Historia antigua, con la que de hecho fue mi primera oc, aunque ha cambiado mucho con los años xDD Parece mentira que esté escribiendo su historia a estas alturas, pero bueno, me apetecía. Y además, mi querida Pingu me ha insistido muchas veces en que le gustaría leerla, así que aquí está ^^
Espero que os guste, o que al menos no os disguste demasiado. Gracias por leer :)
Capítulo 1.
Una vez más, pensó.
La chica ejecutó una serie de movimientos rápidos, sin detenerse. Se movía con tal rapidez, que hizo que los cipreses que se encontraban en el pequeño jardín trasero de su habitación se revolviesen, tal y como si los golpeara una ráfaga de viento. Tras unos minutos, al fin decidió parar. Respiraba con fuerza, y el sudor resbalaba por su pálida piel cayendo en pequeñas gotas. ¿Cuantas horas habían pasado? El tiempo pasaba volando cuando hacía lo que más le gustaba. Se separó el pelo húmedo de la cara, e intentó relajarse un poco. Su cuerpo ya le estaba pidiendo un descanso. Pero aun así se sentía de maravilla.
- ¿Su Alteza Nintai? -La llamó alguien, sobresaltándola.
Maldijo en voz baja por no haber recordado que tenía que haberse bañado. Temiendo que la vieran así, se apresuró a dejar el pequeño jardín y volver a entrar en sus aposentos por uno de los ventanales que daban al baño, escondiéndose gracias a las cortinas, y quitándose la ropa lo más rápido que pudo. Consiguió meterse en la gran bañera de mármol justo antes de que la doncella entrara en el cuarto. Por supuesto, el agua ya estaba helada.
- ¡Alteza, ¿por qué estáis aun en la bañera?! -Exclamó la doncella, comenzando a angustiarse. Hacía por lo menos tres horas que le había preparado el baño-. ¡Os vais a congelar!
- Es que... me he quedado dormida -Mintió, diciendo lo primero que se le vino a la cabeza.
- Lo siento mucho, Alteza, debería haber estado pendiente de vos. Jamás podré perdonarme si enfermáis por mi culpa.
- No pidas perdón, por favor, no has sido tú quien se ha dormido...
- Por favor, salid de la bañera. Volveré a calentar el agua ahora mismo.
- De acuerdo -Aceptó Nintai con resignación, aunque también agradecida. Sí aun no estaba congelada, poco le faltaba.
Se puso un albornoz y se sentó en la otomana del tocador, mientras la doncella hacía su trabajo con rapidez. Intentó desenredarse un poco su largo pelo de color azul oscuro con los dedos, procurando que no se notara que estaba temblando de frío. Tenía que dejar de entrenar cuando se suponía que debía bañarse, esos chapuzones helados la acabarían matando.
- El Gran Dios Meiyo quiere veros -Dijo la doncella, pocos minutos después, quitándole el albornoz para que volviera a bañarse-. Prepararé vuestra ropa. ¿Queréis que os lave el pelo?
- No, gracias. ¿Sabes por qué quiere verme?
- No lo ha dicho, Alteza.
- Debe de ser algo importante -Dedujo con tranquilidad, pensando en las pocas veces que veía al dios. Era bastante extraño que la mandara llamar para que fuera junto a él.
No es como si tuviera una mala relación con el dios Meiyo. Directamente, no existía ninguna relación, aparte de la que los unía por su sangre. Él siempre estaba ocupado, obviamente, y además de no tener el tiempo necesario para atender a su única hermana menor, tampoco le interesaba.
En una familia donde sólo tenían que haber nacido siete varones destinados a convertirse en grandes dioses, ella no tenía lugar por haber nacido mujer. Desde que era niña se había sentido tan desplazada, que ni siquiera sus padres querían hacerse cargo de ella. Se habían desentendido tras un incidente hacía unos años -que ni siquiera había sido culpa de Nintai, pero que a su padre no le gustó nada-, y el único al que no le importó demasiado quedarse con ella fue Meiyo. Había estado con él desde entonces. Claro que eso de estar con él era algo muy relativo, dado que con quien en realidad pasaba la mayor parte de su tiempo era con sus doncellas y los guardias que la seguían a todas partes. Por supuesto, en una situación así era imposible tener algún amigo. En realidad, apenas se le permitía salir de sus aposentos.
