¡Hola!
Ya estoy de vuelta con el nuevo capítulo, que espero que os guste, así que no me voy a entretener por aquí arriba y os dejo leyendo. La verdad es que no está del todo revisado, pero me apetecía publicar ya.
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 15
―Y esa ciudad, Su Majestad, es Steinhauk ―dijo Mano de Garfio con voz solemne mientras señalaba la gran urbe que se encontraba frente a ellos.
Desde la colina en la que se encontraban se podía apreciar perfectamente en todo su esplendor. Sus calles se veían coloridas gracias a las numerosas fachadas de colores de los edificios. Los tejados, rojizos en su mayoría, eran muy inclinados para soportar las durezas de la lluvia y la nieve en esas latitudes y le daban a todas las construcciones mucha más altitud. Y al fondo, tras toda la ciudad, se encontraba el mar, azul y en calma en aquella apacible mañana de verano, donde se podían apreciar numerosas embarcaciones tanto en el puerto como navegando.
Elsa desvió la mirada de la gran vista y la dirigió hacia el líder de la banda de rufianes con algo de melancolía.
―Y aquí se separan nuestros caminos ―concluyó la joven. Todos sus nuevos amigos, sin excepción, la observaron con tristeza―. Agradezco su amabilidad por habernos ayudado ―recitó con voz solemne.
―Ha sido todo un placer ―respondió Narizotas. Tras él, el Retaco comenzaba a llorar de forma demasiado estridente.
―A partir de ahora ―comenzó Mano de Garfio con su amplia sonrisa terrorífica―, somos sus humildes siervos ―terminó tomando la mano de la joven reina delicadamente con su garfio y posando sus labios sobre ella en un educado beso. Elsa no pudo evitar una risita ante las atenciones del que había sido su guía durante los últimos días―. Y tú… ―añadió retomando su tono de voz amedrentador y señalando directamente a Hans.
El aludido, quien estaba ocupado organizando sus cosas y las de Elsa para poder cargarlas, se incorporó de inmediato, sabiéndose observado por demasiados pares de ojos y miró a la joven con incertidumbre, buscando la afirmación de que le hablaban a él. No llegó a necesitarla, pues Mano de Garfio se acercó a él hasta colocar su rostro a pocos centímetros del suyo, mientras el resto también se apresuraba en hacerse notar.
―Si descubrimos que has hecho o dicho algo que perjudique a nuestra pequeña florecilla de invierno… te encontraremos.
Hans tragó saliva y pestañeó un par de veces, atónito. Elsa dejó escapar una risa aun mayor esta vez. Por la postura de su compañero, estoico y sin mover ni un músculo pareciera que no se sentía en absoluto cohibido. Pero por su rostro, sus labios apretados en una fina línea y los ojos más abiertos de lo normal, sabía que lo estaba.
―Disculpad caballeros, pero creo que yo soy capaz de defenderme sola perfectamente ―replicó la monarca con una sonrisa torcida y creando una suave ráfaga de viento helado a su alrededor.
―¡Y nadie lo duda! ―exclamó con su voz ronca y dando saltitos el hombre Cupido provocando las risas del resto.
Las despedidas todavía duraron un par de minutos más, pero cuando vieron a la troupe de rufianes alejarse por el camino que llevaba al este, el dúo de jóvenes prosiguió su camino hacia la ciudad pues todavía les esperaba una pequeña caminata.
―Vamos, "florecilla de invierno", Steinhauk nos espera ―recalcó Hans con tono burlón marchando delante.
Sin siquiera pensarlo, la joven le lanzó una bola de nieve a la cabeza y le adelantó. Llevaba demasiado tiempo queriendo hacerlo como para haberlo evitado. Hans, todavía algo sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar y finalmente la siguió mascullando algo sobre ventajas injustas.
Pasaron unos minutos caminando en silencio mientras la ciudad poco a poco se hacía más grande. Elsa no paraba de pensar en lo cerca que estaría de llegar a casa si todo salía bien y eso la animaba a ir más rápido sin percatarse de su cambio de ritmo. Solo cuando notaba que Hans se quedaba muy atrás, dos días no eran suficiente como para recuperarse de sus heridas, trataba de aminorar el paso y estar atenta.
Por eso no tardó en darse cuenta, a escasos cien metros de la ciudad, de que Hans se había parado por completo. Se volteó para descubrirle tratando de adecentar su camisa, sucia por el viaje, y meterla por dentro de sus pantalones para parecer más formal. Al ver que Elsa le estaba esperando más adelante, comenzó a andar mientras alzaba las manos para peinarse un poco con los dedos. Ese gesto fue demasiado y soltó un leve quejido llevándose la mano a su costado magullado.
