Capítulo 2.
Kuwabara decidió llevar a Yusuke -aun dormido- a la habitación que compartían. El enmascarado también pensó que debía irse a descansar, aunque no dijo nada. Hiei ya había aparecido hacía un buen rato, y se encontraba sentado en el sofá, observando la taza de café partida por la mitad, resultado de su primer encuentro con dos rivales del torneo, Rinku y Zeru. Por su parte, Kurama estaba parado de pie frente al ventanal que daba al balcón de la habitación.
- No tenía ni idea de que los Siete Dioses tenían una hermana menor -Comentó el chico, aun pensando en el encuentro que habían tenido con el dios Meiyo en el vestíbulo-. ¿No te has preguntado cómo es posible que haya nacido una mujer cuando tenían que ser sólo siete?
- No me interesa -Respondió Hiei, cruzando los brazos por detrás de la cabeza, y apoyando los pies sobre la mesa-. No es más que una princesa, no vale nada.
Kurama entrecerró sus ojos verdes, girándose hacia su compañero. Desde que habían llegado al hotel se había comportado de una forma muy extraña, y parecía más malhumorado que de costumbre. Sabía que no tenía nada de qué preocuparse, pero aun así se preguntaba si le estaba pasando algo. Desde luego no creía que estuviera nervioso por el torneo. Pensó que lo mejor era no atosigarlo a preguntas, o entonces sí que se pondría de mal humor.
Decidió tomar un poco el aire, así que se dirigió al cierre del ventanal para abrir la puerta corredera y así poder salir al balcón unos minutos. Justo cuando abrió e iba a salir, vio a alguien caer. No, no estaba cayendo... Había saltado. Dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa -sorprendiendo también a Hiei, aunque este ni siquiera se levantó de donde estaba-, y tan rápido como pudo se adelantó hasta la barandilla para mirar hacía abajo. Lo que vio lo dejó boquiabierto.
La persona que se había lanzado -desde unas plantas más arriba de donde estaban ellos, que por cierto, era de las últimas-, acababa de arrodillarse en el suelo al caer, volviendo a levantarse poco después, y tras un instante comenzó a correr. A pesar de la distancia, pudo ver que llevaba ropa cómoda para luchar, de estilo asiático. Era a todas luces una chica. Su figura y su pelo largo con ondas no dejaba lugar a dudas. Lo que más le llamó la atención era su color. Azul oscuro.
Algo se movió en su interior al pensar en quién podría ser esa chica misteriosa. Sólo se le ocurría una opción.
Pero no podía ser ella... ¿o sí?
...
Nintai comenzó a correr a través del bosque con rapidez, pero sin hacer ni un sólo ruido. Juraría haber sentido que alguien la observaba al escapar del hotel por el balcón, pero no había visto a nadie. Aun así, era mejor ser precavida.
Nunca se había escapado, había sido muy emocionante. Ella y su hermano se alojaban en la última planta del hotel, completamente vigilada por guardias. Por supuesto, los guardias estaban allí expresamente por ella. Al menos no tenían permiso para entrar en su habitación, así que se había aprovechado. Su doncella ya se había retirado hacía ya un buen rato, pero quiso asegurarse de que no volvería. Sabía que si su hermano se enteraba de lo que estaba haciendo la encerraría y no podría ver el torneo, pero no podía esperar más. Habían sido tres días muy aburridos. No pudo resistirse a cambiarse de ropa, y salir al balcón para saltar. Era la primera vez que hacía algo así, estaba un poco nerviosa. Pero de todas maneras sabía que no le pasaría nada por saltar desde esa altura.
Tardó unos cuantos minutos en llegar. Lo había visto a lo lejos al llegar a la isla, pero necesitaba verlo mejor. Ni siquiera podía esperar hasta el día siguiente. Era un poco tétrico, pero no le importaba demasiado.
El estadio donde se celebraría el Torneo de Artes Marciales de la Oscuridad. Era increíble mirarlo de cerca. Obviamente, estaba cerrado. Suspiró con resignación, pero aun así no le decepcionó, y por supuesto no se arrepintió de haberse escapado sólo para ver el gran edificio. De día estaría repleto de gente, y en ese momento era hasta relajante. Estaba oscuro, soplaba una suave brisa, y todo estaba rodeado de árboles. Era un paisaje precioso. Bueno, para ella, cualquier lugar fuera del palacio le parecía precioso sólo por ser algo diferente a lo que veía a diario. Quería ver mucho más, no sólo el estadio. Quería poder salir del palacio cuando quisiera, y conocer por completo el Mundo Espiritual. Además, también quería conocer el Mundo Humano. La habían instruido para saber todo tipo de cosas acerca de ese mundo, y la fascinaba. Era muy diferente a su hogar.
