Hola! Vuelvo con un nuevo capítulo

Disclaimer: Frozen no me pertenece =(


CAPÍTULO 22

Poco a poco, Elsa fue recobrando la consciencia. Una luz traicionera se colaba por la ventana y le molestaba a la vista. Su cabeza palpitaba con dolor y se encontraba totalmente desubicada. Cuando trató de mover los brazos notó un terrible peso sobre sus muñecas y entonces todo volvió a ella de forma súbita.

Se incorporó con rapidez ahogando un grito y sintió un mareo por su repentino movimiento. Todavía tardó unos minutos más en recuperarse, pero para ese entonces su mente ya estaba en pleno funcionamiento recordando todo lo que había ocurrido antes de perder el conocimiento.

Sin ningún cuidado, se mordió un labio con fuerza tratando de contener las lágrimas. Después de todo lo que habían pasado huyendo de Wesselton para acabar peor que donde empezaron y, en ese momento, sin esperanza alguna de que mejorara.

Cuando había hecho un trato por dejar a Hans libre aun a costa de su propia libertad, no solo lo hacía por salvarle la vida al joven, sino con la certeza de que él haría lo imposible por ayudarla a escapar de nuevo, quizá podría haber puesto sobre aviso a Anna y esta haber movilizado a toda la armada de Arendelle. Pero eso ahora era imposible, nadie sabía que ella estaba siendo retenida por Wesselton, y la persona a la que habían inculpado, ahora estaba… estaba…

Sacudió la cabeza, como si así pudiera sacudir de ella el rumbo que estaban tomando sus pensamientos.

Se observó las muñecas, apresadas por aquellos gruesos grilletes decorados con el extraño polvo blanco que anulaba sus poderes. De pronto recordó que antes de perder la consciencia estos funcionaron y recobró algo de fe. Intentó concentrarse en el hielo, el frío, en cualquier cosa que evocara sus poderes y los sintió dentro de ella pugnando por salir. Casi podía tocarlos con la yema de sus dedos cuando la sustancia blanca que adornaba los grilletes comenzó a brillar con fuerza y los frenó por completo.

Trató de no desanimarse y volver a intentarlo, pero tras unos minutos infructuosos lo dejó por imposible. Lo único que había conseguido era agotarse y que su dolor de cabeza aumentara a niveles altísimos.

No lo entendía, ¿cómo había podido funcionar antes y saltarse la restricción de los grilletes? Aunque si lo pensaba bien, sus poderes estaban muy ligados a sus emociones, debía sentir algo muy potente para que hubieran podido saltarse la restricción, y lo que sintió en ese momento fue… fue… fue ver como asesinaban a Hans sin que ella pudiera hacer nada.

Esta vez fue incapaz de contener las lágrimas, la sensación de impotencia se hizo demasiado grande como para poder reprimirla y esa era la única forma en la que podía descargar su frustración. Se encontraba perdida e incapaz de dar con una solución y por si fuera poco había perdido a Hans tratando de ayudarla. En última instancia, sabía que su muerte había sido culpa suya, si se hubieran separado nada más escapar de la prisión de Wesselton ahora él estaría vivo.

Elsa sabía de sobra que Hans no era un hombre perfecto, era una persona complicada que había cometido muchos errores, mas al final nada de eso le impidió… enamorarse de él. Desde que todo cambió durante su breve viaje en barco, era muy consciente de que su relación no tenía futuro, sin embargo ella encontraba consuelo en pensar que, pese a todo, la vida del joven podía cambiar desde ese momento, que podría enmendar sus errores y empezar de nuevo y ser feliz.

Y ahora nada de eso sería posible.

Pese a que su corazón roto y dolorido le pedía seguir llorando, el sonido del cerrojo de su camarote abriéndose le hicieron reaccionar. Se enjugó las lágrimas deprisa y se levantó erguida y solemne.

Ni medio segundo después, el Rey Egbert hacía aparición en toda su envergadura y con su habitual gesto inexpresivo, que hacía incapaz a cualquiera de adivinar sus pensamientos.

―Ah, Reina Elsa, me alegra ver que ya ha despertado.

―Rey Egbert ―replicó ella, observándole con descaro.

