Recordé que esta historia la empecé en presente y puesto que ya en inglés hay alguien drabbleando el pasado de los Dixon, me dispongo a volver a usar el presente como herramienta aleatoria en la historia, para distinguirme un poco. (Todavía no sé cómo puedo vencer la tentación de leer esa historia, supongo que el miedo a que se mezcle con la perspectiva que tengo en mi cabeza de lo que fue su vida es grande)

Aunque Glenn ya revolotea por mi cabeza persiguiendo a Daryl (o con Daryl persiguiéndolo) no voy a dejar de escribir Dixon Blood, porque simplemente nace de mí y no le veo un final posible aún. Lamento no poder sacar uno, dos o tres drabbles por día, pero tengo un desorden de computadoras y casi nulidad de tiempo para escribir. Antes escribía y leía, saliendo esporádicamente. Ahora salgo, hago cosas y sólo puedo escribir de noche, cuando se supone que tengo que estar durmiendo. Ni siquiera puedo leer a Crossing Skies, sólo algo de smut Darren y a dormir, porque resulta que ya son las cuatro de la mañana. No me gusta esto, pero supongo que tengo que ajustarme porque cuando empiecen las clases de nuevo voy a manejar estos tiempos o menos, aaaaaaaaaahhhhhhhh, cómo necesito que venga Merle y me lleve con él a Woodbury, ni siquiera me importa si Rick y compañía destruyen la ciudad al día siguiente. Necesito Merle Dixon, necesito, for god's sake.


Igual a nadie

Daryl, casi treinta años después, recuerda esa noche con la misma intensidad con la que la vivió. La voz distante de James tratando de calmar las cosas, tratando de calmar a su esposa, a veces le llega a los oídos como un eco lejano que se pierde y se pierde a medida que aleja el recuerdo de sus pensamientos. Todavía le pesa en el alma el no haberse dado cuenta lo mucho que marcó ese hecho la vida de su abuela. Esa fue la noche en que finalmente perdió a su hija.

Abrió un ojo y comprobó que seguía en el hospital antes de abrir el otro. No había alrededor ningún tipo de sonido. La ventana estaba cerrada y la puerta que daba al pasillo también, por lo que no había corriente de aire dentro del cuarto. Entonces sintió un cosquilleo extraño en las manos, una mezcla de frío y calor. Suspiró, estaba cansado. Si no se desperezaba podía seguir durmiendo, pero quería salir de allí cuanto antes. Abrió y cerró los ojos unas cuantas veces para aclarar su visión. Una vez despierto, pudo ver a su mamá acostada a su lado, durmiendo y apretando su mano con delicadeza. Se volteó y al otro lado pudo ver a su padre, también durmiendo y también con su mano entre las suyas. No sintió miedo, ni confusión. Se dejó llevar por la paz que la situación le transmitía y tras contemplarlos a ambos por unos minutos volvió a cerrar los ojos. Quería dormirse así y no despertar jamás. Cuando lo abrió de nuevo estaba solo, sin saber si todo había sido un sueño o había sucedido en realidad.

Aún podía sentir el ardor de los golpes de Jackn y el peso de la mano de su hermano apartándolo del medio. En el interior de Merle vivía mucho rencor y mucho odio en contra de su papá. Indignaciones y enojos que no habían tenido la posibilidad de manifestarse salieron esa noche a romper la quietud de la casa de sus abuelos.

En el camino, rompieron el lazo que unía a ambos hermanos con Jack y el que unía a Dolly con su hija. Rompieron a Merle y rompieron a Daryl, que fue el más perjudicado de todos.

Escuchó a alguien golpear la puerta y se apresuró a taparse con la sábana y la frazada hasta por debajo de la nariz antes de preguntar quién era.

