35. Las noches de los homicidios

Era julio. Oculto por las sombras, Jacob Greyback caminaba a zancadas a través del césped que bordeaba la altísima mansión, oculto por una capucha. La luna llena se alzaba en lo alto. El hombre avanzó a través de setos y hierba, hasta la puerta frontal.

-¿Hola? ¿Quién es usted? ¿A quién busca a estas horas? –dijo un mago que aparentaba ser el mayordomo de la mansión.

-Mi nombre es Vincent McGreggor, vengo de parte de Herby Dippet. Necesito ver al señor Granger.

Arriba, en una sala de la mansión, Steve Granger observaba por una ventana al carruaje llevado allí por hipogrifos. Supo que lo habían encontrado. Su hermano lo había encontrado.

¿Cómo podía ser? Llevaba años oculto allí. Al llegar al pasado, a 1998, Steve había despertado y le había arrebatado el giratiempo a su hermano. Entonces, para poder escapar de él, había girado este a toda velocidad sin pensar en lo que hacía, y él se había ido de allí con el giratiempo, a la década de los ochenta, sin saberlo; dejando a su hermano malvado en 1998. Al hacerlo, y aterrizar Steve en los ochenta, el giratiempo se había golpeado al caer en ese lugar, destruyéndose.

Steve Granger había pasado todos esos años viviendo en el pasado, tratando de permanecer oculto de las miradas de los magos y brujas, haciendo una vida en las sombras. No quería que nadie lo reconociera como un mago del futuro, por temor a lo que eso podía causarle a la realidad del universo.

Steve, un muchacho de diecinueve años que había nacido a fines de los noventa en el momento en que su malvado hermano lo arrastró al pasado, ahora era un mago de veinte años en los ochenta. Vivió una vida completa allí. Hasta se enamoró de una bruja, la única a la que reveló su verdad, y tuvo hijos. Con ella se fueron a vivir a esa mansión, en tierras inglesas lejanas, donde creyeron que nadie los encontraría.

Cuando llegó el año 1998, de forma natural, mucho tiempo después, Steve ya era un mago mucho mayor, de casi cuarenta años, y vivía con su mujer y sus hijas allí. Su mayordomo, Edward, le servía hacía muchos años, pero jamás le había dicho su verdad. Solo le había dicho que sí, algún día, aparecía alguien preguntando por el señor Granger, fuera a notificarlo de inmediato.

Steve no le había dicho a su mayordomo que mintiera, ni que dijera que él no vivía allí, ni nada por el estilo. Era valiente y se había preparado en todos años para cuando llegara el momento de enfrentar a su hermano, que sin dudas lo encontraría. Lo que sí le había dicho a su mayordomo fue que, en caso de pasar, no revelara su verdadero nombre, Edward, sino que se inventara otro. No quería que otra persona pagara por un problema personal suyo con su hermano, así que sería una buena forma de protegerlo hacerlo disfrazar su identidad.

Podía ser hosco y poco comunicativo, para proteger a su familia y al mundo de alguna extraña alteración en el tiempo, pero apreciaba mucho a Edward, y sabía que podía ponerlo en peligro cuando su hermano fuera allí a buscarlo.

El mayordomo, Edward, escaleras abajo, hizo pasar a Greyback, sin saber que tanto él como Greyback estaban allí para cumplir los deseos de ataque y defensa de otros dos magos, hermanos entre sí, que se odiaban a muerte.

Steve se metió en su oficina, que no tenía ventanas, y se puso a buscar su arma. El arma que había desarrollado todos esos años, y que le permitiría vencer a su hermano. Pronto, su mayordomo llegó para alertarlo del intruso.

-Alguien lo busca –le dijo-. Un mago. Viene de parte de Herby Dippet. Dijo que su nombre era Vincent. Vincent McGreggor.

Steve se llevó el sobresalto de su vida.

No fue porque finalmente Christopher lo hubiera encontrado, porque hubiera descubierto, allí mismo, en 1998, poco después de aparecer en el pasado, dónde vivía; sino por los dos nombres que había dicho su enviado.

