Capítulo 3.
Estaba en medio de una oscuridad aterradora. No alcanzaba a ver ni sus propias manos cuando alzaba los brazos. No sabía si debía moverse, por miedo a pisar en falso y caer. Era como si estuviera ciega, no veía nada en absoluto.
Pero no estaba ciega, y muy pronto lo supo. De alguna manera, fue capaz de ver que algo se acercaba. Y no le costó mucho diferenciarlo.
Ojos rojos... Ojos rojos, ojos del color de la sangre. De repente, ya no existía nada más.
- Su alteza -Dijo una dulce voz, despertándola lentamente, a pesar de lo poco dispuesta que estaba Nintai a abandonar su sueño. Pero esa voz era muy insistente-. Alteza.
La chica abrió sus ojos dispares, e intentó desperezarse un poco, apartándose el pelo de la cara. En cuanto se hubo despejado lo suficiente, dedicó una suave sonrisa a su doncella.
- Buenos días. Lo siento, ¿he dormido demasiado? ¿Qué hora es?
- No os preocupéis, aun hay tiempo de sobra para que empiece el torneo. Pensaba despertaros más tarde, pero parecíais estar teniendo una pesadilla.
Nintai la miró confusa, e intentando recordar lo que estaba soñando. Qué raro. Aunque aun tenía esa sensación de extraña seguridad, no conseguía acordarse de qué trataba su sueño. Bueno, su pesadilla según su doncella. Pero si hubiera sido una pesadilla, no debería estar sintiendo calma en su corazón. Fuera lo que fuese lo que había soñado, la había hecho sentir bien.
Al ver la mirada interrogante de la sirvienta, decidió dejar de pensar en ello. De todos modos, sólo había sido un sueño. En ese momento, también se dio cuenta de algo.
- ¿Y el desayuno? -Preguntó, extrañada de que no le hubiera llevado una bandeja con montones de comida, como hacía todas las mañanas nada más despertarla.
- El Gran Dios Meiyo ha dicho que quiere desayunar con vos. Ahora mismo os prepararé la bañera y la ropa.
- Oh.
Eso fue lo único que consiguió decir. Vaya, en esa isla no dejaban de pasar cosas que jamás habría imaginado. Por supuesto, jamás había compartido ninguna comida con su hermano mayor, en ningún momento del día. Desayunar con Meiyo... Claramente, no iba a ser un día muy normal. Se preguntaba si sería tan emocionante como la noche anterior.
Mientras se enjabonaba su pelo oscuro, ya metida en la bañera desde hacía un rato, no dejaba de pensar en los dos encuentros que había tenido. El chico amable, llamado Kurama... Y aquel que representaba uno de los mayores tormentos de su pasado. Hiei.
Era increíble, no se lo podía sacar de la cabeza. Se sentía feliz por haber conocido a alguien tan bueno y simpático, aunque fuera un humano, pero aun así no era capaz de dejar de pensar en el chico de ojos rojos.
Ni siquiera entendía por qué Hiei había decidido acercarse a ella, si no tenía intención de hacerle daño. Bueno, aparentemente. A lo mejor sólo quería torturarla psicológicamente para divertirse, y luego hacerle daño de verdad. No... Eso no sería propio de él. Al menos por lo que recordaba.
En cualquier caso, no podía evitar una extraña emoción al saber que ese día lo vería pelear.
- Buenos días, hermano -Susurró con timidez cuando entró a la habitación, que el personal del hotel había dispuesto como un comedor en la planta que compartían el dios y la princesa. Meiyo estaba sentado en uno de los extremos de la larga mesa, repleta de manjares. Aun sin mostrar esa ilusión que le hacía parecer un gigante, seguía siendo increíblemente alto.
- Siéntate, Nintai -Dijo con tono seco, sin despegar sus ojos dispares del libro que estaba leyendo. La chica obedeció al instante, sentándose en el otro extremo de la mesa. Se alisó la falda de su vestido blanco satinado de perlas con nerviosismo-. Pareces contenta.
El comentario la tomó por sorpresa. Por supuesto, eso sólo consiguió ponerla más nerviosa. El dios podía saber exactamente como se sentía sin ni siquiera mirarla.
