19. El espionaje
Harry se quedó allí, aferrando uno de los brazos de Ron, en shock.
-¡No está muerto! –gritó alguien.
Harry giró la cabeza y miró a la persona que se acercaba, levantando una mano a su familia, mirando en especial a la señora Weasley.
-¡Mamá, espera! Ron no está muerto. Lancé un escudo y estoy seguro que dio en el haz de luz.
-Dios mío, Percy –la señora Weasley se acercó a su hijo y le dio un abrazo fuerte mientras rompía en llantos-. ¡Lo salvaste! –añadió. Harry no entendía bien lo que estaba explicando Percy, pero la señora Weasley solo necesitaba que alguien dijera que Ron no había muerto para evitar desmoronarse, y Harry también.
-¿Estás seguro? –el señor Weasley corrió junto a Harry y se puso de rodillas, junto a Ron-. Percy, no tiene pulso.
-¡No, pero está bien! –se apresuró a decir Percy, que también estaba en shock, pero seguro de sus palabras-. Así es como funciona. Aprendí este escudo hace unos años, y estoy seguro que lo lancé a tiempo. Golpea el haz de luz y anula el efecto de cualquier hechizo, incluso un Avada Kedabra. Eso no quiere decir que no le haya hecho nada, ¡pero les aseguro que no ha muerto!
-Rápido, que alguien llame a los médicos –dijo Ginny. Entonces empezó a hacer señas con los brazos a las demás personas del campo de juego, pero varios médicos ya estaban yendo hacia allí corriendo.
-¿Qué le ha pasado? –dijo el médico que llegó primero, agachándose también junto a Ron, que estaba inconsciente y con la mirada perdida.
-Un Avada Kedabra. Pero lo bloqueé con un encantamiento escudo, lo metí justo en el medio del rayo de luz antes que lo golpee –dijo Percy-. Estoy seguro de que lo hice bien. El hechizo le dio, pero a través del escudo.
-Entonces puede que viva, pero solo si actuamos rápido –dijo el médico. Se puso de pie con prisa y conjuró una camilla en el aire, y con la ayuda del segundo médico en llegar al lugar, levantaron a Ron con sus varitas y lo colocaron con cuidado en ella-. ¡Rápido! Necesitamos trasladarlo a San Mungo urgente. Que vengan dos familiares, no más.
El señor y la señora Weasley se acercaron a ellos. Los magos alzaron sus varitas y conjuraron un círculo en el aire. De pronto, todos ellos, Ron en su camilla, y el señor y la señora Weasley, desaparecieron.
-¿Qué fue eso? –dijo Ginny, sorprendida.
-Es una aparición grupal por medio de varita –explicó Percy-. No muchos magos están autorizados a hacerla. En el caso de los médicos de San Mungo, para casos de emergencias pueden hacerlas en casi cualquier sitio, y no se ve afectada por encantamientos protectores anti aparición.
-¿Estará bien Ron? –dijo Hermione, acercándose, consternada-. ¿De verdad pudiste bloquear el hechizo, Percy?
-Sí, estoy seguro.
-Bien, qué bueno que supieras hacer eso, porque yo no sabía que se pudiera –dijo Harry, muy nervioso-. Ahora que ya se lo llevaron a San Mungo, creo que todos debemos marcharnos rápidamente de aquí.
Se miraron todos entre sí y asintieron.
-Vamos a La Madriguera –dijo Charlie.
Los cinco caminaron rápidamente hacia la salida del estadio, mirando nerviosos a su alrededor. Mucha gente salía corriendo despavorida, luego de haber visto la segunda aparición del Cazador de Brujas.
-Creo que podremos desaparecernos a partir de aquí –dijo Percy cuando habían salido del estadio. Charlie, Ginny y él giraron cada uno en su lugar, desapareciendo.
-Yo te llevo –Harry extendió la mano hacia Hermione, y ella se la apretó con fuerza. Harry giró en su lugar y ambos desaparecieron.
Pronto estaban en el campo que rodeaba La Madriguera. Avanzaron hasta llegar a la entrada, junto a los otros tres, y una vez dentro se dejaron caer en unas butacas.
Harry respiraba con dificultad. Todo lo que acababan de vivir era muy intenso, y aún estaba en shock.
Ahora, sentado allí en una butaca en La Madriguera, se sentía extraño. Se preguntó si debían ir a San Mungo a ver a Ron, pero recordó que los médicos habían pedido solo dos familiares.
