Capítulo 4. Un desafío inesperado
Una de aquellas preciosas tardes de verano, Harry despertó en su nueva casa con un humor especialmente bueno. Esa mañana, todo parecía augurarle nada más que cosas buenas. Por algún motivo, supo desde el primer minuto de la mañana que sería un día increíble.
Se levantó de su cama individual y enseguida puso música en su nuevo equipo mágico. Se dio una ducha en su regadera que tenía varias combinaciones de chorros de agua de colores, incluso una que generaba mágicamente un remolino de agua en torno suyo que se levantaba del suelo y luego descendía nuevamente; luego de la ducha fue a la cocina a hacerse un desayuno mágico con la ayuda de su libro de cocina, mientras cantaba en voz alta una canción de Los Escregutos Explotados, una banda de pop mágico.
Abrió las ventanas y dejó que ingresara una ventisca de aire veraniego con aroma a caramelos de Honeydukes, que no estaba lejos de allí, y se puso a mirar hacia la desierta calle en el exterior, sonriente.
¿Qué haría el día de hoy? Abrió la alacena y se dio cuenta de que necesitaba hacer algunas compras. Así que se puso una túnica de uso diario, agarró su varita y el monedero que le había regalado Hagrid, que ahora usaba para guardar oro y dinero mágico, y salió a la calle.
Caminó por las calles de Hogsmeade sonriente. De vez en cuando un vecino salía de su casa y lo saludaba. Harry les devolvía el saludo contento. Había tenido ya la oportunidad de conocer a varios de sus vecinos, y se había esforzado por entablar buenas relaciones con ellos. Serían sus vecinos por mucho tiempo, quizás el resto de su vida.
Caminó un par de cuadras hasta llegar a la calle principal de Hogsmeade, y entró a un almacén de artículos de magos. Una vez allí, recorrió las góndolas plagadas de frascos de ingredientes para comidas, envases de bebidas y comidas de magos, y artículos para el hogar. Si bien muchos magos convocaban frutas, verduras y otros directo del campo con sus varitas a la hora de cocinar, eso requería de una buena habilidad en la cocina que Harry aún no tenía. Por eso, se veía forzado a gastar un poco más de dinero y comprar productos semi elaborados en aquellas tiendas, como verduras pre cocidas y carnes. Estas se guardaban en una alacena en envases que mantenían las temperaturas adecuadas por arte de magia, y luego el mago los transformaba con su varita para cocinar. Desde luego, también había comidas ya hechas que solo requerían ser calentadas con la varita.
Harry tomó varios productos e ingredientes, algunos que había leído en su libro de cocina mágica que necesitaría para hacer ciertas recetas; y también tomó algunos alimentos ya elaborados. Se acercó al mostrador, pagó un galeón y cinco sickles por el total de lo que había tomado, y se alejó con sus productos hasta un punto determinado en el almacén en el que los encantamientos permitían que el comprador, ya habiendo pagado, hiciera desaparecer los productos con la varita y estos fueran convocados hacia la casa de la persona, ya quedando guardados incluso en la alacena y lugares correspondientes. Luego saludó alegremente a la mujer que atendía el negocio antes de retirarse.
Luego de eso caminó hacia Las Tres Escobas, ya que se había quedado sin cervezas de manteca la noche anterior, y le gustaba tomar una de vez en cuando en su casa. Saludó a Madame Rosmerta contento.
-¡Hola, Harry! –dijo ella-. ¿Cómo va todo? ¿Ya te adaptas a la vida en Hogsmeade?
-Claro –dijo él, con una sonrisa, apoyándose un poco en la barra y mirando hacia el interior de la taberna. No había nadie allí aparte de él y Rosmerta. –Veo que es muy temprano aún para que haya clientes, ¿no?
-Sí, y además es julio –dijo ella, con una sonrisa-. La mayoría del pueblo está de vacaciones, ¿no te has preguntado por qué nadie te ha acosado en las calles pidiéndote autógrafos o cosas así? Más de la mitad de las casas están vacías.
