¡Hola! ¡Lo conseguí! Me había propuesto publicar antes de irme de vacaciones el viernes, en compensación por toda la espera del capítulo anterior, y me siento realizada al haberlo logrado jaja.

Os dejo leyendo, nos vemos abajo! :)

Disclaimer: Frozen no me pertenece :(


CAPÍTULO 17

Había algo reconfortante en la sensación de la cuchilla afeitando su rostro después de tantos días. Notar la piel suave que quedaba después, como si se liberara de todas las durezas que había pasado por el camino.

Pese a que Hans había solicitado los utensilios en el mismo momento en que le acompañaron a su cuarto asignado, aún había tenido que esperar un día para que un sirviente de palacio se los llevara, y aun así se los entregó con cierta reticencia. Estaba seguro de que su hermano tenía algo que ver en eso, seguro que no se fiaba de dejar a Hans con un arma tan peligrosa como una cuchilla de afeitar.

El joven reprimió el impulso de rodar los ojos ante ese pensamiento y decidió volver a concentrarse en su tarea pero esta vez fue otro pensamiento y una sensación amarga los que le alteraron. Precisamente el momento de dar forma a sus características patillas requería de bastante precisión, pero al mirarse en el espejo, lo que vio fue una imagen de sí mismo que reconocía bastante bien, y con la que a la vez no quería reconocerse.

Frunció el ceño con decisión y sin pensárselo dos veces, decidió acabar con ellas.

Una vez terminada su tarea comenzó a pasear por la habitación, no le quedaba mucho que hacer una vez que habían tratado sus heridas, tenía el estómago lleno y estaba aseado y bien vestido. Bueno, tenía ciertas objeciones a lo de bien vestido, la ropa realmente se veía de buena calidad pero sabía a ciencia cierta que no era ni mucho menos lo que cabría esperar de una persona tan influyente como Henning. En fin, otra más de sus no tan veladas muestras de superioridad hacia él.

Se descubrió a sí mismo no importándole demasiado. Sí, todavía le quedaba algo de molestia por saber que su hermano quería imponerse, para variar, sobre él, pero ya no de esa forma que le consumía por dentro y le hacía hervir de rabia y ansias de venganza. Ahora tenía otras cosas más importantes en que pensar y precisamente pasaban por no llamar mucho la atención ni montar ninguna escena en el lugar.

Supo que sus pensamientos comenzaban a dirigirse hacia cierta persona a quien no había visto desde la noche dos días atrás pero unos leves golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad.

―Adelante ―dijo algo sorprendido, pues no esperaba a nadie.

Lentamente y con tranquilidad, la puerta se abrió para dejar paso a la joven reina. Para mayor desconcierto de Hans, en cuanto se miraron, esta le dirigió una pequeña y jovial sonrisa.

El expríncipe comprobó con cierta molestia, mayor que la que sentía en su propio caso, que ella tampoco llevaba ropas adecuadas para su posición. Si bien era un bonito vestido azul marino con algunos bordados en dorado, no era lo habitual para una reina. Pese a todo, ella era poseedora de una belleza y elegancia naturales que sobresalían llevara lo que llevase, y él podía dar buena cuenta de ello pues llevaba ya bastante tiempo viajando con ella. Sin embargo, nada de esto evitó que quedara cautivado unos segundos.

―Buenos días, Hans ―saludó ella con cordialidad.

El joven, tratando de salir de su ensimismamiento, quiso reaccionar.

―Ehm… te ves muy bien ―respondió. Mentalmente se maldijo, pues eso acababa de ser muy triste.

Pese a todo, la joven amplió su sonrisa.

―Sí, suele ocurrir después de un buen baño y un sueño reparador en una cama de verdad ―contestó ella―. Veo que por fin han tratado tus heridas, me alegro.

―Así es ―fue capaz de decir, todavía sin palabras.