Harry miró a Hermione, que estaba a su lado. La chica lloraba en silencio y le devolvió la mirada cargada de shock también. Sintió deseos de acercarse a ella y abrazarla para consolarla. Entonces, miró enfrente y vio, en la butaca de adelante, a Ginny, que tenía la mirada perdida en el piso. Charlie estaba sentado junto a ella y miraba a Harry muy serio.
Percy regresó junto a ellos con una bandeja con pan de gnomos y jugo de calabaza y la dejó en una mesita entre ellos.
-Coman algo, chicos –dijo, tomando asiento él también-. Esperemos a que mamá y papá vuelvan y nos digan cómo está Ron.
Se quedaron en silencio, todos aún en shock.
-¿Tienen encantamientos protectores aquí? –preguntó Harry, levantando la mirada hacia Percy. Este asintió con la cabeza, devolviéndole la mirada.
Harry vio que Hermione estaba muy mal. No dejaba de llorar y temblaba un poco. Le echó un rápido vistazo a los demás, tragó saliva, se puso de pie y fue hasta su butaca. Se sentó junto a la chica y la abrazó. No le importó lo que pudieran pensar los otros, sabía que ella lo necesitaba en ese momento.
Ginny se puso de pie y se marchó.
-Estoy bien –le dijo Hermione, apartándolo un poco.
-¿Dónde están George y Evangelina? –quiso saber Harry. Percy y Charlie no respondieron de inmediato.
-Habrán ido a su casa –dijo Percy-. Están viviendo juntos. En casa de George.
-¿Con Ron?
-No, no. Ron se fue. Ahora alquila un departamento cerca de allí.
Harry se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo sin ver a los Weasley. Había muchas cosas de las que no se había enterado.
Luego de lo que pareció una eternidad en la que todos estaban allí, en silencio, Harry abrazando a Hermione y los Weasley casi sin dirigirse palabra, se escuchó un ruido en el jardín y el señor Weasley entró pisando fuerte en la habitación. Tenía cara de estar muy estresado. Todos los presentes se pusieron tensos en sus asientos.
-Dicen que se recuperará –dijo, ni bien entró, mirando a sus hijos-. Va a lograrlo.
Todos suspiraron aliviados. Charlie cerró los ojos con fuerza y se relajó en su asiento.
-Todos gracias a ti, hijo –el señor Weasley se acercó a Percy y le dio un fuerte abrazo.
-Está bien, papá –dijo él-. Por suerte había estado entrenándome en ese hechizo.
-Un hechizo que no cualquier mago puede hacer –dijo el señor Weasley-. Los médicos estaban sorprendidos de que haya bloqueado un Avada Kedabra. Dijeron que el mago que lo hubiera conjurado tenía que ser un mago muy excepcional.
-Bien. Me alegro que haya funcionado –dijo Percy, con humildad.
-Aun así, sigue inconsciente –dijo el señor Weasley-. Está vivo, pero su corazón no late. Lo están manteniendo latiendo artificialmente mediante magia, y dicen que va a recuperarse, pero no hay forma de saber cuándo. Podría ser mañana, pasado, en un año…
Todos quedaron atentos, escuchando con temor.
-Está en una especie de coma –dijo el señor Weasley, con tristeza-. Nos aseguran que se tiene que recuperar, que no será para siempre. No ha habido muchos casos de esto, pero en los que ha habido han tenido resultados muy distintos. Algunos despiertan a la semana, otros luego de unos meses, y algunos han tardado años.
-¿Existe la posibilidad de que nunca despierte? –preguntó Charlie, preocupado.
-Los médicos dijeron que sería muy raro que no despierte. Nos aseguran que sí, que tiene que despertar. Solo que no saben cuándo.
Todos quedaron en silencio, conmocionados por las noticias. Ron no iba a despertar. No era tan sencillo como había explicado Percy. Si bien Harry nunca había oído de tal encantamiento escudo que al lanzarse contra el haz de luz de un hechizo este anulara el efecto, el efecto esperanzador de las palabras de Percy lo habían hecho ilusionarse de que esa noche estaría Ron a su lado, animado y entusiasmado de aparentemente volver a ser su amigo.
-¿Mamá se queda allí? –preguntó Charlie, poniéndose de pie.
-Sí, sí, conoces a tu madre –dijo el señor Weasley, abatido y nervioso-. No se moverá de allí hasta que lo vea despertarse. Ayúdame a preparar algo de comida, hijo, así le llevo a la sala de espera. Yo también pasaré la noche allí.
-Iré contigo –dijo Charlie-. Y Bill acaba de escribirme, está yendo para allá también.
