(¯`·..·- ¿DÓNDE ESTAS? -·..·´¯)

Basado en los personajes de Takao Aoki

(¯`·..·- Nyu Oz Leonhart -·..·´¯)

Capítulo 4: Tala

Las maletas fueron subidas por el botones que empujó el carrito en silencio, eran demasiadas para un sólo hombre, pero al joven no le pagaban por pensar ni hacer prejuicios de los clientes de su hotel. Además utilizaría uno de los más elegantes condominios del hotel, nada menos que el penthouse que antes era propiedad de Miguel Lavalier (un tipo que siempre estaba metido en líos, bebía demasiado y no sabía manejarlo, según rumorean las malas lenguas) pero ahora ese lugar estaba a nombre de un chico que tampoco había conocido y se decía era el amante de Miguel, un tal Yuriy Ivanov.

El penthouse había estado vacio por años, hasta hoy que el hombre había llegado a ocuparlo. Tenía una carta poder con la firma de Ivanov, donde le permitía usarlo por tiempo indefinido. Así que, aunque imaginara tantas cosas como su mente le permitiera no quedaría en otra cosa que un rumor de pasillo.

Metió la tarjeta de la puerta, cuando el foquito verde encendió, entró encendiendo las luces de la lujosa estancia y le permitió el acceso al hombre bien vestido.

- Penthouse —dijo— todo está en orden, los controles de los televisores están allí —señaló— la caja de seguridad tras esta puerta, las habitaciones principales están limpias, la su mucamas vienen cada maña…

- No la necesito. Yo llamaré cuando necesite que vengan a limpiar. Me gusta la paz así que mientras no pida que alguien venga no quiero ser molestado.

- Si señor ¿puedo ayudarle en algo más?

- Baja con cuidado mis pertenencias.

Así lo hizo, ni siquiera dejo caer el baúl más grande y más pesado. Lo colocó con suavidad y después recibió un billete de gran valor. Se fue complacido y deseoso de no volver a tratar con aquel caballero tan extraño.

- ¡Vaya! ¿quién pensaría que alguien pudiera regalarte algo así? —se paseó por la estancia que daba a una sala con muebles modernos, las habitaciones a la izquierda, una en frente de la otra. A la derecha estaba el salón con un piano de cola, cruzando el pasillo una cocina que cualquier chef envidiaría. La terraza al frente con una maravillosa vista del centro de Frankfurt— Miguel debió amarte mucho ¿tú le amaste? —entró al baño y se lavó las manos así como la cara.

Caminó por una de las habitaciones, el piso era de duela para mantener el calor. Las puertas eran pesadas y fuertes, tenía la mejor vista. Sería su habitación aunque dudaba que la ocupara demasiado, regresó a la sala y verificó aquellas cámaras diminutas que se encontraban en los lugares estratégicos de todo aquel piso. Avanzó al salón, tocó un fragmento de la melodía Fur Elise de Beethoven y el piano se deslizó sobre el piso dejando una abertura que contaba con una escalera de caracol que llevaba a la parte inferior.

Los pasos de Boris resonaron en cada escalón metálico y pronto fueron acompañados por otros sonidos mecánicos y tecnológicos. A sus pies apareció un hombre de bata blanca y gafas gruesas que le dio la bienvenida.

- Todo esta listo Balkov.

El apartamento de abajo había sido modificado en su totalidad. Ahora era un laboratorio clandestino. Donde debía estar la sala, se encontraba un grueso tubo de cristal en el que podía caber una persona de pie, estaba conectado a una enorme máquina y monitores apagados a lo largo de la pared, deberían mostrar algunos componentes del que estuviera dentro del gran tubo. La puerta de la estancia estaba bloqueada con grandes anaqueles que eran un suministro médico y de material quirúrgico. Una de las habitaciones era ahora un dormitorio común. Dos literas estaban acomodadas paralelamente y en la siguiente habitación estaba repleta de anaqueles con armas de fuego, equipo de espionaje, ropa y quizás más de lo que podía ver. El lugar era de su completo agrado.

