30. Amanecer gris
"Dos meses después"
-Va a destruirlo todo, Harry –había dicho Ginny-. Todo. Todo el mundo. Va a conseguir tu capa, y en conjunto con las otras dos Reliquias de la Muerte, tendrá el poder para destruir la vida a su voluntad. Y lo usará con locura, con violencia: matará a todas las personas, en masa. Magos, muggles, sangre pura, impura, todo. Todos morirán.
El mes de junio llegó a Hogwarts en un amanecer oscuro y nublado. Parecía que aún había cenizas en el cielo, flotando, volando entre las nubes y oscureciéndolo todo. La tragedia aún estaba latente en las mentes, ojos y recuerdos de todos. Incluido Harry.
A pesar de que habían pasado ya dos meses de lo ocurrido.
Sin haber podido dormir, este se encontraba sentado al borde de su cama, de regreso en su antigua habitación, en el dormitorio de Gryffindor. Ahora dormía allí, o al menos lo intentaba. La mayoría de las veces, era imposible conciliar el sueño.
Harry miró por la ventana. Oyó el sonido de los pájaros, cantando al amanecer. Pero era un canto triste y distante.
Un nuevo día había comenzado.
Lo que le había dicho Ginny el día en que la vio en el cementerio, ya fuera a ella, o a su fantasma, o lo que fuera, no era lo único que merodeaba por la cabeza de Harry.
Harry salió de su cama y miró alrededor. No había nadie más en aquella habitación. No sabía quiénes habían sido sus ocupantes los últimos meses. Las épocas en que había compartido esa habitación con Ron, Neville, Seamus y Dean habían quedado atrás. Ahora dos de ellos estaban muertos. Quienes fueran sus ocupantes en meses pasados, tampoco estaban allí. Habrían regresado a casa con sus familias, como todos.
Hogwarts ya no era una escuela de magia y hechicería. Al igual que había ocurrido el año anterior, se habían suspendido todas las clases, otra vez.
Ahora, cada joven bruja y cada joven mago habían regresado a casa, lejos de allí. La idea era no mantenerse juntos, separarse. El Cazador de Brujas no había vuelto a aparecer, luego de convertirse en Amo de la Muerte. No había exterminado a toda la raza humana, ni nada parecido. Tampoco había matado a nadie más, o al menos nadie había oído nada al respecto en torno a Harry.
Parecía a propósito. Toda esa matanza, para conseguir su fin, su plan, ser Amo de la Muerte. Y luego, al conseguirlo, no había efectuado la segunda parte de su plan, el motivo por el cual supuestamente quería tener las tres Reliquias. No había aparecido de nuevo para terminar el trabajo y matarlos a todos.
Lo otro que ocupaba la mente de Harry era una carta. Una carta a medio escribir que había encontrado en la habitación de Hermione, allí en Hogwarts. Debió haberla escrito poco antes de morir, según dedujo por su contenido, y había quedado sobre su mesa de luz, sin terminar.
Harry recordaba las palabras de esa carta de memoria:
Querido Harry:
Siento mucho todo lo que ha pasado entre nosotros últimamente. No sé si te enviaré esta carta, porque me prometí a ti misma mentirte para evitarte el sufrimiento, y para hacer esto más fácil.
Pero hay momentos en que me detengo a pensarlo y me doy cuenta de que tengo que decirte la verdad. Así que escribiré esta carta contándolo todo, por si me pasa algo, por si algo ocurre, y quizás sí sea bueno que lo sepas…
Bien, aquí va: Recientemente descubrí muchas cosas. Fui sola en un viaje de descubrimiento personal, porque tuve una corazonada. Llámalo instintito de mujer. Algo me dijo dentro mío la verdad. Así que salí a buscarla, y la encontré.
