11. La mudanza de Ron
Luego del partido y de dormir horas suficientes (estaba realmente agotado), Harry hizo un ejercicio que en un comienzo se había prometido no hacer, pero que se dio cuenta que era necesario para poder dejar el tema atrás, seguir adelante y no enloquecer. O eso pensó que pasaría. El ejercicio consistió en recolectar toda la información posible sobre el triple homicidio que había tenido lugar en Oxford y que había publicado El Profeta.
Se puso a juntar todo lo que pudo, no solo de El Profeta y El Profeta Vespertino, sino de un par de respuestas de personas que mencionaban esas publicaciones y a las que escribió. La información que pudo recolectar fue la siguiente:
Primero, el contexto: El crimen había tenido lugar en el centro-oeste de la ciudad de Oxford, a unas 300 millas de Hogsmeade y 60 de Londres. El lugar no parecía tener conexión con nada que Harry supiera o de lo que hubiera oído últimamente. Continuando, había ocurrido a altas horas de la noche, un momento que no tenía nada de especial ni particular en ese lugar. No había un evento especial en esa zona en esa fecha; no había habido un acontecimiento relevante reciente que diera a sospechar que tuviera alguna vinculación. No pasaba nada en ese barrio ni en las inmediaciones que Harry hubiera podido encontrar.
Segundo, las víctimas: Una familia de sangre pura, dos magos jóvenes de treinta años de edad, una pareja, y su hijo de cinco. Betany Wright, Jack Adams y Timy Adams. Los padres no tenían antecedentes. No habían sido mortífagos ni habían participado que se supiera en la batalla del mundo mágico, de ningún bando. Simplemente una familia normal de magos que vivía en Oxford. Según le contó un vecino por carta, Harry supo que Betany y Jack estaban de novios desde hacía muchos años, nunca se habían casado. Se habían egresado de Hogwarts y trabajaban en una fábrica de magos donde se transformaba mediante magia la madera para hacer objetos como las escobas de magos, artículos para el hogar e incluso varitas. Betany trabajaba en la parte administrativa y Jack en la planta. La fábrica en cuestión quedaba en el centro de Oxford. No había registros de nada extraño que vinculara a la fábrica.
Por otro lado, no había ninguna información familiar relevante: Nada que Harry haya podido averiguar sobre los apellidos Wright y Adams que insinuara antepasados relacionados a la magia negra, ni nada. Si bien Harry no había tenido acceso a la biblioteca de Hogwarts, había hecho un pequeño viaje a Londres mediante aparición y había buscado en la Biblioteca de la Magia Central, que quedaba en el Callejón Diagon. Allí, solo había encontrado un par de artículos que mencionaban algún mago o bruja con esos apellidos vinculados a algún premio de Hogwarts, o por ejemplo una Wright que había ganado una medalla en las Olimpiadas Mágicas de Alemania por lanzar una varilla mágica (Harry no sabía ni qué era eso) a 800 km por hora.
Tercero, el asesino: No se sabía nada de él. Nadie lo había visto, nadie pudo dar una descripción física. Una vecina, Agatha Renner, escuchó gritos y entró a la fuerza en la casa para luego encontrar los cuerpos, mutilados de forma espantosa. No contestó la carta de Harry, pero sí lo hizo un familiar suyo que vivía al lado y también escuchó los gritos y fue a asistirla cuando la bruja perdió la cabeza luego de ver los cuerpos. Harry investigó también a Renner, y descubrió únicamente que en el pasado había estado involucrada en un problema con el Ministerio por hacer magia en público por accidente, algo que no parecía haber sido importante sino una falta menor. Solo un par de muggles desmemorizados y nada más.
Por otro lado, ninguno de ellos pudo ver nada en relación al aspecto del asesino. Nadie lo oyó, ni nada. Solo oyeron los gritos de las víctimas. No había transcurrido mucho tiempo entre los gritos y la llegada de Renner, quizás unos pocos minutos, según relató la bruja, lo que se demoró en vestirse y encontrar su varita, que había dejado en la cocina. Nadie vio al asesino ni lo oyó en otras partes del vecindario tampoco. Vivían aproximadamente diez familias de magos por la zona, que fueron consultadas negando todas haber visto u oído algo.
