Sabor a cacao
Del odio al amor hay un solo paso.
Capítulo II: Planes de venganza
Bulma
—¡Que hiciste qué, Bulma! —la cara de Milk me hace reír más todavía. Nos sentamos en un sillón de la tienda esperando que algún cliente entre. Después de mi escenita en la cafetería del centro, todo me parecía sumamente chistoso. —Pero sígueme contando, joder. ¿Y el muchacho no te dijo nada?
Otra carcajada sale de mi garganta al recordar la expresión del enano cuando le planté la cachetada.
—Gritó: ¡Cómo te atreves, vulgar! —intento plagiar esa voz sensual, ronca y grave que me hizo temblar por un segundo, pero la imitación sólo lo hace sonar más cómico. Milk abre los ojos como platos, llevándose una mano a la boca. —, y también insultó al pobre idiota que lo acompañaba. Babakotto, si la memoria no me falla. Lo tachó hasta de insecto y sabandija, de milagro no le dijo parásito.
—¿Babakotto? Pero qué nombre tan feo. —Milk arruga el entrecejo y yo le doy toda la razón. —¿Y el otro cómo se llamaba? ¿Eran lindos? ¿No te van a despedir? ¿Yamcha sí te escribió?
El sonido de la puerta abrirse me obliga a pararme, pero antes de ir a atender a la persona, Milk me agarra de los hombros y mira expectante. Resoplo, a veces se comportaba como toda una vieja chismosa.
—Pedeta, creo. Sexy es la palabra para describirlos. No sé y… no te incumbe. —finalizo con una sonrisa de triunfo. La escucho rechistar desde la caja registradora y camino contenta hasta el cliente. Una hermosísima rubia de ojos azules revisa con atención la sección de lencería. —Buen día, mi nombre es Bulma. ¿En qué la puedo ayudar?
No me saluda, ni siquiera me dirige una mirada. Parada como estatua, espero que la muy estúpida se atreva a decirme pío. Me distraigo con un guitarrista afuera del local y empiezo a mover mi pie al compás del ritmo que marca. Sin embargo, la rubia gira para encararme y se cruza de brazos. Qué curioso, me recuerda a alguien, pero no sé a quién.
—¿Te demoras un siglo en venir a atenderme y encima de eso te distraes con cualquier estupidez? Qué empleada tan ineficiente. —joder, aquí vamos otra vez. Dejo mi pie quietico y pongo mi mejor cara de inexpresión en lo que la rubia termina su discurso de raza superior. Suspiro y pienso en mi padre, hasta la humillación más grande valía la pena si él despierta y vuelve a caminar a mi lado, como cuando era una pequeña. —¡Así que discúlpate, tonta!
Wow, tonta. Qué ingenio, me sentí realmente ofendida.
—Siento muchísimo mi ineptitud el día de hoy, señorita. No volverá a pasar. —las palabras salen como vómito, pero eso parece contentar a la maldita urraca frente a mí. Contengo un gruñido, el cliente tenía pinta de ser importante y no puedo permitirme perder este empleo. Pasado un tiempo muy largo, la ricachona al darse cuenta de que ya no puedo sostener más ropa en mi hombro se dirige al vestuario. La sigo y entrego en el orden que me pide cada una de las prendas. Cuando se encierra en el compartimiento, empiezo a fingir darle patadas a la puerta y hago morisquetas infantiles para descargar mi rabia.
Déjala encerrada, Bulma. No creo que nadie la extrañe. Oh, pero si es mi diablillo interior. Sonrío con malicia; siempre tiene las mejores ideas.
¡Estás loca, no lo hagas! Te despedirán de inmediato, y no podrás pagar las facturas del hospital. Un bufido sale de mi boca, qué exasperación. El angelito estaba en lo cierto. Las voces en mi cabeza discuten, dándome un dolor de cabeza mucho más grande que el ego del enano.
—¡Lárguense, malditas! Me producen jaqueca. —me quejo en voz alta.
—¿Con quién hablas, Bulma? —pregunta Milk desde el mostrador. No dudo en contestar con tranquilidad.
—Con mis demonios interiores.
Observo su expresión perturbada y río un poco. Un golpe resuena en la madera de la puerta del vestidor.
—Cállense, idiotas.
Agh, genial.
Vegeta
—Señor, en serio lamentamos la actitud de la señorita Bulma y el incidente de su camisa. ¿Cierto que sí, Ranfan? —la anciana pellizca a la molesta tipa que me regó el café encima. Maldición, me había costado más de diez mil dólares y viene esta estúpida y la estropea. La escucho tragar saliva y asentir débilmente. La otra impertinente se largó al revisar su reloj barato, susurrando que llegaría tarde de nuevo, por lo que no tuve oportunidad de insultarla apropiadamente.
