10. El primer homicidio
La figura encapuchada acuchilló la noche con su veloz paso letal a través de las oscuras calles de la ciudad. Atravesó a pasos largos la distancia que había entre las casas y se movió con agilidad hasta llegar frente al edificio que buscaba. Una vez allí, sacó una varita larga y con esferas a lo largo de ella, la acarició como si se tratara de algo muy querido, y la apuntó hacia el cielo con rapidez. Un vapor verdoso bañó la noche y dibujó una calavera con lengua de serpiente en el cielo…
Harry dormía plácidamente. Su boca estaba torcida en una sonrisa, y no era consciente de nada. Su sueño era liviano y se sentía muy cómo en aquella cama, abrazando el cuerpo desnudo de Hermione mientras ambos dormían juntos y llenos de dicha. Ahora que ya no compartía su alma con un ente maligno, Harry no poseía la capacidad de saber qué cosas oscuras estaban pasando en otros lugares, y por lo tanto no tenía ni el más mínimo indicio de que no tan lejos de allí un mago oscuro estaba masacrando a sangre fría a tres jóvenes magos inocentes, gozando de placer mientras la sangre brotaba de ellos y chillaban de dolor. Regodeándose de placer, el mago oscuro disfrutaba el homicidio, su máscara con forma de animal como una gigantesca y horrible sombra fantasmal en la pared.
Los gritos de terror y horror de los tres magos nunca llegaron muy lejos de allí.
En ese mismo momento, Harry entreabría un poco los ojos y observaba la oscuridad de su cuarto.
¿Cuánto tiempo habían dormido allí, juntos? ¿Minutos? ¿Horas?
No quería terminar de despertar, por temor a que algo arruinara el momento. Temía que Hermione pronto despertara enfurecida, como el día que se habían besado en la playa, o que enloqueciera por la situación. Su mente estaba totalmente metida en Hermione, y en nada más. Las sombras de la calle que ingresaban por la ventana del dormitorio no lo alteraron, y la misteriosa calma que acechaba la noche no lo perturbó. Harry era ahora una persona normal. Sin percepciones extrasensoriales supernaturales, ni nada parecido. Su mente solo tenía lugar para Hermione.
La varita subió y bajó con violencia, como si fuera un cuchillo. La sangre saltaba por las paredes y hasta el techo. La máscara del asesino era bañada de sangre constantemente, y ya no se oían más gritos. Harry, entretanto, besaba la nuca de una dormida Hermione y le acariciaba un brazo por debajo de las sábanas, aún inseguro de su dormirse de vuelta o despertarla para advertirle que se había quedado dormida en horas en que debería estar en el castillo.
Las risas perversas y escalofriantes del asesino resonaban en la noche. Los cuerpos ya sin vida continuaban siendo masacrados por el solo placer de hacerlo. Hermione entonces abrió los ojos y giró en la cama para mirar a Harry a los ojos.
-¿Qué hemos hecho? –le preguntó con un hilo de voz. No sonaba furiosa ni mucho menos, sino rendida. Se había rendido ante aquello y tenía la voz de alguien que se había cansado de luchar contra algo, que finalmente bajaba los brazos y dejaba que las cosas siguieran su curso natural.
-Quiero que sepas –dijo Harry en un susurro, motivado por el momento-, que esto no ha sido un error ni una equivocación. No para mí. De verdad yo…
Quiso decir "te quiero", pero no le salieron las palabras. Sentía una mezcla de temor, dulzura hacia ella, inseguridad y disfrute ante aquello, todo junto, que no le permitía hablar.
-Esta ha sido la primera vez que he hecho esto –dijo ella entonces, clavando sus ojos en los de Harry, y luego bajándolos hacia sus labios y subiéndolos nuevamente-. No me arrepiento. Y no lo habría hecho si no fuera lo que de verdad quería hacer.
Se abrazaron y se besaron. El beso fue creciendo en intensidad, el calor afloró nuevamente, y una cosa fue llevando a la otra hasta que no pudieron contenerse y todo empezó de nuevo.
