¡Hola! ¡He vuelto!
Lamento la tardanza, pero han sido unas semanas de locura, entre exámen (he aprobado ¡yay!) mi cumpleaños y por si fuera poco me quedé un par de días sin internet fue ya la gota final.
Pero bueno, lo importante es que regresé xD así que no me entretengo más aquí arriba y os dejo leyendo ^^
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 10
Hans maldijo su suerte una y mil veces mientras se quedaba allí parado, en la entrada de la taberna, y observaba atónito el interior. Había estado en numerosos antros en Wesseltonburg y había tenido la desgracia de tratar con numerosos contrabandistas y matones a sueldo. Todos ellos parecían hermanitas de la caridad en comparación a las personas que se encontraban en aquella "taberna del pato".
Tragó saliva con esfuerzo, todavía paralizado mientras su mente trataba de encontrar una escapatoria. Darse la vuelta y salir corriendo sería un plan demasiado llamativo y descarado pero era la única opción que veía posible pero a fin de cuentas, una retirada a tiempo también era una victoria ¿verdad?
Antes de que pudiera reaccionar, Elsa comenzó a descender el par de escalones de madera frente a ellos y se adentraba en la taberna. No podía verle el rostro, pues le daba la espalda, por lo que no podía deducir qué opinaba de lo que se acababan de encontrar. Lo único que sabía con certeza era que con cada paso que la joven avanzaba eliminaba la posibilidad de salir corriendo y huir.
Reaccionó por fin cuando, al percatarse de que no la estaba siguiendo, Elsa se volteó hacia él.
―¿Vamos? ―le instó con algo de nerviosismo pero también con autoridad.
Hans frunció el ceño, molesto, pero supo que su única opción era seguirla y pensar sobre la marcha una buena historia convincente. Tan sólo deseó que al no haberse puesto de acuerdo previamente, Elsa no la fuera a fastidiar.
Se adentró en la taberna con los nervios a flor de piel pero tratando por todos los medios fingir indiferencia. Podía sentir las miradas de aquellas… personas… clavadas en ellos pero no se atrevía a comprobar si eran hostiles o simplemente curiosidad, aunque apostaba por lo primero. ¡Si hasta las conversaciones habían cesado con su entrada!
Siguió a Elsa hasta una mesa cerca de un rincón, como si eso fuera a hacerles pasar desapercibidos. Sólo cuando se sentaron, Hans notó como la joven soltaba un suspiro de alivio que había estado conteniendo, parecía como si haber llegado a una silla fuera un logro alcanzado para ella.
―Deberíamos habernos dado la vuelta y salir corriendo ―masculló Hans entre dientes. Tras él, un tipo bastante grande vestido de mimo le imitaba.
―Eso no hubiera sido nada discreto.
―Pero al menos no nos encontraríamos aquí metidos.
Hans se percató de una sombra tras él y, al girarse, descubrió al mimo fingiendo estar atrapado en una caja. Suspiró, se habían metido en un sitio de locos. Todos parecían rufianes desquiciados, había un gigante jugando con unicornios y… ¿era un hombre eso que volaba colgando de una cuerda como si fuera Cupido? Estaba tan desconcertado que no tenía ni idea de cómo comportarse. Tantos años adaptándose al ambiente no le servían en ese momento para nada.
Volvió en si cuando escuchó un fuerte grito dirigido hacia ellos, no obstante, no sabía que le habían querido decir.
―S-solo queremos algo de comer y beber, por favor ―contestó Elsa por ambos tratando de encontrar, aunque en vano, algo de confianza en su voz tras tanto nerviosismo.
―¿A que es maravilloso el mundo del engaño? ―le preguntó Hans con sarcasmo acercándose un poco a ella y tratando de no levantar la voz.
La joven le observó con marcado enfado pero justo cuando iba a replicar, el mimo decidió volver con su actuación y fingir que le echaba una bronca a Hans, para mayor desconcierto de ambos.
De pronto una enorme bandeja se posó con fuerza en su mesa, sobresaltándoles. En ella, encontraron dos platos de lo que parecía un estofado caliente y dos jarras enormes de cerveza. Elsa, que jamás había sido una gran bebedora de alcohol no estaba muy segura de cómo iba a poder acabar con todo pues quizá dejar su cerveza casi sin probar podría resultar descortés en este sitio y provocar algún conflicto.
―En cuanto comamos, salimos de aquí volando ―le susurró Hans justo antes de tomar su plato y su jarra de cerveza.