—S-sí, lo sentimos. —hace una reverencia y salgo del maldito local con el ceño fruncido más de lo habitual. Esto no se quedaría así, por ningún motivo. La tal Ranfan no me interesaba en absoluto, pero la azulita…ella sufriría en carne propia todas las desgracias del infierno. Mi sonrisa malévola asusta a la sabandija de Kakarotto que me esperaba recargado en un poste de luz.
—Tienes cara de querer matar a alguien.
—Y de la forma más lenta y dolorosa.
No olvido que fue idea del insecto venir a este cuchitril y por eso, golpeo su brazo con fuerza. Veo con satisfacción como se retuerce y queja por la brusquedad. Caminamos en dirección al edificio.
—Auch, Vegeta. ¡Eso dolió! —ignoro sus inútiles reproches; mi mente piensa en qué hacer para convertir la vida de la pendeja en un martirio. Al menos tengo conocimiento de que trabaja en esa insulsa cafetería, no habría problemas con encontrarla y hacerla pagar por sus actos. La cuestión era el cómo.
—Hmph. Maldita mujer. —murmuro bajo.
—¿Dijiste algo, Vegeta?
—Nada que te importe, insolente.
—Está bien, tranquilo. Yo sólo preguntaba.
—Vete al demonio.
Kakarotto resopla. Qué le den, si no me soporta bien se puede largar. Entramos al edificio y decido sacarme, por hoy, a esa idiota de la cabeza. Tal vez cargándome de trabajo pararé de pensar en la humillación que sentí por culpa de esa. Ya en el ascensor, el celular de Kakarotto suena y él contesta de inmediato, poniendo la conversación en altavoz.
—Hey, Nappa. ¿Cómo va la pierna? ¿Te atiende una enfermera sexy? —la irritable risa del calvo parece alegrar al estúpido a mi lado.
—Joder, sí. La maldita está rebuena. Lástima que tiene novio y es el gerente del hospital. —no reprimo mi mueca de asco. El calvo se expresa de la forma más grotesca y neandertal que conozco. —Por cierto, hoy vi a una peli azul llorando en la entrada. La intenté consolar, pero me insultó y se fue en una moto maravillosa. No pude evitar compararla con Vegeta. Se me puso duro, debe ser una fiera en la cama.
Pongo atención a la charla. Podría ser cualquier persona, pero no perdía nada con preguntar. Si sabía de su debilidad, el proceso sería mucho más fácil.
—¿Cómo era? —cuestiono.
—Oh, hola Vegeta. No pensé que estuvieras con Kakarotto. —gruño sin mucha paciencia, harto de tanto saludito. El calvo parece darse cuenta de ello. —Pues la moto era algo de locos, de la misma marca que la tuya. Un poco más baja, sí, pero….
—¡La moto no, imbécil! La azulita… —menciono. Nappa exclama con asombro y Kakarotto me mira curioso. Un silbido se escucha del otro lado del teléfono.
—Una belleza. Pelo largo, ojos azules, cuerpo exquisito. Tenía un short negro que resaltaba sus blancas piernas y una camisa que decía Brief. ¿Por qué preguntas? —eureka. Una definición exacta; esa sin duda era mi mártir.
—Y a ti qué te importa, insecto.
Los dos idiotas siguen hablando pura mierda. Tendría que hacer una visita al hospital donde estaba postrado el calvo. Ahora que lo pienso, ¿Brief significará algo o simplemente será simple diseño? Eso es algo que también averiguaría. Sonrío de medio lado, la venganza contra esa suripanta iba viento en popa. Entro a mi oficina con Kakarotto pisándome los talones, y apenas me posiciono en mi cómodo asiento observo el montón de mensajes en mi celular. Lo reviso para darme cuenta de que no es nada importante. Otro mensaje llega… era de 18.
Mira, cariñito. Lo que compré para ti. Era una imagen: 18 sostiene con la mano una lencería de encaje negro y dorado frente a un espejo. Gruño con molestia, no ha entendido que terminamos. Sin embargo, algo capta mi atención. Le hago zoom a la imagen y agradezco al karma: era la azulita vestida de asesora, al lado del mostrador. Pongo mi mejor cara de maníaco, contento con la situación y le respondo el mensaje a la irritante de 18 para poder sacarle más información de mi presa.
—¿Estás bien, Vegeta? —pregunta Kakarotto al ver mi cara de demonio.
Bien era poco. Estaba excelente.
Recojo mis cosas con cansancio. Faltaba poco para las 7 y mi reunión con Yamcha, pero no tenía demasiados ánimos de ir. Sólo quiero llegar a mi cama y dormir sin pensar en nada más. Aunque tampoco quería dejar plantado al pobre chico, capaz y se enoja, y mi boleto para escapar de la realidad se esfumaría. Sacudo mi cabeza en un intento de despejar las dudas que tengo.
