Sabor a cacao
Nunca digas nunca
Capítulo III: Presencia
Le doy leves puñetazos al colchón, frustrada por no haber podido pegar el ojo en toda la madrugada. Me pregunto qué diablos hice en mi vida pasada para tener una suerte tan nefasta. Cambio de posición por duodécima vez desde que llegué a casa, mirando fijamente al techo y con un millón de pensamientos revoleteándome en la cabeza.
Aunque, siendo sincera, lo único en mi mente es el maldito idiota de la cafetería.
No retengo el grito de exasperación. Y casi como en una sinfonía, el horripilante sonido de la alarma se une al cosmos, conspirando en mi contra.
Por un momento, la versión homicida de Bulma Brief sale a la luz y arrojo el estúpido reloj sin rumbo específico. Escucho el crash de la ventana y luego el pitido de un carro. Trago en seco y cierro los ojos, prometiéndole a algún Dios inexistente venerarlo por el resto de mi vida si me saca de semejante embrollo.
—¡Brief! ¡Volviste a quebrarme el parabrisas! —el enojo en la voz de la señora Adams hace que suelte un bufido. Me asomo por la ventana con arrepentimiento; el porte elegante de la cincuentona y sus ojos incriminadores me intimidan.
—L-lo siento…
La muy zorra me saca el dedo medio y se voltea, sin dignarse a aceptar mis disculpas. Mi vena palpita y dejo salir un gruñido. Empiezo a vestirme para mi primer trabajo del día, imaginándome el tremendo regaño que me darán apenas ponga un pie en el establecimiento. Sólo espero que no me despidan.
¡Maldición! Todo era culpa de ese enano.
.
.
.
—¡Achu! —estornudo con violencia, despertándome de sopetón.
¿Dónde carajos estoy?
—Vegeta, querido. Por fin despiertas —siento unos brazos acariciarme el abdomen. Los recuerdos de la noche anterior vuelven a mí y me permito reír irónicamente en mi subconsciente, de alguna manera se sentía como si me hubiera prostituido. Quito sin mucha delicadeza a la enérgica urraca y me apresuro a recoger toda mi ropa —. ¿No quieres repetir?
—No.
Ante mi pronto declaración, enmudece. Me visto a la velocidad de la luz y salgo de la habitación sin mirarla, suficiente tenía con pasar una noche con esa estúpida. Observo el vacío, recordando esa estupefacción en sus ojos azules cuando me vio con 18. Sonrío de medio lado, nunca pensé encontrármela en un lugar así.
Sin saber el porqué, mis puños se ponen rígidos. Era obvio que acababa de follar con algún insecto, pero eso debía tenerme sin cuidado. Gruño molesto conmigo mismo al intentar visualizar el cuerpo de la mujer. Esos pechos, esas caderas…
Un dolor en mi parte baja me alerta. Parpadeo incrédulo, avergonzado por tener una erección pensando en la vulgar y agresiva azulita. Azoto la puerta del carro con fuerza y enciendo el motor, dispuesto a darme una ducha de agua helada en cuanto llegue al apartamento.
¡Maldición! Todo era culpa de esa vulgar.
.
.
.
—¡Achu!
—¡Bulma! ¿Si me estás poniendo atención? —sorbo mi nariz y asiento débilmente, mintiéndole de forma descarada a Uranai. Tenía la cabeza en cualquier lugar, menos en la cafetería o en la reprimenda de la dueña—. Por si no lo sabías, el cliente de ayer era demasiado importante; un magnate. No lo puedo creer… el dueño de la corporación Ouji viene a mi local, ¡y ustedes lo arruinan!
No disimulo la sorpresa y abro los ojos como platos.
Mi lado suicida me hace soltar una carcajada, más por irónico que por divertido. Uranai me dirige su mirada más letal, pero yo sólo tengo mente para el semblante consternado del bastardo de ayer. Sigo riéndome al sopesar todos los hechos.
Le pegué una bofetada a uno de los sujetos más ricos del país.
¡Joder! El enanito superó mis expectativas.
Escucho los sollozos de Ranfan y carraspeo, incómoda con la situación; la vieja también parece a punto de llorar. Las demás camareras no están de mejor ánimo que Uranai y varias amenazan con quebrarse dentro de poco. En conclusión, el lugar es un completo caos. Y yo tengo que hacer algo, rápido.