La chica suspiró con desánimo, echándose el pelo húmedo hacia atrás. La doncella volvió a entrar en el baño, y se vio forzada a sonreír, saliendo de nuevo del agua. Al menos ya no tenía frío. Se sentó otra vez en la otomana, y comenzó a arreglarse con la ayuda de la mujer. Pintó sus labios de un rosa muy claro y puso algo de sombra en sus párpados para resaltar sus ojos. Le rizó el pelo, y fue adornándolo con perlas blancas. Siempre perlas, pensaba Nintai para sus adentros, sabiendo que también su ropa estaría repleta de esos adornos. No le disgustaban, pero era como si sólo existieran las perlas. Sin embargo, no quería quejarse. Se sentiría mal por hacer algo así cuando la doncella le había escogido el conjunto con todo el cariño del mundo. Siempre le preparaba cosas que le quedarían perfectas.
Desde luego, no se equivocaba al pensar en cómo sería su ropa ese día. Siempre la vestían de blanco. Ese día tenía un vestido de un sólo tirante, con sujeción bajo el pecho hecha con una hilera de perlas. A veces también se preguntaba por qué tenía que llevar zapatos altos y tan adornados, si los vestidos siempre eran largos y nunca se veían. En fin, podía soportarlo.
Una vez hubo terminado de arreglarse, salió de su recámara, inmediatamente siendo seguida por sus guardias personales. Sólo se dedicaban a seguirla. Dos delante, y dos detrás, cuidándola en todo momento. Pero nunca hablaban con ella, aun cuando el camino desde su habitación hasta la gran sala del trono era bastante largo. Siempre le parecía eterno, y encima la hacían vestirse de punta en blanco y llevar unos tacones muy altos sólo para caminar hasta allí.
Otros dos guardias estaban situados junto a dos inmensas puertas, que abrieron en cuanto la vieron llegar. Las puertas blancas llevaban a una gran sala con un techo increíblemente alto. Había columnas de mármol a ambos lados, erigiéndose en dos filas que llevaban hasta donde se encontraba el Gran Dios Meiyo, sentado en su trono, al final de la sala. Dicho trono medía más de siete metros, y aun así, el joven dios era considerablemente más grande. Asintió a Nintai nada más verla entrar, aun con lo pequeña que debía ser a sus ojos.
Realmente no era gigante. Era una especie de ilusión, algo que utilizaban todos los dioses para imponer más respeto. Desde luego, daba resultado, aunque Nintai estaba más que acostumbrada. Pocas veces lo había visto en su verdadera forma -y aun así seguía siendo bastante más alto que ella-. En cuanto él movió la cabeza, supo que era el momento de adelantarse. Comenzó a caminar con calma, dejando a la doncella y los guardias atras.
- Aquí estoy, hermano -Dijo, mirándolo a los ojos.
Al igual que ella, Meiyo tenía heterocromía. El ojo izquierdo de la chica era rojo, y el derecho azul oscuro, igual que el izquierdo del dios. En cambio, su ojo derecho presentaba un gris de un tono muy pálido, prácticamente inexistente en su iris. Ambos se parecían, al menos en el color del pelo. Él también lo llevaba largo, por la mitad de la espalda, con algunos mechones trenzados.
- ¿Te haces una idea de por qué te he llamado, Nintai?
Ella negó, bajando la mirada. De repentte, se sintió incómoda. Tal vez se equivocaba al pensar que se trataba de algo importante. Al ver la mirada de su dios empezó a preocuparse, parecía disgustado. Ojalá no estuviera enfadado con ella.
- ¿He hecho algo malo? -Se atrevió a preguntar, comenzando a temer que su hermano mayor hubiera descubierto lo que hacía por las tardes cuando la dejaban sola.
- No, no has hecho nada malo -Respondió él, con un tono que denotaba cansancio-. Quería decirte que vamos a abandonar el palacio durante unos días. Ya he ordenado a tus doncellas que preparen tus cosas.
Eso la sorprendió. ¿Abandonar el palacio? ¿Salir al exterior? Hacía por lo menos dos años desde la última vez que lo había hecho, y la verdad, no había disfrutado mucho. El gran dios salía a menudo de allí, pero a ella no se le permitía hacerlo. Estaba comenzando a emocionarse, pero supo que era mejor no hacerlo. Algo importante debía de haber pasado si de repente él decidía llevársela.
- ¿Puedo preguntar por qué? -Susurró, algo confusa.
- Me han invitado a presenciar el Torneo de las Artes Marciales de la Oscuridad -Volvió a responder, esta vez sin ninguna emoción en su voz-. Por desgracia, no puedo negarme. Ya que serán varios días, he decidido que asistirás conmigo.
Artes... marciales... No pudo evitar que se le iluminaran los ojos. Iba a ir a un torneo. A un torneo donde habría combates de verdad. ¿En serio?
Estuvo a punto de preguntar también por qué quería que ella lo acompañase, pero pensó que era mejor no hacerlo. En realidad, como norma general no hablaban tanto, y parecía no haber ido demasiado mal hasta el momento, así que no quiso estropearlo. Estaba tan feliz, que no se sintió mal por pensar en lo indiferente que era siempre su hermano con ella, como hacía cada vez que le veía. Iba a salir del palacio, a ver un torneo. Podría salir.
