16. Las pistas del asesino
-¿Sabes qué? Tú no tienes por qué resolver esto.
-¿A qué te refieres?
-Es cierto si lo piensas, Harry. Esto no es como Voldemort. Es un asesino… normal, digamos. No quiero usar esa palabra, porque me apena mucho por el profesor McGreggor, si es que era inocente, y por esa familia que murió… Pero no veo por qué tú deberías investigarlo. Durante nuestros años en Hogwarts, me he topado con noticias así leyendo El Profeta. Un asesinato, investigación de aurores, y su resolución.
-Olvidas varias cosas, Hermione…
-Sé lo que vas a decir. Dirás que no es tan común que aparezca un asesino en serie dejando su firma en las paredes, pero…
-No, es cierto. No es tan común. Pero no es eso en lo que pensaba. Pensaba que sí me involucra, porque la Varita de Saúco…
-Ah, sí, claro. Es cierto que esa es la verdadera razón de tu involucramiento en el caso. Y está bien, te sientes culpable porque si la hubieras destruido no habrían podido habértela robado. Pero Harry, ¿acaso tú eras el responsable de cuidar la tumba de Dumbledore? No. El Ministerio, Hogwarts y otros magos eran los responsables. No es que les eche la culpa a ellos, pero lo digo para remarcar que no fue tu culpa. Además, si hubieses intentado destruir esa varita, ¿crees que habías podido? ¿Acaso pudiste destruir la Piedra de la Resurrección?
Harry le había contado a Hermione que tenía esa piedra, y que había intentado destruirla usando varios hechizos sin éxito. Había probado hasta con un colmillo de basilisco que le había quedado luego de la Batalla de Hogwarts, pero no funcionó. Las Reliquias de la Muerte no eran lo mismo que los Horrocruxes. Parecía indestructible.
-No, eso también es cierto. Quizás no sea nada simple destruirla. Pero aun así, siento responsabilidad por no haber alertado al Ministerio que la escondieran en algún buen lugar, o haberlo hecho yo, en vez de devolverla al lugar más obvio para cualquiera que hubiera escuchado mi charla con Voldemort en la batalla final, cuando hablamos sobre la Varita de Saúco frente a mucha gente.
-Pero no dijeron que esta estuviera en la tumba de Dumbledore en aquel momento…
-Era bastante evidente, ya que los magos siempre son enterrados con sus varitas. Y sí mencionamos que Voldemort se la había quitado a Dumbledore.
-En fin, no hay así y todo tantos motivos para tu involucramiento. ¿Has pensado en descansar un año? Quizás el próximo año puedas hacer prácticas de auror, y todo eso. Pero si empiezas a obsesionarte con El Cazador de Brujas, entonces…
-No estoy obsesionado.
-¿Y qué es esa pizarra llena de recortes de periódicos?
-No es nada –Harry se encogió de hombros-. Solo investigación. Pero no es una obsesión.
Hermione se quedó mirando unos instantes más la pizarra, y luego bebió otro trago de cerveza de manteca. Estaban en casa de Harry juntos por primera vez desde que Ron los descubriera meses atrás.
-Quizás un poco de interés. Querer resolverlo. Pero no es una obsesión.
-¿Y tus ataques de pánico?
-Bueno, me alegra que menciones eso –Harry se reclinó en su asiento, incómodo-, porque justamente eso es parte del motivo de que tenga que investigar esto. Verás, desde que me atacó ese mago, que obviamente bien podría ser este Cazador de Brujas, he empezado a sufrirlos. Creo que tiene que ver con Voldemort. Con pensar que no ha acabado. Que la historia continuará. Eso me pone así.
-¿Crees que el Cazador de Brujas es Voldemort?
-¡No! Claro que no. Voldemort está muerto.
-Me alegra que estés convencido de eso. Si nos ponemos a pensar así, acabaremos paranoicos. Escucha, Harry. Te dije que yo también sufro de problemas por culpa de la Batalla de Hogwarts y todo lo anterior. Me cuesta dormir, tengo pesadillas… A veces siento lo mismo que tú, que aún no ha acabado y algo terrible podría pasar en cualquier momento. Pero me convenzo a mí misma de que no es así. En verdad, lo que pasa es que estábamos tan acostumbrados a vivir a mil por hora con todo lo que pasaba entonces, que es muy difícil cambiar el ritmo y acostumbrarse a una vida tranquila ahora.