Cuarto, el motivo: Habían sido asesinados con locura. De forma despiadada. Todas las noticias y comentarios coincidían en eso. Había sido una cruenta matanza, y nadie podía imaginar por qué. El asesino debía haber tenido muchísima ira al momento de hacerlo, debía estar trastornado o fuera de sí. No era el perfil de un asesino meticuloso, calculador, sino de un desquiciado demente. Pero lo extraño era que, si eso había sido así, entonces no tenía sentido el otro elementos muy importante del hecho: No había dejado ningún rastro, ninguna huella. Los aurores expertos que acudieron allí no pudieron rastrear ninguna huella mágica que indicara por dónde entró el mago, hacia dónde se fue luego, o cómo manipuló el arma letal, que casi seguro había sido una varita. Al parecer había sido extremadamente hábil en esconder sus movimientos, lo que resultaba extraño teniendo en cuenta el estado de los cuerpos, que denotaba un perfil opuesto: de alguien irracional.
Pero Harry tenía su teoría respecto a esto: Si el asesino tenía la Varita de Saúco, entonces por más desquiciado y demente que fuera, la varita era la que se había encargado de no dejar huellas, por el extraordinario poder que la varita tenía, más allá de que él no fuera tan meticuloso.
Y, por último, el elemento principal, el elemento que no apareció en el primer artículo de El Profeta porque los aurores no habían querido revelarlo a la prensa hasta hacer un análisis más profundo del crimen, pero que sí se había filtrado en El Profeta Vespertino: El asesino había dejado un mensaje escrito con sangre en la pared, sobre los cuerpos. Se trataba de una firma: "El Cazador de Brujas".
Harry pensó al respecto mientras bebía una taza de café con miel hecha a base de saliva de demiguise (que de hecho era muy rica). Había encontrado esa miel en el almacén de magos y le había gustado mucho. Sus pensamientos sin embargo no estaban en la infusión sino en El Cazador de Brujas. Aquella firma en la pared sin ningún otro mensaje más era una declaración de autoría. Indicaba que habría más víctimas, que se trataba de un asesino en serie. O un mensaje de terror hacia la población mágica, para que temieran con la sospecha de eso. No había registros en ningún lado de un mago o bruja que alguna vez se hubiera hecho llamar así, y no había indicios tampoco de que hubiera habido en la historia de la magia algún evento ni nada que se llamara de esa forma. Excepto, claro, las antiguas cacerías de brujas.
Según investigó un poco por arriba Harry, al igual que sabían los muggles, en Europa había habido una serie de cacerías de brujas entre los siglos XIV y XVII, muy importante. Luego de esos eventos, los magos se habían escondido y se habían mantenido en secreto de los muggles, para evitar seguir siendo cazados. Esto era, claro, parte central de la historia de la magia, y Harry ya lo sabía, pero le había dado una ojeada nuevamente a sus libros de tercer año para volver a entrar en tema ese día. De cualquier forma, no había habido nunca un mago oscuro que matara brujas haciéndose llamar de esa forma. Las antiguas cacerías de brujas habían sido por parte de muggles hacia brujas, sobre todo mujeres, en menor medida hombres y niños.
Harry bebió un sorbo más de su café y dejó sus notas sobre la mesa de su cocina/comedor. No había nada más. Su investigación sobre el homicidio concluía ahí. Se dio cuenta de que no sabía nada, no tenía ningún indicio de donde estaba ese mago oscuro, de si efectivamente era el mismo que le había robado el poder sobre la Varita de Saúco, y tampoco sabía por qué de pronto había querido hacerse público con ese triple asesinato, al parecer al azar, para que todos lo conocieran con un pseudónimo extraño. Por el momento, no había información para poder concluir nada más.
O al menos, Harry no podía hacerlo. Ya había decidido horas atrás mostrarle toda su investigación a Hermione en cuanto pudiera. Ella siempre había sido más brillante que él para atar cabos y resolver misterios.
Hermione…
La mente de Harry volvió un poco lejos de aquel crimen. Sobre la mesa, junto al café, además de sus notas y recortes de periódico había también una carta que le había mandado Edgar Millan, jefe del departamento de aurores, con detalles sobre su nuevo empleo. Decía que Harry debía presentarse ese jueves por la mañana para su primer día de empleo. Eso ya lo sabía, claro, la carta no era nueva. Lo que sí era nuevo era la contestación junto a ella: Harry le había vuelto a escribir preguntándole por la situación de Lucius Malfoy luego de lo ocurrido, y de lo que le había pasado a Harry en Malfoy's Resort, y el jefe del departamento le devolvió una respuesta concisa diciendo que Lucius estaba siendo investigado y le daría noticias cuando las tuviera. Harry, impaciente, estaba empezando a preguntarse si debería ir a buscarlo y enfrentarlo él mismo para obtener respuestas.