El asesino salió de la casa, cerró la puerta de un golpe estruendoso y aulló a la noche, como un lobo, con la cabeza en alto apuntando hacia la luna llena. Caminó lejos de allí, ahora a pasos más pesados, no tan ansioso, ya satisfecho por esa noche. Avanzó a lo largo de las desiertas calles dejando huellas y rastros de sangre tras él. Parecía no tener el menor reparo ante los indicios que dejaba. O al menos eso parecía a simple vista. Entonces se acercó a una pequeña casita y algo le llamó la atención dentro. Se acercó hacia una de las ventanas y miró hacia el interior.
Harry y Hermione se movían en la cama mientras recorrían sus cuerpos con sus manos, en una especie de frenesí descontrolado. No dejaban de besarse en todas partes del cuerpo, de susurrarse palabras de amor al oído y de expresarse algo enorme, gigante, contenido durante muchísimo tiempo. Eran incapaces de percibir la extraña sombra que se estaba formando en la ventana tras ellos, y reflejándose en la pared. Solo luego de un rato, Harry atisbó por el rabillo del ojo la forma que había allí.
Un árbol. Se trataba de la rama de un árbol.
El asesino miró hacia el interior de la casa. Vio las formas humanas allí dentro, giró un poco su cabeza de lado mientras observaba como un animal que había saciado su hambre, pero aún encontraba deleite en ver una presa ante él. Harry miraba, en ese mismo momento, la forma de la rama del árbol que golpeaba contra su ventana. Cerró los ojos y siguió besando a Hermione, sintiendo nada más que el deseo y el loco amor que explotaba desde dentro suyo. La figura enmascarada se apartó de la ventana y continuó su camino. Luego de varios pasos, hizo una serie de movimientos de varita en el aire a toda velocidad, como quien no quiere la cosa, como una breve molestia que alguien hace de pasada mientras piensa en algo más divertido, luego se desvaneció en el aire. Harry besó el cuello de Hermione mientras ella le acariciaba la espalda. La calle en que segundos atrás había caminado el mago enmascarado quedó limpia y vacía, ya sin huellas de sangre ni rastros de ningún tipo. Era como si nada hubiera pasado.
Luego de un rato se separaron y quedaron mirándose a los ojos, agitados.
-Eso estuvo bien –dijo Hermione, y se le escapó una sonrisita. Harry le siguió el juego, sonriendo también. –Tengo que volver a la escuela.
Harry asintió.
-Claro. Sí, es tarde allá. Toma, te prestaré la capa para hacerse invisible. Así no tendrás que preocuparte de que te vean en un corredor a esta hora.
Ella asintió, mientras Harry se vestía rápidamente y buscaba su capa. Era demasiado extraño salir de su cama desnudo delante de Hermione, por lo que agradecía que estuviera todo oscuro exceptuando la luz de la luna y las luces de la calle que entraban por la ventana. Una vez finalizó su búsqueda, se volvió hacia ella y vio que ya se había colocado la túnica y estaba sentada en la cama.
-¿Crees que…? –empezó Harry, pero se detuvo. No sabía cómo formular su pregunta. Hermione, una vez más, adivinó sus pensamientos.
-No lo sé –respondió a la pregunta jamás formulada verbalmente-. Quizás tengamos que pensarlo… Ver qué ocurre.
Ambos quedaron pensativos, en silencio. Habían avanzado un paso, lo sabían. Habían dejado de fingir que aquello había sido solo un error, y habían puesto sobre la mesa sus sentimientos, sus corazones. Ahora faltaba algo que era quizás peor. ¿Qué hacían con sus vidas?
-¿Quieres que mantengamos el secreto? –preguntó Harry. Hermione puso cara de tristeza antes de devolverle la mirada, lo que lo dejó afligido.
-Quizás… -era como si ella quisiera decir algo, proponer una idea, pero no tuviera ninguna-. Quizás sí –dijo entonces-. O podríamos… -pero era incapaz de proponer una alternativa.
Harry decidió ponerse firme y hablar abiertamente de ello.
-Pensemos en la alternativa –dijo entonces-. Esta sería que tú rompas con Ron. Y yo con Ginny. Y estemos juntos –se lo pensó un instante antes de continuar-. ¿Es demasiado terrible?