-Ya preparé la comida –dijo entonces Ginny, apareciendo desde la cocina con un tupper bajo el brazo y mirando a su padre y hermanos-. Vamos.
Harry y Hermione se miraron fugazmente.
-¿Vienen, chicos? –les preguntó el señor Weasley.
-Está bien, no queremos meternos –dijo Hermione, nerviosa, lanzándole una mirada rápida a Ginny-. No queremos molestar. Manténgannos informados, por favor.
El señor Weasley iba a replicar, pero vio de reojo a Ginny y pareció reconsiderarlo.
-No se preocupen, chicos, les avisaremos cómo está Ron en cuanto tengamos noticias.
Todos caminaron hacia el exterior de la casa y se desaparecieron.
Esa noche, Harry se quedó despierto hasta tarde, contemplando la luna llena desde la ventana en el estar de su casa. Era imposible dormir. Tenía su cuaderno de anotaciones sobre las piernas, una pluma en la mano y la mirada perdida en el cielo nocturno. Algunas anotaciones que había hecho lo habían dejado pensando. Hermione había querido quedarse con él, a dormir, y la escuchaba respirar dormida por la puerta abierta hacia su habitación.
Harry entrecerró sus ojos, empezando a dibujar garabatos en el papel. Había tantas cosas a las que quería encontrarle sentido…
Caminó hacia la cocina y se hizo un café, mientras le daba vueltas a sus pensamientos. Se sentó a la mesa y lo bebió despacio mientras iba con su mente de un lado hacia otro. Del verano a la playa, de ahí a Hogwarts, de allí a Oxford y al campo de Quidditch en Londres.
De a poco, algunas cosas que sus profesores le habían estado diciendo en la Academia volvían a él, en forma de frases.
"Las motivaciones de los magos oscuros pueden ser tan complejas como indescifrables", le había dicho un profesor. Y Harry se preguntaba por qué el Cazador de Brujas estaba matando magos y brujas. Por qué. Esas dos palabras le hacían eco en la cabeza. "¿Por qué?"
Harry miró por la ventana y nuevamente fijó sus ojos en la luna llena. Tomó otra serie de notas en su cuaderno, y siguió pensando.
"Los nombres en clave suelen ser solo una distracción". Harry recordó a Voldemort. Se hacía llamar Lord Voldemort… y no era para nada un Lord. Un Lord era, en Inglaterra, alguien con un poder y autoridad oficializados por la Corona Británica. El significado de la palabra había sido igual en el mundo mágico. Obviamente, Voldemort nunca había tenido tal cargo. Se había autonombrado de esa forma para intimidad, para asustar.
"El Cazador de Brujas". ¿Qué podía significar aquello? Ni siquiera mataba brujas. La mayoría de sus víctimas eran magos hombres.
Harry hizo otras anotaciones, mientras pensaba y bebía su café apurándolo a más velocidad que antes. Otras frases estudiadas en la Academia venían a su mente.
"En general, un mago oscuro puede querer algo e invertirá todo su esfuerzo en ello". Harry pensó en Voldemort y sus constantes planes: obtener la piedra filosofal, obtener un cuerpo propio, obtener la profecía, obtener el poder del mundo mágico, matar a Harry…
"Otras veces, sin embargo, si sus crímenes son públicos y parecen no conducir a ningún lado, puede que solo busque obtener un enfermizo reconocimiento público". Harry tomó nota de eso en su libreta, y junto eso anotó una serie de frases: "ocultamiento de identidad", "intento de mantener una misma línea" seguido por una flecha y la palabra "fallido", e "impulsividad".
Luego de eso, Harry recostó su cabeza en una mano y cerró los ojos unos instantes. La mirada de Evangelina le devolvió la mirada con una sonrisa macabra, y abrió sus ojos de nuevo.
"Sospechosos", anotó en su cuaderno, y seguido de eso algunos nombres: "Evangelina", "los Malfoy" y "Millan". Más abajo, tomó otra serie de apuntes en un apartado distinto, entre los que podía leerse: "Filch", "vecina de Oxford" y "chicas de Gryffindor".
Harry dejó su café sobre la mesa y se puso de pie. Entonces decidió cambiar su línea de pensamientos, y su mente fue hacia Ron. Su mejor amigo estaría en ese momento en una camilla en San Mungo, seguramente con algún dispositivo o magia conectado a su cuerpo de alguna forma, con varias personas llorando por él en una sala contigua.
Otra pregunta vino a su mente, quizás más intensa y preocupante aún que aquella que se había hecho antes, "¿por qué?". Ahora la pregunta se formulaba en su mente, pero con una variación: "¿Por qué Ron?"