Vincent McGreggor era un mago, un profesor que Steve conoció en los noventa, en sus años de ocultamiento, un antiguo amigo de su mujer. Era un gran mago, excepcional. Lo entrenó en la magia y le enseñó técnicas con las que podría derrotar a su hermano. Además, ese mismo año había conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts, de forma que podría proteger el castillo si Christopher intentaba atacar allí.

Por supuesto, el mago que había irrumpido en su casa no era el verdadero Vincent McGreggor. Además, sabía que Herby Dippet, el mago oscuro, había muerto tiempo atrás, porque él mismo, Steve, había estado allí cuando esto había ocurrido. Steve, viviendo su vida en los noventa, había estado allí cuando Dippet creó el mundo de los muertos usando un antiguo velo y creando dos portales interdimensionales. Steve había presenciado aquello, y había visto allí la gran oportunidad para derrotar a su temible hermano.

Esa era su arma. El arma que ahora guardaba en su despacho. La que tenía ahora en sus manos. Había pasado todos esos años perfeccionándola. Era la única que podía competir contra las Reliquias de la Muerte…

Él mismo, Steve, había ido a Azkaban encubierto para advertir a Sirius Black, el padrino de su padre, de todo lo que había acontecido con el portal y el velo, para que este luego pudiera decírselo algún día a Harry Potter. Ya que era muy poco probable que Steve pudiera revelarle la verdad a su padre en persona.

Y Harry Potter tenía que saber, algún día, sobre la existencia del portal y del mundo de los muertos, porque esa era la clave para vencer a Christopher. Esa, y el arma que tenía allí en su despacho, de la que también le habló a Sirius, diciéndole que solo le dijera a Harry la verdad sobre todo esto en el último momento posible, cuando fuera importante que lo supiera.

-¿Señor? ¿Está ahí? –preguntó Edward.

-Sí, aquí estoy –dijo él-. No conozco a ningún Herby Dippet.

Dijo esa mentira casi sin pensar en lo que decía, mientras pensaba a toda velocidad cómo actuar a continuación. ¿Y si atacaba a su hermano él mismo, en ese momento? Pero podía salir mal. Terriblemente mal. Su familia podía correr peligro. Sabía lo peligroso que ese mago era…

-¿Desea que lo eche, señor?

-No lo conozco, no sé quién es –dijo él, para hacer tiempo, para tener un segundo más para pensar.

Qué audaz era su hermano, en decirle a su enviado que dijera que iba de parte de Herby Dippet. Porque eso indicaba que no solo lo había descubierto, sino que sabía sus planes. O parte de sus planes. Era un mensaje en clave que le estaba enviado. Y el decir que el enviado se llamaba McGreggor era una forma de indicarle que también sabía quiénes eran sus aliados, sus amigos, en esa época. Era una forma que tenía su malvado hermano de decirle que ya lo sabía todo, que no podría vencerlo, que lo tenía acorralado.

Tenía que proteger a Edward, y a su familia. Pero también al arma. O jamás podrían derrotarlo.

Entonces, usó esos momentos para esconder el arma en una bóveda secreta que había en su despacho. La única forma de encontrarla sería que alguien con sangre Potter lanzara una gota de sangre en la pared, y allí se abriría.

Finalmente, su mayordomo apareció de vuelta, y esta vez él salió a recibirlo.

-Lo siento mucho, señor -se apresuró a decir este-. Es este extraño que vino a buscarlo. Estaba en el recibidor, y entonces…

-¿Dejaste entrar a un extraño a mi casa, a altas horas de la noche, y ahora no lo encuentras?

-Su carroza aún está en la entrada, pero no sé dónde pudo meterse. Ya registré la casa sin éxito. Creo que lo más prudente es alertarlo, en caso de que…

-¿Has llamado ya a los aurores?

-No… Lo s- Lo siento, señor.

-En estos casos, lo primero que debes hacer es ponerlos sobre aviso.

-Si. Si, señor. Les mandaré una lechuza urgentemente.