El reloj marca la hora; faltan dos minutos para abrir el establecimiento. Amarro mi delantal y me paro en una de las mesas, llamando la atención de las féminas. Elimino la vergüenza de mi ser, preparándome sicológicamente para la estupidez que voy a protagonizar.
—¡Ya sé que ayer no fue el mejor día para ninguna! Es más, fue pésimo, una puta mierda —asienten sin el menor titubeo, incluso la vieja—, ¡pero el hoy es algo distinto! No podemos repetir el mismo error, no más. Hay clientes esperando por un buen servicio y se los daremos; nadie le regará el café a nadie, no tomarán la orden incorrecta o se olvidarán del pedido. ¡Hoy nadaremos en propinas!
Gritos de guerra y júbilo se escucharon de aquí a mi apartamento. Sonrío con felicidad, orgullosa de poder alimentar sus espíritus con éxito. Con algo de nervios espero que todo salga bien, son algo torpes y despistadas. Aunque buenas muchachas, al fin y al cabo.
No puedo evitar pensar qué diría mi padre si me viera con tal actitud de liderazgo.
Respiro hondo y limpio de inmediato la escueta lágrima que cae de mi mejilla. Videl abre la puerta y ante la aparición del primer cliente, esfumo cualquier cavilación y pongo mi mejor expresión de cordialidad. La imagen del estúpido enano retumba en mi mente y rechino los dientes con furia.
La gran Bulma Brief nunca será derrotada por un maldito riquillo.
.
.
.
Como si fuera una broma de mal gusto, el siguiente golpe de gracia permanece inmutable y apilado de a cincuenta en el ancho de la mesa de mi oficina. ¿No había sido suficiente por hoy? En mi puta vida vi esa cantidad de papeleo.
Gruño sin control como si fuera una bestia enjaulada, seguro de estar asustando a mi secretaria que se ocultaba unos pasos atrás. Tentado a lanzar esos malditos papeles a donde sea que yo no los viera, alzo la mano con una sola intención.
—¡Deténgase por favor, señor Ouji! ¡Esos papeles son para la nueva empresa vasalla! —el griterío de la inútil mujer me frena. Detengo la mano a unos centímetros de la infinita pila de hojas y me maldigo por siquiera pensar en cometer esa estupidez.
Deslizo algunos centímetros la horripilante montaña de hojas tamaño oficio, cuyo grosor me impedía ver las gafas de culo de botella y el peinado despeinado de mi secretaria. Lo único que me retiene de despedirla es, en definitiva, su derroche de neuronas y profesionalismo; jamás gocé de la misma secretaria por más de dos meses, hasta que llegó la fea e insulsa de Gine.
— ¿Otra empresa vasalla? El emprendimiento en este país se cae de culo —gruño con cierta incredulidad, acomodando mi real trasero en mi silla de cuero favorita.
—Eso por un lado. Por el otro, señor Ouji, está el hecho de que su imperio es un depredador por excelencia —comenta sin dejar de anotar cosas en su estúpida libreta de mierda.
—Hmph. Tonterías. Sólo son un montón de bastardos que no saben cómo administrar una cándida tienda —resto importancia, empezando a leer y firmar documentos—. ¿Qué hay en mi agenda hoy, Gine?
—Hoy no tenemos particularmente nada, señor Ouji, pero mañana hay una reunión de accionistas para el recuento general del semestre —retengo un bufido. Qué fastidio tener que aguantarme, de nuevo, el carácter de mierda de los Ouji y los Son juntos—. Le recuerdo que se acerca el matrimonio del señor Raditz, así que es probable que en la próxima visita laboral se finiquite su papel como caballero de honor en la boda.
Genial. Otro grano en el culo.
— ¿Alguna desgracia más que anunciar? —pregunto con amargura. Gine ríe de forma leve, aunque parece un animal gimoteando de dolor.
—No, señor. Ah, por último, nos acabó de llegar de la tintorería la camisa blanca que usó ayer. ¿Se la entrego? ¿Le digo al mensajero que la deposite en su apartamento?
Le dirijo una mirada mordaz, alebrestado por recordarme el comiquísimo episodio de hace veinticuatro horas. La escucho tragar en seco, segura de haber cometido un gravísimo error al pronunciar esas infames palabras.