Y ahí estaba, en ese mundo tan diferente. Pero, por desgracia, no podía alejarse de su hermano. Ojalá no se enterase de lo que estaba haciendo.
Por una parte deseaba que nadie descubriera jamás su interés por el combate y la lucha. Pero por otra se sentía sola por no poder compartir ese interés con nadie. Si hubiera alguien...
- ¿Te has perdido, princesa Nintai? -Dijo alguien a su espalda.
La chica se sobresaltó, porque no había sentido nada a su alrededor. Se echó hacia atrás, dejando escapar un pequeño jadeo. Al menos supo que no tenía nada que temer. Bueno, más que saberlo, lo intuía. Aunque era demasiado silencioso.
- Me has asustado -Susurró, llevándose la mano al corazón. Latía con fuerza, intentando recuperarse.
- Lo siento, no era lo que pretendía -Respondió el chico.
Kurama sonrió con tranquilidad, intentando no ponerla nerviosa. No quería asustarla, pero tampoco había sabido muy bien cómo acercarse a ella. En realidad, no esperaba que de verdad fuera la princesa la que había saltado desde la última planta del hotel. No lo entendía. Bueno, para ser sincero, no entendía nada sobre esa chica. Ni siquiera sabía aun cómo era posible que hubiera nacido. ¿Cual era su historia? Debía de haber una razón para que viviera con el dios Meiyo, y también para que se fuera a escondidas por la noche hasta el estadio vestida de esa forma.
No había perlas adornando su largo cabello del color de la noche. Tampoco iba maquillada, y su rostro parecía aun más luminoso bajo las estrellas. Sus labios eran de color rojizo, contrastando perfectamente con su piel clara. Casi podría parecer imposible reconocer a la princesa del Mundo Espiritual en esa chica. Pero sabía que era ella por un sencillo detalle: sus ojos dispares. El derecho azul, y el izquierdo rojo.
No era de extrañar, los dioses solían tener ojos de colores inusuales, y en la familia de la princesa Nintai era sabido que todos sus hermanos poseían dos colores. El dios Meiyo, por ejemplo, tenía el ojo izquierdo azul como el de su hermana menor, y el derecho de un gris tan claro que casi parecía no tener iris. Al parecer los colores de sus ojos tenían cierto significado, pero nadie sabía qué secretos escondían.
Pero ella no era una diosa. Era una princesa.
No podía creerse que la misma chica que apenas hacía unas horas estaba vestida de lo más elegante ahora estuviera escapándose de su habitación con ropa cómoda para la lucha, que por cierto, le recordaba a la antigua Persia. Dos estilos tan diferentes... y sin embargo de las dos maneras era increíblemente hermosa. Únicamente le faltaba brillar con luz propia, y por poco no lo hacía.
- Tu nombre es Kurama, ¿no es así? -Preguntó, sin alzar mucho la voz. El chico de pelo rojo asintió con calma, mirándola a los ojos. Le gustaba, en el palacio nadie se atrevía a mirarla directamente-. ¿Qué haces aquí?
- Sólo estaba dando un paseo -Respondió. Obviamente, no le iba a decir que la estaba siguiendo. Eso sí que la asustaría. Él mismo no sabía por qué la había seguido. Pero al verla, sus pies se habían movido solos-. No podía dormir.
- ¿Estás preocupado por el torneo? -Volvió a preguntar ella, comenzando a sentir curiosidad.
- No sabría decirlo. Creo que nuestro grupo tiene posibilidades. Tal vez sólo estoy algo nervioso -Reconoció Kurama, mostrándose pensativo.
- Ya veo.
Esperaba que les fuera bien. Y desde luego, esperaba ver muy pronto sus habilidades. Tenía muchas ganas de ver qué podían hacer esos humanos contra todos los monstruos que entrarían a pelear.