-No, no les envíes una lechuza. Usa la red flu, o para cuando reciban el mensaje podríamos estar ya todos muertos.

-Claro, señor.

-Luego, ve a buscar al resto de mi familia y ponlos a resguardo en la sala del pánico hasta que ellos lleguen, para eso tenemos esa sala. Cuando hayas terminado con eso, si aún no hay señales del intruso, espera la llegada de los aurores. Ese es el procedimiento a seguir. Ahora ve, y ya no pierdas el tiempo.

-Enseguida, señor.

Lamentaba ser así de duro con Edward, pero necesitaba hacerlo para que este entendiera la importancia de aquello. Su familia estaba en peligro.

Steve se aplicó un encantamiento desilusionador y salió al corredor, justo para ver aparecer ante él a su propio padre, Harry Potter, en compañía de Ron Weasley, el mago con el que su padre siempre había tenido problemas por haber tenido hijos con la que había sido su amada, cosa que su amistad jamás había podido superar realmente.

Impresionado por ver a su propio padre con una edad menor que la suya, y ante él, Steve mantuvo silencio y observó cómo Edward, sin saber la relación que su amo tenía con ellos, los despistaba para ir a meter a su familia en la sala del pánico.

Luego de asegurarse que su mujer e hijas estaban a salvo, Steve volvió a su despacho y se encerró allí. Todavía no se decidía. ¿Debía sacar el arma y atacar, o mantener el plan original?

Entonces, Edward le notificó que el intruso se había marchado.

¿Qué habría significado todo aquello? Un intruso que ingresaba en su casa y desaparecía de la nada no podía significar nada bueno. Era claro que su hermano lo había enviado, pero, ¿por qué irse? ¿Sería por los aurores? ¿Sería que Christopher llegó a ver a su propio padre allí, a Harry Potter, y decidió huir por eso? Harry quizás era el único mago a quien Christopher tendría un poco más de respeto; no por haber confiado en él cuando nadie más lo hizo, sino porque sabía que era un gran mago. Y por eso mismo Steve confiaba en que fuera Harry quien finalmente lograra vencerlo.

Así que decidió dejar el arma escondida. Mantener el plan original.

Quizás era hora de mudarse nuevamente, también. Para proteger a su familia. Esa no era la única mansión en la que habían vivido esos años.

Mientras pensaba en eso, un grito acuchilló la noche.

"NO HAY ESCAPATORIA, GRANGER. PAGARÁS POR LO QUE HAS HECHO. Y ESTO ES SOLO EL COMIENZO. El Cazador de Brujas".

Steve se quedó allí, de piedra. Su hermano había matado a Edward. Solo estaba jugando con él. En vez de enfrentarlo, primero lo haría sufrir, como había prometido. Mataría a todos los magos y brujas que fuera posible, los que fueran cercanos a él, para hacerlo sufrir. Y la primera víctima había sido su fiel mayordomo de muchos años, Edward.

Entonces, el Harry que aún estaba en el mundo de los muertos, presenciando todo aquello, vio cómo todo a su alrededor cambiaba nuevamente: los colores mutaban, las formas se encogían y cambiaban de aspecto. Todo a su alrededor se volvió una nube de humo negra, y luego una luz blanca. Ahora, Hermione lo llevaba a través de los vórtices espacio-temporales hacia otro momento en el tiempo, hacia una sala en penumbras en el que dos magos estaban.

Uno de ellos, con una máscara de lobo puesta, apuntaba a Jacob Greyback con la Varita de Saúco.

-Tus recuerdos serán modificados –le decía, con malicia-. A partir de ahora, borraré muchos de tus recuerdos. Ya no recordarás que cambiaste a Betany Adams por Karen Granger, y que luego le revelaste en un mensaje de sangre en la pared la verdad a Steve, y que conjuraste una Marca Tenebrosa que Steve pudo ver porque le avisaste en una carta que bajo la marca estaría su mujer. Tampoco dirás que luego cambiaste ese mensaje con sangre, borrando esa parte, a uno más resumido. El que luego el Ministerio borró, para mantener en secreto su línea de investigación, porque ya sospechaban de ti.