Milk me observa, preocupada. Siempre me ha dicho que deje de esforzarme tanto, que algún día mi cuerpo llegaría al límite y serían dos los Brief postrados en una cama de hospital. Pero yo era Bulma, la gran Bulma… y nadie ni nada me frenará. Bueno, tal vez sólo las ganas de dormir.
—Te aconsejo que vayas y te diviertas. Parecía que se llevaban muy bien en la discoteca. —dice con dulzura. No tengo idea, no me acuerdo de absolutamente nada. Pero si Milk lo afirma, debe ser por algo. Asiento sin estar muy segura todavía.
—Solamente estoy cansada. Esa maldita rubia me tuvo de mula toda la tarde, ¿y para qué? ¡Sólo compró un estúpido juego de lencería de encaje! —pateo una pared con frustración. Me arrepiento de inmediato, pues me empieza a doler el pie. Ahogo un suspiro.
—Lo sé, te entiendo, pero tienes que ir. Y apúrate, ya son las siete en punto. —Milk me empuja fuera del local y yo me despido de ella con una sonrisa. Más tarde le escribiré para contarle cómo me fue. Menos mal le dije que nos viéramos en el centro comercial, mis pies no aguantarían más esfuerzo. Camino con tranquilidad y apenas giro en la esquina, lo veo sentado en una banca marrón. Era guapo, no tanto como el enano de la cafetería, pero sí tenía lo suyo.
Deja de pensar en él, Bulma. Maldición.
Nuestros ojos hacen contacto visual y se levanta enérgico, saludándome con la mano. Una vez llego hacia él, nos abrazamos. Una parte mí está insatisfecha, el sujeto era un idiota a simple vista. Joder, no debí perder la conciencia ayer. Yamcha analiza mi cuerpo completo, y mentalmente anoto los puntos que lleva hasta ahora. Menos uno, Yam.
—Estás preciosa. Ven, vamos, conozco un restaurante de comida italiana que te encantará. —comenta. ¿Comida italiana? Qué falta de originalidad, menos dos. Lo detengo, sacando una pequeña tarjeta con el número 201 en ella.
—Yo ya tenía otros planes, pero el tuyo también suena tentador. —mis dedos sostienen con descaro la llave de la habitación del motel. El estúpido ensancha su sonrisa, aunque me doy cuenta por sus ojos que está asombrado. —¿Cuál prefieres?
No lo piensa mucho y me arrebata la tarjeta, abrazándome con más confianza. Lucho con todas mis fuerzas por no empujarlo y mandarlo a la mierda por ser tan mezquino, menos tres. Ojalá fuera un buen mozo, porque semejante mierda no la aguantaría otra vez a menos de que tuviera agilidad en la cama. Le resto otro punto, sólo porque sí.
…
Siento ganas de golpear hasta el cansancio al cretino de Yamcha, sus ronquidos no me dejan dormir. Aparto su mano de mi cara y salgo de la colcha maldiciendo a Milk por presentarme a este hijo de puta que no sirve para nada. Recuerdo una vez más lo desastroso del encuentro y empiezo a vestirme para largarme pronto de allí. Lo bloquearé, justo como debí hacer en un principio. Por último, me quito los aretes y peino con la mano mi sedoso cabello azul, y sin pensarlo dos segundos salgo de la maldita habitación con una irritación voraz. Volteo para mirar al moreno precoz y una ira incontrolable emerge de mí. Saco mi labial y regreso a la habitación, manchando el espejo del cuarto.
Menos infinito, vaca muerta.
Miro la obra maestra y contenta, camino ahora sí para irme a mi casita. Rememoro los acontecimientos de hoy y una sonrisa imperceptible sale de mis labios, ése tal Pedeta no tenía pinta de ser malo en la cama. Me regaño por ser tan promiscua y morbosa y acomodo mi querida moto, desesperada por dormir. El trabajo me esperaba a primera hora del día.
Me pongo el casco, pero un ruido me distrae: es una pareja discutiendo. Un peculiar cabello en forma de flama me alerta, y cuando puedo verlos más de cerca, no reprimo una exclamación de sorpresa. ¡Era Pedeta y la mujer rubia que fue hoy a la tienda! Por un momento siento envidia de la arrogante rubia al ver de lejos esos músculos preciosos y ese trasero bien formado del enano. Limpio la baba que brota de mi boca sintiéndome estúpida y prendo la moto sin cuidado, haciendo que esta forme un chillido horrible.
Los malditos se detienen a mirar la causa del estruendo y ambos abren sus ojos, impresionados por verme ahí. Rechisto molesta y arranco rápido en dirección a mi casa. A pesar de no verlo, estoy segura de que el enano tiene ahora mismo una sonrisa de medio lado elevando sus comisuras.
—Puto Yamcha. —susurro al viento.
Tenía mucho que contarle a Milk.
Continuará...
