Hola! He vuelto y traigo nuevo capítulo!
Intento tardar menos en actualizar pero el tiempo no me lo permite llevo unos meses que ni siquiera sé dónde tengo la cabeza u.u Por eso no me voy a entretener más aquí arriba y os dejo leyendo.
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 12
Desde su conversación nocturna un par de noches atrás el ambiente en el grupo de viaje se había vuelto muy distendido y ameno. Los "primos de Helsa" cada vez se encontraban más incluidos en las conversaciones de los rufianes lo cual les aseguraba unos momentos muy divertidos de vez en cuando.
Hans, por su parte, había vuelto a su versión agradable repleta de historias de su juventud. Eso sí, siempre hablando en clave sobre sus "primos hermanos" de la otra rama de la familia o sobre la "granja" donde vive su familia. Por su parte, Elsa incluso se había animado a contar alguna historia sobre su "sobrino" Olaf.
Escuchar al joven hablar tanto le recordaba a su hermana Anna. En ocasiones había llegado a pensar que la razón por la que hablaba tanto era para compensar por todo el tiempo que no había tenido a nadie con quien compartir sus historias. En cierto modo, pensaba que a Hans le podía ocurrir lo mismo.
Eso le provocaba una sensación extraña, sentía que no debía prestar atención a cualquier cosa que su compañero le contara, sin embargo, era algo que no podía evitar. Le encantaba escuchar a la gente, oír sobre sus vidas y la realidad era que le fascinaban las historias de Hans.
Desde la más importante a la más trivial. Se sorprendía a sí misma prestándole toda su atención y en ocasiones incluso con una sonrisa. Quizá fuera su forma de contar los hechos o su voz melódica lo que hacía que quedara tan atrapada. A veces ocurría que todo el grupo acababa escuchando en silencio y prestando atención a su relato sobre aquella vez que recorrió toda la "granja" buscando una musaraña, y todos los sucesos que eso conllevó, sólo porque su "primo hermano" Haines le había prometido enseñarle a usar un "cuchillo de caza" si le conseguía una.
Realmente, era bastante divertido ver a todos los rufianes indignándose y profiriendo juramentos de dolor a todos sus estúpidos primos hermanos mientras "Hansoff" intentaba aplacarles con una pequeña sonrisa. En alguna ocasión, hasta la propia Elsa había llegado a considerar que una venganza estaba a la orden del día, sobre todo con el primo hermano Harris.
Hans no quería reconocerlo, pero llevaba unos días viviendo en un torbellino de sensaciones extrañas. Al menos cuando le explotaban a trabajar no tenía que pensar en nada. Sobre todo, cuando la mayoría de sus pensamientos últimamente giraban en torno a cierta persona, cierta reina, concretamente. Decir que era una mujer muy hermosa era una verdad innegable. Todavía recordaba lo cautivado que quedó la primera vez que la vio tiempo atrás el día de su coronación. Quizá, si no hubiera estado más pendiente de llevar a cabo sus estúpidos planes le hubiera dado tiempo a admirarla de forma mucho más ferviente.
Pero no, sus pensamientos iban más allá de su belleza. Eso era sólo la parte más superficial de su encanto. Su carácter introvertido, su sensatez, su generosidad y su madurez, rasgos en los que jamás se habría fijado y que de pronto le parecían tan destacables, la hacían brillar con una luz propia que la iluminaba de manera especial.
Hans intentó recordar cuándo fue el momento en que comenzó a verla de manera tan extraña y comprendió que el punto de inflexión había tenido lugar aquella noche en la que, mientras él supuestamente dormía, ella se enfrentó al resto del grupo para defenderle.
Quiso mentalizarse de que era gratitud lo que sentía hacia ella por su acto de valentía, gratitud y nada más. La realidad era que nadie había jamás hecho algo tan desinteresado por él y eso le causó una gran impresión. Durante todo el día siguiente ni siquiera supo cómo actuar con ella, completamente desconcertado, hasta que su mente, y quizá su corazón, le pidieron a gritos que se dejara de estupideces y se lo agradeciera de una vez.
En realidad era muy posible que todo lo sucedido simplemente le hubiera abierto definitivamente los ojos ante la joven que tenía junto a él, más allá de ser una poderosa soberana.