Se hizo el silencio entre ellos. Esa clase de silencio incómodo que se produce cuando ninguno de los dos sabe qué decir, pero querrían decir algo. Hans carraspeó, no tenía intención de quedar como un idiota.

―Y… ¿qué tal han ido las negociaciones? ―preguntó por fin.

Ante esto, Elsa vio la posibilidad de superar el extraño silencio entre ellos y decidió contestar. Hans le hizo una seña para que se acomodara en la única silla del cuarto y él decidió sentarse a los pies de la cama.

―Creo que al final todo ha salido a la perfección. Tu hermano es una persona realmente implacable y he tenido que hacer más concesiones de las que tenía pensadas en un primer momento, pero no supondrá un gran perjuicio para Arendelle ―respondió ella―. Me aseguró que en tres días, partiremos por fin a casa.

―Típico de Henning, cualquiera diría que ayudar a una reina en apuros de forma altruista sería lo correcto, pero si no saca nada a cambio, no le interesa.

―Bueno, tú tampoco me has estado ayudando a cambio de nada.

―Pero yo no soy Conde de una de las ciudades más prósperas de la zona.

―Quizá por eso no lo seas ―replicó ella lanzándole una mirada traviesa.

Hans la observó boquiabierto. Luego sonrió.

―Pero Su Majestad…. Aprende usted demasiado rápido ―contestó con voz juguetona.

Ante esto, Elsa no pudo evitar reír. Una risa tranquila y liberada de preocupaciones. Le resultaba extraño haber encontrado un remanso de paz y confianza junto a Hans, dado su historial, pero en ese momento, las cosas buenas de tenerle a su lado eran mayores que las malas, las cuales le parecían ahora tan lejanas. No quiso profundizar en ese pensamiento, por lo que optó por seguir hablando.

―Así que ahora tengo tiempo libre para descansar antes de emprender el último viaje. Había pensado pasar el día en la ciudad, pues realmente nadie me conoce y no quiero perder la oportunidad de ver la zona. El único compromiso que tengo hoy es un té antes de dormir con la Condesa.

―Haces bien, Steinhauk es una ciudad muy bonita, seguro que puedes conseguir que algún guardia discreto te acompañe ―argumentó Hans, repentinamente triste por la idea de acabar su visita.

―Uhm… bueno, uno de los acuerdos a los que llegué con el Conde es que desde ese mismo momento tú ibas a estar bajo mi custodia.

―Ajá ―fue capaz Hans de decir algo perdido por el cambio de tema.

―No impuso realmente ninguna prohibición sobre ti, mientras que yo estuviera al tanto de tus pasos en todo momento.

―Qué generoso de su parte ―replicó el joven con cierto sarcasmo―. Tranquila, no tengo intención de causar ningún problema, te lo aseguro.

―No, lo que quiero decir es… quiero decir que puedo estar al tanto de tus pasos si vienes conmigo. Nada te lo impide… digo, si quieres acompañarme…

La joven se levantó de la silla algo nerviosa y trató de girar la cabeza hacia la ventana para evitar que Hans viera su rubor. Lo cierto era que no le apetecía pasar el día entero en soledad, y tampoco con un desconocido que la tratara con distancia dada su posición. Quería pasar un día tranquilo, relajado y ser una persona normal. Y por raro que pareciera, esa sensación siempre parecía estar presente cuando Hans estaba cerca.

―Oh… ¡Oh! ―fue capaz de contestar el joven cayendo por fin en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sin percatarse, una enorme sonrisa apareció en su rostro, una que, a la joven reina le pareció adorable―. Claro que te acompañaré.

Sin dilación, se levantó de la cama de un salto y se dirigió a la puerta. No podía negar que la idea de salir por fin de su habitación le parecía estupenda, y la idea de pasar el día sin complicaciones le parecía mucho mejor aún. La reina, con una sonrisa, se levantó a su vez y se encaminó tras él. Este abrió la puerta y le cedió el paso.