Pero algunas otras cosas volvían a su mente. Como Hermione, y lo distraían. El jueves era el día siguiente. Debía descansar un poco más, ya que era su primer día de trabajo.
A partir de ahora, su agenda estaba bastante ocupada: De lunes a miércoles tenía clases por la tarde. Por la mañana, de miércoles a viernes trabajaría en el Ministerio con Ron. Es decir que los miércoles serían días bastante largos. Asimismo, se había comprometido con Ron, Seamus y Dean a anotarse a unas prácticas de Quidditch de una liga nacional, que servían para prepararse para las pruebas profesionales. Los muchachos querían ver si podían jugar profesionalmente, y había pruebas para las ligas nacionales en un mes. Harry pensó que no le haría mal para distraerse, y además le encantaba el Quidditch y siempre había considerado jugar de forma profesional, así que decidió anotarse con ellos. La derrota de Gran Bretaña en la semifinal los había desmotivado un poco, pero el Mundial de Quidditch había continuado y Alemania había sido el país campeón. El haber visto la transmisión los había motivado para querer competir ellos también en el mundo profesional.
Así que tenía todo eso encima, además de sus problemas. Harry se sentía en una auténtica vida de adultos post Hogwarts. Al día siguiente, se presentó en el Ministerio y pasaron la mañana recibiendo algunas instrucciones sobre cómo funcionaba el Ministerio, de parte del mago al que enviaron a capacitarlos, que no conocían, y cómo era el departamento de aurores. Luego de unas horas bastante aburridas, Harry y Ron fueron juntos a pasar el rato libre de la tarde a la tienda de George, donde comieron y lo ayudaron con algunas cosas.
El viernes no fue más divertido. La oficina de aurores no era tan emocionante como Harry había pensado una vez: no había magos corriendo de un lado al otro pasándose pistas para dar con magos tenebrosos, ni ex mortífagos que fueran llevados allí para ser interrogados; más bien era como cualquier otra oficina: papeles, papeles y muchos papeles. Harry y Ron pasaron toda la mañana del viernes revisando una pila de papeles de archivo sobre ex mortífagos encarcelados. Lo único que podía ser emocionante era leer la descripción sobre quiénes eran o qué habían hecho. Pero si uno se detenía a hacerlo, se demoraba más y el trabajo se acumulaba, por lo que se limitaban a hacer su trabajo rápidamente para conseguir archivarla lo antes posible y que descendiera el volumen de papeles de la pila.
El fin de semana, Harry ayudó a Ron a mudarse. Pudo hacer el trayecto desde La Madriguera hacia Londres tantas veces como le diera la gana, al punto del hartazgo. Llevaron todas las cosas de Ron en un camión extensible por dentro mediante magia, que no volaba como el viejo Ford Anglia sino que por medio de un hechizo desaparecía en el aire y reaparecía en la ciudad de destino, tal como pasaba al hacer Aparición. Ese tipo de vehículos no eran nada baratos, pero George le prestó a Ron el dinero (Ron no quiso aceptar el de Harry) y Ron le dijo que se devolvería cuando tuviera su primer sueldo del Ministerio.
Pasaron toda la tarde acomodando las cosas. La casa de George, sobre Sortilegios Weasley era grande y sorprendió a Harry por lo cómoda que se veía.
-¿Y cómo viene todo con tu novia? –le preguntó Harry, mientras acomodaban un armario enorme en la nueva habitación de Ron. Harry usaba su nueva escoba voladora que había comprado recientemente, la nueva Saeta de Fuego II, para sujetarlo más cómodamente por la parte de arriba para moverlo, ya que era muy pesado para hacerlo levitar con la varita.
-Todo perfecto. Vendrá a vernos mañana, Ron. Quizás se quede un par de días.
-¿Ya aprobaron el traslador? –preguntó Harry.
-No, aún no aprobaron el traslador permanente. Así que pedimos trasladores individuales cada vez que queremos vernos. Los aprueban en unos días. Es un poco burocrático, pero sirve por ahora. Será genial cuando tengamos el permanente.
-Perfecto –dijo Ron-. Hermione también vendrá a visitarnos.
A Harry se le hizo un nudo en el estómago.
-¿Cuándo? –quiso saber George-. Porque aún no te he enseñado la regla.
-¿Cuál regla? –inquirió Ron-. No sé cuándo vendrá. Aún no me respondió la carta.
Harry fingió estar particularmente interesado en colocar en su lugar un cajón del armario que se había desarmado y no calzaba bien.