-Eso es lo que me pasa.
-¿Lo ves? Es como si nuestros cuerpos sintieran la necesidad de que aparezca un mago oscuro que nos ataque. Y el hecho de que te haya pasado en el verano… Eso lo desencadenó, claro. De ahí tus ataques de pánico. Es como si tu más temible miedo de pronto se hubiera hecho realidad. Aunque no fuera tan grave el ataque en la realidad, me refiero desde el punto de vista psicológico.
-Tampoco sé si es para tanto, Hermione, pero pienso que tienes mucha razón. Tú también debes tratar de estar tranquila.
-Como si fuera fácil, siendo la niña fácil de la escuela –Hermione miró a Harry a los ojos unos segundos y bebió otro trago-. Así que… ¿qué harás? –preguntó, acomodándose la tira de la musculosa muggle que tenía puesta-. ¿Seguirás investigando esto?
-Creo que debo hacerlo.
La chica revoleó los ojos.
-Al principio tú parecías querer investigarlo también –argumentó Harry.
-Sí, al principio sí. Hasta que pasé más tiempo contigo y supe que te has convertido en una bomba de tiempo a punto de estallar por el estrés.
-Dijiste que a ti también te pasaba.
-Pero no sé si yo quiera investigar tanto esto. Eso pensaba hoy, al menos. Escucha, los aurores quizás puedan resolverlo y ya. Solo un asesino que mató a varias personas por alguna crisis psicótica, o ve a saber qué motivos, y luego lo atraparán y ya.
-¿Crees que será así de simple?
Hermione se encogió de hombros. Harry se llevó su vaso a los labios y bebió un sorbo.
-Sí, esperemos que sí –añadió, no muy convencido-. Y mientras investigabas en esos libros familiares, ¿encontraste algo?
-Pues sí –Hermione dejó el vaso y empezó a buscar en su mochila, sacando un par de libros y algunas notas.
-¿Estás bromeando? –dijo Harry, indignado-. Después de todo ese discurso de que no debo investigar esto… ¿has leído todo eso y… y hecho todas esas notas?
-Bueno, a mí también me interesó dar con él –la chica se encogió de hombros nuevamente-. Pero sí pienso que deberías dejarlo. Te está haciendo mal. Yo puedo investigarlo sola.
-De ninguna manera –Harry acercó su silla a la mesa y se inclinó para ver los apuntes-. ¿Qué tienes ahí?
-Bien, te contaré –Hermione se aclaró la garganta para hablar-. He estado estableciendo lazos entre las víctimas, tratando de averiguar todo lo posible sobre ellas, para descubrir qué podrían tener en común, si es que tienen algo.
-Sí, eso hay que hacer en casi todos los casos –Harry asintió con la cabeza-. Eso dijo el profesor Twinks.
-¿El que te cae mal?
-Sí, ese mismo. Dijo que en el 95% de los casos de asesinos en serie, las víctimas no son elegidas al azar, aunque los asesinos suelen intentar que parezca así, ya sea para despistar como para cubrirse.
-Bien, pues empecé con la familia Adams. Imaginé que el asesino tendría alguna historia con ellos, algún hecho que haya ocurrido que lo hiciera querer vengarse o lo que fuera.
-¿Y qué encontraste? –preguntó Harry, ansioso.
-No mucho. Trabajaban en una fábrica de transformación de madera mágica.
-Lo sé, también lo averigüé.
-¿En dónde? ¿Fuiste a la biblioteca de Hogwarts?
-No, a la central, en Londres.
-Vaya, me sorprendes, Harry –Hermione se corrió un mechón de cabello por detrás de la oreja-. Bien, todo lo que averigüé hacía referencia a haber egresado de Hogwarts, a esa fábrica, al vecindario en Oxford. Nada anormal, ningún antecedente de nada. Casi nada en lo que basarnos.
