Hello! Ya he vuelto!
Por dónde empezar... volví con las fuerzas tan renovadas de mis vacaciones que intenté abarcar más de lo que podía, varios cosplays en proyecto, me he apuntado a clases de Karate, la vuelta al trabajo, y además escribir el fic. Este es un capítulo muy importante y no he estado del todo convencida del resultado final hasta ahora... en realidad aún no lo estoy del todo, pero bueno! Aquí está!
Disclaimer: Frozen no me pertenece :(
CAPÍTULO 18
La joven entró con cautela por la puerta que le habían indicado al salón donde ya le esperaba la Condesa de Steinhauk. La sala, acorde a la decoración barroca del resto del lugar, estaba iluminada tenuemente por una luz que pretendía ser acogedora, aunque tan tenue que la combinación con el mobiliario oscuro de caoba la hacía parecer lúgubre.
La condesa le esperaba, sentada impacientemente en una ornamentada chaise long, el té humeante sobre una bandeja de plata en una mesa baja junto a ella.
―Disculpe, espero no haberla hecho esperar demasiado, no habíamos fijado una hora concreta.
La mujer mayor, recompuso el rostro por uno más apacible y contestó.
―No te preocupes, querida, apenas llevo unos minutos ―dijo―. Pero no te quedes ahí, vamos, toma asiento.
Elsa, así lo hizo, se sentó junto a ella en un pequeño sillón acolchado. Tenía ganas de acabar la improvisada reunión cuanto antes. No es que le desagradara la condesa ni mucho menos, pero estaba cansada y preferiría regresar a su cuarto y dormir.
―¿Y bien? ¿Qué tal ha ido su día? Espero que haya podido descansar ―comentó la anfitriona.
―Sí, he descansado bien. He salido a ver la ciudad, es preciosa ―le explicó Elsa con tono neutro.
―Oh, no se me ha informado de que uno de mis guardias le acompañaba, es cierto que nadie sabe que se encuentra aquí, Su Majestad, pero eso no significa que no deba llevar la suficiente protección.
Elsa trató de enmascarar la nota de molestia que surgió ante ese comentario. Tenía poderes de hielo, podía protegerse perfectamente.
―No fui sola. Hans me acompañó ―dijo―. Acordé con el Conde que estaría bajo mi custodia, y lo pienso cumplir ―añadió tratando de aclarar la situación sin exponerse.
Ante lo dicho, el rostro enjuto de la Condesa se mostró contrariado, sus pequeños ojos marrones desviaron la mirada, pero acto seguido pareció decidida a hablar.
―Verá, Su Majestad, si hay algo que todos mis años de experiencia me han enseñado, es que jamás debes fiarte de un Westergard.
Atónita, la joven apenas fue capaz de contestar:
―Usted está casada con uno de ellos.
La Condesa Ivana rio, divertida.
―Créeme que lo sé ―dijo con una sonrisa―. Y no me arrepiento. Pero ha podido comprobar que mi marido no es ningún santo, jamás regala nada. Y ciertamente estoy de acuerdo con él. Ambos hacemos un buen equipo, y hemos sido capaces de llevar esta ciudad a la prosperidad.
―Entonces no entiendo a qué viene semejante afirmación.
―A que conozco a esa familia. Son gente ambiciosa, traicionera… Ya en el pasado has sido testigo de hasta donde son capaces de llegar ―añadió esto último con cautela.
La reina agachó la cabeza, pensativa. Sabía muy bien a lo que se estaba refiriendo y era algo en lo que llevaba tiempo sin pensar. Después de todo lo que había vivido con Hans, los acontecimientos de su coronación parecían muy lejanos, casi de otra vida. Sin embargo, esta llamada a la realidad le hacía ver que quizá estaba siendo demasiado ilusa últimamente, ella era una reina y debía ser realista.
―Confraternizar con el enemigo es un juego muy peligroso, querida. Hans quizá le haya sido de mucha ayuda en su periplo hasta Steinhauk, pero no debe olvidar que todo lo que ha hecho por usted, realmente lo ha hecho porque tenía sus propios intereses en mente.
La joven no pudo evitar entristecerse. Tenía muy en cuenta el trato al que había llegado con Hans tiempo atrás, y en los últimos días, incluso había estado agradecida de poder llevarlo a cabo, sin embargo, quizá se había precipitado en su nueva visión sobre él. Si lo pensaba, ni siquiera había pedido perdón por lo que hizo en Arendelle. Durante el viaje había estado tan asombrada de descubrir y conocer su cara más amable que se había olvidado de que Hans tenía una terrible cara oculta.
