Somewhere only we know

Se acomodó en su silla y se quedó mirando el campo de atletismo a través de la ventana. Estaba desierto. Deseó poder desaparecer del salón de clases y reaparecer allí. Amaba correr.

Sentir el viento en su cara y el cansancio en su cuerpo. La respiración haciéndose más pesada y difícil. El sudor corriendo con algo de vergüenza por su frente.

El corazón que parece que se te va a salir del pecho. Ver cómo el entorno a tu alrededor se hace borroso y lo único que se ve es la meta.

Poder escuchar a tus compañeros detrás, igual o más o menos concentrados en su objetivo, terminar la carrera.

Correr no era escapar. Correr era avanzar.

Llegar. Terminar.

Merle decía que correr era para perdedores, pero no, era para ganadores.

Sintió la punta de un lápiz clavarse en su brazo y se volteó para ver qué pasaba. El cambio de luz, de la claridad del patio a la iluminación artificial del salón de clases, le lastimó los ojos.

—¿Estás bien?

Asintió con la cabeza.

—¿Vendrás a mi cumpleaños?

Sonrió tontamente y dijo que sí. Annie sonrió y le pasó la invitación.

Tenía el dibujo de niño disfrazado de pirata, con una espada de madera y un sombrero con el dibujo de una calavera. Con una mano sostenía un loro, y con la otra mano se llevaba una golosina a la boca. El fondo era amarillo y decía con letras azules "Estás invitado a la fiesta de cumpleaños de" y luego el nombre de Annie con letras negras.

Continuó mirando por la ventana hasta que sonó la campana, indicando que el día había terminado.

—¡Que tengan felices vacaciones, niños! —exclamó la maestra mientras algunos se acercaban a abrazarla.

Daryl tomó sus cosas y las colocó en la mochila, sin notar que Annie se había quedado mirándolo. Ella ya había guardado sus cosas y lo estaba esperando para salir juntos. Cerró su mochila, se la calzó en el hombro y comenzó a caminar hacia la puerta cuando fue detenido por una mano que se había apoyado en su hombro.

—Espera. Salgamos juntos —invitó ella y Daryl no pudo decir ni que sí ni que no. Simplemente comenzó a caminar y se sobresaltó un poco cuando sintió la mano de Annie tomar la suya. —Juntos, Daryl —dijo sonriendo.

Salieron al pasillo y se pusieron en el último lugar de la fila. Todos estaban ansiosos por las vacaciones y hablaban de todo lo que harían. Desde ir a pescar hasta conocer Disneylandia.

—¿Qué vas a hacer tú? —preguntó Daryl.

—Creo que me quedaré en casa. Vendrán mis tíos y mis primos. Vienen por mi cumpleaños y se quedan. ¿Y tú?

—Iré con mi hermano y mis abuelos de viaje por las montañas Blue Ridge. El bosque nacional Chattahooche —respondió mientras comenzaban a salir.

—Eso es genial, Daryl. Te vas a divertir —aseguró bajando la pequeña escalera y llevándolo hacia la Triumph de Merle.

Daryl estaba tan concentrado en el hecho de tener a Annie tan cerca y tratando de reprimir la estúpida sonrisa que amenazaba con salir que no notó la presencia de Merle.

—¡Darylina! ¡Amiga de Darylina! —bromeó.

Sabía que de alguna manera se lo merecía, después de todo, Merle también había quedado como un idiota frente a su amiga.

—Merle —dijo a modo de saludo. —Ella es Annie. Hoy cumple años.

—Feliz cumpleaños, pequeñita.

Annie sonrió y agradeció con la misma sonrisa.

—Nos vemos esta tarde, Daryl —dijo saludando con la mano mientras su mamá se acercaba y se la llevaba con ella.

Daryl sacó la invitación de su bolsillo y se la dio a Merle.

—¿Me llevarás?

—James lo hará —respondió Merle. Bajó de la moto y le puso un casco. —Sube.

El camino a casa transcurrió en silencio.

Almorzaron juntos y luego Merle volvió al trabajo.

Daryl contó las horas que faltaban para el cumpleaños de Annie.

Continuó leyendo el libro de los cuentos indios y suspiró de alivio cuando James le avisó que se irían en cinco minutos.

Era la primera vez que Daryl iba a entrar a otra casa que no fuera la suya. Antes de llegar ya podía ver el jardín lleno de flores y a algunos de sus compañeros todavía acompañados de sus mamás.

La casa era un poco más chica que la suya, pero igual o más bonita. Estaba hecha de ladrillos pintados de blanco, con una gran puerta de madera y muchas macetas y pequeños cuadrados de tierra que contenían todo tipo de plantas. La casa estaba rodeada de césped recién cortado y que olía a frescura y a prado.

James estacionó la Ford a un lado y lo ayudó a bajar.

Por primera vez se sintió algo nervioso.

Timothy y su hermana se acercaron a saludarlo y se fue con ellos luego de saludar a su abuelo.

—Vendré a las ocho —avisó James y se subió a la camioneta.