La verdad es que sí le habían pedido autógrafos, incluso fotografías, pero nada que fuera realmente molesto. Las personas que lo pararon en la calle solo lo habían entretenido unos pocos minutos y seguido de largo.
-¿A dónde van de vacaciones los magos? –quiso saber Harry, que jamás se había ido de vacaciones, a excepción de su viaje al Campeonato Mundial de Quidditch, que por cierto había empezado de nuevo ese verano, y en el que Inglaterra venía jugando bastante bien.
-A cualquier parte –dijo Rosmerta-. Hay pueblos y centros turísticos de magos por doquier. En playas, montañas, hay resorts escondidos dentro de grandes metrópolis muggle, hoteles de magos en la cima de las montañas más altas del mundo, escondidos por encantamientos…
-Genial –exclamó Harry, dándose cuenta que una vez más había una parte del mundo mágico que desconocía-. ¿Tú irás a algún lado este verano?
-Sí, en agosto, me voy a un centro turístico de magos en una playa en las Islas Maldivas –dijo Rosmerta-. Cerraré el negocio dos semanas a mediados de mes. Así que asegúrate de no quedarte sin provisiones –señaló las botellas de cerveza de manteca tras ella-. Pondré a la venta barriles de cerveza de manteca para los clientes más habituales.
-No hay problema –dijo Harry-. No bebo tanto, estaré bien –sonrió-. Es decir, me gusta beber una botella de vez en cuando, pero no creo que… un barril…
-Sí, mejor mantente por el buen camino, Potter –dijo ella, pasando un trapo por arriba de la barra, que ya estaba brillante, como si hiciera eso de forma automática, sin pensar bien en lo que hacía-. He conocido a otros magos brillantes que han sucumbido ante el alcohol.
-No te preocupes. No pasará conmigo –dijo él, sonriendo.
-Bueno, imagino que querrás lo de siempre, ¿verdad?
-Sí, dame una caja de seis.
Harry sacó de su monedero algo torpemente un par de monedas y se las pasó, mientras la bruja sacaba de debajo de la barra una caja de seis botellas de cerveza de manteca. Justo cuando estaba por salir de allí, se abrió la puerta y un mago conocido ingresó al bar.
-¡Harry! –exclamó una conocida voz-. ¡Qué bueno verte, muchacho!
Era el profesor Slughorn.
-Profesor –dijo Harry, con una sonrisa-. No sabía que vivía en Hogsmeade.
-Me mudé hace poco. ¿Dónde más iba a ir? –dijo él, encantado de verlo-. Estoy cerca del trabajo, a salvo, eso gracias a ti –le guiñó un ojo-. Y sobre todo, cerca de Las Tres Escobas. ¿Cómo estás, Rosmerta?
-Muy bien, Horace, ¿y tú?
-¡Excelente! –dijo él, sonriente-. ¿Y qué hacemos los tres aquí parados? Vamos a sentarnos a ponernos al día, ¿no creen? Trae un par de vasos de cerveza y ocupemos una mesa. ¿Qué dices, Rosmerta?
Pasaron las siguientes dos horas de la mañana bebiendo cerveza y poniéndose al día. El profesor Slughorn, al parecer, también saldría de vacaciones en agosto: visitaría a un antiguo mago amigo que vivía en un viejo pueblo rural mágico en Alemania, y se quedaría allí unas semanas.
Harry regresó a su casa más tarde aún con la caja de botellas en la mano (que luego de tanto beber y de lo que le había dicho Rosmerta, estaba empezando a considerar dejar un poco de lado por los próximos días, sin tocar), y pensando en el turismo de los magos.