―Su Majestad ―le dijo con una leve y juguetona reverencia.

―Señor Experto Escapista ―contestó ella inclinando levemente la cabeza con tono juguetón.

Esta vez Hans dejó escapar una sonora carcajada mientras salía tras ella y cerraba la puerta a su paso. Su corazón le decía, que iba a ser un gran día.


Por suerte, su corazón por una vez, no se equivocaba. En todos sus años de vida, Hans era incapaz de recordar un día mejor que este. Sí, quizá había habido buenos momentos, sobre todo con Sitron, pero ningún día que pudiera recordar que quisiera rememorar por siempre. Y realmente, si lo pensaba resultaba bastante triste que el mejor día de su vida hasta la fecha simplemente estuviera consistiendo en un paseo por las calles de Steinhauk.

No obstante, optó por no pensarlo más de lo necesario, pues estaba seguro de que eso podría provocar que todo se fastidiara de manera apresurada y no estaba dispuesto a tentar la suerte, la cual con él solía ser esquiva.

A su lado, Elsa caminaba apaciblemente sin perder detalle de nada en la ciudad. Durante su caminata, la joven le había sorprendido con unos enormes conocimientos sobre arquitectura, aunque si pensaba en su castillo de hielo, no debería haberle sorprendido en absoluto.

A lo largo del día, habían tenido tiempo para degustar durante la comida algunos platos típicos de la zona así como de pasear por los establecimientos pues Elsa quería llevar algunos regalos a sus seres queridos en Arendelle. Hans por su parte fingía interesarse por algún objeto al azar mientras tanto, pero su vista acababa desviándose siempre hacia la joven a quien acompañaba. Verla allí, tan libre de preocupaciones, mostrando su preciosa sonrisa junto a él le provocaban una sensación cálida en su interior que sabía que debía evitar a toda costa.

El problema era, que era inevitable. Aunque tratara de ser realista e intentar luchar contra ello, le resultaba imposible. Su cercanía con la reina le hacía querer demostrarle tanto a ella como a sí mismo que era mejor persona y mucho más de lo que nadie pensaba de él. Sobre todo porque, por alguna razón, ella era capaz de verlo sin siquiera tener que demostrárselo.

Ya al atardecer, su paseo por Steinhauk les llevó a la zona del puerto. Orientado hacia el oeste, la luz anaranjada del sol bañaba el mar y los buques que allí anclados se encontraban. Era una visión apacible y relajante, por lo que ninguno dudó en adentrarse y caminar por el empedrado, ya no tan concurrido como debería haber sido a lo largo del día, del puerto.

―Uhm… reconozco varios de los navíos del puerto, también suelen atracar en el puerto de Arendelle.

―Bueno, tanto Arendelle como las Islas del Sur son una parada obligatoria para todos estos buques de comercio antes de llegar a aguas de Wesselton o Corona.

Como gobernante, Elsa debía conocer de primera mano los acuerdos comerciales de su país, así como del nivel de importaciones y cantidad de bienes con los que comerciar. Según caminaban se entretuvo tratando de recordar los materiales que solían transportar aquellos barcos que sí era capaz de reconocer.

―Mira ese ―le dijo Hans, sacándola de su ensimismamiento.

La joven dirigió su mirada hacia un pequeño barco de vela muy ornamentado, Su diferencia de tamaño era muy notable comparada con el resto, y tan sólo disponía de una única cubierta con dos mástiles. Sin embargo, su decoración era muchísimo mayor que la de cualquier otro barco que hubiera visto. Todos los detalles en madera estaban tallados y ornamentados, y el navío lucía una gran escala de colores en tonos granates y dorados, en general parecía todo bastante excesivo.

―Es una embarcación de recreo. Debe de ser de alguien con mucho dinero para poder permitirse un barco tan feo.

La joven reina no pudo evitar reír ante la afirmación de su compañero, pues le alegraba que él hubiera dicho lo que ella misma también pensaba.