Contra todo pronóstico, el estofado resultó bastante sabroso, tras varios días sin una comida decente ambos lo agradecían. Hans optó por comer sin preguntarse qué tipo de carne llevaba, teniendo en cuenta que junto al fuego y la olla se sentaba un hombre con la cabeza llena de ratas. Comieron en silencio, centrándose exclusivamente en su plato y evitando cruzar la mirada con cualquiera de los que se encontraban allí quienes ya de por sí les observaban y cuchicheaban, si es que a casi gritarse al oído se le podía llamar cuchichear, sobre ellos.
Su tranquilidad duró poco. Cuando por fin terminaban sus platos, el horrible sonido de una silla arrastrándose les puso en alerta. Ni medio segundo después, un hombre enorme, calvo, con el bigote partido en dos y sobre todo, un enorme y atemorizante garfio, se sentaba a la mesa con ellos. Una amplia sonrisa en su rostro que si bien parecía pacífica no hizo más que asustar incluso más a los jóvenes.
―Y… ¿Cuál es tu nombre, jovencita? ―preguntó para mayor desconcierto de ambos.
―Els… ¡Anna! ―Exclamó la reina recuperándose justo a tiempo.
―¿Elsanna? Qué nombre tan curioso… ―dijo este con un tono de voz bastante sospechoso e intimidante― ¿Y él?
―Él es… Hansoff ―Elsa mostró una leve sonrisa, complacida por su rapidez de actuación.
El joven reprimió como pudo una mueca por su nuevo nombre y se limitó a asentir vehementemente.
―Oh… bien… ¡Eh, chicos! ―bramó con voz potente― ¡Venid, acercaos a conocer a nuestros nuevos amigos, Elsanna y Hansoff!
Bastó esa orden para que toda la taberna girara la cabeza hacia ellos y, medio segundo después, mesas y sillas comenzaran a moverse para colocarse a su alrededor. De que ambos jóvenes se dieron cuenta, al menos una docena de rufianes les rodeaban con un extraño y marcado interés así como sonrisas desquiciadas. Hasta el hombre-Cupido descendió del techo.
Tanto Hans como Elsa se sintieron de repente muy pequeñitos. La joven notó ante su nerviosismo el inminente descontrol de sus poderes por lo que escondió las manos bajo la mesa y trató de tranquilizarse. Sintió como su silla se iba moviendo lentamente y descubrió a Hans, tirando levemente de esta para acercarla hacia sí mismo. Todo esto sin perder una extraña sonrisa forzada que había sido capaz de plasmar en su rostro. No obstante, se notaba que no era nada sincera pues el resto de su cuerpo se encontraba en tensión.
―¿Y de dónde venís? ―les preguntó otro de los rufianes. Un hombre terriblemente feo y con una enorme nariz, a falta de una mejor descripción.
De inmediato Hans y Elsa se miraron. La joven ya había tenido que evadir, con un éxito limitado, la pregunta de sus nombres por lo que no estaba dispuesta a volver a poner a prueba sus nervios de nuevo. Tomó su jarra de cerveza y bebió un buen trago. Ocupada como estaba en su jarra, Hans supo que era su turno de obrar su magia, mas no estaba seguro de la fluidez de sus mentiras en un ambiente tan… poco favorecedor.
―Del… sudoeste ―se limitó a decir.
Observaron como todos se quedaban pensativos unos segundos, quizá tratando de recordar hacia donde estaba el sudoeste.
―¡Eh! Gunther es de por allí, ¿verdad? ―dijo finalmente el hombre-Cupido volador.
―Cierto, ¿de dónde en concreto ser? ―preguntó el tal Gunther, con fingido desinterés y un marcado acento.
―Uhm… ¿conoces el pueblo de… ―Hans rodó los ojos tratando de pensar en algo― Helsa? ―terminó en un susurro dubitativo.
―No.
―¡Pues de allí venimos! ―exclamó el joven con alivio― Es una aldea muy pequeña, apenas unas cuantas familias y…
―¡Oh! ¡Sois familia entonces!
―¡No! Aquí yo veo amor…
―Calla, Narizotas, tú ves amor en todas partes.
―¡Porque el amor está en todas partes!
Sin dejar tiempo a más réplicas, estalló entre todos una disputa sobre los lugares en los que se encontraba el amor y aquellos donde no. Al parecer, según la mayoría, era imposible encontrar el amor en una ciénaga o una pocilga. Hans y Elsa volvieron a mirarse, incapaces de hacer nada al respecto. La joven optó por volver a beber de su jarra y fingir que había algo muy interesante en el fondo, quizá incluso lo hubiera, mientras Hans volvía a hacer acopio de fuerzas y con algo de cuidado volvía a acercar un poco más a la reina hacia él.
Nuevamente, se hizo el silencio.
