¡Hola! ¡He vuelto! Lamento haber tardado un poco más en este capítulo pero he estado bastante ocupada y ha sido muy difícil sacar algo de tiempo libre para escribir u.u Como compensación, es más largo de lo habitual y... bueno, ya veréis qué pasa juju
Bueno, no me voy a entretener más aquí arriba, os dejo con el capítulo ^^
Disclaimer: Frozen no me pertenece =(
CAPÍTULO 8
―Y… ¿cómo está Sitron?
La noche había caído. La luz de las estrellas se colaba a través de las ventanas, así como las sombras de los árboles de alrededor.
Unos minutos atrás, ambos habían decidido dar por concluido el día y tratar de dormir. Para sorpresa de Elsa, Hans le cedió la única cama sin poner resistencia. Ella no pudo evitar mirarle con suspicacia pero él alegó que aún quedaba un mínimo de caballerosidad en su ser. Tampoco es que esto hiciera que sus sospechas se redujeran pero aceptó la propuesta igualmente.
Apenas quedaban algunas ascuas en la chimenea que iluminaban levemente con tono cobrizo el rostro de Hans, tumbado en el diminuto sofá. Sus piernas colgaban tanto que había optado por añadir una silla para poder apoyarlas. Elsa no pudo evitar reír, aunque interiormente, ante lo ridículo que se veía.
Cuando escuchó su pregunta, la joven, que aún no estaba dormida, abrió los ojos, extrañada. Observó unos segundos a su aliado temporal. Este se limitaba a mirar al techo con gesto pensativo y las manos entrelazadas en su pecho.
―¿Disculpa? ―preguntó esta vez Elsa, tratando de entender qué acababa de decir.
Hans giró la cabeza para encontrar sus ojos, apenas un segundo, con la reina y volver de nuevo a mirar a la nada.
―Mi caballo, Sitron. Se quedó en Arendelle. ¿Cómo está?
Elsa volvió a observarle. Aunque no la estaba mirando, pudo notar cierta preocupación genuina en el tono de sus palabras.
―Oh, cierto. Está bien. Lo acogimos en los establos de palacio ―le explicó―. Aunque al parecer es bastante rebelde…
―¿Sitron? ¡Imposible!
―¡Es cierto! ―se excusó ella― No tolera que nadie lo monte.
Hans sonrió levemente. Hablar de su querido animal le traía buenos recuerdos, los cuales eran bastante escasos en su mente.
―Sí… siempre fue un caballo muy leal… ―dijo― Aunque tiene debilidad por las mujeres. Seguro que con ellas no tendría problema.
Esta vez fue Elsa la que no pudo evitar sonreír.
―Ninguna mujer en palacio, ni Anna ni yo, lo hemos intentado…
Justo cuando estaba a punto de ofrecerle llevarse consigo al animal cuando regresaran, Elsa volvió a darse cuenta de la situación. Por mucho que estuviera ayudándola, con fines puramente egoístas, él seguía siendo Hans, un mentiroso y desgraciado asesino, casi asesino, se corrigió su mente. No podía permitirse entablar conversación con alguien así después de todo lo que había ocurrido.
Se sintió estúpida y avergonzada y, sobre todo, débil.
―¡Ya basta! ―espetó Elsa.
Hans la observó desde su posición en el sofá, extrañado.
―¿Ocurre algo? ―preguntó.
Esa fue la gota que derramó el vaso en la mente de Elsa. Se incorporó y se sentó en la cama. Su rostro firme y furibundo. Ante esto, Hans no pudo evitar apoyar el codo para elevarse y poder observarla mejor.
―¡Por supuesto que sí! ―estalló finalmente ella―¡No me hables así, como si no hubieras hecho nada!
―¿Qué he hecho ahora? ―preguntó él esta vez sin salir de su asombro.
―¡Intentar matarnos, intentar apoderarte de mi reino, escapar de la cárcel! ―Elsa estaba tan furiosa que no podía parar― ¿¡Tienes idea de lo que han sido estos últimos meses!?
―¿Me lo preguntas a mí? ―inquirió Hans, atónito y sentándose definitivamente, pese a que la joven no le prestó atención.
―¡No sabes lo que se siente ante la incertidumbre de no saber si aparecerías un día cualquiera dispuesto a acabar lo que empezaste! ¡De no saber si Anna estará a salvo caminando sola por la calle! ¡De no…!