- Es que... es la primera vez que salgo contigo del palacio. Y nunca habíamos desayunado juntos. Todo esto es nuevo para mí -Reconoció, bajando la voz cada vez más a medida que hablaba.
- ¿Y eso te hace feliz? -Preguntó de nuevo el joven dios, sin ninguna expresión en su rostro.
Nintai asintió, enrojeciendo por admitirlo.
Sin que ella se diera cuenta, Meiyo la observó por un momento. Luego, cerró los ojos al soltar un pequeño suspiro y volver a centrarse en su libro.
- He estado pensando -Comenzó a decir-. Desde que llegamos a la isla apenas has salido de esa habitación. Si quieres, te permitiré salir.
- ¿Qué...?
- Podrás pasear fuera del hotel y por sus alrededores. Claro que, si quieres alejarte para conocer la isla, tendrás que llevar escolta.
Nintai miró a su hermano con asombro e incredulidad en sus ojos dispares. Desde luego, ése no iba a ser para nada un día normal. Qué extraño. ¿Y si aun estaba soñando? Estaban pasando cosas realmente sorprendentes. Tuvo que contener el impulso para no pellizcarse, a ver si así despertaba y volvía a estar con su impasible hermano, al que nunca veía y que rara vez le dirigía la palabra. Estaba siendo muy amable y atento, aun con su forma de ser.
Por un breve instante, temió que el dios supiera que se había escapado la noche anterior. Pero terminó por deducir que no podía ser. Si fuera eso, lo último que haría sería dejarla salir.
- Hermano, muchísimas gracias -Susurró con una sonrisa feliz, aunque intentando que no se notara mucho.
Poder salir del hotel sin tener que llevar a sus guardias pegados todo el día... No era gran cosa en realidad, pero para ella significaba la libertad. Bueno, libertad con algunas limitaciones. Pero al menos no tendría que estar todo el día encerrada sin nada que hacer. Ni siquiera había podido entrenar una sola vez desde que habían llegado a la isla. Bendita isla.
Al tener que esperar a que llegara la noche para ir a la primera ronda del torneo, decidió dar un pequeño paseo. Decidió pedirle a su oncella que la acompañase, para no estar sola todo el día. A pesar de que el Mundo Espiritual y el palacio repleto de jardines de su hermano eran muchísimo más bonitos que el mundo de los humanos, la princesa estaba encantada de poder ver todo eso. Tal vez algún día, si empezaba a llevarse mejor con él, Meiyo la dejaría visitar el Mundo Humano para conocerlo. Sabía bien que no debía hacerse demasiadas ilusiones, pero no podía evitarlo, mientras observaba maravillada el cielo azul y las aves volando sobre ella.
El día se fue rápidamente. Fue a su habitación para retocarse un poco, y después se reunió con el dios para dirigirse al estadio. Por supuesto, ambos estaban en la zona vip, por suerte hecha de modo que quedaran varias salas para dichos espectadores, de los cuales muchos de ellos eran unos humanos muy desagradables que sólo buscaban diversión viendo a demonios morir. A pesar de su impasibilidad, Nintai pudo notar que a Meiyo no le gustaban nada esa clase de personas. No en vano era el dios del honor.
En algún momento había pensado que tal vez el joven dios podría haber considerado un insulto el ser invitado a ese torneo. ¿Era una falta de respeto hacia un dios guerrero pedirle que asistiera a combates en los que los humanos se divertían con toda esa violencia, apostando grandes sumas de dinero por los equipos que podrían ganar? Ella estaba entusiasmada por verlos, pero no por diversión y avaricia, como esas personas. Humanos, demonios, y dioses. Qué diferentes eran todos. Ella no formaba parte de ninguno de esos grupos. Y sin embargo, ahí estaba.
Los combates fueron impresionantes. Se enfrentaron un grupo llamado Los seis monstruos, y casualmente, el grupo de Urameshi. El primero en pelear fue un chico de pelo anaranjado llamado Kuwabara. Tenía un curioso poder con el que sacaba una espada espiritual. Pero aun así perdió contra Rinku, un demonio muy joven que peleaba con yoyos. El segundo en pelear fue Kurama, contra un demonio llamado Roto. Fue un combate extraño. El pelirrojo se quedó quieto sin hacer nada, mientras el demonio de piel añil le humillaba y todo el público aplaudía. Nintai no comprendió muy bien qué pasaba, pero finalmente, Kurama mató a su rival, haciendo que brotaran flores de su cuerpo. Así que ese era su poder... Realmente asombroso.