-Es muy terrible –dijo ella, asintiendo con la cabeza con preocupación-. Sobre todo porque terminaría con nuestra relación con Ron, la tuya y la mía con él, la amistad; además de con Ginny y el resto de los Weasley. Y no estamos hablando de nuestra relación con Neville, por mucho que quiero a Neville quizás podría sobrevivir a una vida sin su amistad. Quiero decir, es de Ron de quien hablamos. De Ron, de Ginny, de George, de todos… Son como una familia para ti, para mí también. Pensar en un mundo en el que nos alejamos de todos ellos y avanzamos solos por nuestra cuenta, dejándolos atrás, y además sin que ellos hayan hecho nada de malo… Es bastante difícil de pensar para mí.
-Siempre hemos sido los tres –coincidió Harry, sentándose a su lado en la cama-. Los mejores amigos… La amistad entre nosotros tres ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Y eso incluye a Ron, por supuesto.
-Exactamente lo mismo siento –dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Fue mi culpa. No debí haber estado con él en un principio. Fue una mala decisión querer estar con él, ser su novia.
-Primero lo había hecho yo con Ginny –reflexionó Harry-. Yo cometí el error primero.
-Solo porque yo le dije que lo intente contigo. Quizás ni te habrías fijado en ella si no fuera por esa po….
Hermione se detuvo en seco, los ojos muy abiertos mirando hacia adelante.
-¿Decías? –Harry arqueó las cejas, mirándola a los ojos.
-Bien, quizás deba decirte eso –Hermione pestañeó varias veces y Harry notó, a pesar de la oscuridad, que se ponía roja-. Luego de convencer a Ginny de que lo intente contigo, parecía que tú aún no notabas su existencia. Así que luego, en sexto, me puse a preparar un poco de poción…
-¿Lo dices en serio?
-No te enojes. Solo era un poco de poción. Mucho menos de lo que bebió Ron por accidente el día en que terminó envenenado. De hecho, la idea me la dio Romilda Vane. Era obvio que ella había preparado una. La puse en tu jugo de calabaza, y bueno, ahí empezó a gustarte Ginny.
Harry no sabía que pensar ante aquello, pero había cosas más graves pasando, así que decidió no darle tanta importancia.
-Espero que no lo tomes a mal –siguió Hermione-. Realmente pensé que lo mejor para todos era que tú salieras con ella, y yo con Ron. Pero estaba equivocada.
Lo miró con aprehensión y puso una mano sobre su pierna. Harry sintió un escalofrío, y se sintió algo estúpido por eso.
-¿Y el año pasado? –preguntó entonces él-. ¿Sentías algo por mí? Tú sabes… en el viaje.
Ella se quedó en silencio, mirando el piso.
-¿Y tú? –le preguntó.
-Quizás –dijo Harry-. Trataba de pensar en Ginny. La verdad, sentía que eso era lo que debía hacer, y trataba de recordarla porque habíamos tenido buenos momentos juntos, no voy a negar eso… Y pensé que era lo que estábamos destinados a ser, ella y yo. Pero bueno –la miró entonces-. Sí sentía algo durante todos esos momentos solo contigo. Y sabía que era más fuerte. Y más real. Pero fue un momento difícil para ambos como para…
-Sí, lo sé. Fue difícil –coincidió ella-. Creo que Ron siempre supo que pasaba algo entre nosotros, Harry… creo que siempre lo notó… Por eso ha tenido tantos momentos de celos, y de creer que yo te prefería a ti. Y es que, en realidad, eso era lo que pasaba en el fondo. Pero ahora que hice que las cosas fueran de esta forma, ¿cómo lo revierto? ¿Cómo doy marcha atrás sin arruinar todo?
-Quizás deberías dejar de preocuparte –dijo entonces Harry, y cruzó un brazo por encima de sus hombros-. Quizás deberías dejar de pensar tanto en todo esto, de planearlo… Y simplemente dejar que ocurra lo que tenga que ocurrir.
-Nos va a destruir, Harry –le dijo en un susurro-. No solo es Ron, ni los Weasley. La gente en general va a odiarnos. Habremos sido los traidores, los que traicionaron a Ginny y Ron…
-No es justo –protestó él-. Ellos tienen que entenderlo.
-Ron jamás podrá entenderlo –dijo ella, y Harry sabía que tenía toda la razón.
-¿Y qué hacemos?
Se quedaron en silencio de nuevo, un largo rato.
