Capítulo 7. Aprenderás de tus errores

Esa noche, a Harry le costó dormir. Era difícil no sentir que, de pronto, Lord Voldemort acechaba las calles de vuelta riendo a carcajadas. De pronto, era como si los mortífagos estuvieran invadiendo aquella bella playa con rehenes muggles tal como lo habían hecho en el Mundial de Quidditch. Harry sentía que si abría los ojos, en lugar de encontrarse en una cama junto a Ginny, estaría en medio de un lago oscuro tratando de quitar un relicario maldito del fondo de una poción mortal; o quizás escapando agitadamente de Gringotts sobre un dragón; o buscando desesperadamente la forma de salvar a Hermione de Bellatrix en la Mansión Malfoy.

Agitado, Harry abrió los ojos y sintió que estaba sudando. Era imposible dormir. Su mente estaría toda la noche agitada dando saltos entre medio de las aventuras que habían vivido los meses anteriores, pensando que nada había acabado realmente. No había querido admitírselo a nadie, pero a veces tenía pesadillas. A veces sentía que Voldemort volvería. Todo lo que habían vivido había sido tan intenso que le había dejado huellas.

Ya sentado en la cama, tratando de no despertar a Ginny, que dormía tranquilamente desde hacía al menos una hora, Harry se tapó la cara con las manos tratando de calmarse. La sensación crecía y crecía. Sentía que en cualquier momento tendría un ataque de pánico.

Todo había vuelto. De pronto, todo estaba regresando. Sabía que nada había terminado, que los problemas seguirían.

Todo estaba allí, frente a él. Para atormentarlo. Para revivir los horrores.

Necesitaba calmarse. No podía. Su pecho se agitaba cada vez más. Estaba por pasar. El pánico estaba llegando a él. En cualquier momento, no podría aguantarlo más…

-Harry -dijo una voz.

Harry abrió los ojos y miró hacia arriba. Hermione estaba allí, de pie ante él, en camisón, con el rostro lleno de preocupación.

Harry le indicó con una mano que no pasaba nada, aunque ella no le creyó. Apuntó con su cabeza hacia la puerta, y Harry asintió. Se puso de pie en silencio, para no despertar a Ginny, y se colocó una túnica por encima del pijama. Hermione hizo lo mismo y ambos dejaron la habitación en silencio.

No hablaron hasta atravesar el desierto y oscuro pasillo y salir hacia la fresca playa. Una vez afuera, caminaron hasta un banco y se sentaron en él. La noche estaba más oscura, la marea estaba mucho más tranquila. Aquella calma indicaba que pronto empezaría a aclarar y que pronto la noche llegaría a su fin.

-¿Estás bien?

-Sí -dijo Herry, no muy convencido. Se sentía un poco mejor, pero no del todo bien. Hermione lo miraba con el cabello revuelto y aún tenía esa expresión de preocupación.

-Sé lo que sientes.

-¿Cómo?

Hermione lo miró durante unos instantes, y frunció el ceño.

-Pues no sé si lo recuerdes, pero yo también estuve allí.

Era como si las frases que dijeran no fueran totalmente comprensibles para alguien ajeno, pero no necesitaban acabarlas entre ellos, porque se conocían tanto que entendían incluso sus silencios.

-Sí, lo sé -Harry asintió varias veces, y se sujetó el pecho-. ¿Tú estás bien?

-Supongo.

-Siento como si… -empezó Harry, y se quedó mirando hacia el mar-. Como si esto jamás vaya a terminar. ¿Entiendes lo que digo?

-Aún hay seguidores de él dando vueltas -como siempre, Hermione apeló a lo racional, y Harry buscó confort en sus razonamientos, para calmarse-. No es de extrañar que alguno de ellos quisiera atacarte…

-Eso no es de extrañar -dijo Harry, cerrando los ojos con fuerza-. Lo que sí es de extrañar es que yo esté tan débil. Que haya sido tan fácil para él lograrlo.

-No podías imaginar que…

-Claro que podría haberlo imaginado, pero no lo hice. Preferí quedarme con la sensación de tranquilidad, de que ya todo estaba bien. Esa mañana, cuando subimos al despacho de Dumbledore, le pregunté si le parecía bien que devolviera la varita a su tumba y el poder que yo tenía sobre ella desapareciera al morirme de viejo… Qué idiotez, ¿verdad?

-Yo estaba allí. No me pareció una idiotez.

-Pero lo fue. Podría haber simplemente no sé, roto la varita a la mitad y arrojarla por el puente de Hogwarts y ya. De haber hecho eso, nada de esto estaría pasando ahora.

-No puedes simplemente partir a la mitad la Varita de Saúco.

