13. Artículos de Quidditch Potter

-Así que esa es mi teoría –le dijo Harry a su amigo-. Alguien del departamento tiene que estar involucrado, ¿entiendes? Claro que esta mañana no pude hablarlo con nadie en el Ministerio. Pensé en contarle mis sospechas a Edgar Millan, el jefe del departamento. Pero, ¿y si es él quien está involucrado?

-Claro –le dijo su amigo-. No puedes arriesgarte.

-No, no puedo. Es un tema muy delicado, no puedes contar estas sospechas a cualquier persona, porque no sabes en quien confiar. Tienes que tener mucho cuidado, así dicen los libros de aurores, al menos. Ahora entiendo por qué Ojoloco Moody era tan paranoico. Creo que no es una profesión muy feliz ser un auror. En fin, no creo tener confianza con nadie en esa oficina para poder plantearle mis sospechas, solo pensé en contárselo a Kingsley, pero no quiero molestarlo hasta que no tenga algo más concreto, necesito recabar más pistas. Así que por eso decidí, mientras tanto, contártelo a ti. ¿Tú qué opinas, Neville?

Neville se quedó en silencio mientras se rascaba una oreja.

-No lo sé, no es algo de lo que entienda mucho. Soy más del tipo que entiende sobre herbología –dijo el muchacho, con una mueca-. Lo siento Harry. No soy un investigador brillante como tus otros amigos.

Harry resopló, un poco frustrado, pero asintió con la cabeza.

-Gracias por venir, de cualquier forma, Neville. Pensé que estarías del lado de ellos.

-Bueno, a decir verdad, sí estoy del lado de Ginny –dijo Neville entonces, y adoptó una mirada más seria-. Por eso vine, para hablarlo contigo. ¿Cómo pudiste hacerle eso? Ella es una buena persona.

Harry se quedó mirando a Neville y supo que aquella reunión en su casa no resultaría como él quería.

-Bien, Neville. Nuevamente, gracias por venir. Pero si solo quieres criticarme…

-No he venido a criticarte. Sé que tú también eres una buena persona. Pero no lo entiendo, ¿cómo fue que pasó eso?

-No lo sé, Neville. Sólo pasó.

-¿Siempre te ha gustado Hermione?

-Pues no lo creo. Creo que empezó más recientemente. Quizás… en los últimos años.

-Eso es bastante tiempo.

-Entonces sí, hace bastante tiempo. Pero ella y Ron parecían destinados a estar juntos, y yo era muy amigo de ambos como para intentar romper ese destino. Así que me sentí cómodo fijándome en Ginny y pensando en ella. Supongo que así fue.

-¿Y cómo fue que ocurrió esto con Hermione?

-¿Quieres detalles? –preguntó Harry con ironía, sin comprender la pregunta.

-No, no me refiero a eso –Neville le sonrió y luego volvió a adoptar la cara seria-. Es que, Harry, a mí me da mucho miedo acercarme a una chica. ¿Cómo lo hiciste?

Entonces Harry frunció el ceño y miró a su amigo con desconcierto.

-No viniste a acompañarme y escuchar mi teoría sobre el mago tenebroso. Pero tampoco a criticarme. ¡Viniste a pedirme consejos románticos! Esto es increíble.

-Vamos, Harry, dime –Neville se reclinó en su asiento-. Es que hay una chica que me gusta, y…

-¿Luna?

-¡¿Cómo lo supiste?! –miró nervioso hacia todos lados, como temeroso de que alguien más hubiera descifrado su secreto.

-Llámalo intuición. O quizás es obvio para todos –murmuró Harry, sirviendo cerveza de manteca en un vaso y pasándoselo a su amigo.

-No, ya no bebo –le dijo él, devolviéndoselo-. La cerveza de manteca tiene altísimo contenido graso, ¿sabías?

-¿Te estás cuidando?

-Sí, un poco, quiero ponerme en forma. También empecé a hacer ejercicio. Hay unas máquinas de gimnasio mágicas que tonifican tus músculos cinco veces más que las muggle. Pero no cambiemos de tema.