―¿Y bien? ―preguntó el tipo del garfio.
Hans, quien había estado completamente distraído trató de volver a centrar su atención. Esperaba no tener que argumentar si el amor se encontraba en una pocilga.
―¿Disculpa?
―Que si sois familia o no.
―¡Oh! Sí… somos… primos.
―Primos, ¿eh? ―exclamó el tal Narizotas alzando repetidamente las cejas― ¿Y cómo de cercanos?
Elsa volvió a beber pero, evaluando la situación, supo que dependiendo de la respuesta eso podía traer unas connotaciones que no estaba dispuesta a asumir.
―Cercanos, somos primos cercanos, casi hermanos ―dijo deprisa.
―¡Cercanos! ¡Ya veo!
De pronto todos comenzaron a reírse de forma socarrona y a darse codazos entre ellos, e incluso a darle algún codazo a Hans quien, quizá presa del pánico, fue incapaz de moverse.
―Mi madre y mi padre eran primos hermanos ―les informó de pronto el hombre-Cupido quien, segundos antes, había estado muy ocupado fingiendo que lanzaba sus flechas del amor sobre ambos jóvenes.
Toda la taberna quedó en silencio.
―No me sorprende ―espetó Elsa sin pensar. Cuando se percató de lo que había dicho en voz alta y de las miradas de todos, decidió intentar arreglarlo―. Quiero decir, por ejemplo, la endogamia es bastante frecuente entre casas reales desde tiempos inmemoriales, ¿por qué no iban a ser sus progenitores primos?
Tras esto, se hizo el silencio de nuevo. Elsa optó por volver a centrarse en su jarra de cerveza, cada vez más vacía.
―¿Tu prima siempre habla así de raro?
―No, es por el viaje, estamos agotados y todavía queda un buen camino ―intentó explicar Hans.
―¿Hacia dónde os dirigís?
―Ehm… hacia… el nordeste ―contestó Hans. Medio segundo después se maldijo internamente pues realmente sí se dirigían hacia esa zona―. No ha sido un buen año y buscamos algo de trabajo en otras zonas ―añadió tratando de desviar la atención―. A decir verdad, creo que será mejor que nos vayamos ya, no es bueno que se nos haga muy tarde y…
―¡Oh! No, no, quedaos un poco más ―exclamó el tal Garfio mientras con su única mano empujaba a Hans para que volviera a sentarse―. Todavía no habéis probado las pastas de Attila y no está de más un poco de descanso.
Como siempre, dijo todo esto con una amplia y siniestra sonrisa que ninguno de los dos jóvenes sabían adivinar de si se trataba de intenciones malvadas o simple generosidad.
Hans se agazapó en su silla y murmuró una sencilla respuesta que ninguno fue capaz de escuchar pues la música de un acordeón comenzó a sonar en ese mismo instante. Para alivio suyo todos los rufianes del lugar se dispersaron, abriendo paso y coreando a Mano de Garfio quien, sin dudarlo ni un momento, subió a un pequeño escenario donde se encontraba un destartalado piano.
El susodicho Attila, un tipo enorme y fuerte que llevaba un yelmo de metal en la cabeza el cual no dejaba ver ninguna de sus facciones, les dejó con cuidado un plato con las pastas que había horneado y se dispuso a seguir al resto de sus compañeros en los coros de la canción.
Poco a poco, y con ayuda de las pastas que Hans encontró increíblemente deliciosas, el joven pudo salir de su estupor pero aun así le resultó imposible retirar la mirada de la escena que se estaba desarrollando frente a ellos. Para faltarle una mano, aquel tipo era un pianista excelente.
―Debemos salir de aquí ahora que están despistados.
Al no obtener respuesta, giró la cabeza para observar como su compañera observaba animada el número musical, mientras tamborileaba los dedos en la mesa al ritmo de la música y canturreaba la misma canción acompañada de un pequeño baile de hombros y una ligera sonrisa.
―…La la la la… ―fue toda la respuesta que obtuvo de ella.
Hans la miró si cabe más atónito que a los rufianes. Se percató de que su jarra de cerveza estaba casi vacía.
―¿Has bebido todo esto? ―exclamó Hans tratando de alzar la voz.
Sólo en ese momento, Elsa se dio cuenta de que se estaba dirigiendo a ella, y al descubrir su jarra casi vacía, efectivamente comprobó que sentía su cabeza un tanto ligera. Tanto había bebido tratando de evitar hablar y que la descubrieran mintiendo que había acabado por quizá ingerir demasiado alcohol para lo que estaba acostumbrada.