―No me mire así, Su Majestad, era imposible que dejara con vida al joven Westergaard, podría haber puesto sobre aviso a su hermana acerca de nuestras intenciones.

La mirada de Elsa se volvió más furibunda si cabe. Pasados unos segundos, por fin dijo:

―No sé qué pretende hacer conmigo, pero no pienso colaborar en absolutamente nada.

―Me temo que con usted en sí, no necesito nada, con la Reina de las Nieves… eso ya es otra cosa.

―¿Y sin embargo, yo soy la Reina de las Nieves?

―Su reencarnación, sí, una vez el espejo esté completo, ella reaparecerá en usted, y yo obtendré el poder que tanto he estado buscando.

Dicho esto, se hizo el silencio entre ellos. Tras semejante afirmación del rey, Elsa no pudo evitar dejar escapar una risita nerviosa.

―¿Y qué le hace pensar que la Reina de las Nieves se someterá ante usted?

En lugar de ofenderse, Egbert mostró una sonrisa torcida.

―Me alegra que no haya perdido su instinto de batalla, Reina Elsa ―comentó él, complacido―. Espero que se mantenga así y que disfrute de su viaje.

Sin dejar tiempo a más réplica el Rey se marchó del camarote cerrando consigo el cerrojo del cuarto.

Solo cuando pasaron unos segundos, Elsa se pudo relajar, sola de nuevo con sus pensamientos. Sola de nuevo con el pesimismo y la impotencia.


Fue el frío o, mejor dicho, la ausencia de frío lo que despertó a Hans completamente desubicado. Se despertó sobresaltado, flashbacks de lo ocurrido pasando rápidamente por su mente. Podía recordar la última mirada de Elsa, sus ojos cargados de preocupación pero también de confianza en él. También recordaba las ataduras en sus manos y pugnar por liberarse lo antes posible aunque sólo consiguiera magullarse aún más las muñecas.

Sintió un escalofrío con su siguiente recuerdo, ver el barco de Wesselton virar ligeramente con los cañones apuntando directamente hacia él. Recordar como su corazón comenzó a bombear con fuerza, tratar con más prisa de desatarse sin lograrlo. Tener que saltar del barco apenas unos segundos antes de que este estallara en mil pedazos. Todavía podía sentir el frío del agua del mar, incapaz de nadar con las manos atadas, la falta de aire, la pugna por salir a la superficie, la impotencia por no poder lograrlo, por fallarle a Elsa y después… después absolutamente nada más.

Nada más hasta este mismo momento.

Y lo que vio a su alrededor no podía desconcertarlo más. Estaba en una celda. Una celda oscura y pequeña en un ambiente húmedo y tumbado en un diminuto catre en el que apenas cabía.

La única pregunta que cabía en ese momento en su mente era, ¿qué?

No entendía nada. No sabía cómo había podido acabar en esa situación teniendo en cuenta lo último que recordaba que era básicamente ahogarse en el agua. Además estaba maniatado y al parecer quien fuera que le había sacado del mar había tenido a bien liberarle las muñecas… libre, pero en una celda.

Justo en ese mismo instante, los goznes de la puerta comenzaron a chirriar y esta se abrió lentamente para dejar paso a un joven castaño y apuesto, con cierto aire de precaución y de preocupación que sin embargo, no se vio reflejado en sus palabras.

―Hasta que por fin despiertas, Hansy.

El mencionado rodó los ojos. Justo lo que le faltaba.

―Vaya, nada menos que el mismísimo Flynn Rider viene a verme, ¿a qué debo el honor?

Fue justo ese momento en que Hans pudo ver como el propio Flynn dejaba atrás sus reticencias y precauciones y se ponía su máscara de pícaro con sonrisa torcida.

―El honor es todo mío, ¿quién se iba a imaginar que rescataríamos de un naufragio a semejante rufián, Hans?

―Entonces de rufián a rufián, debo darte las gracias.

Ambos se miraron con una sonrisa falsa. Hans no podía negar que odiaba a Eugene Fitzherbert. Le odiaba pero realmente el tipo no le caía mal. El problema es que era un ladrón de poca monta que sin proponérselo en un futuro sería rey, y él era un príncipe entrenado y preparado para grandes cosas que jamás podría serlo. Para qué negarlo, siempre le había molestado, aunque realmente no se llevaban mal, que era lo peor de todo.