Pero primero, debo decirte que el bebé que llevó en mi vientre sí es tuyo. No de Ron. Jamás pasó nada con él. Todo eso fue mentira. Y te estarás preguntando, ¿por qué te mentí esa noche, al salir de Las Tres Escobas? Pues, por lo mismo que te digo aquí: para evitarte la verdad, para alejarte. Por eso no te seguí cuando te ibas. Mi plan era alejarte de mí y de esa forma salvarte, sin que supieras la verdad.
La verdad es esta:
La carta terminaba ahí. No había nada más. Harry no sabía cómo sentirse al respecto. Ahora que sabía que el bebé sí era suyo, se sentía peor que nunca. No es que no se sintiera terrible de igual forma, aunque pensara que era de Ron. Lo que sí sabía es que no estaba tan interesado en "la verdad" de la que hablaba Hermione, porque ya no le interesaba resolver misterios. Fuera de lo que fuera que hablara Hermione, no importaba en ese momento. Solo importaba el hecho de que ella ya no estaba allí con él para contárselo.
Harry salió de la habitación y bajó a la Sala Común. No había nadie allí. Ahora que Hogwarts solo estaba habitado por unos pocos que se habían quedado para proteger las instalaciones del castillo, o porque no tenían otro lugar a donde ir, como Harry, parecía un castillo abandonado. Ya no había elfos limpiando, los habían hecho marcharse a todos, para protegerlos. Tampoco había profesores: la gran mayoría se habían ido. Solo Harry y algunos otros pasaban sus días allí, esperando a que llegara el momento en que El Cazador de Brujas apareciera con su poder supremo para destruir todo el castillo y matarlos.
El hecho de que ese día pareciera no llegar nunca no hacía más que poner a Harry más y más nervioso. Era como si, por dentro, quisiera que pase de una vez. Así ya no tenía que sufrir, así ya no tenía que pensar en ello.
Pero el día no llegaba. Casi podía imaginar, vívidamente, casi podía oír claramente en su mente, a la risa de aquel mago macabro regodeándose en el sufrimiento de todos, en el hecho de que todos supieran que iban a morir en cualquier momento, pero retrasando ese momento lo más posible.
Harry sabía que lo hacía a propósito. Era un despiadado ser viviente que disfrutaba el sufrimiento ajeno. Debía estar disfrutándolo, disfrutando su nuevo poder. Seguramente tenía planeado matarlos a todos, pero primero jugaría con ellos, como si fueran su presa. Sabía que por ese motivo había peleado de igual a igual, sin hacer trampas. Era solo una forma de burlarse de ellos, de jugar con ellos.
Por eso había permitido, seguramente, que le dieran pelea, en vez de matar a todos enseguida con la Varita de Saúco. Le divertía, lo disfrutaba.
Cada vez que pensaba en eso, Harry sentía tanta ira en su interior que apretaba los puños hasta que sus nudillos se ponían blancos.
Harry bajó las escaleras del castillo, cerrando los ojos. Estaba teniendo otro de sus momentos de sufrimiento, de dolor. Ya no tenía ataques de pánico. Ahora habían sido reemplazados por momentos de profunda ira donde no podía contenerse y golpeaba una pared hasta partirse todos los huesos de la mano, o eventos similares. Estaba visitando San Mungo con demasiada frecuencia. Incluso allí parecía haber menos magos que antes. Todos temían estar juntos en cualquier sitio, por si El Cazador de Brujas se aparecía para matar a muchos en menos tiempo.
Llegó al Gran Salón, y se sentó a la larga mesa que solía ser de Gryffindor. Ahora estaba todo desocupado, y sobre las cuatro mesas había elementos para hacer comida: cafeteras, cocinas de magos, pequeños hornos, gabinetes, cuchillos, entre otros. Cada uno debía cocinarse lo suyo, ahora que no había elfos.
Harry agitó su nueva varita, una hecha de pino y con plumas de lechuza, para invocar naranjas y hacerse un jugo. Luego, con otro movimiento, cocinó en la cocina unos waffles. Hambriento, se sentó en el largo banco y se puso a comer y beber.
