¡Hola!
¡Vuelvo con más! Ains, si es que me encanta Hans, adoro escribir centrándome en su punto de vista xD Me está resultando muy divertido jaja
Bueno, no me entretengo, os dejo leyendo y ya más abajo os cuento más cositas jaja
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 3
Aquella misma noche se cumplía un año de todos los acontecimientos ocurridos en Arendelle. Un año desde que estuvo a tan poco de convertirse en rey y sin embargo acabó siendo la desgracia de su familia. No es que ser la desgracia de la familia le importara mucho en ese momento.
Curiosamente, también esa misma noche se cumplían seis meses de su escape de la celda de las Islas del Sur. Por seguridad debía mantener silencio cada vez que escuchaba comentarios al respecto y no revelar su identidad, pero también reconocía que cada vez le costaba más. Quién le iba a decir que Hans Westergard, ex-príncipe de las Islas del Sur, iba a obtener reconocimiento y fama a través de su misteriosa desaparición.
El hecho de que su escape hubiera dejado a la altura del betún a su país y su familia sólo aumentaba su ego. Por otro lado, eso hacía mucho más frustrante saber que por fin había hecho algo de renombre y no poder decir que había sido él. A fin de cuentas, era mucho más seguro que la gente pensara que habían sido sus hermanos quienes le hicieron desaparecer a que aumentara su leyenda contando historias sobre grandes escapadas y ser, si cabe, más perseguido.
De cualquier forma, en la realidad, había comprendido, nada de eso importaba. La fama no le daba de comer, ni la repercusión de sus actos le aseguraba una cama donde dormir por las noches. Cuando escapó, consiguió colarse de polizón en uno de los barcos rumbo al continente. Quizá fuera porque estaba acostumbrado a ser invisible para su familia que había sido capaz de completar el trayecto sin ser descubierto. Aunque en malas condiciones, había podido dormir agazapado en un rincón, y no le había faltado comida que sacaba del almacén sin que nadie se diera cuenta.
Muy distinto fue su destino una vez que puso un pie en tierra. Sin un centavo, sin un nombre con el que respaldarse y acostumbrado a la vida que llevaba de príncipe. Decir que había pasado hambre y penurias era quedarse corto. Como príncipe, estaba acostumbrado a tener de todo… de todo material. Como donnadie no tenía absolutamente nada. Tampoco sabía cómo ganarse la vida entre la gente común y había tenido que aprender a base de esfuerzo y numerosas palizas recibidas tratando de proteger las pocas pertenencias que había logrado reunir tras días de trabajos mal pagados.
Finalmente, tuvo que tocar fondo para ver la luz. Adolorido tras otra paliza, agazapado en un callejón mugriento sin un techo bajo el que cobijarse de la tremenda lluvia torrencial que estaba cayendo y con un miserable mendrugo de pan duro. Justo cuando pensaba que no tenía nada, comprendió que podía tenerlo todo. Era inteligente y gracias a su antiguo estatus real había obtenido una gran educación. Tal vez no supiera nada de combate cuerpo a cuerpo, pero sí esgrima. Podía suplir sus grandes carencias para la vida real con otras habilidades. Podría salir de esa.
Y así, Hans se convirtió en un experto estafador. En el mismo momento en que ganó lo suficiente como para granjearse una espada, todo su miedo se esfumó y supo que podría hacerse un hueco en la sociedad de los bajos fondos. Sabía que no debía enorgullecerse de su nuevo oficio pero, no podía evitarlo, sabiendo que seis meses atrás su futuro se limitaba a seguir admirando los barrotes de su celda. En definitiva, se había rehecho a sí mismo y no podía estar más feliz por ello, por todo lo que había logrado con su propio esfuerzo.
No obstante, ese no era momento para rememorar tiempos pasados. Se encontraba en uno de los muelles de carga de la capital del reino de Wesselton. Él, junto a un grupo de hombres, esperaba un cargamento importante de artículos de contrabando. Hans por su parte, prefería mantenerse alejado del resto. Pese a todo, no le gustaba relacionarse con esa clase de gente, y por otro lado, también le daba un aire de superioridad al resto. A fin de cuentas, él había sido el principal encargado de la organización del envío, se merecía un respeto.