―¡Oh, pero no hablemos de esas cosas! ―exclamó la Condesa cambiando de tema y tomando la tetera con cuidado, sirvió dos tazas. Acto seguido, acercó el plato con el azúcar y se lo mostró a la joven―. ¿Un terrón?
―No, gracias.
―Insisto ―replicó ella―. Es un té importado de la China, de gran calidad, pero terriblemente amargo.
Antes de que Elsa pudiera responder, echó el terrón en su taza y se la tendió.
La joven, algo molesta, tomó igualmente la pieza humeante de delicada porcelana y comenzó a remover el té con la cuchara mientras la condesa hacía lo mismo sin echar azúcar en la suya, lo cual si cabe, molestó incluso más a la monarca de Arendelle.
Se levantó con gracilidad y se dirigió hacia la gran pintura que adornaba la pared de la chimenea.
―Qué cuadro tan interesante. ¿Quién es?
La Condesa compuso un gesto neutro y se levantó a su lado a observar la pintura de un hombre, ya mayor, con el pelo y un espeso bigote completamente blancos en pose erguida mientras tras él aparecía un campo de batalla.
―Mi abuelo, el Conde Bertold. Un hombre de guerra y batallas y poco comercio. A su muerte dejó la ciudad de Steinhauk casi en ruinas, costó años que mi padre recuperara la confianza del reino de Corona, y más aún a nosotros conseguir prosperidad y economía.
Elsa la observó fingiendo gran interés, ocultando tras ella su movimiento de muñeca.
―Entiendo, siendo gobernante es muy fácil caer en la tentación de usar todo tu poder para fines puramente egoístas.
―Yo no diría que fuera puramente egoísta ―añadió la Condesa dirigiendo a ambas de nuevo a sus asientos―. Él pensó que la prosperidad residía en el territorio conquistado, no en el comercio. Simplemente equivocó su razonamiento.
―¿Y usted cree que su razonamiento es el correcto?
―Bueno, los hechos y la situación de mi condado nos abalan ―añadió la Condesa Ivana con una sonrisa de confianza. Tomando su taza de té, dio un sorbo―. Oh, lo lamento, querida, el té se ha enfriado un poco.
―No se preocupe, Condesa ―comenzó la joven bebiendo a su vez―. El frío no me molesta.
La anfitriona frunció levemente el ceño algo extrañada, pero decidió dejar correr el comentario y comenzó a preguntarle por su día nuevamente. Elsa decidió explicarle muy afablemente sus descubrimientos sobre la ciudad, aquellos lugares que más le habían entusiasmado y el ambiente que se respiraba en las calles.
Al cabo de media hora, cuando la conversación más bien se convirtió en un monólogo por parte de la joven, Elsa decidió observar más detenidamente a la condesa. Le costaba seguir la conversación, y sus ojos se cerraban cada vez más lentamente sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.
―¿Se encuentra bien, Señora Condesa? ―preguntó ella con cautela. No quería llegar a conclusiones precipitadas, pero claramente su mente le decía que estuviera alerta.
―Oh, tranquila, solo un poco cansada ―respondió la mujer intentado, sin éxito salir de su letargo ―Estoy segura de que Su Majestad también debe estar agotada tras su gran día.
―No, para nada.
Ante esto, la Condesa consiguió permanecer alerta el tiempo suficiente como para lanzarle una mirada inquietante. Elsa decidió mantener la calma. Con un ritmo cadencioso colocó sus manos sobre su regazo.
―Por cierto, espero que no le haya molestado, pero cuando me mostraba la pintura de su abuelo, cambié nuestras tazas ―explicó finalmente―. Realmente no me gusta nada el azúcar.
―¿Qué? ―exclamó la Condesa tratando de ponerse de pie, en vano.
―¿Qué le ha echado realmente al té?
―Nada… ―trató de decir a duras penas, pues ya apenas se mantenía en pie.
La joven se levantó del asiento y se acercó atemorizante a la aturdida Condesa. Nerviosa ante lo ocurrido, pero valiente y sin dejarse amilanar por la situación que acababa de encontrarse. Poniendo su voz más seria, preguntó:
―¿Por qué lo ha hecho?
―Porque tenemos aliados… políticos y económicos importantes… solo teníamos que mant… mantenerte sedada hasta contactar con ellos ―confesó finalmente con voz entrecortada y los ojos apenas abiertos―. ¿C-cómo lo has sabido…?