―Mira, y lo están cargando a estas horas. Eso es que mañana le darán uso ―continuó.

―¿Para que usan un barco tan pequeño?

―Para presumir, en su mayoría. En las Islas del Sur también está muy de moda que las familias más pudientes tengan su propia embarcación de recreo con las que ir a pasar el día en altamar ―le explicó―. Mas no subestimes un buen velero. Son capaces de surcar mares complicados pese a su pequeño tamaño.

―No estoy segura de que esa moda se estile en Arendelle. Hasta donde yo sé, la gente allí que posee un barco, realmente lo necesita ―argumentó ella―. ¿Tu familia también tiene?

―Mi familia es la familia real, si alguna vez quieren salir al mar, utilizan el buque insignia. Aunque yo una vez tuve uno.

―¿De verdad? ―preguntó Elsa animada. Le gustaba conocer cosas nuevas sobre Hans, y además, estaba casi segura de que esta en concreto iba a dar para una buena historia.

―Por una vez, para mi cumpleaños, mis hermanos decidieron regalarme una embarcación, puesto que había demostrado desde muy pequeño ser bastante aficionado a la navegación ―comenzó―. No obstante, la familia ya tenía un miembro dedicado a la armada naval, y Hakon no tenía intención de abandonar ese puesto. Así, convenció a mis hermanos de que realmente mi "afición" sólo era una moda pasajera, que en cuanto supiera de las durezas de manejar una verdadera embarcación me aburriría al poco tiempo.

―¿Y qué pasó?

―Que me regalaron el barco velero más destrozado y viejo que encontraron. Supongo que esperaban darme una lección al respecto ―continuó―. Por supuesto yo no sabía nada de eso por lo que me pareció el regalo más maravilloso que había recibido nunca ―el rostro de Hans parecía relajado, rememorando viejos y buenos tiempos por un segundo, para acto seguido mostrar una expresión de amargura―. Qué iluso. Pasé meses tratando de arreglarlo y adecentarlo para poder navegar. Me imaginaba pasando los días en el mar, alejado de las Islas, viajando a lugares distintos.

Viendo que el rostro de su compañero había vuelto a ser melancólico, Elsa tomó su mano e hizo que la mirara. No quería que le contara nada que no quisiera, pero si había empezado su historia, es porque definitivamente quería hacerlo.

Hans suspiró. La cercanía de la joven le resultaba reconfortante, y ver su rostro preocupado le enternecía.

―Ya ni siquiera recuerdo muy bien qué desencadenó todo, pero acabé discutiendo con mi familia porque decía que estaba dedicándole demasiado tiempo a arreglar el navío y muy poco a mis labores como príncipe, como si en algún momento se les hubiera ocurrido encargarme alguna labor así. Al final me enfadé y sin importarme que el barco no estuviera listo, y sin ver las nubes de tormenta que se acercaban por el oeste, me hice a la mar ―dijo por fin―. Durante un par de horas navegar así había sido todo lo que había imaginado, sí, no es fácil manejar un barco una sola persona, pero el viento y el trabajo consiguen que se te olviden todas las preocupaciones. Pero entonces la tormenta arreció y el barco demostró que efectivamente solo era una chatarra casi centenaria.

Inconscientemente, Elsa apretó más la mano de Hans que tenía aferrada. Las tormentas en el mar le traían recuerdos muy dolorosos de sus padres y pensar que el joven podía haber perdido la vida del mismo modo que ellos le resultaba aterrador.

―Después de horas luchando contra la tormenta y contra el barco, a apenas doscientos metros de la costa de las Islas del Sur, el navío se hundió definitivamente. Fueron los minutos más agónicos que he vivido. Tuve que nadar de noche, sin apenas visibilidad y con el mar embravecido, pero lo logré. Llegué exhausto y sin fuerzas después de haber pensado dejar de luchar en muchos momentos, todo para llegar de nuevo al palacio, y salvo por mi madre y un par de mis hermanos que estaban verdaderamente preocupados, para el resto había hundido un barco perfectamente útil y había demostrado que todavía no estaba preparado para la vida naval.