Había algo en el ambiente que no terminaba de encajar. Y no era la ansiedad de esperar que todo salga bien para no meterse en problemas con gente más poderosa que él… de momento. Tenía un mal presentimiento.
Sus sentidos de agudizaron en cuanto la barcaza que traía la mercancía se acercó al muelle. Instintivamente agarró con fuerza el mango de su espada dispuesto a desenvainar en cualquier momento. Iba a tan poca velocidad que chocó contra el suelo elevado de madera y se quedó allí parada.
Tras unos segundos en los que no ocurrió nada, Hans alzó levemente la cabeza indicando a sus hombres que se acercaran a recoger la mercancía.
Todo ocurrió muy rápido. Antes de que pudieran reaccionar, de la barcaza comenzaron a desembarcar soldados de la guardia de Wesselton que habían permanecido escondidos. El resto de contrabandistas sacaron sus armas dispuestos a defenderse pero desde su posición, Hans podía ver el resultado claramente. Les superaban en número y contaban con el factor sorpresa y un plan de ataque.
El ex príncipe sabía que sólo había una salida. Huir como el criminal sin escrúpulos ni principios en el que se había tenido que convertir. Se escabulló hasta la salida aprovechando que no había sido descubierto todavía, pero su suerte duró poco. A la entrada del puerto un nuevo grupo de soldados se estaba preparando para el ataque en caso de necesitar refuerzos. Definitivamente era un ataque que llevaba planeado bastante tiempo.
Dio media vuelta y salió corriendo en otra dirección, pero había alertado a algunos soldados que decidieron perseguirle. Comenzaba a conocerse el puerto como la palma de su siempre enguantada mano, pero sabía que con los soldados pisándole los talones sería imposible librarse de ellos sin pelear.
Desenvainó su espada y se volteó con tanta rapidez que el primero de los soldados no pudo evitar el estoque. Ahora que tenía que enfrentarse a sólo dos a la vez se sentía más confiado.
El primero de ellos se abalanzó sobre él, pero Hans fue capaz de desviar su espada. Antes de poder devolver el ataque, tuvo que defenderse del otro soldado quien atacó su costado. Con uno a cada lado, atacar iba a resultar muy complicado.
Realizó un barrido a su izquierda para obligar al soldado de aquel costado a retirarse. Esto le permitió lanzar un ataque al de la derecha, pero este estaba preparado y lo esquivó. No obstante, Hans pudo propinarle una patada y lanzarlo al suelo justo en el momento en que el otro le atacaba a él. Hans logró esquivarlo y aprovechó la apertura del soldado para propinarle una estocada en el costado.
Mientras este se adolecía le empujó contra su compañero que ya se estaba incorporando y ambos cayeron al suelo.
Tras de ellos, Hans pudo ver otro grupo de soldados acercándose así como a otro más dirigiéndose hacia allí a través de un callejón. Supo que si no escapaba rápido se vería acorralado. Entre tantos enemigos, ni siquiera la poca visibilidad que ofrecía la noche le iba a beneficiar.
Se adentró en una zona del puerto que apenas conocía, mas no le quedaba otra opción. Tras unos minutos jugando al gato y al ratón en los que no consiguió darles esquinazo se encontró aquello que más temía. Un callejón sin salida.
Trató de dar media vuelta pero no tuvo tiempo de esconderse al paso de dos soldados y estos dieron la voz de alarma mientras le acorralaban en el callejón.
Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, dispuesto a atacar si era necesario. No tenía intención de morir en un callejón apestoso del horrible Wesselton. No obstante, ninguno de los soldados parecía querer atacarle. Simplemente se limitaban a cortarle el paso, defenderse de cualquier ataque y esperar.
Con el paso de los minutos, otros cuatro soldados más entraron al callejón. Hans sabía que no tenía escapatoria posible y que estaba acabado. Sin embargo, no pensaba soltar su espada y darles la mínima oportunidad de matarle fácilmente. Cuando se abalanzaron sobre él, se defendió con uñas y dientes mas en tal inferioridad, bastaron unos segundos para que acabara desarmado, magullado y arrodillado en el suelo.