Con todo lo que había pasado, en ningún momento se le había ocurrido tomarse vacaciones. Pero, ¿a dónde podía ir? Además, no sabía mucho sobre el costo que podía tener ir a un hotel mágico, pero no creía que fuera barato. Si bien seguía teniendo la pequeña fortuna que le habían dejado sus padres en Gringotts, había usado un buen puñado para pagar su casa, y no quería tocar el resto. Aún le quedaba la mayoría, pero no parecía muy sensato gastar los ahorros de sus padres en una semana de vacaciones en la playa. Decidió que guardaría ese dinero, y para todo ese tipo de gastos, como salir de viaje o paseo, usaría solo el dinero que él mismo ganara trabajando.
El único problema es que aún no había comenzado a buscar trabajo, y tampoco sabía bien por dónde empezar. Jamás le habían dicho como conseguir empleo en el mundo mágico. ¿Se suponía que fuera al Ministerio de la Magia con un currículum bajo el brazo y lo dejara en la mesa de entradas?
Luego de comer algo rápido en su casa, Harry empezaba a aburrirse cuando vio que algo se acercaba volando por el cielo hacia su casa. Era su nueva lechuza, a la que nombró Stripy, negra y blanca rayada, que compró semanas atrás en el Callejón Diagon. Venía volando con una carta muy emocionada (aún era pequeña), y cuando estaba por llegar, de tan emocionada que estaba se enredó con un arbusto y se le soltó la carta, que fue a parar al medio de la calle. La lechuza se puso a buscar su carta frenéticamente, como si se sintiera terrible por perder su sobre, hasta que finalmente la encontró, la atrapó con las patas y la llevó hasta Harry.
-Gracias, Stripy –dijo Harry, acariciándole el lomo a la lechuza y dándole algo de comer. Entonces abrió la carta y la leyó. Era una nota corta de Ginny:
¡Hola, amorcito! ¿Cómo estás? Yo aquí, extrañándote un poco, ¿sabes? Siento que no estamos pasando suficiente tiempo juntos, y tengo miedo de que antes de darnos cuenta el verano haya terminado y no lo hayamos aprovechado lo suficiente. ¿Qué dices? ¿Tienes algún plan el día de hoy? Espero tu respuesta.
Te quiero.
Ginny
Harry se apresuró a tomar una pluma para responderle. No sabía por qué, pero le costaba mucho imitar su forma de escribir y poner palabras como "amorcito", por más que quisiera intentarlo. Temía sonar demasiado frío en sus respuestas, pero no podía evitarlo. Finalmente, escribió una contestación que lo dejó bastante satisfecho y en la que le decía que fuera a visitarlo con polvos flu, saliendo en alguna chimenea de Hogsmeade (esta vez ni siquiera había tenido tiempo aún de pedir que le habiliten la red en la nueva casa), y que él iría a buscarla allí si le avisaba de cuál saldría (a Ginny aún le costaba un poco aparecerse).
Estaba a punto de enviar la carta, cuando se dio cuenta que si esperaba la respuesta de Ginny se haría muy tarde. Así que tomó un nuevo pergamino y decidió reescribir la nota, esta vez cambiando la última parte y poniendo: "ven por medio de la red flu, saliendo en la chimenea de La Casa de las Plumas, que es uno de los negocios más cercano a mi casa. Te espero allí a las tres y media".
Harry consultó su reloj y decidió que era un buen horario para que la chica tuviera tiempo de recibir la carta y prepararse. Se la dio a Stripy, que enseguida se puso firme, extendió la pata y salió volando algo torpe por la ventana tan rápido como podía.
Entonces Harry volvió a su habitación y decidió cambiarse la túnica por una un poco más nueva. No estaba seguro de si Ginny recibiría su lechuza a tiempo para el encuentro, pero de todas formas se peinó el cabello un poco, como pudo, se examinó el rostro en el espejo del baño para asegurarse de estar presentable para su novia, y salió de la casa nuevamente.