―¡Oh! ¡Venga ya! ¿Pensabas que me escapé para vengarme? ―exclamó él poniéndose definitivamente de pie― ¿Para qué quiero yo vengarme? ¿De qué me hubiera servido? ¡Es estúpido!
―¡Y yo qué sé! Lo único que sé es que ya lo intentaste una vez.
―¿Para qué hacerlo una segunda entonces? Cuando he perdido mi posición y mi credibilidad, ¿para qué intentar algo que no me va a reportar absolutamente nada? ¡Me escapé para alejarme de todo!
―¡Yo no tengo por qué saber eso! Lo único que sé de ti es lo que hicist…
―¡Exacto! ¡Tú no me conoces de nada! ¡No me conoces en absoluto! ¡Nadie lo hace!
Antes de que Elsa pudiera replicar nada, el joven salió a toda prisa por la puerta de atrás pegando un portazo. Esta vez fue el turno de la soberana de quedar atónita. Ella fue la víctima de sus planes, si alguien debía salir por la puerta y pegar un portazo tendría que haber sido al revés.
Pese a que no le faltaban ganas de seguirle y continuar gritándole, optó por tumbarse de nuevo y tratar de dormir. Se cruzó de brazos y cerró los ojos con fuerza. Debía tener en cuenta la situación en la que se encontraba, debía ser práctica. Sólo así podría volver a casa cuanto antes, y lo deseaba con mucha fuerza. Por poco que le gustara, dependía de Hans para sobrevivir sin ser descubierta todo el camino.
Intentó calmarse pensando en su hermana, en toda la gente de Arendelle, en su pueblo… Pensar que pronto volvería allí la reconfortaba y le daba fuerzas para seguir, por muchos obstáculos que le pusiera el camino. Aunque, con aprensión en el corazón, también le daban ganas de llorar.
No sabía si podría resistirlo mucho más.
Sólo cuando por fin quedó a solas en el enorme y asilvestrado jardín Hans se permitió caer en la cuenta de que había actuado como un idiota melodramático. Se suponía que él era el que estaba a cargo de la situación, quien era capaz de mantener el control, no de salir huyendo en cuanto una conversación tomaba un tono amargo.
Lo peor de todo era que realmente llevaba esperando que la reina no soportara la presión y se encarara con él prácticamente desde el principio. Debería de haber estado preparado y no haber huido como un cobarde.
Sin embargo, había ocurrido algo que le dejó completamente tocado y hundido. Una serie de sentimientos terribles que se acumularon en su pecho y que incluso le dejaban sin respiración en ese momento. De entre todos ellos, había uno que conocía muy bien, y desde hacía muchos años. La sensación de que en el mundo entero, y aun sabiendo que había una persona en ese instante a pocos metros de él, estaba completamente solo y a nadie le importaba.
Además estaba ese sentimiento contradictorio. Había hecho cosas terribles y de pronto toda su familia se fijó en él. Para mal, pero lo hicieron. También había hecho cosas buenas en su vida y nunca nadie se percató de ello. Probablemente, incluso cuando acabara su misión de llevar a salvo a la reina a Arendelle nadie lo tomaría como un gran hecho, nadie le daría importancia, seguro que habrá asuntos más apremiantes que atender.
Lo único que él quería era ser alguien…
De pronto se dio cuenta de algo. Una epifanía en toda regla. Siempre había intentado ser alguien por otras personas. Aquellas que no merecían la pena porque no les importaba en absoluto. No obstante, sí había alguien a quien podía demostrar toda su valía. Él mismo. Nadie más.
Sonrió. Si tenía que impresionar a alguien, sería a sí mismo, sin más presión ni límites que los que él se propusiera. ¿Cómo no había sido capaz de verlo antes? ¿Para qué iba a necesitar la aprobación de nadie más? Si no conocía a nadie más que mereciera la pena.
Ya no tenía que ser un joven sensato y maduro cuando realmente era un niño que sólo quería jugar. Tampoco tenía que ser el príncipe encantador que tantas damas deseaban cuando en realidad sólo quería perderlas de vista. Ni mucho menos, el contrabandista y estafador frío y confiado cuando realmente no podía estar más asustado.