-¿Quieres beber otra cosa?

-¿Tienes algún jugo de hierbas, o plantas naturales?

-No.

-¿Algún té?

-Tampoco.

-Agua, entonces.

-¿Del grifo está bien?

-Eres un desastre viviendo solo, Harry.

-Es que siempre que voy a hacer compras acabo comprando cosas innecesarias, y no me doy cuenta de comprar las cosas importantes.

Harry sirvió agua a Neville y se volvió a sentar a la mesa de su casa, bebiéndose él el vaso de cerveza.

-No puedo darte consejos románticos, porque no soy del tipo galán o romántico, a decir verdad, Neville. Cuando me puse a salir con Ginny hice que ocurriera a base de coraje y besándola en un momento que incluso no era el más oportuno, pero funcionó por suerte, o hubiera quedado muy en ridículo ante mucha gente. Y con Hermione, fue en un momento de debilidad donde ambos estábamos compartiendo algo que había pasado, juntos, y acabamos abrazados… No lo sé, solo ocurrió. No tengo tipos ni consejos para darte. Si te gusta Luna, solo ve y díselo.

-Lo sé, lo sé –Neville respiró hondo y tomó coraje-. Voy a hacerlo. Voy a esperar unos días, a ver si se presenta la situación…

-La situación no vendrá, tú deberás buscarla.

-¿Cómo hago eso?

-Ve y dile que quieres ir a tomar algo con ella a Las Tres Escobas el viernes por la noche. ¿Sabías que muchos magos jóvenes van allí a beber los fines de semana por la noche? Y luego salen a algún bailable de magos. Hay uno aquí mismo, en Hogsmeade.

-Harry, soy Neville –dijo él, como si necesitara que se lo recuerde-. No voy a esos lugares. Y no bebo en Las Tres Escobas los viernes por la noche. Recién salimos de Hogwarts. Sé que otros chicos de dieciocho o más hacen esas cosas, pero aún es muy pronto, y… y además, soy yo. Tú sabes.

-Entonces invítala a tomar algo por la tarde en la casa de té de Madame Puddifoot.

-¿A ella? ¿Yo? ¿En esa casa de té para niñas románticas?

-Tienes razón, muy mala idea. A Luna deberías llevarla a un sitio más extravagante. Ahora que recuerdo, me topé el otro día con una taberna que no conocía aquí en Hogsmeade, en la calle principal. Se llama El Hechizo Infinito, si mal no recuerdo. Está decorada con plantas mágicas y muchos objetos… -se detuvo, porque no quería usar la palabra "raro"-. Objetos peculiares de adorno. Había algunas personas dentro, gente joven. Me parece que es el tipo de lugar que podría gustarle a Luna.

-Bien, la invitaré allí –dijo Neville, asintiendo muchas veces con nerviosismo-. ¿Cómo lo hago?

-Bueno, tú ya no estás en Hogwarts, así que deberás enviarle una carta.

-¿Me ayudas a redactarla?

Juntos, fueron escribiendo y borrando varias veces sobre un trozo de pergamino, hasta que pudieron finalizar una carta con la que Neville estuvo satisfecho, y que Harry aprobó.

-Bien. Esto deberá servir –Harry le dio la carta a Stripy, que salió por la ventana a toda velocidad y se enredó en las ramas del árbol que había frente a la casa. –Si es que Stripy consigue sobrevivir dos kilómetros hasta Hogwarts.

-Gracias, Harry –dijo Neville.

-De nada –Harry bebió otro vaso de cerveza-. ¿Cómo están los estudios en la Academia de Herbología y Botánica Avanzada?

-Muy bien, creo. Recién comienzo, como tú, me mandan muchos deberes.

-¿A qué te dedicarás luego?

-Bueno, puedo ser un botánico, o científico. O profesor.

-Genial. Serías un buen profesor.

-Gracias. Tú deberías dedicarte a ser profesor también.

-¿Por qué lo dices?