Desde que fue introducido en los círculos sociales de la nobleza, Eugene parecía haberle cogido cierto apego al joven príncipe. Quizá fuera porque ambos no terminaban de encajar, Flynn por razones obvias y Hans por haber nacido en decimotercer lugar. En cualquier caso, el joven de Corona odiaba con igual pasión a Dorian Beilmann y a la mayoría de sus hermanos, así que algunas cosas tenían en común.

Tan pronto como la sonrisa de Eugene había aparecido, esta desapareció.

―Ahora en serio, Hans, ¿qué has hecho con ella?

El joven le observó algo aturdido, todavía no estaba en plenas facultades.

―¿Qué?

―¿Qué has hecho con la Reina Elsa de Arendelle, Hans? Y no trates de mentir.

―Oh, claro―. Por supuesto eso era lo primero que le iban a preguntar, a fin de cuentas él era el supuesto secuestrador y el malhechor detrás de todo el conflicto―. Yo no le he hecho nada.

―¡Venga ya, Hans! A otro con ese cuento ―espetó Eugene perdiendo la paciencia―. Desde lo que ocurrió hace un año he estado pensando una y mil veces qué te pudo llevar a hacer algo así, pero esto… esto ya es un nuevo punto bajo para ti. Hazte un favor por una vez y ayúdanos, quizá así puedas tratar de salir del enorme pozo de estiércol que tú mismo te has creado.

―¿Si tan en el fango estoy qué haces aquí hablando conmigo? ¿Por qué no me dejar pudrirme tranquilo en esta celda? O tal vez ser ejecutado, creo recordar que en Corona os gusta cortar cabezas por cualquier delito.

―No te hagas el ofendido, Hans, no te pega. Y tampoco hacerte el inocente, te encontramos a la deriva en un cascote de hielo ―replicó él―. Y no sé si tienes suerte de no estar en Corona, estás en Arendelle.

―En Aren… delle… ¡Estoy en Arendelle!

A toda prisa, Hans se acercó a la ventana de la celda para comprobar que efectivamente ante él se encontraba el conocido fiordo sobre el que se asentaba el país nórdico.

Se maldijo internamente por ser tan estúpido. ¿Cómo se le ocurría ponerse a la defensiva cuando la vida de Elsa estaba en peligro? Aquí se encontraba alguien dispuesto a escucharle y él se había comportado como un idiota poniendo más en peligro aún si cabe a la joven reina.

―¡Flynnn tienes que escucharme! ―exclamó exaltado.

―¡OHH! Cuidado ―replicó este sobresaltado pensando que se iba a abalanzar sobre él.

―Escucha, sí, he estado con la Reina Elsa, ¡pero yo no la secuestré! ¡Fue Wesselton! ¡Está loco!

―Para, para… ¿qué? ―Eugene no salía de su asombro, todavía no había asimilado que Hans repentinamente quería confesar pero mucho menos había asimilado lo que le estaba contando.

El joven Westergaard suspiró, y comenzó a hablar más despacio.

―Dorian me apresó en Wesselton, y cuando me llevaron a prisión descubrí que también habían apresado a Elsa. Así que escapamos juntos y llegamos a un acuerdo; si yo la ayudaba a regresar a casa, ella me otorgaría un perdón real y podría dejar de ser un fugitivo.

―¿Por qué iba a querer Wesselton secuestrar a una reina?

―¡Porque está loco! Está obsesionado con la leyenda del espejo maldito y la reina de las nieves, y cree que Elsa es su reencarnación, así que planea usarla para recomponer el espejo y hacerse poderoso o yo que sé.

―¿Y cómo pretende hacer eso?

―¡Como si yo lo fuera a saber! Solo te estoy diciendo lo que Elsa me contó cuando escapamos.

Eugene le observó tratando, y fracasando estrepitosamente, de mantener su rostro lo más impasible que podía.

―Bien… Hans… no estoy diciendo que no te crea…

―¡Eso es que no me crees!

―… Pero tienes que reconocer que suena muy extraño.

Dicho esto se hizo el silencio. Hans meditó detenidamente, era cierto que todo sonaba surrealista visto en perspectiva, pero tenía que dar con la forma de que Flynnn le creyera.