Sintió que el rubor subía hasta sus mejillas. Que una reina se emborrachara, aunque sólo fuera un poco, en un antro de rufianes era tan impropio de su cargo que… ¡estaba deseando llegar a casa y contárselo a Anna!
Si la canción era cierta, esta gente tenía sueños muy extraños, aunque eso de adquirir una isla y vivir bronceado sonaba realmente apetecible. Al menos, hasta que el hombre Cupido se había puesto a cantar sobre ver unas linternas o faroles brillando, no estaba muy seguro de que ese fuera realmente su sueño, pero teniendo en cuenta que vestía con un taparrabos blanco tampoco le sorprendería.
Por temor a perder la cordura, Hans supo que no podían quedarse allí ni un minuto más. Tomando ligeramente a Elsa por el brazo le indicó que se levantara y ambos se dirigieron con disimulo hacia la puerta.
Con cada paso que daba veía la puerta más cerca, casi podía apreciar un halo de luz marcando su libertad. Elsa, a su lado, caminaba con paso solemne y tranquilidad. No sabía decir si de verdad la joven no estaba nerviosa o sólo trataba de ocultar su estado de ligera embriaguez, pero sin duda no dejaba de ser admirable su capacidad para lograrlo, dada la situación.
Bastó ese segundo de desconcentración para que su única vía de escape se viera por completo obstruida por el tipo más enorme de toda la taberna y sus unicornios.
―¿Adónde creéis que vais? ―preguntó una voz tras ellos, medio segundo antes de posar sus brazos sobre los hombros de los dos jóvenes.
Hans se giró lo suficiente para encontrar una enorme nariz interponiéndose entre Elsa y él. Dedujo que se trataba del tal Narizotas.
―No queremos que se nos haga tarde. Todavía tenemos un largo camino que recorrer ―se excusó Hans sin mostrar un ápice de nerviosismo.
―¡Oh! ¿Pero es que Mano de Garfio no os lo ha dicho?
―¿Decirnos el qué? ―preguntaron ambos al unísono.
―¡Que os hemos aceptado!
Elsa le observó atónita y Hans no estaba mucho mejor.
―Disculpa pero no entiendo nada ―fue capaz de vocalizar el pelirrojo. Si bien parecía que se refería a lo último dicho, Elsa estaba segura de que se estaba refiriendo a absolutamente todo lo acontecido en esa taberna, a fin de cuentas, ella estaba exactamente igual.
Narizotas soltó su agarre sobre ellos y, dando una melodramática vuelta se colocó junto a Mano de Garfio. Sonrió.
―Desde el momento que nos dijisteis que viajabais al nordeste ya estabais aceptados ―añadió este último―. Nosotros también nos dirigimos en esa dirección.
Por fuera, Hans fingió un ligero asombro. Por dentro, nada le gustaría más que gritar de terror sólo de pensar en la situación en la que se encontraban.
―Hans… off… ―suspiró Elsa a su lado, tan asombrada como él pero recordando en el último momento su pequeña mentira.
El joven suspiró y trató de volver a componer su rostro.
―Oh, no. No podemos aceptar, sólo seríamos una carga y…
―¡Tonterías! ―exclamó el hombre Cupido restándole importancia. Al parecer él también iba a formar parte de esa caravana. Razón de más para no unirse.
―… No es que no confíe en vosotros es sólo que… una joven viajando sola entre tanto hombre no me parece apropiado y…
―¡Más tonterías aún! ―exclamó esta vez Narizotas― Mi amorcito jamás me perdonaría si dejara que alguien hiciera daño a una joven tan encantadora.
―Oh, gracias ―respondió Elsa con un ligero sonrojo que no estaba claro de si se debía a timidez o al alcohol.
Hans intentó no lanzarle una mirada de reprobación. No era momento de halagos y gratitud.
―¡Es mucho menos apropiado que una joven viaje sola con su primo! ―terció el Cupido.
El pobre pelirrojo meditó unos segundos la última afirmación, atónito.
―No entiendo por qué sería eso pero…
―Los caminos son peligrosos para dos jóvenes viajando solos, en compañía es más seguro y el viaje mucho más divertido.
Elsa meditó un momento estas palabras y se acercó al oído de Hans. Su estúpida y diminuta cicatriz haciéndose presente de nuevo.
―Y viajar entre más personas también es menos sospechoso.
Esta vez sí, Hans consideró la opción. La reina tenía razón en eso, sin embargo, no estaba seguro de si estarían a salvo viajando con esa gente. A fin de cuentas, podrían descubrir su identidad en cualquier momento y entregarles a Wesselton al primer descuido.
El pelirrojo suspiró. Sabía que no tenía opción.
―No vais a aceptar un "no" por respuesta ¿verdad?