-Nada, realmente. Pero, ¿no dijiste que habías averiguado algo? –dijo Harry, decepcionado.
-No sobre ellos. Pero pasemos a Vincent McGreggor. Sangre mestiza, a diferencia de los Adams. Es decir que la motivación del asesino no debe tener que ver con el status de sangre. Su familia es del sur de Gales. La otra familia era del centro de Oxford. Ambos poblados lejanos entre sí. No hay una relación geográfica entre las víctimas tampoco.
-No parece que tengas nada allí tampoco –Harry suspiró y bebió otro trago de cerveza de manteca.
-Y finalmente, Clevermole y Dippet.
-¿Qué hay con ellos?
-Dippet fue el sobrino del director de Hogwarts, como te dije. Fue auror y murió en 1992 junto a Lucretia Black en un terrible accidente. Ambos estaban implicados en un escandaloso asunto del Ministerio.
-Yo investigué sobre Lucretia –añadió Harry-. Fui al número 12 de Grimmauld Place y consulté el árbol genealógico y algunos libros sobre la familia que quedaron. Ella era la tía de Sirius, y al mismo tiempo tía política de Molly Weasley ya que su nombre pasó a ser Lucretia Prewett al casarse con Ignatius Prewett, hermano del padre de la señora Weasley. Como respetada miembro de la familia Black, Lucretia era Slytherin y profesaba las creencias de su familia. Pero parece que Ignatius no era muy querido por los Black, y corrían el riesgo de recibir su desaprobación en cualquier momento y ella de ser tachada del árbol genealógico. Eso fue en su juventud. Imagino que este accidente de 1992 habrá ocurrido siendo ellos ya mayores, porque el árbol dice que ella nació en 1925. Así que tenía 67 años cuando eso ocurrió. Lo que no pude averiguar fue qué ocurrió en 1992 para que muriera junto a Dippet. ¿Tú lo sabes?
-Sí, lo encontré en el libro Crónicas de Asuntos Internos del Ministerio de la Magia, edición de 1995. Herby Dippet no tenía mucho en común con su tío-abuelo, el ex director de Hogwarts. Se metió en muchos problemas trabajando como auror en el Ministerio, y pocos meses antes de morir, ya siendo jubilado, salió a la luz que había estado involucrado encubriendo casos de asesinato durante varios años en el Ministerio. Parece que Lucretia Black, amiga suya y empleada del Ministerio también, aunque de otra área, estuvo involucrada en lo mismo. Cuando se supo la verdad, la justicia dictaminó prisión domiciliaria basada en la avanzada edad de ambos magos. Pero estos se fugaron, ambos, antes de que pudiera saberse nada más.
-¿Y dónde fueron?
-Nadie sabe. Los dos abuelos de 67 años estuvieron prófugos de la justicia hasta que se supo que dos magos habían muerto en un accidente en Cornualles, sur de Inglaterra. El accidente involucró una explosión y la muerte de varios muggles además de ellos, tampoco se supo el motivo. Pero la policía muggle no reconocía dos de los cuerpos, ya que no tenían identificaciones muggle. Ahí es cuando entró el departamento de aurores, que siempre debe investigar en esos casos, que no se trate de magos y por eso no tengan identificaciones muggle. Y de esa forma se supo que los cuerpos eran de Lucretia y Herby Dippet. Estaban juntos en el lugar del accidente. Nadie supo nunca qué pasó, pero se cree que el accidente ocurrió debido a magia.
Harry quedó pensativo. Hermione tenía sus notas en la mano, pero permaneció en silencio. La botella de cerveza de manteca se había terminado.
-Eso es lo que dijiste que habías averiguado, entonces.
-Eso, y un poco sobre Augusto Clevermole.
-Genial. ¿Qué sabes de él?
-Nada.
Harry hizo una mueca.
-Eso no es mucho tampoco.
-No entiendes. Lo que sé de él es que no hay nada. Absolutamente nada. Pero cuando digo nada, me refiero a que jamás existió.
-¿Qué quieres decir?
-No está en los registros de magos obligatorios. Ni en actas de nacimiento de San Mungo, ni en nada. Jamás existió un mago de ese nombre.