-Por lo pronto, volveré al castillo –anunció ella, poniéndose de pie. Tomó la capa de Harry y se la puso por los hombros, quedando por el momento solo su cabeza flotando en el aire. –Y por el momento, deberíamos mantener la mentira. Hasta que, no sé… Hasta que pensemos en algo mejor.
-Romperé con Ginny –anunció Harry entonces.
-¿Qué dices?
-Luego podemos ver qué hacer con Ron. Pero no tiene sentido que siga con ella. Le escribiré…
-¿Romperás una relación de dos años por carta? Harry, con todo respeto, tienes mucho que aprender.
-De acuerdo, se lo diré en persona –dijo él, tomando valor-. Pero sé que debo hacerlo. Inventaré una excusa. Diré que ya no siento lo mismo. Es la verdad, de hecho.
Ella asintió, aún preocupada.
-Lamento mucho todo, Harry. Lamento haber arruinado todo. Tú sabes, con esa poción… Al estar con Ron… Realmente fue mi culpa desde el principio.
-No, no es tu culpa –dijo el, se acercó a su cabeza flotante y acarició el cuerpo invisible que había debajo a través de la túnica-. Eramos chicos todo este tiempo. Yo tenía miedo. No pensaba que pudiera intentarlo contigo. Me daba mucho miedo la sola idea, así que estaba descartada para mí. Serías mi mejor amiga. Fueron los planes que hicimos. Pero ahora somos más grandes, y sabemos que hay cosas más importantes que los planes. Creo que prefiero hacer caso a mis sentimientos ahora. Ya no quiero temer a nada. Quiero ser feliz. Quiero una vida de una vez por todas, como cualquier chico, haciendo las cosas que quiero. Y me di cuenta que tú eras lo que yo quería.
Ella no dijo nada. Se dieron un beso en los labios y Hermione empezó a alejarse unos pasos de él.
-Adiós, Harry, vendré de vuelta en cuanto pueda.
Él asintió, y se quedó mirándola unos segundos.
-¿Cuándo? –preguntó entonces. Ella sonrió un poco.
-Bueno, ya veremos. Por lo pronto debo volver a mi habitación e inventarle una excusa a Ginny de por qué me pasé toda la noche en la biblioteca.
Harry vio cómo Hermione desaparecía por completo al girar sobre sí misma, y se dejó caer en la cama. Se quedó mirando el techo un largo rato, pensando en todo aquello. Por más que lo pensaran juntos, que trataran de resolverlo juntos, no podían encontrar una respuesta. ¿Habría alguien que pudiera ayudarlo con algo tan delicado? Sin tan solo tuviera a su padrino, Sirius. Sabía que podría haberle confiado algo así de íntimo a él. Quizás a nadie más.
Aunque…
Harry se quedó pensativo. Desde luego, sería una locura. Pero había una forma de comunicarse con Sirius. Si bien era una completa locura, valía la pena considerarla.
Mientras contemplaba el techo, se preguntó si había alguna otra opción. Si había alguien más a quien podía pedir consejo, pero, ¿a quién? ¿A Arthur? ¿A George? No podía decirle eso a ningún Weasley. ¿A Neville, u otro ex compañero? No tenían tanta confianza como para una confesión así. Sirius era a quien necesitaba.
Harry decidió intentarlo. Se incorporó, lo pensó durante unos segundos más, y entonces agarró su escoba, giró sobre sí mismo y desapareció.
Al instante, luego de sentir aquella desagradable sensación, se encontró a sí mismo frente a las verjas del colegio. Habían deshecho la mayoría de los encantamientos protectores, así que no podía ser tan difícil. No necesitaba ingresar al castillo, así que no necesitaba los pasadizos. Para moverse por el exterior, podía simplemente volar por arriba. Así que se subió a su escoba, pasó por encima de las verjas y comprobó que sin problemas estaba ya en los terrenos de Hogwarts.
Harry miró en dirección al castillo. La noche era intensa ahora que la luna había desaparecido, quizás tapada por nubes, y el castillo era una figura oscura en la distancia. Avanzó por los terrenos en dirección al bosque prohibido, y trató de recordar exactamente dónde había dejado caer la Piedra de la Resurrección.