―Esa costilla te está dando demasiados problemas ―dijo Elsa retomando el paso―. Debería revisártela un médico cuando lleguemos con tu hermano.
―Lo sé ―se limitó él a contestar, su mente en otra parte, sacudiéndose el polvo del camino.
―¿Por qué tanto empeño en adecentarte? ―se le escapó la pregunta.
―¡Me niego a que mi hermano me vea menos que decente! ―exclamó él.
Dada la reacción tan negativa de su compañero, Elsa decidió omitir el hecho de que su barba descuidada y su rostro amoratado en algunas zonas, le daban un toque "menos que decente" que no podía evitar por mucho que se quitara el polvo de la camisa y la llevara bien colocada.
―El Conde de Steinhauk… Henning Westergard ¿verdad? ¿Cómo es él? ―inquirió la joven.
Hans suspiró.
―Es… pragmático y serio. Y tajante, y soberbio y ambicioso ―comenzó él―. Pero es muy inteligente. No habría conseguido todo lo que hay aquí si no fuera así. Hace un buen tándem con la condesa, se compenetran bien.
Ciertamente, Elsa podía comprobar con sus propios ojos, según se adentraban en la ciudad, como Steinhauk era una ciudad próspera, llena de vida, fruto sin duda de un trabajo muy bien hecho.
―Por eso te digo, si eres capaz de ofrecerle un buen trato, estarás en Arendelle en pocos días ―añadió―. Pero ten cuidado, sabe de tu necesidad, es aparente, y tratará de exprimirte hasta sacarte la última gota de tu beneficio.
Elsa quedó pensativa, debía tener las cosas muy claras. Por muchas ganas que tuviera de llegar cuanto antes a casa, debía pensar en el bien de su país por lo que no podía flaquear.
―No lo conseguirá ―declaró con decisión.
―No lo dudo ―contestó él, sin poder reprimir una leve sonrisa torcida al ver a la joven tan convencida, y ciertamente no lo dudaba.
Todavía tardaron algo más en llegar a la gran mansión donde habitaban los Condes de Steinhauk. Hans sólo había estado en la ciudad un par de veces, pero por suerte, la orientación era uno de sus puntos fuertes, por lo que no le costó encontrarla.
Era una gran casa, casi un palacio, situada cerca del centro de la ciudad. Decorada la fachada en tonos salmón y con grandes ventanales. El pórtico vallado antes del patio con grandes rejas de forja negra estaba custodiado por un guardia, vestido con un uniforme granate y una espesa barba que no tardó en darles el alto.
―¿Quién va?
Hans se adelantó con seriedad y mostrando su semblante más estoico.
―Soy…
Sin embargo su decisión duró poco. ¿Quién era? Su inmediata había sido la de llamarse príncipe, sin embargo ya no lo era, y si decía su nombre estaba seguro de que su hermano no le recibiría y era necesario hablar con él. Si mentía tampoco nada le aseguraba que el conde aceptara verle y además, mentir podría salirle caro si se trataba de Henning.
―Dígale al Conde que la Reina Elsa de Arendelle desea hablar con él. Y… ―con discreción, pero completamente visible para el guardia, creó una figura de hielo con forma de copo de nieve― entréguele esto como muestra de mi identidad.
El guardia, todavía atónito, e incluso algo atemorizado, tomó el pequeño objeto en su mano y marchó a toda prisa hacia el interior del palacio, no sin antes hacer una señal al resto de guardias para que los visitantes fueran vigilados.
Hans no pudo evitar maravillarse ante lo que acababa de ocurrir. Elsa había sido tan certera, que aquel hombre no había tenido tiempo ni de reaccionar, tan solo acatar la orden de la reina. Ella trataba de mantener la mente fija en su objetivo, pero la forma en que apretaba sus manos cruzadas frente a ella le indicaba que sí que tenía algo de nerviosismo por la situación.
Todavía tuvieron que pasar un par de minutos para que el mismo guardia regresara a toda prisa y les dejaran entrar. El interior del palacete estaba exquisitamente decorado con tapices y obras de arte, una muestra del poderío de los nobles que allí habitaban. Pese a que en cualquier otro momento a Elsa no le hubiera importado deleitarse de la cultura artística que allí se encontraba, optó por permanecer concentrada en la tarea que tenía entre manos y no dejarse distraer.
Los condujeron hacia una gran sala a la izquierda de la entrada. Esta era espaciosa, una zona de audiencias que a la vez resultó ser un gran despacho una vez estuvieron dentro, amueblado con elegantes muebles de caoba que le daban un aire regio a toda la estancia.