―Condesa, al casarse con un Westergard se convirtió en una de ellos y… usted misma lo dijo, jamás debes fiarte de un Westergard
La voz de Elsa trató de sonar confiada y decidida, sin embargo por dentro no paraba de pensar en la situación tan terrible en la que se encontraba, rodeada de enemigos en una ciudad casi desconocida, no iba a flaquear, eso lo tenía muy claro, pero eso no significaba que no fuera consciente de la realidad. Que se encontraba en un palacio lleno de enemigos.
La condesa pudo emitir un leve quejido que trataba de ser una risa.
―Eres buena… ―dijo definitivamente dejándose vencer por el sedante― pero jamás debiste dejarle traerte hasta aquí…
La joven no pudo evitar una mueca de sorpresa, sus ojos se abrieron desmesuradamente y su corazón comenzó a latir, desbocado.
Hans… él la había traído hasta allí, a una trampa. El mero hecho de pensarlo dolía mucho más de lo que ella misma desearía. Pero, ¿acaso sería una trampa solo para ella?
Sin más dilación se dirigió a la puerta con rapidez. No podía perder tiempo, debía escapar de allí cuanto antes.
Hans trató de ocultar su nerviosismo por todos los medios posibles. Puesto que ya tenía mucha práctica ocultando sus sentimientos, esperaba estar haciendo un buen trabajo. Su hermano cerró la puerta tras él y le observó con cierta condescendencia.
―He sido informado de tu excursión a la ciudad con la Reina de Arendelle.
El joven mantuvo la compostura. No podía exponerse bajo ningún concepto.
―Henning, tengo un trato con la reina. No voy a meterme en líos.
Su hermano parecía satisfecho con esta respuesta, sin embargo mostró una sonrisa, sabiéndose poseedor de más información.
―También vi como la mirabas hace dos noches.
Hans emitió una pequeña risita de incredulidad y lanzó una mirada divertida al mayor de los Westergard. Por dentro su corazón latía a mil por hora muerto de miedo.
―¿Y cómo se supone que la miro?
―Con fascinación, Hans ―contestó este, con un tono de voz parecido al que usarías para hablar con un niño.
El expríncipe frunció el ceño. No le gustaba nada hacia donde se dirigía esta conversación y además se sentía acorralado. Levantó todos sus muros y fortificaciones en su persona tratando de mantener un exterior lo más distante posible.
―¡Por favor, Henning! Hace un año traté de matarla. Sólo hago esto para conseguir volver a las Islas del Sur.
Esta vez el Conde de Steinhauk profirió una gran risotada.
―Oh, Hans. ¿Y qué piensas que vas a encontrar allí? ―comenzó. Caminó acercándose a Hans, cual depredador que observa a su presa―. Tus acciones nos han puesto en ridículo al resto y han amenazado nuestra estabilidad y puesto en duda nuestro poder. ¿De verdad crees que cuando llegues te van a recibir con los brazos abiertos?
―Que se me recibiera con los brazos abiertos en las Islas sería un hecho todavía inédito ―espetó Hans con más dolor en su voz del que le hubiera gustado mostrar.
―¿Y te sorprende? Nunca has hecho nada de provecho en tu vida y además has trastocado la de los demás ―de pronto, el gesto del Conde comenzó a mostrar toda la furia que había estado tratando de controlar―. ¡Por ti la gente ha puesto en duda todo el trabajo que he hecho los últimos años en la ciudad! Años luchando y haciendo lo imposible por mantener el control y tuviste que llegar tú con tus estúpidos actos a desestabilizar el equilibrio. Todos mis enemigos se frotaron las manos esperando mi derrota y mi apellido quedó ridiculizado en el mundo entero. ¡Por ti!
Los remordimientos volvieron a Hans como un balde de agua fría. No por el estúpido egoísmo de su hermano, sino porque sabía perfectamente lo terrible que había sido en el pasado y no podía evitar sentirse fatal por todo lo que hizo.
El gesto de Henning se compuso de nuevo dejando paso a una soberbia sonrisa.
―Por suerte, nuestro mayor socio comercial no nos dejó en la estacada. Y nosotros tampoco le dejaremos a él.
Algo en esa frase hizo que Hans volviera en sí.
―¿C-cómo dices?
Henning sonrió con una mirada de desdén.
―Wesselton, Hans. Sin su inestimable ayuda estos últimos meses hubiesen supuesto nuestra ruina, pero hemos conseguido lograrlo, y a un socio así, no se le puede contrariar.
La respuesta cayó sobre el joven pelirrojo como una pesada losa. Palideció y su expresión fue de absoluto terror. Se había equivocado por completo, una equivocación que podía ser fatal. Pensando que aquí la joven Reina estaría a salvo tan sólo la había llevado de una trampa a otra. El pánico se apoderó de él y de pronto, sólo un único pensamiento acudía a su cabeza.