- ¿Quiere revisar la última habitación señor? —preguntó el mismo hombre de la bata— estamos terminando los detalles.

- No, aun no. Me gustará tener una sorpresa más adelante.

Observó en donde debía estar la cocina, una gran puerta metálica con chapa de combinación y detección de huella digital obstruían la visión hacia a dentro. Pero sabía muy bien lo que se encontraba detrás; era el futuro.

- Empecemos cuanto antes —dijo ansioso Boris— está arriba.

- Si señor.

Regresó junto con el Dr. Smirnov a la estancia superior. Abrieron el equipaje y sacaron de ellos reservas médicas e insumos alimenticios. Abrieron los cerrojos del gran baúl, lentamente levantaron la tapa para que la luz artificial iluminara el cuerpo desnudo y mallugado del prototipo Tala. Su piel estaba fría, su cabello sucio y enmarañado, apenas respiraba.

Smirnov lo tomó en brazos. Era lo más perfecto que había visto y no se refería a lo físico, (sin duda era un joven hermoso) era lo que llevaba en su interior, la parte cibernética, la perfecta combinación de un humano con la mecánica más avanzada. Y ahora él iba a ser participe en perfeccionar a ese individuo. Tala viviría por fin.

Cuando regresaron al laboratorio otros tres científicos (todos hombres) estaban esperándolos con impaciencia. Había brillo en sus ojos y una alegría contenida. Comenzaron a moverse en orden, como si de pronto hubiera soñado algún tipo de simulacro. Uno de ellos hizo descender el tubo, se movió con el ronroneo de engranajes recién engrasados, en unos segundos quedó horizontalmente. Abrió la tapa.

El segundo y tercer hombre comenzaban a hacer cocteles de medicamentos que depositaron en compartimentos ocultos en la gran máquina que sostenía el tubo. Smirnov dejó a Ivanov dentro. El grupo de blanco se reunió a su alrededor y comenzaron su afanosa tarea.

Buscaron las venas centrales en los brazos del pelirrojo, colocaron chupones en sus sienes, pecho, espalda, piernas, todos distanciados uno de otro por casi diez centímetro. Un dedal sobre su índice derecho que monitorearía sus signos vitales y una mascarilla transparente que le cubría la boca y nariz.

Sentía frió, más de lo que había sentido en las últimas horas, podía escuchar movimiento cerca de él, lo tocaban… muchas manos. Intentó despertar, algo era que Boris le violara a su antojo a que un grupo de hombres le tomaran hasta matarle.

Sus parpados, sus ojos, su cuerpo se movieron apenas con tics. Imágenes borrosas sobre su cuerpo. Figuras de blanco se abalanzaban sobre él, caras borrosas que no le miraban a los ojos. ¿Dónde estaba? ¿Qué le hacían?

Dos pinchazos en los brazos le hicieron reaccionar más. Su mirada se enfocó aún más. Las batas blancas, los cables que podía ver a la periferia, el olor a narcótico y desinfectante. Todo lo conocía. Quería salir de allí, debía salir o moriría.

- ¡Está despertando! —anunció Krause.

- No importa, todo está listo- dijo Smith alejándose de la plancha.

Yuriy empezó a despertar, más rápido de lo que imaginaban. Sus puños se alzaron, sus piernas buscaron apoyo intentando levantarse.

- Cierren la cabina —ordenó Smirnov

Müller presionó un gran botón plateado, la tapa empezó a cubrir la abertura, el tubo se levantó nuevamente. Yuriy golpeó el cristal pesadamente. Gritó, sus palabas quedaron ahogadas con el sonido del cierre hermético. Pronto quedo vertical, una vez iniciado el proceso nada lo detendría.