Dentro había dos personas. Algo más retirada y en segundo plano una mujer morena, muy espigada y con la cara muy delgada y vestida completamente a la moda enfundada en joyas preciosas pero no muy ostentosas. Elsa supuso que se trataba de la Condesa de Steinhauk, por lo que no cabía duda de quién era la persona que se encontraba en medio de la estancia, completamente erguido y con aire poderoso. Lo primero que notó de él, era que por mucho que lo intentara no era capaz de encontrarle ningún parecido con Hans. Donde uno lucía una pelirroja cabellera, el otro, rubia oscura, muy ordenada y con numerosas canas. Donde uno poseía unos brillantes ojos verdes, el otro los tenía de un tono gris oscuro. La nariz ancha y algo torcida, el rostro más redondeado y una ausencia total de pecas. Henning incluso era más alto y corpulento que Hans, y junto a su rostro serio y una mirada calculadora, sin duda era realmente imponente.
El Conde de Steinhauk la escudriñó sin ningún reparo, aún con el copo de nieve de hielo en la mano. Tras unos segundos, giró levemente la cabeza y como única reacción sus ojos se abrieron con sorpresa para, acto seguido, con voz grave y profunda decir:
―Apresadle.
Tras ella, Elsa notó algo de movimiento y no tardó en descubrir de qué se trataba.
―¿Qué? ¡No! ¡Espera, Henning, puedo explicarlo! ―exclamó Hans mientras trataba de desasirse del agarre de dos guardias.
La mirada furibunda que le lanzó su hermano mayor tras haber pronunciado su nombre le hizo saber que no iba a tener opción de explicar nada.
―Soltadle. Viene conmigo ―dijo esta vez Elsa.
Tanto Henning como su esposa quedaron atónitos.
―Pero él es… ―comenzó la condesa.
―Sé quién es y viene conmigo ―repitió de nuevo. Dejó escapar un suspiro―. Agradecería que le soltarais y fuera tratado como mi compañero de viaje, hay muchas cosas que desconocen.
Con cierta reticencia, y casi podría asegurar que con rabia contenida, Henning hizo una señal con la mano para que los guardias se retiraran, tal y como así hicieron de inmediato.
El conde necesitó un segundo para componer su semblante, pero en cuanto lo hizo, volvió a su expresión neutra y seria como si nada hubiera ocurrido.
La joven se permitió ese breve momento para echar una ojeada a su acompañante quien, algo cohibido, se había acercado a un metro escaso de ella mientras se masajeaba levemente la zona de los brazos por donde los guardias le habían sujetado. Por si ya tuviera pocas magulladuras. Aunque sin duda lo que más le preocupaba era la actitud tan sumisa que acababa de adquirir, tan impropia de él. Si lo que Henning pretendía era marcar su autoridad, lo había logrado.
―Sin duda se puede apreciar que tiene mucho que contar ―dijo finalmente el Conde, por lo que Elsa volteó de nuevo para encararle.
―Lamento haberme presentado en su hogar de forma tan poco ortodoxa, pero mucho me temo que las circunstancias no son las más adecuadas.
―No lo pongo en duda, las últimas informaciones que teníamos sobre usted eran que había sido secuestrada.
―Oh, y lo fui, pero no por quien todos acusan ―replicó Elsa sin dejar opción a dudas. No entendía el empeño de su interlocutor por culpabilizar a su hermano pequeño, pero ella tenía muy clara su posición.
La voluntad tan férrea de ambos sólo consiguió crear un ambiente tenso y cortante.
―Creo no equivocarme si afirmo que debe tener una gran historia que contar ―opinó la condesa con una sonrisa apaciguadora y adelantándose hasta colocarse junto a su marido―, pero primero sería descortés no presentarse adecuadamente. Mi nombre es Ivana, Condesa de Steinhauk, y él es mi marido, Henning Westergard, Conde de Steinhauk.
―Reina Elsa de Arendelle… aunque no lo parezca ―respondió ella con algo de duda. Estaba preparada para una batalla dialéctica, pero la cordialidad de la condesa la había descolocado.
―Confiamos en su palabra ―añadió la mujer señalando levemente el copo de nieve helado que su marido todavía sostenía―. ¡Oh! Pero tomad asiento, debéis estar agotados, parece que ha tenido un largo viaje, Su Majestad.
De inmediato, la condesa los condujo a una sala adyacente al despacho, una pequeña librería con el mismo estilo de decoración consistente en muebles oscuros y ornamentados y grandes pinturas. En el centro de la sala, se encontraban varias grandes butacas. Instó a Hans y Elsa a sentarse en butacas separadas mientras ella tomaba asiento junto a su marido.
