¡Hola! Aquí vuelvo con otro capítulo, disfrutando los últimos días de fiestas en mi ciudad xD Pensaba que por eso me iba a costar más terminarlo pero no ha sido así ^^
Como siempre, no me entretengo más por aquí, nos vemos abajo jeje
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 7
Pese a todo lo que estaba ocurriendo, Elsa tenía motivos para ser optimista, a fin de cuentas, el viaje estaba resultando mucho mejor de lo esperado. Sí, era duro y la comida escaseaba, en ningún momento pensó lo contrario, pero la compañía estaba siendo menos desagradable de lo esperado. Básicamente, Hans y ella apenas cruzaban palabra. Tan sólo lo estricto y necesario.
Ella, por su parte, trataba de aguantar y soportar las durezas del camino estoicamente. No iba a permitir mostrar debilidad ante lo que podía considerar como a un enemigo. O quizá no tanto. Ahora entendía bien aquello de "el enemigo de mi enemigo, es mi amigo" Aunque Elsa prefería referirse al ex príncipe como un "aliado temporal".
Aun así, había algo que le molestaba. Se había percatado de que en más de una ocasión Hans la había observado de arriba abajo con marcado desagrado. No podía evitar indignarse, el criminal era él. Por supuesto, jamás protestaría en voz alta ya que jamás se dejaría ver ante él como nada menos que una digna soberana.
Tras más de una semana de viaje a través del bosque y siguiendo los caminos, aunque ocultos entre la maleza, por fin habían encontrado algo muy interesante. La posibilidad de un apacible descanso. Esto había animado a la joven sobremanera a quien la dureza del viaje empezaba a pasarle factura al no estar acostumbrada a nada de aquello.
Ambos se encontraban agazapados delante de una pequeña valla de madera adornada con algunos matorrales muy descuidados.
Una hora antes, se habían visto obligados a adentrarse en la espesura del bosque. Lo que jamás hubieran esperado era encontrarse con una cabaña, más bien toda una casa, en medio de la nada. Era una casita blanca con algunas vigas de madera oscura sobresaliendo del encalado blanco y un tejado puntiagudo con tejas azules.
Por delante, tenía un pequeño jardín totalmente descuidado lleno de plantas y flores. Este fue precisamente el indicador que les hizo suponer que estaba abandonada. No obstante, nunca estaba de más ser precavidos. Las ventanas estaban llenas de polvo, lo cual hacía imposible ver qué había en el interior. La única opción que les quedaba era acercarse definitivamente.
―Espera aquí ―dijo Hans, levantándose.
Elsa estuvo a punto de replicar, sin embargo, decidió no hacerlo ante la mirada decidida de su "aliado temporal". Había decidido concederle el beneficio de la duda, pues en la última semana demostró tomarse muy en serio su improvisado viaje de fugitivos.
El joven comenzó a caminar a través del ya inexistente pasillo de tierra, cubierto con maleza, que llevaba hasta la puerta. Lo hacía a paso lento, pero seguro, y Elsa no pudo evitar sorprenderse ante el absoluto sigilo con el que lo hacía. No producía ni el más mísero ruido pese a los inconvenientes del pasillo.
Hans se acercó hasta la ventana y retiró algo del polvo con el puño de su camisa. Se asomó con cuidado y, tras unos segundos, por fin instó a Elsa a acercarse mientras él se dirigía de nuevo hacia la puerta de entrada.
―¿No hay nadie? ―preguntó ella.
―Eso parece.
Tomó el pomo y trató de abrir la puerta sin ningún resultado. Empezó a tirar con fuerza e incluso empujó con el hombro pero la puerta allí seguía, cerrada.
Casi podía notar la mirada de incredulidad de Elsa clavada en su nuca cuando la joven dijo:
―¿Me permites?
Pese a que Hans le había escuchado claramente, no cejó en su empeño. Al final tuvo que recurrir a un par de patadas hasta que la puerta por fin cedió y se abrió con un fuerte golpe.
El ex príncipe entró con la cabeza bien alta, como si todo su esfuerzo anterior no hubiera tenido lugar, y colocándose bien la camisa, aunque esta estaba en tan mal estado que era un acto inútil. Elsa se cruzó de brazos y reprimió un suspiró. Poco después, entró tras él.