"Y si alguien te fuerza la verdad con Veritaserum, esa será tu verdad –dijo El Cazador de Brujas, lanzando un rayo de luz azul en la cabeza de Greyback, que parecía poseído y asentía con la cabeza-. De esa forma, nadie sabrá quiénes fueron las verdaderas víctimas de mi asesinato, ni descubrirán la verdad.

Se quitó su máscara, y Harry pudo ver que bajo la máscara de lobo estaba el muchacho de pelo negro azabache largo que había visto antes en Land's End, su hijo, Christopher Potter.

-Y harás un juramento inquebrantable por el que jamás revelarás que viste este rostro.

Entonces, todo se transformó nuevamente y Harry pudo ver a Steve nuevamente, en otro lugar, hablando con otro mago.

Steve estaba llorando, desesperado. El otro mago le sostenía las manos.

-Debes protegerlas, Vincent –le decía a este, al parecer en alguna parte de Hogwarts-. Protege a mis hijas. Sabes lo que ya ha hecho. Sabes que mató a mi mujer, a mi Karen…

-Lo sé –dijo el mago que se llamaba Vincent, muy apenado-. Lo siento tanto, Steve. Sé lo que te está haciendo. Quiere matar a todos a tu alrededor. Sé que le aplicó poción multijugos a Karen y la hizo pasar por Betany Adams, a la que había matado previamente, y la mató junto con el niño de los Adams…

-Mis dos hijas son todo lo que me queda –le dijo Steve, destruido-. Mis pequeñas… Mi Janet, y mi Laura. Ocúltalas bien, ¿lo harás? Donde él jamás pueda encontrarlas.

-Lo haré –dijo Vincent McGreggor.

Entonces, todo mutó nuevamente, y Harry vio que Steve corría desesperado por los pasillos de Hogwarts, con un encantamiento desilusionador, y entraba a un aula donde Vincent estaba muerto y sangrando.

-¡NOOO! –gritaba este-. ¡NOOOOOO!

Había un mensaje en la pared escrito con sangre allí. Decía:

"Lo regalos continuarán, Granger. El próximo serán las pequeñas Janet y Laura. El Cazador de Brujas".

Lleno de ira y desesperación, Steve lanzó hechizo tras hechizo al mensaje de sangre, borrándolo por completo, sin dejar rastro de él. Se fue de allí desesperado.

Entonces, la imagen mutó otra vez, y Harry vio que Steve estaba muy lejos de allí, en otro país, junto a dos niñas.

-¿Cómo están, pequeñas? –les decía. Las dos niñas miraban a su padre y le sonreían.

-¿Ahora vas a quedarte con nosotras? –decía una de ellas.

-Sí –decía él, con una sonrisa triste-. Les prometo que ya no volveré a abandonarlas.

Y Harry supo, porque podía ver dentro de la mente del mago, que Steve se había ido al lugar donde las niñas estaban ocultas: Argentina. Estaban escondidos allí, con una vieja aliada, que había hecho un juramento inquebrantable por el que jamás revelaría su ubicación.

-Gracias por todo lo que has hecho por nosotros, Evangelina –le decía Steve a la chica, en una casa antigua allí.

-De nada, Steve –decía Evangelina, sonriéndole-. Todo saldrá bien. Ya no vuelvas a Inglaterra, Steve. Quédate aquí con ellas, mi madre les dará su casa. Yo, en cambio, iré a Inglaterra para continuar el plan que tenemos junto a George, con el que quizás podamos atrapar a Greyback, al menos. Estaremos un paso más cerca de llegar a Christopher.

Steve asintió.

-Ya no volveré a Inglaterra –le dijo, de acuerdo con ella-. No traerá nada bueno. Me quedaré aquí. Pero debes saber que mi hermano no descansará, aunque ya no pueda vengare de mí. Seguirá con su otro plan, y cuando tenga las tres Reliquias de la Muerte podrá acabar conmigo, y con todos los magos y brujas.