Y ese era el momento en que se daba cuenta de que estaba fuera de lugar pensar así sobre ella. Elsa era la reina de su país, él ya no era absolutamente nada, y por si eso fuera poco también estaba el nada despreciable asunto de todo lo que ocurrió un año atrás en Arendelle, por lo cual no se había disculpado, y tampoco es que tuviera expectativas de obtener el perdón.
Sin embargo, nada de eso le impidió encontrarla la persona más adorable del mundo cuando, animada quizá por el camino, le confesó en voz baja y con una pequeña sonrisa que si algo bueno iba a obtener de su viaje, era la gran cantidad de aventuras que le podría contar a su hermana que había vivido los últimos días. La sonrisa bobalicona que a su vez se dibujó en su rostro en ese momento le indicó claramente que sus sentimientos y pensamientos no eran mera y simple gratitud.
Esa misma noche, a una hora de la puesta de Sol, habían decidido por fin acampar definitivamente y dar por concluida su jornada de viaje. Mientras los dos jóvenes se afanaban por establecer su hueco para dormir, Mano de Garfio se acercó hasta ellos.
―Hansoff, Elsanna, tenéis que ir a por leña ―les dijo con seriedad y con cara de no aceptar negativas.
―Pero hay de sobra para pasar la noche y apenas queda luz natural ―objetó Hans sin percatarse en absoluto de la susodicha cara de no aceptar negativas.
Mano de garfio se acercó a él con gesto amenazante mientras el joven sentía que cada vez se volvía más pequeñito. De pronto, el rufián mostró una de sus sonrisas cordiales que realmente daban mucho miedo y añadió.
―Hoy es el cumpleaños de Retaco y vamos a hacer una celebración, necesitamos más leña.
―¡Viva, mi cumpleaños! ―escucharon que exclamaba el hombre-Cupido a lo lejos.
Esta vez sí, Hans no opuso resistencia, aunque con un resoplido, y comenzó a caminar hacia el bosque.
―Elsanna, ve con él.
―¿Yo? ―preguntó ella extrañada. Nunca antes le habían pedido ir a recoger leña.
―Oh, sí… Si todos colaboramos podremos hacer las tareas antes, ¿recuerdas? ―le contestó con su habitual voz que no dejaba discernir si era amable o amenazante.
Completamente desarmada, la joven asintió con la cabeza y siguió los pasos de Hans.
Quizá, si ambos no hubieran estado tan absortos en sus pensamientos se habrían dado cuenta de que hasta que Narizotas volvió de su pequeña vuelta de reconocimiento más adelante del camino, nadie tenía ninguna intención de celebrar el cumpleaños de Retaco. Sobre todo porque nadie sabía cuándo era.
―Deprisa ―le instó Hans―. Si nos perdemos de noche por el bosque puede ser peligroso.
Elsa estaba totalmente de acuerdo con esa afirmación, además, tampoco le gustaría acabar teniendo que dormir a la intemperie teniendo ya su rincón preparado en el campamento porque no sabían volver. De cualquier forma, confiaba en la capacidad de orientación de Hans, hasta ahora no había fallado.
Ambos se habían dado toda la prisa que pudieron en recoger dos buenos montones de leña que ahora cargaban mientras volvían de regreso. Pese a que su ropa no era la más adecuada para caminar por una zona con tanta espesura, Elsa podía mantener el paso de Hans si bien en más de una ocasión temía tropezar con algo pues su visión era bastante limitada cargando su montón de ramitas secas.
Supo que por fin estaban llegando al campamento cuando comenzó a escuchar las voces de los rufianes. Caminó fijándose en el suelo que pisaba por lo que no se percató de que Hans había frenado en seco hasta que chocó contra él provocando que todo su montón cayera al suelo.
―¡Hey! ¿Pero qué…?
―Tchss ―le calló este soltando su montón a su vez.
La expresión seria de su compañero hizo que Elsa se alarmara. Algo estaba pasando de lo que ella no se había percatado.
Sin mediar palabra, Hans tomó a la joven de la mano y, con sigilo ambos se acercaron hasta un arbusto donde la instó a agazaparse. Cuando ambos estuvieron tras él, Elsa se dio cuenta de que podía ver el campamento a través de los árboles, el cual parecía bastante más concurrido de lo normal.
De pronto vio lo que ocurría y reprimió un suspiro de asombro.