La joven reina supo que era momento de hablar, pero realmente no estaba muy segura de por dónde empezar con aquel par de desconocidos.
―Arendelle y la ciudad de Steinhauk siempre han mantenido buenas relaciones, por no mencionar con el Reino de Corona. Puede estar segura de que si necesita algo de nosotros estamos totalmente dispuestos a llegar a un acuerdo ―volvió a hablar de nuevo Henning. Parecía que ya era capaz de dejar la tensión atrás.
Para Elsa no pasaron desapercibidas las intenciones del Conde. Tal y como había predicho Hans, si querían su ayuda, debían ofrecer algo a cambio.
―No obstante, antes queremos conocer dónde nos estamos metiendo ―añadió sin tapujos. Si querían su ayuda ya podían empezar a hablar.
Elsa suspiró. No tenía muy claro hasta qué punto podía confiar en ellos y no quería hablar más de la cuenta. Sin embargo, si quería volver a casa no tenía mucha alternativa.
―Hace unos meses, mi país decidió retomar las relaciones con el Reino de Wesselton ante la enorme predisposición que ellos mostraron.
―Es algo que se ha comentado mucho en los círculos económicos ―replicó Henning, cortante.
―Y como también es bien sabido por todos ―continuó Elsa como si no hubiera sido interrumpida―, yo poseo un don especial.
Para hacer más énfasis, movió ligeramente la mano y creó unos pequeños y brillantes copos de nieve que flotaron directamente hacia Hans. El joven parecía nervioso y Elsa no terminaba de saber muy bien por qué. Este se limitó a juguetear distraídamente un segundo con la nieve hasta que desapareció y aun así, no alzó la vista hacia ella, ni hacia nadie, en ningún momento.
―De lo que yo no tenía conocimiento era de que Wesselton estaba muy interesado en mi don mucho más incluso que en las buenas relaciones políticas y económicas con Arendelle.
―El Rey Egbert estaba interesado en tu don ―repitió el Conde con cierto escepticismo, realmente no parecía estar creyéndose nada.
―Así es, tiene la extraña idea en la cabeza de que yo le puedo ayudar a obtener un gran poder y tramó un plan para hacerme salir de Arendelle. Si no llega a ser por Hans, todavía estaría encerrada en esa mugrienta celda del castillo de Wesselton.
―¿Y cómo es que Hans llegó a encontrarte? ―preguntó Henning con una precisión certera.
La mano de la condesa viajó hasta apretar la rodilla de su marido pidiéndole algo de control. Esto no pasó desapercibido por la joven, pero tampoco la mirada retadora que le lanzaban los oscuros ojos grisáceos del mayor de los Westergard.
Elsa pudo entender lo que pretendía el Conde, simplemente exponer a su hermano y dejarlo en evidencia, y no es que Hans estuviera poniendo mucha oposición. Más bien al contrario, parecía haber aceptado su prematura derrota y se hallaba allí sentado, apocado y sin una chispa de vida. Y eso era realmente lo que más le molestaba a ella. ¿Dónde había quedado el Hans gruñón, altanero, egocéntrico, elocuente e incluso divertido con el que llevaba viajando ya tanto tiempo? Y todo por aquel hombre que tenía delante. Eso sí que le molestaba.
―Fue apresado conmigo. Tal y como ha sucedido, desde el principio formó parte del plan usarle como señuelo ―contestó finalmente ella con una frialdad en la voz inusitada.
Nuevamente la mano de la condesa aferró con fuerza la rodilla de su marido, quizá tratando de evitar que este continuara.
―Pongamos que te creemos ―comenzó cambiando de tema―. ¿Por qué venir hasta aquí y no a la capital donde se encuentran tu prima y tus tíos?
―Puesto que nos estaban buscando, Corona era el lugar más probable de todos y por tanto el más vigilado. Hans pensó en ti, sabía de tu influencia y de las buenas relaciones con mi país por lo que decidió traerme aquí ―respondió Elsa. Ni siquiera sabía por qué le estaba dando todo el crédito a Hans, pero algo dentro de ella quería que el joven se animara―. Y tal como él prometió, aquí estoy.
―Aquí estás… ―murmuró Henning, pensativo―. Aunque todavía queda una cosa algo extraña. ¿Cómo pretendía exactamente el Rey de Wesselton usar tus poderes?
Por fin llegaron a la pregunta principal. La más difícil de responder. Pero, sobre todo, la más difícil de creer en su veracidad.