Hasta ese día, lo del Cazador de Brujas no había sido personal. Claro que le había robado su varita, y ahora Harry usaba una nueva que había tenido que comprarse (que por suerte le respondía muy bien), pero eso no era suficiente para que hubiera sido algo personal. Simplemente le había robado a Harry porque era el maestro de la varita más poderosa de todos los tiempos, cosa que ahora ese mago oscuro ostentaba. Porque a Harry no le quedaba ninguna duda (si alguna vez la había tenido) de que el Cazador de Brujas era quien le había robado su varita. Ya no había forma de pensar que no fuera así: esa misma tarde había visto la Varita de Saúco, imposible de confundir con otra, en las manos del mago oscuro.
Pero ahora, con lo de Ron, sí era personal. Y la pregunta seguía en su mente: ¿por qué Ron? Era un campo de Quidditch lleno de magos y brujas. O su verdadera intención al seguir ese repentino impulso (muy probablemente no planeado al momento de diseñar su crimen, que había realizado con éxito momentos antes), había sido perjudicar a Harry de alguna forma, o a alguien de los que estaban junto a él, o Harry había sido elegido entre cientos de magos para sufrir un ataque espontáneo y distinto, casi al paso por fuera de su verdadero plan, con la gran casualidad de que justo le había tocado sufrirlo a él.
Era evidente que se trataría de la primera opción. Pero, ¿por qué? Una posibilidad era por Voldemort. Harry lo había destruido. Podía tratarse de un seguidor que quería venganza.
Aunque quizás había otras opciones…
Harry se puso a tomar notas en su cuaderno nuevamente, pensando a toda velocidad. Cuando terminó, llevó su pluma hacia donde estaban los tres nombres que había anotado bajo el subtítulo "sospechosos", y subrayó con fuerza el que decía "Evangelina".
Los siguientes días, Harry estuvo muy unido a su capa para hacerse invisible. El plan consistía en una serie de espionajes. Los primeros días tendrían lugar en Sortilegios Weasley, luego en donde sea que esas investigaciones lo llevaran. La idea era seguir de cerca a esa chica, Evangelina, en todo momento. Harry estaba decidido a convertirse en su sombra, en espiarla hasta en la intimidad de su casa. No descansaría hasta descartar a todos sus sospechosos, uno a uno desde el principal.
Cuando estuvo en Sortilegios Weasley, Harry no vio nada anormal. George se movía por la tienda, que aún era un éxito comercial, a toda velocidad reponiendo mercadería, atendiendo clientes y colocando estanterías de nuevos productos, entre otras cosas. Evangelina, por otro lado, aparecía por momentos para ayudarlo o para darle charla sobre cosas cotidianas. Harry se enteró que la chica era de Buenos Aires, Argentina, y que vivía allí con su familia desde toda la vida. Había asistido a una escuela de magia que quedaba en la provincia argentina de Córdoba y a la que iban todos los magos de los países del sur del continente.
Además de eso, la chica no hablaba mucho de sí misma. Parecía más bien interesarse en George, en su negocio y en los Weasley. Le preguntaba mucho por Ron, a quien habían ido a ver instantes después del partido. Por lo que hablaban, parecía que no habían ido de inmediato porque habían priorizado irse del estadio por miedo a que les pasara algo a ellos también.
Harry quiso ver si ella salía del negocio por momentos, si se iba sola a algún lado o hacía otras cosas, pero no parecía ser así. Además, se enteró que solo se estaba quedando en Inglaterra una semana más, y luego pasaría otras semanas en su país antes de poder regresar. Con frecuencia discutían la posibilidad de que se mudara de forma permanente a Inglaterra, pero daba la impresión de que no estaba convencida, ya que también le decía a George que él podía ir a Argentina de igual forma.
Esos días no arrojaron a Harry demasiado que sospechar sobre ella. Estaba desilusionándose bastante y empezando a creer que su primera impresión de ella había sido errónea, cuando decidió ir al siguiente paso y espiarla en la intimidad.
No se sentía muy ético, pero sabía que debía hacerlo para obtener información verdaderamente valiosa. Había vidas en riesgo, y Harry se sentía lo suficientemente profesional para poder hacer algo así de la manera correcta, de forma que, en su capa para hacerse invisible y aplicándose un encantamiento que reducía los sonidos que podía llegar a producir por error al caminar y moverse por el lugar; se metió en el departamento de George y pasó tres días viviendo en él y espiando a la pareja en todo momento.