―Hans Westergard, ¿quién lo hubiera dicho? ―escuchó una voz tras los guardias que le vigilaban.
El mencionado no pudo evitar una mueca de desagrado. Conocía aquella voz y no precisamente de su nueva vida. Se permitió un segundo para componer su semblante seguro y arrogante.
―Dorian Beilmann, ¿qué te trae por aquí a estas horas? ¿No deberías estar acunado junto a tu querido rey? ―le preguntó con burla.
El mencionado se abrió paso entre los soldados. Era un hombre joven, poco mayor que el propio Hans, rubio, con unos pequeños ojos azules y algo más alto que el pelirrojo. Vestía de forma elegante pero cómoda, completamente de negro y con la insignia de Wesselton bordada en el pecho. Le constaba que era bastante apuesto o eso solían decir las mujeres de él.
Hans y él siempre se habían profesado un terrible odio mutuo. Se conocían de las numerosas fiestas y eventos entre reinos en los cuales solían competir tiempo atrás y desde entonces su rivalidad había sido insana.
Dorian era la mano derecha del rey Egbert de Wesselton y ante la falta de descendencia de este, al menos reconocida, todos daban por hecho que también sería el sucesor al trono. Y esto, siempre se había encargado de recordárselo a Hans.
Sin perder una sonrisa de satisfacción, Beilmann se colocó a la altura de Hans sabiendo que este no podía hacer nada sin acabar abatido por el resto de soldados. Se cruzó de brazos, complacido.
―Me pregunto qué debería hacer contigo… ―dijo este, disfrutando del momento.
Hans le observó con seriedad, no tenía intención de entrar en su juego. Estaba harto de entrar en juegos de nadie, incluso en los suyos propios.
―Estás deseando matarme, Dorian, no sé a qué viene perder el tiempo.
―Oh, ¿así piensas? ¿Y si prefiero encerrarte y proclamar a los cuatro vientos que he sido YO quien te ha atrapado? A tu familia le encantará…
―Es otra opción ―afirmó Hans con desinterés.
La sonrisa de Dorian permanecía allí, impasible. Hans deseaba poder borrársela de un puñetazo. Era odiosa.
―Guardias, apresadle y llevadle al calabozo. Seguro que sabremos darle alguna utilidad al ex príncipe.
Dos de los guardias tiraron con fuerza de él, levantándole y llevándoselo casi a rastras. Poner resistencia era inútil, por lo que decidió aceptar su destino y caminar con desgana.
Tan sólo se permitió lanzar una mirada cargada de odio hacia su reconocido enemigo eterno aun sabiendo que no serviría de nada. Este se la devolvió con confianza desbordante. Por alguna razón, aquello no presagiaba nada bueno.
Observó las esposas que se habían negado a retirarle con desagrado. Por si ya fuera poco suplicio volver a estar en una celda. Esta era incluso más pequeña y sucia que la que había habitado en las Islas del Sur. Además, las esposas estaban algo oxidadas y no sólo le rasguñaban las muñecas sino que también sentía la herrumbre pegándose a su piel.
Se dejó caer en el suelo, estaba en mejores condiciones que el catre, y suspiró con desgana. En prisión de nuevo. Quizá había nacido para eso. Justo cuando empezaba a rehacer su vida volvía a caer en el hoyo. Por otro lado, tampoco podía sorprenderse. Definitivamente, tratar de hacerse un hueco en el mundillo del contrabando y la estafa había sido una mala idea.
Pero… ¿qué otra cosa podía hacer? Había crecido siendo educado para ser un príncipe, un político, un líder, cosas por el estilo. Al parecer, simplemente estaba destinado a fracasar en todo. Si no hubiera intentado apoderarse de Arendelle ahora mismo seguiría siendo el olvidado decimotercer príncipe, pero al menos estaría durmiendo en una cama mullida libre de piojos y suciedad.
Sacudió la cabeza tratando de olvidar esos pensamientos. Cada vez que rememoraba Arendelle le asaltaban sentimientos negativos y deprimentes y prefería que eso no ocurriera en una situación que ya de por sí lo era lo suficiente.