Todo cambió a su alrededor, y ahora Harry vio a Bill y Fleur, ambos luchando con sus varitas contra un mago enmascarado.

-¡Lo tenegmos! –gritaba Fleur-. ¡Te dije que lo encogtlaguíamos!

El mago era El Cazador de Brujas.

-¡Jamás podrán vencerme! –entonces, El Cazador de Brujas los derrotó a ambos con un hechizo y los dejó tendidos en el piso. Empezó a reír, con crueldad. -¿De verdad pensaron que podrían ustedes solos contra mí?

-Pagarás por la muerte de mi hermana –decía Bill, que había estado siguiendo la pista del mago oscuro en secreto, para vengar la muerte de su hermana.

-Te encontrarás con tu hermana cuando te mate –le dijo El Cazador de Brujas-. Pero primero, los dejaré prisioneros para que sufran, semanas, encadenados, comiendo ratas. Solo entonces los mataré. Y enviaré una copia de mi máscara a casa de tus padres, para que piensen que tú eras El Cazador de Brujas, y que tú fuiste el que mató a tu cochina hermana.

El Cazador de Brujas reía despiadadamente, divirtiéndose.

Entonces, todo cambió otra vez, y Harry vio algo que ya había visto: el momento en que Christopher Potter obtenía las tres Reliquias, y se esfumaba con ellas. Ahora, pudo ver el lugar al que se dirigía: la antigua mansión, la que había pertenecido a su hermano. Todo ese tiempo había estado viviendo allí, en ella.

-Las tengo –decía en voz alta, victorioso-. Podría terminar todo en este momento… Pero no, primero me vengaré de mi hermano. Reliquias, ¡llévenme con Steve! ¡Es hora de hacerlo sufrir!

Pero nada pasaba. Las tres Reliquias no tenían el poder de encontrar a un mago. Solo lo hacían Amo de la Muerte, lo que significaba que podía terminar con la vida de cuantos magos quisiera, y ahora podía traer a la vida a todos los magos que quisiera. Pero no eran un rastreador, y se llenó de ira al descubrirlo, empezando a destruir partes de la mansión con la Varita de Saúco.

Todo cambió nuevamente, y Harry volvió a ver a Christopher, redactando el mensaje final para El Profeta, aquel en el que finalmente había decidido que no podría encontrar de nuevo a su hermano, para vengarse de él, pero finalmente podría usar las Reliquias para matar a todos los magos y brujas, lo que también mataría de paso a su hermano.

La mejor forma de hacerlo sería esa: sería que su hermano se entere, por el artículo del periódico, que su plan era matar a todos, y que muriera junto al resto de magos y brujas. De esa forma, no solo morirían sus hijas, sino que el sabría por adelantado que ellas iban a morir, al igual que él. Eso le causaría suficiente sufrimiento para dejar a Christopher satisfecho.

Riendo por su plan, Christopher se puso de nuevo su máscara y se preparó. El 30 de junio no estaba lejos de allí.

Y entonces, de la nada, Harry volvió a aparecer en el mundo de los muertos.

Otra vez rodeado de negrura, luces y humos extraños, Harry se encontró junto a sus amigos Ron y Hermione. Las visiones y viajes espacio-temporales habían terminado.

-Así que esa es la verdad –dijo Harry, mirando a Hermione a los ojos. Ella le devolvió la mirada, asintiendo. –Esa es la verdad detrás de todo esto. Nuestro hijo… Él es el Cazador de Brujas.

Hermione asintió otra vez.

-Pues, debemos matarlo –dijo Ron entonces-. Antes del 30 de junio. Hay que matarlo de alguna forma.

-Steve, nuestro otro hijo, aún está vivo –dijo Hermione-. Con sus dos hijas, también vivas, en Argentina. Nuestras nietas.

Harry sentía un nudo en el estómago. Con solo dieciocho años, ¿tenía ya dos nietas?

-Aún podemos salvarlos –dijo Ron-. A él y a todos los demás. Solo recuerda lo que dijo tu hijo, Harry: Hay un arma en esa mansión que puede ayudarte.