Podía ser quien él quisiera. Podía incluso ser él mismo si alguna vez llegaba a saber cómo era en realidad.
Con los ánimos más calmados por fin decidió volver a entrar. La sala estaba ya a oscuras pero la luz de la luna que se colaba por las ventanas la podía iluminar levemente.
No pudo evitar observar a la reina tumbada en su cama, con los ojos cerrados y la respiración acompasada. Parecía dormida mas no parecía un sueño placentero. Por su expresión, se veía triste y agotada.
Hans sólo consiguió sentirse aún peor. Para una buena noche de descanso que había podido conseguir, todo se estropea con la discusión anterior.
Su nuevo yo cayó de nuevo en la cuenta de algo. Era un idiota. La forma en que le habló cuando ella le estaba echando en cara todas sus acciones y todos los miedos que estas le habían provocado. Al parecer sólo él era capaz de acabar pareciendo la víctima en vez del verdugo.
Debía afrontar de una vez todo lo que hizo. Debía reconocerse que lo que hizo estuvo mal, que fue horrible. No pensar en ello o hacer como que no había ocurrido no cambiaba la realidad. Que había estado a punto de acabar con la vida de dos personas inocentes tan sólo por obtener reconocimiento. Y sobre todo, debía reconocer que lo que sentía cada vez que pensaba en ello eran remordimientos, y que se arrepentía. Aunque arrepentirse de nada servía.
―Elsa, respecto a lo que ocurrió en Arendelle… yo…
Hans calló. Las palabras eran incapaces de salir de su boca. Los nervios a flor de piel y la respiración agitada. Resultaba más fácil reconocerlo en su mente a expresarlo en voz alta.
Volvió a observar a la reina, durmiendo en la oscuridad. Ni siquiera era capaz de decirlo cuando estaba dormida. Definitivamente era un cobarde.
―Bueno… da igual… ―suspiró.
Con gesto cansado volvió a tumbarse en el sofá. Se acomodó ligeramente la silla para apoyar las piernas y trató de dormir. En realidad todavía le quedaba un largo viaje junto a Elsa por lo que tenía tiempo, lo que no estaba seguro era de si tendría el valor.
A la mañana siguiente, Elsa fue la primera en despertar. Un rayo de sol malintencionado traspasaba el cristal de la ventana y daba a parar directamente en su rostro. Trató de taparse en vano con el dorso de su mano pero fue inútil. Apenas había dormido unas horas, conciliar el sueño le había resultado muy complicado, pero al menos dormir en una cama le había ayudado a descansar.
Con aire algo apesadumbrado decidió finalmente levantarse y ponerse en marcha cuanto antes. Se sentó en la cama y apoyó sus pies descalzos en el suelo. Buscó con la mirada sus zapatos hasta que cayó en la cuenta de que eran de hielo y los había hecho desaparecer la noche anterior, si bien el vestido era casi de su talla, aunque un poco grande, los zapatos que encontraron eran un par de números mayores al suyo por lo que había sido imposible aprovecharlos.
Suspiró. Ni siquiera le apetecía crearse unos nuevos zapatos.
En ese mismo instante se percató de que no estaba sola en la sala. Hans dormía tranquilamente en el sofá, aun en una postura bastante incómoda. El sol comenzaba a colarse por todas las ventanas pero por alguna extraña casualidad dejaban su rostro completamente en penumbra. Bastardo con suerte.
En cualquier otra ocasión, Elsa se habría reprendido por haber pensado semejante vocabulario, pero en esa ocasión ni siquiera estaba de humor para ello.
De todos modos, su mirada parecía incapaz de moverse de la imagen del pelirrojo, allí durmiendo. La noche anterior le había oído entrar de nuevo, pues todavía no estaba dormida. Simplemente lo fingía para no tener que volver a enfrentarse a él. No le quedaban fuerzas. Lo que jamás se esperó fueron las palabras de Hans, si bien realmente no dijo nada. Incluso acabó unos minutos después pensando si realmente había ocurrido o lo había soñado.
Pese a todo, y aunque eso no le aseguraba el perdón, le hubiera gustado que Hans se disculpara, si es que de verdad estaba arrepentido, por lo que hizo. Haría el viaje infinitamente más llevadero, menos pesado, más seguro.