—Soy Olivia Grimes, la asistente social —anunció una mujer asomando su cabeza por la puerta entreabierta. —¿Puedo pasar? —preguntó sonriendo. Lo primero que Daryl notó de ella fue un bolso gigante que dejó caer al suelo en ese momento. Llevaba puesto unos vaqueros y una camiseta de color azul. —¿Tienes frío? —Daryl decidió seguir el procedimiento de siempre, quedarse callado y asentir o negar con la cabeza solamente cuando le preguntan algo. —¿Tienes frío? —repitió tomando el bolso por las tiras y arrastrándolo hasta la silla que estaba junto a su cama. Daryl mintió. Estaba muriéndose de calor ahí dentro. Hubo silencio mientras Olivia garabateaba cosas en un cuaderno y luego revisaba las notas de una carpeta con su nombre. —He oído que te gustan los cuentos de El Comancho —dijo sacando el libro de su bolso. —¿Has leído "Por qué el ave azul es azul y el coyote es gris"? —Hizo una pausa que Daryl no llenó con ningún tipo de respuesta. — "Hace mucho, mucho tiempo, el ave azul era fea en lugar de tener el hermoso color azul que tiene ahora. En ese momento había un buen lago con hermosa agua azul en él. Estaba cerca de las montañas…"

—¡No quiero escuchar! —interrumpió de repente tapándose los oídos, sin percatarse de que al hacer aquello había dejado expuestos sus brazos y casi toda su cara, que ocultó rápidamente al notar sobre sí la mirada de Olivia.

—Daryl… ¿qué ha pasado anoche? —preguntó la mujer mirándolo a los ojos con amabilidad.

Daryl no pudo responder. Sabía que personas como ella sólo esperaban que de su boca salieran razones para separarlo de su familia.

No pudo responder, porque la cara de Merle se le aparecía cada vez que intentaba decir algo.

—Si no quieres hablar de eso, podemos hablar de otra cosa —sugirió guardando sus cosas en el enorme bolso. —Tengo un hijo que tiene tu edad, ¿lo conoces? —preguntó sacando su billetera de un bolsillo y mostrándole una foto de un niño rubio que estaba a bordo de un triciclo, vestido de marinero. —Su nombre es Rick —dijo mientras él miraba la foto. Cuando se la devolvió, Daryl pudo ver en su cara un brillo especial que identificó como orgullo y amor. —Es un pequeño revoltoso —agregó sonriendo con la mirada. —Apenas podemos controlarlo. Ya me han mandado a llamar de la escuela como cuatro veces —comentó con una pequeña sonrisa en los labios. —Él y su amigo, Shane, no hacen más que armar revuelos en su aula. Me temo que, muy pronto, volverán completamente loca a su maestra —aseguró metiendo la foto en la billetera y luego guardándola en su bolsillo. —¿Qué te parece si escuchamos algo de música? —sugirió sacando de su bolso uno de esos aparatos para meter cassettes.

—¿Se puedo hacer eso aquí? —preguntó Daryl sin poder disimular su curiosidad.

—No estoy segura. Pero, por las dudas, no se lo digas a nadie —dijo guiñándole un ojo y sacando una cinta de una bolsa pequeña. —Tengo entendido que te gusta Cole Porter. —Daryl asintió, sin entender qué quería lograr esa mujer. Permanecieron en silencio mientras escuchaban el piano y luego los demás instrumentos junto a la voz de Ella Fitzgerald calentándoles el corazón a medida que alzaba la potencia de sus notas. Cuando terminó la primera pieza, Olivia apagó el reproductor y lo miró con expresión afligida. —Hay personas en este mundo que se preocupan por ti —dijo mirándolo a los ojos —y también gente que no entiende lo mucho que vales porque ellos mismos no valen nada… Los insignificantes deben hacerles creer a los valiosos que no sirven para nada, así su falta de brillo permanece oculta gracias a una falsa ilusión de igualdad. Tú no eres igual a tus padres, Daryl, ni eres igual a tu hermano Merle… no eres igual a nadie.

Daryl sintió que se hundía en el colchón. Intentó decir algo pero fue rápidamente silenciado por la música del cassette que había vuelto a sonar en la habitación.

No volvieron a interactuar hasta que las canciones terminaron de sucederse unas a otras y era hora de dar vuelta la cinta. En ese momento, Olivia guardó todo y se despidió con un beso en su frente. Nunca más la volvió a ver, sin embargo, la bondad de esa mujer le llegó al corazón y, años después, proyectaría eso en Rick.