Al fijarse de nuevo en el chico, vio curiosidad en sus ojos. La miraba con tanta intensidad que casi la atravesaba. Ni siquiera necesitó preguntarse el por qué. Seguramente estaría pensando en qué hacía una princesa que horas antes había ido vestida de punta en blanco yendo hasta el estadio, y además, totalmente desprotegida. No sabía si debía explicar que se había escapado sólo para ir a ver el estadio donde se celebraba el torneo.
Sin embargo, aunque esperó, Kurama no preguntó.
- ¿No vas a preguntarme qué hago aquí? -Soltó finalmente.
- No, no voy a hacerlo.
- ¿Y no te llama la atención verme aquí sola de noche, sin guardaespaldas, y vestida así? -Volvió a preguntar, sonriendo y cruzándose de brazos.
- Reconozco que me muero de curiosidad. Pero no es asunto mío.
Nintai rió en voz baja, cerrando los ojos. Estaba un poco nerviosa, estaba acostumbrada a ver siempre a las mismas personas, y realmente no sabía demasiado bien cómo hablar con un chico al que sólo había visto una vez. Sin embargo, le resultaba divertido. Empezaba a sentir que por fin todo eso del torneo merecía la pena. Era lo que quería, ver cosas nuevas, conocer gente nueva.
- Sólo quería ver el estadio -Reconoció, con algo de vergüenza-. Nunca había estado en un lugar así, y quería verlo sin que me agobiasen. Mañana habrá demasiada gente, y no podré hacer lo que quiera.
- Entiendo... Pero no deberías estar aquí sola. Podría ser muy peligroso.
- Lo sé. Pero no pude resistirme.
Kurama sonrió, al ver lo emocionada que estaba. Lo que más parecía gustarle era haber hecho algo que le daría muchos problemas si llegaban a descubrirla. En verdad era una chica interesante. Un poco temeraria, eso sí.
Estuvieron hablando unos breves minutos, aunque de cosas sin importancia. La princesa comenzó a preguntarle cosas sobre el Mundo Humano, y le confesó que era la primera vez que viajaba hasta allí, así que le interesaba mucho. No le molestó en absoluto contestar a todas sus preguntas, eran realmente sencillas.
- Debería volver ya -Dijo Nintai finalmente, aunque sin muchas ganas de regresar a su habitación del hotel en realidad. Tendría que ir subiendo de balcón en balcón hasta llegar al suyo para poder entrar de nuevo en su habitación sin que nadie la viera. Al menos no sería demasiado complicado.
El chico de pelo rojo le propuso acompañarla, pero ella le dijo que no hacía falta. No quería seguir molestándolo, y mucho menos que la viera al subir. Lo encontraría demasiado extraño. Igualmente le dio las gracias, y le deseó suerte en el torneo. Un instante después ya estaba corriendo de vuelta al hotel, tan sigilosa como cuando se había marchado.
No pudo evitar sonreír de lo más emocionada. Se lo había pasado increíblemente bien, no sólo por el torneo. Había conocido a alguien nuevo, y había hablado con él un buen rato. Eso era lo mejor de todo. A pesar de las formalidades, Kurama la había tratado como a un igual, no como a una princesa. En el palacio nunca se había sentido así.
Al llegar al edificio, tuvo que apoyarse un momento contra la pared. El corazón le latía muy fuerte, y también muy rápido. Sentía que le ardían las mejillas, y le costaba respirar, pero de algún modo sabía que no era por la carrera. Pero ¿por qué?
Mientras pensaba en esto, no podía dejar de sonreír extasiada. Sin embargo, un instante después sintió que algo perturbaba el aire. instintivamente, se giró con el impulso de una pierna para soltar una patada, y alguien la detuvo agarrando su tobillo con fuerza.
- Esto sí que no me lo esperaba -Comentó el desconocido con vos desganada, aun sujetando su pierna en alto.
- ¡Tú...! -Exclamó Nintai, realmente sorprendida al reconocer la voz. Antes de mirarlo tuvo sus dudas, pero en cuanto se encontró con sus ojos rojos, supo que era él.
Hiei la miró con gesto malhumorado, aunque, en cierto modo, en su mirada se veía un destello de interés por lo que acababa de pasar. La princesa le sostuvo la mirada, mientras comenzaba a fruncir el ceño.
- Unos ojos muy interesantes -Dijo el chico de pelo negro, sonriendo con arrogancia-. No me tienes miedo.
