Dos cosas. Uno, mi live journal en mi perfil. Dos, el segundo disco de Ciro, 27, es adictivo.


Primeros encuentros (y cuántas ganas se tiene de haberlos evitado)

Se enroscó entre las sábanas y suspiró. Jack roncaba del otro lado de la cama. Era de día una vez más. No quería despertarlo. Se acurrucó a la sombra de su espalda y esperó a que él despertara. Siempre fue una chica sumisa, callada. Nunca pretendió llamar la atención de nadie. No era bonita, lo sabía, aunque había días en los que se miraba al espejo y se sentía la mujer más hermosa del mundo. En su casa, sus padres siempre elogiaban su belleza y los matices de su personalidad, le decían que la apoyarían siempre y que confiaban en que su futuro estaría sobrecargado de sonrisas.

Algunas veces podía llegar a creerse todo aquello. Días privilegiados en los que amanecía más temprano y el Sol calentaba más la Tierra. En esos días se sentía plena. Sentía que no era ella. Era alguien mejor.

Uno de esos días conoció a Jack. Él tenía unos veinte años y ella unos dieciséis.

Fue durante los años 60. Todo el mundo se divertía y vivía cada día como si no hubiera un mañana. Para muchos, así era.

Pasaba el mediodía, había salido a almorzar con unas amigas a una cafetería pequeña, Wild Shack, que estaba cerca de su escuela. Era miércoles. Debían almorzar rápido para poder volver antes de que comenzara la clase de gimnasia. Antes de ordenar, todas se agruparon en el baño del lugar, convirtiéndolo en un improvisado vestidor. Salieron unos minutos más tarde, una a una, cada una más resplandeciente de juventud que la anterior. Sus ojos eran vivaces e intranquilos y sus pieles brillaban con el Sol. Almorzaron hamburguesas y papas, sintiendo cómo los elásticos de sus pantalones deportivos comenzaban a apretarles la cintura. Eran incuestionablemente reveladores. Cubrían apenas un poco más de la mitad del muslo. Kate soportaba un sermón de casi media hora cada vez que se aparecía en su casa con el uniforme aún puesto. La pequeña remera de manga corta blanca no ayudaba en absoluto.

Terminaron de almorzar entre risas y plegarias para que la profesora se haya indispuesto y no pudiera dar clase. Si había algo que compartieran entre todas, además de asistir al mismo colegio católico, era su desprecio por cualquier tipo de esfuerzo físico. El obedecer órdenes no era tampoco de su agrado, pero la profesora era tan permisiva a veces, que no les importaba renegar un poco de su implícito manifiesto.

Se dividieron la cuenta entre todas y se dispusieron en fila para caminar hacia la salida. Faltaban veinte minutos para que comience la clase. Las más osadas se quedaron de pie un momento en la puerta. Ante la atenta mirada de las más recatadas, metieron sus manos en los bolsillos de sus pantalones cortos y sacaron cada una caja de cigarrillos. Kate observaba todo con atención y curiosidad extrema. Posó la mirada en cada una de ellas y en las pequeñas cajitas que extraían de sus escondites. Todas eran de colores diferentes, algunas más cuadradas y otras más rectangulares. Estaba tan concentrada en descifrar los nombres de las marcas que no notó cómo Jenny, la más alta y espectacular del grupo, clavaba la mirada en ella.

—Oye, ¿tienes fuego? —le preguntó sonriendo y señalándola con el dedo. Kate no entendió a qué se estaba refiriendo, pero negó con la cabeza de todas formas. Luego, una de las que estaba de pie junto a Jenny, Amber, aceleró un poco el paso hasta quedar a su lado y le alcanzó lo que Kate creyó era un encendedor. Eso parecía, al menos. Era un rectángulo plateado, pequeñísimo, con el borde dorado y una letra a rosada grabada en el frente. Jenny lo inspeccionó y luego asintió con la cabeza, como complacida. —¿Es nuevo? —le preguntó mientras lo abría y presionaba algo que dejaba escapar una pequeña llamarada azul. —Es precioso —la felicitó devolviéndolo. Luego miró a Kate y le indicó que se acercara con la misma mano que sostenía el cigarrillo.

Faltaban catorce minutos para que comience la clase.

Kate la obedecía, aún dudando un poco, y se quedó de pie frente a ella.

—Oye, Amber, ¿me pasas de nuevo tu encendedor?

Era un encendedor, lo sabía.

Amber titubeó un poco y le alcanzó el minúsculo artefacto a Jenny, que ya sostenía entre sus delgados dedos otro cigarrillo sin prender.