―E-elsa…
Trató de alcanzar la puerta de salida, pero a medio camino se topó con Henning, quien sin ningún reparo, y haciendo gala de su superioridad física le lanzó un puñetazo certero al costado que tenía magullado dejándole sin respiración.
Antes incluso de que pudiera reaccionar, otro puñetazo cayó sobre su rostro aturdiéndole y haciéndole tropezar con la cama y acabando sobre ella. Con la vista algo nublada por el dolor, vio como Henning se abalanzaba sobre él. Pataleó e intentó zafarse sin éxito pero la mayor corpulencia de su hermano le hacía casi imposible moverse.
Cuando las fuertes manos del Conde se aferraron sobre su cuello su corazón dio un vuelco y supo que no tenía escapatoria posible. Trató de moverse, arañarle la cara y los brazos pero su mayor fuerza hicieron que todos sus intentos fueran en vano. Le faltaba el aire, se estaba ahogando y su visión empezaba a desaparecer.
―Pobre, Hans. Le encontramos en las cercanías de Steinahauk ―comenzó diciendo aferrando con más fuerza el cuello de su hermano y con una macabra satisfacción en la voz―. Puso resistencia y nos vimos obligados a… abatirle.
Hans le arañó los brazos con toda la fuerza que le quedaba, sin embargo Henning ni se inmutó. Apenas le quedaba aire para aguantar y le costaba mantener la consciencia. Los ojos de su hermano, cargados de ira y resentimiento era lo único que podía ver en ese momento.
―No había ni rastro de la Reina, me temo que debemos pensar lo peor ―continuó con fingida voz de pena. Ante estas palabras Hans fue capaz de volver ligeramente en sí, pero la falta de aire le había dejado sin fuerzas y apenas era capaz de luchar ya―. Pronto Wesselton se hará con el poder, Hans, y nosotros a su lado.
El joven ya había dejado de luchar, sin fuerzas, y poco a poco sus ojos se iban cerrando. Todo su cuerpo ardía por la falta de aire pero lo único que podía pensar era en la impotencia de no poder hacer nada por ayudar a Elsa, la cual iba a quedar totalmente a merced de su hermano, por su culpa y su estupidez.
―La gente llorará a su reina perdida y tú serás por completo olvidado ―dijo. Sabiendo que Hans era incapaz de poner ya resistencia optó por acercarse a su oído y asegurarse de que fuera lo último que oyera en su vida―. Porque, oh, Hans, ¿a quién le import…?
―¡Aléjate!
Acompañado del grito, una tremenda ráfaga de viento y hielo barrieron la habitación entera y mandaron a volar al conde, el cual chocó con estrépito contra la pared y quedó apresado y colgando tras un gran parche helado.
Hans, recuperando ligeramente la capacidad de respirar, tragó una enorme y costosa bocanada de aire y se levantó como un resorte de la cama. No obstante, su debilitado cuerpo fue incapaz de sostenerse y cayó a plomo sobre el suelo.
―¡Hans! ―exclamó la reina acercándose con rapidez hacia él y ayudándole al menos a incorporarse hasta quedar arrodillado.
El joven trataba de recobrar la compostura todo lo deprisa que pudo, mas su cuerpo no hacía más que temblar, fruto de los nervios y la debilidad ocasionada por haber estado a las puertas de la muerte. Notó como Elsa, si bien dejándole toda la distancia que podía para coger aire, le tenía bien sujeto por los brazos, temerosa de que si le soltaba, pudiera desfallecer.
Su cabeza fue descendiendo, incapaz de mantenerla hasta dar con el hombro de la joven. Desde allí trató de coger aire, tan necesario como doloroso. El cuello le ardía y la simple inspiración resultaba casi imposible. Por instinto, se llevó una mano a la zona adolorida, pero solo consiguió magullarse más. De pronto, donde antes se habían posado unas manos asesinas, ahora sentía el frío y suave tacto del anverso de los dedos de la reina, acariciando suavemente y mitigando el dolor levemente con su frialdad.
―¿Mejor? ―preguntó Elsa en voz baja.
Incapaz todavía de hablar, Hans se limitó a asentir con la cabeza, gesto que la joven notó pues seguía con la frente apoyada en su hombro.
Unas enormes risotadas les hicieron volver a la realidad.