La tarea fue ardua. Durante un largo rato, Harry caminó entre los árboles, tratando de ubicar el sitio. Sabía más o menos por donde era la zona, pero no podía dar con ella. Luego de más de una o quizás dos horas, se dio cuenta de que el sol empezaba a salir por encima de los árboles. Cansado de buscar sin éxito, se sentó junto a un árbol y se puso a pensar.
Vaya locura aquella. ¿Qué le pasaba últimamente? Seguía todos sus instintos sin pensar por un segundo. Tanto así que parecía que hubiera tomado una dosis permanente de Felix Felicis, solo que esta poción no parecía llevarlo siempre por el mejor camino. Había tenido antes deseos de ver a Sirius, y en esas ocasiones recurría a su trozo de espejo con la infantil esperanza de que su padrino le devolviera la mirada. Esta vez, sin embargo, el tener conocimiento de la existencia de la Piedra de la Resurrección era algo mucho más tentador que eso. Tenía una leve idea sobre las Reliquias de la Muerte, y sobre qué podía esperar o no de ellas.
Sabía que no eran un juego, y que dos de ellas eran peligrosas. Tal como lo contaba la leyenda de los Tres Hermanos, tanto la varita como la piedra habían sido trampas de la Muerte para hacerse con sus víctimas. De esa forma, prácticamente aseguraba la perdición para cualquiera que se obsesionara con ellas. Pero él ya había usado la piedra una vez… ¿qué podía tener de malo hacerlo una segunda? Sería solo una, y luego lanzaría la piedra tan lejos como fuera posible y se concentraría en quitarle la varita al mago enmascarado para destruirla también.
De cualquier forma, era imposible encontrarla allí. Harry se recostó contra aquel árbol y miró a su alrededor. Había tantas ramas, hojas de árboles caídas y tierra y césped que sería imposible encontrarla a menos que organizara un operativo entre muchas personas, una gran búsqueda por el área donde sabía que la había dejado caer.
Frustrado, se puso a pensar que aquello no tenía sentido, y estaba por incorporarse para irse cuando la vio: estaba allí, a pocos pasos de él. La piedra estaba enterrada casi por completo en tierra, pero una parte de ella aún sobresalía bajo una ramita, y brillaba con la luz del sol naciente. La reconoció enseguida, por su color y textura.
Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Harry caminó hacia allí y la levantó. Era ella, la auténtica Piedra de la Resurrección.
Miró a su alrededor, con temor de que alguien lo hubiera visto y pudiera querer robarla o algo así, como había ocurrido con la varita, pero no había nadie. Se la guardó en el bolsillo, se subió a la escoba y se marchó de allí.
Más tarde, en su casa, Harry estaba sentado al borde de su cama examinando la piedra. No era tan estúpido para animarse a hacer eso una vez más sin un plan. Decidió que el plan debía ser claro y debería cumplirlo: usaría la piedra para contactar a Sirius, James y Lily, porque no podía no llamar a sus padres. Les contaría a los tres lo ocurrido, les pediría consejo, y entonces, cuando hubiera terminado, se desharía de la piedra para siempre. Quizás la destruiría para asegurarse de no caer en la tentación nunca más. Sabía que no era seguro jugar con ese objeto. Pero, en ese momento, lo necesitaba.
Harry giró la piedra en su mano, y entonces las tres figuras aparecieron ante él.
-Hola –los saludó, nostálgico.
-Hola, Harry –dijo James, mirando a su hijo con ternura.
-Hola, cielo –dijo Lily, con una sonrisa.
-Harry, estamos muy orgullosos de todo lo que has hecho –dijo Sirius-. Has sido muy valiente.
-Gracias, pero no lo merezco –empezó él-. Necesito un consejo, por eso los llamé. Ya no siento ganas de luchar, pero me he comprometido con ser un auror, y hay un mago tenebroso que ha robado la Varita de Saúco. Sé que debo detenerlo yo. Porque yo formé parte de eso, yo lo inicié al revelarle al mundo mágico el misterio de esa varita. Pero no siento las fuerzas. No siento el deseo, ni la emoción que antes sentía por resolver un misterio. Me siento agotado, sin fuerzas, como deseando que se encargue otro. No consigo encontrar las fuerzas para intentarlo.