...
El coche se detuvo un momento, lo justo para que el grupo se bajase frente a la puerta del hotel. Kuwabara cargaba a Yusuke, pero aun así no pudo evitar sorprenderse.
- Hala... ¿De verdad nos alojamos aquí?
Era un hotel increíblemente lujoso. Le imponía un poco entrar ahí. Sin embargo, Kurama y Hiei se encontraban tranquilos. Yusuke aun dormía. El enmascarado no hablaba. En cuanto entraron por la puerta giratoria, el asombro no fue menor. Todo el mundo iba de punta en blanco. También se dieron cuenta de que un hombre vestido con traje negro se acercó a ellos, dándoles la bienvenida y ofreciéndose a llevarlos hasta sus habitaciones. Al chico de pelo castaño no le daba buena espina todo eso, eran muchos lujos para estar allí por un torneo. Aun así, siguieron al hombre, mientras se daban cuenta de que la gente los miraba y cuchicheaba. Pero también se dieron cuenta, más temprano que tarde, de que el murmullo no era sólo por ellos.
Un hombre joven, con el pelo largo de color azul oscuro, y vestido de una forma muy elegante, iba en dirección hacia el grupo. Otro hombre -bastante más bajito que él, puesto que el joven debía llegar a los dos metros-, vestido con traje, iba junto a él, hablándole con calma y presentando a las personas que estaban a su alrededor. Debía de ser alguien muy importante.
- ¿Y ese tipo, quién será? -Preguntó Kuwabara, desconcertado.
Hiei miró al hombre joven con algo que parecía una mezcla entre desinterés y repulsión. Más o menos como solía mirar siempre a todo el mundo. Pero Kurama se sorprendió al darse cuenta de algo.
- Es... el dios Meiyo -Susurró, dejando ver el asombro que sentía en su tono de voz.
- ¿Qué? ¿Un dios? -Volvió a preguntar el grandullón, aun más desconcertado que antes, aunque sin perder su forma tan exasperante de hablar.
Kurama le hizo un gesto para que bajara la voz. No sabía si era buena idea ir proclamando que había un dios ahí, tal vez él estaba evitando que se supiera, por lo menos entre los humanos que estaban allí. Aunque esa gente tampoco parecía del todo normal. Pero era mejor no arriesgarse. Aun en voz baja, explicó a su amigo que él era uno de los Siete Grandes Dioses que representaban las siete virtudes del Camino del Guerrero. Meiyo, como indicaba su nombre, representaba el honor. Era el sexto dios, uno de los menores. Pero eso no hacía que fuera menos importante que sus hermanos mayores. Al contrario, era muy querido.
El dios dio por terminada su conversación con una mujer que parecía muy desagradable con todo el maquillaje que llevaba, y pronto se dio cuenta de la presencia del grupo que lo observaba. Miró a los chicos fijamente, con curiosidad, y un momento después ya se encontraba avanzando hacia ellos. Fue en ese momento cuando se dieron cuenta de que no estaba sólo.
Tenía la mano derecha alzada, con la palma hacia abajo, y sobre ella reposaba suavemente la mano de otra persona. Una chica.
- Oye, Kurama... ¿Quién es ella?
- Pues... no lo sé. Nunca la había visto -Reconoció el chico pelirrojo, intentando recordar. Pero sin ninguna duda, no sabía quién era. No creía que el dios Meiyo se hubiera casado, ni nada de eso. Además, el pelo del mismo tono de azul oscuro que la chica compartía con el dios, le hacía pensar que tenían algún tipo de parentesco.
- Es su hermana -Musitó Hiei, con indiferencia. Realmente no le interesaba para nada esa situación.
- ¿Hermana? -Exclamó Kurama, sin creérselo. Era imposible.
Desde tiempos inmemoriales era sabido que en la familia del dios Meiyo sólo habría siete dioses, todos varones. No podía ser que hubiera una mujer entre ellos. Aun así, en cuanto el dios se acercó, vio que efectivamente se parecían. y no sólo eso: la chica tenía heterocromía, al igual que el dios Meiyo y los otros seis dioses. increíble, pero cierto. La joven posaba delicadamente su mano sobre la de su hermano mayor. Su pelo oscuro estaba rizado y adornado con perlas del mismo tono blanco que su fino vestido. Tenía la mirada tranquila e iba con la cabeza alta, pero no era como la del dios; no era como si estuviera mirando a los demás por encima del hombro. No había engreimiento ni soberbia en sus ojos dispares -el derecho de color azul, y el izquierdo rojo-. Todo lo contrario. Incluso parecía que no estaba demasiado acostumbrada a ver a tantas personas juntas.