Yuriy se movió, la placa donde estaba acostado se movía y cerraba. Intentó escapar, salir, pero aquello ya estaba sobre su cabeza. Golpeó el cristal, vio todos esos rostros y allí contemplando todo como un espectáculo estaba Boris.

- ¡Maldito bastardo! —blasfemó— sácame de aquí —ordenó.

Quedo de pie esta vez, bajo las plantas de sus pálidos pies había unos orificios que se abrieron para dejar entrar líquido color esmeralda. La cabina se llenaba, la adrenalina inundo su torrente sanguíneo y buscó con desesperación alguna salida. No la había, le habían explicado la función de la cámara mucho tiempo atrás, la seguridad de ser inviolable.

Espero que me mates Boris, porque si me das la oportunidad seré yo quien acabe con tu vida —gritó para sí mismo porque nadie le escuchaba en su encierro.

Su pecho estaba cubierto, subía por su garganta y contuvo el aliento en su desesperación. El tubo se llenó y se encontró respirando agitadamente.

Accionaron algunas palancas y los chupones que tenía a lo largo del cuerpo se le clavaron a la piel como sanguijuelas. Los conductos que estaban pegados a ellos se llenaron del especial químico que era inyectado a su cuerpo. Mantuvo la mirada en Boris, no olvidaría jamás esa cara, y su promesa. Le mataría o moriría en el intento.

Su respiración era pausada y tranquila. Flotaba libremente en ese espacio que ahora era su mundo, sus ojos se cerraron, ansiaba el momento de volverlos a abrir.

- Lo siento —susurró su último aliento que era dirigido a la persona que más amaba.

Yuriy Ivanov había desaparecido. Quizás dormía en algún lugar de aquel cuerpo o quizás simplemente había muerto.

- Muy bien señoritas, no es hora de perder el tiempo. Tenemos un Cyborg que crear —dijo Smirnov con euforia.

Boris volvió arriba, trazando los planes que se desatraían a continuación. Mientras los científicos gastaban sus energías en crear al ser perfecto que era su hijo.

Bryan tamborileó los dedos sobre la mesa, como si eso apresurara a la barra que indicaba la carga de la página web. Veinte ocho días habían pasado ya desde que Boris se les escapó en aquella estación y no había dejado un solo día de buscar a su pelirrojo. Llamaba regularmente a Ren para tener noticias de la investigación, aunque en todas esas llamadas las palabas cruzadas no habían sido más que las acostumbradas "ninguna pista" por su parte buscaba información de Boris, a donde habría ido o con que fines había secuestrado a Yuriy.

Más todas sus corazonadas le llevaban a callejones sin salida. No podía hacer nada más que esperar a que Boris diera un paso en falso y él lo detectaría. La página policial de Alemania se abrió, empezó a teclear las zonas ya conocidas para empezar con los progresos de su propia investigación.

Cuarenta días estaban marcados en el calendario del laboratorio con grandes taches rojos y el día que trascurría estaba marcado con un circulo verde. Los científicos que apenas habían dormido y comido (sin mencionar otras necesidades de limpieza) se congregaron alrededor de Tala que seguía flotando en su sueño perfecto.

Boris no se encontraba. Estaba lejos consiguiendo recursos de quien sabe dónde. A ellos no les importaba siempre y cuando les trajera lo que necesitaban. Pero ese día con él o sin él Tala debía ser despertado.

— Müller haga los honores —el mismo que le había encerrado ahora le liberaba.

Las ventosas se le despegaron. La piel marcada y lacerada se regeneró asombrosamente. El líquido era drenado por los orificios inferiores. La compuerta se comenzó a abrirse a la par que se colocaba horizontalmente. Quitaron la mascarilla y contemplaron el cuerpo brillante y nuevo de Tala.

— Levántate —ordenó Smirnov.

Los parpados se abrieron sin preámbulos, decididos como si únicamente hubiera esperado la orden. Los ojos azules bajo ellos eran más oscuros, quizás opacados. Pasó las manos por los bordes de la cámara y se incorporó.