-La regla es así –dijo George-. Si viene tu chica, tú limpias. Si viene la mía, limpio yo.
-Suena justo.
-Pero yo ya te dije que la mía viene mañana. Así que, si Hermione viene antes, tú deberás limpiar.
Ron se quedó pensativo.
-Esperaré a mañana antes de limpiar, por las dudas –dijo George-. Oye, tengo que bajar a atender la tienda. Buena suerte, chicas.
Y se fue rápidamente hacia abajo.
-Yo creo que volvió a ser el de siempre –opinó Harry.
-Sí. Parece que el tema con su novia lo está poniendo de buen humor –comentó Ron, mientras decidía dónde le gustaba más su cama, corriéndola de lugar con la varita y haciéndola levitar en el aire.
Harry tragó saliva y tomó fuerzas. No habría un momento mejor que este.
-Ron, debo decirte una cosa –empezó. Su voz salió agrietada y nerviosa, no pudo disimularla ni un poco. Pensó que Ron se volvería y lo miraría con expresión de alarma, porque percibiría sus nervios, pero no fue así. Ron estaba muy ocupado girando su cama, y no le había prestado tanta atención para notar esa diferencia en su voz.
-Dime –dijo simplemente, pero entonces lo interrumpió-. ¿Crees que quede muy mal si la pongo bajo la ventana de esta forma? Porque estaba pensando que en aquella pared queda mejor, pero me robaría espacio para. Oh, lo siento. Ibas a decirme algo. ¿Qué ocurre?
Harry tragó saliva otra vez. No podía. No podía hacerlo.
-Nada. Iba a decirte que olvidé una de tus cajoneras en el último viaje. Esas que estaban en la esquina de tu cuarto. ¿Quieres que vuelva a La Madriguera por ella?
-No te preocupes, ya las vacié y no pensaba traerlas. Son horribles. Cuando cobremos, ya tendré dinero para comprarme lo que yo quiera.
Harry asintió y se puso a desarmar unas cajas. No había conseguido el valor. Ni siquiera para decirle que pensaba terminar con Ginny. ¿Cómo haría para justificar eso? Ron se enfadaría, porque el año anterior se enfadó con él cuando supo que había terminado con Ginny para ir a buscar las Reliquias de la Muerte. Era un hermano muy protector.
La mudanza terminó con normalidad. Hermione le envió a Ron una respuesta diciendo que tenía mucho que estudiar así que tendrían que dejarlo para otra oportunidad. Ron se quejó y dijo que Hermione empezaba a fastidiarlo con algunas cosas. George tuvo que limpiar la casa, y cuando terminaron todo quedó bastante bien. Todas las cosas de Ron estaban en su nuevo cuarto y en la pequeña sala de la entrada, y se veía bastante prolijo para ser el hogar de Ron y George Weasley.
-Gracias, amigo –le dijo Ron a Harry, estrechándole la mano-. Descansa mañana. El lunes deberíamos juntarnos antes de la clase para hacer el trabajo que nos mandaron el miércoles, ¿no crees?
-Oh, sí –lo había olvidado-. Dijo Harry. Claro, ¿te parece bien a las tres?
-Sí, está bien. Podemos encontrarnos en la Academia y hacerlo en ese bar que tienen.
-Genial.
Despidió a George y giró en el aire, desapareciendo. Se apareció a más de 300 millas de allí, en la cocina / comedor de su casa, y se tropezó del susto a ver a Hermione ante él. Cayó hacia atrás y derramó una pila de platos al piso, que se hicieron añicos.
-¡Lo siento! –dijo Hermione-. No quería asustarte.
-Hermione. ¿Cómo estás? ¿Hace mucho que estás aquí?
-Un rato. ¿Dónde estabas? –dijo ella, sacando su varita y apuntando hacia los platos-. No te preocupes, yo lo arreglo. ¡Reparo!
-Estaba ayudando a Ron con su mudanza.
-Ah, sí –dijo ella, cortante.
-¿Fue complicado llegar?
-No –dijo, simplemente ella-. Por los pasadizos, como siempre. Usé tu capa.
-Siéntate –Harry corrió una silla para invitarla a tomar asiento a la mesa-. ¿Ya cenaste? ¿Quieres algo de comer?
-Relájate –dijo ella, con una sonrisa.
-Tengo unas cervezas de manteca, si quieres.
Le habían quedado desde la última vez que había comprado. Ella asintió, y Harry destapó una botella mientras tomaba dos vasos y se sentaba también.