-Hermione, no seas ridícula. Ese fue el mago que murió en el verano, Ron y yo lo vimos y le tomamos testimonio.
-Pero, ¿no lo ves? Ese no debía ser su verdadero nombre, Harry. Les mintió. No existió nunca nadie de ese nombre. Investigué un poco más, y luego de su muerte el Ministerio no pudo encontrarle una familia que lo reclamara. Se hizo un entierro público al que no asistió nadie. Se lo enterró con el nombre de Augusto Clevermole porque fue el registro que tú y Ron dieron al Ministerio sobre él, pero en verdad no se llamaba así.
-Eso no tiene sentido, Hermione. El departamento de aurores investiga su muerte desde julio, creo que se habrían dado cuenta ya… a menos… a menos que…
-Exacto –Hermione arqueó una ceja-. Ellos ya lo saben. No existe forma de que no hayan buscado registros de Clevermole. Se habrán topado con lo mismo que yo, que no existen. Solo que no te lo dijeron a ti.
-Las investigaciones del departamento son privadas. Aunque te dije que sospecho que alguien en el departamento está encubriendo información. Quizás por eso no oí nada sobre esto en mi tiempo allí. Entonces, ¿jamás existió un mago de ese nombre? ¿Por qué nos habría mentido diciendo un nombre falso?
-Seguramente escondía más cosas, Harry.
-Sí, eso es sentido común –Harry se puso de pie y empezó a caminar por la habitación-. Me pregunto qué otras cosas nos estaba ocultando ese mago antes de morir…
Se quedaron en silencio, ambos pensativos.
-Creo que tenemos que empezar a actuar –dijo Harry-. Aún no interrogué a los cuadros de Hogwarts.
-¿Los cuadros?
-Quiero saber si vieron algo. O los centauros. O los elfos de las cocinas. Tengo que hablar con todos ellos. También deberíamos visitar esa fábrica de madera, en Oxford. Si no nos movemos, no podremos averiguar nada más.
-Bien, bien. Escucha, Harry. Antes de seguir con esto, tienes que prometerte que no te obsesionarás y acabarás teniendo otro de esos ataques.
Harry no dijo nada.
-¿Me lo prometes?
-De acuerdo, Hermione –dijo él, más que nada para dejarla contenta-. Trataré de que esto no me afecte. Solo será una práctica para la Academia, para entrenarme como auror.
-Yo no tengo demasiado tiempo, con los ÉXTASIS…
-Descuida. Yo iré a Oxford solo, tú no tienes que venir.
-Lo siento, Harry. Es casi imposible con los horarios que tengo. Pero yo interrogaré a los cuadros y los elfos de Hogwarts.
-Bien –Harry asintió-. Genial, haremos eso. Oye, es tarde. ¿Te llevo en mi escoba a tu habitación en el castillo?
Hermione consultó su reloj de pulsera.
-De acuerdo, llévame. Si quieres, puedes quedarte a dormir… Nadie se dará cuenta, nadie entra a mi habitación.
Harry tragó saliva y asintió, sintiéndose un poco avergonzado.
-Sí, claro, te acompaño. Voy a lavarme los dientes y… y enseguida estoy contigo.
Hermione le sonrió, un poco tímida también.
Esa noche, Harry durmió abrazando a Hermione en su cama de Hogwarts. Primero, mientras la chica estaba ya envuelta en sueños, se quedó mirando por la ventana la luna, que estaba en cuarto menguante, y pensando en miles de cosas…
Al día siguiente, Harry despertó junto a Hermione. Ella le ofreció traerle algo de desayunar del Gran Salón, pero él se negó, se despidió de ella y salió por la ventana en su escoba con la capa para hacerse invisible. Llegó a su casa y desayunó un jugo de frutas de la alacena con un par de tostados hechos por él mismo en solo un par de movimientos de varita (cada día mejoraba un poco en eso de la cocina mágica). Como era sábado, y Neville estaba a cargo del negocio, no tenía obligaciones que cumplir. Luego del desayuno y de una ducha rápida, Harry tomó su escoba y una capa de viaje y partió hacia el sur en un alto vuelo.