Dos meses llevaba el habitante del penthouse yendo y viniendo. Siempre solo, no había rumores de él, era un inquilino decente que no hacía ruidos, dejaba buenas propinas cuando pedía algo y era educado. No les molestaban y él tampoco a ellos.

Era un día lluvioso cuando el auto se aparcó frente al hotel. El guardia le recibió con un paraguas abierto en la puerta del auto y le condujo al interior. Boris se fue directamente a los elevadores, presionó con prisa el botón del llamado, estaba impaciente por verle, según los informes todo había salido como lo esperado. Estaba ansioso.

Tres minutos tortuosos hasta la puerta, metió la tarjeta magnética y entró. Nadie estaba allí, la sala se hallaba vacía.

- ¿Tala? —llamó.

Pocos segundos más de espera y un joven pelirrojo vestido sencillamente con un suéter azul y pantalones blancos atendió su llamado.

- Bienvenido —le dedicó una sonrisa— padre.

Dejó caer el maletín de la impresión. Su armoniosa y seductora voz no le lanzaba palabras ofensivas. Se le acercó para acariciarle el delicado cabello carmín y ninguna mano le detuvo. Acarició sus mejillas tersas y cálidas.

- Estuve esperando por ti —dijo Tala.

- Todo lo que prometimos Balkov- Smirnov salía del salón. Al parecer estaba esperando el momento para presentarle su más increíble invento.

- No esperaba menos de ustedes. ¿Se hizo todo como pedí?

- Puede comprobarlo —giró y desapareció nuevamente por el salón. Escuchó el piano deslizarse para cubrir la abertura y dejarlos en una intimidad deseada.

Miró al taheño que seguía mirándole en espera de algo.

- ¿No le das un beso de bienvenida a tu amado padre?

Una nueva sonrisa en esos delicados labios y se levantó en puntillas para dejar un beso sobre la boca del viejo.

Boris rodeó el cuerpo perfecto de Tala y un deseo conocido le embargo la entrepierna. Le tomó de la mano y le condujo a su habitación sin protesta alguna. Obedeció sin reproche cada orden, se desvistió al pedirlo, se la chupó sin chistar, le mostró su delicado culo sin reclamos.

- ¡Pídemelo, hazlo! —urgió.

- ¡Más padre! HAAAAAA más fuerte, dame… más —dijo entre jadeos mientras le embestía con rapidez.

Tala obedecía cada orden como lo había pedido. Cualquiera que fuera su deseo sería realizado a la perfección por su criatura.

El castillo de la familia Jurgen era bañado por la luz de luna. Una noche fría que anunciaba nevada. Robert sigue aun leyendo los documentos sobre su escritorio. Había dejado de ser un beyluchador años atrás. Pero su nombre era conocido ahora por formar parte de la defensa de Europa junto a sus amigos de equipo. Una organización secreta que desmontaba mafias, grupos clandestinos de guerrillas y sobre todo el tráfico de armas.

Sus antiguos conocimientos y habilidades le hacían idóneo para el puesto. Habían logrado mucho en esos años, pero aun no atrapaban a su principal "rufián" sí, el mismo que se les había escapado desde el último torneo de Beyblade, el mismo que evadía los brazos de justicia.

Juró que le atraparían, lo encontrarían tarde o temprano y lo refundirían en la prisión más fría y solitaria. De su cuenta corría que la llave se perdiera en el mar.

Ladeó el cuello y los músculos tronaron en protesta por el cansancio. Se levantó dispuesto a ir a la cama a dormir un par de horas y regresar a su escritorio. No podía tomarse largos descansos cuando estaban tan cercanos a cogerle, los últimos informes decían que estaba en Alemania.