-¿Cómo estuvo Hogwarts? ¿Cómo está todo por allí?
-McGonagall es directora –dijo Hermione-. Hay un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Se llama Vincent McGreggor. Es un muy buen mago, nos está preparando bien para los ÉXTASIS. Y el resto de profesores son los de siempre. Hay mucho trabajo. Se vienen los ÉXTASIS, y deberemos trabajar duro todo el año. Ginny ha dicho que te extraña –añadió, con una mueca-. Pero no parece considerar la idea de escapar por los túneles para verte.
Harry asintió, incómodo.
-¿Cómo estuvo la mudanza? –preguntó ella entonces.
-Bien. Tranquila. George está más animado, ahora está de novio con esa chica Evangelina, la de Sudamérica.
-Sí, Ron me lo comentó también.
-Y Ron estaba bien.
-¿Qué dijo de mi carta?
Harry lo dudó antes de contestar.
-Dime la verdad, Harry –la chica arqueó una ceja.
-Bueno, se molestó un poco. Pero nada grave.
-Sí, imaginé que le molestaría –confesó ella-. A decir verdad, creo que no pude contenerme. Como si hacer que él se enoje conmigo fuera la mejor estrategia en este momento.
Bebieron cerveza y charlaron durante un largo rato. Hermione le contó sobre las materias que había estudiado esa semana, cómo estaba la gente del castillo, cómo estaba Hagrid, a quien había ido a ver el día anterior, y Harry tuvo ganas de que todo fuera como en los viejos tiempos y los tres pudieran pasar juntos una tarde en la cabaña de su amigo, con Fang y largas charlas sobre lo que sea que pasara en ese momento.
-Odio mi vida, Hermione –le confesó Harry, cuando el contenido de la botella de cerveza de manteca estaba por llegar a su fin, y ambos estaban mirándose a los ojos con una mano bajo el mentón y apoyada en la mesa-. El trabajo en el Ministerio es horrible. La Academia de Aurores es horrible. Ni siquiera creo querer continuar con esto de ser auror.
-Pues no lo hagas –dijo ella, encogiéndose de hombros-. ¿No fue eso lo que me dijiste que hiciera el otro día? ¿Que olvidara los planes previos, y siguiera simplemente a mi corazón?
Se miraron fijamente durante varios instantes.
-Ven, déjame mostrarte –dijo Hermione, por algún motivo. Se incorporó y caminó hacia él. A Harry le dio un brinco el corazón cuando la chica se le acercó, le tomó la cara con ambas manos y le dio un beso en los labios. Luego de esto, se sentó encima suyo.
Harry no dijo nada. Su corazón latía a toda velocidad. Su pulso era rápido y sentía calor.
La rodeó en brazos y la besó también. Hermione se acomodó en sus piernas y lo rodeó en brazos también, en un beso apasionado. Su conexión era tal, que no creyeron que nada pudiera separarlos en ese momento.
Entonces, se oyó una especie de ¡crack!, y una figura pelirroja apareció en el recibidor. Ron, con cara de tedio y la Saeta de Fuego II de Harry bajo el brazo, estaba parado de espaldas a ellos, mirando para el lado opuesto.
-¡Oye, Harry, olvidaste…! –empezó, girando en redondo y topándose de lleno con la escena que estaba teniendo lugar en la silla del comedor. Ron dejó caer la escoba y su mandíbula se abrió varios centímetros, aunque no tanto como sus ojos. Su rostro se puso tan rojo como su cabello. -¿Qué es esto? –dijo atónito, con la voz muy fina, como si no entendiera. Tardó varios segundos en comprender, inmóvil en su lugar.
Harry tenía a Hermione encima, sus piernas rodeándolo, abrazados con fuerza el uno al otro, como si temieran que todo se desmoronara ante ellos y fueran a caer. Harry sentía las uñas de la chica clavarse en su piel con tanta fuerza que quería gritar, pero no podía hacer nada más que mirar a Ron y tratar de pensar en algo que decir, solo que no había nada.
-Bien… Creo que me iré de aquí –dijo Ron entonces, tartamudeando un poco. Dio algunos pasos hacia atrás, miró alrededor, como esperando que alguien apareciera para decirle que todo era una broma, y cuando eso no ocurrió, le lanzó a Harry una mirada muy seria. Una mirada muy horrible y seria que tenía un claro significado: él ya no sería nunca más su amigo.
Antes de que Harry o Hermione pudieran salir de su estado de congelamiento y parálisis total, Ron giró en su lugar y desapareció.