-Y hay algo que Sirius te dijo que debería servir para lograrlo también –dijo Hermione.

Harry se puso a pensar, y asintió.

-Sí, eso era lo que les decía –dijo-. Mi plan. Lo que les dije hace un rato. Sirius me lo dijo. Y ahora lo entiendo. Quizás haya una forma de intentarlo, pero ese mago es muy poderoso…

-Vale la pena intentarlo –dijo Ron.

-Tiene las tres Reliquias de la Muerte –dijo Harry, muy agitado por todos los nuevos descubrimientos.

-Vale la pena intentarlo –dijo Hermione, repitiendo las palabras de Ron.

Harry entonces asintió, mirando a sus dos amigos y tomando fuerzas y valentía.

-Vale la pena intentarlo –repitió también.

Entonces, Harry miró a su alrededor, al mundo de los muertos.

-Puedes salir de aquí –le dijo Hermione-. Tú no has muerto. Entraste aquí voluntariamente. Por eso puedes salir voluntariamente también.

-Como Sirius –dijo Harry, pensativo-. Pero él volvió sin magia, sin poder salir del lugar en el que estaba.

-Eso fue porque quiso salir de inmediato, sin saber la forma correcta de hacerlo, y salió por un vórtice que le quitó su magia y lo dejó débil y anclado geográficamente –explicó Hermione-. Pero en todo mi tiempo aquí, he conocido muchos vórtices, como habrás visto recién.

Harry asintió.

-Te llevaré por el correcto –le dijo.

-¿Y tendré magia aún, y podré aparecerme en otros lugares?

Hermione asintió.

Harry entonces caminó hacia ella.

-Bien –dijo, asintiendo nuevamente-. Vámonos de aquí.

-Nosotros no –le recordó Ron-. Nosotros hemos muerto.

-No del todo –le dijo Harry.

-Tú volverás –dijo Hermione-. Y tu prioridad debe ser matar a Christopher. Matar a El Cazador de Brujas. Ya no tiene otra salvación. Se ha vuelto desquiciado y diabólico. Solo queda esa opción, matarlo.

-Solo así salvarás a todos los magos y brujas –le dijo Ron-. Estaremos deseándote suerte desde aquí, amigo.

-Gracias –dijo Harry entonces, muy afligido-. Muchas gracias. No saben cuánto los extraño. Yo…

-Ya no pienses en nosotros –le dijo Hermione.

-Yo tengo toda la culpa –dijo Harry-. Todas esas decisiones que tomé… Que crearon esta realidad distópica donde fuimos a parar… Si solo no hubiera… -pero no sabía qué decir. ¿Si solo no hubiera besado a Hermione esa noche en la playa?

-Ya es pasado –le recordó Ron-. O presente. O futuro. Esto es todo muy confuso. Pero recuerda. Ahora solo quedas tú, y una sola chance de evitar el plan de ese mago. Una sola chance de salvar al mundo mágico.

Harry asintió otra vez, temblando de la mezcla de sensaciones que lo abrumaban.

-Haré todo lo que sea necesario –dijo, mordiéndose los labios con ira-. Mataré a ese hijo de perra.

-¡Oye! –protestó Hermione, dándole una palmada en el brazo.

-Oh, lo siento –Harry se disculpó-. Me cuesta trabajo asimilar toda esta nueva información. Quiero decir, mataré a ese desgraciado.

-Vamos. Hay que sacarte de aquí.

Hermione, Ron y Harry caminaron hacia una luz.

-Aquí es –dijo ella-. Atraviésala, y estarás de nuevo en el Ministerio, del otro lado del velo. Esta es la salida correcta. Por aquí volverás con todos tus poderes, tu magia.

-Prometo que los salvaré –dijo Harry-. Prometo que los salvaré a todos.

Se abrazaron entre los tres, y Harry casi derrama una lágrima más por ellos al darles la espalda, sin mirar atrás, y avanzar hacia la intensa luz.