Como no conocía Oxford, era bastante inseguro que intentara aparecerse allí. Si no tenía una imagen clara del lugar al que iba a aparecer, podía sufrir una despartición. Por eso, prefirió volar en su nueva escoba que corría verdaderamente rápido, más que ninguna otra, exactamente a más de 220 km. por hora (gracias a su nuevo negocio, Harry conocía todas las especificaciones técnicas de cada escoba y podía recitarlas de memoria). No sabía bien donde estaba Oxford, porque nunca había ido, pero por eso mismo llevó su brújula mágica que al tocarla con la varita y elegir un destino apuntaba directamente hacia él y cambiaba de color dependiendo qué tan cerca estaba. Cuando la aguja se ponía más roja, estaba más cerca. La había comprado una tarde de verano en el Callejón Diagon. Originalmente había sido pensada como un regalo para Ron, que había olvidado darle… Ahora había encontrado otro propósito.
Luego de un vuelo que habrá durado aproximadamente dos horas, Harry llegó a Oxford. Enseguida descendió de entre las nubes y perdió altura hasta llegar a la cima de los edificios más altos. Se puso la capa para hacerse invisible sobre el techo de un de ellos, luego montó la escoba de vuelta y bajó hacia la calle. Sacó un pedazo de pergamino de su bolsillo en el que se había anotado la dirección del lugar. Para entrar, había que caminar hacia un viejo hotel muggle y, en lugar de tocar el timbre, meter la varita en el agujero de la cerradura. Harry lo hizo, y al instante un hoyo negro se abrió en el suelo y lo absorbió.
Gritando del susto, Harry cayó al vacío durante unos segundos y entonces una especie de fuerza mágica suavizó la caída haciendo que la gravedad descendiera de a poco mientras llegaba al suelo. Acabó de pie en un salón bajo tierra con suavidad. Se guardó la capa para hacerse invisible en la mochila y avanzó por un corredor con la escoba en una mano y la varita en la otra.
-Bienvenido –dijo una voz, cuando llegó ante una puerta-. ¿Desea obtener acceso de personal, o de invitado?
-De invitado –dijo Harry. Entonces la puerta se abrió y Harry avanzó por otro corredor hasta llegar a una planta industrial como nunca la había visto: era un espacio enorme con mucho ruido y madera y astillas por todos lados. Pero, en lugar de máquinas filosas había magos que apuntaban sus varitas, entre muchos de ellos, a varios trozos enormes de madera. Había troncos de árboles enteros, planchas de distintos colores de madera, y todo giraba levitando en el aire mientras era pelado en capas, transformado y convertido en otros materiales.
-Hola, tenga usted buenos días –dijo la voz de una bruja. Harry, que estaba al borde de una baranda tras la cual empezaba la enorme planta de producción, giró y vio que a su lado había una bruja con una túnica azul y un casco amarillo a su lado.
-Buenos días.
-¿Qué se le ofrece?
-Vengo desde Hogsmeade –dijo Harry-. Mi nombre es Harry Potter…
-Sí, también es famoso aquí en Oxford, señor Potter. ¿Tuvo un buen viaje? –dijo, mirando la escoba de Harry.
-Sí, gracias por preguntar.
-Está anunciado un temporal dentro de un rato. Lluvias, tormentas, viento fuerte… un horror. Le recomiendo no demorarse y, en lo posible, aparecerse.
-Sí, lo tendré en cuenta –dijo Harry, pensativo-. Estoy trabajando en el departamento de aurores del Ministerio de la Magia, y estoy aquí para investigar un caso.
-Muy bien –dijo ella-. Acompáñeme por aquí entonces, señor Potter, lo llevaré al despacho del encargado.
-Gracias –dijo Harry. Empezó a caminar tras la bruja, y se puso un poco nervioso. No tenía una orden por parte del Ministerio para interrogar a nadie, y sabía que eran necesarias en esos casos. Si le pedían algo de eso, tendría que inventar una buena excusa para haber viajado hasta allí sin una…
Antes de que pudiera pensar en nada, la bruja golpeó y abrió la puerta de un pequeño despacho con una sola ventana con cortinas francesas que daba hacia la planta. Una voz ronca de hombre dijo "adelante", y entraron. Allí dentro había una mesa, papeles y muchos ficheros en un espacio muy reducido en el que parecía no podía entrar nada más.