―Sé que le va a resultar un tanto extraño pero… Está convencido de que soy la reencarnación de la Reina de las Nieves del antiguo cuento y que voy a reparar el espejo maldito para que él lo pueda usar a su antojo.
Dicho esto, se hizo el silencio. Elsa no estaba muy segura de haber respondido de la mejor forma posible. Hans por primera vez la observó atónito, con algo de vida en su mirada, y le dirigió una sonrisa torcida. Los condes permanecieron callados y se miraron sin decir palabra.
Finalmente, la condesa asintió ligeramente a su marido y esté volvió a encarar a la joven reina.
―Bueno, es bien sabido por todos que Wesselton siempre ha tenido una afición obsesiva por lo oscuro ―se limitó a decir.
Realmente Elsa no sabía muy bien qué concluir de semejante afirmación. Dirigió disimuladamente la mirada hacia Hans y comprobó que él estaba tan expectante como ella.
―Le ayudaremos a regresar a casa ―concluyó finalmente el conde.
De inmediato, toda la tensión que la joven había estado acumulando en su cuerpo se desvaneció y dejó paso a una sincera sonrisa.
―Se lo agradezco ―fue capaz de decir. La alegría de pensar en volver a casa por fin le impidió decir nada más.
―Bueno, ya habrá tiempo de hacer los agradecimientos apropiados ―apuntó Henning.
―Por supuesto, podemos discutir los términos de su ayuda cuando guste ―replicó la joven sin perder la sonrisa y jovialidad que la embriagaban.
―Ahora creo que lo mejor es gozar de un merecido descanso ―intercedió la condesa, apaciblemente―. Tenga por seguro que tanto nosotros, como toda la ciudad de Steinhauk estamos a su disposición. Le enseñaremos sus aposentos y si hay algo que necesite…
―A decir verdad ―reaccionó Elsa― me gustaría que un médico atendiera a Hans lo más pronto que sea posible.
El mencionado se irguió al saberse observado de pronto. Se había distraído con la alegre sonrisa de su acompañante. No entendía del todo por qué, con todas las cosas que podía haber solicitado, la primera era para él. Sea como fuera, eso le provocaba una cálida y a la vez incómoda sensación en su interior.
Todos salieron de la sala y ambos jóvenes fueron conducidos a sus respectivas habitaciones. Sólo cuando cerró la puerta de su cuarto Hans se permitió emitir un suspiro de alivio y una ligera sonrisa sincera. Temía que su presencia pudiera haber perjudicado a la reina pero, una vez que la reunión había terminado, y sabiendo que Elsa se encontraba a salvo, le provocaban una paz y tranquilidad inusitada en él.
Era quizá la sensación de tener por fin la certeza de que estaba realizando bien su trabajo, su misión. De que toda esta pesadilla acabaría pronto para la joven. Y él, por fin, habría hecho realmente algo bien, algo de lo que poder enorgullecerse.
Sin embargo, había algo que le resultaba aún más importante y que realmente le tocaba muy profundamente, y era que todos sus esfuerzos habían provocado una sonrisa abierta y sincera en Elsa, y con eso él ya estaba feliz.
Y entonces comprendió qué significaba todo lo que estaba sintiendo y su sonrisa se borró. El miedo y la tristeza comenzaron a adentrarse poco a poco en su corazón por las grietas en las barreras que tanto le había costado levantar, y que habían sido provocadas por algo tan temible como el amor.
Continuará...
Bueeeno, pues ya estamos por fin en Steinhauk! Ahora sólo están a un mar de distancia de Arendelle, lo cual no es poco, en realidad jaja. También hemos conocido un poco mejor a uno de sus hermanos y a su esposa, los Condes a quienes consideran claves para llegar cuando antes.
Pobre Hans, la realidad le ha golpeado fuerte en el último párrafo juju, pero ya iba siendo hora de que se hiciera la luz en su mente, y en su corazón.
Como siempre, muchísimas gracias por vuestros reviews megmisakura, CarmesiLight, A Frozen Fan, marati2011, "Guest", Silvers Astoria Malfoy, Sams Brok, y Tavata. Me alegra que os guste y espero que este capítulo lo disfrutéis también ^^
Sabéis que ante cualquier duda, opinión, crítica constructiva, lo que sea! me podéis dejar un review comentándome todo lo que queráis, incluso cualquier cosa random que se os ocurra en ese momento jeje.
Por el momento me despido, voy a aprovechar que estoy inspirada para comenzar el nuevo capítulo, a ver si consigo publicar con más asiduidad y no teneros esperando tanto tiempo.
Un saludo!
Almar-chan