Fue sumamente difícil: la chica se levantaba por la mañana, iba a la cocina, pasaba a centímetros de Harry sin saber que él estaba allí, para abrir la heladera y sacar algo de beber. Luego iba al baño, pasando nuevamente a su lado con el riesgo que implicaba para Harry que accidentalmente chocara con él; se daba una ducha, salía hacia el cuarto de George y se cambiaba allí. A veces George se levantaba más temprano para ir a administrar la tienda y la dejaba sola. Esos eran los momentos que verdaderamente le importaban a Harry.
Pero Harry quedaba desilusionado al ver que la chica los usaba para cosas triviales, como pintarse las uñas o cambiar con la varita el color de su pelo frente a un espejo.
Luego de dos días de verla compartir momentos con George, cocinar o pasar tiempo sola eliminando acné de su rostro con la varita, Harry decidió que se quedaría un tercer y último día y abandonaría ese rastro de la investigación.
El tercer y último día, cuando George le anunció cerca de las doce del mediodía que se iría por unas horas a hacer compras para la tienda, fue cuando Harry obtuvo su primer dato de valor. Evangelina, luego de quince minutos de estar sola en la casa acomodando su ropa, se sentó a la mesa con un pergamino y empezó a escribir una corta carta. Harry, que por más que tuviera puesto el encantamiento se esforzaba con todo su ser por no hacer ningún ruido, se acercó a ella muy lentamente por la espalda y leyó la carta por sobre su hombro. Esta decía:
Oli,
Estoy sola. Ven ahora, lo antes posible.
Ev.
Realmente era una carta muy corta, y a Harry empezó a latirle el corazón a toda velocidad luego de leerla. Quien sea que fuera Oli, estaría llegando al departamento de George en breves momentos, y lo haría rápido para que George no se enterara de su visita. Aquello podía ser exactamente lo que Harry necesitaba para averiguar más información y desentrañar la verdad detrás de esa chica.
Mientras la lechuza de la chica enviaba la carta, ella fue a la habitación y pasó unos breves momentos con su varita depilando sus piernas, algo que Harry no disfrutó de ver. Finalmente, alguien golpeó la puerta, y Harry se quedó de piedra en el rincón en el que estaba escondido, bajo su capa, esperando impaciente por saber la verdad.
¿Sería un cómplice de sus asesinatos? ¿O sería él el Cazador de Brujas, y ella su asistente?
Evangelina fue hacia la puerta, la abrió de par en par, se lanzó en los brazos del visitante y empezó a… besarlo alocadamente.
Harry tuvo que contenerse para no decir nada por la indignación. No era algún mago oscuro cómplice suyo en sus crímenes ni nada por el estilo, sino que era un amante.
Harry sintió pena por George. La chica y el muchacho (a quien no podía distinguirle la cara por la posición en que estaban) se besaban locamente, y era evidente que este no era George. Pero sí se veía familiar para Harry.
Casi pega un grito cuando se separaron: el amante de Evangelina era Oliver Wood.
¿Qué demonios estaba pasando ahí?
-Rápido, pasa –le dijo ella, mientras tiraba de él hacia adentro y empezaba a sacarle la camisa. Le sonreía y entonces le daba otro beso. Oliver Wood sonreía y le devolvía el beso.
-Segura que George no vendrá, ¿no es cierto? –dijo él, y algo en su voz indicaba que disfrutaba de aquello. Harry no pudo evitar sentir ganas de golpearlo en la cara. ¿Cómo era posible que Oliver le hiciera eso a George? Se suponía que eran amigos. Y Harry siempre lo había respetado como su entrenador de Quidditch y había estado contento de tenerlo como entrenador…
Lo siguiente no fue bonito de ver: Oliver desnudó a Evangelina en cuestión de segundos, la lanzó sobre la mesa que estaba justo delante de Harry, y Harry no tuvo más opción que quedarse allí donde estaba observando una escena que hubiera preferido no tener que presenciar, sobre todo tan de cerca.
Luego de un largo rato deseando poder desaparecerse allí dentro y salir de allí, cosa que no se podía por los encantamientos protectores de George, Harry se quitó la mano de los ojos y vio que el frenesí había alcanzado un ritmo más lento. Ya parecía estar terminando.
Oliver dijo sus primeras palabras en un largo rato:
-¿Tienes algo para mí?
-¿Qué dices? ¿Aparte de esto? –ella tomó las manos de Oliver y las posó sobre su curvilínea figura.