—Quema esa basura. No quiero ningún rastro de esa puta camisa en este universo —murmuro colérico. Nerviosa, sale de la oficina caminando lo más rápido posible, por lo que me encuentro solo en cuestión de segundos.
Giro noventa grados mi silla hasta tener en frente el ventanal de la habitación. La vista de la ciudad es, sin duda, majestuosa; me ayuda a pensar en mi convicción de quebrantar a la azulita. Tener a una ciudad entera en mis manos es… reconfortante, mucho más si eres un competidor maniático de la victoria.
Aunque, primero que todo, tengo que terminar de firmar esta endemoniada cantidad de papeles. Pero la venganza llegará, tarde que temprano; de improvisto, y en proporciones descomunales.
El gran Vegeta Ouji nunca será derrotado por una insulsa mesera.
.
.
.
Es viernes. No un viernes cualquiera, no. Es un viernes donde varios lados de Bulma Brief han salido a la luz; el homicida, el suicida, y, por último y no menos importante, el de líder. Mientras me quito el diminuto delantal con el logo de la cafetería, me permito apreciar con una sonrisa de orgullo la agilidad con la que se colocan y retiran platos y cubiertos. Ahora mismo, me embarga un sentimiento análogo al de una madre que ve a su hijo caminar por primera vez.
—Eres mi nuevo mesías, Bulma. Te lo juro. Crearé una religión en tu nombre —oigo una frase sarcástica de Uranai a mis espaldas. Agarro mi bolso y mi casco, aún con esa sonrisa que me acompañó toda la mañana.
—Tampoco tienes que exagerar, sólo motivé a un par de novatas y primíparas meseras —menciono. Uranai sonríe, marcándosele con notoriedad sus arrugas y manchas debido a la edad.
La anciana suspira, recargándose en la pared paralela a los casilleros.
— ¿Sabes? Ayer llegué a pensar que esta cafetería sería un fracaso total. Bueno, por lo menos no hubo ninguna queja en cuanto a la comida —comienza, llena de nostalgia en sus orbes—. Y a pesar de un día tan funesto, me emocioné cuando vi entrar al señor Ouji y al señor Son. Creí que sería mi salvación. Pero, nuevamente, se perdió esa oportunidad de la peor forma posible.
— ¿A qué viene todo esto, Uranai? —cuestiono, algo apresurada en llegar a mi segundo trabajo.
—Déjame continuar —expresa solemne—… como te decía, fue un fiasco. Pero te lo agradezco. Te agradezco tu valentía, te agradezco que hayas defendido a esa pobre muchacha que simplemente cometió un error. Te agradezco que hayas animado a quienes tenían las esperanzas por el suelo, incluyéndome. Te agradezco que te tomes el tiempo de enseñarles las cosas más básicas a las nuevas. Te agradezco tu alegría, tus energías y tu voluntad. Muchísimas gracias Bulma, no sé qué hubiera hecho sin ti.
El abrazo me coge desprevenida. Con los ojos abiertos, y algunas lágrimas bajando por el largo de mis mejillas, aprieto con fuerza el escuálido cuerpo de mi jefa. Como si fuera mi difunta madre la que me abraza con fervor. Como si nunca hubiera dejado el mundo terrenal, y jamás se hubiera convertido en un mísero angelito que me vigila desde las nubes.
—Gracias a usted, Uranai. No desaprovecharé este segundo intento —murmuro, acariciando el corto y rosado pelo de la anciana.
Nos separamos tras unos instantes. Puedo percibir que la veterana también tiene rastros de lágrimas en su rostro, los ojos hinchados y la nariz goteando. Ella me da golpecitos en la espalda, diciéndome con tan poco el hasta luego.
—Ve. No querrás llegar tarde a tu otro trabajo —comenta. Asiento, y me despido con la mano.
—Nos vemos, Uranai.
—Nos vemos, Bulma.
Después de felicitar a las chicas por el excelente trabajo, me dirijo hacia mi moto y prendo motores. Antes de arrancar, visualizo el inmenso edificio cuyo dueño tiene tatuado el nombre de imbécil con letras mayúsculas y en negrita, fuente Arial 72. Ofrezco mis condolencias por los pobres empleados que se tienen que aguantar el maldito temperamento del enano enardecido por un breve momento, y luego emprendo camino al centro comercial.