―Escúchame, Elsa desapareció en la costa de Wesselton y… ¡y yo! Apuesto a que me encontrasteis a la deriva Y maniatado.

―Eso es cierto.

―Es porque nos descubrieron, habíamos escapado en barco desde Steinhauk pero Wesselton nos dio caza por mar, a mí me dejaron en el barco y tomaron a Elsa cautiva de nuevo y entonces destruyeron la embarcación. Yo apenas tuve tiempo de saltar.

―Está bien, reconozco que eso tiene algo de sentido ―reconoció por fin―. Iré a hablar con la princesa Anna y los demás y les contaré todo lo que me has dicho.

―¿Los demás?

―Hans… ―Eugene suspiró― Tu madre y alguno de tus hermanos también está aquí. Y Dorian Beilmann acaba de llegar.

―¡No se lo puedes contar a él! ¡Está metido en todo esto!

―Está bien… lo haré discretamente.

―Bien… y… Flynnn ―le llamó Hans viendo que este se daba media vuelta y se disponía a salir―. De verdad no estoy mintiendo, Elsa está en peligro y debemos ayudarla.

―Hans… ―Eugene suspiró― Llámame idiota pero… realmente te creo.

Dicho esto el joven no pudo evitar una punzada de optimismo en su corazón. Desde una celda no podía hacer nada por ayudar a Elsa pero tal vez su amigo/enemigo sí pudiera.

Eugene abrió la puerta y salió de allí, pero justo antes de cerrarla dijo:

―Me alegra que por fin hayas decidido ser tu mejor versión, Hans, volveré en cuanto decidan algo y… espero que entonces me digas por qué llamas a la Reina, "Elsa" con tanta familiaridad.

Ahora sí el joven Westergaard se quedó azorado y sin palabras. Maldito Flynnn. Ni siquiera le dio tiempo a contestar pues acto seguido, este cerró la puerta de nuevo dejándole con el rubor en las mejillas y la palabra en la boca.


Hans no sabría decir cuánto tiempo había pasado desde que Flynnn se marchó, pero estaba comenzando a perder los nervios.

No podía estar seguro de si toda la historia que acababa de contar iba a ser creída por los demás. Sabía lo inverosímil que parecía y más teniendo en cuenta que era él, cuya fama no era la mejor de todas, quien la estaba contando. Además estaba el hecho de que Dorian se encontraba en el palacio y podría enterarse perfectamente. Y todo esto mientras él estaba aquí encerrado y sin poder hacer absolutamente nada.

Se acercó a la ventanita de la celda y pudo comprobar que efectivamente por ahí no podría salir en caso de tener que escaparse para ayudar a Elsa. Estaba comenzando a perder la fe en que Flynnn pudiera hacer algo por ayudar, pero eso no significaba que él se fuera a rendir. Si tenía que convertirse, por enésima vez, en un fugitivo por ayudar a la reina, lo haría. Y cada segundo que pasaba estaba más desesperado.

Escuchó la puerta crujir al abrirse y le dio un vuelco al corazón. Se giró rápidamente esperando ver a Flynnn por fin con alguna respuesta pero no fue esa la imagen que se encontró frente a él.

―¿Harris? ―preguntó Hans sorprendido.

Efectivamente, ante él se encontraba su hermano más odiado y a su vez el que más le odiaba a él. Los cabellos pelirrojos le caían por el rostro enmarcando la siniestra mirada que le estaba dirigiendo.

Esto no podía acabar bien.


Continuará...

Hasta aquí, por ahora.

Jeje, estaba claro que Hans no podía morir, pero ¿alguién se esperaba que se salvara así? Habiendo metido a los rufianes del patito, no podía quedarme sin meter también a Flynn y Rapunzel.

¿Cómo creeis que reaccionarán todos cuando Eugene llegue con la historia que le ha contado Hans?

Muchas gracias por dejar review a Wildy Storyteller, A Frozen Fan, marati2011, Chiru-Loid 27, Daft Rabbit y Duffgirl123, aprecio mucho vuestras palabras y me alegra que os esté gustando.

Como siempre, sabéis que ante cualquier duda, pregunta, crítica (constructiva), comentario o lo que sea, me podéis dejar un review, trataré de contestaros lo mejor posible.

Un saludo!

Almar-chan