Kurama se obligó a dejar de mirarla para atender al dios, que se acababa de parar frente a ellos.
- Permítanme presentarles a los recién llegados -Comenzó a decir el hombre de traje, sin ni siquiera mirar a los chicos-. Son los invitados que participarán en el torneo...
- Sé quienes son -Interrumpió el dios, alzando la mano para hacer callar al hombre. Decidió dirigirse él mismo a ellos. Era muy alto, pero no bajaba la mirada-. El grupo de Urameshi, los humanos. Debo decir que me tenéis intrigado, se ha hablado mucho de vosotros en el Mundo Espiritual.
- Gracias, señor -Respondió Kurama, inclinándose ante él. El enmascarado lo imitó, pero Hiei se limitó a mirar hacia otro lado, y Kuwabara lo tenía complicado mientras sujetaba a Yusuke.
Al volver a alzarse, el pelirrojo no pudo evitar dirigir su mirada a la chica, que observaba la escena con interés, aun sin interferir. Ella, al darse cuenta, obviamente le devolvió la mirada. Se sintió fascinado por sus ojos. Y se sintió aun más intrigado que antes por saber quién era, y toda su historia. El dios debió notar esto, porque un instante después movió su mano derecha, haciendo que su acompañante se adelantara.
- Disculpad que aun no os haya presentado. Ella es mi hermana menor, la princesa Nintai.
El chico de ojos verdes se sorprendió ante la confirmación de lo que había dicho Hiei, e inmediatamente hizo una nueva reverencia ante la princesa, que sonrió e hizo lo mismo para poder saludar. Aun así, no dijo ni una sola palabra.
Nintai observó al grupo con interés, preguntándose qué estilos tendrían a la hora de pelear. Podría verlo al día siguiente, pero no le gustaba tener que esperar. Al saber que iba a ver un torneo se había emocionado muchísimo, pero hasta el momento llevaban ya tres días llí, y no había pasado nada interesante. Tres días enteros en la planta baja de ese hotel, de lo más arreglada, siendo presentada junto a su hermano mayor a un montón de desconocidos que eran de lo más desagradables. ¿Qué clase de torneo era ese? Empezaba a sentirse decepcionada, y ni siquiera había visto un sólo combate.
Mientras pensaba esto, desvió su atención de los chicos que tenía frente a ella, y vio al que estaba tras los demás. Algo se movió dentro de ella. Recuerdos pasados acudieron a su mente nada más fijarse en sus ojos rojos. Él no la estaba mirando, pero aun así comenzó a tener una sensación muy extraña. Sin darse cuenta, tensó su mano sobre la de su hermano, que enseguida lo notó. Ladeó levemente la cabeza, mirando a su hermana por el rabillo del ojo. Por supuesto, sabía lo que estaba pasando.
- Es el momento de retirarnos -Dijo con tranquilidad, dando un paso hacia atrás.
Se despidió del grupo de Yusuke, e hizo que Nintai comenzara a caminar junto a él de nuevo. La chica hizo caso, obviamente, pero no pudo evitar mirar de nuevo hacia atrás. Realmente no supo cómo sentirse al ver que el chico de ojos rojos había desaparecido. Era una mezcla entre alivio y decepción. hacía mucho tiempo desde la última vez que había pensado en él. No le cabía la menor duda de que la había visto, y por supuesto recordaba quién era. Tal vez por eso se había ido en ese momento.
A cambio de no encontrarle, pudo ver de nuevo los ojos verdes del chico pelirrojo, llamado Kurama. La miraba con interés, al igual que unos momentos atrás. No entendía por qué la miraba así. Pero le gustaban sus ojos. Al ver que aun no apartaba la mirada, sintió ganas de sonreírle. Por supuesto, aun con la sorpresa de aquel gesto, Kurama respondió con otra sonrisa.
- Anda, Kurama... Parece que has llamado la atención de la princesita, ¿no te parece, Hiei? -Comentó Kuwabara, con tono socarrón, dándole un codazo con el brazo que le quedaba libre. Pero más temprano que tarde se dio cuenta de que aunque era muy probable que Hiei no respondiera a sus bromas, era extraño que no le dijera alguna bordería. Miró hacia atrás, y no lo vio por ninguna parte-. ¡Eh, ¿dónde está ese enano?!
Nintai observó la escena con diversión, sonriendo con suavidad mientras continuaba alejándose junto a su dios.
Continuará
Yu yu hakusho y sus personajes no me pertenecen a mí, sino a Yoshihiro Togashi.
La princesa Nintai y el dios Meiyo -y los otros seis dioses restantes que no aparecerán por el momento- son personajes originales creados por mí.