-Bueno, has sido un gran profesor, en el Ejército de Dumbledore.

Harry se preguntó si Neville aún guardaría esperanzas de que esa agrupación estuviera activa, o volviera a estarlo a alguna vez. Pero sería ridículo que lo pensara, ya que la batalla contra Voldemort había terminado.

-Podría ser, no lo sé –Harry se encogió de hombros-. A decir verdad, ni siquiera sé si continuar en el curso de auror. Parecía ser mi vocación, pero cada vez estoy menos seguro.

-Podrías abrirte un negocio también –sugirió él-. Incluso para tener un ingreso extra, si quieres seguir estudiando para auror. Mi abuela tiene una tienda en el Callejón Diagon que ha estado alquilando a un señor mayor que acaba de morir. Ahora está desocupada. Si quieres puedes alquilarla y convertirla en algo que te guste.

-¿Una tienda? –Harry jamás había considerado eso.

-¡Sí! –dijo él, emocionado-. De artículos de Quidditch, escobas. La gente irá si sabe que lo administra Harry Potter. Es la ventaja que tiene…

-Nadie irá si sabe que lo atiende Harry Potter –dijo Hary con ironía-. Lanzarán piedrazos a las vidrieras, Neville.

-No necesariamente. No todo el mundo te odia por eso, Harry. Es solo una estupidez romántica para algunos. La mayoría de los magos te sigue idolatrando por haber vencido a Voldemort. Si vendes artículos de protección contra magia negra, por ejemplo, podrías hacerte rico.

-No quiero dinero –dijo él-. Solo que no sé qué hacer con mi vida, y cada vez me gusta menos todo lo que hago.

-Quizás te gustaría hacer eso –dijo Neville-. Avísame si quieres. El local está en pleno centro del Callejón Diagon, cerca de todos los negocios importantes. Y mi abuela no pide mucho dinero por el alquiler.

Harry se quedó pensativo. De pronto, una idea surgió en él: atender una tienda en el Callejón Diagon podía ser una excelente forma de estar cerca de Ron. Si ambos administraban negocios allí, tarde o temprano deberían cruzarse y verse forzados a cruzar palabra. Ron no dejaría también Sortilegios Weasley. No podía renunciar a todos los empleos.

-De acuerdo –dijo Harry entonces.

-¿De acuerdo qué? –Neville se había distraído examinando uno de los cuadros de Quidditch que tenía colgados Harry de la pared.

-Abriré una tienda, le alquilaré a tu abuela.

-¿Cómo? ¿Lo dices en serio? ¿Así sin más? Vaya, era solo una idea. Pero te decidiste rápido.

-Creo que podría servirme, para estar cerca de Ron. Puedo pagarlo con parte de mi sueldo del Ministerio, y abrir solo fines de semana y jueves y viernes por la tarde. Me mantendrá ocupado.

-Oh, ya veo.

-Puedo dedicarme a vender artículos de Quidditch, ¿qué dices?

-Me parece bien. Recuerdas que yo te di esa idea recién, ¿verdad? Yo abriría una botánica, pero me pareció que eso sería más lo tuyo.

El proceso no fue tan largo o tedioso como pensó que podía ser. En las siguientes semanas, Harry se mantuvo ocupado haciendo trámites en el Ministerio para habilitar el comercio mágico, pidió permisos y autorizaciones, firmó contrato con la abuela de Neville y tuvo que hacer un curso del Ministerio referido a sanidad y control de plagas de escarabajos.

Se enteró, por medio de Neville, que Seamus, Dean y Ron habían ido a las pruebas de Quidditch profesional, y Ron había quedado elegido para Guardián de la liga internacional de Inglaterra. No lo sorprendió tanto, él sabía que Ron tenía talento. Estaba contento, porque eso animaría a Ron. Él no se había molestado en ir, porque obviamente hubiera sido estúpido querer reconciliarse con Ron compitiendo con él por el puesto. Ahora se arrepentía un poco, porque si él hubiera quedado para buscador podrían haber compartido el equipo.