Una lechuza daba vueltas en círculos contra el oscuro techo del Gran Salón. Era Stripy, que de alguna forma había sobrevivido a la explosión de Hogsmeade. Giraba y giraba, al parecer asustada. Se la veía muy nerviosa desde lo ocurrido, todo el tiempo en movimiento. Se chocó contra unas velas que flotaban cerca del techo y se chamuscó un ala. Chillando, la pobrecilla bajó en picada hacia Harry, que le lanzó un aguamenti sobre el ala y la curó.
Harry acarició a su lechuza mientras comía. Había habido un funeral para todos los muertos. Muchos cuerpos no habían podido recuperarse, o estaban en estados irreconocibles. La zona de Hogsmeade y Londres donde estaba el Callejón Diagon habían sido declaradas zonas de emergencia y nadie podía acercarse allí. Aún se estaban realizando trabajos de recuperación de cuerpos y limpieza de escombros.
Ron y Hermione habían sido enterrados juntos, cerca de la tumba de Ginny. Neville, George y Evangelina reposaban cerca de ellos también, en el mismo cementerio.
Harry derramó una lágrima, que cayó dentro del jugo de naranja. Luego de la muerte de otros tres hijos suyos, el señor y la señora Weasley quedaron internados en San Mungo, en la parte de las personas con enfermedades psiquiátricas. Habían entrado en un estado de locura, ambos, del que no parecían poder salir. Ya no reconocían a nadie, no hablaban, y tenían miradas ausentes. Había un médico encargado de hacerles un tratamiento, a ellos así como a otros magos y brujas que habían perdido seres queridos y habían quedado en estados delicados mentalmente.
El motivo por el que eran tres y no dos los hijos suyos que murieron ese día, fue porque durante los trabajos de limpieza de los escombros de Hogsmeade se encontraron los cuerpos de Bill y Fleur. Al parecer, habían estado allí todo el tiempo, en una zona subterránea que se cree era el sótano de alguna casa, posiblemente de dos magos que hacía tiempo habían dejado su casa abandonada. Estaban prisioneros en el sótano, con cadenas. Así fueron encontrados, y habían muerto con la explosión del pueblo.
Así que El Cazador de Brujas no era Bill, y jamás lo había sido. Desde luego, eso a Harry ya lo tenía sin cuidado.
No le importaba quién era El Cazador de Brujas. De una forma u otra, sabía que este iba a matarlo tarde o temprano, junto al resto de la humanidad.
Toda esperanza se había ido. Toda oportunidad había sido desaprovechada.
Harry dejó su desayuno, sin poder terminarlo. A pesar de estar hambriento, sentía que no merecía comer. Siempre le pasaba eso últimamente. Con todos sus amigos muertos, sentía que él no tenía ningún derecho a seguir con vida.
Abandonó la mesa y salió al exterior, a través de las dos grandes puertas de entrada al castillo.
Afuera, el clima cada vez más veraniego de junio no parecía nada como lo había sido antes. En años anteriores, esa era una época de júbilo, de felicidad. Con el verano acercándose, solía ser un momento para pasear por los jardines del castillo, en ocasiones en que habían podido hacer algo así, o de tomar sol junto a un árbol.
Pero ese junio era gris y frívolo. Los jardines de Hogwarts estaban silenciosos como la muerte, los árboles parecían encorvarse ante la perspectiva de la muerte, como si supieran que no les quedaba mucho tiempo antes de arder también.
Harry caminó por los terrenos. Aquellos dos meses habían sido los más tranquilos y traumáticos que hubiera vivido en mucho tiempo. Todo había terminado: sus estudios, su negocio, su empleo en el Ministerio. Aunque este último seguía intacto y funcionando (con varios magos retirándose o sacando licencias para no ir a trabajar por miedo a estar todos juntos en un mismo edificio), Harry no había querido regresar nunca. El Departamento de Aurores parecía un chiste al lado del poder de El Cazador de Brujas. Nadie podría hacer nada para detenerlo, cuando apareciera.