El sol seguía brillando en alto, y las velas que colgaban de los árboles en los veranos de Hogsmeade estaban apagadas pero aún así daban una sensación muy pintoresca en el pueblo mágico. Cuando llegó a La Casa de las Plumas, decidió no entrar (no había nadie dentro), pero esperar en cambio a Ginny afuera, sentado en un banco. Mientras esperaba, se quedó mirando a los pocos magos que pasaban caminando por allí. La mayoría se detenía unos instantes al verlo, quizás sorprendidos de ver a Harry Potter sentado en un banco en la calle del pueblo, totalmente solo. Otros pasaban de largo. La noticia de que Harry Potter estaba viviendo en Hogsmeade no había tardado mucho en esparcirse, así que la mayoría de los magos que vivían allí ya estaban al tanto.
Finalmente, la puerta de La Casa de las Plumas se abrió, y Ginny apareció. Harry se incorporó rápidamente y fue a recibirla. Sin decir palabra, se dieron un beso un los labios más largo de lo habitual. Luego se separaron y se sonrieron el uno al otro.
-Estás muy linda –le dijo Harry.
-Tú también. ¿Vamos a tu casa?
-Claro.
Caminaron de la mano hacia la esquina, y cuando estaban por llegar una bruja rechoncha a la que Harry no había visto nunca les hizo señas. Tenía una cámara de fotos en la mano.
-¡Hola! –los saludó, acercándose muy emocionada-. ¡Vaya sorpresa! Si son Harry Potter y Ginny Weasley, la pareja del momento.
Harry y Ginny la miraron sin responder, no muy seguros de qué impresión les daba aquella desconocida.
-Disculpen el atrevimiento –añadió ella, sonriente-. Soy Miranda Plementiff, periodista de la revista Corazón de Bruja.
En ese momento, Harry y Ginny se soltaron las manos y dieron un paso hacia atrás, asustados.
-¡No! –dijo la periodista, dándose cuenta de la reacción que había causado en ellos-. No tienen de qué asustarse. Los días de Rita Skeeter terminaron. Puedo asegurarles que no hay más que verdades confirmadas hoy en día en Corazón de Bruja. Ya no publicamos nada que no esté oficialmente confirmado.
-De acuerdo –dijo Harry, no muy seguro, con el ceño fruncido.
-¿Estarían de acuerdo en que les tome una foto? –preguntó ella entonces-. No les robaré mucho tiempo. Sé que no dan entrevistas. Pero el mundo mágico necesita saber qué es de la vida de su mayor héroe, Harry Potter. Podemos poner sólo una foto de ustedes juntos, con el titular, "Harry Potter disfruta de un merecido descanso de la mano de la hermosa Ginny Weasley". Ni siquiera mencionaremos qué hacían por aquí.
Harry intercambió una mirada con Ginny, que alzó los hombros como diciendo "me da igual".
-De acuerdo –accedió Harry, pensando que si la bruja tuviera malas intenciones, como Rita Skeeter, podría simplemente haber tomado la foto sin pedirles permiso.
La bruja entonces levantó la cámara, muy contenta.
-Por favor, tómense de la mano –les pidió-. ¡Y sonrían!
Ellos accedieron, y entonces ella les dio las gracias y se retiró.
-Espero no ver un titular que diga "el gran Harry Potter engaña a su novia Hermione Granger con desconocida pelirroja" –bromeó Ginny, mientras se alejaban de la calle principal en dirección a la casa de Harry. Harry rio por la broma, y estuvo contento de estar paseando por las calles con su novia. Todo era simplemente perfecto.
Llegaron a la casa, y entraron. Mientras Harry cerraba la puerta, se puso un poco nervioso pensando en qué podía ofrecerle a Ginny de beber o comer, un poco dándose cuenta de que no había comprado en el almacén nada que fuera adecuado para ofrecerle en esos momentos de la tarde, y con las altas temperaturas que hacía. Mientras pensaba en eso, algo preocupado, Harry giró en redondo luego de cerrar la puerta para ver cómo Ginny, de forma muy sorpresiva, se le lanzaba en brazos para besarlo.