-Reabrirán pruebas para buscador a fines de noviembre –le comentó Neville-. No me gusta tanto el Quidditch, pero Luna me dijo eso. Parece que no encontraron el buscador que querían. Es tu oportunidad, Harry.

-Sí, quizás vaya –dijo él, pensativo-. ¿Y cómo va todo con Luna?

-Aún no me animo a decirle que me gusta, pero nos hemos encontrado una vez.

-¿Fueron a ese bar?

-Bueno, no. Nos encontramos en una biblioteca para estudiar. Dije que la ayudaría con los ÉXTASIS.

-No está mal –le dijo Harry-. Ahora debes esforzarte en invitarla a una cita de verdad.

Finalmente, cerca de Halloween, Harry ya tenía todo listo. Un proveedor le daría escobas de Quidditch de varias marcas y modelos, otro las herramientas y elementos de limpieza y mantenimiento de escobas, y otro todo lo referido a decoración y complementos del mundo del Quidditch. Mandó a hacer un cartel con el título de la tienda: "Artículos de Quidditch Potter".

-No lo habrás pensado demasiado, ¿verdad? –bromeó Tom, el dueño de El Caldero Chorreante, mientras observaba desde el medio del callejón cómo colocaban el letrero encima del negocio.

-No quería complicarme con el nombre –reconoció Harry. Lo importante era que su apellido estuviera en el título. Pero no para vender más, sino para Ron no tardara en notar su presencia.

Conscientemente, Harry no planeó demasiado su negocio. Solo lo llenó de artículos de Quidditch y lo abrió lo antes posible. El local era pequeño en comparación con otros de alrededor, pero eso le gustaba: no quería ostentar o parecer pretencioso, prefería mantenerlo lo más sencillo posible. Tampoco fue necesaria tanta inversión de dinero. Si bien no le alcanzó con su sueldo del Ministerio al final, solo usó un pequeño puñado de monedas de sus ahorros de forma adicional. No era como el emprendimiento que habían iniciado Fred y George años atrás, increíblemente llamativo y con una enorme inversión, lleno de productos y en un local enorme. Lo de Harry era una pequeña tienda no más grande que la Tienda de Calderos.

-Me gusta el estilo –comentó la dependiente de la Tienda de Pergaminos, Plumas y Tinta, examinando el negocio desde afuera. Había llamado la atención de varios dueños de negocios del callejón. –Es sencillo, pero tiene tu apellido en el letrero, lo que hará que te hagas de unas buenas ventas, muchacho.

-Gracias –dijo Harry, emocionado-. Abriré oficialmente al público el día de Halloween. Creo que será una buena oportunidad, y será en el fin de semana.

Ese día, Harry llegó temprano al Callejón Diagon y abrió su local. Sacó algunas escobas y adornos de Quidditch a la puerta del negocio, para que llamaran la atención, sobre unos exhibidores. Sacó un cartel que había mandado a hacer donde promocionaba algunos artículos con descuentos, y realizó algunas limpiezas adicionales con su varita en el interior. Se veía bastante bien. Había una vitrina con las escobas de mayor calidad, exhibidas de forma brillante tras los cristales e incluso algunas girando lentamente en su lugar por arte de magia. Allí estaba la nueva Saeta de Fuego II, la Saeta de Fuego Clásica y un modelo nuevo de Nimbus, la Nimbus Lion, que había salido unos meses atrás sin tener tanto éxito entre los fanáticos del Quidditch pero aun así siendo bastante costosa y mereciendo un lugar en la vitrina.

Cuando finalmente abrió sus puertas al público, un pequeño grupito de magos, sobre todo hombres, se habían agolpado en la entrada, interesados. Se trataba de magos jóvenes que debían estar casualmente por allí y se enteraron que abriría un negocio nuevo de Quidditch.

-¡Bienvenidos! –les dijo Harry sonriente, mientras entraban y miraban con curiosidad las estanterías. Buscó a Ron con la mirada, pero no estaba entre ellos.