Además, la mayoría de los magos del Ministerio habían muerto al querer enfrentarlo en Hogsmeade. Kingsley, que había estado allí, era uno de los pocos que habían sobrevivido. Había estado, junto al señor Millan, entre los pocos magos que habían estado atacándolo, y que sobrevivieron hasta el final, y luego con la explosión fueron lanzados en el aire, pero no murieron, al igual que Harry. Claro que Harry jamás los había visto en el momento, sino que solo se enteró de ello luego de todo lo ocurrido.
Harry llegó a la cabaña de Hagrid y golpeó la puerta. El semigigante le abrió, con una expresión de pena y abatimiento que no se le había borrado de la cara en esos dos meses.
-Pasa, Harry –le dijo, haciéndose a un lado. Harry entró a la cabaña, tras él, y se sentó a la mesa. Se puso a acariciar a Fang, mientras Hagrid preparaba té.
-¿Cómo estás hoy? –le preguntó Hagrid.
Harry se encogió de hombros, como única respuesta. Cuando Hagrid terminó el té, se sentó junto a Harry y se quedaron allí juntos, en silencio, un buen rato. Solo se oían sus sorbos al beber la infusión.
No fue hasta muchos minutos después que uno de ellos habló.
-Recuerdo cuando viniste aquí por primera vez –dijo Hagrid, mirando a Harry a través de su barba y su gran taza, del tamaño de cinco tazas de té normales.
-¿Sí? –dijo Harry, sorprendido-. Yo no.
-Eras todo un pequinés –dijo él, y lanzó una risotada bastante forzada-. Todo flacucho, pelo enmarañado, cara inocente… Ahora estás todo musculoso, usas el cabello mucho más corto y prolijo, y hasta tienes barba. Además de varias nuevas cicatrices, y ya no usas tus anteojos de siempre. Estás irreconocible.
Era cierto. Harry ya no había vuelto a afeitarse en esos dos meses, por lo que tenía una larga barba. Solo se cortaba el cabello de vez en cuando él mismo, sin ganas, rapado en los lados. Y tenía varias cicatrices en la cara que se adicionaban a la de su frente, y que le habían quedado por sus peleas contra El Cazador de Brujas. La mayor de ellas le atravesaba un pómulo y llegaba hasta la frente, como una raya que cruzaba su ojo derecho. Ni siquiera podía recordar qué hechizos le habían causado esos cortes. Además, había dejado de usar sus anteojos. En una de sus muchas visitas a San Mungo, para recuperar la movilidad de las piernas, entre otras cosas, le habían dicho que había un tratamiento de solo dos horas que podía curarle la miopía, para que no tuviera que volver a utilizarlos nunca más. Encogiéndose de hombros, indiferente, Harry había accedido a hacérselo. Ahora podía ver perfectamente sin ellos.
-Tú también estás un poco más viejo –dijo Harry, tratando de forzar una sonrisa a su amigo, el único amigo que le quedaba-. Tienes canas en tu enmarañada barba, y en el pelo también. Y tu rostro está más arrugado.
-Gracias, muchas gracias –dijo él irónicamente, terminando su té de un rápido sorbo y bajando la tasa a la mesa de un golpe-. Necesito algo más fuerte que un té. ¿Abrimos una botella de whiskey de fuego?
Harry y Hagrid habían empezado a compartir un mal hábito los últimos días: el alcoholismo. Era una forma de nublar sus mentes mientras esperaban a que la hora final llegara a ellos, así como al resto de la humanidad.
Harry vio que el sol recién estaba saliendo en el exterior. Pero asintió con la cabeza, y Hagrid abrió una botella para los dos y la sirvió en las mismas tazas que habían usado para el té.