Totalmente sorprendido y desconcertado, pero no por eso desconforme, Harry cayó hacia atrás contra la puerta de entrada y tomó a Ginny por la cintura, mientras le devolvía el beso.
-¿Te lastimaste? –preguntó ella, separándose un poco.
-Creo que se me clavó el picaporte en la espalda, pero más allá de eso estoy bien –entonces Harry volvió a acercarla hacia sí y la besó nuevamente. Luego de un apasionado rato, Ginny se separó de él algo bruscamente y miró por la ventana que había junto a ellos en el recibidor.
-¿Qué pasa? –preguntó Harry, mirando hacia allí también.
-Nada. Sólo me dio miedo, por un instante, que esa periodista nos haya seguido.
Harry se asomó también y miró hacia afuera, pero no había nadie, las calles estaban desiertas. Pero cerró entonces las cortinas y volvió a acercarse a la muchacha.
-¿Quieres beber algo?
-No, sólo bésame –dijo ella, y entonces lo tomó de los hombros y lo arrojó con un poco de violencia en el sofá.
-¡Vaya! –dijo él, cada vez más sorprendido-. ¿Estás bien?
-Claro –dijo ella, sonriente, y acercándose al sofá en el que Harry había quedado tirado. El muchacho tragó saliva, nervioso, mientras la veía acercarse. –He estado pensando, Harry –añadió ella, con voz seductora, y la mente de Harry se disparó hacia lugares donde esperaba que Ron no fuera a siquiera imaginar nunca-. Ya soy casi mayor de edad.
-Es cierto –dijo Harry, a quien ahora el corazón le latía a toda prisa-. Cumples años en unas semanas –de hecho, había estado pensando en qué podía regalarle a su novia el once de agosto, el día de su cumpleaños. Pero algo le decía que ella no tenía ganas de hablar de su cumpleaños en ese momento.
-Y pues, ya no soy una niña, ¿no crees? –Ginny estaba ya casi encima suyo, junto al sofá, y sus ojos café miraban a Harry con una extraña mirada que no recordaba haberle visto antes.
-Claro, no lo eres –dijo él, con el pecho inflándosele y desinflándosele por los nervios.
-Creo que ya es hora de que pasemos a la siguiente etapa en nuestra relación –dijo entonces ella, y empezó a acariciarle el pecho con una mano. Ya no le quedaban muchas dudas a Harry de hacia dónde quería llegar la chica, pero la verdad era que no se lo había esperado para nada. Aquello lo tomaba cien por ciento por sorpresa, y no se sentía para nada preparado para enfrentarlo.
"Vamos, no seas cobarde" Sé dijo a sí mismo. "Has enfrentado dragones, magos tenebrosos, incluso has derrotado al mago más tenebroso de la historia de Gran Bretaña. Tienes que poder con esto". Pero aun así, seguía sin sentirse preparado.
Casi le da un salto el corazón cuando Ginny se recostó lentamente encima suyo y le dio beso en el cuello.
"Bien, es cierto. He enfrentado a Voldemort y a dragones. Pero aquí ha llegado mi fin".
Harry cerró los ojos mientras Ginny le besaba el cuello, y trató de pensar en algo que pudiera ayudarlo a superar aquella situación, quizás una excusa para detener todo, pero no se le ocurrió nada. La verdad es que hasta hacía semanas atrás, estaba tan ocupado deteniendo a Voldemort y luchando en el mundo mágico que jamás había pensado en que su relación con Ginny algún día podía conducirlo a ese momento, y que debía estar preparado. Pero qué idiota había sido, al tener a su mejor amiga, Hermione, viajando con él meses y meses por todos lados, en momentos de intimidad y confianza, jamás se le había ocurrido que podía preguntarle sobre aquello, para que le diera consejos. Y luego, cuando toda la batalla había terminado y había vuelto a verse regularmente con Ginny, se había estado preocupando por su nueva casa y por rehacer su vida, y tampoco se había detenido a pensar en esto.