Hans desvió la mirada, tratando de controlar la ira que ese tipo de recuerdos le provocaba. No quería que Elsa le viera así.

―Y esa es la historia de aquella vez que tuve una embarcación de recreo ―dijo finalmente, tratando de enmascarar sus sentimientos.

―Me alegra de que no dejaras de luchar y llegaras a la costa aquella noche, Hans.

Esta vez fue ella la que desvió la mirada algo avergonzada y él quien no pudo evitar mirarla con desconcierto. Realmente, si hubiera muerto aquella noche, nada de lo que tuvo lugar en Arendelle años atrás hubiera ocurrido. No podía entender que realmente ella se alegrara de que siguiera vivo, pero aun así se sentía conmovido y cada vez más… más… fascinado por Elsa.

La joven carraspeó levemente y volvió a alzar la vista organizando sus pensamientos.

―Mis padres murieron durante una tormenta en altamar por lo que nunca he disfrutado realmente de la navegación. El Conde me ha asegurado que nos llevará de vuelta a Arendelle en su buque insignia, el más seguro de Steinhauk, dentro de tres días.

―Buque insignia… como si de verdad lo capitaneara un verdadero almirante… ―refunfuñó Hans mirando a su alrededor―. Mira, es ese.

Le señaló un gran navío en línea con la bandera de la ciudad y la de Corona como estandartes.

―Aunque si quieren que esté listo en tres días deberán trabajar a contrarreloj o no estará listo en tan poco tiempo…

―Como sea, lo importante es que todo está a punto de acabar.

―Sí… será mejor que volvamos, la Condesa pronto te estará esperando para vuestra cita ―dijo él finalmente.

Caminaron en silencio de vuelta. Durante el camino, ambos de percataron de que seguían tomados de la mano mas ninguno realmente hizo por separarse.

Elsa debía reconocer que había sido un día magnífico. Para variar, por fin había podido relajarse y olvidarse por un momento de sus preocupaciones, pues todas comenzaban a solucionarse poco a poco.

Tan solo había una que volvía recurrentemente a su cabeza, y a su corazón, pero era tan fácil olvidarse de ella… Empezaba a aceptar que quizá, su acercamiento hacia Hans estaba siendo mucho más profundo que una simple camaradería, más incluso que una simple amistad, mucho más. Y aunque esto le preocupaba, y sabía que sólo le provocaría quebraderos de cabeza, pasar tiempo con él, hablar de tantas cosas, caminar tranquilamente juntos… le provocaban sensaciones tan desconocidas y placenteras para ella que no podía evitar querer más.

Estaba segura, o eso quería creer, que todo pasaría una vez que llegara a Arendelle, una vez que volviera a ser la Reina y tuviera un montón de tareas que ocuparían su tiempo y sus pensamientos, pero mientras tanto… era muy tentador dejarse llevar para variar.

―Ya hemos llegado.

No fueron realmente las palabras de Hans, sino la repentina desunión de sus manos entrelazadas lo que le hizo volver a la realidad.

Efectivamente, se encontraban a pocos metros de las puertas del enorme palacio de los Condes y cada vez se acercaban más, lo cual significaba que su día estaba a punto de concluir.

Los guardias, reconociéndoles, les dejaron pasar sin poner objeciones, y se encontraron allí, en el enorme recibidor, junto a las escaleras, donde se separarían definitivamente.

―Ahora debes encontrarte con la Condesa ¿verdad? ―preguntó Hans.

―Sí ―contestó ella―. No sé si tenga también algo planeado para mañana.

Ante esto, el joven la observó atentamente, y con algo de nerviosismo y de duda volvió a hablar.