-Pero al devolverla a la tumba de Dumbledore, lo dejé muy fácil para este mago enmascarado… porque dijiste que tenía una máscara, ¿verdad?

-No se veía bien, estaba muy oscuro. Pero estoy segura de que usaba una máscara. Con la forma de alguna especie de animal. Tenía una protuberancia similar a un hocico, en la máscara.

-Así que sólo tuvo que desarmarme mientras dormía, e ir directo para el castillo de Hogwarts a profanar la tumba de Dumbledore y robarle la Varita de Saúco.

Hacía más de una hora, Harry mismo se había comunicado con el Ministerio de la Magia, para descubrir que ya habían profanado la tumba de Dumbledore hacía solo instantes y le habían quitado la varita. Luego de eso, Harry había querido regresar a Inglaterra, pero los Weasley lo habían convencido de que no había nada que hacer allí, de que el daño ya estaba hecho y no tenía sentido. Entonces Harry había argumentado que si Lucius les había tendido una trampa, no podían quedarse en ese lugar, y habían decidido en común acuerdo volver a la cama y discutirlo por la mañana, en el desayuno. Harry había regresado con Ron a su habitación con George, por indicaciones de la señora Weasley, pero al entrar habían descubierto que la chica con la que estaba George seguía allí; de hecho, seguía dormida. Así que habían tomado sus cosas y se habían marchado de vuelta, Ron a la habitación de Charlie y Percy, y Harry a la de Hermione y Ginny.

-Pues no había forma de que supiéramos…

-Usando la cabeza, nada más. Fui un idiota.

-Ambos lo fuimos -Hermione apoyó una mano sobre la de Harry.

Él no abrió los ojos ni la miró. Seguiría sintiéndose un idiota pasara lo que pasara.

-Es mi culpa.

-No, Harry, no lo es.

-Sí, yo sé que lo es. Y jamás…

Se detuvo, porque estaba empezando a sentirlo nuevamente. El pánico se apoderaba de él. Era una sensación que empezaba de a poco pero iba creciendo a pasos agigantados. Su pecho se inflaba y desinflaba rápidamente. Su corazón latía deprisa.

-¡Harry!

Hermione lo tomó de los hombros y lo sacudió, pero no funcionó. En cualquier momento, el terror que lo embargaba por dentro y la sensación de desvanecerse, de que sufriría un ataque al corazón y moriría allí, creció a tal punto que de verdad pensó que pasaría.

Hermione no sabía qué hacer, así que lo abrazó con todas sus fuerzas.

De alguna forma, eso pareció ayudar un poco. Harry abrió los ojos nuevamente y algo en el perfume de Hermione, o el olor de su cabello lo trajo un poco en sí nuevamente.

Él también la abrazó.

-Lo siento -masculló.

-No seas tonto -dijo ella.

Entonces, se separaron, pero solo un poco. La brisa del mar llegaba a ellos, y la noche llegó a su momento más oscuro, justo antes del amanecer. Harry se dio cuenta de que Hermione le daba un confort que Ginny u otras personas no le daban. Era el confort de haber compartido con él todos aquellos momentos en la lucha contra Voldemort. El saber que ella sí sabía lo que sentía.

Porque ella también había estado allí.

Entonces, Hermione se quedó abrazándolo con su rostro a centímetros de distancia del suyo, y Harry pudo sentir cómo sus narices rozaban entre sí. En aquel momento angustiante, no había tiempo para pensar en la ética ni en la moral ni en nada. No había tiempo para pensar, porque tenía que luchar con todas sus fuerzas contra sus pensamientos para no volverse loco. Tenía que poner todos sus esfuerzos en sentir.

Así que Harry siguió a su corazón y a sus sentimientos: se acercó un poco más a Hermione, respiró toda su deliciosa fragancia, sintió el roce de su cabello y la besó.

Fue un beso muy distinto a los que solía darse con Ginny: los labios de Hermione eran más cálidos. Su cuerpo tenía una temperatura distinta, más agradable. Con Ginny solían besarse de una forma rápida y pasional, pero esto era totalmente distinto, era lento y tierno, y con una dulzura que rayaba en el amor.

Se separaron bruscamente.

-¿Qué fue eso?

-No tengo idea -dijo Harry, mirando a Hermione con los ojos muy abiertos.

-Tú lo hiciste -le recriminó entonces, para asombro del chico.

-¿Qué dices?

-Esto es tu culpa.

Hermione se puso de pie, de pronto muy nerviosa.

-Yo estoy de novia con Ron, no…

Ahora ella era la que parecía al borde de un ataque de pánico.

Harry no sabía qué hacer o decir. ¿Debía intentar ir tras ella y darle alguna clase de explicación? Pero la verdad es que ni él sabía qué había pasado. No sabía si había sido él o ella el que dio el primer paso, el que hizo que pasara, o si había sido algo que ambos decidieran hacer al unísono.