Dentro, la casa se componía de una única sala. Justo al fondo frente a la puerta se encontraba una gran chimenea de piedra, llena de ceniza y completamente apagada. A la izquierda de esta había una deteriorada puerta de madera que, supusieron, llevaría a un patio interior, si es que se le podía llamar así estando en medio de un bosque. También a la izquierda de la casa se encontraba la zona de cocina, con algunos cajones de madera y fogones de leña. Había algunos utensilios sobre las encimeras y en una mesa al frente, pero la mayoría parecían estar bien recogidos.
En el lado derecho, justo en la entrada y pegada a la pared, se encontraba una gran mesa repleta de botes con hierbas y polvos extraños. Junto a ella, algunos estantes y cajones con más botellas y, finalmente, pegada a la pared del fondo, una pequeña cama tras un viejo baúl.
Para concluir la escena, junto a la mesa de la cocina, y frente a la chimenea se encontraba un pequeño sofá, o quizá un gran sillón con un estampado desgastado por el uso y el paso del tiempo.
―Qué acogedor ―exclamó Hans con algo de desagrado mientras se frotaba los dedos con los que acababa de tocar la mesa llena de polvo, dejando dos pequeñas líneas sin él en la superficie.
―Definitivamente, parece abandonada ―concluyó Elsa, adentrándose un par de pasos más.
Sin miramientos, Hans no tardó en ponerse a rebuscar por toda la casa. La joven no pudo evitar observarle con algo de reproche ante su falta de escrúpulos tras semejante invasión de la privacidad, mas finalmente optó por no decir nada.
―¡Por fin! ―escuchó exclamar de nuevo a su acompañante.
Lo siguiente que supo Elsa fue que algo le tapó la visión, mejor dicho, la cabeza entera. Tras un segundo de pánico por fin reaccionó y se retiró lo que descubrió que era un vestido granate. Bastante sencillo, apenas tenía un fruncido en el bajo de la falda y un pequeño bordado en el escote. Tras su escrutinio, lanzó una mirada de odio a Hans. Este seguía rebuscando en el baúl pero pareció notar un aura asesina por lo que no tardó en hablar.
―Sería más discreto que llevaras un cartel en la frente con tu nombre a ese vestido de hielo. Así no podemos acercarnos a ninguna parte ―le explicó―. ¡Oh! Esto me puede valer…
Realmente su comentario era totalmente lógico, lo cual no hacía que Elsa estuviera menos enfadada ante sus palabras. La idea de poder descansar en una casa confortable era maravillosa, pero no estaba segura de poder sobrevivir a un espacio cerrado tan pequeño con Hans. O mejor dicho, no estaba segura de si Hans sobreviviría o acabaría con él.
Sin mediar palabra, Elsa se encaminó directamente hacia la puerta del fondo. Allí, colgada de una arandela, encontró la llave que abría la puerta y salió. Lo que encontró en la parte de atrás se asemejaba mucho al jardín delantero, salvo que este era mucho más grande.
Las flores crecían salvajes por doquier y se respiraba un aroma embriagador. El sol iluminaba todo el jardín y se filtraba por las hojas y pétalos llenando de colorido el lugar. La joven no pudo evitar maravillarse ante tal cantidad de plantas. En palacio, tenían un jardín enorme y bien cuidado, pero parecía ordenado. Aquí encontraba básicamente todo en libertad. Y la libertad era algo que ella siempre apreciaba.
Se adentró algo más tratando de reconocer la mayoría de plantas, mas apenas podía reconocer algunos rosales y arbustos con frutos. Quizá su anterior inquilina, o inquilinos, fueran algún tipo de herbolarios y de ahí tanta cantidad de flores.
Finalmente, llegó hasta un pequeño manantial donde crecían algunos nenúfares. Encontró un cubo bastante maltratado por el tiempo e inservible para transportar mucha cantidad al lado, pero le sirvió para deducir que se podía beber y utilizar el agua.
Miró hacia la puerta. No había señales de Hans pero podía escuchar algo de ruido, cajones abriéndose y puertas cerrándose por lo que supuso que todavía estaba ocupado. Eso le abría la oportunidad de relajarse unos minutos y lo pensaba aprovechar.
Hans, por su parte, se permitió rebuscar por todos los rincones y hacer acopio de provisiones que les pudieran servir en el viaje y les hicieran la vida más fácil. Por lo que había podido comprobar, esa casa llevaba quizá años sin ser habitada de modo que apenas pudo conseguir provisiones. No obstante, estaba seguro de que el tiempo que pasaran allí podrían comer sin problemas y recuperar fuerzas.