―Uhm… si mañana tuvieras algo de tiempo… ¿Te gustaría… o…. podrías…? ―se abofeteó mentalmente, ¿qué demonios estaba pasando con él? ―. Podríamos hacer algo, lo que te apetezca.

La joven sonrió.

―Por supuesto. No se te olvide que tengo que vigilarte.

―¡Me estoy portando bien! ―exclamó Hans con fingida molestia.

―Demasiado… seguro que tramas algo, y pienso averiguarlo.

Ambos rieron, dejando atrás la tensión de apenas un segundo atrás.

―Que duermas bien, Elsa ―le dijo finalmente comenzando a subir los escalones―. Diviértete con la Condesa, es una mujer de lo más divertida ―bromeó.

Elsa le miró con cierto reproche ante su comentario pero realmente no podía decir que ella no pensara que lo más probable es que la velada con té fuera a ser realmente aburrida.

―Buenas noches, Hans ―dijo finalmente encaminándose a su vez al salón donde seguramente ya le esperaba la Condesa.


Hans llegó a su cuarto sumido en sus pensamientos y con una bobalicona sonrisa. Se retiró la chaqueta y se arremangó la camisa para estar más cómodo antes de dejarse caer sobre la cama.

Había sido un día estupendo, de esos que se disfrutaban de vivir, pero dolían de recordar cuando poco a poco se convertían en recuerdos que nunca más volverían. Su sonrisa se borró. La realidad es que les quedaban tres días para partir rumbo a Arendelle y una vez allí, cada cual seguiría su propio camino. Ella volvería a sus labores de reina y él las Islas del Sur intentando hacer algo de provecho con lo que le quedara de vida.

Se maldijo internamente. Jamás había bajado la guardia con absolutamente nadie, y allí se encontraba ahora, abocándose a un futuro que sólo le traería más dolor y remordimientos.

De pronto, se escucharon unos golpes en la puerta. Algo desconcertado, se levantó rápidamente de la cama y se acercó personalmente a abrir la puerta. Allí, tan estoico e imponente como siempre, esperaba su hermano.

―¿Henning? ¿Qué haces aquí?

No tenía ni idea de qué asuntos le habían llevado a hacerle esta visita tan tardía, pero teniendo en cuenta el poco aprecio que su hermano sentía hacia él, sin duda no presagiaba nada bueno.


Continuará...

It's Helsa time! Ay poooobres, tan enamorados y sin querer darse cuentaaa. Tenía ya ganas de escribir este capítulo. Ambos han llegado a ese punto en el que saben a la perfección lo que sienten por el otro, pero ninguno está dispuesto a reconocerlo pues ciertamente no es un romance sencillo el que tienen entre manos. Al menos por parte de Hans es mucho más evidente. Elsa está en un momento en el que quiere dejarse llevar, la ayuda de Henning ha convertido momentaneamente su aventura en unas pequeñas vacaciones lejos de preocupaciones y de sus labores como reina, por lo que esto le ha permitido abrirse un poco más a lo que está sintiendo.

Muchas gracias a marati2011, gabrielyalejandra,rengellopez, A Frozen Fan, "Guest" y Aliniss por vuestros reviews! Me alegra mucho saber que todavía queda gente interesada en este fic, pese a no poder publicar con regularidad. Lamento no haber contestado a vuestros reviews en esta ocasión, pero he optado por usar todo el tiempo que tenía libre en poder ofreceros cuanto antes un capítulo bien Helsa, espero que lo hayáis disfrutado.

Ya sabéis que ante cualquier duda, sugerencia, crítica constructiva, lo que sea, podéis dejarme un review contándomelo todo, estaré encantada de leerlos y contestarlos mientras estoy de vacaciones en medio del campo sin más internet que el poco que le llegue al teléfono jaja.

Me marcho ya! Me despido hasta la próxima y os aviso... el capítulo que viene será muy intenso juju.

Un saludo!