—Mira —comenzó hablándole solamente a Kate. —Puedes encenderlos así —mantuvo en el aire ambos cigarrillos, enfrentándolos por las puntas —o así —subió la tapita del encendedor y la llama azul volvió a aparecer. Se llevó el cigarrillo a los labios y acercó la llama a la punta marrón. Sus mejillas se hundieron como si estuviera aspirando y lo que era marrón pasó a ser naranja, luego gris. Nunca había visto tan de cerca algo como eso. Todo era nuevo y excitante a la vez. Jenny sonrió de medio lado y la miró a los ojos, como invitándola a cometer una travesura. —Pruébalo —le ofreció como si fuera un caramelo o un pedazo de pastel. Kate suspiró y tomó ese elemento tan extraño con la mano temblorosa. Lo hizo pasear entre sus dedos hasta que encontró la forma correcta de agarrarlo. Se sentía natural. Le gustaba. Se lo llevó a la boca y volvió a mirar a la chica, esperando más instrucciones. —Chupa. Pero no tan fuerte. Luego deja salir el humo. Ten cuidado, no lo tragues ni lo mantengas en tu garganta —advirtió. Se pasó la mano por la cabellera rubia y agregó casi como si fuera una infidencia —Mancha los dientes.

Lo hizo. El sabor del tabaco invadió cada rincón de su boca por unos segundos antes de que dejara salir el humo entre sus labios, apenas separados para la ocasión.

—¿Estás segura de que es la primera vez? —preguntó una chica pelirroja.

Diez minutos para que empiece la clase.

—Sí —contestó tímidamente antes de sobresaltarse por el sonido de una motocicleta. Vio cómo Jenny se acomodaba el pelo y se subía un poco más los pantalones, casi parecía que estaba en ropa interior. El ruido se detuvo y luego sintió unos pasos que se acercaban. Las demás chicas suspiraron y se acomodaron el pelo y la ropa también. Sus amigas la miraron desde el otro extremo de la calle, Lily agitaba un brazo y señalaba con enfado su reloj. Kate se apresuró a tirar el cigarrillo al suelo. En ese momento una chica del grupo de Jenny hizo lo mismo y luego lo apagó con el talón de su zapatilla. Kate estaba a punto de hacer lo mismo cuando sintió el peso de una mano en su hombro. Miró levemente hacia el costado para encontrarse con unos dedos gruesos y largos, con los nudillos marcados y algo de vello saliendo desde las muñecas hasta casi la mitad de la mano. No se movió ni un centímetro. Estaba bastante cómoda en esa posición. Luego Jenny habló.

—Él es Jack —anunció mientras masticable chicle. —Me ha dicho que le gustas. —Hizo un globo que le explotó en la cara y Kate sintió que su corazón amenazaba con salirse de lugar. Una sensación desconocida apareció en su estómago y se sonrojó como cuando encontró esas revistas con fotos de mujeres debajo de la cama de su hermano. —¿Por qué no te vas con él? —sugirió sacando los restos de goma de su nariz.

—Tenemos clase —dijo en dirección a ella con lo que le quedaba de voz. La mano de Jack continuaba firme en su hombro. Escuchó a todas las chicas reír y observó con pesar cómo Lily y el resto de sus amigas se marchaban rumbo al colegio con las cabezas gachas, luego de echarle a lo lejos una mirada de decepción.

Si se hubiera ido con ellas en ese momento nada hubiera pasado. Si se hubiera ido en ese momento Jack no hubiera entrado nunca en su vida y sus padres la seguirían queriendo. Estaba segura de eso.

Merle no sufriría Ni Daryl.

Sencillamente no estarían para soportar todo lo que soportaron.

Sería mejor así.


Arrepentimiento

Merle había tocado fondo. Podía sentirlo. No sólo en la forma en que sus músculos gritaban cada vez que se movía o cómo le latía el cráneo cuando hacía un movimiento brusco. Nada de eso importaba. No cuando las heridas de su hermano eran el peor pase de factura. No había hecho nada para protegerlo. Nada.

Nada de nada.

Fue débil. Mucho más débil que un niño.

Si tan sólo hubiera sacado el condenado cuchillo de cacería de su mochila. Sólo tenía que hacer eso. Qué más daba en ese momento si era el regalo de navidad de su hermano. Qué más daba si quedaba sobre él el recuerdo de su sangre derramada. Habría dejado al planeta con un imbécil menos. Nadie podría haberle cuestionado aquello.

Su hermano se llevó la peor parte, mientras él estaba tirado en el suelo, sin hacer nada. Había cedido tras sólo unos pocos segundos de forcejeo.

Cuando despertó ya era demasiado tarde. Daryl estaba inconsciente entre los brazos de James. Subieron los cuatro a la camioneta. Los pedazos de basura que tenía como padres ya se habían ido. Se cagaron en todo y luego se fueron, como si hubieran cumplido con una especie de misión. Los odiaba tanto que dolía. Mucho más que cualquier golpe.