-Land's End quedó sin magos –dijo Harry, reflexivo-. Hogsmeade se destruyó. También el Callejón Diagon. ¿Queda algún lugar de magos aún en pie?
-El Ministerio de la Magia –dijo Hagrid, pensativo-. Y San Mungo. Y aquí. Hogwarts.
-Y la Academia, nada más –dijo Harry-. Y quizás las casas de magos en barrios muggles, las que están mezcladas con las suyas. Allí es donde en verdad están todos los sobrevivientes.
Ahora se referían a ellos mismos, los magos que aún seguían con vida, como "los sobrevivientes". Al haberse destruido dos de los lugares con más magos de Gran Bretaña, sentían como si casi la mitad de los magos del país hubieran muerto, y los restantes eran eso, los sobrevivientes. Los sobrevivientes que solo vivían y despertaban cada día para esperar a que llegara su hora final y los mataran también.
-Dime una cosa, Harry –dijo Hagrid, atragantándose en whiskey-. ¿Por qué le diste la capa? Es que aún no lo entiendo.
Harry alzó la mirada por encima de su taza. Era la pregunta que más detestaba que le hicieran.
-No pude aguantar, Hagrid –dijo-. Pude ver claramente sus intenciones. En cuanto apuntó a Hermione con la varita, supe que no había ninguna posibilidad de que ella fuera a salir con vida de aquella situación. Y que yo no podría detenerlo de ninguna forma. Ya había agotado absolutamente todas mis energías, todas las que pude haber sido capaz de juntar, y más aún también. No tenía forma de detenerlo. –Harry dejó caer una lágrima-. Supe que… Supe que la torturaría de formas horribles. Él sabía lo que ella significaba para mí, porque ya la había capturado antes. Y viendo lo sanguinario que es él… lo mucho que disfruta matando y torturando… No quería que eso le pasara a ella. Sabía que le haría cosas horribles, las peores, que la destruiría de formas inimaginables. No estaba preparado para presenciar eso, fue mucho más fuerte que yo. Sabía que iba a morir… Solo quise… Solo quise que muriera sin dolor. Solo fue eso.
Harry dejó caer su cabeza, ahora llorando de verdad. No le importó que Hagrid lo viera. Ya había llorado ante él antes en ese tiempo. Así que ahí estaba, el segundo sentimiento que agobiaba ahora a Harry todo el día, además de la ira: la profunda y mortal tristeza.
-Hubiera querido morir yo. Lo intenté. Te juro que intenté morir, Hagrid… Pero él no me dejó hacerlo.
Hagrid se cruzó por encima de la mesa para darle un fuerte e inesperado abrazo al chico.
-Tranquilo, muchacho, tranquilo –le dijo, de forma paternal-. Sé lo que has pasado…
-Es solo el comienzo del fin, Hagrid –dijo Harry, indicándole con la mano que estaba bien, y apartándose un poco-. Todos vamos a morir, dentro de poco. Sé que esto es solo la calma… La calma antes de otra tormenta.
Hagrid bebió otra taza de whiskey de fuego.
-¿Hay algo que aún quede por hacer? ¿Algún último plan? –preguntó, prácticamente sin esperanzas, más que nada haciendo conversación.
Era una pregunta que Harry aún no se había hecho en esos dos meses. Se había dedicado únicamente a sufrir, a sufrir como nunca. No concebía la posibilidad de la existencia de esa pregunta. O al menos no la había concebido, hasta que Hagrid la formuló ese día.
Quizás por ese motivo fue que ese día fue distinto a los anteriores, únicamente.
Harry reflexionó al respecto, en silencio, un poco ebrio por el whiskey.
-No. No hay nada que hacer. Lo único que se podría intentar es localizar a ese hijo de puta para sacarle la Varita de Saúco, y matarlo de una vez. Eso no devolverá a la vida a todos los muertos, pero podría salvar el mundo… al resto de las personas que seguimos con vida… quizás valdría la pena intentarlo.