-Has tenido momentos muy duros hace muy poco tiempo, cariño –le dijo su madre-. No es algo extraño lo que te pasa. No estás volviéndose desinteresado. Solo piensa en que has vencido a Voldemort hace solo tres meses. Hasta Harry Potter necesita unas buenas vacaciones.
-Ya encontrarás esa energía, Harry –le dijo su padre-. Tú eres el mejor mago que tiene el mundo mágico en este momento. Serás más grande que Dumbledore. Podrás detener a cualquier mago tenebroso si te lo propones. Porque sí, lamentablemente, descubrirás que Voldemort no será el único. Esperemos no haya alguien tan terrible como él mientras tú vidas, pero el mundo mágico ha conocido a otros magos tenebrosos, y de seguro los habrá nuevamente en el futuro. Pero tampoco puedes con todo tu solo, Harry. Rodéate de tus amigos, descansa cuando lo necesitas, como ahora, y cuando estés listo vuelve a la acción.
-Y sé feliz, Harry –le dijo Sirius, sonriéndole-. Nada tendrá sentido si no lo eres. Todo el esfuerzo no valdrá la pena si no tienes algo que le dé sentido a tu vida. Por eso es que las personas que amas deben siempre ser lo primero.
En ese punto, Harry sintió ganas de llorar. Y les confesó todo lo que había pasado, y mientras lo decía se dio cuenta de lo terrible que se sentía por traicionar a Ron y por arruinarlo todo.
-Y Ron no merece esto –les dijo, afligido, con el corazón latiéndole a toda marcha-. Ha sido mi mejor amigo, jamás me ha dejado de defender cuando alguien no creía en mí o me atacaba. Y ahora le he hecho esto…
-No te sientas mal por lo que has hecho –le dijo Lily-. Nunca está mal seguir a tu corazón, cariño. Si quieres a esa chica, no tienes por qué negarlo. Solo empeorará las cosas.
-Pero Ron…
-Los verdaderos amigos superan estas cosas, Harry –dijo Sirius, lanzándole una mirada a James-. En tu caso, no será fácil, desde luego. Pero debes ser honesto y decirle a Ron lo que pasa. No te preocupes, Harry, él deberá entenderlo con el tiempo.
Los tres le sonrieron, y Harry sintió que eso no era suficiente. Debía pedirles más consejos. Pero, ¿qué más podían decirle?
-Siento que me he vuelto una mala persona –confesó entonces-. Con todo esto que ocurrió… Sumado a mis pocas ganas de actuar con lo que ha ocurrido… Siento que no soy el mismo.
-No eres una mala persona, Harry –le dijo Sirius-. Eres una excelente persona. Te preocupan tus amigos, y te preocupa el mundo mágico. Y no es tu culpa que tus sentimientos vayan en dirección opuesta a tus amistades, o que surjan nuevos magos tenebrosos. Nada de eso te hace menos mago de lo que eres. Y eres un gran mago y una gran persona, Harry.
-Lamento haberlos llamado por esto. Realmente fue una estupidez. Usar la piedra y revivirlos, solo para…
-Jamás nos hemos ido, recuérdalo –le dijo Lily-. Vivimos aquí, Harry, contigo –y señaló su corazón.
-Lo sé, mamá –dijo él, y una lágrima le cayó por el rostro-. Es que… -no pudo contenerlo más, y casi rompe en llantos-. Ya no me siento como antes. Luego de la Batalla de Hogwarts, todo cambió. Ya no me siento convencido, ni fuerte. Creo que me había obligado a sentir de esa forma porque sabía que tenía que ser yo quien derrote a Voldemort, porque lo decía una profecía. Entonces no tenía más remedio que ser fuerte, que luchar, que ser valiente. Pero todo eso se fue ahora. Siento como si ya no mereciera haber sido un Gryffindor. Ahora, me siento cobarde, temeroso. Siento que las fuerzas me abandonaron. Siento que en cualquier momento tendré un ataque de pánico que me hará perder la razón. Estoy desorientado, y soy capaz de cometer cualquier clase de equivocaciones. Porque no puedo pensar con claridad. Todo me agobia, mamá. Estoy muy débil, y no logro recuperarme. No hay descanso que me haga recomponerme. Creo que he tenido suficiente de esto para todo el resto de mi vida. Ya no quiero ser auror, ni pelear magos oscuros, ni lidiar con nadie. A veces siento… como si solo quisiera alejarme de todo el mundo y estar solo para siempre.