Y ahora, finalmente, el momento estaba aquí, había llegado. Y él no tenía la menor idea de cómo hacer lo que evidentemente Ginny iba a querer que hiciera.
-Tranquilo –dijo ella entonces, sonriéndole, ya que era más que evidente que Harry estaba a punto de desmayarse de la tensión-. No tienes que preocuparte por nada. Yo me encargaré de todo.
Esa noche, después de cenar juntos, Ginny regresó a La Madriguera y Harry se quedó allí solo. Luego de despedirse de la chica, estuvo acomodando la cocina y limpiando un poco. Cuando terminó, se sirvió un vaso de jugo de calabaza y se sentó en la mesa del comedor. Aquella habitación, la cocina/comedor, estaba casi unida al recibidor. La pared de madera que separaba ambas habitaciones, en lugar de puerta tenía un arco bastante ancho que las comunicaba, y desde allí Harry estaba muy cerca y podía ver tanto la puerta de entrada como la ventana que daba a la calle, y el sofá.
Sus ojos se detuvieron en el sofá y el muchacho tragó el jugo con dificultad, recordando lo que había ocurrido allí solo unas horas atrás. La sensación que lo embargaba era muy extraña, aunque por encima de todo satisfactoria.
Al día siguiente, los Weasley habían invitado a Harry a almorzar. El muchacho llegó apareciéndose (de hecho, se apareció desde dentro de su casa, porque no consideraba necesario aplicar ningún tipo de encantamiento protector, quería sentirse tranquilo de que ya no había nada que temer ni necesidad de encantamientos protectores) y los Weasley lo recibieron con alegría. La señora Weasley estaba cocinando desde hacía horas, el señor Weasley no trabajaba ese día así que armaba unas mesas en el jardín, y Harry vio que también habían invitado a Charley, a Bill y Fleur, y a George. Todos los Weasley estaban presentes. Incluso Percy. Harry lo saludó con un apretón de manos, sintiéndose extraño de verlo allí después de tanto tiempo.
Así y todo, nada fue tan extraño como ver a George, ya que era imposible verlo sin su gemelo y no sentirse apenado por su ausencia. Al ser idénticos, estaba acostumbrado a verlos juntos, y la ausencia de uno de ellos era muy notoria. Por no mencionar que el humor de George no se parecía en nada a lo que había sido antes. Sin embargo, el muchacho le sonrió al saludarlo y hasta le hizo una broma sobre las salsas de bulbotubérculos que le habían contado que Harry preparaba ahora en su casa.
-Qué bueno verte, Harry –le dijo la señora Weasley, al saludarlo-. Ron está en su habitación, preparando todo para la mudanza.
-¿Ya se muda?
-En un par de días –dijo George-. Ya le dije que no necesita llevar muebles, mamá, puede dormir en la cama de Fred, usar el armario de Fred…
-No seas ridículo, George –decía la señora Weasley, mientras cortaba verduras mediante magia. Harry imaginó que la afectaría oír el nombre de Fred, y seguramente así era, pero o era bastante buena disimulándolo, o quizás el proceso de recuperación consistía en parte en mencionarlo para que su nombre no se convirtiera en un tabú, algo que no se podía decir. Si era esto último, Harry pensó que era una actitud muy positiva por parte de ellos. Fred había muerto como un héroe, y merecía ser nombrado y recordado. Aunque fuera en una de las típicas discusiones de George con su madre referida a la mudanza de Ron.
-Pero si ya tengo todo yo en mi casa del Callejón Diagon.
-¿Para qué quiero sus muebles en la casa si él ya no va a estar? –dijo ella, exhibiendo un atisbo de mal humor. Harry imaginó que la partida de Ron no debía ser un acontecimiento feliz para su madre, y probablemente aunque ya estuviera acostumbrada a que sus hijos se fueran de casa atravesaba un momento de disgusto al ver cómo el nido quedaba vacío.