Cuando volvió a su casa a la mañana siguiente, su vecina Kate lo estaba esperando en la entrada. Abrazó a su abuelo y le dijo que se fuera a descansar. James agradeció y entró en la casa luego de darle a él una palmada de afecto en la espalda.

—¿Cómo te sientes? —preguntó con dulzura.

Merle no respondió. No parecía necesario ni quería hacerlo, de todas formas.

—Se ha corrido la voz —explicó ella, con algo de pena en la voz.

—No me interesa —dijo caminando en dirección a su casa. Algo lo detuvo al pasar por su lado. Unos brazos firmes le rodearon la cintura y él no pudo reaccionar de otra forma que no sea quedarse paralizado allí mismo.

—Todo saldrá bien —prometió moviendo una mano de su sitio para acariciarle la espalda. No pudo evitar temblar. —Todo saldrá bien.


Me caes bien, aunque nunca te lo diga (carta de un hermano mayor a su hermano menor)

El día que llegaste fue el más largo de mi vida. Yo tenía catorce años. Fue en la mañana. Mamá se quejó de dolor toda la noche. Papá se había ido de copas con mujeres desconocidas. Lo sé porque lo seguí, en un momento en que ella se quedó dormida. El muy impune, allí, actuando como si nada pasara, mientras su esposa se retorcía de dolor en la cama.

No podía conducir. No conocíamos a ninguno de los vecinos. No sabía cómo ubicar a los abuelos y mucho menos cómo llamar una ambulancia. Me encerré en el baño a imaginar que nada estaba sucediendo. Que tú no nacerías, porque ya habías muerto en su vientre. Hubiera sido tan fácil de esa forma. Nunca te hubieras enterado de lo que te esperaba al salir.

Cuando mamá quedó embarazada de ti, yo tenía trece años. Aún iba a la escuela. Aún era, de algún modo, inocente. Al principio sentía felicidad. Quería tener un hermanito. Papá parecía haberse vuelto más bueno. El muy bastardo. Siempre engañándonos para hacernos permanecer a su lado.

Fuimos a la casa de Dolly y James a vivir. Esos fueron meses interesantes. Jack se portaba como un imbécil y mamá no se quedaba atrás, pero se dejaba cuidar al menos.

Poco antes de que nacieras volvimos a casa. La noche en que amenazabas salir, ya no había vuelta atrás. Jack se fue y me dejó solo con mamá. Fue el momento culminante de lo que había sido una sucesión de hechos en la que se ganó todo mi desprecio.

No quería ser quien te cuidara, pues si dependías de mí, nada bueno podría ocurrirte. ¿Qué podría hacer con un bebé a mi cargo? Dejarte a merced de mamá y papá tampoco era seguro. Tenía miedo de que te tomaran como una especie de trofeo. Un premio por el cual deben competir para darse cuenta quién de los dos era más imbécil.

Creo que Jack ganaba, pero sólo por un pelo.

Me armé de valor y crucé la calle mientras mamá lloraba en la cocina. Toqué el timbre de cinco casas, hasta que una pareja joven me recibió. Les expliqué lo que sucedía y ellos nos llevaron al hospital.

Nunca estuve tan avergonzado en mi vida.

No hablé en todo el camino. Ellos tranquilizaron a mamá. Yo no me atrevía ni a mirarla. Me sentía culpable porque su dolor me daba algo de satisfacción.

Esperé sentado allí diez horas. Nadie más vino.

Me había quedado dormido cuando una enfermera me despertó.

"Tienes un nuevo hermanito" me dijo sonriendo como una estúpida. Me apresuré a entrar en la habitación. Miré a mamá asumiendo que estarías entre tus brazos.

Pero no.

La muy puta estaba fumando frente a la ventana. Era un maldito hospital. Estaba su hijo recién nacido en el cuarto. Ni tú le importabas.

Me dirigí a la pequeña cuna que había junto a la cama vacía. Allí estabas, completamente hinchado. Tu piel tenía un tono rojizo y había algo de pelo rubio en tu cabeza. Abriste los ojos al notar mi presencia y por un momento sentí que ibas a comenzar a llorar. "No llores pequeño ninja" te pedí. Me hiciste caso. Estiraste tu mano y yo la tomé entre mis dedos. Me estabas saludando. Eras simpático. Casi lindo.

Una parte de mí pensó que eras parecido a mí.

Me arrepentí en seguida. Deseé que no te parecieras a ninguno de nosotros. Recé por eso cada noche por casi dos años, hasta que perdí la fe.

Pasaron unos tres años más y me di cuenta de que alguien me había escuchado durante todas esas noches. Tú.

No te parecías a ninguno de nosotros y eso me alivió. De hecho, aún me alivia.

Te muestras ante los demás como si fueras parecido a mí, pero ambos sabemos que no es así.

Me odias. A veces duele, pero sé que lo merezco.