-Es perfectamente normal, hijo –le dijo James-. No eres un súper-mago. Eres un humano. Y ahora que Voldemort ya no está dentro tuyo, es de esperar que eso te cambie también. Ahora eres más humano que nunca. Ahora es tiempo de que disfrutes la vida, de que vivas una vida normal. Ya está, Harry, ya lo has hecho: ¡has vencido a Voldemort! Y no podría estar más orgulloso de ti por haberlo hecho.
-Sabíamos que lo lograrías –dijo Lily-. Y tu padre tiene razón. Ahora descansa, y sé feliz. Voldemort no volverá más que en tu mente. Solo si tú lo dejas, entonces el recuerdo de todo lo que viviste podrá hacerte perder la razón. Pero solo si tú lo dejas, sino no. Si consigues seguir adelante, vivir tu vida, con los problemas que sea que surjan, eso no importa; pero si consigues seguir adelante y disfrutar la vida, entonces podrás terminar el desafío final. Ese es el último desafío que tienes, cariño, la última prueba, la última gran batalla que ganar: el poder dejar atrás esa sensación de alerta permanente, de que el peligro está a la vuelta de la esquina, dejarla atrás para siempre y relajarte, conseguir realmente relajarte y disfrutar. Este es tu tiempo, cariño, es tu momento. El momento de ser feliz.
Harry les sonrió y asintió con la cabeza, conmovido.
-Muchas gracias –le dijo a los tres-. Gracias de verdad, por todo. Ya no los molestaré. No volveré a usar la piedra.
-Es una decisión sabia –le dijo Sirius-. Pero no la necesitas para contactarte con nosotros. Recuerda eso.
-Adiós, Harry –le dijo James.
-Adiós, cariño –le dijo Lily, con una sonrisa melancólica.
-Adiós –les dijo él, y entonces dejó caer la piedra al suelo y los tres desaparecieron de la nada, demasiado rápido, casi como si nunca hubieran estado allí.
Harry miró hacia la cocina por medio de la puerta abierta, y luego hacia la ventana. Sentía como si hubiera hecho algo malo al llamarlos, algo prohibido, y de pronto alguien fuera a aparecer allí para quitarle la piedra o atacarlo por algún motivo.
Levantó la piedra del suelo y la guardó en un cajón, dentro de un calcetín. No era un gran escondite, pero no sería por mucho tiempo. En cuanto descubriera cómo destruirla lo haría, porque sabía que ya no era seguro dejar esos objetos mágicos intactos.
Pero se concentraría sobre todo en obedecer a su familia y en lo que le habían aconsejado: ya no preocuparse tanto por todo, ya no buscar fantasmas ni peligros. Debía retomar la sensación de que todo estaba bien, de que nada malo pasaba. El ataque el mago enmascarado había sido lo que casi lo había vuelto loco, porque había alterado su noción de que "todo estaba bien". Pero ellos tenían razón: siempre habría magos oscuros y problemas que resolver. Eso no quería decir que Voldemort había vuelto ni nada parecido. No era el fin del mundo. Eran solo situaciones que alguien debería resolver, y nada más. Se acostó en la cama y trató de cerrar los ojos y relajarse. Ya era de día y había dormido muy poco.
En ese momento, escuchó un ruido y trató de no sobresaltarse: solo era Stripy, que entraba por una ventana a los tropiezos y le dejaba algo a su lado, en la cama, antes de salir volando a toda velocidad hacia su tarro de comida y chocar contra el marco de la puerta en el intento, cayendo desplomada al suelo.
Era El Profeta. Harry estaba por lanzarlo a un lado con desinterés, hasta que vio el titular:
"Triple homicidio de una familia de magos en Oxford. Los aurores desconcertados".
Harry abrió rápidamente el periódico y buscó la noticia completa:
Esta madrugada, los vecinos de la ciudad de Oxford notificaron al Ministerio de la Magia del hallazgo de tres cuerpos correspondientes a Betany Wright, su marido Jack Adams y el hijo de la pareja de solo cinco años, Timy Adams. Fueron hallados por una vecina de ellos también bruja, que se metió en la casa a la fuerza luego de oír gritos desesperados. Los tres magos pertenecían a familias de sangre pura, y no tenían antecedentes de conflictos previos. Se desconocen los motivos o la identidad del asesino.