Avanzó por los pasillos apenas iluminados. Hacía frío, tanto que se frotó los brazos para entrar en calor. El aire de invierno se colaba por una ventana más al frente. Era apenas una rendija que hacia bailar las cortinas de seda. Se acercó a ella y la bajó hasta el tope colocando el seguro, justo como debía estar.

Miró hacia afuera, a una de las murallas donde vio a cuatro guardias tumbados sobre un charco de sangre. Robert que quedo sin respirar por decimas de segundo, dio un paso hacia atrás, necesitaba regresar a su oficina y presionar la alarma, coger un arma… ¿Por qué no llevaba una encima en ese momento?

Se giró con suavidad, no debía hacer ruido. Las luces se apagaron, un destello apareció antes sus ojos y cayó de espaldas por un impacto en el pecho. La mano se cubrió allí donde había sentido un pinchazo que ya no dolía. Los dedos quedaron empapados de un cálido líquido. Las ventanas apenas si dejaban colar la luz necesaria para ver que era sangre.

Pasos se acercaron a su cuerpo, aquel que le había disparado estaba allí a su lado. Podía verle.

- ¿Tú? —tosió y sangre salió por la comisura de sus labios— ¿porque?

La pregunta quedó en el aire, los pasos se alejaron así como la luz de sus ojos. Moría rápidamente y en lo único que podía pensar era en ese brillo en sus ojos, justo como la primera vez que le vio.

Una serie de muertes han atacado toda Europa. Justo ahora la policía Europea ha dicho…

La televisión hablaba de las muertes de los últimos días. Bryan había acortado su horario de trabajo para dedicar tiempo a una investigación privada, más en esos momentos se detuvo a escuchar las noticias con atención.

… La victima de anoche fue el millonario Robert Jurgen, único heredero de la familia. El móvil es el mismo de todos los asesinatos. Un disparo en el pecho. En estos momentos se investiga la escena del crimen y los motivos por el cual se le haya dado muerte.

El teléfono sonó. Apenas si manoteó para contestar.

- ¿Lo estás viendo? —era Hitoshi, quien estaba del otro lado de la línea.

- Sí —respondió escuchando.

- Se creé que es un grupo de ignotos, bien organizados. Armados con Calibre 50 —decía el televisor.

- Demasiada confidencia —dijo la voz del japonés.

- ¿Coincidencia?

- Robert investigaba los movimientos de la mafia, sobre todo los movimientos de Boris, desde que escapó del tercer torneo.

- ¿Crees que él esté detrás de todo esto?

- No estoy seguro.

- ¿Crees que eso le haya pasado a…?

- No digas nada Bryan. Más que nadie tú deberías mantener la esperanza.

Mantenerla era sencilla, la verdad no. La vida no era fácil, sobre todo la vida al lado de Boris y él lo sabía por experiencia propia. Aún tenía cicatrices que se lo recordaban día a día.

La seguridad se había reforzado desde sus últimos trabajos. Tomó los binoculares con detector de calor y grabó en su mete la ubicación de cada uno de los matones armados con AK-47. Aseguró la mira laser a sus MP9, las dejó reposar en las musleras, una en cada pierna. Tras la espalda colgaba un AR-15 que creía innecesaria y un estorbo si se lo preguntaban, pero él no estaba allí pensar, si no para cumplir órdenes. Se cubrió el rostro y sonrió tras la tela negra. Era hora de la función.

Bajó por la colina corriendo con el cuerpo agachado hasta ponerse encubierto tras un tanque de agua, Desenfundo las MP9 y disparó a las lámparas que rodeaban el perímetro, tres disparos precisos y la alarma se escuchó en todo el lugar. Salió de su escondite avanzando sin temor entre las ráfagas de balas cruzadas. Utilizó una bala por cada mafioso, los cuerpos cayeron tendidos con disparos en medio de la frente. Cruzó el patio central a toda carrera, derribando la puerta metálica de una patada. Descendió de dos en dos los peldaños al subterráneo, encontró el panel de alimentación, tuvo cuidado de cortar solo la energía eléctrica. El visor sobre sus ojos se encendió de inmediato en medio de la oscuridad. Las figuras blanquecinas salían a su encuentro para una muerte inevitable.