Nuevamente suspiró. Debía ocupar su mente en algo.
Observó detenidamente la casa y decidió que era hora de practicar la lección que Hans, inconscientemente, le enseñó el día anterior. Trataría de encender el fuego para poder hacer un buen desayuno como despedida del lugar. Seguro que con el estómago lleno de nuevo se sentiría mucho mejor.
Para su propia sorpresa, tardó menos de lo que ella misma se esperaba. Por un momento pensó que acabaría golpeando el pedernal del mismo modo que vio a Hans hacerlo sin resultado pero no fue así. Sonrió, complacida. El día mejoraba por momentos.
Se levantó del suelo observando el fuego y se movió hacia la mesa donde la noche anterior Hans había dejado preparada la comida para la mañana así como un par de hatillos con provisiones y otros instrumentos necesarios para facilitarles el viaje. Debía reconocer que el joven era muy meticuloso y organizado, lo cual era una gran ventaja en la situación en la que se encontraban. No quería ni pensar en cómo hubiera sido vivir esta misma situación pero con Anna a su lado. Aunque por otro lado, en ese mismo momento le encantaría que estuviera allí brindándole su apoyo y con su eterno optimismo.
En un último acto de deferencia para con su aliado temporal, optó por esperar a que este despertara antes de preparar nada por lo que se dedicó a curiosear en silencio un poco el lugar que en apenas unas horas iban a abandonar.
Aunque el día anterior había encontrado un par de libros para pasar el tiempo, no se había percatado de la gran cantidad de cosas interesantes que había en el estante de la izquierda. No había querido indagar más de la cuenta en enseres personales de nadie, bastante había hecho ya entrando en la casa y tomándola prestada una noche.
Pese a todo, debía reconocer que le causaba una gran curiosidad el gran estante junto al baúl de la cama, lleno de frascos y plantas secas que seguro tendrían alguna utilidad para algo que ella desconocía. La herbología siempre le resultó un tema tedioso durante aquellos días encerrada en su habitación sin más entretenimiento que la lectura.
Se acercó dispuesta a curiosear los frascos allí expuestos. La mayoría estaban completamente cubiertos de polvo a excepción de algunos que Hans se había encargado ya de investigar. Algunos que le llamaron la atención resultaron ser un auténtico fracaso. Tanto tiempo llevaba abandonado el lugar que muchos ingredientes estaban podridos. Por suerte, también encontró algunos con suaves fragancias afrutadas o florales. Esta vez, anotó mentalmente aprender algo sobre jardinería definitivamente. Preparar algunos perfumes con Anna seguro que sería una actividad muy interesante.
Estaba tan enfrascada en sus propios pensamientos que no se percataba realmente de lo que estaba observando. Cuando finalmente llegó a un bote de madera con algunos grabados, lo destapó con cuidado para descubrir que dentro sólo había polvo blanco.
Comprobó que no olía a nada en absoluto así que pensó que por su aspecto podría tratarse de harina o quizá cal. Sin pensarlo mucho metió ligeramente la mano y palpó con cuidado tratando de averiguarlo. Para su sorpresa, se encontró con una textura inusual, aquel polvo blanco estaba templado y, si no fuera porque parecía una locura, diría que entró en efervescencia al hacer contacto con su mano.
Trató de frotarse los dedos para eliminar todo rastro de aquella cosa pero lo único que consiguió fue que este se extendiera aun más por su mano. Algo asustada, decidió recurrir a su arma final, sus poderes. Cuando intentó crear una pequeña nevada que se llevara aquel material, descubrió que el polvo comenzaba a brillar y sus poderes se desvanecían.
Ahora sí, entró en pánico. Descubrió lo que era aquella cosa blanca. La misma que llevaban sus grilletes en la prisión de Wesselton. Recordó aquellos días apresada y sobre todo la horrible sensación de impotencia y debilidad, la soledad y el desconcierto de no saber qué estaba ocurriendo ni qué iba a ser de ella. Era un sentimiento aterrador.
Su nerviosismo fue en aumento cuando, sin pensarlo, trató de retirarse el polvo con la otra mano, con el único resultado de mancharse ambas manos. Sus poderes comenzaron a descontrolarse, al igual que su ánimo, pero la sustancia los bloqueaba y brillaba con intensidad. Trató de frotarse las manos con más ímpetu pero sólo consiguió que el bote de madera cayera al suelo provocando que gran parte del polvo salpicara y se impregnara en su vestido.