A las 06:42 hs, cuando la vecina bruja Agatha Renner encontró los cuerpos, se puso en contacto directamente con la oficina de aurores en el Ministerio, y estos acudieron al lugar de los hechos. Los informes detallan que los cuerpos fueron mutilados a sangre fría por medio de heridas mágicas severas, que no tienen cura. Quien lo haya hecho, no solo deseaba matar a las víctimas sino hacerlo de una forma sanguinaria y cruenta. Este periódico no emitirá más detalles al respecto por un tema de censura, pero realmente se ha tratado de una barbarie pocas veces vista.
No se han encontrado huellas mágicas de ningún tipo que permitan identificar al asesino. Quien lo haya hecho, informa Edgar Millan del departamento de aurores, tenía un excepcional conocimiento de la magia en lo que refiere a eliminar huellas mágicas y rastros que dejan los hechizos y los movimientos de las brujas y magos.
Esta tarde, luego de las autopsias y peritajes correspondientes, emitiremos un nuevo comunicado en El Profeta Vespertino con los detalles adicionales que pueda brindarnos el departamento de aurores.
Harry se quedó con el periódico en la mano, y sintió el mareo empezar.
No. Debía controlarse. No era su culpa la muerte de esa gente. Él no había tenido nada que ver.
Pero no podía evitarlo.
Aunque la noticia no mencionaba nada sobre una máscara, ni una varita extraordinaria, ni nada parecido, él lo sabía. No necesitaba que se lo dijeran.
Sabía que el asesino era el mago enmascarado. No sabía quién era, ni qué quería, ni por qué lo había hecho. Pero estaba seguro de que él era el autor.
Y de que él, Harry, le había dado la información sobre cómo obtener la Varita de Saúco.
Harry se tapó la cabeza con la almohada y trató de que el torbellino de pensamientos cesara. Necesitaba a Hermione. Necesitaba que lo haga calmarse. Pero no podía llamarla, o ir con ella. Tenía que respirar y calmarse.
No lo logró. La sensación se hacía más y más intensa. Estaba por darle un ataque de pánico. Se aferró al borde de la cama y se quedó esperando lo peor. Sabía que pasaría en cualquier momento.
Y entonces escuchó un ruido en el recibidor. Pero no se movió. Estaba tratando de resistir. Casi no pudo notar con certeza quién era la persona que estaba levantándolo en brazos, haciéndolo sentar en la cama, y apuntándolo con la varita en la cara.
Y entonces se sintió un poco mejor.
Harry abrió los ojos y se encontró con la cabellera pelirroja de Ron. Su amigo estaba frente a él, muy preocupado.
-Vaya, no sabía si vivirías para contarlo –dijo Ron, alarmado-. ¿Estás bien? Creo que llegué justo a tiempo…
-Ron –dijo Harry, si poder articular más palabra que esa-. ¿Cómo supiste?
-No lo supe –dijo él, sencillamente-. Solo pensé en venir a despertarte para invitarte a un partido de Quidditch con Dean y Seamus. Y al llegar vi que estabas por desmayarte, amigo. ¿Qué te pasó? Te lancé un encantamiento despabilador, a ver si funcionaba.
-Gracias –dijo Harry-. No sé qué me pasa.
-Vaya, quizás debas ir a ver a un psicólogo de magos. No es broma. Yo también tengo pesadillas, por todo lo de Voldemort… Pero no tuve un ataque así, aún.
Harry miró la cama sobre la que estaban sentados y se puso de pie de un salto, recordando lo que había pasado allí poco tiempo atrás, con Hermione.
-¿Qué ocurre? –dijo Ron, sin comprender.
-Nada. Me parece genial. El Quidditch, digo. ¿Cuándo es?
-Pensábamos hacerlo ahora, por la mañana. Por eso vine a esta hora. ¿Quieres? Quizás te haga bien…
-Sí, eso pensé –Harry asintió con la cabeza enérgicamente.
-Vaya que estás mal –comentó Ron, mirándolo con preocupación.
-Estoy bien, no te preocupes –Harry tomó su escoba nuevamente y se refregó los ojos con el puño-. Vamos.