―Son soldados de Wesselton… y de Corona ―dijo finalmente tratando de no alzar la voz.
Hans asintió levemente con la cabeza sin dejar de observar la escena.
―Una comitiva conjunta, estarán patrullando el camino.
―Hemos tenido suerte de no estar allí.
―Sí…
La voz de Hans sonaba pensativa, toda su atención estaba puesta en lo que ocurría más adelante. Vieron en silencio como uno de los soldados le mostraba un papel a Gunther y este se encogía de hombros.
―¡Tu cartel! ―exclamó Elsa sin alzar la voz al comprender qué era esa hoja.
―¡Cuidado!
Justo en el momento en que uno de los soldados miró hacia su dirección, Hans consiguió agazaparse tras el arbusto, ocultando, de manera protectora a Elsa bajo él. Permanecieron así un par de segundos hasta que por fin se aventuraron a observar de nuevo. El soldado se había retirado, pero ahora le mostraba el cartel a Mano de Garfio.
―Si te reconocen… ―comenzó Elsa sin saber cómo terminar aquella frase.
―Si me reconocen, prepárate a correr.
Sin más palabra, la joven reina asintió y observó la situación con determinación. Si tenía que correr, no se iba a dejar coger. No obstante, su nerviosismo, y por la respiración agitada de Hans, él compartía el sentimiento, llegó a su momento álgido cuando los ojos de Mano de Garfio se posaron en el papel.
Instintivamente, la mano de Elsa se aferró con fuerza a la de Hans y este le correspondió con su propio apretón.
El tiempo pareció detenerse durante unos segundos hasta que el rufián también se encogió de hombros y prosiguió a lo suyo en el campamento.
Ambos jóvenes soltaron por fin el aire que habían estado reteniendo.
Todavía tuvieron que permanecer allí escondidos unos minutos más, hasta que la patrulla dio por concluido su escrutinio y se marchó. Finalmente optaron por volver a por sus montones de ramas y actuar como si no hubiera pasado nada. Por fortuna para ellos, nada más llegar los rufianes ya estaban con sus preparativos para la celebración y con su excentricismo habitual por lo que les resultó bastante fácil dejar atrás su nerviosismo anterior.
Fingiendo total desconocimiento de lo ocurrido ambos se adentraron en el campamento y dejaron la leña junto a lo que estaba comenzando a ser una hoguera. Por otro lado, ninguno de los rufianes hizo comentario alguno sobre la patrulla.
La noche prometía ser de lo más divertida. Si bien a veces se quedaban hablando y contando historias junto al fuego, esta vez se trataba de una fiesta. No faltaron las historias, pero tampoco la música y el alcohol.
La rítmica y alegre melodía, unida a un par de tragos de cerveza provocaron en Elsa una leve sensación de ensueño, se sentía ligera y desinhibida hasta tal punto que en un momento dado no dudó en unirse a los cánticos y poner su granito de arena. Para cuando se dio cuenta, llevaba varios minutos cantando sola mientras todos le escuchaban maravillados atentamente. Esto no hizo que se ruborizara menos, mucho menos cuando todos comenzaron a aplaudir con fuerza y con gran estruendo.
La leve mirada avergonzada que le dirigió a Hans mientras trataba de ocultar su rostro en sus manos solo hizo que este la animara y aplaudiera con más fuerza. Su rubor era encantador, aunque últimamente había descubierto que todo alrededor de ella le resultaba bastante encantador, incluso lo que le molestaba.
De cualquier forma, pese a todo, al avanzar la noche aún consiguieron hacerla cantar un par de veces más.
Elsa también consiguió que instaran a cantar a su "primo", mas el resultado no fue del todo gratificante. Pese a que puso empeño y su voz melódica y dulce consiguió atrapar a la joven, el embrujo se rompió en el momento en que los rufianes comenzaron a burlarse de que con esa voz jamás conquistaría a una chica. Al final Hans acabó sentado y enfurruñado junto a Elsa mientras esta reprimía las ganas de decirle que a ella sí le había gustado.
No fue sino hasta que comenzaron con su extraña canción sobre los sueños que la locura se extendió por el grupo. Los rufianes tenían una forma muy extraña de bailar y si no tenían cuidado acabarían embestidos por alguno de esos movimientos tan artísticos. Por suerte para ambos jóvenes, fueron más ágiles.