No pudo evitar un grito ahogado. Estaba desesperada por quitarse esa cosa de las manos pero era incapaz de pensar racionalmente pues lo único que le venía a la mente eran imágenes de aquellos días en la cárcel, de lo mal que lo había pasado, del peligro que estaba corriendo y de lo inútil e incapaz que se sentía de saber que no podía proteger ni su reino ni a su familia.
Avanzó un par de pasos a tientas, buscando cualquier cosa que le pudiera ayudar. En su avance tiró otro frasco, esta vez de cristal, que se hizo añicos en el suelo al mismo tiempo que lo hizo su propia consciencia.
Sus piernas cedieron y cayó de rodillas. Sus manos brillaban con mayor intensidad y su rostro mostraba una mueca aterrorizada. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el peligro y la impotencia que estaba sintiendo. Temía no ser capaz de llegar a casa, de no volver a ver a Anna nunca más, de sentirse de nuevo atrapada y débil. Le faltaba el aire y comenzó a hiperventilar, su corazón latía desbocado.
―¿Elsa? ―escuchó que alguien la llamaba mas era incapaz de reaccionar.
Lo último que se esperaba Hans aquella mañana era despertar sobresaltado y encontrarse a la reina en pleno ataque de pánico. Aunque le costó un par de segundos asimilar la situación finalmente fue capaz de levantarse y acercarse hasta la muchacha.
Al notar su proximidad, ella por fin se percató de su presencia. Esto no la calmó en absoluto. Su primer pensamiento al respecto fue el peligro que supondría que Hans pudiera disponer de esa sustancia para bloquear sus poderes, su máxima defensa contra todos, incluido él. Temía que decidiera utilizarla para hacerle daño mientras se encontraba indefensa.
Elsa casi pudo notar el momento en que todas las piezas encajaron en la mente del joven y adivinaba lo que estaba ocasionando la sustancia que brillaba en sus manos. Sus ojos se abrieron como platos y aunque también intentó decir algo las palabras fueron incapaces de fluir.
Ella, más asustada si cabe, se le escapó un leve grito asustado y se abalanzó sobre el bote de madera, donde todavía quedaba algo del polvo blanco, y comenzó a tratar de llenarlo con el que se había derramado. Cada vez que sus manos arrastraban algo para poder meterlo dentro, se manchaban más y cuánto más se manchaban más nerviosa se ponía y más brillaba aquello. No estaba siendo nada racional pues lo único que podía pensar era en evitar que Hans obtuviera la más mínima cantidad.
De pronto sintió unas manos tomándola fuertemente de la cintura y alejándola del tarro de madera. Se le escapó un grito ahogado y pugnó con fuerza por permanecer en el sitio pero fue inútil. Cuando Hans consiguió voltearla para encararla esta trató de desasirse aferrándose a los hombros del joven y empujando todo lo que pudo.
―¡No! ¡No! ―fue capaz de articular finalmente pese a que no servía de nada.
―¡Elsa! ¡Basta!
Perdiendo la paciencia, Hans la tomó de los brazos y comenzó a zarandearla sin ningún tacto ni consideración.
―¡Reacciona de una vez!
El grito de Hans pareció por fin sacarla del estado de histeria en el que había entrado. Todavía algo obnubilada trató de observar al joven, quien la miraba con seriedad.
―Mírame, ¿de acuerdo? Y escúchame… ¿de acuerdo? ―repitió la pregunta haciendo más hincapié.
Ante esto, Elsa sólo pudo asentir levemente con la cabeza. Los ojos verdes de Hans se clavaban con fuerza sobre los suyos. La intensidad de su mirada tenía un efecto embriagador y calmante. De pronto estos de desviaron a sus manos, todavía aferradas a la camisa blanca del ex príncipe, algunos rastros de aquella cosa blanca sobre la superficie.
Despacio, pero con firmeza, Hans consiguió soltar una de las manos de Elsa, la apoyó contra la suya propia y, tomando un trapo húmedo del suelo que se había visto obligado a soltar durante su pequeño forcejeo, comenzó a limpiar el rastro de la sustancia blanca.