-Sí, sabes que me encanta eso –dijo Oliver-. Pero sí. ¿Tienes algo más?
Harry empezó a rezar en silencio pidiendo que por favor no hubiera nada más. Ya había tenido suficiente con tener que ver eso.
Entonces, los dos jóvenes se separaron, por fin, y Evangelina se colocó su túnica rápidamente. Tenía una mirada de picardía que le recordaba mucho a Harry a la forma en que lo había mirado el día del partido, como con maldad.
-Tengo esto –dijo ella, pasándole algo a Oliver. Harry quiso acercarse y mirar más de cerca, pero temía que lo descubrieran. Le estaba pasando algo que acababa de sacar de su cartera, la que estaba sobre una silla. Era una pequeña pila de pergaminos.
-¿Segura que esta información es cierta? –dijo él.
-Estoy segura –dijo ella-. Ahora págame, ¿te parece bien?
-Sí, claro –Oliver se vistió también, abrió su bolso y sacó una bolsa que hacía ruido a Galleons-. Aquí tienes, querida.
-No me llames así –dijo ella, abriendo la bolsa y espiando el interior-. No está nada mal, por un poco de sexo e información de mi novio.
-Oye, yo no te estoy pagado por el sexo –Oliver fingió estar ofendido-. Jamás haría algo así. Es algo mutuo, lo del sexo, ¿sabes?
-¿De verdad? Pensé que era parte del trato –dijo ella, en tono de broma-. Entonces no habrá sexo la próxima, solo Galleons.
-Bueno, podemos discutirlo –el muchacho rio y se colocó la mochila al hombro-. ¿Le dijiste que volvías a Argentina la semana que viene?
-Sí, sí. Se lo dije.
-Genial. No puedo aguantar tanto sin verte. Ya deshazte del imbécil este.
-Lo haré –la chica se acercó a él y le mordió un labio en tono sugestivo, luego se alejó y lo miró de una forma provocativa, mordiéndose el labio inferior-. No sabía la cantidad de chicos lindos que había en Inglaterra. Si no, hubiera venido antes.
-No, no los hay. Yo soy el único, en serio –bromeó Oliver-. Bueno, te veo la semana que viene, preciosa. Un placer hacer negocios contigo.
-El placer es mío, bombón –le dijo ella-. Hasta la semana que viene. Vete rápido antes de que llegue mi novio, ¿quieres?
-Ya no lo llames así –protestó él, pero ella ya cerraba la puerta.
Entonces Harry se quedó mirando hacia esa chica con una gran sensación de repulsión en el estómago. Sabía que una de las principales cosas que la gente descubría al realizar espionajes eran infidelidades, más que asesinos, pero creyó que hubiera preferido descubrir un asesinato antes que eso. Sin embargo, no podía dejar de pensar en que él, Harry, también le había hecho lo mismo a Ron, y a Ginny, y eso lo hizo sentir repulsión por sí mismo.
Entonces, recordó lo importante de aquello. ¿Qué le habría dado a Oliver? Mientras Evangelina se daba una ducha, Harry empezó a revolverle la cartera en busca de pistas, deseando haberlo hecho antes. Podría haber encontrado esos pergaminos antes de que se los diera a Wood. Lo único que encontró, muy oculto en un bolsillo interior, fue un trozo de papel con direcciones anotadas. Eran domicilios particulares, y había tres de ellos. Harry rápidamente buscó un papel y una pluma y, a toda velocidad, copió las direcciones. Justo cuando escuchó que se cerraba la canilla del baño, volvió a meter el trozo de papel en el bolsillo de la cartera de la chica y se guardó su copia.
En ese momento, Evangelina regresó a pasos largos y pasó desnuda por delante de Harry, con una toalla en la mano. Harry se arrinconó contra una pared y vio como la chica buscaba algo en una silla. ¿Habría algo allí importante que Harry no había visto?
No. Solo era un peine. Ella tomó el peine y fue con él de vuelta hacia el baño. Entonces Harry decidió que ya no había nada que ver allí. Había visto ya suficiente de la identidad de esa chica, mucho más de lo que hubiera deseado, y lo que se llevaba de eso era un pergamino con tres domicilios en él y un nuevo sospechoso.
Cuando George regresó, y Harry se escapó por la puerta al quedar esta abierta, y salió a la calle. Una vez allí, se apareció de vuelta en su casa.
