Otro no drabble. Supongo que a partir de ahora será costumbre...
Mi hermano Merle, mi padre Jack
El psicólogo escolar le había parecido una persona muy extraña, por decir lo menos. Siempre vestía camisas de colores diferentes y con estampados extravagantes que se asomaban sin ninguna modestia por debajo de los chalecos tejidos que también acostumbraba usar. En cuanto a accesorios, siempre el mismo reloj y la misma corbata de Los Tres Chiflados. Su piel era negra y tenía las cejas pobladas, dándole un aspecto de severidad permanente, que solo era aplacada por la sonrisa que decoraba su rostro de forma constante. El tipo era una contradicción caminando.
Esa mañana el hombre se había aparecido en el aula sin previo aviso y luego de conversar unas palabras con la maestra, se dirigió a los alumnos en voz clara y firme.
— ¿Daryl Dixon?
Daryl arrugó la nariz y se puso de pie.
— Acompáñame, por favor — le dijo sonriendo, haciéndole justicia a su forma de vestir particular y dejando en ridículo su expresión severa y sus aires de formalidad. Lo condujo por algunos pasillos hasta llegar a lo que Daryl asumió que era su oficina. Estaba muy cerca de la cafetería, por lo que casi podía oler el almuerzo. En el camino, se presentó como Licenciado Torres. — Siéntate, por favor. ¿Sabes por qué estamos aquí? — Daryl negó con la cabeza y se sentó en el borde del asiento. — Tenemos entendido que te has mudado con tus abuelos, ¿no es verdad? — Daryl asintió. — ¿Tu hermano Merle también vive contigo?
Daryl no supo si callar o responder. Merle le había hecho prometer que nunca contestaría las preguntas referidas a él, menos si provenían de personas mayores o con uniformes.
— Sí — optó por decir, pero no muy seguro.
— ¿Cómo es tu relación con él?
Ante la falta de respuesta, el psicólogo reformuló la pregunta.
— ¿Te trata bien?
Daryl pensó esa respuesta muy bien antes de abrir la boca. No debía mentir, sabía que no debía mentir, pero algo en su interior le decía que si le decía a aquel hombre lo que quería escuchar, probablemente no tuviera que regresar a la oficina nunca más. Así había sido con sus otros compañeros, al menos.
— Me trata muy bien.
— ¿Y tu padre? — preguntó el hombre revisando un papel. — ¿Jack Dixon?
— No lo veo casi nunca — respondió desviando la mirada.
— Muy bien, Daryl. No quiero que pienses que queremos molestarte pero preocuparnos por nuestros alumnos es una parte muy importante de nuestra política. — Hizo una pausa antes de seguir, luego se puso de pie y se acercó a la silla que Daryl ocupaba. Se agachó para ponerse a su altura. Daryl lo miró a los ojos y el hombre suavizó su expresión. — No nos ha pasado desapercibida esa herida en tu labio. —brió los ojos, sorprendido por lo que le decía aquel hombre. — No vamos a obligarte a que nos hables de ello, pero esperamos que tomes la mejor decisión. Creemos pertinente hacer la denuncia correspondiente a la policía local.
Daryl se puso de pie violentamente para hacerse camino a la salida de la oficina pero el hombre lo tomó por un brazo antes de que pueda alejarse un centímetro de la silla.
— Daryl, no hagas esto más difícil. Aquí todos conocemos a Merle y también a Jack. Merle ha sido alumno nuestro. Sabemos que se preocupa por ti, pero eso no es suficiente. — Daryl no quería seguir escuchando, pero no sabía cómo detener al hombre. — Como te he dicho antes, no te obligaremos a nada, pero queremos lo mejor para ti, Daryl.
Hubo unos momentos de silencio. Daryl se acomodó en su silla y comenzó a pensar, se le notaba.
Torres lo observó con detenimiento. Hacía más de un mes que se le había informado del cambio de domicilio de los Dixon y tan solo una semana desde que comenzó a fijarse en el más pequeño de la familia. Había tenido tanto trabajo desde que comenzó el año. Fue en ese momento cuando notó el corte en el labio de Daryl y la hinchazón que rodeaba toda esa zona. Daryl nunca había presentado problemas y no parecía que en su hogar las cosas estuvieran tan mal como lo habían estado hacía algunos años, cuando Merle tenía su edad. Y si bien había cierto parecido entre ambos hermanos, también poseían notables diferencias. Daryl era más introvertido, apocado y vergonzoso. Merle era pura dinamita, y estallaba ante la más mínima llama. Estaba claro que el niño estaba siendo encandilado y sosegado a la sombra de su hermano. La cuestión era si Daryl tomaría el camino de Merle o, justamente, el opuesto.
— Señor…
— Llámame Willy — dijo antes de que el niño comenzara a hablar.
— Señor Torres… no creo que lo que sucede dentro de las paredes de mi casa sea asunto suyo — habló finalmente. Supo que había dejado sin palabras al hombre por cómo lo miraba. — Esto que tengo en mi cara — dijo señalando su labio — lo tengo porque me lo merecía. — Ante la mirada incrédula del hombre, decidió seguir. — Mi mamá nos visitó el otro día. También Jack. Merle no sabía que vendrían. Mis abuelos tampoco. Jack le gritó a mi abuela y a Merle y les dijo que quería de nuevo el remolque. Mi mamá miraba la escena sin decir nada. No lo soporté. Empujé a Jack y le dije que no vuelva nunca más a nuestra casa. Mamá empezó a llorar. Luego me llevaron al baño y salí así.
Terminó la historia y se cruzó de brazos, perdiendo la vista en algún rincón de la oficina.
El psicólogo parpadeó algunas veces antes de volver a hablar. Después de todo, había sido su padre. Habría jurado que el culpable era su hermano. Y Daryl creía que merecía todo eso.
— ¿Ya puedo irme? — preguntó Daryl poniéndose de pie y dejando claro que era muy tarde para decir que no.
No esperó que el hombre hablara para salir.
Lo único que quería era volver a su casa y sentirse seguro otra vez.