Se quedó inmóvil, estupefacto y aterrado por lo que acababa de pasar. Era como recibir un baldazo de agua fría en la cara. Acababan de cruzar una línea tras la cual no había retorno, y lo sabían ambos.

Hermione miró a Harry por última vez, y su mirada le transmitió temor. Entonces se dio vuelta y huyó corriendo de nuevo dentro del hotel.

Harry se quedó solo, aun sentado en el banco. No consiguió moverse de allí por un largo rato. Había tomado la decisión de detener toda clase de pensamiento, toda clase de idea o reflexión racional que pudiera hacer que lo atacara el pánico, y aún no se sentía con confianza para permitir que los pensamientos lo perturbaran otra vez. Menos ahora que no estaba Hermione a su lado para tranquilizarlo.

Así que decidió no pensar en lo que acababa de pasar. Se dedicó a mirar cómo salía el sol en el horizonte. Ya habría tiempo para lidiar con el terrible error que acababa de cometer.

Luego de aquello, no fue más simple para Harry dormir. Básicamente, no había nada de fácil en volver a una habitación con Ginny y Hermione dentro y simplemente acostarse con Ginny y dormir tranquilamente durante horas.

Por eso fue que, horas más tarde, cuando el primer empleado del hotel comenzó a preparar el desayuno para los magos más madrugadores, Harry ya estaba allí sentado a una mesa.

No había dormido nada, ni un minuto, y jamás había regresado al cuarto. Se había cambiado en un baño de una sala común y se había quedado solo con la túnica, mandando el pijama a la lavandería. Luego había estado dando vueltas por las áreas comunes del hotel, aun tratando de no pensar en nada.

Finalmente, no hubo escapatoria. Mientras el mago del desayunador le traía un café, un jugo de calabaza y galletas de magos, supo que tenía que huir de allí. Quizás era la vergüenza, o simplemente lo imposible de volver a mirar a Ginny a los ojos luego de lo que había pasado. O de mirar a Ron a los ojos. O a cualquier miembro de la familia Weasley. Poco a poco, fue sintiendo como la traición que acababa de cometer contra todos sus seres queridos lo impulsaba a huir de allí lo antes posible.

Entonces, ya no hubo escapatoria, y tuvo que empezar a usar la cabeza otra vez.

¿Qué había pasado?, pensó, mientras agradecía al mago por su café y empezaba a beberlo. ¿Por qué había tenido que besar a Hermione? ¿Acaso le gustaba? ¿Le había gustado alguna vez? ¿Era algo que tuviera planeado hacer algún día? ¿O había sido ella quien inició el momento?

Pero no tenía la respuesta a ninguna de esas preguntas. Aún no podría hacerlo. Era muy pronto.

Tendría que decidir qué hacer a continuación, y dejar esas respuestas para más adelante.

Aquella había sido, sin lugar a dudas, una noche que había destruido toda la alegría que Harry tenía tan solo un día atrás en muy breves y concisos momentos.

Mientras comía galletas de magos, que venían con formas de magos famosos, decidió que huiría. Oportunamente, nadie pensaría mal de él ni lo consideraría extraño. Porque luego de lo otro que había pasado esa noche, el primer acontecimiento terrible que había tenido lugar antes del segundo acontecimiento terrible, simplemente pensarían que había cumplido su palabra de irse de allí (que de hecho se la había transmitido a los demás antes de volver a la cama) para buscar y detener al mago enmascarado, o para empezar a ponerse en marcha para revertir lo que había ocurrido. Jamás sospecharían que había un segundo acontecimiento que había impulsado su partida.

Pero, desde luego, no podía dejar que sus acciones se guiaran únicamente por un impulso, por un deseo desgarrador de salir de allí. Si había hecho algo malo, si había cometido un error, lo más valiente sería afrontarlo y sufrir las consecuencias que fueran necesarias.

Pero entonces, ¿qué podía hacer? ¿Despertar a Ginny y decirle que había besado a Hermione? O mejor aún, ¿despertar a Ron y decirle que había besado a Hermione? Eso sin dudas sería un pasaje de solo ida al final de su amistad con Ron para siempre.

Maldiciendo y odiándose a sí mismo, Harry se pellizcó el brazo con la esperanza de que eso fuera una pesadilla y que terminara allí. Con la esperanza de despertar y estar aún junto a Ginny, y que todo hubiera sido un sueño. Una serie de largos y terribles sueños.

Pero no. Había pasado todo de verdad.

Entonces volvió a sentir lo mismo. El sol ya daba de pleno dentro del hotel, entrando por las largas ventanas, y era hora de tomar una decisión. O muchas decisiones.

