Hellsing y todos sus personajes pertenecen enteramente a Kohta Hirano y son usados aquí con meros fines de entretenimiento.

Segundo capítulo de esta historia. Una disculpa enorme por la espera.


El gato se había instalado en su nuevo hogar y debía admitir que vivir en esa casa era lo mejor que le había pasado: no hacía frío, y su dueño lo lucía cada que podía, a pesar de que tal cosa molestaba al Doctor. Lo habían vestido con un conjunto amarillento, le habían cortado el cabello y ahora lucía adorable, listo para ejercer su papel como fiel mascota. Sin embargo, el Doctor lo requería todavía para experimentos y, si bien tal cosa le molestaba, mientras su amo estuviera de acuerdo no tenía nada que objetar. Y entre todo lo vivido, también había gente: gente que le resultaba incluso más extraña que el mismo Doctor.

Empezando por una hembra que siempre tenía en el rostro una sonrisa enorme, con dientes grandes que se asomaban entre sus labios cada que lo miraba. Ella quería jugar con él, rascarlo detrás de las orejas y escucharlo ronronear como si de música se tratase. A ella le gustaba la música, siempre estaba tarareando una melodía en voz baja. En ocasiones, se sentía arrullado y dormitaba entre las notas musicales, siempre y cuando fuera una canción suave.

Por su parte, la otra era más silenciosa. Ella no se parecía mucho a la mujer de gafas, empezando porque no lo miraba con simpatía ni quería acercársele. Mantenía su distancia y, en realidad, eso estaba muy bien. Había descubierto que era una mujer por el olor, porque sus modales y su robusto cuerpo le habían hecho pensar al inicio que era uno de los tantos hombres que entraban y salían de aquella casa, con los uniformes impecables y las botas lustradas. O los asistentes del doctor, a los que ni siquiera el cloro podía desaparecer el aroma a sangre ni los rastros, ahora oscurecidos, en sus blancas ropas.

Pero ahí también había otra hembra, podía detectarla a pesar de que su cuerpo muerto expelía olores asquerosos que lo hacían alejarse en cuanto la veía acomodada en esa extraña postura y con las vendas sucias de los líquidos con los que el Doctor y sus ayudantes la mantenían fresca.

Ella, le decían. Se le hacía un nombre estúpido porque era muy claro que se trataba de una ella, a pesar de que los vendajes ocultaban sus formas. La contemplaba y Ella parecía devolverle la mirada detrás de la tela que cubría su rostro, y prefería huir porque un escalofrío le recorría la espalda al pensar en que esa criatura podía seguir viva a pesar de estar muerta. Justo como él.

Y el minino decidía, mejor, dejar de pensar en aquella mujer-criatura y estirarse antes de acomodarse entre los tobillos de su dueño. Pero en ocasiones, ella lo visitaba en sueños.


Quiero ir explorando las relaciones de Schrödinger con los miembros de Millennium y bueno, consideré que también podía tener algún acercamiento leve, muy leve, con Mina. No sé, ideas raras mías (?)

Muchas gracias a la gente que comenta y sigue esta historia ;; espero les haya gustado este capítulo.