―¡Nop! ―respondieron prácticamente todos al unísono para asombro de los jóvenes.
Hans suspiró de nuevo. Elsa le observó expectante. Sabía lo que iba a ocurrir pero estaba atenta ante el momento en que su compañero cediera finalmente.
―De acuerdo ―dijo finalmente con gesto derrotado.
De pronto toda la taberna estalló en júbilo provocando que ambos jóvenes se encogieran levemente sobresaltados ante este hecho tan repentino.
Hans y Elsa se observaron mutuamente. No hicieron falta palabras entre ellos para saber lo que el otro estaba pensando. Cualquier paso en falso y estarían en un lío.
―Pero si las cosas se complican… ―comenzó él en voz baja.
Antes de que Hans pudiera terminar la frase, Elsa asintió.
Al ver que unos cuantos de los que estaban allí comenzaban a salir por la puerta, ambos supusieron que era hora de irse. Algo agobiado por la situación, esta vez Hans no lo dudó un instante y, tomando a Elsa de la mano, dirigió a ambos hacia el exterior.
Fue durante estos últimos metros cuando se percató de dos figuras sentadas en un rincón. Dos pelirrojos corpulentos y con cara de pocos amigos. Si algo sabía Hans de este mundo es que nunca te puedes fiar de los pelirrojos, él era buena prueba de ello, o mejor dicho, de los pelirrojos que te están mirando como si quisieran arrancarte la cabeza. Se sintió aliviado al descubrir que ellos no iban a formar parte de la caravana.
Mientras veía como todos se preparaban y comenzaba la marcha, Mano de Garfio incluso tratando de arengarles para mejorar el ánimo antes de partir, Hans no podía evitar encontrar toda su situación de lo más divertida, a fin de cuentas la gente con la que iban a viajar no era para nada común. Eran de lo más excéntrico.
Decidió apartar estos pensamientos de su mente. Debía concentrarse. Cualquier descuido por su parte podría ponerle a él y a la reina en peligro. Si bien sabía que viajar camuflados les aportaría algo de seguridad, no podía bajar la guardia. Había prometido llevar a Elsa de nuevo a Arendelle y con ello obtener una carta de perdón. Tras tantas promesas incumplidas, era la primera vez que estaba dispuesto a cumplir una costara lo que costara, por su propia estabilidad mental, para demostrarse que era capaz de hacerlo.
En ningún momento se percató de que, en los minutos que había permanecido pensativo, no había soltado la mano de la joven. Inconscientemente, le dio un nuevo apretón e, inconscientemente también, de pronto se sintió incluso más decidido.
Continuará...
Bueeeno, qué puedo decir de este capítulo... la verdad es que he tenido un poco de bloqueo así que aunque lo he revisado no estoy del todo conforme, quizá sea porque me ha costado un poco sacarlo para adelante, así que por favor dadme vuestra opinión u.u
He perdido la cuenta de las veces que he visto la escena de la taberna de "Enredados" y sobre todo de las veces que he escuchado la canción, tanto la versión "mi sueño ideal" como la de "mi sueño es". Ha sido una locura! Por cierto, sólo coinciden ¡2! frases en toda la canción entre una y otra... y una de ellas es el coro haciendo "la la la la!" lo cual, tratando de adaptar el capítulo ha sido una pesadilla!
Debo reconocer que tengo que leer otra vez "La Reina de las Nieves" pues estoy segura de que el hecho de que llegaran a la taberna y se encontraran a todos los rufianes era una referencia al cuento original, pero he estado tratando de sacar el capítulo adelante y he perdido por completo esa perspectiva xDDD (Ya os contaré en el próximo si la he recuperado jajaja)
También quiero tranquilizar a todo el mundo. Por circunstancias de la vida puede que unas veces publique antes y otras un poco después, pero no abandono un fic que haya empezado a publicar, si he empezado, es para terminarlo. Y este fic no será una excepción a esa regla ^^
Quiero agradecer enormemente a "A Frozen Fan", "Princesa Alex", "HiCookieMonster", "megumisakura", "SulietGirl", "SerenaSaori", "adrilabelle", "Sams Brok", "pazhitaa714", y "Al Ba-ba" por vuestros reviews, me hace mucha ilusión recibirlos y me animan a seguir sobre todo cuando estoy tan bloqueada u.u
Ya sabéis que ante cualquier duda, sugerencia, opinión, crítica (constructiva), siempre me podéis dejar un review con vuestras impresiones ^^
Por cierto ¡Feliz Navidad! ¡Vacaciones!
Ahora sí, os dejo, que menuda nota más extensa me ha salido xD
Un saludo!
Almar-chan