-Vaya sorpresa. Hola, señor Potter –el hombre se puso de pie con entusiasmo y le tendió la mano. Era un mago gordo y canoso, con el rostro redondo. Harry se la estrechó con fuerza y tomó asiento ante la indicación de él, que señalaba la silla ante él. El mago estaba fumando una especie de pipa que largaba vapores de colores. Harry jamás había visto eso antes en el mundo de los magos. -¿Qué lo trae por aquí, tan lejos de todo? De todo su mundo, según imagino por lo que uno lee en los diarios… Soy Paul Begley, director de la fábrica.
Harry asintió y un pudo evitar quedarse mirando la pipa.
-Esto es vapor de veela, por si te lo preguntabas –dijo él-. Es típico de Oxford, no recuerdo haberlo visto en otras partes de Inglaterra. Unos magos al sur de la ciudad tienen una fábrica donde transforman gases para varios usos mágicos. Cuando descubrieron que podían sintetizar esencia de veela en una pipa para fumar, fue todo un éxito en la ciudad. Pero supongo que no ha venido para escuchar historias locales, ¿supongo bien, señor Potter?
-No hoy, aunque definitivamente llama mi atención –dijo Harry, tratando de caerle bien-. Me estoy dedicando a estudiar la carrera de auror, y estoy trabajando en el departamento de aurores del Ministerio de la Magia.
-Felicidades –dijo él, absorbiendo vapor de veela y largando ondas de colores en el aire-. El departamento de aurores del Ministerio tiene un especial interés en mi fábrica desde la tragedia que ocurrió con Betany, Jack y su hijito. Una verdadera tragedia… ¿En qué puedo ayudarte? Tráele algo de beber, Rosy –le dijo a su empleada-. ¿Qué te apetece, Harry?
El cambio de tono de "usted" a "tú", y la forma en que se dirigió a su empleada le indicaron a Harry un incremento de confianza muy repentino que le daba mala espina. Al menos en lo que respecta a la opinión de Harry sobre aquel hombre.
-Agua está bien.
-Para mí un Martini doble de fuego con dos hielos y una pizca de llama de dragón, por favor –dijo el mago entonces, y de pronto se echó a reír. Harry tardó en entender que era una broma, y rio también de forma algo forzada. ¿Qué le pasaba a ese hombre? Era muy confianzudo-. ¿Te imaginas, en horario de trabajo, Harry? Hay tipos que son así. Yo no. Tráeme un café con una pizca de licor de malta, Rosy.
-Enseguida, señor –dijo la bruja, y abandonó el despacho.
-Conozco muy bien a todos mis empleados –dijo entonces el señor Begley-. No sé qué pudo pasarle a Jack y Betany. No tengo idea de si había alguien con quien tuvieran algo oculto, o si tenían enemigos, o si estaban metidos en nada raro. Pero te puedo decir una cosa, todos mis empleados son muy buena gente.
Harry asintió mientras lo escuchaba, tratando de inspirarle comprensión.
-No contrato gente que me dé qué penar. ¿Entiendes lo que digo? Este no es lugar para timadores, estafadores, magos de mala calaña –hizo una mueca de desprecio y agitó la mano, como espantando una mosca-. Si alguien tiene pinta de ladrón, no va a entrar aquí. Tengo muy buen ojo para elegir a la gente. Si tienen pinta de ser malos compañeros, puedo decirte que lo huelo desde que pisan este despacho. Y no los contrato. No, claro que no. Jack y su mujer. Su novia, digo, porque nunca se casaron, eran unos ángeles. Yo le decía siempre, "¿cuándo vas a casarte? Las buenas brujas no crecen en los árboles. Si aferras una, asegúrate que no huya". Tú sabes, ese tipo de cosas. Porque realmente hacían buena pareja. Tenían un niño, claro, muy buenmozo el muchachito. Pero no se casaban. Miedo al compromiso, creo yo.