Tras un par de pasadas, Elsa comenzó a ver de nuevo su nívea piel bajo el polvo.
―¿Recuerdas que ayer dije que me había pinchado con un rosal? ―preguntó Hans suavemente pero con seriedad, concentrado en la tarea de limpieza. Sin embargo, hasta que no notó que Elsa reaccionaba y asentía no continuó― Todo ocurrió por culpa de una avispa mientras trataba de asearme un poco ―añadió.
Dicho esto, le dio la vuelta al trapo por una zona que todavía no se había manchado y limpió un poco más.
―Espera un momento ―dijo levantándose para volver unos segundos después con un cuenco con agua donde poder enjuagar el trapo.
Mientras tanto, Elsa seguía absorta en observar su piel cada vez más limpia, como si fuera algo inverosímil. Su corazón todavía latía con fuerza pero al menos comenzaba a respirar con normalidad. No obstante, todavía no se atrevía a usar sus poderes. Hans escurrió el trapo y volvió a su tarea.
―Como iba diciendo, una avispa ―retomó―. Por alguna extraña razón, mi cerebro pensó que era mucho más seguro tratar de matarla para evitar que me mordiera pegándole una patada que de un manotazo ―le explicó en un tono desinteresado―. Tal fue mi ímpetu, que no sólo fallé el golpe sino que un rosal lo detuvo, me pinché la planta del pie y además me tropecé y caí al manantial de una forma poco principesca.
Algo más relajada, Elsa no pudo evitar una pequeña risita ahogada ante semejante historia. Hans, sabía por experiencia que cada vez que se le presentaba una situación así lo mejor era pensar en cualquier otra cosa que alejara esos pensamientos negativos de tu cabeza. Al parecer con Elsa también había dado resultado. Ver de nuevo una pequeña sonrisa en la joven le provocó un extraño sentimiento de orgullo, por fin había hecho algo bien. Por no mencionar lo preciosa que se veía la reina cuando sonreía.
Inspeccionó minuciosamente las manos de la joven y cuando decidió que estaban completamente limpias habló de nuevo.
―Prueba ahora tus poderes.
No muy convencida, Elsa cerró los ojos, tratando de encontrar en ella paz y estabilidad. Quién le hubiera dicho que perder sus poderes, si bien momentáneamente, podía ser una experiencia tan aterradora. Cuando los volvió a abrir, de sus manos emanó una suave brisa que portaba pequeños trozos de escarcha formando suaves y sinuosas curvas.
Sonrió, aliviada, e hizo una nueva demostración de sus poderes para asegurarse de que lo que estaba haciendo estaba ocurriendo de verdad.
Notó que Hans la tomaba de nuevo del brazo y la obligaba a levantarse. Más calmada, decidió ponerse en pie. Ayudándose del trapo húmedo, el joven sacudió la falda del vestido de Elsa para eliminar cualquier rastro del polvo y finalmente de su propia camisa.
La joven reina no sabía muy bien qué hacer a continuación. Todavía estaba un poco desorientada pero por fin se había tranquilizado. Por un lado, una voz en su cabeza comenzaba a reprocharle haber tenido semejante momento de debilidad con Hans delante, y por otro, sentía cierta gratitud hacia esta misma persona pues sin su ayuda quién sabe cuánto habría tardado ella en haber sido capaz de reaccionar.
―Aún falta una cosa por hacer ―dijo el ex príncipe con seriedad y decisión que de pronto se transformaron en una de sus malévolas sonrisas.
Elsa lo observó algo extrañada mientras él recogía el tarro de madera del suelo. Se encargó de que estuviera completamente limpio y se lo tendió. Ella no sabía muy bien qué pretendía pero Hans, con poco tacto, se lo tendió de nuevo con más fuerza hasta casi hacerlo chocar contra su pecho.
Esta vez, Elsa lo tomó entre sus manos, algo insegura.
―Vamos ―le dijo llevándola hacia la chimenea―. Al fuego ―añadió con brusquedad, más bien parecía una orden.
Elsa observó el tarro y después a Hans. Este le devolvió la mirada con poca paciencia, no parecía muy contento con la situación pero al menos se sentía más segura ahora que podía comprobar que él no trataría de utilizar aquella cosa para hacerle daño. Quizá ni siquiera quisiera hacerle daño en absoluto.