Harry trató de ordenar sus pensamientos mientras comía una galleta con la forma de un famoso mago centroamericano del que jamás había oído, y trató de pensar con claridad mientras masticaba su cabeza con sombrero largo, que se le clavaba en el paladar.

Aquello era muy extraño, pero había que tomar decisiones: la decisión número uno sería no decir nada a nadie sobre lo que había pasado con Hermione. Porque eso no solo lo afectaría a él, sino también a ella. Esperaría a que el tiempo pasara antes de decidir qué hacer con eso.

La decisión número dos sería ir a cazar al mago enmascarado: lo buscaría por donde sea, porque aquello definitivamente había ocurrido por negligencia suya, por no destruir la Varita de Saúco cuando tuvo la oportunidad, y debía hacerse cargo y encontrar a ese mago para evitar que usara ese poder para el mal. Es decir, aún no había ocurrido ningún crimen, pero no era muy alentador pensar que el mago en sí había atacado a Harry por la noche usando una máscara, e instantes después había profanado una tumba para hacerse con la varita de un mago muerto. Tenía que tratarse, sin dudas, de un mago tenebroso que buscaba poder. Seguramente alguien que había oído cuando Harry, en la lucha final con Voldemort, había explicado los misterios de la Varita de Saúco y cómo se pasaba el poder de esta…

Pero habría tiempo luego para adentrarse en la investigación.

Tercera decisión: No vería a Ginny a la cara. No podía verla y besarla y decirle que la quería, luego de lo otro que había pasado esa noche. Él no era así, no era esa clase de persona… ¿o sí?

Envuelto en pensamientos oscuros sobre sí mismo, Harry abrió lo que parecía ser una galleta de la fortuna mágica: en lugar de tener un pergamino dentro, tenía una especie de humo color fucsia que salió flotando de su interior para formar una frase en el aire, ante Harry:

"Aprenderás de tus errores".

Sintió ganas de reír al leer eso. ¿Acaso alguien le estaba jugando una horrible broma? Miró a su alrededor, como esperando que alguien saliera de algún sitio para decirle que aquello no era más que una broma pesada, pero no había nadie más que él en el desayunador. Aún era muy temprano. Así que volvió a concentrarse en su tercera decisión.

Y esa decisión no dejaba muchas opciones: debía irse de allí.

Así fue que Harry se acercó a la recepción, y con un rostro que indicaba que no había dormido nada, que había tenido una noche horrible y que tenía serios problemas, le dijo a la bruja que atendía que necesitaba irse de regreso a Inglaterra, y que no tenía una varita. Porque, de hecho, la suya nunca había aparecido: el mago enmascarado se la había robado al saltar esta en el aire con el encantamiento desarmador.

La bruja, haciendo un extraordinario uso de sus habilidades como recepcionista, consiguió por medio de una comunicación mágica que el Ministerio de la Magia en Gran Bretaña habilitara en el momento un traslador para Harry; también convocó por arte de magia todas las cosas de Harry hacia la recepción, e incluso le vendió una varita provisoria que, si bien no era tan buena como las de Ollivander, serviría para arreglárselas hasta poder comprar una mejor.

Harry le agradeció mucho por su esfuerzo, y mientras esperaba el traslador le dejó una nota para que le pasara a los Weasley.

Tuvo que pensar más de cinco minutos qué escribir allí, pero su traslador se activaría en más de veinte, así que tuvo tiempo.

"Disculpen mi partida repentina y sin despedirme. Estoy bien, pero sentí que tenía que irme de aquí luego de lo ocurrido. Harry", puso finalmente.

Había una última preocupación en su cabeza, si es que había espacio para una más: ¿Estarían bien los Weasley? Ese hotel pertenecía a Lucius Malfoy. Era probable que él hubiera tenido algo que ver con lo ocurrido: No era difícil imaginar que le hubiera permitido a ese mago enmascarado ingresar al hotel para atacar a Harry… o incluso que él fuera ese mago… o algún otro mago tenebroso conocido suyo.

Pero entonces recordó que los Weasley habían luchado en la Batalla de Hogwarts y eran hábiles y podían defenderse de Lucius Malfoy por sí mismos sin que nadie los ayudara. Además, si de verdad había habido una complicidad de Lucius en lo ocurrido, sería poco probable que quisiera atacar a los Weasley en pleno día y dejar en evidencia su participación, siendo que el objetivo de su plan ya había sido conseguido.

Así fue que, cuando llegó el momento oportuno, Harry echó un último vistazo al hotel y a las primeras personas que salían de sus habitaciones para ir a desayunar, luego de haber disfrutado un placentero sueño y una hermosa noche en ese lujoso lugar; y entonces Harry aferró con fuerza aquella vieja cuchara oxidada y fue jalado por el estómago muy lejos de allí.