Harry asintió nuevamente. Resultó que ese señor era todo un charlatán y no solo no le interesaba que Harry tuviera una orden para hablar con él (por suerte) sino que parecía que moría de ganas de contarle todo cuanto supiera del asunto, mientras bebía su café (que Rosy no tardó en preparar) y fumaba su pipa, divagando.
-Le dije a Jack: "Oye, muchacho, tengo una vieja sortija de matrimonio en mi casa. Es valiosa, oro moldeado por buenos duendes". Tú sabes lo que digo, no de esos baratos que solo son copias hechas con hechizos duplicadores. Los que estamos en la construcción entendemos la diferencia. Tenía uno de oro puro moldeado por duendes en casa. Lo había comprado para proponerle matrimonio a una de mis ex novias. Luego la relación no resultó, tú sabes. Iba a usarlo luego para proponerle a mi ex esposa, pero le gustaban las alianzas de plata, quién sabe por qué. Así son las mujeres, ¿verdad? Pero hay que dejarlas contentas…
A Harry cada vez le gustaba menos ese hombre. No le dejaba emitir palabra, y se la pasaba divagando sobre cosas sin importancia. Sabía que tendría que interrumpirlo si quería llegar a donde necesitaba llegar.
-Así que bueno, jamás se casaron –concluyó él-. Pero eran buena gente, te lo aseguro.
-¿Han estado involucrados en algún accidente? –preguntó Harry-. Una explosión, quizá…
El señor Begley se quedó pensativo, mientras fumaba recostado en su silla.
-No, no realmente. Tenemos excelentes estándares de seguridad aquí. No hay accidentes. Lo único que no terminaba de cerrarme de Jack, y mira que te repito que me caía muy bien el tipo, ningún problema. Ninguno en absoluto, excelente gente. Pero tú sabes, aquella pequeña cosa que me causaba un poco de mala sangre, era esa obsesión que tenía con el triangulito este tan famoso. Siempre andaba llevando sus colgantes del triangulito, hablando de eso, y yo no soy ese tipo de magos. A mí me gustan las cosas terrenales, reales, siempre los pies en la tierra…
-Disculpe, señor. Creo que no lo entendí bien. ¿De qué triángulo habla?
-Bueno, tú debes saberlo bien –y lanzó una carcajada-. Justamente es por ti que se hizo tan famoso ahora últimamente. ¿Cómo se llama? Esa cosa. Las cosas de la muerte esa, no me sale la palabra.
-¿Las Reliquias de la Muerte?
-Sí, sí, eso. No es más que una leyenda para mí. Ahora claro se hizo muy famoso de vuelta gracias a ti, que mataste al Innombrable con la varita esa. Pero el muchacho este, Jack, era un fan también en su tiempo. Siempre hablando de eso.
-Supongo que simplemente a algunos magos les gustaba la leyenda –dijo Harry, en tono conversacional, aunque por dentro estaba reflexionando sobre esa información.
-Sí, claro, Jack era muy fan. Él tenía una de ellas, o eso decía. Tú sabes, muchacho. Venía aquí a trabajar hablando de sus reliquias todo el día, a veces, y diciendo que tenía una en su casa. Eso suena raro, hace que la gente te mire raro. Por muy bueno que seas, no tardan en tacharte de embustero.
-¿Cuál decía que tenía?
-La piedrita, ¿cómo es? Bueno esa, la piedrita de la muerte.
-¿La Piedra de la Resurrección?
-Sí, sí, eso decía. Todo mentira, para mí. Así que ahí tienes, era medio embustero el tipo.
Harry se quedó pensativo unos instantes.
-¿Sabe algo más sobre la relación de Jack con la Piedra de la Resurrección?
-Nada. Puras tonterías. Decía que había sido el trabajo de su vida buscar las cosas esas, y que había conseguido esa, la piedra, y que estaba en tratativas con el Ministerio o no sé quiénes para entregarla a un museo, al Departamento de Misterio, o no sé qué. Fue una época en realidad, ahora que recuerdo. No habló más de eso después. ¿Es importante?