Justo cuando por fin habían logrado una cierta dinámica esquivando y a la vez poder divertirse se percataron de que todas las miradas estaban puestas en ellos. Se miraron desconcertados. Esta gente era tan imprevisible que podría ser por cualquier cosa.
―¡Vamos, vamos! ¿Y vuestros sueños? ―preguntó Narizotas, impaciente.
―Uhm… pues… quisiera poder volver a casa y estar con mis seres queridos ―contestó Elsa sin cantar y con algo de timidez. Pese a todo, no pudo reprimir una pequeña sonrisa.
―¿Y tú? ―preguntó esta vez Mano de Garfio señalando con este mismo objeto hacia Hans.
El joven rodó los ojos, todo era absurdo. Mano de Garfio los entrecerró de forma amenazante así como el resto de rufianes. Hans tragó saliva pesadamente. Debía contestar.
Pensó detenidamente. El sueño ideal de Elsa sin duda le había comenzado a parecer bastante apetecible, mas él sabía que no había nada parecido esperándole en casa. No entendía por qué, si él siempre había sido una persona independiente, no necesitaba a su familia, sin embargo, por unos instantes, sí que deseó poder tener a alguien querido que se preocupara por él.
Sacudió la cabeza tratando de alejar esos pensamientos. Se estaba volviendo un blando melodramático. La mirada expectante de los rufianes seguía puesta en él. Debía contestar algo, lo que fuera.
―¡Mi sueño es ser rey! ―declaró con una sonrisa triunfal― Tener mucho dinero y un palacio enorme.
Pese a que trató de mantener su sonrisa, esta se desvaneció en seguida, ni siquiera le apetecía mantener de pronto su fachada. Hecho que no pasó desapercibido por su acompañante quien se encontraba justo a su lado.
―¡BUUUUUUU!
―¡Fuera!
Comenzaron a abuchearle todos los rufianes a la vez. Alguien incluso le tiró una manzana a la cabeza que a duras penas pudo esquivar. Retaco, a unos metros detrás de él, no lo logró.
―¡Estos jóvenes de hoy en día tienen sueños horribles! ―exclamó Mano de Garfio, melodramático ― Todos piensan en lo mismo, dinero, dinero, poder, riquezas…
―Por suerte para ellos, tienen a jovencitas a su lado que les lleven al lado correcto de los sueños ―respondió Narizotas con aire soñador.
Hans lo miró extrañado.
Antes de que pudiera replicar, la música comenzó a sonar de nuevo y todos los rufianes hicieron un círculo dispuestos a bailar de nuevo.
―¡Señorita Elsanna! Venga a bailar.
―Oh no, no podría… ―comenzó a decir Elsa instintivamente, algo sorprendida por el ofrecimiento.
―Vamos, "Elsanna" ¿No querías contarle tus magníficas historias a tu hermana? ¿Qué tal la de "aquella fiesta en la que bebí y bailé con rufianes"?
Bastó una simple mirada para reconocer que Elsa acababa de cambiar de opinión. Su sonrisa se ensanchó y caminó directa al círculo de baile.
Hans se retiró a sentarse mientras escuchaba como la joven les pedía algo de paciencia pues no era muy buena bailarina. Sin quererlo, sus labios se curvaron en una tierna sonrisa. ¿Cuánto le habría costado a la versión monarca de Elsa reconocer algo así?
Pasó algunos minutos observándola sin realmente percatarse de estar haciéndolo. La reina parecía estar divirtiéndose de verdad. Su risa era despreocupada y emanaba un aura de tranquilidad.
Por alguna razón, pareció contagiar este ánimo al propio Hans. Se sentía extrañamente feliz observándola disfrutar y pasárselo bien y no quería ni pensar en qué podía significar esto. Se limitó a dejar la mente en blanco y observar, no sin un pequeño deje de preocupación, pues los rufianes, por la forma en que bailaban eran extremadamente brutos. Le constaba que Elsa era una mujer fuerte pero esto no impedía que no quisiera que se lastimara en algún accidente.