Hagrid se quedó en silencio. Ambos miraban la mesa con desconsuelo.
-Pero es imposible –Harry negó con la cabeza-. No podremos localizarlo, no existe forma. Tiene las tres Reliquias de la Muerte, es invencible. Puede matarnos a todos solo con desearlo.
-Tienes razón –Hagrid negó con la cabeza-. Ya no hay esperanzas, muchacho… Lo siento tanto… -bebió otra taza de whiskey, y otra más-. Tanta gente buena, inocente, ha muerto… Si pudiéramos hacer algo –ya estaba bien ebrio-. Pero, ¿qué podríamos hacer? Si ese maldito es invencible… si tiene todo ese poder…
-Y es mi culpa –dijo Harry.
-No…
-Sí, Hagrid, sé que lo es. ¿Sabes cómo se siente? Saber que, si sólo hubiera partido esa Varita de Saúco de mierda por la mitad cuando fue mía, todo esto no habría pasado.
Harry se quedó en silencio nuevamente, cabizbajo. Pasaron varios minutos.
-Si le quitara la varita… quizás podría traerlos a la vida de vuelta.
-¿Cómo dices?
-Ginny dijo que las víctimas de El Cazador de Brujas no se habían "ido del todo" –explicó Harry, levantando la cabeza y mirando a Hagrid-. Si yo pudiera ser el Amo de la Muerte, podría intentar usar ese poder para traerlos de nuevo a la vida.
-Si funciona… -dijo Hagrid, pensativo.
-Claro que para eso tendría que obtener las tres Reliquias nuevamente. ¿Cómo voy a hacer eso? No creo que haya forma… Si tan solo tuviera un plan, una forma…
Harry quedó frustrado, porque no hubo plan que se le ocurriera. Ni idea que lo motivara. Era solo un pensamiento sin sentido, el pensamiento de alguien derrotado que no podía aceptar la horrible realidad que le estaba tocando vivir.
-Sin tan solo pudiéramos volver el tiempo atrás –dijo Hagrid, hipando, sin ser consciente ni de lo que decía. Ya estaba totalmente ebrio.
Harry bebió otra taza también. Se quedó mirándola, mirando su textura, el borde de la taza. Las últimas palabras de Hagrid resonaban en su cabeza.
-Con un giratiempo –dijo Harry-. Con eso… con eso podríamos.
-¿Aquello que Hermione usaba para sus clases?
-Claro que todos están destruidos.
-¿Cómo lo sabes? –dijo Hagrid.
-Porque me lo han dicho. Estaban en el Departamento de Misterios, y todos fueron destruidos.
Hagrid y Harry se quedaron en silencio una vez más. Era una conversación totalmente entrecortada, con largas pausas.
-¿Sabes qué, muchacho? Quizás haya otros.
-No, Hagrid. No los hay. Te digo que todos fueron destruidos.
-Aquí, en Gran Bretaña –dijo él, entonces, mirando a Harry a los ojos de nuevo-. Pero, ¿cómo sabes que en otros países no tienen un surtido de giratiempos disponibles? Inglaterra no es el único país con artefactos mágicos de ese tipo. Debo decir que no muchos gobiernos mágicos admitirían tener aparatos así, porque muchos están prohibidos por la ley mágica internacional. Pero estoy seguro de que los tienen, aunque sea en secreto, en el fondo de los sótanos de sus Ministerios o lugares de gobierno mágico… -bebió un largo sorbo de whiskey-. He oído que en Estados Unidos tienen un potente armamento mágico que no revelan a las cortes internacionales. De seguro tendrán unos giratiempos allí.
A Harry nunca se le había ocurrido esa posibilidad.
-¿Y crees que vayan a dármelos? Teniendo en cuenta que son secretos…
-Pues, si les explicas que ellos también van a morir a manos de ese lunático de continuar su destrucción, serían unos idiotas si no te dan uno.