―¡Oh, mírate, Hans! ¡No puedes ser más patético! ―dijo el Conde con odio―. Lamiéndote las heridas junto a la reina a la que intestaste matar, mendigando por un poco de su afecto. ¡Das pena! ―espetó con rabia―. Siempre has sido un maldito inútil, un estorbo para todos. ¡Guar…!
―¡Cállate! ―espetó Elsa antes de que el mayor de los Westergard pudiera llamar a los guardias y lanzándole un parche de hielo a la boca sin siquiera desviar la mirada de Hans, quien se había tensado, visiblemente dolido por las palabras de su hermano.
Gracias a eso se hizo el silencio, sólo levemente interrumpido por los intentos del Conde de hablar pese a la improvisada mordaza.
Elsa permitió unos segundos que el joven normalizara su respiración, pero sabía que el tiempo corría en su contra. Se le notaba claramente alterado y no era para menos, no solo por haber estado a punto de morir sino porque había sido su propio hermano el causante. ¿Cómo de retorcido resultaba eso? Sin embargo, tenía muy claro que no podían permanecer allí ni un segundo más, ya habría tiempo para reflexionar cuando estuvieran a salvo, o al menos, relativamente a salvo. Y para ello, necesitaba a su compañero.
―Hans, debemos salir de aquí ―dijo finalmente tratando de no parecer ansiosa―. Y… el experto escapista eres tú.
Ante lo dicho, el joven por fin alzó la mirada para encontrarse con los profundos ojos azules de la reina. Su rostro trataba de aparentar serenidad, pero podía adivinar un gran nerviosismo en ella, algo normal dada su situación. Supo entonces que era su turno de actuar. Él la había metido en este lío y él iba a sacarla de allí. Observándola, a escasos centímetros de él, supo con certeza todo lo que le hacía sentir y lejos de aterrorizarle como hacía no mucho tiempo atrás, sintió sus fuerzas renovadas.
Con algo de esfuerzo se levantó, decidido. El asombro de su hermano se hizo palpable mas no le prestó atención, solo tenía ojos para la joven delante de él. Toda la maquinaria de su cerebro comenzó a trabajar a toda velocidad y con gran precisión. Tomó la mano de Elsa y la dirigió hacia la puerta, no sin antes dirigirle una pequeña sonrisa, turbada por el dolor de su cuello.
―Tengo una idea ―dijo finalmente―. Pero es hora de que la Reina de las Nieves se muestre en todo su esplendor.
Inesperadamente, la joven mostró una amplia sonrisa y de pronto se abalanzó sobre Hans aferrándose a él en un fuerte abrazo. El muchacho jamás habría esperado un acto así, pero la sensación de Elsa aferrada a él, transmitiéndole calidez y entusiasmo no la cambiaría por nada del mundo y decidió, aunque algo dubitativo, cerrar sus brazos sobre ella.
Todavía abrazándole, la joven dejó por fin escapar un suspiro de alivio.
―Sabía que no me fallarías ―dijo finalmente en apenas un susurro.
Fue en ese instante cuando Hans cayó en la cuenta de la gran responsabilidad que tenía. Una que además estaba dispuesto a conseguir a como diera lugar en aquel preciso momento. Porque al confiar en un Westergard, en él concretamente, Elsa estaba llevando a cabo un acto de fe absoluto. Fe en él. Y si bien en cualquier otro momento en el que pudiera reflexionarlo mejor le resultaría abrumador, estaba más que dispuesto a ser digno de esa confianza por una vez.
Cuando por fin se separaron, ambos mostraron un semblante de decisión, y sin pararse a mirar la habitación y la persona que dejaban atrás, salieron a toda prisa por la puerta, porque por separado ambos se habían hecho ya un nombre por diversas razones, pero juntos… Steinhauk no sabía de lo que eran capaces.
Continuará...
Helsa al ataqueee! Definitivamente sí, lo de Elsa ha sido todo un acto de fe para con su compañero, pues con sus antecedentes lo lógico era haber pensado lo peor. Bueno bueno, ya veremos algo más en profundidad esta decisión en el próximo capítulo jeje
Muchas gracias a Aliniss, SulietGirl, marati2011, megumisakura, CarmesiLight, A Frozen Fan, y Mia por vuestros reviews! Me alegra que os guste y que sigais todavía esta historia aunque no pueda ser muy regular con las actualizaciones, pero como siempre digo, no pienso dejar la historia a medio por nada. (Y además tengo algunas ideas Helsa para después juju)
Como siempre, ante cualquier duda, sugerencia, comentario, crítica constructiva, me podéis dejar un review, estaré encantada de responderos lo mejor que pueda ^^
Me despido hasta la próxima. Besos!
Almar-chan
