Cosas raras que se le ocurren a gente como yo a mitad de la noche. No sé, estaba leyendo y de alguna manera mi cuerpo decidió que abriera el wordpad y escribiera esto. El principio salió fácil, como lubricado, sí, dije lubricado. El final no tanto. Gracias lectora esta-vez-nocturna, me encanta el nombre Jack. Cada vez me tienta más escribir más de quinientas palabras por drabble, pero termino repitiéndome, estos son drabbles de los hermanos Dixon y nada más, nada más... ¡octavo drabble!


Jodidos todos

Eran dos, quizás tres. En ese momento no pudo saberlo a ciencia cierta. Pasó tres minutos asimilando la noticia que su padre le había dado. Estaba sin aliento, la calma que aparentaba se había transformado en tragedia. No era que su madre no haya estado en el hospital antes, pero nunca había estado en estado tan grave. Caída en coma, por el amor de dios, eso sí que era grave.

Meditó un rato más antes de golpear la puerta del remolque. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? Esa era su maldita casa y ahora estaba golpeando la puerta. No, no, no. Era inaceptable. Sin embargo no tuvo tiempo de sacar la llave. Una señora con gafas y cabellera entrecana le abrió y le indicó que pasara.

Mierda, eso si que era el colmo, que lo invitaran a pasar a su propia casa.

La anciana saludó y él simplemente no pudo responder. La rabia le carcomía, desde el cerebro hasta la garganta, quitándole la habilidad del habla.

— Agua — alcanzó a decir.

Vió como la mujer llenaba un vaso y se lo daba. Lo tomó de un solo trago.

— Daryl.

— Daryl se ha ido con James, están explorando el campamento.

James, ese viejo jodido. Lo quería tanto y no lo veía desde hacía años. De pronto recordó todo, la mujer que tenía delante era su abuela.

La miró y ella le devolvió la mirada, entendiendo todo a la perfección.

— ¿Sabes lo de mamá? — preguntó, pero en realidad no quería hacerlo.

— Es por eso que estamos aquí, mi niño. La vida es muy corta y no sabemos si estaremos aquí mañana. Tu madre nos ha prohibido aparecernos por aquí, pero ahora ella no puede decir nada, ¿no? — le dijo acariciándole una mejilla. Merle cerró los ojos. — Te prepararé un té — dijo y comenzó a echar agua a una caldera, mientras sonreía.

Merle notó que la mano ya no lo acariciaba y resopló. Su madre no se había ganado ni el afecto de su propia madre, y la muy perra había conseguido que Daryl preguntara por ella, siempre. Qué familia tan jodida, pensó. Jodido Daryl, jodida su madre y su padre, jodidos estos viejos. Jodidos todos.