofendió. Enfadarse no le serviría de nada. Llevaba años entrenando su paciencia con Sasuke alias don superioridad Uchiha. Tomó una bocanada de aire, teniendo unas ganas locas de sonreír al ver la expresión desencajada del secretario de Hiashi al percatarse del error de su jefe antes que el mismo patriarca de los Hyūga.

―Lamento desilusionarlo, señor Hyūga, pero no soy Toneri. ―Intentó por todos los medios que el nombre de aquel niño rico con cara de muñeco no le saliera con odio y desprecio.

No estaba allí para granjearse antipatías, y sabía de buena fuente que Hiashi parecía adorar a aquel tipo.

Hiashi levantó la cabeza de golpe, encontrándose con un joven que, tal y como había dicho, ni era Toneri ni se parecía en nada al hijo de su viejo amigo. La confusión duró una milésima de segundo en su blanco rostro, para luego desaparecer bajo una máscara de perfecta frialdad.

―Ya lo veo. Disculpe. ¿Usted es… ―Naruto respiró hondo de nuevo.

―Naruto Uzumaki. ―Hizo una elegante y firme reverencia. Se felicitó por haberse pasado toda la última semana practicando con Sasuke y con Itachi lo que se solía llamar "buenos modales".

―¿Uzumaki? No me suena… ―Lo miró de arriba abajo, escrutándolo, analizándolo. Solo entonces reparó en la presencia de Hinata, temblorosa a un costado de aquel desconocido―. ¿Hinata? ¿Qué haces aquí?―La joven mujer dio un respingo y trató de recomponer su expresión.

―Y-yo… m-me avisaron de una visita y… bueno… ―Hiashi pareció llegar a alguna conclusión, porque dijo:

―Ya veo. Pero como ves no es necesaria tu presencia. ―El tono frío e indiferente con el que el hombre habló a su propia hija llenó a Naruto de indignación, prendiendo la llama de su ira.

Nadie-hablaba-así-a-su-chica-en-su-presencia.

―En realidad, señor Hyūga, la presencia de Hinata es muy necesaria. ―Hiashi lo miró, con las cejas arqueadas.

―¿Para qué? ¿Acaso no has venido a pedirme una oportunidad de trabajo? No eres el primero. ―Aquella falta de respeto al tutearlo no lo enfadó tanto como el hecho de que lo considerara un descarado y un aprovechado.

―Aún estoy estudiando la carrera, me faltan dos años para terminar. Así que no, señor Hyūga, no he venido a pedirle trabajo. He venido a pedirle otra cosa, algo mucho más importante para mí. ―Hiashi lo miró, ahora intrigado.

Aquel chico rubio de tez morena e intensos ojos azules tenía agallas, eso tenía que reconocérselo. Pero su rostro pasó de la indiferencia a la incredulidad cuando lo vio alargar la mano hacia la de su hija y tomarla con absoluta confianza, entrelazando los dedos con los de ella. El contraste entre ambas pieles, una morena y otra blanca como la leche, lo hizo quedarse mirando para sus manos unidas, con estupefacción.

―¿Qué…

―Mi motivo para venir a visitarlo es simple: quiero a su hija, la amo, y me gustaría tener su aprobación para poder salir con ella. Aunque le advierto que no es necesaria: seguiré viendo a Hinata, le guste a usted o no. ―Tanto padre como hija se lo quedaron mirando, anonadados: la primera emocionada y con lágrimas desbordando sus ojos, el corazón latiéndole fuertemente en el pecho; el segundo como si hubiera oído mal, como si estuviera soñando y quisiera despertarse de una horrible pesadilla.

―Perdón, ¿cómo dices…?―Naruto tomó aire nuevamente.

―Lo que ha oído: amo a Hinata, más que a nada en el mundo, y quiero estar con ella sin ningún tipo de impedimentos. ―Hiashi parpadeó, observando de nuevo las manos unidas, luego a su primogénita y luego de nuevo a aquel chico. Sus facciones se contrajeron de ira.