―De acuerdo ―se armó de valor.
Observó el fuego, que ella misma había encendido, con firmeza, retándole a acabar con esa sustancia tan extraña. Finalmente, sin pensarlo dos veces, lanzó el tarro a las llamas.
En cuanto cayó y la tapadera se abrió dejando que el polvo blanco se derramara, este provocó una enorme y repentina llamarada de color violeta que los sobresaltó.
Impulsivamente ambos se echaron hacia atrás. Tal fue el ímpetu de Hans, que sus piernas chocaron contra el pequeño sofá cayendo sentado sobre él, mientras que Elsa, quien instintivamente se había aferrado al brazo del joven caía del mismo modo a su lado. Con el brazo que le quedó libre, provocó una ventisca que cubrió de nieve toda la chimenea y apagó el fuego.
Durante un par de segundos ambos permanecieron allí sentados, tratando de reponerse del susto. Finalmente fue Hans el que primero reaccionó. Se aclaró la garganta y se levantó tratando de alisarse la camisa.
―Tampoco ha sido para tanto ―dijo finalmente tratando de no darle importancia.
Elsa le observó con incredulidad pero optó por no decir nada. Llevaba una mañana de emociones fuertes y todavía no sentía la suficiente confianza como para replicar con contundencia.
―De cualquier forma, si esa cosa era la misma que tenían en Wesselton, es mejor irnos cuanto antes ―añadió cambiando de tema―. Comeremos por el camino ―dijo―. ¿Qué? ―preguntó extrañado comprobando que Elsa no dejaba de mirarle.
Realmente era una coincidencia terrible haberse encontrado esa sustancia en aquella casa. Si tenía la más mínima relación con el reino de Wesselton lo mejor era marcharse de allí sin perder más tiempo, por lo que Elsa no tenía nada que objetar. Sin embargo, no podía dejar de pensar en el hecho de que Hans había obviado comentar lo ocurrido unos minutos atrás. Quizá no estaba tan interesado en obtener algún tipo de venganza con ella.
De cualquier forma, debía volver a poner en orden sus pensamientos. Sacudió la cabeza como si así lo pudiera lograr.
―Nada ―dijo finalmente poniéndose en pie y recuperando su actitud confiada―. Salgamos de aquí cuanto antes.
Dicho esto, se acercó a la mesa donde Hans había ordenado las provisiones y materiales para el viaje, dispuesta a recibir su parte. A simple vista, podía comprobar que había realizado un reparto bastante equitativo, tanto con la comida como con otros elementos necesarios para viajar. Se notaba que todo estaba preparado a conciencia para facilitar sus próximas semanas.
Al final, Elsa tuvo que reconocer que quizá Hans estaba decidido a cumplir su parte y llevarla de vuelta a Arendelle sana y salva.
Continuará...
Como ya muchos me habéis dejado constancia en vuestros reviews, puedo declarar, con este punto de inflexión en su relación, por mi parte, en mi guión, doy comienzo al Helsa de verdad! XD Nada de guardar las distancias juju
Otra anotación, Hans es un Drama Queen XDD no he podido evitar pensar en eso cuando sale de la sala dando un portazo, le ha faltado un "jum" y vuelo de flequillo (aunque, por suspuesto, cuando lo escribía trataba de estar seria, acorde a lo que estaba ocurriendo jaja). No me lo tengáis en cuenta, suele ocurrirme con todas las escenas con algo de drama xDDD
Muchas gracias a JDayC, A Frozen Fan, Al Ba-ba, Vero, "Guest", Bubblesthepimagi, Action y Sams Brok por vuestros reviews! ^^ Siempre lo digo y no me cansaré, me animan mucho a seguir escribiendo y a tratar de sacar tiempo para poder publicar regularmente y me alegra que os esté gustando.
Por eso mismo, si tenéis cualquier duda, sugerencia, crítica constructiva, lo que sea, incluso si no os gusta y me queréis decir por qué, agradecería que me dejárais un review con vuestra opinión ^^
Vaya, cuando voy a publicar siempre pienso en todo lo que tengo que decir, pero cuando empiezo la nota de autor, se me olvida, seguro que hay algo que me dejo, pero bueno, qué remedio, tengo muy mala cabeza XD
Me despido hasta la próxima!
Almar-chan