Nuestro trato es tenso. Te alejas de mí como si me tuvieras miedo. Lo haces desde que tengo memoria. Cuando eras pequeño lo superabas y me abrazabas, aún sabiendo lo mucho que odiaba eso, lo mucho que detestaba el contacto con otros humanos, especialmente los que eran como tú.

Pero ahora, cuando ambos hemos cruzado ya los treinta, pareces cansado. El muro que construimos entre nosotros ha crecido y se ha fortalecido con el tiempo. Se eleva alto, impenetrable, no permite que te acerques a mí como lo hacías cuando la inocencia dominaba tu accionar. Todas las noches busco una respuesta para eso y encuentro miles. Tienes infinitas razones para no quererme a tu lado y, sin embargo, son las mismas las que nos unen. Te veo volver del bosque con tu ballesta en el hombro y algunas liebres que caen sobre tu espalda. Es tu regreso el momento en que me doy cuenta que casi te he echado de menos. Porque, hermanito, me caes bien, aunque nunca te lo diga.


She loved mysteries so much, she became one.

Cuentos. Los cuentos eran lo único que la distraía de sus días negros. Porque eran negros, oscuros, como el carbón, el ónix y el ébano. Cuando Jack la dejaba sola con Merle, ella aprovechaba para curar sus lastimaduras leyéndole historias a su hijo.

A veces las inventaba, no era muy difícil. Sólo debía tomar un par de copas de vino y las palabras brotaban de su boca como si fuera vómito.

Vómito verbal.

Merle la oía con atención. La miraba embelesado y ella respondía sonriendo.

Tenía tres años y estaba enamorado de su mamá.

Era tan misteriosa. Lo dejaba sólo por un par de horas y luego volvía, más alegre y vivaz que antes de desaparecer. Era intrigante. Quería saber más. Escuchaba callado todo lo que ella decía. A veces creía entenderla.

Pasaron los años y ella pasó a hacer lo mismo con Daryl, pero Merle ya no lo veía como un juego. Tenía quince años. Ya sabía lo que eran las adicciones. Veía a sus amigos hacer lo mismo que su madre cada día. A veces él mismo se encontraba haciéndolo. La entendía en algún punto.

A él también le ayudaba a olvidar ciertas cosas.


La semana después

Daryl conserva aquel recuerdo de la misma forma en que una madre guarda en una cajita los dientes de leche de sus hijos. Sabe que no sirven para nada, pero sin embargo le parece apropiado mantenerlos cerca.

Fue una semana de recuperación, ya que todos tenían cicatrices que debían sanar. La vegetación multicolor de las montañas de Georgia fue el calmante que necesitaban para su dolor.

Sus abuelos pasaban la noche en una cabaña y Daryl tenía una tienda de campaña para él sólo. No podía creerlo. La primera noche durmió allí y el resto con su hermano. Pero eso no anulaba lo anterior. ¿O sí?

Durante el día se internaba en el bosque con James y Merle y juntos seguían las huellas de los animales. En Chattahooche no estaba permitido matarlos, pero nadie había dicho nada sobre seguirles el rastro. Dibujó en su cuaderno todo tipo de huellas distintas y por la noche Dolly le dibujaba las aves que James le había ayudado a fotografiar.

Pasaron la noche de navidad con el resto de los turistas que habían decidido quedarse allí durante las fiestas. Era un clima festivo y divertido. Todos estaban felices y no escatimaban a la hora de demostrarlo. Pasadas las doce, le dieron su regalo. Un cuchillo tan enorme que entre sus manos parecía una espada. Merle se ofreció a guardárselo hasta que aprenda a usarlo.

Volvieron el domingo siguiente a las ocho de la noche. Quedaba poco más de un día para que termine el año.

Bajaron de la camioneta y mientras los hombres se dividían los bolsos, Dolly se apresuró a abrir la puerta, con Daryl detrás.

—¿Qué es eso, abuelita? —preguntó con los ojos entrecerrados, señalando un rectángulo de papel blanco que había pegado en el vidrio de la ventana. Parecía un sobre. Estaba sostenido por algunos trozos de cinta de papel.

Dolly estiró el brazo para alcanzarlo cuando James y Merle aparecieron.

—¿Qué demonios? —dijo el más joven dejando caer las maletas, observando a su abuela leer. Repitió la pregunta cuando ella alzó la vista y la clavó en su esposo.

—Jack nos ha puesto una demanda —anunció pasándole a su nieto el papel.

—Condenado hijo de puta —murmuró Merle observando la carta con asco.

—Será mejor que entremos todo y veamos eso con tranquilidad —sugirió James tomando las llaves de entre las manos de su esposa y abriendo la puerta. Las manos le temblaban tanto que falló varias veces antes de meterla en la cerradura y girar. —Adelante.