-Tal vez –reflexionó Harry-. Si fuera verdad, claro.
-Imposible. Puras tonterías –repitió él-. Y no sé qué tanto más pueda darte, muchacho. Jack era un hombre bueno, y sencillo. Es una pena lo que le pasó… Ahora que lo pienso, tengo que irme ya. Tengo que hacer unas compras de mercadería, con tu permiso. Pero eres bienvenido cuando quieras, Harry Potter. Un placer que visites mi fábrica.
-El placer es mío, gracias por recibirme –Harry se puso de pie y le estrechó la mano. Estaba por irse cuando el mago lo detuvo.
-Oye, espera un segundo –dijo. Harry tragó saliva, nervioso. ¿Iría a preguntarle si tenía autorización del Ministerio para ir a interrogarlo? El señor Begley abrió un cajón y rebuscó hasta sacar un objeto. -¿Me puedo sacar una foto contigo? Para poner aquí, en la oficina –le sonrió de una forma exagerada, con su tupido bigote gris curvado en su cara redonda.
Harry se apareció al regreso. Una fuerte tormenta se desató justo cuando abandonaba el lugar, tal como le habían dicho. Un fuerte viento con agua lo golpeó con intensidad instantes antes de desaparecer, y cuando reapareció en Hogsmeade se encontró con un cielo también gris, pero sin lluvia. Entró en su casa, se secó con la varita hasta quedar con la ropa seca y cálida, y dejó la escoba en el recibidor.
Se sirvió un café y se sentó a la mesa, pensativo. Bebió un par de sorbos, sumido en pensamientos, y entonces se incorporó, fue hasta su habitación y abrió un cajón. Sacó del interior de un calcetín la Piedra de la Resurrección y se la quedó mirando. Sus intentos de destruirla habían fallado. No tenía idea de qué hacer con ella. Pensaba que era peligrosa, quería evitar usarla nuevamente, por muy tentador que fuera, porque le daba miedo que pudiera traer algún peligro. Era más difícil resistir la tentación de usarla teniéndola allí entera y sin un rasguño. Si pudiera destruirla, le facilitaría las cosas.
Se la quedó mirando pensativo, acariciando su superficie con los dedos pulgar e índice.
En ese momento, Stripy ingresó por la ventana a toda velocidad. Veía tan rápido que pasó a través de la habitación como un rayo y antes siquiera de ver la pared opuesta se chocó contra ella y cayó patas arriba sobre la cama.
-Hola, Stripy –Harry guardó la piedra de nuevo y se acercó a su lechuza, que venía con la edición del día de El Profeta-. Tienes que empezar a tener más cuidado, amiguita, vas a lastimarte.
Le acarició el lomo y le quitó el periódico. Lo llevó hasta la cocina y se sentó a la mesa. Dejó el periódico sobre esta y tomó la taza de café. Estaba por llevársela a la boca cuando vio el titular.
La taza se le deslizó de entre los dedos, cayó al suelo y se hizo añicos.
El titular de El Profeta era "CUIDADO MUNDO MÁGICO, PORQUE LAS MUERTES SOLO ACABAN DE COMENZAR. EL CAZADOR DE BRUJAS."
El corazón de Harry empezó a latir a toda marcha. Sintió cómo la sangre subía a su cabeza y esta empezaba a marearse.
Un escalofrío le recorrió toda la espalda y le erizó los pelos de los brazos. Aquel titular no había sido escrito por ningún periodista, había sido escrito por el mismísimo Cazador de Brujas. Ocupaba casi toda la primera plana, junto con una foto de lo que sin dudas era un cadáver. Todo el resto de la primera plana parecía normal, como siempre había sido la primera plana de una edición de El Profeta.
Harry se sujetó a la mesa y trató de no sentir pánico. En ese preciso momento, la lluvia llegó también a Hogsmeade, de súbito, y en cuestión de segundos el diluvio golpeó el techo de la casa de Harry y el viento azotó las ventanas. Las manos de Harry temblaban mientras abría el periódico y pasaba las páginas llenas de artículos normales hasta llegar a la página doble de la noticia central.