-En verdad, mamá quiere que se lleve todos sus muebles para convertir su habitación en otra cosa –dijo Ginny, apareciendo ante Harry y guiñándole un ojo al verlo. Harry sintió cómo se le revolvían las tripas. –Adivino que quizás un salón de costura.
-Es cierto, voy a convertir su habitación en otra cosa –estuvo de acuerdo su madre-. Pero no será un salón de costura, sino de elaboración de pociones. Siempre quise uno –añadió-. Con variedad de calderos e ingredientes.
Algo de la señora Weasley que Harry no había conocido mucho, pero que supo gracias a sus largas charlas en las tardes con Ginny, es que tenía una gran habilidad para hacer pociones, además de para cocinar y realizar tareas hogareñas. Una de sus anécdotas clásicas de su juventud había sido cuando elaboró una poción de amor.
Un rato más tarde, todos estuvieron almorzando y compartiendo un buen rato juntos. Todos charlaban, quizás no tan animadamente como en ocasiones anteriores, pero aun así Harry pudo observar que el espíritu alegre de los Weasley no había desaparecido por completo a pesar de que aún estaba fresca la pérdida del gemelo.
La conversación en la mesa fue cambiando hasta que Harry tocó el tema del turismo en el mundo mágico, recordando la charla que había tenido recientemente con Rosmerta en Las Tres Escobas.
-Ah, sí, muchos magos salen de vacaciones –comentó Bill-. Fleur y yo quizás hagamos algo a fin de mes. Es cuando me darán vacaciones en el trabajo. Lamento no poder estar en tu cumpleaños, Harry.
-No hay problema –dijo él.
-Sí, bueno, nosotros no solemos salir de vacaciones –dijo la señora Weasley, despreocupada-. No somos grandes amantes de ese tipo de cosas, además de que son muy costosas.
-Sí, ni hablar –dijo Percy, tomando la palabra-. Hace dos años estuve en México de vacaciones. Hermoso país, pero muy costoso. Moverse por los sitios de magos cuesta una fortuna. Además de que hay un impuesto por cada aparición que realizan los turistas, con lo que hay que abonar cada aparición.
-¿En serio? –dijo Harry, sorprendido-. ¿Y cómo saben que te has aparecido de un lugar a otro?
-Tienen un detector que se coloca al ingresar al país como turista similar al que usa el Ministerio con los menores de edad aquí. Si no recuerdo mal, las apariciones de más de trescientos kilómetros dentro del país, para moverse entre los distintos lugares mágicos que hay para visitar, costaban diez galleones cada una.
-¿Diez galleones? –dijo Ron, indignado-. ¡Qué locura!
-¿Podemos ir a alguna parte este año? –pidió Ginny a su madre-. Por favor, nunca vamos a ningún lado.
-De ninguna manera, Ginny, no podemos gastar todo nuestro dinero en unas vacaciones.
Harry se quedó pensativo, mirando su comida. Le encantaría invitarlos a todos de vacaciones él, pero sabía que no se lo aceptarían. Por otro lado, pensó que podría invitar a Ginny sola a pasar unos días en algún lugar en el extranjero, pero primero debería averiguar bien el precio ya que había decidido no derrochar el dinero hasta tener un empleo.
Entonces, mientras reflexionaba sobre aquello, Charley tosió algo incómodo y miró a sus padres.
-¿Saben? Hablando del tema, creo que olvidé mencionarles que recibí una carta el otro día mientras estaba aquí. Iba dirigida a toda la familia y mencionaba algo sobre una invitación a un resort mágico. Disculpen, pero cuando vi de parte de quién era, la arrojé a un lado y creo que cayó tras una butaca, por eso no la habrán visto.
-¿Una invitación a un resort mágico? ¿Y de parte de quién venía? –preguntó el señor Weasley, sorprendido.
-De parte de Lucius Malfoy.
