Ficker problems: ¡Necesito leer BethxAxel urgente! ¡Y no hay nada!

Con uds, Dixon Blood...


La casita de Aragon

Durante la cena, James le explicó a Daryl el juego del dominó. Se trataban de unas fichas rectangulares y blancas, que estaban divididas en la mitad por una línea negra. Tenían también puntitos negros que iban del uno al seis y variaban según la ficha. Algunas tenían la misma cantidad de puntos de ambos lados, por lo que representaban el mismo número. Daryl comprendió en seguida, cosa que dejó asombrado a James.

Mientras, Merle y Dolly se ocupaban de trasladar sus cosas a los nuevos cuartos. La casa era adorable e inmaculada. Tres habitaciones. Dos baños. Patio delante y detrás. No podían pedir más y, aunque se sintiera incómodo, sabía que sería lo mejor para Daryl. Estaba cerca de la escuela, estaba cerca de sus abuelos y, de alguna forma, cerca de su hermano. Se había acostumbrado a la idea de que Dolly y James participaran en la crianza de Daryl porque, por más que le doliera admitirlo, siempre supo que su cuidado no alcanzaría y estaba muy seguro de que él no era precisamente la figura masculina ideal para un niño como su hermano. Él era más bien todo lo que Daryl nunca debería ser.

— Iré a revisar cómo va la cena, hijo.

Merle asintió y observó cómo la anciana abandonaba la habitación. Terminó de acomodar la ropa de Daryl y se dirigió al comedor, donde el pequeño seguía jugando con James.

Los miró un rato y contempló, sobre todo, la mirada de Daryl. Miraba a James con atención, admirándolo, casi de la misma forma en que lo miraba a él. No entendía qué veía Daryl en él, como para quererlo tanto. Había hablado aquello con Dolly y ella le había dicho que era porque la sangre tira, porque, entre ellos, siempre habría un lazo especial, perceptible a simple vista pero difícil de quebrar. Recordó cómo le dijo que esas eran puras estupideces y lo que ella respondió. "Tarde o temprano me darás la razón". Esos viejos. La sola idea de que su presencia tenía fecha de vencimiento lo asustaba. Era cuestión de tiempo antes de que se viera envuelto en algo que lo hiciera perder la libertad, la posibilidad de estar cerca de su hermano y de cuidarlo. No le había dicho a ninguno de sus amigos que se mudaría, pero no tardarían en encontrarlo si es que lo necesitaban para algo. James le contaba la cantidad de veces que preguntaban por él. ¿Cuánto pasaría antes de que se enteraran que ahora vivía en esa casa tan opuesta a su hogar anterior? Porque no era solo la casa tan bien construida y ubicada en un barrio tan pintoresco, ahora formaba parte de algo parecido a una familia. Y eso era algo que no se le puede quitar a otro, simplemente se tiene o no. Merle y Daryl no lo habían tenido antes y ahora en lo único que podía pensar era en cuánto les duraría eso.

— ¡Gané!

— Vaya, hermanito. ¿Suerte de principiante?

— Es la segunda vez — dijo Daryl mientras volteaba las fichas. James asintió.

— Aprende rápido — aseguró el anciano levantándose.

— No te vayas, abuelito. Quiero jugar otra vez — pidió Daryl poniéndose de pie y siguiendo a James con la mirada.

James miró a Merle y le hizo un gesto con la cabeza antes de irse rumbo a la cocina. Merle suspiró.

— Yo jugaré contigo, hermanito.