Al día siguiente, Harry siguió la otra pista. Dos de los tres domicilios del papel correspondían a una casa de esmalte de uñas para brujas que cambiaban de color y diseño cada media hora al tenerlos aplicados, y una peluquería especializada en alisados de cabello permanentes para brujas respectivamente. Cuando Harry llegó al tercer domicilio, todos de Londres, esperando encontrarse con una tienda de artículos para depilación o algo así, se llevó la grata sorpresa de encontrarse con un domicilio particular.
Harry se acercó, con la capa puesta, y espió por una ventana. No se veía nada en el interior, así que se quedó esperando hasta que alguien saliera o entrada. Fue un cansador trabajo que llevó horas estando allí sentado en el jardín delantero de la casa, con la capa puesta, esperando, hasta que finalmente alguien se acercó y abrió la puerta: Oliver Wood.
Reprimiendo un grito de felicidad, Harry se incorporó y entró a la casa tras Oliver, deslizándose como solo Harry sabía hacerlo (técnica que perfeccionaba cada día más), antes de que Oliver cerrara la puerta.
Una vez dentro, fue tras el muchacho, que iba a toda prisa hasta una gran sala de estar, dejaba su mochila sobre un sofá con apariencia de costoso e iba hacia la cocina, para abrir la alacena y sacar un paquete de comida preparada de magos. La apuntó con la varita hasta que esta humeó, la sirvió mediante magia en un plato, y se sentó a la mesa. Convocó vasos y cubiertos, y se puso a comer solo, al parecer muy hambriento.
Mientras lo hacía, Harry recorrió la casa rápidamente. Era una casa grande llena de cosas costosas. ¿Cómo haría Wood para pagar todo aquello? Sospechaba que los Galleons de Evangelina habrían tenido algo que ver.
Harry entró en el cuarto de Wood y vio que había una pequeña pila de pergaminos sobre la mesa de luz. Miró sobre su hombro para asegurarse de que Wood seguía comiendo, se lanzó sobre ellos y empezó a examinarlos. Eran los mismos que Evangelina le había dado, estaba seguro.
Luego de leer unas cuantas frases, resultó evidente qué era aquello: era información sobre productos de seguridad fabricados por George. Había información sobre artefactos mágicos que podían zumbar cuando se acercaba un mago cuyo último hechizo hubiera sido magia negra, por ejemplo, y otro que detectaba mentiras del tono de voz de los magos. Incluso, algunos tenían una fecha de fabricación de hacía más de un año, y en los créditos del creador aparecía Fred.
Harry sintió náuseas, porque se dio cuenta de que Oliver estaba metido en algo sucio que no le gustaba nada. Estaban robándole sus ideas a George, eso estaba pasando. Ahora bien, había dos grandes preguntas tras aquello: la número uno era, ¿de dónde sacaba Oliver todo ese dinero para pagarle a la chica? Una teoría era que tuviera un comprador para todos esos artefactos, que estuviera dándole el dinero, y que estuviera fabricándolos él mismo con la información que le conseguía Evangelina.
La pregunta número dos era, ¿quién era la persona interesada en adquirir esos productos de seguridad a la que Wood le vendía? Si bien George y Fred los habían diseñado como una línea de artículos exclusiva para negocios con el Ministerio y organismos que necesitaban seguridad, para protección contra magos oscuros, Harry era consciente que esos aparatos podían servirle a un mago oscuro para fines no tan nobles. Y eso parecía ser el caso con Wood.
Solo había una forma de averiguarlo. Lanzando un suspiro de fastidio ante la idea de tener que hacer lo que se avecinaba, Harry dejó los papeles en donde estaban, se sentó en un rincón apartado del cuarto y sacó un sándwitch de su mochila, el que comió en silencio. Se preguntó cuántos días tendría que pasar en esa otra casa hasta averiguar algo.
En ese momento, sin embargo, alguien golpeó la puerta y Harry escuchó que Wood iba corriendo a abrir. Harry guardó su sándwitch y se puso de pie.
-Hola, Vines –dijo Wood, al dejar pasar al visitante. Harry notó que ya no tenía un tono de voz divertido, como con Evangelina. Parecía mucho más nervioso.
-Rápido, no tengo mucho tiempo –dijo el supuesto señor Vines, un hombre mucho más mayor que Oliver, por el tono de voz, que tenía puesta una capa de viaje con una capucha que ocultaba su rostro. Harry deseó poder ver quién era, porque era imposible descifrarlo con esa capucha. Solo podía notar que era un hombre de estatura media, no muy robusto. No había mucho más que pudiera descifrar del extraño con esa vestimenta tan ocultista.
-Sí, claro, Vines. Te alegrará saber que tengo listo el último artefacto que pediste –dijo Wood.