También encontró una camisa que le podía servir. Quizá un tanto estrecha pero podía ocultarlo con su chaleco y, de todas formas, caminaban por el campo, la moda era lo de menos. Aunque debía reconocer que estaba deseando poder lavar su ropa por fin.
Finalmente, sus ojos se iluminaron cuando, repartidos por toda la casa, encontró una serie de saquitos con monedas. Jamás se había percatado de lo importante que era el dinero hasta que dejó de tenerlo.
Estaba tan concentrado en su búsqueda que no percibió nada de su alrededor hasta que Elsa volvió a hacer acto de presencia, vestida con el atuendo granate que le había lanzado y con el pelo húmedo y suelto cayendo por sus hombros.
Obviar el hecho de que la reina era muy hermosa sería un insulto para su inteligencia, por lo que decidió, eso sí, no en voz alta, reconocerlo internamente. Tenía de esa clase de belleza que te dejaba absorto. Como una obra de arte. Una persona, él incluso, podría pasarse el día entero observándola sin inmutarse. En este caso, con el añadido de que no vestía su ropa real, sino un vestido sencillo, y el pelo…
―En la parte de atrás hay un pequeño manantial ―le informó Elsa sacándole de su ensimismamiento. Ni siquiera había notado que se había acercado.
Hans, trató de reaccionar. Respiró hondo y dijo:
―Hueles a flores.
Elsa le observó, sorprendida.
―O-oh ―fue capaz de decir.
Notando lo ridículo de la situación, Hans carraspeó levemente y puso en orden sus pensamientos.
―Quiero decir, es estupendo, podremos llevarnos agua para el camino y… esta noche… creo que hay suficientes ingredientes como para preparar una sopa de avellanas.
―De acuerdo ―contestó Elsa con algo de cautela―. También hay algo de fruta en el jardín.
―¡Bien! Tengo que limpiar la chimenea y preparar el fuego y más cosas.
―Puedo ayudar, ¿sabes? ―espetó Elsa.
Hans se abofeteó mentalmente. Debía reaccionar y debía hacer de inmediato.
―Si es así, podrás limpiar la ceniza y encender un fuego sin que tenga que supervisarte ¿verdad? ―esta vez el joven se felicitó por haber logrado un tono burlón.
―Por supuesto ―replicó ella cruzándose de brazos y haciendo una pequeña mueca. Que fuera reina no la convertía en una inútil para cualquier tarea que requiriera un poco de esfuerzo.
Para su frustración, Elsa descubrió aquella tarde que sí, era un poco inútil para algunas cosas. Y aunque se acababa de proponer solucionarlo, el daño ya estaba hecho. Teniendo sus poderes de hielo, limpiar la chimenea había sido bastante sencillo. Sin embargo, con estos mismos era imposible encender un fuego. Tenía que hacerlo ella misma y… no salió del todo bien.
Llevaba media hora intentándolo cuando Hans volvió a la casa, aseado y de buen humor, y se la encontró tirada en el suelo a punto de gritar. Sobra decir que al final tuvo que ser él, con una amplia e imborrable sonrisa de superioridad, quien consiguiera hacer prender una pequeña fogata. Al menos Elsa había prestado atención, todo con tal de no mirar esa estúpida cara arrogante, y estaba segura de poder lograrlo la próxima vez que se presentara la ocasión.
Finalmente, al caer la tarde, su cena se preparaba lentamente en la chimenea dejando un apetitoso olor en toda la sala, mientras Elsa se entretenía leyendo alguno de los libros que había, sentada tranquilamente junto al fuego.
Hans había optado por retirarse a la mesa tras el sofá. Había encontrado un espejo y supo que era su oportunidad. Odiaba la barba. Le recordaba a su padre y a más de uno de sus hermanos. Había llenado un cuenco con agua y con un cuchillo de la cocina decidió despejar su rostro. Realmente no era el mejor objeto para ello pero no podía pedir mucho más. Recordó sus tiempos en palacio, cuando disponía de los mejores instrumentos para dejar sus patillas perfectamente delineadas y formadas. En esta ocasión, eso era imposible, por lo que no le quedó de otra que no dejar ni rastro de vello facial.