Harry reflexionó unos instantes, y se dio cuenta de que Hagrid tenía razón. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió algo motivado. Se puso de pie de un salto, sorprendiendo mucho a Hagrid.
-¡Hagrid! ¡Eres un genio!
-¿Lo soy?
-¡Sí! –dijo Harry, dando la vuelta a la mesa y empezando a caminar por la habitación, mientras pensaba-. Si les explico la situación, su gobierno me dará uno de sus giratiempos, si lo tienen. Y podemos usarlo, en conjunto con ellos, en colaboración, para volver el tiempo atrás, antes de que El Cazador de Brujas los matara a todos.
-¿Y qué harás? –dijo Hagrid, esperanzado también.
-Le reventaré la cara hasta matarlo –dijo Harry, apretando sus dientes con furia.
-Recuerda que no has podido vencerlo la vez anterior –dijo Hagrid-. ¿Por qué crees que podrás esta vez, si regresas en el tiempo?
-Porque ahora sé bien cuáles fueron mis errores –dijo Harry, encarando a Hagrid, con su idea viva en su cabeza, con la esperanza latente-. Sé qué fue lo que hice mal, porque no pude pensar en nada más que ello en los últimos dos meses. Debí haberle quitado la varita, debí enfocarme en eso desde un comienzo. En cuanto lo vi entrar a esa casa en Land's End. Debí haber usado algún plan, alguna distracción, para arrebatarle la varita. Sin miedo de morir, porque de morir solo estaría salvando la ubicación de la capa, lo cual tampoco sería algo malo.
-Si regresas en el tiempo, tiene que ser perfecto, Harry –le dijo Hagrid-. No debes dar tu vida, ni siquiera para proteger la ubicación de tu capa. Deberías conseguir matarlo, tener un plan. Para matarlo de una vez por todas.
-Tienes razón –Harry asintió-. Un plan para conseguir quitarle la varita esta vez. Claro que no puedo solo…
Harry se quedó pensativo, y entonces empezó a caminar hacia la puerta, dispuesto a abandonar la casa.
-¡Harry! –lo llamó Hagrid, levantándose y yendo tras él-. ¿Qué haces? ¿A dónde vas?
-Debo ir en búsqueda de los únicos que pueden ayudarme –dijo Harry-. El resto de mis compañeros, con los que íbamos a trazar un plan para matar a El Cazador de Brujas. L s Guardian s del Mundo Mágico. Muchos están muertos ahora, pero los sobrevivientes deberán ir conmigo. A Estados Unidos. Todos juntos, quizás podamos conseguirlo y derrotarlo. Para eso habíamos creado ese grupo. Para destruirlo. Y es hora de que lo hagamos. Debo ir a buscar a Luna, y a lo demás.
-Me gustaría ir contigo –dijo Hagrid-. De verdad, pero sería un estorbo. No soy bueno usando magia…
-Sé que serías un gran guerrero –dijo Harry, y se quedó mirando a su amigo-. Podrías ser útil, Hagrid. ¿Aún estás en contacto con Grawp?
-Claro, es mi hermano. Pero aún no se repone de la Batalla de Hogwarts, mentalmente, ¿sabes? Mejor será dejarlo en paz a él.
-Tú puedes venir entonces –dijo Harry-. Debes unirse a L s Guardian s del Mundo Mágico. Sé que ayudarás en la batalla.
-¿Tú crees que pueda ayudar? –le dijo Hagrid, hipando.
Harry asintió con la cabeza, convencido.
-Ven conmigo, Hagrid –dijo, tendiéndole una mano-. Debemos ir a ver a los demás, juntos. Si existe alguna posibilidad de vencer a El Cazador de Brujas, el momento de intentarlo es ahora. No tenemos nada que perder. Es ahora o nunca.
Hagrid, lanzando un aullido al cielo, motivado, agarró la mano de Harry con fuerza, este giró en su lugar y ambos desaparecieron en el aire.