-Te dije que ese no nos interesaba.
-Esperen a probarlo. Tiene la capacidad de detectar presencia humana a más de…
-¡Que no nos interesa! –insistió el hombre-. Si no tienes nada que sea útil para lo que te hemos dicho, entonces…
-No, no, espera –dijo Wood, algo desesperado-. Aún no pude terminarlo, pero lo tengo. Sé cómo hacerlo. Puedo hacerles esa máquina. No será difícil.
-¿En cuánto tiempo?
-Tanto como puedan darme.
-Mi amo no tiene tiempo –dijo el tal Vines-. ¿Servirá tal como te dijimos?
-Les aseguró que sí –dijo Wood, poniendo todo su esfuerzo en convencer al hombre-. Será capaz de eliminar hasta el último rastro de residuos por polvo mágico microoscop…
-¡Te dije que no hables de lo discutido en voz alta! –lanzó el mago visitante, furioso.
-Lo siento mucho, no lo haré de nuevo. Pero le aseguro que estamos solos aquí.
-Me da igual lo que digas. Si vuelves a mencionar una palabra de eso, te mataré yo mismo. Creo que no entiendes la seriedad de con quienes estás tratando.
El mago se acercó mucho a Wood, y Harry pudo notar, a pesar de la capucha que tapaba su cara, que estaba mirando a Wood directo a los ojos.
-Lo siento, Vines. Pero quizás, si me dieran algún detalle más, sobre para qué lo usarán…
-No te diremos nada más, Wood. Ya sabes demasiado.
-Es que, para diseñar el artefacto, podría ser útil. Si sé cual será su fin específico, podré hacer un diseño más cómodo de utilizar para ustedes.
-No me importa la comodidad. Solo haz que funcione, y no hagas preguntas. ¿Entendido? Y no te demores más tiempo, ni quieras vendernos ninguna otra de tus porquerías. Ya te dije lo que queremos. Y te daremos como máximo una semana. Si no lo tienes, buscaremos otro proveedor.
-De acuerdo, Vines. No los defraudaré. Dile a tu amo que le encantará este diseño –Wood trató de sonar alentador, aunque solo sonó más nervioso.
-Mi amo no sabe que existes, Wood –dijo el hombre, con un tono que hizo notar a Harry que debía estar sonriendo en ese momento-. No eres tan importante. Ahora deja de hablar y ponte a trabajar. Pasaré de vuelta en una semana.
El hombre se dio la vuelta y se marchó. Harry contempló como Wood se quedaba allí de pie un rato, y entonces empezaba a resoplar y a buscar herramientas por todos lados, muy nervioso y alterado.
-Mierda –decía en voz alta, mientras sacaba cosas de sus armarios, entre ellas herramientas y pergaminos, al parecer con más información para la construcción de esos artefactos que le habría pasado Evangelina-. Mierda, mierda, mierda.
Harry decidió volver a su casa en lugar de quedarse allí, porque supo que no había más que pudiera averiguar en ese lugar. El tal Vines obviamente no le habría dejado a Wood una dirección donde pudiera ubicarlo. Si hubiera tenido tal grado de confianza con Wood para revelarle información, no habría entrado a su casa con una capucha para que ni siquiera Wood pudiera verle el rostro. No encontraría más información de él allí. Por otro lado, esa charla sí le había dado una información muy importante, una información que por sí sola era suficiente para que Harry tuviera nuevas pistas que seguir.
Ese hombre, un altamente sospechoso colaborador de un mago oscuro, acababa de conversar con Wood sobre la construcción de un artefacto que permitiera eliminar residuos de magia negra. Como Harry bien sabía, el Cazador de Brujas limpiaba sus escenas del crimen a la perfección, y ningún rastro de su magia o de él quedaba allí. Pero, aparentemente, este hombre estaba muy interesado en que "algo" pudiera eliminar ciertos residuos de polvo mágico que eran, según había dicho, microscópicos.
¿Sería por ello que la Varita de Saúco no los podía eliminar?
Harry no tenía idea de cómo analizar algo así en una escena del crimen, pero sabía de alguien que sí lo sabría.
Sin embargo, la persona en cuestión no le caía nada bien, y odiaría tener que acudir a su despacho a pedir ayuda. Pero, ¿qué otra opción tenía? Harry dudaba conocer a ningún otro mago capaz de analizar una escena del crimen con tanto detalle, y esa parecía ser la única pista válida que tenía para acercarlo al Cazador de Brujas.
No tenía opción. Tendría que pedirle ayuda al profesor Twinks.