El jefe de aquella mafia de armamento era un tipo enorme y obeso sentado tras un escritorio de mal gusto. A sus lados media docena de hombres armados, dispararon en cuanto asomó la nariz, pedazos de concreto y madera saltaron por el aire, apenas unos segundos dejaron de escucharse para recargar. Se agachó desde la entrada disparando por inercia a donde sabía que estaban. El último disparo con su última bala de los cargadores fue hecho en el pecho del hombre del centro.

Devolvió sus armas a las musleras y puso los seguros. Aún tenía cargadores en los carriles bajo la manga, aunque ya no eran necesarios. Buscó en el arsenal de los traficantes lo ideal para una celebración como aquella.

Quitó la cubierta que ocultaba la motocicleta Kawa 1400 entintada en color cereza y negro, la encendió. La llanta trasera derrapó al dar una vuelta peligrosa que le alejaba del lugar. Tras el conductor una explosión ilumino el cielo de rojo, amarillo y naranja dejando una espesa nube de humo espeso.

Este es el quinto ataque de este mes, la noche anterior eliminó al dirigente de la mafia de armamento más poderoso de Europa. No ha quedado ninguno en vida, más no se ha podido tener demasiada información del ataque puesto que las instalaciones donde se escondía quedaron en llamas tras una explosión de una bomba.

Las noticias eran escuchadas en el laboratorio donde Tala se sometía a una revisión. Todo en él funcionaba a la perfección. Bajó de la mesa de exploración y se colocó la sudadera verde y los pantalones. Sin esperar a que le dijeran algo regresó al piso superior con sus pies descalzos, disfrutaba la sensación de la duela. Se acercó con su sutil contoneo de caderas a la habitación de su padre. Empujó la puerta y lo encontró inmerso en papeles. Se dejó caer a sus pies recargando la cabeza en las piernas del hombre, una mano bajó a sus cabellos para acariciarle las hebras sedosas.

- Prometiste que sería esta noche.

- ¿Es que me extrañas tanto? —sonrió el viejo sin apartar la vista de las hojas.

- Has estado fuera tanto tiempo.

- Quizás si me ayudas a relajarme, podría decidirme más rápido.

El pelirrojo se acomodó entre sus piernas para dedicarse a desabotonarle el pantalón, y estimular aquel miembro que no dormía al ver el perfecto cuerpo de su hijo. La lengua del menor empezó a lamerle mientras se decidía. En las manos tenía tres hojas. Cada una el expediente de los hombres que necesitaba eliminar para poder avanzar. Aunque… La boca de Tala le envolvió.

- Me preguntó si te reconocerá. Si al verte sabrá que eres tu ¿Quieres verle de nuevo? Ver en lo que te has convertido gracias a mí— susurró a la nada.

El monitor mostró una figura negra recorrió los pasillos sin prisa, con el arma bien sujeta en la mano. Sabía lo suficiente de ellas para reconocer una H&K MP-7. La figura separó las piernas y levantó el arma.

- Yuriy —balbuceó Bryan sin aliento.

Sabía que era él. Le conocía de toda la vida. Le había analizado cuando le odiaba en la abadía y le había contemplado cuando le amaba. Reconocía sus movimientos ágiles, la manera en que caminaba, el cómo sujetaba las armas, el separar de sus piernas para presionar el gatillo. Era él. No importaba que llevara una máscara cubriéndole el rostro.

No Yuriy —dijo con más fuerza, con el corazón latiéndole con violencia entre su pecho, golpeándole las costillas por la emoción de encontrarle y por el arma en su mano. Ni siquiera titubeaba.

Cerró los ojos al escuchar el único disparo y el cuerpo se desplomó.