En el tercer combate, salió Hiei. La chica sintió escalofríos nada más empezar. Su contrincante, Zeru, peleaba con fuego, igual que él. Sin embargo, aunque parecía que tenía todas las de ganar -al menos para el público-, el demonio de ojos rojos ganó. La primera ronda terminó con una pelea entre Urameshi y un demonio llamado Chu, que por lo visto estaba ebrio cuando llegó. Ganó el humano.
El dios y la princesa no se pronunciaron durante todo el tiempo que duraron los combates. Nintai no había conseguido concentrarse en otra cosa, sobre todo mientras Hiei peleaba. Y Meiyo era perfectamente capaz de percibir todo lo que ella sentía. No volvió a dirigirle la palabra al volver al hotel y ordenar a sus guardias que la llevaran su habitación.
La doncella estuvo unos minutos con ella, preguntándole si deseaba comer algo, o si necesitaba ayuda para quitarse el vestido y desmaquillarse, además de quitar todas las perlas que adornaban su pelo, que no eran pocas. Pero Nintai le dijo que podía irse. Había sido un largo día, quería dejarla descansar. Pero ella sentía que le sería imposible dormir esa noche. Sentía que tanto la cabeza como el pecho le iban a explotar en cualquier momento. Cuantas emociones en un solo día. Y de alguna manera, presentía que aun no había acabado. No pudo evitar ruborizarse mientras se dirigía al balcón. Esa vez no saltó hasta el suelo. Bajó despacio, hasta llegar a uno de los balcones que estaban algo más abajo del suyo, y se sentó en la barandilla de metal.
El chico de pelo rojo que estaba allí no tardó en girarse a mirarla.
- Deberías dejar de saltar de los balcones, princesa -Dijo Kurama en voz baja, mirándola a los ojos-. Podrías hacerte daño.
- Como si eso fuera tan fácil -Sonrió con tranquilidad, poniéndose de pie en la barandilla y moviendo los pies como si estuviera bailando lentamente. La falda de su vestido ondeó de un lado a otro-. Por desgracia para muchos, no puedo morir por algo tan simple.
El tono alegre con el que dijo esas palabras tan extrañas consiguió perturbar a Kurama. Sin embargo, decidió pasarlo por alto.
- Hoy no vas vestida como una luchadora -Apuntó, observando su despampanante vestido blanco.
- Es que hoy no me voy a escapar -Respondió Nintai, con otra sonrisa divertida. Aun así, decidió bajar de la barra de metal para apoyarse de espaldas en ella, y así poder mirar al chico a los ojos-. Tu combate... estuvo bien.
- Espero no haberte asustado.
- No lo hiciste. No entiendo muy bien qué fue lo que pasó con ese demonio, pero seguro que se lo merecía.
- Sí.
Vio que no tenía muchas ganas de hablar de eso, así que decidió dejar el tema. Estaba tenso. No supo por qué, pero de repente sintió la necesidad de hacer algo por él, distraerlo.
- Estos zapatos son una tortura -Se quejó, exagerando un poco mientras se quitaba los tacones adornados con perlas y los miraba en sus manos. Ahora se veía aun más bajita que antes-. De verdad que no entiendo por qué tengo que andar con zapatos tan altos, si con los vestidos que llevo ni siquiera se me ven.
Kurama la miró ladeando la cabeza, y soltó una pequeña risa, casi un suspiro. La chica enrojeció un poco, sin saber muy bien qué podía decir a continuación. No estaba acostumbrada a todo lo que estaba viviendo en ese momento.
Observó su perfil con atención. Era muy guapo. No había tenido muchas oportunidades de observar a otros chicos para poder comparar, pero Kurama era realmente apuesto. Mucho más que los guardias que la seguían a todas partes, y por supuesto, que toda la gente que había en el hotel y en el torneo. Bueno, excepto Meiyo, claro. Él estaba en otro nivel.