-¡Hola, Harry! –dijo una voz. Harry vio que Neville se acercaba a él, muy emocionado-. ¡Increíble lo que has hecho aquí! ¡Te quedó excelente!

-Gracias, Neville –dijo Harry, sonriendo. Detrás suyo, una bruja de veinte años se acercó al mostrador con una pequeña estatuilla de Wronski que se movía y en la que se veía al jugar haciendo su clásico amago. Sería su primer cliente. -¿Puedo ayudarte? –le dijo Harry.

-Sí, quería llevar este –dijo ella, buscando dinero en su bolso-. Cinco sickles, ¿verdad?

-Sí, así es –dijo Harry, que había puesto cartelitos con precios en todos los artículos el día anterior. Le cobró a la bruja y ella se alejó con la estatuilla. Tras ella, dos magos más se acercaron para pagar por unos equipos limpiadores de escobas. Empezó a formarse una fila ante la caja.

-¡Cuánta gente! –dijo Neville, emocionado-. ¡Muy bien, Harry!

Mientras Harry le cobraba al grupito de magos, una bruja adulta se acercó con expresión impaciente.

-Disculpa –le dijo a Harry, mirándolo con prisa-. ¿Puedo consultarte cuál es la diferencia entre la Barredora 12 y la Cometa 270? Mi hijo rompió la suya por accidente y debo mandarle una nueva a Hogwarts. Me interesaron ambas, por el precio que tienen.

-Claro, la diferencia es… -empezó Harry, pero al ver la fila que se estaba formando ante la caja entendió que no podía asesorarla adecuadamente y al mismo tiempo cobrar a toda esa gente. No había pensado en eso. –Oye, Neville –le dijo a su amigo, entonces-. ¿Quieres ser cajero? Te pagaré.

Neville lo miró con desconcierto unos instantes, y entonces asintió con la cabeza.

Mientras Neville cobraba a los clientes, Harry iba por la tienda ayudando a los magos y brujas que tenían consultas sobre los distintos artículos en venta. El día se pasó rapidísimo, porque no dejó de entrar gente. El negocio era un éxito total. Solo que Ron jamás fue a verlo.

Al finalizar la jornada, Harry despidió con la mano al mago al que acababa de venderle un repuesto de cerdas de escoba de alta calidad, y cerró la persiana del local con la varita. Quedó dentro, solo con Neville. Ambos estaban exhaustos.

-Lo siento, Neville –dijo Harry-. Me salvaste el día. No sé qué hubiera hecho sin ti. Esto se salió de control.

-¡Lo sé! –dijo él, y Harry vio que, por suerte, estaba contento y no enfadado por haberlo tomado de cajero todo el día sin avisar previamente-. Fue increíble. Vas a vender mucho.

-Toma –dijo Harry. Sacó un puñado de galleones de la caja y se los puso en las manos. Neville se los quedó mirando atónito.

-No es necesario, Harry…

-Claro que sí, te los has ganado. No había pensado que necesitara un empleado, pero creo que no podré solo con esto.

-Bueno, supongo que no me molestaría ser cajero –dijo Neville-. Siempre y cuando sea solo los fines de semana y jueves y viernes por la tarde, coincide perfectamente con mis horarios de la Academia.

-¡Genial! –dijo Harry-. Te pagaré bien. Lo prometo.

Al día siguiente, el negocio siguió funcionando igual de bien. Harry pensó que el impacto inicial de un negocio nuevo duraría un solo día, y luego bajaría la venta, pero no fue así. Muchos magos y brujas estaban sorprendidos de que Harry hubiera abierto un negocio, y se acercaban con curiosidad y acababan comprando cosas. Si bien era cierto que algunos solo entraban para ver a Harry, pedirle un autógrafo y luego irse (o, en algunos casos, insultarlo por haber engañado a su novia, sin siquiera conocerlo), la verdad es que no estaba tan mal. También había muchos magos y brujas que lo trataban con respeto, compraban y se marchaban.

