Se puede decir que me excedí, de nuevo, ¡ochocientas palabras! Oh god. Más de ochocientas... pero bueno, qué se puede hacer. Las reglas se hicieron para romperse. Eso creo...
Let's do it. Let's fall in love.
— Quiero, quiero, quiero, ¡quiero!
— Cuando termines tu tarea, hijo — dijo James como por enésima vez.
— ¡Quiero ahora! — gritó Daryl, sacando de quicio a su hermano, que tenía sólo treinta minutos para almorzar y Daryl no se callaba.
Merle lo tomó por un brazo, haciendo que lo mirara a los ojos.
— James ha dicho que cuando termines tu tarea — dijo entre dientes. Daryl comenzó a abrir la boca, iba a responder algo. Lo interrumpió. — Si no quieres que te arranque los dientes uno por uno, vete.
No había nada más que hablar. Se fue en silencio a su cuarto y volvió cuarenta minutos después. Merle ya no estaba.
— Muy bien, Daryl. Vamos
Cada dos días, James lo llevaba a pasear por el campamento, con la condición de que hiciera sus deberes después de almorzar. Como Merle no permitiía que Daryl vaya a las casas de sus compañeros de colegio, las salidas con su abuelo eran su única distracción.
— Mira, eso es un mapache — anunció señalando hacia algún punto entre los árboles del frente. — Tienes que agudizar tu visión, pequeño. Cierra los ojos y ábrelos de nuevo, pero esta vez, hazlo con ganas de encontrarte un mapache.
Daryl obedeció. Cerró los ojos por unos segundos y los volvió a abrir. Ahí estaba.
— Lo veo — aseguró con voz chillona. El animal se echó a correr y James soltó una carcajada.
— No vuelvas a hacer eso, hijo. Los animales se asustan — informó James sonriendo.
Daryl anotó mentalmente aquello, como anotaba todo lo que James le enseñaba. Por la noche, la abuela Dolly lo escuchaba atentamente y anotaba lo que, con esfuerzo, le dictaba. Tenía un cuaderno con su nombre donde guardaba los conocimientos que heredaba de su abuelo, casi como si fueran tesoros. Allí tendría grabado por siempre el amor por la vida salvaje de James y la curiosidad propia de un niño, que ambos compartían, aún con la diferencia de edades tan marcada.
— Ven, sigamos — lo invitó el anciano. Se internaron más en la espesura de los árboles, hasta que llegaron a una piedra plana que parecía una mesa. — Aquí — dijo apoyando una canasta sobre la piedra. La abrió y sacó un mantel negro que Daryl le ayudó a extender y asegurar con rocas más pequeñas. Prepararon juntos los sandwiches y comieron en silencio. No querían espantar más mapaches. —¿Oyes eso, hijo? — preguntó de repente.
Daryl agudizó su oído.
— ¿Agua?
Terminaron de comer antes de lo previsto y guardaron todo para dirigirse hacia donde provenía el sonido.
Una cascada mediana desembocaba en un espejo de agua de unos diez metros de diámetro. Había sapos por todas partes. Daryl se escondió detrás de su abuelo.
— ¿Qué pasa, pequeño? — preguntó divertido.
— ¡Bichos! — respondió Daryl, ocultándose entre las piernas de James.
— No son bichos — dijo separándolo. — Son sapos. — Se agachó y tomó uno que saltaba hacia ellos. Daryl se tapó la boca con ambas manos, sorprendido. James le apartó una y le colocó allí al sapo, que ocupaba toda la palma y la mitad de sus dedos.
— Es pegajoso — dijo sin quitarse la otra mano de la boca.
— Ten cuidado, que no te haga pis — rió James.
Daryl apartó la mano y lo dejó caer. Miró a su abuelo enfadado, el viejo le sonreía. Se acercó al estanque, tomó el sapo más grande que encontró y caminó hacia James, que miraba la escena con curiosidad. Antes de que pudiera decir algo, Daryl le quitó la gorra, metió el sapo dentro y se la volvió a poner. James la aseguró en su cabeza antes de que se fuera saltando y luego se la sacó con cuidado. Daryl se sentó con las piernas flexionadas en la hierba, junto a su abuelo, y apoyó la cabeza sobre sus rodillas.
— Merle me decía que si no me dormía temprano, vendría un sapo gigante y me comería los pies... pero no parecen malos.
— Claro que no, Daryl — dijo James. Daryl posó sus ojos en él. — Nada en la naturaleza es malo. Ni siquiera los hombres. Tú lo sabes. — Le extendió la gorra. — No cambies nunca. No pierdas nunca el respeto por lo que te rodea. Ama sin pedir nada a cambio.
El pequeño asintió y tomó el sapo.
— ¿Podemos ponerle nombre?
— No lo sé. ¿Qué nombre te gusta?
— Cole. Como el señor que tocaba el piano.
— ¿Cole Porter?
— Sí, Cole... — dijo acariciando el sapo.
— Entonces será Cole — afirmó James tomando la canasta. — Ven, hay que volver. La abuela debe estar preocupada.
Volvieron al campamento cantando con Cole. Anything goes, You're the top y Let's do it. Sellando un acuerdo secreto para siempre. Ahora ese estanque les pertenecía a ellos, regalo de Cole, y sería el refugio de Daryl durante los próximos meses. Cuando todo alrededor parece marchitarse, siempre podría contar con que en el bosque estuviera floreciendo una nueva flor, un sapo saldría del agua para tomar un descanso en la orilla, un mapache saldría a alimentarse o un estanque lo recibiera cuando necesitara calmar su sed.