Que sus actos habían sido reprobables y horribles era algo que ni él mismo podía negar. Eso no significaba que quisiera darle vueltas al asunto, precisamente, porque no quería reconocer que había actuado de tal forma. No es que no se arrepintiera, es que no estaba preparado para asumir la gravedad de sus actos.
Él sólo quería salir de las Islas. Ser alguien. Demostrar que YA era alguien, ¿acaso era eso mucho pedir? Al parecer sí, viniendo de su familia. Jamás, en todos sus años de vida, ninguno llegó a ver realmente quien era y en lo que se estaba convirtiendo. Bastaba haberle prestado un poco de atención y nadie se hubiera sorprendido de que hubiese sido precisamente él quien intentó todo lo que ocurrió con las princesas de Arendelle.
Sacudió la cabeza de nuevo y esta vez se levantó. Caminó por su diminuta celda, en apenas dos pasos la había cruzado entera, tenía que borrar esos pensamientos de su mente, pensar en otro tipo de cosas. Como siempre, recurría a su pensamiento estrella: Haberle destrozado a Harris la posibilidad de cortejar a la Reina de Arendelle. De cualquier forma, hubiese sido imposible para él. No era rival para ella. La imaginaba con una de sus educadas sonrisas rechazándolo con contundencia por culpa de su hermano menor.
Esto por fin le sacó una sonrisa. Nunca fallaba para animarle.
Una vez más relajado, pudo por fin observar su alrededor y descubrir algo bastante llamativo. Su celda poseía barrotes y podía ver a través de ellos el estrecho pasillo, de apenas un metro, que la separaba de la celda de en frente. El resto de ellas no lograba verlas pues había una gran separación entre unas y otras.
Lo llamativo de la celda frente a la suya es que esta era diferente. La puerta no era de barrotes, sino un férreo portón de casi diez centímetros de grosor cerrado por varios candados. Apenas tenía una pequeña puertecilla corredera en el medio por la que dejar pasar la bandeja con la comida y una apertura con un cristal de un grosor desmesurado en la parte de arriba.
Escuchó de detrás de esta un leve grito, totalmente aplacado por la gran mole de hierro que les separaba y apenas entendible. Pero incluso dudándolo mucho, aquel grito parecía que pronunciaba su nombre.
Aferrándose a los barrotes de su celda se colocó de puntillas para ver mejor a través del cristal del portón metálico. Apenas podía ver algunos rasgos del rostro de una persona. El flequillo de un rubio tan claro que parecía blanco y una piel tersa y clara. Pero fueron sus ojos los que le dieron la pista definitiva.
Boquiabierto, caminó hacia atrás hasta casi tocar la pared contraria de su celda. Conocía de sobra esos profundos ojos azules. Le habían perseguido por sueños y pesadillas durante un año. No cabía duda, encerrada en la celda frente a él, en el país de Wesselton, se encontraba la Reina de Arendelle.
―¿E-Elsa? ―fue capaz de articular.
Definitivamente el mundo se había vuelto loco, o quizá el que se había vuelto loco era él.
Continuará...
¡Ayyy! ¡Por fin están nuestros "Helsa" en la misma sala! jajaja Tengo grandes planes para los dos próximos capítulos, de momento claro xD después de introducir un poco al personaje de Hans ahora empieza lo bueno ^^
Me imaginaba que el capítulo pasado no iba a tener tan buena aceptación como el primero, aun así, era importante porque más de uno de los hermanos saldrá más adelante. Por eso mismo, muchas gracias por pararos unos minutillos y dejarme un review con vuestras impresiones, A Frozen Fan, Maggie Westergard y Kiks Cullen,
Si tenéis cualquier duda, sugerencia, crítica constructiva, o cualquier comentario respecto al capítulo o la historia os agradecería que me dejárais un review, siempre vienen bien para saber qué es lo que más gusta o menos o donde tengo que mejorar, y también para saber si la gente sigue interesada en la historia.
Bien! Hoy la nota de autor ha sido cortita jaja
Me despido ya!
Un saludo!
Almar-chan