- Suéltame -Le ordenó Nintai, sin responder a esa provocación tan clara. Por supuesto que no le tenía miedo. Sabía perfectamente que era más fuerte que ella, pero no iba a mostrar debilidad por su parte. Se había jurado que la próxima vez que lo viera no sería la niña débil que había sido antaño.
Hiei siguió observándola unos instantes, pero finalmente la soltó. La chica de ojos dispares recuperó el equilibrio, y se puso a la defensiva. Sabía que él era consciente de quien era. La recordaba. Pero ¿qué hacía allí? ¿Acaso la había buscado para pelear? No, no parecía ser eso. Aunque la había visto dispuesta a defenderse y comenzando a adoptar una postura adecuada para el combate, él se había limitado a meter las manos en los bolsillos con desgana.
- ¿Qué quieres? -Preguntó con calma, aunque seguía atenta para descubrir sus intenciones.
- Te veo muy cambiada, princesita. Esa mirada, esos movimientos... Parece que te has vuelto un poco más interesante desde la última vez que nos vimos -Comentó como si nada, sin cambiar su expresión malhumorada, aunque se notaba cierto sarcasmo en sus palabras-. Sólo un poco.
- Tú no estás aquí para decirme lo interesante que soy -Replicó, manteniéndose tranquila-. ¿Qué estás haciendo con esos humanos?
- Eso no es de tu incumbencia.
Bueno, en realidad ya esperaba que no le respondiera a ninguna de sus preguntas. Años atrás tampoco lo había hecho. La sensación que había experimentado aquella vez volvía a dominarla poco a poco, y no sabía cuanto tiempo podría aguantar su expresión. Sabía que podía estar en peligro sólo por estar a solas con él, pero por fin lo tenía delante. Había deseado volver a verlo durante muchísimo tiempo.
Sin embargo, a pesar de que siempre había tenido muy claro lo que iba a decir y hacer cuando volviera a encontrarse con él, en ese momento no pudo reaccionar. El chico vestido con la túnica añil la miró fijamente a los ojos. Recordaba esa mirada. No había cambiado en todo el tiempo que había pasado. Y seguía teniendo el mismo efecto sobre ella. Cuanto más miraba sus ojos del color de la sangre, más aturdida comenzaba a sentirse. Era como si le estuviera leyendo los pensamientos, como si estuviera viendo todos los rincones de su mente.
Era tal su confusión, que ni siquiera se dio cuenta de que el chico le había dado la espalda y se estaba marchando.
- Espera -Susurró, aun conmocionada, intentando reaccionar-. ¡Espera!
El demonio se detuvo, y se giró un poco con desgana aun con su mirada desafiante, con las manos en los bolsillos.
- ¿Qué quieres? -Preguntó, imitando el tono que había usado ella antes, aunque él no había respondido en ese momento.
- Tu nombre -Dijo, con un tono que denotaba exigencia. Pero después de haber pasado años sin ni siquiera saber cómo se llamaba, no le preocupó en lo más mínimo parecer exigente. Por lo menos no ante él-. Quiero tu nombre. Creo que tengo derecho a saberlo.
El chico de ojos rojos la miró fijamente, con mal humor y seriedad. Estaba claro que, aun con lo diferentes que eran, de alguna manera la consideraba inferior a él. A Nintai eso le dio igual, aun no le había demostrado nada de lo que había aprendido en todo ese tiempo. En ese momento le importaba más saber cómo se llamaba la persona que tanto la había atormentado. Instantes después, el demonio de pelo negro se limitó a sonreír con arrogancia, cerrando los ojos al girarse para volver a caminar. Nintai abrió la boca para protestar, pero él se le adelantó.
- Hiei -Dijo sin más, antes de desaparecer ante los ojos dispares de la princesa.
En cuando se sintió libre de la influencia de sus ojos, se dejó caer de rodillas sobre el césped, respirando con fuerza por toda la tensión que se había liberado. Había sido como tener una soga apretándole el cuello. Exactamente lo mismo que había sentido cuando lo conoció, era una agonía. Qué sentimientos tan contradictorios. Sabía perfectamente que sufriría cada vez que lo viera, pero... quería verle de nuevo.
Al menos ya sabía su nombre. Al fin tenía un nombre para esos ojos que tan bien recordaba. Hiei.
Continuará.