Casi al unísono con sus pensamientos, Atila decidió hacer dar un par de vueltas a la joven reina con tanto ímpetu y mala suerte que su mano se escapó y ella acabó perdiendo en equilibrio, mas con la fuerza del impulso no cayó al suelo, sino que recorrió varios pasos hasta finalmente caer sobre Hans. El joven apenas pudo reaccionar y abrir los brazos para recibirla antes de sentir todo el peso de Elsa sobre sí y haciéndole caer a su vez hacia atrás del tocón de madera en el que estaba sentado.
Le hubiera gustado decir que fue una parada heroica y bonita pero la realidad fue que la fuerza del impacto le dejó sin respiración y no pudo evitar un vergonzoso quejido cuando su cabeza hizo contacto con el suelo.
Todavía tuvieron que pasar un par de segundos hasta que ambos asimilaron su nueva posición para que Elsa hablara.
― ¿Estás bien? ―preguntó con algo de preocupación.
―Sí ―fue capaz de responder Hans todavía viendo estrellitas por el golpe en la cabeza ―¿Y tú?
―Sí… ―respondió ella a su vez.
Todavía tuvo que pasar medio segundo hasta que la joven se percató de la postura tan comprometida en la que se encontraba, totalmente tendida sobre Hans, y trató de levantarse con rapidez.
Desafortunadamente para ella, las vueltas del baile la habían mareado y lo único que consiguió fue un intento de levantarse para volver a acabar sobre Hans con la propina de también acabar pegándole un cabezazo en el mentón. Una vez más, el expríncipe fue incapaz de contener un quejido.
―¡Lo siento! ―exclamó la joven esta vez sí, logrando levantarse y sentándose en el suelo.
―No pasa nada ―le restó importancia Hans tratando de mantener la poca hombría que le quedaba mientras se mesaba el mentón con la mano. ¿Qué problema tenían las hermanas con su cara para querer desfigurarla siempre?―, pero creo que deberías sentarte hasta que se pase el mareo.
Elsa no contestó, sin embargo sabía que era lo mejor que podía hacer, por lo que, con toda su majestuosidad, se levantó del suelo y se sentó en el tocón que previamente ocupaba Hans. Este siguió sus pasos, se permitió un segundo para hacer una mueca de dolor y volvió a componerse antes de sentarse al lado de la reina.
No tardó en escucharla reír. Una risa melodiosa y divertida.
―¿Qué ocurre ahora? ―preguntó él con curiosidad.
La joven dejó de reír, mas una suave sonrisa se mantuvo en su rostro. Mientras, se irguió y adoptó una pose mucho más apropiada para una reina, al menos para una reina sentada en un tocón de madera.
―No acostumbro a ser tan… patosa.
―Me lo imagino… ―suspiró Hans llevándose instintivamente la mano hacia su rostro y provocando que a Elsa se le escapara una leve risa contenida― ¿Te diviertes? ―le preguntó esta vez, realmente no quería dejar que muriera la conversación.
―Sí ―respondió ella.
Pese a su contestación, su rostro se ensombreció levemente y sus ojos se volvieron vidriosos. Sus lágrimas contenidas reflejaban el fuego de la hoguera dándole un magnetismo especial. Hans apretó el puño con fuerza, tratando de contener el impulso de alzar su mano para enjugar sus lágrimas.
―Es solo que… ―comenzó a decir la reina. El joven no estaba muy seguro de si se atrevería a confesarle a él precisamente lo que le ocurría, por lo que optó por no decir nada y esperar a que fuera ella quien decidiera continuar― Es raro ―concluyó finalmente.
―Oh ―fue capaz él de expresar, totalmente desconcertado. Comprendiendo esto, Elsa finalmente le miró a los ojos y continuó.
―Quiero decir que sí, me estoy divirtiendo, pero hay una parte de mí que me dice que si estuviera en Arendelle no estaría haciendo nada de esto. Y mi sitio es mi pueblo, mi gente, donde no debería divertirme con estas cosas.
―O quizá sí te divertirías con estas cosas pero no tendrías oportunidad de hacerlo ―concluyó Hans, felicitándose internamente por haber provocado una diminuta sonrisa en la joven.
―Es posible, sí ―sonrió un poco más― ¿Qué clase de reina se divierte bailando y bebiendo con rufianes?
Hans reprimió el impulso de rodar los ojos. Con cualquier otra persona no habría tardado en echarle en cara todo lo que estaba diciendo. Con ella, su más reciente adquirida debilidad, ni se lo planteaba.