Tuvo que encargar pedidos a sus proveedores en el día, desesperado, porque se quedaba sin mercancía y aún no había aprendido a calcular bien el volumen de venta. Hizo más dinero en esos dos días que lo que el Ministerio le había pagado por ir a trabajar todo el mes anterior. Si bien lo del Ministerio igualmente era un puesto inicial para magos jóvenes, de pocas horas semanales, la idea del negocio había resultado excelente. Pronto recuperó dinero suficiente para cubrir los gastos de su casa, y añadir nuevas cantidades a su bóveda de Gringotts, en vez de sacarla.

Neville también estaba contento con el dinero que ganaba, e iba a trabajar con ganas. Harry tuvo que registrarlo como empleado también en el Ministerio de la Magia, toda una serie de trámites aburridos pero que formaban parte de aquella nueva vida de adultos en la que se había metido. De lunes a miércoles estudiaba, de miércoles a viernes trabajaba en el Ministerio por la mañana, jueves y viernes también en su tienda por la tarde, y sábados y domingos en la tienda. Básicamente, trabajaba y estudiaba todo el día.

¿Qué otra cosa podía hacer? Dada su situación, lo único que podía planificar para su vida era distraerse con esas cosas. Ya no tenía a nadie, excepto a Neville y quizás a Hagrid, aunque no lo había ido a ver de vuelta. Sin ningún Weasley de su lado ni sus antiguos amigos de Hogwarts, la única compañía de Harry eran las señoras mayores que entraban a su negocio fingiendo que querían comprar cuando en realidad querían tener largas charlas con Harry sobre cómo había vencido a Voldemort, y los magos que de verdad querían artículos de Quidditch y se quedaban largos ratos hablándole de Quidditch, cosa que Harry disfrutaba pero que a la larga era aburrido también.

La semanas pasaron. Ya estaban a mediados de noviembre, y nada cambiaba en su vida. Todo era igual. El negocio no había funcionado como pensaba: le daba mucho dinero, había mucha venta y mucha gente, pero no aparecía ni Ron, ni Hermione, ni Ginny por allí. Y, para colmo, no era como que tuviera tiempo para pasear por el callejón y pasar "casualmente" por Sortilegios Weasley. Había tenido una especie de fantasía de su negocio siendo algo tranquilo, con él sentado en la puerta viendo pasar a la gente por el callejón, recibiendo clientes ocasionales, con la tranquilidad suficiente para pasear por allí y quizás toparse con Ron por accidente.

En cambio, estaba trabajando a toda velocidad para llegar a tiempo a cubrir los pedidos y poder resolver las dudas de todos los que entraban, entregar pedidos grandes a domicilio para los magos que no tenían cómo transportarlos, mantener el orden y limpieza continuamente en el local, asegurarse que los precios estuvieran bien puestos y que todo estuviera correctamente exhibido. No tenía tiempo casi ni para ir al baño, mucho menos para "toparse accidentalmente con Ron".

Por otro lado, sus estudios marchaban tan normal como se podía esperar. No había hecho ningún amigo en la Academia. La mayoría de los magos allí eran jóvenes de su edad cuya cara le resultaba conocida de Hogwarts. Jamás les había dirigido la palabra allí; y, si bien eso no quería decir que no pudiera hacerlo allí, algunos de Slytherin por ejemplo no recordaba que fueran personas con las que le gustaría relacionarse. Los que no recordaba habiéndose burlado de él en el pasado en algún pasillo de Hogwarts cuando todos pensaban que era un mentiroso en quinto, o cuando pensaban que era un mago oscuro en sexto, ahora lo miraban con desprecio allí pensando que era un mujeriego.

De cualquier forma, no quería tener amigos. Solo quería que Ron y Hermione volvieran a hablarle.