―Mira, chico―empezó, dándole la carpeta de papeles que había estado sosteniendo hasta el momento a su secretario―, no sé quién eres ni qué te ha movido a venir a mi casa a hacer semejantes declaraciones, pero no te conozco, no sé quien eres y, por lo que veo… ―lo analizó nuevamente, con más detenimiento que antes; pero Naruto no se amilanó ni mostró atisbos de nerviosismo alguno―… eres más joven que mi hija. ¿Qué tienes? ¿18? ¿Y tú? ¿Eso es lo que has estado haciendo el tiempo que te alejaste de tu familia? ¿Flirtear con hombres jóvenes?―Naruto apretó la mano de Hinata, sabedor de que ahora estaría sintiéndose como una prostituta barata a causa de las duras palabras de su progenitor. Aquel hombre parecía hecho del más duro de los aceros.

Pero él también había tenido una estricta educación: las calles, los sórdidos lugares a los que su padrino lo llevaba desde su más tierna infancia con la excusa de recabar información para sus novelas. Hiashi Hyūga no tenía nada que envidiarle a los tipos con los que se había visto obligado a lidiar cuando niño, mientras su tutor legal andaba por ahí de juerga.

―Tengo veintirés, señor―hizo notar, con voz alta y clara―. Y si piensa que seis años de diferencia son muchos o que la mujer debe ser inferior al hombre en edad es que no vive usted en el siglo XXI. ―Experimentó una sensación de triunfo colosal al ver los pómulos de Hiashi Hyūga enrojecer ligeramente.

Incluso las puntas de las orejas se le pusieron rojas.

A su vera, Hinata lo miraba, admirada de la entereza y el valor que estaba demostrando al enfrentarse de esa forma, abiertamente, a su padre, a un hombre conocido por su implacabilidad con sus enemigos y su propensión al mal carácter.

―Como le dije―prosiguió Naruto, haciendo caso omiso del enfado que empezaba a pintarse en el rostro de Hiashi―, me importa muy poco su opinión, aunque sé que para Hinata es importante, demasiado importante. Así que le ruego que, por favor, acepte nuestra relación o, al menos, no nos impida seguir juntos. Porque no pienso dejar de verla. La amo, la adoro, haré de todo para que sea feliz y le juro que nunca le faltará de nada. ―Miró para Hinata, clavando ahora sus orbes azules en ella, sonriendo al ver su rostro bañado en lágrimas de pura emoción. Le apretó la mano, sonriendo solo por y para ella en ese momento―. Ella es mi todo―murmuró. Hinata sintió como una par de lágrimas traviesas se le escapaban. Naruto se las limpió con el pulgar importándole cero la presencia de Hiashi.

Luego se volvió hacia el patriarca de los Hyūga y, volviendo a su expresión seria, hizo una profunda reverencia.

―Eso es todo, no tengo más que decir. Que tenga buen día, señor. ―Con gran dolor de su corazón se desprendió delicadamente de la mano de su novia y pasó de largo de Hiashi, saliendo del salón y atravesando el vestíbulo.

La angustia empezaba a carcomerlo y si se quedaba no sería capaz de abandonar a Hinata a merced de su padre. Pero su presencia ahora mismo no los favorecería, sino todo lo contrario.

Él ya había dado el primer paso para consolidar definitivamente su relación, para hacerla real y verdadera a ojos del mundo.

Ahora tenía que esperar el movimiento de Hiashi. Y estaba seguro de que el Hyūga no tardaría en mover ficha.

Fin Acto IX


Bueno, bueno, bueno... el problema de Hanabi ya está solucionado, pero les falta por escalar un muro aún más grande. ¿Qué creéis que pasará? ¿Lograrán convencer a Hiashi? ¿Este los despachará con cajas destempladas? ¿O tendrá Hinata el valor de irse y romper lazos definitivamente con su familia?

¿Me dejáis un review contándome vuestras teorías? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por sus reviews a Marys y a Guest! ¡Gracias mil, de verdad! ¡Por mejorar mi día y hacérmelo empezar con buen pie!

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Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.