―La poderosa Reina de Arendelle, por ejemplo ―replicó―. Tenía entendido que la época de dudar de ti misma se había acabado al mismo tiempo que el invierno que creaste el verano pasado.
―¡¿Quién ha dicho que dude de mí misma?!
La mirada que le dirigió Hans lo dijo todo.
―Soy la poderosa Reina de Arendelle, la susodicha reencarnación de la reina de las nieves…
―Lo cual no te ha traído más que problemas…
―Y me divertiré como quiera ―concluyó haciendo caso omiso al comentario de su compañero y levantándose con decisión.
―¡Exacto! ―exclamó el joven levantándose a su vez.
Elsa se volteó para observarle. Su sonrisa era cálida y su expresión tranquila pero decidida.
―Y tú eres Hans Westergard, experto escapista ―añadió provocando una leve risa en el joven―. Y tampoco deberías dudar de ti… ni de tus verdaderos sueños.
Hans, desarmado, bajó la vista. No se había percatado de hasta qué punto la reina era capaz de leerle a él. Le sorprendió que hubiera notado su cambio de actitud y se sintió vulnerable por ello.
Ella, lejos de amilanarse, tomó su mentón con delicadeza entre sus dedos y le obligó a mirarla a los ojos.
―Sean cuales sean ―terminó finalmente.
Por un lado, Hans se sintió aliviado. Elsa no había sido tan capaz de leerle. Por otro, también sintió gratitud, a fin de cuentas no le estaba presionando a contar nada que no quisiera aun cuando estaba seguro de que ella tendría bastante curiosidad por llegar al fondo del asunto.
Observar los profundos ojos azules de la joven le provocó de pronto una sensación extraña y profunda. Una especie de calor y nerviosismo que le impedían apartar la vista. De pronto todo su cuerpo le pedía una única cosa, un único y pequeño sueño que temía cumplir, y que sin embargo inexorablemente le acercaba poco a poco.
Y así, sin darse cuenta, hizo desaparecer la distancia que quedaba entre ambos y la besó. Un beso suave y casto. Un beso que le permitió probar aquel fruto prohibido que eran los labios de la reina. En el momento en que se percató de lo que estaba haciendo, quiso separarse. Apenas lo consiguió un milímetro, pues inmediatamente Elsa posó su mano sobre su mejilla y le atrajo hacia ella correspondiéndole en aquel tierno beso.
Y fue entonces cuando le inundó ese torbellino de sensaciones. Notaba los suaves y dulces labios de la joven sobre los suyos, la candidez de su cuerpo tan cerca del suyo, los colores del fuego, la suave música… el frío de su corazón desapareciendo, el calor extendiéndose dentro de él.
Pero todo momento de paz tiene su final. En el momento en que la joven se percató de lo que estaba haciendo, se retiró con rapidez. Se llevó una mano a la boca, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. Hans observó sus ojos, aturdidos y cargados de temor por lo que acababa de hacer. Él la miró, incapaz de reaccionar. Su interior ardía y se sentía tan bien que no podía pensar en la gravedad de todo. Ni siquiera se podía mover.
Elsa sí, y así, sin dar tiempo a réplica, salió corriendo internándose en la espesura.
Hans intentó sentirse mal, sabía que había sido un error, sin embargo, era capaz de notarlo. El hielo de su corazón, se había derretido.
Continuará...
Debo mencionar, como referencia a la historia original del "La Reina de las Nieves" que el primero de sus besos hacía que no pudieras sentir el frío, y ahora el corazón de Hans está libre de hielo jujuju
Muchas gracias a megumisakura, JDayC, Alexbswift, SerenaSaori, F, A Frozen Fan y Let It Go Frozen por vuestros reviews, me alegra que os guste esta historia y espero que hayáis disfrutado este capítulo... que ya se viene el Helsa con todas las letras jejeje
Como siempre, ante cualquier duda, sugerencia, crítica constructiva, lo que sea, me podéis dejar un review, trataré de contestaros lo mejor que pueda ^^ y además me animan mucho a seguir escribiendo con el poco tiempo que he tenido me sentía fatal por no poder actualizar más regularmente.
Estoy segura de que quería decir algo más pero ahora se me habrá olvidado jeje
Me despido hasta la próxima
Almar-chan!