―Creo que esta persona estaba un poco obsesionada… ―escuchó que se decía Elsa.
Era curioso, el que solía hablar en voz alta era él. Estaba acostumbrado a ser el único que se prestaba atención. No obstante, las palabras de la joven le causaron curiosidad.
―¿De qué hablas? ―preguntó sin poder ocultar su interés.
Ella alzó la vista y se encontró a su aliado temporal ocupado recogiendo todo lo que acababa de poner en medio, con el rostro totalmente descubierto. Reprimió el impulso de opinar que estaba más atractivo sin patillas y decidió centrarse en la pregunta.
―¿Alguna vez habías visto esta flor? ―inquirió ella dando la vuelta al libro y alzándolo para que Hans lo pudiera ver.
―¿Una flor que brilla? En la vida.
―Que brilla y que vuelve el tiempo atrás ―añadió Elsa, con una pequeña sonrisa―. Está dibujada por todas partes al igual que la inscripción de abajo. Quizá fuera algún tipo de magia. Visto lo visto la persona que vivía aquí sabía mucho de plantas.
―Hace un año te hubiera dicho que la magia no existe pero… ―dejó su frase a medio para dirigirle una mirada cargada de significado a la joven reina.
―Al parecer también puede sanar heridas.
―No me vendría mal. No quieras saber dónde me he pinchado con un rosal esta tarde.
Sin poder evitarlo, a Elsa se le escapó una pequeña risita, divertida. Había sido un día muy relajante y tranquilo, lo cual la tenía de muy buen humor.
Reparó de pronto en la gravedad de lo que acababa de ocurrir. Estaba hablando con Hans, con un criminal. Debía mantenerse firme y confiar en él lo mínimo posible. No se podía permitir flaquear y mucho menos disfrutar de una conversación con él.
―¿Cuándo vamos a cenar? ―preguntó esta vez con el tono más serio e indiferente posible. Ningún atisbo de sonrisa visible en su rostro.
Hans se percató del cambio de humor repentino en la joven pero no dijo nada. Realmente, llevaban así una semana, las pocas interacciones que habían tenido eran tan imprevisibles que ni él mismo podía prever qué ocurriría.
Esto le desconcertaba. Estaba tan acostumbrado a mantener el control en este tipo de cosas que no sabía muy bien cómo actuar, además del hecho de que simplemente por ser ella ya le costaba siquiera hablar. No sabía explicárselo muy bien, no se sentía cómodo hablando con ella, en su mente había algo que no dejaba de indicarle que no debía hacerlo. La realidad era, que la mera presencia de la reina le hacía sentir vergüenza de sí mismo.
Por esa misma razón, se había mentalizado y concentrado exclusivamente en el viaje, en escapar, en sobrevivir y en llegar cuanto antes a su destino.
El problema era, que ni él mismo estaba seguro de cuánto más podría durar aquella determinación.
Continuará...
Primero un par de aportes XD ¿De quién pensáis que podía haber sido esa casa en medio del bosque antes de que llegaran Hans y Elsa? XDDD Podría haberme esforzado en ocultarlo un poco más...
Sopa de avellanas es la comida favorita de Rapunzel, me apetecía meter un pequeño guiño ahi jaja
Y por último, en la historia de la Reina de las Nieves, la segunda parada de Gerda es en la casa de una bruja donde acaba hablando con todas las flores que había ahi.
Debería dejar de mencionar estas cosas, los guiños pierden la gracia no? Bueno, lo dejo a vuestra elección jajaja
Quería empezar el Helsa tranquilamente, con una relación algo tirante pero cordial, vamos, condenados a entenderse dada la situación en la que se encuentran, pero os prometo que en el capítulo que viene... jujuju
Muchas gracias a A Frozen Fan, Tapitey, Maggie Westergard, Kiks Cullen, Sams Brok, Vero, Rosy, Al Ba-ba, y megumisakura por vuestros reviews, me alegra que os esté gustando y que sigáis conmigo ^^
Como siempre, os animo si teneis cualquier duda, sugerencia, crítica constructiva, cualquiera que sea vuestra opinión, me dejéis un review contándomelo, me animan mucho y además me ayudan a replantearme cositas que tengo pensadas para más adelante y a tratar de mejorar.
Me marcho por el momento! Creo que no me dejo nada más que quería mencionar.
Un saludo!
Almar-chan