Una mañana de noviembre, en el Ministerio, Harry estaba numerando legajos en pergaminos que el jefe del departamento debía firmar luego, una tarea sumamente aburrida. Mientras lo hacía, pensaba en qué sería de la vida de Hermione. Hacía tanto que no la veía ni hablaba con ella. Sabía que tenía que intentarlo en algún momento, pero no sabía si era la mejor estrategia. Ya que ella estaba tan enfadada con él, querer acercarse a ella no podía resultar en algo bueno. Lo mejor que podía hacer era darle tiempo y esperar, ver si se le pasaba y ella iba hacia él. Era muy angustiante, aun así, no saber qué era de su vida, si estaba bien, si estaba sola o no, si estaba con Ron…

Se quedó con uno de los pergaminos en la mano, ya que no tenía cerebro para buscar y copiar el número de legajo. Su cerebro estaba muy lejos de allí, en uno de esos momentos donde lo invadía la melancolía y todo dejaba de tener sentido.

Con el pergamino inmóvil en su mano, Harry se puso a pensar en si podría intentar hablar con Ron, en cambio. Se acercaban las pruebas de fines de noviembre para el puesto de buscador del equipo internacional de Quidditch de Inglaterra, y ya se había inscripto. No había practicado nada, iría simplemente el día de las pruebas, deseando lo mejor. No tenía tiempo para practicar. Pero no quería dejar pasar la oportunidad de quedar en el equipo con Ron. Si eso funcionaba, sabía que Ron no abandonaría el equipo solo porque Harry estuviera allí. Sería desaprovechar una oportunidad que se daba una sola vez en la vida. Aun así, era muy difícil que Harry también tuviera la suerte de ser elegido. Elegían solo a los mejores jugadores de Quidditch del país. Ellos eran los que representaban al país en las ligas europeas y en el Mundial.

Mientras pensaba en todo eso, se quedó mirando el pergamino que tenía en la mano, al que nunca le había anotado el legajo. Y algo le llamó la atención, pero no sabía qué.

-Oye –le dijo a otro mago de unos veintitrés años, ya recibido de auror, que se llamaba Jack y trabajaba en el escritorio más próximo al suyo; él le había dado esos pergaminos para realizar la tarea-. ¿De qué son estos papeles?

-¿Mmm? –dijo él, que estaba tirado en su asiento chupando una pluma, al parecer sin hacer nada-. Oh, eso. Nada importante. Unos registros que el señor Millan debe firmar.

-Sí, pero, ¿registros de qué?

-De testimonios –dijo él, restándole importancia-. Testimonios que aurores han tomado de nombres, perfiles y características de magos que podrían o no ser tenebrosos. Fueron obtenidos en trabajos de campo. ¿Por qué preguntas?

-Este nombre no fue obtenido por un auror –dijo Harry, abriendo grandes los ojos mientras miraba el pergamino que tenía ante él. Jack entonces dejó la pluma, porque se dio cuenta de que Harry había descubierto algo importante. –Este nombre lo descubrí yo –dijo Harry, con asombro-. Escribí una nota con este nombre y otras cosas durante mi práctica de verano. Es un nombre que surgió del testimonio de aquel mago que luego fue asesinado. Dijo que el intruso que había entrado en su mansión se llamaba así, con este nombre que está escrito aquí. Yo tomé nota, junto con otras cosas, y luego alguien aquí transcribió mi nota en estos registros.

-Sí, puede ser –Jack no comprendía por qué Harry estaba tan asombrado-. ¿Qué tiene eso de extraño, Harry? Los testimonios obtenidos por prácticas de verano de aspirantes a auror también son transcriptos en estos registros. Son pistas válidas para dar con magos oscuros.

-Pues aquí está el mago oscuro –Harry señaló el nombre en el pergamino.

-Solo son sospechas. Algunos nombres ni siquiera se condicen con personas reales. Por eso no son investigados de inmediato. Luego de que el señor Millan lo firme, serán repartidos a algún auror para hacer investigaciones de rutina…

-No, yo ya sé quién es este –Harry volvió a señalar el nombre que figuraba allí, estupefacto ante su descubrimiento-. Porque Vincent McGreggor no solo es el nombre del mago que irrumpió en aquella mansión esa noche, según dijo la víctima antes de morir. También es el nombre del nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en Hogwarts.