Sin embargo, había algo mal. Fijándose en su mejilla, no pudo evitar fruncir un poco los labios.
- No me gusta esa herida -Susurró, sin pensarlo mucho. Se dio cuenta demasiado tarde de que ese comentario podría ser molesto, y eso hizo que se sintiera mal. No se atrevió a decir nada más por miedo a empeorarlo. Pero el chico de ojos verdes era muy bueno, a pesar de lo torpe que estaba siendo ella.
- Terminará de curarse mañana -Respondió, sonriéndole con tranquilidad.
Nintai bajó la mirada por un momento, pensativa. Tal vez no debería hacerlo. Pero no pudo remediarlo. Se acercó un poco más a su nuevo amigo, hasta estar justo frente a él, por supuesto sorprendiéndolo. Se llevó uno de sus dedos a los labios, y mordió hasta hacerse sangre. Eso no hizo más que aumentar la sorpresa de Kurama, y más aun en cuanto vio su sangre. El líquido que comenzaba a resbalar por su mano no era rojo.
Era del color del oro.
En ese momento no le salieron las palabras. Simplemente, no supo qué decir ante una visión así. Nintai también miraba su propia mano, manchada de su extraña sangre, hasta que la alzó hacia el rostro del chico de pelo rojo. La posó suavemente en su mejilla, sobre la herida con forma de cruz. Él no se movió. Sentía que algo ardía. Y cuando ella separó la mano de su rostro, de algún modo no necesitó tocarse la piel para saber que ya no había ninguna herida.
- Sangre inmortal... -Susurró, sorprendiéndose por sus propias palabras. La princesa sonrió, comenzando a ruborizarse. Aun así, no apartó sus ojos dispares.
En ningún momento se había planteado que ella, por mucho que fuera hija y hermana de dioses, pudiera tener su sangre dorada. Los dioses, que cuando por un casual sufrían alguna herida, ni siquiera tenían que curarla. Esta sanaba en cuestión de segundos. No era ningún secreto.
Sin embargo, Kurama jamás había visto ni oído nada parecido a eso, que la sangre inmortal pudiera curar las heridas que tocaba. ¿Era algo natural en la sangre dorada de los dioses, o algo que sólo podía hacer la princesa Nintai? ¿Era un secreto? Y si era así, ¿por qué se lo mostraba?
- Algo en mi interior me dice que puedo confiar en ti -Susurró ella, como si estuviera respondiendo a esa última pregunta que no había formulado.
No sabía por qué. Pero se sentía bien cuando Kurama estaba cerca. Ese chico era diferente a la gente que siempre la rodeaba, la trataba como a un igual, y la miraba a los ojos todo el tiempo. Eso le gustaba. Y había algo en su tono de voz que le daba una paz increíble. No se podía creer lo feliz que estaba de haberlo conocido. Y desde luego no iba a desaprovechar esos días que podría verlo en el torneo.
Se dio cuenta de que el chico pelirrojo estaba alzando la mano hacia ella. Como si fuera a hacer lo mismo, tocarle la mejilla. En principio le pareció algo extraño -porque en realidad no se conocían de nada-, pero decidió no moverse. No le importaba que la tocara. No... Eso no era así. Quería que la tocara. Que acariciase su piel.
¿Por qué?
Justo un segundo antes de que Kurama llegara hasta ella, sintió que algo cambiaba en el aire de repente. Tragó saliva. Se apartó.
- Creo que debería irme -Susurró, comenzando a ponerse nerviosa ante la mirada interrogante del chico.
Recogió los zapatos del suelo, y tras ponérselos se apresuró a subir al balcón de arriba, para seguir así hasta llegar al suyo. Por suerte no tendría que subir mucho.
Kurama la observó mientras desaparecía, ocultando su confusión. Vale, acababan de tener un momento un poco extraño. No fue capaz de explicarse por qué había intentado acariciar su mejilla.
Sintió una presencia tras él, y se volvió con tranquilidad. Ya sabía quien era.
- Ah, Hiei. No sabía que estabas aquí.
El chico de ojos rojos apareció junto a la puerta del balcón, en medio de la oscuridad. No dijo nada.
Continuará