Una pícara Milk me recibe con una expresión cargada de complicidad, culminando de organizar las prendas íntimas por color y talla. Descargo mi bolso y el casco, no sin sacar antes un almuerzo rebuscado que contiene la módica suma de un ramen instantáneo.
Mastico y mastico ante la inquisición de la morena. Inquisición que, por cierto, siempre me ha dificultado realizar cualquier acción desde que estábamos en el jardín de infantes.
— ¿Y entonces? —indaga, después de una pausa interminable.
— ¿Entonces qué? —respondo a la defensiva, sin dejar de comer. Milk se cruza de brazos, un poco enfadada.
— ¿Cómo te fue con Yamcha? —reitera con obviedad.
Mierda, ahí está la pregunta que no quería responder.
— ¿Te acuerdas del sistema de puntuación que usábamos para calificar nuestras citas en preparatoria? —asiente, levemente entusiasmada—. ¿Y te acuerdas del puntaje más bajo?
Su entusiasmo se esfumó tan rápido como apareció. Milk razona algunos instantes con su cara de concentración, para luego formar una mueca de asco.
—2 puntos. El bastardo de Dodoria. Aunque, si mal no recuerdo, fue por una apuesta que perdí contigo —gruñe con molestia.
—Me impresiona que todavía recuerdes tu olímpica derrota en el Guitar Hero —añado con diversión—, pero eso no viene al caso. La cosa es que tenemos un nuevo récord; un nuevo líder. Yamcha superó con creces tu terrible cita con Dodoria.
— ¿Qué? No exageres tanto, Bulma. ¿Cómo puede ser eso posible? —exclama consternada. Me llevo un bocado de ramen a la boca antes de narrarle, con pelos y señales, el trágico encuentro con el imbécil de Yamcha.
Y a medida que enumero las mil y una deshonras, su consternación muta a una estridente risa que me provoca un tic nervioso en la ceja. Tal vez no sería conveniente contarle el espontáneo cruce de miradas con el enano y la hostigante rubia, al menos no hoy; de hacerlo, las burlas concluirían con el cierre del local. Y faltaba demasiado para eso.
—El castigo para quien se ríe de las desgracias ajenas es el infierno, Milk —intercedo al ver que no cesa de carcajear a costa de mi podrida experiencia.
—Vamos, Bulma. Tienes que admitir que es gracioso —se limpia una lágrima que escapa de sus ojos debido al ataque de risa—. Hasta tus ganas de ser parte de la milicia duraron más que una sesión de sexo con Yamcha.
Una risa traviesa emerge de mis labios. Me tapo la boca, dándole con esto la completa razón a Milk, quien me mira divertida.
—Púdrete —escupo al sentirme derrocada.
La morena agarra una peluca rosada localizada detrás del mostrador, formando la línea de la parte baja de su cara de tal manera que se asemeja a un pato.
—Púdrete tú, Afrodita.
.
.
.
Prosigo con una jornada repleta de firmas, papeles y letras pequeñas hasta que una llamada telefónica me saca de mi letargo laboral.
Confundido, pues no soy, en absoluto, una persona a la que los demás gusten de llamar para escuchar su melodiosa voz, observo el nombre del contacto que aparece en la pantalla: Raditz.
¿Y ahora qué querrá el insecto?
—Hmhp. Raditz.
—Hola, Vegeta. Tiempo sin oírte. Veo que sigues tan comunicativo como siempre —dice sarcástico. Emito un gruñido de advertencia; a la próxima estupidez que vocifere le cuelgo el teléfono.
—Y tú tan imbécil como siempre. ¿Qué mierda quieres? —comento sin mucha paciencia.
—Cálmate, caballero de honor. Sólo te quería invitar a mi despedida de soltero, mañana —agrega.
Bueno, sinceramente, una noche de desenfreno y putas no me vendría nada mal. Todo este escándalo con la azulita, y luego la inmensa carga laboral, me tenían agotado y con un humor peor al usual.
— ¿En qué bar de mala muerte será la reunión? —pregunto con cautela, reacio a adentrarme en cualquier pocilga hedionda.
—Se llama Olimpo. Aunque te aseguro, Vegeta, que no está muy lejos de ser un paraíso.
Olimpo… no se escuchaba tan mal.
